Capítulo 13.

Yo sé perfectamente lo que le gusta a Sakura... ¡no, Sasuke, no lo sabes!

Sasuke despertó antes del amanecer y se deslizó con cuidado fuera de la cama para no despertar a Sakura que, con un suspiro, apretó la almohada junto a su pecho como sustituto de su cuerpo. Él no tuvo más remedio que sonreír, y en un impulso tonto le dio un beso en la frente. Ella se removió, pero no llegó a despertarse. Creyó que esa noche no iba a ser capaz de dormir, sin embargo había tenido un sueño largo y reparador entre sus brazos. Sacudió la cabeza. No. No tenía derecho a pensarlo. Se vistió y la dejó dormida para dirigirse a la Univerzita Karlova. A solas en su despacho pensó en cómo abordar al padre Hatake. ¿Qué demonios le iba a decir? Ni siquiera estaba seguro de que su intervención no empeorara las cosas. Agradeció no encontrárselo cuando a media tarde abandonó la Facultad para dirigirse al hotel.

Cuando Sakura abrió finalmente los ojos ante la claridad del día, Sasuke ya se había ido, esa vez sin dejar ninguna nota. Desayunó con calma y se centró en el trabajo de esa semana, encerrándose en el saloncito. Pronto no se acordó de otra cosa. Ni siquiera escuchó al servicio de habitaciones entrar para retirar la bandeja del desayuno, dejar la de la comida y adecentar algo la habitación y el baño. Se negaba una y otra vez a mirar el correo de Kakashi. Él no la había vuelto a llamar, estaba esperando una respuesta por su parte. Pero ella no estaba preparada para dársela. Todavía no. «¿Por qué?», se preguntó mirando fijamente la pantalla parpadeante del ordenador. «Porque habían pasado demasiadas cosas en esos siete años que dudaba mucho que él pudiese entender», le respondió su subconsciente. Necesitaba más tiempo. Más tiempo para calmarse y para ordenar sus ideas.

A Sasuke le dieron la bienvenida a la habitación del ático los dulces acordes de Smetana en Má Vlast Moldau. Entró con una sonrisa y se dirigió directamente al salón, donde surgía la música de los altavoces del ordenador. La había echado de menos, y eso que solo habían estado separados unas horas. Examinó la sala con detenimiento y no la vio. Frunció el ceño y se rascó la barbilla, a punto de girarse para volver a la habitación.

—Hola —le saludó una voz ronca que provenía de una esquina del salón.

Él miró hacia allí y solo vio unas piernas desnudas, que se elevaban siguiendo el cadencioso ritmo cruzando y descruzando los pies, escondidas detrás del sofá. Se acercó con curiosidad y la observó tendida boca abajo, tomando notas de un libro abierto junto a ella.

—¿Es que siempre tienes que estar tirada en el suelo? —preguntó con una sonrisa.

—Es bastante más cómodo que esa silla de madera, que parece sacada de algún tipo de tortura practicada por la Inquisición —respondió ella girándose y quedándose frente a él—. ¡Caramba! ¡Qué alto pareces desde aquí!

—Eso es porque soy muy alto —contestó él y le alargó la mano, que ella recogió para que la ayudara a levantarse.

—También tienes la cama, Sakura —sugirió cuando la tuvo de pie a su lado.

—La cama es para dormir. Además si tú no estás... resulta... no sé... ¿aburrida? —Pareció tan sorprendida por su comentario, que arrancó una carcajada a Sasuke.

—Me lo tomaré como un halago. Creo —dijo mirándola intensamente.

Pero ella ya había desviado la atención de su mirada para dirigirla a su teléfono móvil, que vibraba sobre el escritorio. Se acercó despacio, temiendo que fuera Kakashi. Cuando vio el remitente respiró.

—Hola, Karin —saludó y le hizo un gesto con el dedo índice sobre sus labios a Sasuke, indicándole que guardara silencio. Él asintió levemente.

—¿Dónde estás? Vamos, si puede saberse, porque acabo de estar en tu habitación y parece ser que está vacía.

—¿Vacía? —acertó a decir Sakura, y pulsó el manos libres para que Sasuke escuchara.

—Sí, pero en realidad no importa. Las oportunidades solo se presentan una vez en la vida, así que como estoy en el mismo hotel que el profesor Uchiha, voy a aprovechar mi oportunidad.

—¿Qué? —Sakura casi gimió.

Sasuke masculló algo ininteligible.

—¿Estás con alguien?

—¿Yo? ¡No! —Hasta para ella sonó falsa la respuesta.

—Está bien, ya me contarás. Te dejo. Voy a llamar a las puertas del amor —afirmó Karin y colgó.

En ese momento se oyeron unos golpes en la puerta de la habitación. Sakura miró alrededor pensando dónde esconderse. Finalmente, y antes de que le diera tiempo a reaccionar a Sasuke, corrió al baño, se metió en la bañera y cerró las cortinas. Lo escuchó carraspear y la puerta se deslizó sinuosamente sobre la moqueta.

—Profesora Uzumaki. —La voz profunda y grave de Sasuke parecía mostrar sorpresa.

—Profesor Uchiha, ¿puedo pasar? —La voz de Karin, en cambio, sonaba como la melaza, dulce y pegajosa.

—¿Qué se le ofrece?

—¡Oh! Muchas cosas, profesor Uchiha. Creo que algunas ya las debe conocer.

—Realmente no. ¿Quiere decirme a qué ha venido a mi habitación? Esto resulta del todo...

—Inapropiado —masculló Sakura desde la bañera. ¿Es que no sabía decir otra cosa?, pensó cabeceando y emitiendo un suave resoplido.

—Inapropiado —terminó Sasuke.

—Yo creo que entre adultos no hay nada inapropiado, mientras ambos estén de acuerdo.

—Profesora Uzumaki, usted misma lo ha dicho: mientras ambos estén de acuerdo.

—Profesor Uchiha, ya va siendo hora de que encaremos esto de otra forma. Ninguno de los dos somos niños y he podido ver cómo le resulto atractiva, y desde luego usted también lo es para mí. Creo que estamos perdiendo un tiempo precioso para convertir este tedioso seminario en algo divertido.

—¿Tedioso? —Sasuke parecía enfadado.

«Este hombre es tonto», pensó Sakura. Después de lo que le había dicho y solo se preocupaba por lo que pensaba Karin de sus clases. Escuchó movimiento desde su refugio y el golpe de algo contra el suelo, pero no supo muy bien qué era.

—¿Qué está haciendo? —preguntó un furioso Sasuke.

—Poniéndome más cómoda. Aquí hace demasiado calor. Vamos, Sasuke, no te hagas el estrecho ahora. He visto cómo me miras.

—¿Cómo la mira? —susurró Sakura, que no se dio cuenta de que estaba apretando los puños con fuerza.

—Mire, profesora Uzumaki, si alguna vez le he dado la errónea señal de que deseaba otro contacto con usted que el de mero profesor-alumna, le pido disculpas —explicó Sasuke con serenidad. Pero Sakura notó que su enfado iba subiendo grados en la medida en el que el tono de su voz se volvía más ronco.

—No soy ninguna idiota, sé interpretar perfectamente las señales —contestó Karin.

Hubo un silencio que cortó el aire de la habitación.

—¿Adónde va? —El tono de Sasuke era de urgencia.

—A refrescarme un poco. No me impedirá también entrar en el baño, ¿no? —exclamó Karin, retornado su inglés educado y formal.

—Yo no. Sí. ¡Maldita sea!

Y Sakura no escuchó más palabras, sino una especie de gemidos entrecortados que emergieron de la boca de Karin. Se dio cuenta de que se estaba mordiendo un puño, y rápidamente lo soltó.

—¿Ves como yo tenía razón, Sasuke? —Karin volvió a hablar con tal tono de satisfacción que a Sakura le dieron ganas de propinarle una patada en la espinilla.

—No le he dado permiso para que me tutee. Para usted sigo siendo el profesor Uchiha —contestó Sasuke respirando fuertemente.

«¿Tiene la respiración agitada?», se preguntó Sakura desde la bañera, y por un instante deseó que la puerta del baño tuviera mirilla para poder observar con total impunidad lo que estaba sucediendo en la habitación.

—Si usted lo prefiere, lo haremos así. No dude que tendré mucho gusto en gritar «¡Oh, profesor, mi profesor!» cuando llegue el momento.

Sakura gimió y se tapó la boca con la mano.

—¿Hay alguien en el baño? —preguntó con extrañeza Karin.

—No. Es el ruido del cuarto de calderas.

—¡Ah! —Karin no parecía muy convencida, pero modificó de nuevo el tono de voz—. ¿Continuamos, profesor Uchiha? —susurró con voz ronca y engolada.

—No. Estoy esperando a alguien.

—¿A quién?

—Eso a usted no le incumbe.

—¿No será a Sakura?

—¿Quién? No. No sé dónde está la profesora Haruno. —Sasuke sabía mentir mucho mejor que ella. Sakura se preguntó dónde habría adquirido esa habilidad, y enseguida lo averiguó: deshaciéndose de una mujer para encontrarse con otra. Y volvió a morderse el puño.

Finalmente escuchó el crujido de la puerta al abrirse.

—Está bien, profesor Uchiha. Pero esto no quedará así, le aseguro que tenemos muchas más cosas de que hablar... y que hacer.

—Eso no lo dudo, profesora Uzumaki. Que tenga un buen día.

Sasuke cerró la puerta y respiró hondamente. Luego corrió hacia el baño, donde Sakura ya estaba saliendo de la bañera. Se quedó mirándola un momento, ella parecía estar realmente enfadada. Su rostro arrebolado y la tensión de su pequeño cuerpo se lo transmitían como si pudiese emitir ondas eléctricas.

—¿La has besado? —preguntó ella.

—Sí —contestó él sin avergonzarse lo más mínimo. «¡Joder! Ella se ha acostado con el padre Hatake y se atreve a juzgarme a mí», pensó de forma furiosa. Y un segundo más tarde, entornó los ojos y la observó con detenimiento preguntándose «¿Por qué le molesta tanto?».

—¡Oh! Muy bien —respondió de forma sarcástica ella.

—Bueno, en realidad, sí. Ha estado muy bien. Tu compañera Karin es bastante... habilidosa.

—¿Habilidosa? —Sakura entrecerró los ojos y al percibir una rápida respuesta de Sasuke, levantó una mano—. ¡Déjalo! No quiero saber nada. Es tu vida y la de ella. Total, estoy segura de que Karin me lo va a contar con todo lujo de detalles.

En ese momento sonó el teléfono de Sakura. Ella comprobó quién era y sonrió sardónicamente.

—¿Ves? —le dijo mostrando la pantalla—. Ya está aquí —afirmó aceptando la llamada.

—¡Sakura, cielo! ¿A que no sabes a quién le acabo de meter la lengua hasta la campanilla? —soltó Karin.

Sakura intentó mostrarse calmada.

—Déjame que lo adivine, ¿a tu profesor preferido?

—Sí. ¿Tienes un rato? Tengo muchas cosas que contarte...

Sakura se dirigió al salón y cerró la puerta en las mismísimas narices de Sasuke, que se quedó en la habitación con el ceño fruncido, como era su costumbre. Karin era una mujer atractiva y desde luego no podía negar que se sentía en parte atraído por ella, y además parecía bastante desinhibida. Quizá fuera un bonito premio de consolación, ya que su ángel rosa estaba destinada a otro. Pero, pensó de nuevo pasándose la mano por la incipiente barba, «¿por qué le ha molestado tanto que la besara? ¿Es que no se ha dado cuenta de que era para que Karin no la descubriera en el baño? ¡Mujeres! ¡Jamás llegaré a entenderlas!». Con un suspiro resignado, se giró y se dirigió a darse una ducha bien fría al baño.

Aquella noche, cuando él salió del baño, ella ya estaba acurrucada en una esquina de la cama y había apagado la luz. Era obvio que seguía enfadada, pero él seguía sin entender por qué. Habían cenado en un incómodo silencio, y luego ella se había dado un baño del que tardó más de una hora en salir. Estaba claramente evitándolo. Pero eso se iba a acabar. Alargó un brazo y la atrajo hacia él en la oscuridad.

—Déjame —protestó ella sin mucha energía.

—No.

—¿Por qué?

Él se mantuvo en silencio un momento.

—Porque lo necesito para dormirme —dijo finalmente, asombrándose de que fuera cierto.

Ella bufó. Literalmente. Él la ignoró.

—¿Cómo te encuentras?

—Bien.

—¿No hay dolor? ¿Estás ansiosa o nerviosa?

—No. En realidad, estoy enfadada.

—Ya lo he notado. Pero no entiendo por qué.

—Yo tampoco, Sasuke. Limítate a dormir, ¿vale? Y deja de intentar analizarme a cada instante. Me molesta.

—Lo hago porque me preocupo por ti.

—Lo sé, pero creo que ya no es necesario. Empiezo a necesitar estar sola.

—No pienso dejarte regresar a tu habitación.

Ella se revolvió hasta quedarse frente a él. La habitación estaba en penumbra, pero distinguía sus rasgos recortándose contra la tenue luz de las farolas de la calle que se filtraba por las cortinas.

—Creo que te estás excediendo.

—No. No lo creo.

—No pienso volver a esconderme en la bañera mientras tú te acuestas con Karin en nuestra cama.

Él rio. «Así que es eso», pensó aliviado.

—Eso no será necesario.

—¿Por qué no?

—Porque no tengo ninguna intención de acostarme con Karin en nuestra cama. Este lugar es solo nuestro, tuyo y mío, de nadie más.

—De acuerdo, Sasuke. No soy quién para decirte lo que tienes que hacer con tu vida sexual.

«Sí lo eres, Sakura, sí lo eres», pensó Sasuke, pero no pronunció una sola palabra más.

Sakura se giró y dejó que él la acomodara contra su cuerpo. Antes de dormirse tuvo un único pensamiento: él no le había dicho que no pensara acostarse con Karin, sino que no lo iba a hacer en la cama que compartían. Cerró los ojos con fuerza y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla sin saber muy bien por qué su cuerpo la traicionaba de esa forma tan cruel.

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El viernes llegó deprisa. Muy deprisa. Sasuke estaba cerrando su ordenador en el despacho de la Facultad de Teología a media tarde con una extraña sensación de tristeza. Ya había pasado una semana, y en vez de estar pensando en cómo disfrutar del fin de semana con Sakura, estaba lamentando que su hermana fuera a visitarla. Era cierto que se alegraba por ella, la excitación de Sakura era palpable desde el comienzo de la mañana, incluso se había despertado antes que él, y eso solo en sí mismo ya era toda una proeza. Pero no estaba muy seguro de que lo quisiese a su lado durante los dos días siguientes. Comprendía que quisiera estar a solas con su hermana. También se sentía muy orgulloso de su pequeño ángel. Llevaba una semana sin consumir, en realidad no parecía que la hubiera afectado demasiado, quizá, como afirmaba ella, no fuera una persona acostumbrada a depender de las drogas. Si bien era cierto que casi todos los días había notado cierto aroma a tabaco en la habitación, que ella había intentado disimular utilizando su perfume como ambientador, tampoco era como para reprochárselo. Un suspiro de alivio llenó el silencio del despacho. Y pensó en cómo recompensarla. «Le compraré un regalo, un bonito regalo, solo para ella». Y con el ánimo más decidido se encaminó a la calle Parizska, donde sabía encontraría las tiendas más exclusivas de la ciudad.

Caminó durante un rato recorriendo la calle empedrada, parándose en varios escaparates, pero sin decidirse por nada en concreto. Finalmente se quedó quieto frente a Tiffany, donde un expositor de cristal blindado mostraba las más exquisitas joyas que la marca tenía. Pero todo le pareció demasiado sencillo para ella. Unos pendientes de diamante, no, le pareció poco. Quizá una pulsera de oro blanco. No, jamás la había visto con pulseras. ¿Un reloj? Eso era algo útil y hermoso a la vez. Lo descartó, ella llevaba un reloj de plata, sencillo pero elegante, como ella. Comprarle algo más caro sería como insultarla.

Siguió caminando sin rumbo fijo hasta que un escaparate, mucho menos adornado que los anteriores, le llamó la atención, y entró sin pensárselo dos veces en el espacio de un anticuario muy reconocido en la ciudad. El hombre mayor, casi calvo y con gafas, observó al joven vestido de traje y con maletín que se deslizaba entre su mercancía cogiendo algún objeto y volviéndolo a dejar, sin que al parecer nada le interesara en concreto. Sin embargo, el anticuario, con más de cuarenta años de experiencia, se dio perfecta cuenta de que ese hombre no era un simple aficionado, ni alguien que había entrado a curiosear. Parecía reconocer algunos objetos y sus ojos brillaban con admiración ante las antigüedades expuestas. Lo dejó elegir sin inmiscuirse en su decisión. Él finalmente se detuvo frente a una vitrina en la que, casi escondidas, tenía sus mejores joyas. Y algo pareció llamarle la atención definitivamente. Entonces el anticuario se acercó.

—¿Puedo ayudarle?

—Humm. Sí. Me gustaría ver ese broche —contestó Sasuke señalando un broche de ágata rosácea con el grabado de una joven rubia y con rostro de ángel enmarcado en una serie de filigranas entrelazas de oro viejo.

—¿El camafeo?

—Sí —Sasuke asintió. En cuanto lo vio supo que tenía que ser para ella. Era lo suficientemente especial, distinto, singular, como lo era ella. Estaba seguro de que Sakura no tendría nada ni remotamente parecido.

Sí, en eso Sasuke estaba completamente en lo cierto.

El anticuario abrió el expositor y, poniéndose unos guantes de algodón, se lo mostró en su mano extendida.

Sasuke lo observó cuidadosamente. La mujer retratada vestía como a finales del siglo XVIII, y lo observaba desde su grabado con una mirada clara y directa, y sin embargo dulce, como ella, como Sakura. Siempre le habían fascinado los retratos antiguos, cómo el pintor había sabido captar la esencia de ese personaje, que un día fue real, y que por un instante cada vez que otro ser lo observaba volvía a cobrar vida.

—¿Finales del siglo XVIII?—aventuró Sasuke.

—Primera decena del XIX, ha estado cerca, joven. —El anticuario sonrió.

—¿Alemán?

—Austriaco. Tengo el certificado de autenticidad, si quiere comprobarlo.

—No será necesario —contestó Sasuke.

—Ya veo que es usted un entendido.

—No. Un simple aficionado. Solo soy profesor de Historia —afirmó Sasuke por primera vez en toda su vida con algo de humildad.

—¿Es un regalo?

—Sí —Sasuke sonrió.

—¿Para su madre o su abuela?

A Sasuke se le borró la sonrisa.

—No. Para una amiga. Joven. Más joven que yo.

—¡Ah! Lo siento. Yo supuse... —La disculpa murió en los labios del anticuario, a la vez que pensaba que aunque ese hombre entendiera de Historia, de mujeres estaba claro que no.

—Ella también es profesora de Historia. Estoy seguro que le gustará. De hecho, le apasionará —aseguró Sasuke intentando convencerse a sí mismo.

—Quizá tenga razón. No obstante, una joya será siempre una joya —comentó el anticuario dirigiéndose al mostrador a envolver el preciado camafeo que atesoraba más de doscientos años de antigüedad.

—Espere. —El tono brusco de Sasuke lo detuvo.

—¿Algo más, caballero?

—Sí —dijo él, y señaló una tiara de oro blanco tallada en delicadas hojas que se entrelazaban con pequeños diamantes que centelleaban ante las luces de los halógenos de la vitrina—. También me llevo la tiara.

—¿La tiara? —El anticuario se mostró sorprendido—. ¿Se va a casar?

—¿Yo? No, ¿por qué?

—Bueno, en ocasiones se suelen utilizar para sujetar los velos de novia. En realidad es una pieza rusa, de los años previos a la Revolución, rescatada por una duquesa, que la cosió al dobladillo de sus faldas cuando huyó de Rusia. Era su tiara de boda.

—Entiendo. Bueno, quizá ella la utilice algún día para eso. —Sasuke suspiró.

—¿Es para la misma joven? ¿Su amiga?

—Sí.

—Pues, si me permite un comentario, quizá esa joven no sea una simple amiga, ¿no cree? La tiara es la mejor pieza de mi colección —señaló el anticuario, haciéndole ver que en realidad costaba una fortuna.

—No. Es solo una amiga. Y sí, me llevo las dos cosas —asintió Sasuke, entregándole la tarjeta de crédito que sabía no tenía límite.

El anticuario se entretuvo unos momentos preparando los dos paquetes, mientras le mostraba los certificados de autenticidad y le tomaba los datos. Con gesto decidido Sasuke recogió sus regalos y se encaminó con paso firme en dirección a su hotel.

Sakura estaba emocionada. Inquieta. Y nerviosa. Por dos cosas claramente diferenciadas. Por un lado iba a ver a su hermana y por el otro, Sasuke antes de irse le había entregado la llave de su habitación y la del ático. No había explicado nada, pero su gesto le demostraba con solo una mirada que por fin era libre. Y sin embargo no salió en toda la mañana. La simple idea de su libertad ya era suficiente. Se centró en terminar su trabajo y lo dejó en el escritorio a la espera de que él se lo corrigiera ese fin de semana. Comprobó la hora. Tenía el tiempo justo para ducharse, arreglarse y bajar a esperar a su hermana y a Shikamaru, su prometido. En ese momento llamaron a la puerta. Ella la abrió y vio a la joven que normalmente estaba en recepción.

—Señora, esta mañana ha venido un caballero y ha dejado un paquete para usted. Quería subirlo a su habitación, pero como he supuesto que él quizá no sabía que usted se había trasladado, lo he recogido con la promesa de entregárselo cuando la viera. —Habló de forma apresurada, como temiendo una reprimenda.

—Está bien. Gracias. Ha sido muy amable —dijo Sakura sonriéndole, recogiendo el paquete de su mano y ofreciéndole una propina a cambio.

Cerró la puerta tras ella y se quedó mirando el paquete envuelto en papel de regalo. Era una pequeña caja, no más grande que su puño. «¿Quién me ha dejado un regalo?», pensó con desconfianza. Probablemente alguien que no supiera que ella odiaba las sorpresas que venían envueltas en papel satinado. Lo abrió sin más preámbulos y un gemido entrecortado brotó de su garganta. El aire de la habitación de repente desapareció dejando paso a la ya familiar sensación de estar ahogándose y cayendo por un precipicio. Tuvo que sentarse en el borde de la cama, y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.

—Me gusta el color de tu piel a la luz del sol. Es como si centelleara y saltaran pequeñas estrellas alrededor de ti. —La voz grave de Kakashi se había vuelto de repente ronca.

Sakura se giró para mirarlo con detenimiento. Él estaba tumbado de costado, con la cabeza apoyada en su brazo doblado, y la miraba con intensidad. Demasiada intensidad. Ella rodeó con los ojos el pequeño espacio escondido en los jardines de la Universidad Pontificia, donde se habían recluido esa tarde amparados por los parterres de flores que los mantenían ocultos de miradas indiscretas. Podía notar el frescor de la hierba bajo su cuerpo, el calor de los últimos rayos de sol de la tarde de verano, el olor de la tierra mojada y sobre todos ellos, el fuerte y vibrante aroma de las rosas que los envolvían.

—¿En qué estás pensando, Kakashi? —susurró.

—En ti. Siempre estoy pensando en ti —contestó él alargando una mano para levantarle la delgada blusa de gasa y posar los dedos en la curva de su vientre.

Ella se estremeció ante su contacto.

—No podemos. Aquí no. Nos puede ver alguien.

—Lo sé. Pero no puedo dejar de tocarte si estás a mi lado. La sensación es tan fuerte que me duelen los dedos si no rozo tu piel, aunque sea solo un instante.

Ella suspiró y se acercó a él, que la recogió en sus brazos, la tumbó bajo él y la besó con pasión apenas contenida. Ella gimió y se apretó más a él. Kakashi por un momento siguió besándola, para parar de repente apartándose bruscamente.

—Mi Madonna, me estás volviendo loco. Por un momento he olvidado dónde estábamos.

Su gesto mostraba tal frustración que ella rio, con esa risa cristalina que parecía acallar los sonidos que había a su alrededor. Por un momento Kakashi pensó que hasta los pájaros que volaban de un árbol a otro en los últimos cantos del crepúsculo se habían silenciado para escucharla. Se volvió y arrancó una rosa roja, que todavía guardaba en el interior de sus pétalos gotas del rocío de la mañana, y con una pequeña reverencia se la entregó.

—¿Y esto? —preguntó simplemente ella, mirándolo con curiosidad.

—Soy un hombre pobre, mio amore, solo puedo ofrecerte una rosa, aunque te prometo que algún día te compraré una joya que brille como lo hace tu piel acariciada por el sol.

—No necesito joyas, Kakashi. Tú eres todo lo que necesito. Lo demás no importa —dijo ella cogiendo la rosa y, acercándosela a la nariz, aspiró su profundo aroma.

—Ti amo, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —contestó ella volviendo su rostro hacia él—. ¡Ay! —exclamó de pronto.

—¿Qué ocurre? —él se incorporó rápidamente.

—Nada. Me he clavado una espina —respondió ella algo avergonzada.

—Déjame ver —exigió Kakashi, y le cogió entre las manos el dedo, del que brotaba una sola gota de sangre carmesí. Lo acarició y finalmente se lo metió en la boca chupando con delicadeza y firmeza a la vez.

Sakura gimió.

—Vámonos a casa —susurró roncamente ella.

—Sí —dijo él soltando el dedo como si le doliera—. Te prometo, mio amore, que algún día te regalaré una rosa que no tendrá espinas.

La cogió entre sus brazos para levantarla y, caminando deprisa, flotando entre ellos la excitación palpable y el deseo del contacto físico, se dirigieron al santuario que era el apartamento de Kakashi, donde se amaron sin temor a que los descubrieran, toda la noche.

Sakura dejó caer al suelo enmoquetado de la habitación del ático de su hotel de Praga un colgante de oro, con una rosa delicadamente tallada, que sujetaba entre sus pétalos un pequeño diamante. Se inclinó peligrosamente hacia delante temiendo ser engullida otra vez por los recuerdos y lloró de forma amarga y doliente. Ni siquiera se percató de que dentro de la caja forrada de terciopelo, donde estaba refugiada su rosa sin espinas, había una pequeña nota, que se deslizó flotando hasta quedar medio escondida debajo de la cama.

Una vez llegó al hotel, Sasuke se quedó inmóvil en el hall, sin saber muy bien qué hacer. Se asomó descuidadamente al bar y vio a Sakura. La observó con cuidado sin percibir que él también estaba siendo observado. Estaba preciosa, se había vestido con unos pantalones negros ajustados, unos botines de tacón y una blusa de seda suelta y solo abotonada hasta el comienzo de su pecho. Su sencillez solo remarcaba más sus atributos, los rizos caían de forma descuidada enmarcando su rostro y reía por algo que su acompañante había comentado. Frunció el ceño y se rascó la barbilla sin saber si entrar y saludar, o subir a la habitación y mandarle un mensaje esperando que ella decidiera.

—Tú debes ser Sasuke —escuchó una voz a su derecha.

Él se volvió sorprendido a la mujer que había hablado. Una joven muy alta, de pelo rubio claro liso y ojos verdes azulados.

—¿La conozco? —preguntó él todavía frunciendo el ceño.

—No. Pero yo a ti sí. Soy Temari, la hermana de Sakura. —Ella sonrió por primera vez y él se dio cuenta del parecido. Tenían el mismo rostro, solo que el de Sakura parecía mucho más dulce, o a él le parecía que era así.

—¿Cómo sabías quién era yo? —Intentó sonreír pero solo consiguió una mueca.

Ella rio, con una risa muy parecida a Sakura.

—Porque estás frunciendo el ceño y miras a mi prometido como si quisieras estrangularlo.

—No estoy haciendo eso. —Él intentó defenderse.

Ella volvió a reír.

—¡Oh! Sí lo haces, y por lo visto muy frecuentemente, por lo que dice mi hermana.

—¿Te ha hablado de mí? —Sasuke intentó que su voz no transmitiera la curiosidad que sentía.

—Sí. Mucho. La verdad. Aunque no creo que ella se haya dado cuenta.

—Espero que no todo haya sido malo —dijo él acordándose del retazo de conversación que había escuchado solo unos días antes.

—No. Todo al menos, no. —Ella se quedó un momento observando a su hermana—. ¿Cómo está, Sasuke? Dime la verdad. Sé que hay algo entre ella y tú que no alcanzo a comprender. Solo sé que la estás cuidando y eso ha hecho que estos últimos días no haya podido dormir demasiado.

—Creo que ahora está bastante bien. Deberías preguntárselo a ella.

—Te lo estoy preguntando a ti —replicó ella directamente, como solía hacer Sakura—. ¿Ha vuelto a consumir?

—¿Cómo? —Sasuke se atragantó y carraspeó inquieto.

—Veo que lo sabes. ¿Lo ha hecho, Sasuke?

—Sí. Pero ¿cómo lo sabes tú? Ella me dijo que nadie lo sabía.

—Soy su hermana. Puedo ver cosas aunque ella no me las cuente.

—Deberías hablarlo con ella. Yo... intento ayudarla y creo que va por el buen camino, pero no sé si será suficiente. De todas formas, creo que esta conversación está siendo algo... —Temari no le dejó terminar la frase.

—¿Inapropiada? —sugirió ella. Sasuke la miró entornando los ojos y ella volvió a reír—. Te lo había dicho, ella me ha contado muchas cosas de ti.

Al escuchar una nueva carcajada proveniente de Sakura, ambos se giraron a observarla.

—Le he comprado un regalo —soltó de pronto Sasuke.

—¿Ah sí? —Temari parecía verdaderamente interesada.

—Sí.

—¿Puedo saber qué es?

—Un camafeo del siglo XIX, tiene un retrato de una joven rubia y está enmarcado en filigranas de oro viejo —explicó él con una grata sonrisa de satisfacción en su rostro.

—¡¿Qué?! —exclamó Temari horrorizada.

Él la miró sin comprender.

—Es una antigüedad de mucho valor —se defendió él sin entender por qué lo estaba haciendo.

—Y dime, Sasuke, ¿ves algo antiguo o recargado o que te recuerde al siglo XIX en mi hermana?

Él volvió a observar a Sakura. ¿Eran pequeñas calaveras esos dibujos del pantalón?

—No —dijo finalmente—. No. —Y masculló en varios idiomas, lo que hizo que Temari lo mirara de forma incrédula.

—Vaya, así que eso también es cierto. Por lo que veo, dominas muchos idiomas, Sasuke.

—Sí, pero no domino el arte de hacer regalos, ¿no?

—Bueno, desconozco qué tipo de regalos has hecho a otras mujeres, pero desde luego, una cosa debes saber: Sakura odia los regalos, las sorpresas, todo lo que venga envuelto y dirigido a ella. Lo debe llevar impreso en los genes, como lo de ir siempre descalza. —Hizo una pausa y lo miró directamente—. Ya veo que te resulta familiar. Pero también te digo una cosa, si ella no huye horrorizada cuando le entregues el camafeo, te la habrás ganado.

—También le he comprado una tiara rusa, de oro blanco y diamantes, de antes de la Revolución —barbotó él.

Esa vez fue Temari la que se atragantó y tosió sin disimulo alguno.

—¿Y para qué demonios iba a querer mi hermana una tiara rusa?

—El anticuario que me la ha vendido me dijo que se solían utilizar en las bodas... Hummm... para sujetar el velo —explicó Sasuke. Lo que no explicó fue que cuando vio la tiara expuesta sintió la necesidad de comprársela a Sakura, porque le recordó muchísimo a la corona de la Reina de los Elfos, y en realidad estaba deseando vérsela puesta. Solo la tiara, sin nada más sobre su cuerpo.

—Sasuke —dijo ella cogiéndolo del brazo—, deberías hacértelo mirar por un especialista. Anda, vamos, que seguro se están preguntando dónde nos hemos metido.

Y Sasuke siguió a Temari, agradeciendo que fuera ella la que decidiera por él, aunque solo fuera por una vez en la vida.

Sakura se volvió a ellos cuando los vio acercarse sonriendo. «¡Tiene una sonrisa preciosa!», pensó Sasuke sintiéndose súbitamente azorado, lo que no le sucedía muy a menudo. Bueno, en realidad, nunca.

—Veo que ya os habéis conocido —dijo ella.

—Sí —contestó Temari, luego se giró hacia Sasuke, que seguía con la mirada perdida en el rostro de Sakura—. ¿Entiendes el castellano?

—¿Qué? —murmuró él reaccionando—. Sí. Bueno, no lo hablo perfectamente, pero puedo seguir una conversación.

—Entonces no se hable más. Vamos a cenar. Y conversaremos en castellano. Shikamaru no entiende una sola palabra de inglés —explicó Temari. El susodicho se encogió de hombros y le tendió la mano a Sasuke. Este se la estrechó con fuerza y esbozó una sonrisa sincera.

Los cuatro salieron a la fría noche checa. Sasuke se acercó a Sakura y en susurros le habló:

—¿Estás segura de que quieres que vaya? Si quieres estar con ellos a solas, puedo quedarme perfectamente en el hotel.

Ella se giró y le sonrió con calidez.

—Vamos, tonto. —Entrelazó un brazo por el suyo—. ¿Cómo voy a querer dejarte encerrado en la habitación? Aunque, ahora que lo dices, parece una idea tentadora... Sería mi pequeña venganza por esta semana de tortura.

Él sonrió y dobló su brazo para que ella se apoyara con comodidad. Caminaron en agradable conversación hasta llegar a un pequeño restaurante de comida típica checa. Se sentaron en una mesa cuadrada, dejando a Sakura y Temari juntas, que no paraban de parlotear.

—¿Es siempre así? —preguntó Sasuke a Shikamaru.

—¡Buf! ¡Y peor! Muchas noches se llaman por teléfono y son capaces de estar lo que dura un partido de la liga de fútbol charlando. Cuando por fin cuelgan el teléfono, yo educadamente le pregunto a Temari de qué han estado hablando y su respuesta es siempre: «De nada en concreto cariño, solo tonterías». ¿Te lo puedes creer? Dos horas hablando de nada, ¡nada! —Meneó la cabeza recordando alguna escena en particular.

Sasuke rio y eso atrajo la mirada de Sakura, que le guiñó un ojo algo despistada, para proseguir a continuación la conversación con su hermana. En ese instante Sasuke vio el colgante que pendía justo en el hueco entre el nacimiento de sus pechos. Entrecerró los ojos para observarlo con claridad, una rosa con un pequeño diamante en el centro. Le pareció bonito, sencillo y elegante. Algo que Sakura podría llevar siempre puesto sin desentonar. «¿Se lo habrá traído su hermana? Seguro que sí», pensó, él no se lo había visto hasta ese momento. Y deseó estar de vuelta en el hotel para poder darle su regalo.

Cenaron envueltos en una charla amigable y rieron comentando anécdotas de cuando Sakura y Temari eran pequeñas. Sasuke se sorprendió al sentirse tan a gusto. En un momento de la cena alargó la mano y cogió la de Sakura, que lo miró sorprendida pero no la apartó. Comenzó a trazar círculos en su palma con suavidad, mientras permanecía atento a la conversación de la mesa.

Llegaron al hotel bastante tarde, entraron en la habitación caldeada y envuelta en tinieblas. Sakura se dirigió directamente al baño, pero Sasuke la detuvo a medio camino y encendió la pequeña luz de la mesilla.

—¿Qué sucede? —preguntó ella viendo su ceño fruncido otra vez. Creía que se lo había pasado bien esa noche. Algo había cambiado.

—Quiero darte algo —explicó él y apretó los dientes. «Pero ¿qué me pasa? ¿Es que soy incapaz de darle un regalo a una mujer?», masculló mentalmente. «A una mujer no, Sasuke, a Sakura».

—¿El qué? —inquirió ella con curiosidad.

—Un regalo.

—¿Por qué? —Ella entrecerró los ojos y Sasuke recordó las palabras de su hermana. «Sakura odia los regalos».

—Porque esta semana ha sido muy dura y la has superado con nota. Digamos que te mereces un premio.

Ella no contestó y se limitó a observarlo mientras sacaba el pequeño paquete envuelto de su maletín de piel negra.

—Toma —dijo simplemente él mientras contenía la respiración al ver que ella no sabía muy bien qué hacer—. Vamos, ¡ábrelo! No muerde —sugirió con voz demasiado brusca, lo que hizo que Sakura diera un respingo y rasgara el delicado papel de seda que lo cubría.

Abrió la caja de terciopelo color vino con manos temblorosas y se quedó con la boca abierta. Jamás, nunca en toda su vida había visto nada tan... horroroso como aquello.

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —preguntó Sasuke balanceándose sobre sus pies con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Es... realmente... es... yo... esto... nunca... nunca había visto... nada tan... tan... hermoso—murmuró finalmente. Sasuke sonrió y volvió a recordar las palabras de su hermana: «Si no sale huyendo, te la habrás ganado.»

«Mentirosa, mentirosa, mentirosa... te va a crecer la nariz...», le susurró una vocecita interior a Sakura.

—¿De verdad te gusta? —Sasuke quería asegurarse.

—¡Oh, desde luego! —contestó ella sorprendiéndose de resultar tan convincente.

«Mentirosa, mentirosa, mentirosa... te está creciendo la nariz...», volvió a susurrar la vocecita dentro de Sakura.

—Es un camafeo de principios del siglo XIX, austriaco. Tengo el certificado de autenticidad —expuso Sasuke orgulloso.

—¡Ah! ¡Vaya! —murmuró ella sin poder apartar la vista del camafeo. Podía incluso imaginarse a su última dueña, una matrona robusta, vestida de negro de pies a cabeza, con el gesto agrio y el camafeo prendido en el centro de su voluminoso pecho—. Lo guardaré con mucho cariño —terminó y salió huyendo en dirección al baño.

Sasuke sonrió con satisfacción. ¡Le había gustado! De hecho, por su entusiasmo podía decir que ¡hasta le había encantado! Sabía que él tenía razón, el camafeo era algo único, distinto, creado solo para ella. De lo que no se dio cuenta fue de que, en realidad, Sakura sí que había huido, pero como no podía hacerlo de la habitación, no tuvo más remedio que esconderse en el baño.

Sakura volvió a observar con detenimiento el camafeo antiguo entre sus manos y luego se lo prendió en la blusa. Con un gesto de repulsa al ver su imagen en el gran espejo del baño se lo quitó. Pero sin embargo, no pudo reprimir una pequeña sonrisa al recordar el gesto de satisfacción de Sasuke. A veces resultaba tan dulce... Pero desde luego aunque tuviera un gran gusto por la música y en ocasiones con la ropa, lo de las joyas ya era otra historia...Se preguntó con curiosidad con qué clase de mujeres se relacionaría en Inglaterra. Meneó la cabeza en un gesto de negación. No, ni siquiera tenía derecho a pensarlo. Suspirando comenzó a desvestirse para ponerse el camisón.

Sasuke, todavía sonriendo, se sentó en la cama y se agachó para descalzarse. Le pareció ver un papel tirado bajo la cama, y lo recogió pensando que sería alguna de las notas de Sakura, que normalmente solían estar desperdigadas por toda la habitación. Sin pensarlo mucho lo desdobló y leyó. Y la sonrisa que tenía en el rostro desapareció.

Mio amore, hace mucho tiempo que te prometí regalarte una rosa sin espinas. Algo hermoso que hiciera honor a tu belleza. Solo te pido una cosa: póntelo y si te veo con él sabré que estos años no se han perdido, que sigues siendo mía.

Sasuke arrugó el papel en la mano y dio un puñetazo en la cama.

—¡Soy un gilipollas! ¡Un maldito gilipollas! —masculló con voz ronca. Y supo que su regalo no le había gustado, que en realidad lo odiaba y le resultaba horrendo. Y se sintió... pues como él lo había definido perfectamente: ¡un completo imbécil! Recompuso el gesto en cuanto vio que ella salía del baño y se guardó la nota arrugada en el bolsillo del pantalón.

Sakura ni siquiera lo miró, se dirigió al enorme armario, abrió el cajón de su ropa interior, obviamente sin ordenar alfabéticamente, de hecho sin ningún tipo de orden, y empujó la caja con el camafeo hasta el fondo del cajón, donde esperaba que se quedara allí por siempre, cerca de la tierra que lo creó. Luego se volvió y sonriendo a Sasuke le dijo:

—¿Nos acostamos? Mañana será un día largo, mi hermana y Shikamaru quieren explorar Praga.

Él la miró sorprendido y a la vez dolido porque seguía viendo el colgante de oro prendido a su cuello.

—¿Queréis que os acompañe?

—Claro. Yo... bueno... en el caso de que tú quieras. No se me había ocurrido que quizá tienes otros planes.

—No. No los tengo. Estaré encantado de pasar con vosotros el día completo. De hecho, tu familia es encantadora.

Ella sonrió.

—¡Ja! Eso es porque no conoces a mis padres.

—Espero conocerlos algún día —contestó él sin pensarlo demasiado. Luego vio el gesto de ella y se arrepintió. «¡Soy un imbécil!», volvió a reprenderse mentalmente y se quedó en silencio.

—No creo que eso suceda nunca, Sasuke —suspiró ella.

—Sí, lo sé. Ya me va quedando claro. Voy a darme una ducha. No me esperes —exclamó bruscamente y se levantó para encerrarse en el baño.

Para cuando salió, Sakura se había dormido. Se metió en silencio en la cama y se acercó a ella, que gimió levemente y se giró para acomodarse a él. Suspiró con la boca entreabierta y apoyó el rostro en su pecho completamente dormida. «¡Soy un gilipollas!», volvió a pensar Sasuke. Pero la recogió en sus brazos y atesoró en sus recuerdos esos pequeños momentos que solo ellos dos compartían en la habitación del ático.