Derechos reservados a los personajes de Naruto, la obra del japonés Masashi Kishimoto.
Agradecimientos: evanessen2511.
A decir verdad ya tenía este capítulo preparado desde hace tiempo, pero quería hacer maratón y publicar el final de totazo. Sin embargo, aunque he escrito bastantes cosas al respecto, el final me rehúye completamente así que creo que me tomaré unos días libres a ver si la inspiración por fin me llega.
—Obito era una luz especial en mi vida. Soñaba en que pudiera mantenerlo a mi lado para siempre. Incluso me dije a mí misma que cuando creciera quizá él me miraría con ojos distintos. —Hinata se rio, pero luego añadió con una sonrisa triste—: Pero llegó el día en que se enteró que la mujer que amaba, una chica humana llamada Rin, había sido capturada por el Clan Uchiha. Rin, a pesar de ser humana, tenía ancestros de distintas razas. Esto hacía que su sangre fuera particularmente nutritiva para un vampiro. El Clan Uchiha se enteró de esto y la secuestró. Cuando Obito lo supo no pude convencerlo de quedarse. El resto de la historia… Bueno, ustedes ya la conocen. Obito murió en manos del Clan Uchiha. O al menos… —Hinata viró su mirada hacia al cuerpo de Madara— eso era lo que había pensado hasta ahora.
—En ese caso, podríamos buscar su paradero —sugirió Itachi después de escuchar toda la historia.
Hinata, de manera sorpresiva, negó con la cabeza.
—Obito… Me prometió que volvería por mí —murmuró Hinata—. Si él estuviese vivo, él ya hubiese vuelto por mí, ¿v-verdad?
Ella ya no se sentía tan segura.
«Quizá… Yo no era tan importante para Obito como pensaba».
Konan puso su mano en el hombro de Hinata al verla tan decaída. Ante el gesto, ella sonrió débilmente.
—Gracias, Konan-san —dijo Hinata—. Y-yo… Estoy bien. Es hora de seguir con el plan.
Konan reaccionó a sus palabras con un rostro solemne. Itachi sólo pudo contemplarlas a ambas con una confusión apenas perceptible en sus ojos.
Elección
Hinata respiró profundo e hizo un sello con las manos.
—Shinju, libéralos.
El árbol sagrado, como si pudiera entenderle, lentamente despegó sus ramas devoradoras de chakra de los cuerpos inconscientes de los Akatsuki. Estos cayeron desde el aire como muñecos sin vida, pero Konan consiguió amortiguar la caída de todos con su técnica de papel y los dejó a salvo en el suelo.
—Itachi-san —dijo Hinata de repente. Él dirigió sus ojos hacia ella, como prestándole atención—. Dile a Tobi-san… que lamento no haberme despedido. Y… —Hinata añadió con una voz triste—: que lamento haber arruinado las flores que me dio.
Itachi por dentro pensó que en alguna parte Tobi debía estar escuchándola, pero no dijo nada y simplemente asintió con la cabeza.
—Parece ser que intentas sacrificarte otra vez —comentó él. Aunque no le habían aclarado nada, tenía la impresión de que Hinata parecía dispuesta a morir. De nuevo.
—El Shinju… Tengo que detenerlo de una vez por todas —Fueron las ambiguas palabras de ella y se preparó para hacer unos sellos, pero de repente escuchó una voz que conocía muy bien.
—¿Puedes dejar de hacerte el muerto? —Un Tobi irritado pateó el cuerpo inerte de Madara. Itachi, Konan y Hinata giraron a verlo. Él, ignorándolos, siguió hablando con molestia—: No puedo creer que cayeras en la misma trampa por segunda vez.
—¿Tobi? —dijo Konan con sorpresa. No sabía que había recuperado su voz de antaño.
Hinata, quien estaba a su lado, enmudeció al verlo. ¿Cuándo se había liberado Tobi? ¿Por qué estaba pateando el cuerpo de Madara? Y lo más importante… ¡¿Acaso había visto el beso entre ella y Madara, y escuchado la historia de que había amado a otro hombre?!
Itachi, ignorante de los pensamientos de las otras dos, le entró un mal presentimiento al ver la escena.
Madara gruñó, murmurando entre dientes que era un abusivo y, finalmente, el cuerpo que todos creían muerto se levantó del suelo y se irguió como si nada. Uno de sus ojos estaba cerrado.
—Izanagi —musitó Itachi entendiendo todo.
—No de nuevo —se quejó Konan.
Madara se sacudió la ropa. Las antiguas manchas de sangre habían desaparecido.
—Veo que estás molesto porque besé a Hinata —dijo Madara burlón—. ¿Pensé que me habías dicho una y otra vez que no te gusta?
—Por supuesto que no —dijo Tobi sonando aún más irritado—. Pero eres un vejestorio, no deberías andar besando chicas tan jóvenes.
—Estás celoso —canturrió Madara.
Tobi se cruzó de brazos y desvió la mirada con gesto enfadado.
—Ya te dije que no estoy celoso. ¡Puedes hacer lo que quieras con Hinata! ¡No me importa en lo absoluto!
«Pero qué Tsundere», pensaron todos, a excepción de la misma Hinata, quien solo observaba la escena con extrañeza. ¿Madara no le había dicho que Tobi era un traidor?
Madara miró a su público y dijo:
—¿Ves, Hinata? Te dije que era un maldito bastardo.
—… ¿Eh? —Solo pudo decir Hinata con confusión.
—Veo que aún no le has dicho, Obito. ¿Tanto temes decirle la verdad?
—¿Por qué no cierras la boca, Madara? —replicó Tobi, tenso—. Para algo te pago.
—¡Tú no me pagas! —repuso Madara también molesto—. Lo único que haces es explotarme con obligaciones que en realidad tú ocupas como el verdadero rey de los vampiros.
Tobi se palmeó la frente.
—Brillante, Madara.
—¿Tobi… es el verdadero rey de los vampiros? —repitió Konan, sorprendida—. ¿No es Madara?
Pero Madara seguía rencoroso, así que respondió:
—Antes lo era, pero el cargo de rey de los vampiros no es algo que uno decida pasarle a alguien más —explicó—. Simplemente es algo que un vampiro con la sangre de Hagoromo puede heredar de repente, si el Shinju lo considera adecuado. —Entonces él dirigió sus ojos hacia Hinata, quien había empalidecido de golpe—. Hinata, cuando eras niña le ofrecías tu sangre a Obito constantemente, lo que hizo que el destino lo favoreciera por ser tú la heredera del Clan Hyūga. Decidí tenerle una trampa porque me di cuenta de que él iba a heredar el poder que le correspondía al rey de los vampiros y yo quería evitar eso, pero la muerte de Rin en realidad los despertó.
Konan vio a Hinata estremecerse con violencia. Su mirada perdida tenía como punto de mira la figura de Tobi y le temblaban los labios.
—¿Obito…? —La voz de Hinata sonaba muy débil.
Pero Tobi, no, Obito, no la miró de vuelta.
—Tobi, Obito… El nombre no importa —dijo él con indiferencia—. Tampoco me interesa ser conocido como el rey de los vampiros. Lo único que me interesa es usar el Shinju para el triunfo del Plan Ojo de Luna. Vivir en un mundo utópico donde Rin esté viva y así pueda verla una vez más. Solo deseo eso.
—Veo que sigues obsesionado con ella —comentó Madara a su lado.
«Con ella», pensó Hinata. Esas palabras cayeron sobre ella como un balde de agua fría. «Con… Rin».
Hinata empezó a sentir, en aquel momento y lugar, que perdía el sentido del tiempo. Percibía a duras penas que Konan la llamaba, pero estaba sumergida en el dolor y no era capaz de registrar nada más frente a ella. No podía ver ni escuchar… Lo único que podía hacer en ese instante era recibir el continuo flujo de más y más tristeza.
—¿Tan poco importo para ti? —De repente Hinata se encontró a sí misma gritando—. ¿Sabes cuánto lloré cuando creí que habías muerto…? ¿Sabes cuánto sufrí sola en un hogar sin amor, extrañándote? ¡¿Y me quieres decir que todo este tiempo has estado vivo, Obito, obsesionado con revivir a un CULITO?!
Fue allí que Obito se dignó a mirarla.
—Rin no es una simple chica, Hinata —dijo él con seriedad—. Es el amor de mi vida.
—¡Tú eres el amor de mi vida, Obito Uchiha! —gritó Hinata con una extraña mezcla de furia y sentimiento. Obito se sonrojó, frunció el ceño y carraspeó a la vez—. ¿Me quieres decir… que nunca he significado nada para ti? —Hinata empezó a llorar de la rabia—. ¿Cómo pude ser tan tonta? ¿Cómo pude enamorarme de ti otra vez, aún sin saber quién realmente eras?
Fuera de su discusión, Madara, Itachi y Konan permanecían de forma torpe en un costado como espectadores, viendo la escena como si bien estuvieran mirando una telenovela mexicana.
—Hinata… En primer lugar, no tenía idea de que Madara iba a ser tan bocazas —se excusó Obito, incómodo—. En segundo lugar, no quería decirte… porque no soy la misma persona que conociste en el pasado. Ya no puedo sonreír. Ya no tengo corazón para sentir y mucho menos para amar. Los sentimientos que tengo hacia ti siempre han sido confusos… Me haces recordar la persona que era antes y me repugno, Hinata. Eres el constante recuerdo de lo que alguna vez fui. No quería que esperaras de mí algo del Obito del pasado… Yo ya no soy él.
—¡Pero si también me gustas así! —exclamó Hinata con frustración—. Yo tampoco soy la misma niña que corría detrás de ti en el pasado, Obito. He cambiado. Cuando me enteré de tu muerte… una parte dentro de mí también murió, y me forcé a madurar muy rápido para convertirme en una persona distinta.
Escuchó cómo Obito suspiraba.
—Lo siento, Hinata.
Hinata apretó los puños y empezó a expulsar chakra de su cuerpo a un ritmo frenético y peligroso.
—¡Ya estoy harta! —gritó Hinata cada vez más cabreada. A los demás les pareció que la rodeaba un halo de luz dorado, como si estuviera a punto de convertirse en Súper Saiyajin—. Cada vez que me sacrifico por un hombre siempre me deja de lado. ¡Siempre soy su segunda opción! ¡Siempre aman a una mujer antes que a mí! Y cuando no tienen a la otra ahí sí se contentan conmigo. ¡YO NO SOY UN PLATO DE SEGUNDA MESA! ¡Así que por mí te puedes ir a la mierda, Obito!
Desconcertado por su repentino arranque de ira, Obito solo pudo enmudecer de asombro.
—¿H-Hinata? —Se escuchó a sí mismo tartamudear. Nunca había visto a Hinata perder los estribos de esa forma.
Pero justo en ese momento Hinata empezó a toser sangre de manera convulsiva, cerrando así la llave del chakra que había liberado. Obito entornó los ojos. Al parecer el cuerpo de Hinata había llegado a su límite.
—Al final no pudimos hacer que Hinata estuviera de nuestro lado —comentó Madara de forma casual—. Y también me traicionó. Es hora de dejarla morir, Obito, así ya nadie detendrá nuestros planes.
Obito vio cómo Hinata se derrumbaba ante sus ojos con una mirada complicada.
De repente, fue como si sus pasos se dirigieran solos hacia ella. Cuando la tuvo de frente, Hinata lo miró a los ojos con una expresión demacrada. Él la miró de vuelta con el Mangekyō Sharingan activado, y ante los ojos de todos Hinata fue absorbida en segundos.
Hinata, quien ahora se encontraba en la dimensión del Kamui, ya ni siquiera tenía fuerzas para mantenerse de pie, así que se hizo un ovillo intentando contener el inmenso dolor que azotaba su cuerpo.
Cuando Tobi apareció frente a ella, Hinata lo miró, pero sus ojos ya no expresaban rabia, sino una profunda melancolía.
—¿Por qué me trajiste aquí? ¿Acaso vas a matarme?
Tobi suspiró y se quitó la máscara, arrodillándose frente a ella. Muy a su pesar Hinata se sonrojó cuando vio cómo su rostro se acercaba lentamente al suyo, hasta sentir que su aliento acariciaba sus labios.
—Obito, s-si crees que besándome vas a conseguir que me calme, ¡p-pues estás muy equivoca-!
Pero cuando los labios de él realmente se encontraron con los suyos de manera fugaz, Hinata quedó tan aturdida que hizo silencio.
—¿Más calmada? —le preguntó Obito con un tono divertido.
—¡Eres un… —Hinata frunció el ceño, pero el tono rojo de sus mejillas la traicionó por completo— impertinente!
—¿"Impertinente"? —Obito no pudo evitarlo, y se echó a reír.
Al escuchar su risa una calidez acogedora se extendió por todo su cuerpo, incluso borrando momentáneamente el dolor que sentía. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo siento… Obito-kun —murmuró Hinata mirándolo a los ojos—. A mí… —Ella respiró profundo— me hizo muy feliz saber que estás vivo.
Obito la miró con ternura. Luego abrió los brazos para ella y sin titubear Hinata se echó en ellos, estrechándose lo más que podía a él. Cerrando los ojos, aspiró su aroma y pensó que no le importaría morir en ese mismo instante.
—Perdóname —dijo ella en un susurro.
Los ojos de Obito se humedecieron.
—Perdóname tú a mí, Hinata.
—No estuvo bien… decirte todo eso.
—Me lo merecía.
—Te extrañé mucho.
Obito no respondió. Seguía acariciando su cabeza, como sin percatarse de que la vida abandonaba su cuerpo.
—Hinata —dijo él con un tono lleno de cariño—, me habías prometido en el pasado que no ibas a llorar más.
—N-no estoy llorando —susurró Hinata con timidez—. Un polvo se metió a mis ojos.
Una sonrisa triste se esbozó en el rostro de Obito. Incluso había aprendido de él sus pésimas excusas.
Después de un rato de sostenerla en sus brazos, Obito ya no sintió más su respiración ni sus sollozos, y aquellos brazos que lo abarcaron con necesidad habían perdido el vigor, cayendo lánguidamente a los costados de su cuerpo.
—¿Hinata? —Obito murmuró contra sus oídos, pero ella no respondió, por lo que decidió separarla de él para contemplarla.
Vio su bello rostro con los ojos pacíficamente cerrados, a pesar de los vestigios de lágrimas que habían bañado sus mejillas. Su expresión era de una serenidad celestial. Era un cuadro tan hermoso ante sus ojos que en cualquier otro momento hubiese pensado que seguía viva. Que estaba dormida.
Pero Hinata…
¿Hinata estaba muerta?
El corazón de Obito empezó a sentirse pesado; un nudo se le formó en la garganta y con la tormenta de dolor que siguió a ese pensamiento vinieron en tropel un millar de recuerdos, azotando su cabeza como látigos. Huérfano, blanco de burlas en su Clan. Luego como sacrificio del Shinju, donde había sido encerrado en un calabozo sin que le dieran de comer por días. Su salvación había llegado en la figura de una pequeña niña Hyūga, quien había sido la única persona en llorar por él, en conmoverse por su miseria, y lo había salvado a costa de su propio pellejo.
En un inicio, a pesar de estar agradecido por su ayuda, se había sentido igual de receloso. Desde siempre Hinata había llegado a despertar toda clase de sentimientos contradictorios en él. Por un lado, quería estar allí para ella cuando no tuviese permitido sucumbir a sus emociones por ser la heredera de un Clan como el Hyūga, darle ese cariño que su padre le había negado por considerar que la haría débil, aliviar su soledad y consolarla entre sus brazos hasta que cayese dormida. Por otro lado, también sabía que desarrollar sentimientos fraternos por ella era un error de su parte. Aunque compartían el anhelo de recibir el reconocimiento de otros, Hinata y él eran de dos mundos distintos. Ella sería la heredera de un Clan que se encargaba de matar vampiros y Obito era un vampiro despreciado por el Clan en el que había nacido. Había tenido la terrible impresión de que algún día Hinata lo sabría, de que vería las diferencias entre ambos y esos ojos que lo veían con admiración ahora lo verían con el mismo desprecio que los otros. Aun así, sus inseguridades no pudieron frenar su amor hacia ella; e incluso cuando ocurrió la muerte de Rin, incluso cuando lo torturaron hasta casi matarlo, nunca dejó de pensar totalmente en Hinata. En la promesa que le había hecho de volver.
Pero tuvo miedo de confrontar su pasado. Miedo de verse reflejado en sus ojos una vez más y descubrir que se había estado engañado. Que él no era nada más que una de esas almas rotas que nunca habían logrado recoger sus trozos. Pero ahora podía ver con claridad que se había convertido en un hombre sin identidad, y que lo único que lo anclaba a ese mundo estaba muerto en sus brazos. Y él, aun con el poder de hacerlo, no había hecho nada para evitarlo.
El sentimiento le quemaba la garganta, como si el vacío en su interior se hubiese llenado de todas las emociones que había reprimido a lo largo de los años, y de repente empezó a llorar con desesperación. Se hizo un corte profundo en su muñeca y con el mismo motor que impulsaba sus sentimientos abrió la boca de Hinata para hacerla beber de su sangre.
Se sentía como repetir la muerte de Rin una y otra vez. Era una realidad tan espantosa que deseó con todo su ser que fuese una pesadilla.
Y entonces apretó a Hinata contra sí y se preguntó si estaría bien acompañarla.
Acabar con todo.
Eso sonaba bien en sus oídos…
Pero en ese momento Hinata abrió los ojos.
—¿O… obito…?
Hinata se sentía mareada. Creyó que danzaba entre luces venideras, pero una parte de ella se había quedado allí. Y Obito aún la sostenía en brazos.
Ella se percató de la expresión aliviada con la que Obito la miraba.
—Obito… —murmuró.
—¿Sí?
—No llores… —Hinata alzó su mano para refregar sus lágrimas y Obito frotó su mejilla contra su tacto, deseoso de que lo acariciaba.
Entonces Hinata se percató de otra cosa.
—¡E-e-estás sangrando! —Hinata vio la cantidad de sangre que fluía desde su mano, y fue como si su sopor se extinguiera de golpe. Ella tomó su muñeca herida con las manos y la curó con palma mística, ya que había perdido demasiado chakra para ejecutar curación instantánea—. Eso fue peligroso.
Hinata sentía una mirada encima de ella. Levantó la vista y se encontró con los ojos oscuros de Obito… Él había vuelto a acercar su rostro. Ahora miraba sus labios y ella seguía esa línea de visión pero con los de él.
Cuando su boca se posó sobre la suya, Hinata cerró los ojos y experimentó una especie de temblor recorrer todo su cuerpo como si de un escalofrío se tratara. Suaves. Los labios de Obito eran suaves y le causaban una sensación apabullante que se esparcía dentro de sí como oleadas de placer y júbilo. Aún débil, las manos de Hinata apenas pudieron aferrarse torpemente a los costados de su capa de Akatsuki, mientras Obito rodeaba su cintura con un brazo y con el otro le sostenía con cuidado la cabeza.
Tampoco estaba preparada para el modo en que reaccionó su cuerpo cuando sus lenguas se rozaron. Bebió un suspiro, con el murmullo frenético de su propio ritmo cardíaco —¿o quizá era el de él?— contra sus oídos, y Obito en respuesta la abrazó con fuerza, hasta que al poco tiempo la soltó.
Hinata, con los ojos todavía cerrados, intentó buscar sus labios a tientas para continuar con el beso, pero él ya se había apartado de su rostro. Abrió los ojos y lo miró con ojos oscurecidos. Sus mejillas llameaban de puro placer.
—Es hora de volver —sentenció él, y su expresión de dureza se volvió una suave sonrisa.
Un arrebol cubrió las mejillas de Hinata. Sentía tantas cosas a la vez que su mente aún no terminaba de asimilar sus palabras.
—Ellos pueden esperar —murmuró finalmente.
Obito rio y palpó con suavidad el contorno de su rostro.
—Ahora que nadie está resguardando el Shinju, Madara lo utilizará para el Plan Ojo de Luna.
Hinata se alarmó al escuchar esto, así que asintió con la cabeza con cierta desgana.
—Obito —lo llamó.
—¿Mm?
Hinata quiso agradecerle por haberla salvado, pero en cambio alzó la cabeza, se armó de valor y con ambas manos le tomó del rostro y plantó un dulce beso en su mejilla derecha. Luego se separó de él con ademán tímido.
—Lo siento, Obito-kun. Me dejé llevar.
Sorprendentemente, Obito enrojeció hasta las orejas, pero intentó disimularlo desviando la mirada.
Hinata alzó las cejas con un aire travieso.
—¿Estás avergonzado?
—No lo estoy —negó Obito firmemente.
Hinata de repente volvió a tomar su rostro y le plantó un beso en la otra mejilla.
—¡H-hinata! —El rostro de Obito se puso tan rojo que parecía que en cualquier momento fuese a echar humo por las orejas.
—No te preocupes —lo tranquilizó Hinata con un tono pícaro que jamás le había escuchado—, esta vez sí es canon.
Entonces, sin previo aviso, Hinata rodeó su cuello con los brazos y lo besó de nuevo, esta vez en la boca.
