La Perfecta Duquesa


13| Conexión


—¡MALDITO seas, Menma! —dijo Naruto.

Se incorporó al tiempo que se restregaba la cara, entumecida tras haber dormido con ella apoyada en la silla. El caballo se había soltado y mordisqueaba la hierba a cierta distancia.

Su hermano no dijo nada. No le preguntó qué estaba haciendo allí ni por qué había surgido de la nada en la orilla del canal. El silencio se alargó entre ellos mientras Menma se acercaba a coger el caballo.

El semental frotó la testuz contra el hombro de Menma cuando le quitó el cabestro para ponerle la brida. A los animales les gustaba Menma; los perros y los caballos de Nagato le seguían a todas partes.

Él se frotó la barbilla y notó la barba incipiente. Tras ponerse en pie lentamente, agarró la silla de montar que le había servido de almohada y se acercó al caballo.

—¿Qué haces aquí, Menma?

Su hermano le quitó la silla de las manos y la puso sobre el lomo del animal antes de agacharse para apretar la cincha, lo que hizo con la habilidad de un mozo con años de experiencia.

—Estaba buscándote —explicó conciso Menma.

—Creía que era yo quien andaba buscándote a ti.

La mirada que le lanzó su hermano decía que estaba equivocado.

—Eso me dijeron.

—¿Quién te lo dijo? —El escudriñó el campo desierto por detrás de la línea de árboles que bordeaban el canal—. ¿Te has encontrado con mis hombres? ¿Cómo has sabido que estaba aquí?

Menma tomó las riendas del caballo, pero se quedó inmóvil y le miró directamente a los ojos.

—Siempre sé dónde puedo encontrarte.

Permanecieron quietos durante un momento eterno, mirándose fijamente, hasta que Menma rompió el contacto y se dio la vuelta para conducir el caballo hasta el camino.

«Siempre sé dónde puedo encontrarte».

Las palabras resonaron en la cabeza de Naruto mientras observaba la espalda cada vez más lejana de su hermano con el kilt moviéndose al viento. En aquel tranquilo amanecer no se deslizaba ninguna barcaza por el canal, y la niebla se filtraba entre las copas de los árboles y los puentes.

«Siempre sé dónde puedo encontrarte».

Conociendo a Menma, esas palabras eran la constatación de un hecho; no significaban que tuviera una conexión especial con él.

Pero por su parte, él sí sentía una conexión con su hermano, como si se hubiera creado un frágil lazo entre Menma y él desde el momento en que se dio cuenta de que su hermano menor era diferente, especial, y tenía que protegerle.

Sintió esa conexión durante los años que Menma pasó en el sanatorio y también después de que regresara a casa. La sentía con tanta intensidad que cuando, ocho años antes, Menma fue acusado de asesinar a alguien, había hecho todo lo posible para protegerle de las consecuencias, dispuesto incluso a decir que había sido él.

Pero Menma no perdía el tiempo en pensamientos similares a los suyos. Continuaba guiando el caballo hacia el oeste por el camino, sin esperar a que él le siguiera.

Naruto le alcanzó con rapidez.

—La casa de Nagato está en dirección contraria.

Menma continuó caminando. No le miró, solo observaba el canal y el sendero, intentando que el animal no tropezara con los baches. Él se dio por vencido y caminó en silencio a su lado.

Supo adónde le llevaba Menma cuando, después de haber caminado más de un kilómetro, guio al caballo por un estrecho puente hasta una de las alargadas barcazas que flotaban en el canal. En la cubierta del bote había varios niños, dos cabras, tres perros y un hombre que apoyaba los pies en la barandilla mientras fumaba en pipa. El enorme caballo percherón que tiraba de la barcaza pastaba en la orilla, sujeto con una cuerda.

Menma dejó caer las riendas de su caballo sin decir palabra y subió a la cubierta del bote. Uno de los niños, una niña, se acercó al animal. Lo acarició mientras canturreaba con dulzura, y el semental pareció recibir los mimos con agrado.

Naruto siguió a su hermano; evidentemente era lo que Menma esperaba. El hombre que fumaba en pipa le saludó con un gesto de cabeza, pero no se molestó en levantarse. Niños y perros le miraron fijamente, aunque no despertó la atención de las cabras.

Una anciana salió de la cabina. Estaba tan encogida por los años que apenas era más alta que los niños e iba vestida de negro de pies a cabeza, incluso se cubría el pelo con una tela de ese color. También los ojos eran tan oscuros como la ropa, y brillaban con vivacidad.

La mujer señaló una caja de madera, junto a la barandilla.

—Tú —le dijo—. Siéntate ahí.

Quizá a la sociedad londinense le sorprendería ver que Su Excelencia, el duque de Rasengan, se sentaba obedientemente, pero no se le ocurrió llevarle la contraria. Su hermano se acomodó a su lado sin decir palabra.

La niña que se había acercado a su caballo le quitó la silla y las bridas para ponerle el cabestro, y las dejó sobre la cubierta. Luego regresó junto al caballo percherón, que la miró acercarse pacientemente, y le colocó también el cabestro.

Todo siguió tranquilo. Nadie echó una mano a la muchacha, que tampoco parecía esperar ayuda. Una vez que les vio sentados, la anciana desapareció en el interior de la cabina.

Él ya había tenido trato con esa gitana, aunque no había llegado a subirse a su barcaza. Recordaba haber estado de pie junto a la orilla del canal quince años atrás, cuando Nagato adquirió la propiedad.

Esa anciana era la misma mujer que agradeció a Nagato, en un inglés con mucho acento, que hubiera salvado la vida de su hijo Iruka. Sabía que al final había agregado que su familia siempre le protegería. Iruka era ahora el hombre de confianza de su hermano; ayuda de cámara, entrenador de caballos, ayudante y su más íntimo amigo.

La muchacha puso un arnés al jamelgo que remolcaba la barcaza y luego ató las cuerdas al bote. Entonces animó al enorme animal para que avanzara, guiando a la vez a su purasangre. El bien entrenado semental poseía buen carácter y se sometió a la orden de la chica, siguiendo a esta y al percherón como si fuera un dócil poni.

El fumador de pipa estudió el agua, y la madre de Iruka regresó con dos tazas melladas llenas de café. Naruto agradeció el gesto y bebió con ansia. El oscuro líquido era fuerte, no llevaba leche ni azúcar que disimularan su intenso sabor.

La barcaza parecía dirigirse lentamente hacia el sol naciente. Los gitanos eran los únicos que, en ese momento, se desplazaban por el canal. Una gruesa niebla flotaba entre los árboles que bordeaban el sendero junto a la orilla, hasta perderse más allá de los campos. Los blancos corderitos, que seguían a sus madres por el húmedo verdor, parecían manchas móviles en la neblina.

Allí había silencio y paz. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.

Cuando se despertó ya había clareado el día y Menma estaba apoyado en la barandilla. El hombre de la pipa había asumido el control del caballo y la niña había entrado en la cabina con el resto de los niños. Sobre la cubierta solo quedaban los perros y las cabras.

Se acercó a Menma.

—Todavía no me has dicho qué hacías fuera de casa.

Su hermano contempló el agua, observando la estela del bote que distorsionaba la cristalina superficie. Era bastante frecuente que Menma no respondiera a una pregunta, e incluso que esperara un par de días antes de responderla. En ocasiones jamás lo hacía.

—He hablado con la familia de Iruka sobre el tiroteo —expuso Menma. Cerró la boca después de decir las palabras y él supo que no añadiría nada más.

Tuvo que completar el resto por sí mismo. Los gitanos vagaban por aquellos canales y los campos, a pesar de que agricultores y artesanos intentaban mantenerlos alejados. Sabían cuándo había algún extraño en las proximidades y se mantendrían alerta. Iruka era idolatrado por su familia y, por extensión, también sus amigos. Cuando Menma se enteró del atentado frustrado, debió decidir que era buena idea poner al tanto a los gitanos.

—Te lo agradezco. Pero deberías haber dicho a Tanahi o a Shino adonde ibas. Hemos recorrido los campos buscándote. ¿Por qué nunca te acuerdas de dejar una nota?

Menma no reaccionó a su cólera.

—Tanahi sabe dónde estoy.

—Esta vez no lo sabía. Y yo tampoco.

Menma apoyó el brazo en la barandilla de hierro y le miró, deslizando la mirada por su abrigo abierto, el pelo despeinado y la barba incipiente. No fue capaz de imaginar qué estaba pensando o sintiendo su hermano. Nunca lo sabía.

—Menma... —murmuró con exasperación.

Pero Menma no respondió. El emitió un suspiro y se frotó la áspera mejilla una vez más.

—De acuerdo, será a tu manera, como siempre —claudicó.

Su hermano volvió a fijar la vista en el agua.

Naruto solía pensar que era la única persona que realmente comprendía a Menma, pero había aprendido con dolor que, a pesar de la conexión que sentía con él, apenas había traspasado la concha que parecía protegerle. Sin embargo, Menma respondió a Tanahi desde el mismo momento que la conoció y emergió de su caparazón, aquel lugar privado lleno de silencio y furia; logró contactar con el mundo a través de la que era su esposa.

Lo que él había intentado sin resultado durante años, Tanahi Gaûhy, viuda de un pobre vicario de parroquia, lo consiguió en cuestión de días.

Al principio él se sintió furioso con ella, envidiando la unión que había establecido con su hermano y aterrado de que explotara el vínculo para sus propios fines, pero Tanahi había demostrado una profunda devoción por Menma y, ahora, él mismo la adoraba por lo que había conseguido.

Se apoyó en la barandilla de hierro y respiró hondo.

—¿Cómo lo consigues, Menma? ¿Cómo dominas la locura?

Estaba hablando en voz alta, pensando en sus propias batallas. No esperaba ni por un momento que Menma le respondiera, pero lo hizo.

—Tengo a Tanahi.

«Yo no tengo a nadie».

Las palabras surgieron de la nada. No eran ciertas. Tenía a sus hermanos, a sus entrometidas cuñadas, a Konohamaru y ahora a más sobrinos y sobrinas que podían ser adorables, en especial cuando querían algo. También tenía a Shikamaru y a todo el personal, al que había elegido especialmente por su lealtad, e incluso tenía a Toneri Õtsutsuki, amigo contra viento y marea, a pesar de los años transcurridos.

«Pero Naruto MacUzumaki, el hombre, no tenía a nadie».

No se había acostado con otras mujeres desde que falleciera La señora Palmer; unos encuentros casuales no saciarían sus necesidades. Había vivido como un monje, por lo que no era de extrañar que el simple rastro del aroma de Hinata le excitara como si fuera un exaltado muchacho de dieciocho años. Ella se había reído de él, pero la risa no impedía que él anhelara sus caricias.

—¿Cómo puedo ocuparme yo de mi locura? —La pregunta flotó sobre el agua.

En esa ocasión, Menma no le miró ni respondió.

—Una vez dijiste que todos teníamos nuestra propia locura —explicó después de un rato—. ¿Lo recuerdas? Fue el día que descubrimos la verdad sobre el inspector Fellows; dijiste que Yahiko estaba obsesionado con la pintura, Nagato con los caballos, yo con el dinero y la política y Fellows con la resolución de crímenes. Tenías razón, por supuesto. Y papá, claro está, también tenía su locura personal. Creo que veía en ti mucho de sí mismo y eso le aterraba.

—Papá está muerto. Y dije que a Yahiko se le daba muy bien pintar.

Naruto esbozó una irónica sonrisa.

—Lo siento, no tengo una memoria tan buena como la tuya. Creo que mi locura va en aumento, ¿qué hago si no puedo detenerla?

Menma no lo miró.

—Lo harás.

—Gracias por el voto de confianza.

—Tienes que mostrarle la casa a Hinata —añadió Menma tras otro silencio.

—¿La casa? ¿Qué casa?

—La de High Holborn. La casa de la señora Palmer.

Naruto se aferró a la barandilla.

—Ni hablar. No quiero que Hinata vuelva a pisar ese lugar. Todavía estoy enfadado porque la llevaras allí. ¿Por qué lo hiciste?

—Porque Hinata tiene que saberlo todo —explicó Menma.

—¡Maldito seas, Menma! ¿Por qué?

—Esa casa eres tú.

¿Qué demonios significaba eso?

—No, Menma. No. Es posible que esa casa fuera parte de mi vida durante un tiempo, pero ya no.

Menma negó con la cabeza durante un buen rato.

—Tienes que enseñarle a Hinata esa casa. Una vez que se lo cuentes todo, lo sabrás.

—¿Lo sabré?

—Sí.

—¿Qué sabré? —Su exasperación iba en aumento—. ¿Si Hinata es capaz de dejarme con más rapidez todavía que la otra vez? ¿Si se va a detener a darme una patada en el culo cuando lo haga?

—Sí.

Naruto volvió a respirar hondo. Su aliento no formó una nubecita, señal de que la temperatura había aumentado.

—No puedo llevarla allí. Hay cosas que todavía no quiero que sepa.

—Tienes que hacerlo. Ella necesita comprenderte, igual que Tanahi me comprende a mí.

Menma tensó la mandíbula con la misma fuerza que apretaba la barandilla. Por lo menos había dejado de menear la cabeza como un mulo obstinado.

—Eres un hombre muy duro, Menma MacUzumaki.

Su hermano no respondió.

«Cuéntale todo a Hinata».

La señora Palmer había visitado a Hinata Hyûga en Escocia cuando llevaban unos meses comprometidos para hablarle sobre él. Le había contado que poseía aquella casa en High Holborn, que era un prostíbulo, y que él conocía maneras de proporcionar placer a las mujeres que no se podían decir en voz alta. No había entrado en detalles, gracias a Dios, pero lo que sugirió fue suficiente.

Él no había pisado la casa ni visitado a La señora mientras cortejó a Hinata; no era capaz de aquella clase de mentira. Sintiéndose muy virtuoso por hacer tal cosa, había logrado convencer a su prometida para que le entregara su virginidad.

Pero Hinata había despertado algo en su interior, una excitación que no había sentido antes ni había vuelto a sentir desde entonces. Quiso explorar aquella emoción y lo hizo todo lo que pudo.

El motivo de La señora para revelarle su existencia no fue dar celos a Hinata ni convencerle a él para que regresara con ella, no; La señora sabía perfectamente que con aquella acción le perdería para siempre. Casarse con Hinata era importante para él y no era un hombre que perdonara con facilidad. Y aún así, su antigua amante no vaciló.

No se acercó a Hinata para relatarle sus cruzadas sexuales, lo hizo para advertirla del peligro, porque La señora conocía perfectamente cuáles eran sus inclinaciones.

Y tuvo razón.

El rechazo de Hinata pilló desprevenido al arrogante muchacho que él era entonces. Sorprendido y furioso, amenazó a Hinata y a su padre con horrendas consecuencias si rompían el compromiso, porque así había aprendido a ser: brutal. Su padre le había enseñado muy bien las lecciones al respecto.

Jamás había aprendido a contener su cólera ni a hablar con nadie sin pensar al instante cómo podía manipularle. Odiaba a su padre, pero se había vuelto igual que él, no tuvo más ejemplos a seguir.

Y bueno, como Yahiko le había reprochado más de una vez, no sabía cómo estar con una persona sin más y dejar que las cosas ocurrieran. Podía haber tenido la posibilidad de aprender con Hinata, pero fue una oportunidad perdida.

Un rayo de sol se reflejó en el agua e incidió en sus ojos. Cuando levantó la cabeza vio que estaban cerca de una esclusa y que el encargado de abrirla se acercaba al portón.

—No puedo contarle todo a Hinata, Menma —aseguró.

Menma le lanzó una mirada impaciente. El funcionamiento de la esclusa era mucho más interesante que conversar con él.

—Tienes dos tipos de reglas —explicó Menma—: Las de la señora Palmer y las de Hinata. Crees que, si sigues las reglas incorrectas con Hinata, ella pensará que no la amas.

Abrió la boca para negarlo, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Los pensamientos que trataba de alcanzar —las verdades más profundas de su ser— se rompían como un vaso de cristal.

Menma se inclinó sobre la borda, indiferente a sus problemas.

—¿Cuántos litros crees que pasan por minuto? —preguntó.

Sin esperar una respuesta, Menma se alejó de él y saltó a la orilla desde la cubierta. Se acercó al hombre que guiaba al caballo y caminó junto a él en silencio, probablemente calculando la profundidad del canal y el tiempo que el agua tardaría en llenar la esclusa.

Cuando la barcaza se acercó a la ribera, comenzó una torrencial lluvia primaveral. Los gitanos habían dejado Hungerford atrás y navegaban por la parte del canal que delimitaba la propiedad de Nagato.

Naruto miró hacia la verde pradera que subía desde el canal hasta la casa y la vio llena de personas. Anónimas y chorreantes personas que se cubrían con paraguas, pero sabía que la mayoría de ellas eran MacUzumaki's.

No todos. Había un hombre alto que no pertenecía a su familia y que sostenía un paraguas sobre la cabeza de Hinata. Naruto le reconoció en el acto: Sai McBride, uno de los numerosos hermanos de Haruna; el que era abogado. Sintió una oleada de furia bullendo en su interior cuando vio que se inclinaba sobre ella para cobijarla mejor y que Hinata alzaba la vista sonriente.

Hinata observó a Naruto. Estaba de pie sobre la cubierta de la barcaza, como un rey a punto de ocuparse de sus súbditos. ¡Maldito hombre! Se había sentido aterrorizada cuando sus lacayos regresaron en mitad de la noche alegando que habían perdido su rastro en el bosque que bordeaba el canal. Solo el aviso de Iruka, que llegó a caballo para decir que Menma y Naruto estaban a salvo con su familia, hizo desaparecer el pánico. Ahora solo estaba enfadada.

Comenzó a caminar hacia la orilla, pero el hermano del Haruna Sai, le tocó el hombro.

—Es mejor que no se arriesgue. Está lleno de lodo y podría caerse.

Era un hombre muy dulce. Sai McBride, viudo con dos hijos pequeños, había llegado esa misma mañana. Haruna le había invitado, al igual que a sus otros hermanos, a quedarse en Waterbury esa primavera. Solo él había podido ir.

Menma se había bajado de la barcaza y Tanahi corrió hacia él aun a pesar del barro. Él la alzó en un apasionado abrazo. Todos los rodearon y comenzaron a hablar al unísono, exigiendo que les dijera dónde se había metido. ¿Por qué les había preocupado así? Gracias a Dios, Naruto le había encontrado.

Los gitanos también se bajaron del bote; niños, cabras, perros, un hombre y varias mujeres comenzaron a recorrer el campo bajo la lluvia hacia unas tiendas situadas más arriba. Nagato no parecía encontrar nada raro en el asunto, incluso comenzó a hablar con el hombre de la pipa, y Konohamaru e Iruka se unieron a ellos, lo mismo que su padre. Konohamaru comenzó a ayudar a otro hombre a asegurar una lona sobre las tiendas y los niños corrieron a ponerse a cubierto. Sai le dio a ella el paraguas y se acercó a ayudar.

La última en dejar la barcaza fue la anciana vestida de negro. Naruto la ayudó a bajar a tierra firme, pero no se quedó con ella.

¿Qué estaba haciendo él? Le vio dar un paso atrás, como el rey en el que había pensado antes, o mejor incluso como un general que se mantuviera al margen, observando a todo el mundo, como si estuviera esperando a dirigirlos si fuera necesario. Él miró a sus hermanos, los formidables gigantes que jamás se alejaban de sus esposas. Todos parecían felices; Tanahi, Konan y Haruna se reían de ellos, pero los miraban con profundo amor.

—Él te necesita.

Se sobresaltó al escuchar la voz de Menma en su oído. El menor de los MacUzumaki estaba a su lado, mirándola fijamente; Tanahi charlaba, no muy lejos, con la anciana gitana.

—¿A quién te refieres? —le preguntó—. ¿A Naruto? —Miró con atención a través de la lluvia al empecinado duque que observaba la escena, apoyado en la barandilla de la barcaza—. Naruto MacUzumaki no necesita a nadie.

Los ojos azules de Menma quedaban oscurecidos por la sombra del paraguas.

—Estás equivocada —dijo él.

Le vio darse la vuelta y alejarse a grandes pasos bajo la lluvia hacia Tanahi.

«Él te necesita».

Naruto parecía muy solo. Observaba a su familia, por la que era capaz de todo para mantenerla a salvo, pero no se involucraba, no se unía a ella.

Ella alzó la falda ya manchada de lodo y bajó la cuesta con cuidado hasta el embarcadero, recordando las palabras de Sai sobre lo fácil que podía ser resbalar. Naruto la miró mientras se acercaba, podía sentir el peso de sus ojos, pero no se bajó de la barcaza para ayudarla.

No se aproximó hasta que ella alcanzó el bote, para quitarle el paraguas —que amenazaba con darse la vuelta por el viento— y dejarlo a un lado antes de ayudarla a atravesar el espacio que separaba la embarcación de la orilla.

Aterrizó contra él. Naruto estaba empapado, tenía el abrigo abierto y el pelo mojado se pegaba a sus mejillas sin afeitar. Desde detrás de los mechones, los ojos azules la miraban, penetrantes y vivaces.

—¿Qué haces? —preguntó ella, todavía enfadada—. ¿Tienes pensado levar anclas y marcharte por el canal?

—La madre de Iruka me pidió que vigilara la barcaza. Han venido a ver cómo Nagato e Iruka entrenan a los caballos.

—Estoy segura de que ha querido decir que alguno de tus hombres lo hiciera por ti.

—No, me lo encargó a mí. —Naruto miró la fuerte llovizna, que oscurecía las tiendas en la colina—. A ella le da igual un duque que un mozo de cuadras. Y no me importa, aquí se está muy tranquilo.

Tranquilidad era algo que Naruto MacUzumaki no tenía en abundancia, y ella sabía que cuando regresara a Londres aún dispondría de menos.

—Entonces, ¿me voy? ¿Quieres que te deje tranquilo, mientras cuidas de la barcaza?

—No. —La respuesta fue brusca y veloz. La mano de Naruto, fuerte y poderosa aterrizó sobre las suyas—. Estás empapada. Entremos. Quiero enseñarte la embarcación.

Él medio la guió, medio la arrastró hasta la puerta de la cabina; abrió la puerta de madera hinchada, la empujó al interior y volvió a cerrar.

El sonido de la lluvia tamborileaba en el techo y golpeaba contra los cristales de la ventana. En un rincón, el siseo pausado del carbón en la estufa resultaba acogedor. Ella comprendió la renuencia de Naruto a alejarse de allí.

—Jamás había estado en una barcaza —comentó, mirando a su alrededor con deleite.

Los gitanos eran seres nómadas, pero su hogar resultaba acogedor. La diminuta estufa emitía suficiente calor. Había utensilios de cocina colgados encima, que brillaban al reflejar las llamas. En el extremo más alejado había varias literas con montones de mantas y edredones de colores. El banco que corría paralelo a la pared, bajo la ventana, contenía un montón de cojines bordados, en los que reconoció la mano de Haruna.

—He pensado que te gustaría verlo —explicó él.

—¿No te has topado con ningún asesino en tu excursión?

—No.

Una única palabra, a pesar de que ella se había consumido de preocupación.

—He hablado con mucha ligereza porque, Naruto, estaba muy asustada... —Se interrumpió y comenzó a retorcerse las manos. Quería rodearle el cuello con los brazos y, al mismo tiempo, golpearle el pecho con los puños. Se cruzó de brazos para no hacer ninguna de las dos cosas.

Sintió el calor que emitía Naruto cuando se acercó a ella, le llegó el olor a ropa limpia y lana húmeda. Le vio quitarse el abrigo y dejarlo a un lado, luego la tomó por los codos con sus grandes manos y la atrajo hacia sí.

El beso, cuando llegó, fue voraz. No fue delicado ni suave, no fue juguetón. Era un beso desesperado y lleno de deseo.

Él la necesitaba.

Apretó las manos contra su camisa mojada y sintió cómo se le aceleraba el corazón bajo los dedos. Su piel estaba demasiado fría; su boca, caliente como una llama.

Le apartó la camisa, con los botones ya sueltos.

—Tienes que quitarte esto o enfermarás.

Él se quitó la prenda con impaciencia y la dejó caer al suelo. Estaba desnudo debajo, su piel bronceada no estaba cubierta por ceñida ropa interior de franela.

La arrastró hasta el círculo de calor que emitía la estufa y la estrechó de nuevo entre sus brazos. Le abrió la boca con los pulgares y el siguiente beso fue todavía más desesperado e intenso.

Ella le clavó los dedos en los hombros cuando comenzó a devolverle el beso. Él profundizó la caricia de su lengua para saborearle la boca, para lamer la lluvia en sus labios mientras ella le pasaba las manos por la espalda desnuda; quería palpar su cálida y suave piel.

El gesto de Naruto la hizo arder y respondió besándole los labios calientes y buscando su lengua con la de ella. Notó que los botones superiores del corpiño se abrían y luego sintió los dedos de Naruto apartando la camisola. Entonces él le deslizó la palma hasta la nuca y le desnudó el cuello, sosteniéndola con firmeza.

Naruto interrumpió el beso para desabrocharle el resto del vestido y bajárselo por los brazos. No le quitó la prenda por completo, y sus ojos se oscurecieron cuando vio que ella tenía los brazos atrapados por la tela. Él gruñó suavemente y volvió a besarla. Ella levantó las manos todo lo que pudo para ponerlas en su cintura y sentir el movimiento de su pecho al respirar, la cinturilla caliente del kilt, la piel, todavía más caliente, del hombre.

—Hinata... Hinata... —Naruto alzó la cabeza, mostrándole sus ojos oscurecidos por la sombra del pelo húmedo. Su sonrisa, cuando llegó, fue pecaminosa—. No hago más que imaginarte sin otra cosa encima que el corsé.

A ella se le aceleró el corazón y un escalofrío la atravesó.

—Pues yo no hago más que imaginarte sin otra cosa que el kilt. De hecho, tengo fotos con las que recrearme cuando es necesario.

El Naruto MacUzumaki del que ella se enamoró esbozó una amplia sonrisa.

—¿Qué voy a hacer contigo, atrevida mujercita?

—Mi padre ha traído consigo una cámara de retratar para tomar fotos de la flora de Berkshire. Quizá podría pedírsela prestada.

Él se quedó inmóvil durante un instante antes de volver a esbozar su pícara sonrisa.

—Eres de lo que no hay. De acuerdo, pero solo... —Naruto le quitó el corpiño y deslizó la mano por su espalda para desatar con habilidad las cintas que cerraban su corsé. Los cordones se aflojaron bajo sus dedos—, si haces lo mismo para mí.

—¿Quieres que pose para ti? ¡Santo Cielo, no! Soy una mujer pudorosa.

Los cordones se soltaron y los tirantes que sostenían el corsé sobre sus hombros se desprendieron, guiados por las grandes manos de Naruto. Él se inclinó hacia ella.

—Serán fotos privadas. Muy privadas. Solo las veremos tú y yo.

—Mmm... Me lo pensaré.

Él sonrió contra su boca antes de lamerle los labios.

—Si quieres retratarme en kilt, tienes que acceder a mis términos.

Notó que se ruborizaba.

—Tengo que pensarlo.

—Desde el momento en que te besé en aquel cobertizo del embarcadero supe que eras una atrevida jovencita. Para el resto del mundo eres una dama correcta y discreta, pero te vuelves salvaje cuando se cierra la puerta. Eres la mujer perfecta para mí.

—Solo he sido salvaje contigo, Naruto. Tú me enseñaste.

—¿Yo? —Él se rio al tiempo que le deslizaba las manos por la espalda; solo la delgada tela de la camisola se interponía entre las manos de Naruto y su piel—. Tú estabas deseando aprender.

—Fuiste... un maestro interesante.

Él sonrió mientras apoyaba la frente contra la de ella.

—Hinata, me haces sentir joven otra vez. Me haces...

La sonrisa de él murió con sus palabras. Naruto llevó las manos a su cintura y le desabrochó la falda y las enaguas. Las capas de tela cayeron al suelo... Ella no había imaginado que acabaría de aquella manera cuando aquella lluviosa mañana comenzó a pasear por el prado.

—¿Qué te hago? —susurró ella.

Naruto deslizó las cálidas manos por sus nalgas, olvidada ya la risa. Ella leyó una sombría necesidad en sus ojos; soledad... miedo. Miedo de muchas cosas, todas complicadas y muy reales.

—No puedo hacer esto solo —explicó él—. Te necesito, Hinata.

Sabía que no se estaba refiriendo a secuestrar la barcaza mientras los gitanos estaban viendo cómo Nagato entrenaba a los caballos.

—Te necesito... —A Naruto, el hombre que jamás flaqueaba, le salieron las palabras entrecortadas.

Ella se quitó la camisola y le rodeó el cuello con los brazos.

—Aquí estoy —se ofreció.

Naruto deslizó el pulgar por el labio inferior de Hinata, sorprendiéndose, como siempre, de su suavidad. Él era un hombre duro y ella era toda ternura y delicadeza. Había sido idiota por permitir que se alejara de él una vez.

La apretó contra su cuerpo y se perdió en otro beso eterno. Sabía a agua de lluvia, a calor y deseo. Él le había enseñado a besar, sí, le había enseñado todo. No todo lo que le gustaría, pero sí todo lo que ella sabía.

Hinata le miró con ardor, con la pasión brillando sin vergüenza en sus claros ojos perlados. Esa era una de las cosas que amaba de ella, que jamás le avergonzaba necesitarle.

Las faldas de Hinata estaban en el suelo, ella permanecía ante él cubierta solo por los calzones. El ahuecó las manos sobre la tela que tapaba sus nalgas, la ropa interior era de fina seda. Le había hecho caso y llevaba prendas nuevas.

Se moría por tenerla, su miembro le impulsaba a seguir adelante, pero no quería ir demasiado deprisa. No quería apresurarse. Los gitanos y Menma le habían dado ese regalo: más tiempo con Hinata.

Pero era mucho más que eso. Ella podía considerarlo un momento robado, pero para él no era solo eso. Tenía que protegerla del mundo, de hombres como el maldito Sai McBride. El hermano de Haruna era un escocés bien parecido con dos niños pequeños, que necesitaba con urgencia una esposa, y allí estaba su Hinata, la mujer adecuada para ocupar el puesto. Sabía que detrás de aquello estaba la mano de Haruna.

Él tenía que darse prisa, modificar los planes; se había acabado la espera.

Desató las cintas que sujetaban los calzones y deslizó las manos en el interior. Sintió su suavidad en la punta de los dedos, la seda de la piel de Hinata. Pasó los pulgares sobre ella mientras la besaba, antes de mover la mano al calor que había entre sus muslos.

Ella ardía, estaba mojada, preparada; tan anhelante como él. Movió los dedos apremiado por el pequeño gemido de placer que ella emitió cuando le sintió. Cualquier cualidad propia de una joven inocente se disolvió en el aire. La solterona estirada dejó de existir y la mujer apasionada ocupó su lugar.

Sus pechos eran suaves, más llenos y blandos que cuando tenía veinte años. Se inclinó y lamió el valle entre ellos, saboreando la piel caliente y salada.

La cabina era baja y estrecha, y no podía coger a Hinata entre sus brazos para llevarla a la litera más próxima, pero la guió hacia allí sin dejar de besarla y tocarla de pies a cabeza.

La alzó e hizo que apoyara las nalgas en la litera, situándose entre sus muslos en cuanto los separó, para despojarla de los calzones. Ella le encerró la cara entre las manos y entornó los ojos, como si esperara a que él siguiera adelante.

Él desabrochó el alfiler que sostenía el kilt y atrapó la tela antes de que cayera al suelo; la alzó y la extendió sobre el colchón, detrás de ella.

La litera era demasiado estrecha, jamás cabrían los dos. Levantó a Hinata otra vez y sus cuerpos se unieron, húmedos por la lluvia y confortados por el calor de la estufa.

Le deslizó las manos por la espalda hasta las nalgas, acariciándola con suavidad. Le alzó las caderas y se deslizó en su interior; las resbaladizas profundidades le dieron la bienvenida.

Estaba dentro de ella. De su Hinata.

Se quedó inmóvil, la sensación de estar envuelto por ella era demasiado satisfactoria como para poder contener su júbilo.

—Naruto... —Notó su aliento en la piel húmeda, suave como una pluma. Ella le rozó la cara, sonriendo al percibir la áspera barba con la yema de los dedos.

El pelo oscuro de Hinata se había despeinado con la lluvia y los bucles eran suaves bajo sus labios. Se le había mojado con rapidez porque había salido sin sombrerito. Típico de ella, siempre impetuosa e impaciente.

Su nariz estaba espolvoreada de pecas. Naruto besó una, luego otra, y otra... sin dejar de sentir en ningún momento la alegría de estar en su interior. Formaba parte de ella, y ella de él.

Apoyó la mano contra la pared de la cabina y se impulsó en su interior. Era difícil, dado el espacio del que disponían, pero lo hizo.

—Hinata...

Su voz era más áspera con cada empuje, el cuerpo de Hinata le daba la bienvenida. Cerró el puño contra la pared al tiempo que escondía la cara en el hueco de su cuello. Ella estaba firmemente apretada contra él, piel con piel, y el agua que le empapaba el pelo goteaba entre los dos.

Más, más... No quería detenerse nunca. Jamás.

Ella dejó que sus manos vagaran por su espalda, que se deslizaran hasta sus nalgas, recreándose en cada centímetro de su piel. A Hinata siempre le había gustado examinar su cuerpo y él se entregó voluntariamente a su escrutinio.

Le mordió el lóbulo del que habían colgado las esmeraldas, le lamió la oreja. Luego llevó la boca a su cuello y cerró los labios para dejarle una marca de amor.

«Hinata, te he echado de menos. Me he muerto un poco cada día sin ti».

Ella ladeó la cabeza, dejando que la saboreara. Cuando alzó el cuello otra vez, Hinata le chupó la garganta, y él sintió el mordisco de sus dientes, dejándole en la piel su propia huella.

Una oleada de necesidad le atravesó, explotando en su interior para impulsarle con más ímpetu. Sabía que estaba a punto de terminar, de alcanzar el éxtasis, pero se quedó duro en su interior, con la mano apoyada en la pared para no derrumbarse sobre ella. Los pequeños gemidos de Hinata se convirtieron en gritos de deleite cuando alcanzó el clímax.

—Hinata. —Cerró los ojos e intentó refrenarse. Llegar al orgasmo querría decir que todo había acabado, que tendría que dejarla marchar.

«No. No. Nunca».

Se abrazó a ella, sintiendo que era el fin; aquella mezcla de excitación y placer que significaba que habían alcanzado un momento perfecto.

—No puedo hacerlo sin ti, Hinata. —Abrió los ojos al escuchar la súplica en su voz—. Te necesito.

—Naruto...

—No vuelvas a dejarme. —El tono era de desesperación—. No podré soportar que vuelvas a dejarme.

«Díselo todo», había dicho Menma.

«No puedo. No hasta que sea mía. No hasta que no pueda abandonarme».

Ella le miró con sus hermosos ojos perlas, con el ceño algo fruncido. Estaba evaluándole.

—Por favor... —suplicó. ¡Santo Dios, si estaba casi sollozando! Pero le dolía el corazón; si ella volvía a marcharse sería su fin.

Hinata le rozó la cara con suavidad. Le miró directamente a los ojos como si estuviera viendo su alma, y ella era la única que podía hacer tal cosa.

—Sí —susurró tan bajito que apenas la escuchó—. Me quedaré.

Él tragó saliva, y soltó el aliento casi con un sollozo.

—Gracias... —musitó—. Gracias.

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Continuará...