Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


13. Inocente


Lo primero que vio Hinata al abrir los ojos fue el agradable resplandor de un fuego en el hogar. Exhaló un suspiro de alivio al comprobar que se encontraba en un catre, calentita y arropada, resguardada de la martirizante lluvia y del frío que le había calado hasta los huesos. Miró en derredor y descubrió que estaba en el salón de una pequeña cabaña, amueblado apenas con una mesa de madera y unos taburetes, un viejo arcón apoyado contra la pared y una estantería donde se amontonaban cacharros de cocina sin orden ni lógica.

Antes de terminar su escrutinio, la puerta principal se abrió y dos hombres desconocidos entraron en la cabaña. Venían cargados con algunas piezas de caza entre las que Hinata distinguió varios conejos y algunos urogallos. Se le hizo la boca agua al contemplar las presas y no pudo recordar cuándo había sido la última vez que había satisfecho su apetito con una comida decente. Naruto parecía conformarse con carne en salazón cuando viajaba, pero a ella no le bastaba.

—Buenos días —la saludó el hombre más mayor—. ¿Has descansado?

Su voz era grave y trasmitía serenidad, pero Hinata estaba alerta. ¿Quiénes eran esos guerreros y dónde estaba Naruto? Lo último que recordaba era estar sobre su caballo, más muerta que viva, deseando que la tortura que estaba sufriendo terminara para siempre.

—¿Dónde estoy?

—En mi casa, a salvo. —Se acercó hasta ella y la contempló con una sonrisa amistosa—. Mi nombre es Minato Namikaze, soy el tío de Naruto. Y él es Sasuke, un buen amigo.

Hinata los observó con cautela. No llevaban los colores de los Namikaze; en realidad, no llevaban ninguno de los colores de los clanes que conocía. Vestían con calzas oscuras y camisas más claras. El hombre mayor llevaba además una sobrevesta sin adornos que delatasen su procedencia, cosa que le extrañó si en verdad era un Namikaze como decía.

El que había presentado como Sasuke se veía mas joven tenía un rostro taciturno. Reconoció su nombre, había oído la historia que circulaba por Innis Rasengan acerca del lugarteniente de Naruto. Sabiendo, sin embargo, quién era la otra protagonista de lo acontecido, Hinata jamás le había dado mucho crédito. Ahora, teniendo delante al supuesto violador de Suiren, supo con toda certeza que la muchacha había mentido.

No entendió el porqué de aquel convencimiento, pero no le cabía duda de que aquel hombre no había cometido un acto tan atroz. Sus ojos negros la miraban con curiosidad, nada más. No encontró maldad en ellos, ni sombras que supusieran una amenaza. Pero ya indagaría sobre ello, si la situación lo permitía. Ella tenía otros problemas de los que ocuparse...

El tío de Naruto la observaba a su vez. Sus ojos tampoco ocultaban la enorme curiosidad que sentía y Hinata no creía estar preparada para responder a las preguntas que se adivinaban tras su expresión.

—¿Dónde... dónde está mi señor? —preguntó, al tiempo que se sentaba en el catre.

—Supongo que te refieres a Naruto. No te preocupes, él te dejó a mi cargo.

La mente de Hinata barajó todas las posibilidades en un segundo, y ninguna tranquilizó su ánimo. ¿Naruto la había abandonado en esa cabaña, a merced de dos hombres desconocidos? Un brutal sentimiento de abandono le perforó el pecho. Naruto se había marchado sin ella... ¿Por cuánto tiempo? ¿Volvería a buscarla? Noto que el corazón le latía más rápido a medida que las preguntas se agolpaban en su mente. Por suerte, la voz serena del hombre más mayor interrumpió sus frenéticos pensamientos y consiguió que el pánico no la desbordara.

—¿Cómo está tu muñeca? —Minato se sentó frente a ella en un taburete y la estudió con atención. Hinata presintió que aquello era el inicio del largo interrogatorio que tanto temía—. ¿Te duele?

Se miró la zona herida y comprobó que alguien se la había vendado. Notaba un dolor amortiguado del que no había sido consciente hasta que el hombre lo mencionó.

—Estoy bien... apenas me duele.

—Has tenido suerte, no está rota, aunque tendrás que llevar el vendaje durante un tiempo. Y veo que la fiebre ha remitido, por lo que confío en que el enfriamiento que traías anoche no provoque más dificultades. Es de locos cabalgar bajo la lluvia, Naruto lo sabe muy bien. No entiendo a qué pudo deberse esa prisa por llegar hasta aquí.

No había formulado ninguna pregunta, pero era evidente que esperaba alguna respuesta por su parte.

—Nos atacaron.

—Sí, de eso ya me informó mi sobrino antes de dejarte aquí. Pero ¿por qué crees que se quería deshacer de ti con tanta urgencia?

—Tal vez... tal vez lo importuné de algún modo —susurró, sabiendo que no podía confesar a ese guerrero que su sobrino había besado al que creía su sirviente y, por ese motivo, ahora lo detestaba.

—¡Bah! He visto cómo trata Naruto a los criados que osan importunarlo, como tú dices. Te aseguro que si fuera por eso no hubiera recorrido una distancia tan larga para dejarte aquí como escarmiento. Te hubiera encerrado en las mazmorras, te hubiera hecho trabajar hasta desollarte las manos... Incluso puede que hubiera ordenado darte algún azote con un buen cinturón.

Los ojos grises de Hinata se entrecerraron con resentimiento.

—Ya hizo todas esas cosas conmigo.

—¿Naruto osó azotarte? —se alarmó Minato Namikaze.

—No, bueno, eso no. Fue lo único que le faltó. —Como los dos hombres la miraban aún con gesto de asombro, Hinata se apresuró a aclarar—: El laird no me tiene en gran estima, señor, no me considera digno de su clan. Pretende hacer de mí todo un guerrero, algo que, me temo, jamás será posible.

—¿Y por qué crees eso?

Hinata temió haber hablado más de la cuenta. Aquel hombre la miraba con una intensidad que la desarmaba y le recordaba a su propio padre. Sentía empequeñecer frente a él, y en su interior nacía la necesidad imperante de hablarle con honestidad. Algo en sus ojos le inspiraba la clase de confianza que podría encontrar entre su propia gente, a pesar de no conocerlo en absoluto.

—No lo llevo en la sangre, señor —fue todo lo que pudo decir sin mentirle.

La mirada de Minato Namikaze se intensificó. Parecía querer buscar dentro de ella mucho más de lo que había en la superficie.

—Conozco mujeres que son más valientes que algunos hombres. —Ante esas palabras, Hinata contuvo la respiración—. Nada te impide ser una auténtica guerrera, joven Hyuga.

La chica enrojeció, mortificada por haber sido descubierta en la mentira.

—¿Cómo lo habéis sabido? —susurró, casi sin voz—. ¿Y cómo es que conocéis mis orígenes?

—Tuve el enorme honor de ser amigo de tu madre —reconoció Minato, hablándole con un tono de voz que no usaba desde hacía muchos años—. Hanna era un sueño para todos los hombres que la conocieron. Eres idéntica a ella.

Sí... Hinata sabía que se parecía a su madre. ¿Pero cómo podía ese hombre recordarla con tanta nitidez como para descubrir a su hija tras ellos? Parecía que había tenido mucho trato con su padre, ¿acaso aquel era el hombre que había fomentado los viejos odios de los Namikaze contra su gente? Hinata se tensó al pensarlo, pero esa idea, tal como vino se fue de su cabeza. Era imposible. En esa cabaña alejada de todo no había nada más que dos hombres desterrados por su clan. No tenían ejército ni soldados para lanzar un ataque contra Byakugan. No tenían tampoco riquezas —saltaba a la vista—, para contratar mercenarios que hicieran el trabajo sucio por ellos.

—¿Y cómo habéis llegado a la conclusión de que soy su hija? —preguntó con cautela.

Una sonrisa triste curvó los labios del guerrero.

—Porque yo, querida niña, estuve presente el día de tu nacimiento. Jamás podré olvidarlo. Mi amigo, Hiashi, perdió a su esposa. Fue una noche espantosa, todos sus amigos fuimos a darle nuestro apoyo, aunque ninguno imaginó aquel fatal desenlace. Por suerte, te tuvo a ti. —Minato la miró con cariño—. Y menos mal que al menos tú pudiste sobrevivir a ese parto infernal, porque sin ti, él tampoco hubiera salido adelante.

Hinata cerró los ojos, agradecida por sus palabras. Al contrario que muchos otros, no la culpaba de la muerte de su madre. Era evidente que sentía verdadero aprecio por su familia.

Por eso mismo, se abochornó por haber sido descubierta de esa guisa. Si Minato había conocido a Hanna, estaría pensando que la criatura que tenía frente a él no era digna de considerarse hija suya.

—Señor, yo... os pido disculpas por mi disfraz.

—No tienes por qué. En los tiempos que corren puedo comprender tu necesidad de ocultarte. Aunque tengo que decir que el disfraz no es muy eficaz para aquellos que conocemos a tu familia. No solo tienes sus ojos: eres el vivo retrato de tu madre.

Un extraño calor, preñado de nostalgia, recorrió todo su cuerpo. Como cada vez que la comparaban con ella, sentía que su parecido las unía de alguna manera. La notaba más cerca de su corazón.

—Cuéntame qué te ha traído hasta aquí. Qué ha pasado para que hayas acabado al servicio de mi necio sobrino, que no sabe diferenciar a una bonita mujer del anca de una mula.

Hinata no se sentía bonita en absoluto en esos momentos. Desde que había adoptado la personalidad de un insulso muchacho, ya no se consideraba atractiva de ningún modo. Imposible con su maravillosa melena cortada, sus elegantes ropas abandonadas en Byakugan y su cuerpo cubierto de tanta mugre que había olvidado la sensación de sentirse completamente limpia.

—Él nunca ha sospechado que soy una mujer y es mejor así. Ahora, solo soy Hin.

—¿Hin?

—Hinata, señor. Mi nombre es Hinata, pero ninguno de los Namikaze me conoce como tal.

—Hinata... Sí, ya lo recuerdo. Hace tanto tiempo que lo había olvidado. La última vez que te vi apenas levantabas un palmo del suelo. —El hombre suspiró con nostalgia —. Yo hace mucho tiempo que no soy un Namikaze, y Sasuke tampoco, así que, si no te importa, nosotros te llamaremos por el nombre que te puso Hiashi. Y tú puedes llamarme Minato, deja de llamarme señor.

—D...de acuerdo —concedió ella, aunque el guerrero le imponía demasiado como para usar su nombre de pila.

Minato la observó con detenimiento. Parecía un pajarillo encogido sobre sí mismo, sus ojos supuraban miedo y precaución. ¿Cómo había llegado la hija de Hiashi Hyuga hasta ese lugar tan alejado de su hogar? En su destierro, se perdía muchas de las noticias que circulaban por los caminos, y no sabía nada de la vida y milagros de la gente que en otro tiempo había conocido. Se moría por hacer mil preguntas, pero comprendió que Hinata no estaba preparada. Antes, necesitaba deshacerse de esa coraza de desconfianza con la que se había cubierto.

—Tranquila, no te atosigaré más por hoy, podremos hablar cuando lo consideres oportuno —le susurró, sintiendo que tenía que sosegarla—. Aquí estás entre amigos, nosotros ya no pertenecemos a ningún clan. Somos hombres libres y, como tales, actuamos según nuestro propio juicio. Tú también puedes ser libre aquí, Hinata, y te prometo que nadie te hará daño.

La mirada de la chica se oscureció ante sus palabras.

—No, Minato. Yo no soy libre. No lo seré hasta que pueda vengar a mi gente... y a mi hermano Tokuma.

Ante ese nuevo dato, Minato cambió de parecer. Necesitaba saber.

—¿Por qué dices eso? ¿Le ha ocurrido algo a Tokuma?

A Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas de improviso. Hacía ya demasiados días que no se permitía llorar por su hermano, pero delante de aquellos hombres que parecían dispuestos a acogerla, sentía que podía desahogarse.

—Lo asesinaron... Atacaron Byakugan, por eso tuve que huir. Todos dicen... dicen que fueron los Namikaze, que el mismísimo laird comandaba a sus hombres en el asalto. ¡Dicen que Naruto Namikaze lo torturó hasta la muerte, delante de toda nuestra gente!

No sabía cuánto necesitaba decir en alto esas palabras hasta que las dijo. Contempló la cara de estupefacción de ambos hombres, deseando que hablaran, que no se quedaran callados mirándola como si hubiese perdido la cabeza. Cuando al fin alguien abrió la boca, fue Sasuke.

—Eso es una falsedad. Una calumnia inventada por el verdadero culpable de esos crímenes para inculpar a Naruto.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Hinata en un susurro. Tampoco se había dado cuenta antes de cuánto necesitaba que alguien desmintiera aquella vil acusación contra Naruto. Él ya se lo había confesado, pero hasta que el lugarteniente del Namikaze no lo ratificó, no se había permitido creerlo del todo.

—Hasta hace poco, yo era la mano derecha del laird. Cuando ocurrió el ataque aún era el comandante de los Namikaze y puedo asegurarte que ninguno de nuestros soldados participó en aquella escaramuza. —El guerrero se acuclilló a su lado para mirarla a los ojos antes de afirmar lo siguiente—: También puedo darte mi palabra de que Naruto no es el asesino de tu hermano.

Hinata se tapó la cara con las manos y sollozó... De dolor y de pena, pero también de alivio.

Naruto no es el asesino de tu hermano.

Las palabras resonaron en su cabeza como un eco sanador, que la liberó de una opresión que había estado constriñendo su alma todo aquel tiempo. No quiso indagar más en lo que aquello significaba. Se conformaba con saber que ya no tenía por qué odiar al laird de los Namikaze de manera ciega e irracional. Ahora era libre de admirar al hombre que había ido descubriendo día a día sin sentirse culpable. Sasuke no era consciente, o tal vez sí, de que con su verdad le había quitado un enorme peso de encima.

—No puedo creer que el pequeño Tokuma esté muerto.

La voz de Minato logró que Hinata levantara de nuevo la cabeza.

—¿Cuánto tiempo hacía que no veías a mi hermano? Tokuma tenía de pequeño lo que yo de dama en estos momentos —comentó, sin poder creerse que las palabras del guerrero la sacaran de la tristeza que amenazaba con ahogarla. Le hacía gracia que Minato se refiriera así a cualquiera de sus hermanos. Los dos eran como dos torres humanas.

Él la miró con una sonrisa esperanzada y se permitió la osadía de agarrar su mano para apretársela con fuerza.

—Tienes la belleza de tu madre y el humor de tu padre. Y, lo que es más importante, tienes la fortaleza y la valentía necesarias para afrontar esta dura prueba. Me alegra ver que la pena no ha minado ese corazón Hyuga que llevas dentro... Porque lo vas a necesitar. Juntos, descubriremos quién está detrás de todas estas fechorías, y te prometo que pagará por ello.

Hinata correspondió al afectuoso apretón de manos del guerrero colocando la que le quedaba libre sobre sus enormes dedos.

—No sé cómo podré agradecértelo, Minato. No te conozco, pero siento que puedo confiar en ti casi como si fueras de mi familia.

—¡Ah, pequeña Hinata! Hubo una época en que tu padre y yo éramos muy amigos. Tanto, que puedo asegurarte que, de algún modo, éramos familia. Hiashi significó más para mí que mi propio hermano, y por eso me hallas hoy aquí, exiliado de mi hogar, lejos de mi gente... —Sus ojos se perdieron por un momento en el vacío y suspiró—. Lejos de mi sobrino, que tanto me necesita en estos momentos.

Naruto.

Hinata saboreó su nombre en la mente y volvió a escuchar las palabras de Sasuke en su interior.

Naruto no es el asesino de tu hermano.

{...}

Iba a reventar el caballo. Naruto tiró con suavidad de las riendas y redujo el ritmo hasta que el corcel se detuvo, resollando. Había cabalgado como un poseso todo el viaje de regreso, intentando dejar atrás el recuerdo de Hin y la ignominia que lo cubría como un manto. Deseó que los hombres de MacNab le atacasen de nuevo para desfogarse con ellos, algo harto imposible dado que ya los había matado.

Apretó los dientes y meneó la cabeza, disgustado consigo mismo como jamás lo había estado. ¿Qué le ocurría? Continuó avanzando a pie, rumbo a Innis Rasengan, para darle al animal el descanso que merecía. Sin embargo, a cada paso que daba, la imagen del muchacho emergía dentro de su cabeza tentándolo para que diera media vuelta.

—Con Minato estará bien —se dijo a sí mismo, para tranquilizarse.

Y eso lo torturaba aún más. ¿Qué le importaba la suerte que pudiera correr ese mequetrefe? Tenía que olvidarlo. Borrar de su mente el recuerdo de sus labios suaves y su lengua dulce. Al evocar aquel momento, Naruto sintió que toda su masculinidad se pudría dentro de él. Si alguien se enteraba de lo sucedido sería el hazmerreír de su gente. ¿En qué clase de líder se convertiría entonces?

El amanecer lo había sorprendido sumido aún en sus funestos pensamientos. La luz anaranjada que rayaba el horizonte atrapó por unos instantes su mirada y una extraña melancolía invadió su ánimo. Descubrió, sorprendido, que no tenía ganas de llegar a su hogar. Allí le esperaban problemas, sus agoreros consejeros y el jefe de los MacNab, Darui, que pediría explicaciones por su grupo de guerreros desaparecidos. Aunque Naruto estaba en su derecho de defenderse, y así lo declararía delante de todos, haber acabado con el impresentable de Reed le acarrearía muchas dificultades.

De pronto, se sintió muy cansado. Decidió que pararía en alguna taberna del camino para comer, refrescarse y dormir un poco. Había cabalgado durante toda la noche y la tensión, la angustia y la zozobra que invadían su ánimo le estaban pasando factura. Normalmente se hubiera detenido junto a cualquier arroyo, bajo la sombra de un árbol, pero necesitaba además un par de buenas jarras de cerveza. Lo ayudarían a templar el ánimo y a encontrar más fácilmente el sueño que presentía esquivo.

Después de transitar una hora más por el camino principal, halló por fin un establecimiento. Ya había estado otras veces allí, conocía bien al tabernero y era buena gente, aunque, más importante aún, tenía cerveza de calidad. Dejó el caballo bien atado fuera y entró, ocupando la mesa más apartada y discreta que había en el lugar. No quería encontrarse con nadie, no quería problemas. Solo quería beber y olvidar... Al menos durante un rato. Ya tendría tiempo de enfrentarse a la realidad cuando regresara a Innis Rasengan.

Por desgracia, su rato de respiro no iba a ser tan tranquilo como esperaba. Nada más terminar su primera jarra de cerveza, escuchó jaleo en el exterior y, al momento, un grupo bastante numeroso de hombres tomaron el establecimiento. A pesar de ser soldados, no llegaron buscando pelea. Al igual que Naruto, parecía que tan solo querían dar algo de descanso a sus huesos y llenar sus barrigas con buena comida y buen vino.

Se dispersaron por la taberna ocupando mesas aquí y allá, y tres de ellos, los que debían comandar el grupo, se sentaron en la mesa que quedaba a espaldas de Naruto sin prestarle la más mínima atención. Él tampoco dejó que la curiosidad le manejara a su antojo, y se mantuvo en su postura, sirviéndose más bebida, sin mirar ni una sola vez hacia atrás. Sin embargo, no pudo evitar escuchar lo que entre ellos comentaban.

—Es imposible, jamás daremos con ella —se lamentaba uno.

—Nadie sabe dónde está la joya, o tienen miedo de decirlo —apuntaba otro.

—¿Miedo? Puede ser, aunque lo más probable es que en realidad no sepan ni de qué les estamos hablando. —El que intervino ahora sonaba menos pesimista, pero más enfurecido—. Si no aparece es porque alguien la tiene, y juro por todos nuestros antepasados Hyuga que el culpable pagará por ello. Cuando encuentre a quien mató a mi hermano y se llevó la joya de Byakugan, lo despellejaré con mis propias manos.

Naruto se tensó al escuchar el apellido Hyuga. ¿Eran aquellos sus hombres? ¿Aquel era el hermano del asesinado Tokuma Hyuga? Se echó hacia atrás en su silla para que las sombras ocultasen en la medida de lo posible sus facciones, porque si aquellos soldados descubrían quién era él, sin duda se hallaría en serios problemas. No le darían tiempo a justificarse, primero le clavarían una espada en las entrañas y luego preguntarían.

Por desgracia, se había deshecho de Hin. Si el muchacho aún lo acompañara, podría servirle de excusa. Podría decirles a aquellos hombres que únicamente estaba ayudando al chico a volver con los suyos, para que se dieran cuenta de que sus intenciones estaban muy lejos de dañar a cualquier Hyuga; acto seguido, les explicaría que los Namikaze no tenían nada que ver con el ataque. No... No creía que esa triste excusa le sirviera contra aquellos fieros guerreros. Estaban muy enfadados, tan ofuscados como lo estaría él mismo si las tornas estuviesen cambiadas. Pero al menos, se dijo, si no lo hubiera dejado con Minato, Hin podría haber vuelto a su verdadero hogar.

Aquel pensamiento se le agrió al momento, dejándole un regusto muy amargo en la boca.

¿Por qué demonios le resultaba inconcebible que Hin regresara con los suyos? Si el muchacho provenía de Byakugan, era allí donde tenía que estar. Por primera vez, pensó que si no hubiera escapado a tiempo, nunca lo habría conocido. ¿Cómo habría vivido él la batalla? ¿Cómo había logrado huir, sobrevivir al infierno que redujo a cenizas toda un ala del castillo, según contaban? Se imaginó al pequeño duende atravesado por alguna espada, muerto y tirado en el suelo, ignorado por los salvajes que destruían piedra a piedra la fortaleza Hyuga. Un desagradable escalofrío le recorrió el cuerpo y dio gracias al cielo de que la providencia hubiera querido rescatarlo de aquel infierno.

—¿Y si la tienen los Namikaze? —la voz del primer hombre que había hablado llamó la atención de Naruto otra vez.

—Es más que probable. Pero debemos asegurarnos antes de acudir frente a sus puertas a reclamársela. MacNab y Graham no sabían nada, así que acudiremos al último de nuestros aliados antes de presentarnos ante los Namikaze.

—A fe mía que si Indra no nos lo hubiera prohibido, ese sucio Namikaze ya habría respondido ante mi espada. Pero, si es voluntad de nuestro laird que las cosas se hagan según mandato real, no hay más que hablar. Acudiremos a Akimichi como dices —habló el segundo de ellos, el que tenía la voz más grave—. La recompensa que ofrece vuestro padre es más que generosa. La torre de Glenstrae es un reclamo muy poderoso, así que es probable que, aunque no conozcan su paradero, nuestros aliados nos ayuden a encontrarla ahora que se ha corrido la voz.

—Chõza Akimichi ha sido siempre un buen amigo, Angus —le rebatió el hijo del laird Hyuga—. Si conoce el paradero de la joya, no pedirá nada a cambio.

Así que Hiashi Hyuga había ofrecido la torre de Glenstrae a aquel que le devolviera la misteriosa joya. Naruto maldijo por lo bajo al darse cuenta de que no se había equivocado con Darui MacNab. La recompensa valía mucho más que un cofre de monedas como el que le había ofrecido y el muy ladino se lo había callado. Pero ¿por qué ese empeño del Hyuga en encontrar su preciada joya? Con todo lo ocurrido con Hin, al final Naruto había olvidado comentarle el asunto a su tío Minato. Tal vez él podría arrojar un poco de luz a ese misterio que mantenía en vilo a todos los clanes de los alrededores.

Sin embargo, no podía volver con él. Al menos, no antes de poner en orden sus alterados sentimientos. En aquel momento, oculto en las sombras de la taberna, escondiéndose de los soldados Hyuga, echó de menos a su buen amigo Sasuke. Añoraba su compañía y sus consejos. Su lugarteniente habría sabido escucharlo; tal vez no entenderlo, porque lo que le ocurría no lo comprendía ni él, pero se hubiera sentado a su lado para beber y tratar de buscar una salida a su angustia, estaba convencido. Sasuke le habría dado la oportunidad de desahogarse, se habría comportado como un amigo... No como él.

Cada día, desde que lo desterró de Innis Rasengan, lamentaba no haber hablado en privado con su lugarteniente antes de tomar la drástica decisión. Recordó la mirada que le dirigió antes de salir del gran salón, con cuanta dignidad había abandonado el único hogar que conocía cumpliendo la orden del nuevo laird. Cuanto más tiempo pasaba, más convencido estaba de que había una explicación de lo sucedido más allá de la lacrimosa historia de Suiren. Pero él no le había dado oportunidad de defenderse, y ya era tarde.

Ahora, en esos aciagos momentos, se daba cuenta de lo injusto que había sido con Sasuke. Lo necesitaba, no solo como compañero de borracheras, sino como el fiel y leal amigo que siempre había sido. Tenía muchos frentes abiertos, el cargo de laird le resultaba en ocasiones mucho más engorroso de lo que jamás pensó. No porque le costase comandar a sus hombres, no... Eso era lo más fácil. Pero las traiciones entre clanes, la obediencia ciega que le debían a Indra, las intrigas del poder... ¿En quién iba a confiar para resolver todas las cuestiones que lo desvelaban? ¿En los dos cuervos que tenía por consejeros?

Bebió otro largo trago de su jarra de cerveza y esperó, sin apenas moverse, a que los Hyuga terminaran su descanso y prosiguieran su camino. La fortuna estuvo de su parte y ninguno reparó en su presencia, tal vez porque las sombras de la esquina que ocupaba lo ocultaban de la vista de los demás, o tal vez porque aquellos guerreros estaban tan ofuscados en sus propios problemas que no veían más allá de sus narices.

Fuera como fuese, apenas una hora después de invadir la taberna, los Hyuga se marcharon tal y como habían llegado, con las tripas llenas de comida y alguna que otra jarra de cerveza de más. Naruto pudo salir entonces de su rincón y se dirigió al tabernero, al que entregó varias monedas para pagar su cuenta y el favor que le había hecho.

—Gracias por no delatar mi presencia.

El hombre le miró a los ojos con solemnidad.

—Vos sois uno de mis mejores clientes, laird, jamás os traicionaría de ese modo. No le debo nada a los Hyuga y sí mucho a los Namikaze. Siempre me habéis ayudado cuando lo he necesitado.

—Y así seguirá siendo.

El tabernero le hizo un gesto agradecido y Naruto salió, dispuesto a proseguir su camino. Su pretensión de dormir un poco había quedado relegada al olvido, pues su cabeza era un caldero de ideas y preocupaciones en ebullición. Cuando montó sobre su caballo, miró el sendero por el que había llegado, sopesando si valía la pena ceder a la tentación y regresar a la cabaña de su tío, como le pedía cada parte de su cuerpo que hiciera. Tenía la oportunidad y la excusa perfecta: sabía que había un grupo de Hyuga que sin duda acogerían a Hin de buena gana y él se quitaría ese problema de encima.

Mas no podía hacerlo.

Prefería no volver a verlo tan pronto, aún estaban demasiado recientes las sensaciones que aquella boca dulce y suave le había dejado en la lengua. Aunque no era solo eso, reconoció ante sí mismo. Por muy egoísta que sonase, dejar a Hin con su tío Minato y no devolverlo a su gente tenía una gran ventaja para él. Estaba seguro de que no quería tenerlo delante de la vista nunca más... Pero, por si acaso, sabría siempre dónde encontrarlo.

Continuará...