Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la maravillosa Victoria Vílchez, yo solo hago la adaptación. Pueden encontrar disponible la saga "Antes de que… " de venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Epílogo

Abracé primero a Bella, para luego repetir con Edward. Su amplia sonrisa terminó por contagiarse y reflejarse en mi propio rostro. En aquel momento, eran la felicidad personificada, y no pude hacer otra cosa que alegrarme por dos de mis mejores amigos.

Dejé paso a otros invitados que querían felicitarles y barrí la arena con la mirada en busca de María. No pensaba en otra cosa que no fuera tomarla por la cintura y darle un beso largo y profundo, de los que normalmente, y en un ambiente más privado, terminaría en algo más que un simple beso. Aunque tal vez eso tuviera que esperar.

Esquivé a Rosalie, que andaba tonteando con un inglés al que ni siquiera conocía.

Ya me encargaría luego de saber quién era exactamente y cómo había acabado acudiendo a la boda con mi prima.

María no me vio llegar. La rodeé con los brazos y la apreté contra mi pecho con algo más de fuerza de lo debido. Por primera vez en mi vida estaba nervioso. No sabía cómo se iba a tomar lo que tenía que decirle, aunque normalmente tampoco era que supiera prever sus reacciones.

—Estás aquí —le susurré al oído. Dejé que mi aliento le acariciara la piel del cuello y noté cómo se estremecía.

Me encantaba saber que, aun con el paso del tiempo, conseguía ejercer sobre ella tanta influencia. Lo que María puede que no supiera era que su influencia sobre mí resultaba aún más acusada que en los inicios. Si Bella era perfecta para Edward, María lo era a su vez para mí. No tenía muy claro si yo resultaba suficiente, pero me esforzaba a diario por que así fuera.

—Te estaba buscando —añadí, depositando pequeños besos en el hueco detrás de su oreja, algo que solía excitarla de inmediato.

Me importaba poco si al resto de invitados le parecía fuera de lugar la demostración, una vez que hube puesto mis manos en torno a su cintura, el mundo podría haber estallado en llamas y me hubiera dado igual.

—Tú siempre me estás buscando, Jasper —replicó, sonriendo y ladeando el rostro para besarme.

La liberé solo para permitir que se diera la vuelta y poder mirarla a los ojos. Estaba preciosa. Para asistir al enlace había elegido un vestido corto de lino en color blanco, como todos, y sus ondas se apretaban en un recogido, dejando los hombros al descubierto. Paseé los labios a lo largo de su clavícula y, cuando protestó, tiré de ella para llevarla junto a la orilla.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —se quejó.

No contesté hasta que el agua de las olas nos acarició los pies. Volví a atrapar su cuerpo entre mis brazos, ese siempre sería mi lugar preferido, un refugio, quizás más para mí que para ella. De cualquier modo, tenerla cerca se había convertido en algo necesario para mantener mi cordura.

Durante los meses anteriores, había observado los preparativos para la boda de nuestros amigos con morbosa curiosidad. Habíamos viajado con asiduidad desde Londres a Madrid, y en esos viajes contemplé a Edward y Bella organizar lo que sucedería ese día, las peleas, los acuerdos a los que llegaban, la tensión... pero también la forma en que a mi amiga se le iluminó el rostro al ver su vestido de novia, las ansias con las que ambos esperaban que llegara la fecha, las risas de madrugada decidiendo a dónde irían de luna de miel. Y de alguna manera, terminé comprendiendo el por qué Edward le había propuesto matrimonio a Bella, no solo por la celebración, no solo por firmar un papel que los convirtiera en marido y mujer, sino también por el hecho de hacer partícipes a los demás de cuánto significaban el uno para el otro.

Y en algún momento, durante esos días, empecé a soñar con ver a María desfilar hacia mí para convertirse en mi esposa por el resto de mis días. Si me lo hubieran dicho, no lo hubiera creído. Y dado que me había reído durante semanas de Edward, no le conté a nadie lo que me traía entre manos. El día antes de viajar a Tenerife había ido a una joyería en busca de algo especial, tan especial como la chica a la que iba a pedir en matrimonio en ese mismo instante.

—¿Jasper? ¿Qué pasa? —insistió María, al ver que permanecía plantado frente a ella sin decir nada.

El sol rozaba ya el horizonte y, en el cielo, las nubes se habían teñido de tonos rosas. Puede que me hubiera contagiado del ambiente cursi que me rodeaba, porque allí, en aquella playa, todo me pareció perfecto para realizar la consabida pregunta. Todo menos una cosa. Necesitaba una canción, la canción. Esa melodía que acompañara a la petición y que, junto con el resto, se sumara a la banda sonora de mi historia con María.

Busqué con la mirada a Tayler, al que había dado instrucciones precisas sin contarle nada de lo que pensaba hacer, y le hice un gesto con la cabeza.

Haciendo uso del equipo de música empleado para la marcha nupcial, cumplió con su cometido con diligencia. All of me, de John Legend, comenzó a sonar por los altavoces, atrayendo la atención de los invitados sobre el improvisado pinchadiscos.

Yo, por el contrario, me concentré en María, que me miraba confundida, sin comprender qué era exactamente lo que estaba pasando. Tuve que reprimir una carcajada; verla desconcertada resultaba siempre estimulante para mí. Solo esperaba que no empezara a gritarme cuando viera lo que me proponía.

Hinqué la rodilla en la arena en cuanto el cantante pronunció la frase que le daba título a la canción. Ya le había entregado todo de mí hacía mucho tiempo, incluso llevaba su nombre grabado en la piel junto al tatuaje que me recordaba que siempre sería parte de Bree, mi hermana. Por lo que en realidad, para mí, María y yo ya estábamos comprometidos el uno con el otro.

Esta vez, cuando la expresión de María se transformó en una de sorpresa absoluta, sí que no pude evitar sonreír. Y cuando sus labios se curvaron hacia arriba, pensé que era lo más jodidamente hermoso que había contemplado en toda mi vida.

—¿María? —murmuré.

Pero, hasta que el vocalista no cantó You're my end and my beginning, no pronuncié el resto de la frase. Eso era ella para mí, mi principio y mi fin.

—¿Te casarás conmigo? —De repente aquella proposición me pareció insuficiente, así que continué hablando sin esperar una respuesta—. Edward me dijo hace poco que me moría de ganas de atarte a mí de todas las maneras posibles, y es cierto. Pero porque no quiero pasar ni un solo día sin verte sonreír, sin decirte que te quiero, sin escuchar tu respiración mientras duermes... No quiero vivir sin besarte, ni sin la sensación que tus besos provocan en mí; o sin hacerte el amor y escuchar como gimes bajo mi cuerpo —añadí, atropelladamente—. No quiero estar sin ti.

Saqué del bolsillo la pequeña caja que albergaba el símbolo de nuestro compromiso y se la tendí. María la tomó de mis manos sin dejar de mirarme. No sabía si aquello estaba marchando demasiado bien, ¿no debería haber dicho ya que sí?

Permaneció contemplando el regalo durante una eternidad. Era consciente de que seguramente no era lo que se esperaba de una pedida de mano, pero me había vuelto loco a la hora de elegir una sortija. María no usaba nunca anillos, decía que le molestaban, y cuando puse mis ojos sobre aquella delicada nota musical que pendía de una fina cadena de oro, supe que era eso lo que quería. La música era parte de nuestra historia, y quería que supiera que ella sería siempre mi melodía favorita.

—Es... —María titubeó, y yo inspiré profundamente a la espera de que dijera algo más.

Al ver que los ojos se le llenaban de lágrimas al tiempo que una enorme sonrisa se extendía por su cara, no pude reprimirme más.

—No has contestado.

Desvió la mirada de la joya y la fijo en mí.

—Nunca estarás sin mí, Jasper —declaró finalmente. Acogió mi rostro entre sus manos, y el collar se balanceó entre nosotros—. Sí, sí quiero. En realidad, aceptaría cualquier cosa que me propusieras, no importa lo descabellado que fuese —se rio, rozando mi boca con sus labios.

Desde ese mismo instante, perdí el control. La apreté contra mí y repartí besos por toda su cara y su cuello, murmuré su nombre entremezclado con más de un te quiero y, mentalmente, no pude dejar de darle gracias al destino por haberme regalado a María, y con ella, la posibilidad de volver a sentir de nuevo.

No fue hasta casi una hora más tarde que nos reunimos de nuevo con los novios, ambos con un colgante idéntico pendiendo del cuello y una sonrisa de los labios.

—De una boda sale otra boda, ¿no? —comentó Edward, satisfecho.

Lo miré confundido, sin comprender cómo se había dado cuenta de lo sucedido.

—Tío, te has arrodillado y has puesto una cara de cordero degollado que no te había visto en la vida —se burló, al ver mi expresión—. No hay que ser muy listo para atar cabos. Por cierto, esto sí que se va directo a YouTube.

Lo fulminé con la mirada y María me agarró del brazo temiendo que Edward y yo termináramos revolcándonos por la arena delante de todos los invitados.

—No os fugaréis a Las Vegas para casaros o algo por estilo, ¿no? —terció Bella.

Supuse que mi carácter impulsivo era más que conocido por todos, y sabiendo lo poco que me gustaban las bodas...

Ladeé la cabeza para mirar a María y sonreí. De inmediato, ella comenzó a negar.

Lo que solo podía significar una cosa: aquello terminaría en pelea. No obstante, yo solo podía pensar en la posterior reconciliación y en que, fuera donde fuera, la mujer a la que amaba iba a convertirse en mi mujer.


Ohhhhhhhh, me encanta esta pareja de Jasper y María. Tal vez me piense en adaptar su historia o la de Rosalie y Emmett, que también es bastante linda. ¿Un Emmett tímido? Eso debe ser adorable de ver. En fin, hasta aquí llega la bonita historia de Bella y Edward. Espero que disfrutaran las dos adaptaciones, y una vez más les doy las gracias, por siempre estar al pendiente de mis historias. Son las mejores. Por cierto, espero que tengan un maravilloso inicio de año, esperemos que el 2021 se venga con puras cosas bonitas, sin embargo tratemos de no olvidar las grandes lecciones que nos dejó el 2020. No olviden usar tapabocas, gel antibacterial, evitar lugares conglomerados y siempre tener una sonrisa. Les mando mis mejores deseos y un abrazo.

Ariam. R.