Escrito: One-shot.

Autora: Parlev.

Pareja: RiRen (Levi x Eren.)

Narrador: Primera persona.

Anime: Shingeki no Kyojin.

Género: Yaoi.

Subgénero: Romance/ Psicológico/escolar.

Contenidos: Borderline/ trastornos/ etc.

Dedicatoria: Spica. Bcs, su historia inspiro esta y porque amo sus historias.

-Un Mercurio lluvioso-

Mikasa decía que era muy triste pensar en que las ventanas lloraban cuando el cielo lo hacía, como si todo a su alrededor se volviera un montón de piezas llenas de angustia que componían su mundo. Ella tenía cerca de cinco años cuando lo dijo.

Lo recuerdo al ver las ventanas de la cafetería, la mayoría están cubiertas del vapor que anda por los alrededores, aunque la de la entrada tiene riachuelos por todos lados, como un rostro surcado en lágrimas melancólicas, caen gotas con poca gracia, se estancan y luego son sustituidas por otras. Gotas llenas de tristeza.

El ambiente en la cafetería es movido, todos atienden a los clientes a una velocidad increíble, hay pedidos de todo, sándwiches, cafés, tés, pasteles, galletas, todos quieren algo para esperar a que la lluvia deje de caer y ellos puedan volver a casa, en mi andanza más de uno se ha quejado de lo inoportuna que es, algunos necesitan ir con sus familias, otros quieren hacer algún tipo de entretenimiento nocturno, otros más solo están cansados, la gente odia la lluvia, detiene su rutina.

Tienen razón, tienen razón para odiarla, yo lo hago, la lluvia es mi momento climático menos favorito, el olor que deja a su paso suele ser desagradable y provoca enfermedades conforme no tengas un paraguas a la mano y ropa seca, además del bochorno que suele dejar en la primavera, junto al olor a algas que proviene del mar.

Pero pensándolo de una manera más sistemática y poética, la lluvia suele llegar en los momentos donde la gente se siente desesperada, donde necesitan detener su rutina para mirar por la ventana, al cielo, y pensar en que todo tiene un porqué. En que la belleza de las cosas suele nacer de un montón de desastre y sufrimiento. Observar un momento las lágrimas que corren por las ventanas y pensar que nos pertenecen. Las personas necesitamos detenernos un momento y pensar sobre quiénes somos y porque estamos aquí.

El abrigo de lona amarillo se ve distorsionado gracias a las gotas, su rostro se ve deformado por las manchas de agua, sin embargo, puedo ver que las lágrimas son reales, cayendo por el rostro lleno de tristeza, apagado y vacío. Mira el interior de la cafetería como si le trajera el recuerdo más doloroso de su vida, luego desvía la mirada y camina a la izquierda.

La lluvia poco a poco se detiene, al igual que el movimiento dentro del establecimiento, la gente paga por lo que ha consumido y se va.

Son más de las diez cuando vuelvo a casa.

-Venus tintada de verano-

Hanji dice que es alguien que lleva mucho tiempo en este lugar y no sé si soy alguien muy distraído o indiferente a lo que me rodea, lo cual me termina sorprendiendo de sobre manera.

No estudia en nuestra escuela, al menos ya no lo hace, deserto hace poco más de un año, aunque nadie sabe bien porque. Mi amiga intento averiguar un poco al respecto luego de dejar de verlo en su clase avanzada de literatura pero no obtuvo nada, los profesores desconocían tanto o más que ella sobre la situación.

Ella lo recuerda de inmediato porque hablaba con él en clase, era alguien triste y muy retraído, ella gusta de tratar de ayudar a la gente con semblante que grita por auxilio.

Se presenta en la cafetería con mucha frecuencia pero jamás entra, es como si lo pensara mucho pero al final termina arrepentido, da media vuelta y desaparece en la esquina del local. No lo he visto llorar de nuevo, pero siempre parece perturbado y muy triste. Nadie más lo nota, a la gente le da lo mismo, aunque me hace preguntarme si soy yo quien le da una atención que no merece, sin embargo, no puedo evitarlo, a pesar de no ser alguien curioso ni entrometido.

—Se llama Eren. —dice Hanji mientras anota la tarea en el pizarrón.

—¿Eren?

—Lindo nombre si me lo preguntas. Muy lindo para un rostro tan bonito, muy lindo para alguien tan triste.

—Muy triste. —reafirmo. Porque no sé qué más decirle.

Ella sonríe, cierra su libreta y salimos del aula, ella se cuelga el bolso al hombro y después empieza a contarme todo lo que sabe sobre el chico, lo bueno que era escribiendo, lo distraído que era, lo desaliñado que lucía incluso con el uniforme de la escuela, el tono bajo de su voz y lo tímido que parecía al hablar en público.

No digo nada. Porque no tengo nada que decir.

Mi turno en la cafetería empieza a las cuatro. No hay gente los miércoles, al menos no la misma que el resto de días así que casi no hay nada más allá que limpiar mesas y eso me distrae bastante.

Eren llega puntual a las ocho. Con una sudadera holgada que le llega hasta los muslos y unos pantalones deslavados y muy grandes. Mira el interior con interés. No entra, aunque esta vez suspira y parece rendido.

Llegó a casa poco antes de las diez y media.

Y mamá ha preparado galletas.

-Tierra con manchas de lodo-

Es viernes por la tarde en junio, está lloviendo, de nuevo, las ventanas del salón de clases le dan un aspecto melodramático al lugar, es como esas películas románticas donde toda la depresión cae en la escena, donde el son de un suave violín o piano hace que muchas personas terminen llorando, es como la pérdida de un gran personaje o simplemente un día lluvioso de verano.

Es el último día de clases, todo mundo está ansioso por salir por la puerta tan solo el timbre anuncie el final del día, del ciclo escolar. Por fin "Libertad."

He estado llevándome libros y cosas de mi casillero hacia mi casa, en realidad he dejado muy poco para este día y, aun así, mi mochila está bastante llena, Hanji por otro lado ha tenido la fortuna de tener que cargar todo, su bolso esta por vomitar los libros de texto, así que tendrá que ir cargando el resto en sus brazos.

—Ha sido un buen ciclo. —dice ella saliendo de la escuela. —Si exceptuamos la vez que visite al director por lo del laboratorio de química, todo está bastante bien. ¿No crees?

Me encojo de hombros, todos los ciclos son exactamente iguales para mí, aunque siempre hay sus variaciones.

Pasamos por varios charcos de agua, mis botas de lona se llenan de lodo en un instante, es asqueroso, pero es mejor que mancharme los zapatos directamente, al menos las botas se limpian fácilmente con un trapo.

Hanji se desvía en la misma calle de siempre, se despide con el mismo brío que la caracteriza y después simplemente desaparece, el paraguas que lleva se ha roto de una varilla. Aunque a ella no parece importarle mucho realmente. Como la mayoría de las cosas, siempre parece tan distante con las cosas a su alrededor, tan relajada que a veces la envidio.

Camino hacia casa, esta vez tengo la tarde libre, al parecer la gerente quiere hacer un remodelo al local de la cafetería por lo que no tengo que presentarme, será bueno llegar antes a casa por primera vez en todo este año que llevo trabajando en este lugar.

Un coche pasa rápidamente a mi lado, tengo que dar varios pasos hacia atrás antes de que pueda empaparme, aunque no lo logra, hace que me moleste un poco, es zona poco transitada, ¿Por qué maneja como si fuera la autopista? Refunfuño para mí mismo y sigo caminado solo unos pasos antes de volver a detenerme y preguntarme...

¿Por qué la lluvia acrecienta la miseria de las personas?

Eren está del otro lado de la calle, lleva una sudadera muy delgada, shorts muy cortos y tenis llenos de agua, está escurriendo de lluvia, su cabello parece recién lavado. En su mano lleva el abrigo de lona amarillo para la lluvia, ¿Por qué se lo ha quitado? ¿Se lo había puesto siquiera?

Un poco confundido y algo más enojado, cruzo la calle a zancadas largas, salpicando lodo y agua con cada paso que doy.

—Hey. —digo, aunque una vez ya dicho eso, intento saber que voy a decir a continuación.

El chico se tensa en su lugar, aprieta el abrigo a su pecho y busca, desesperado, el origen de la voz, cuando me ve, su instinto le grita que empiece a correr como si la vida se le fuera en ello. Pero es torpe, o está muy nervioso, porque tropieza, no cae al piso, pero hace que se detenga, porque el golpe con la caja de madera vieja ha dolido, su rostro se deforma en una mueca de dolor mientras ve como el moretón en su pantorrilla se va tornando rojo.

Suspiro.

—No voy a hacerte nada. —trato de sonar más calmado.

Aunque él se encoje en sí mismo, como si esperara que lo fuera a golpear, suavizo el tono de voz y me arrodillo a donde ha quedado él. Esta temblando, aunque no sé si es por el frio de la lluvia o por miedo.

—¿Estas bien? —pregunto lo más suave que puedo.

No contesta, en su lugar, hay un maullido débil y susurrante, es tan leve que ni siquiera sé si lo he escuchado bien hasta que se repite, esta vez de manera más insistente.

Dentro del abrigo amarillo hay un gatito, pequeño y empapado. Esta temblando, tanto o más que el chico a mi lado.

Vuelvo a suspirar y a sentirme un incompetente.

—Va a morirse conforme no lo lleves a un lugar tibio y le des leche. Es un bebé.

Recuerdo al gato feo y escurridizo que Mikasa trajo a casa el verano pasado, la cosa sigue viva de milagro, gracias a las manos hábiles de mi madre y del amor exagerado de mi hermana. A veces duerme en mis pies, porque es un aprovechado de primera.

—Hey. —toco su hombro, él rechista y se hace más pequeño.

Debería ser capaz de dejarlo aquí, pero no puedo. Me siento mal solo de pensar en la posibilidad. ¿Y si necesita ayuda?

Al final de un par de minutos, solo puedo quitarme mi propio abrigo de lona y ponérselo encima.

—Ve a casa. —digo finalmente.

Me alejo, miro hacia atrás una vez más. El chico me mira, parece confundido.

Sus ojos lucen igual al océano.

Solo que es un océano muy deprimente y solitario.

-Marte en un día soleado-

Mikasa lanza los dados hacia el tablero, estos dan un siete y un dos, mueve la estatuilla en las casillas correspondientes y luego vuelve a tirarse en el piso mirando el techo con los brazos extendidos hacia los lados.

—Estoy aburrida. —dice mientras alza un brazo hacia la lámpara, como si con eso planeara alcanzarla.

—Pon atención al juego. —digo.

Ella se alza en sus brazos y pone cara de pocos amigos.

—Es un juego aburrido. Quiero ir a la playa. Mamá dijo que iríamos a la playa. —refunfuña mientras se vuelve a tirar al piso.

—Mamá está trabajando, dijo que iríamos el siguiente fin de semana.

Frunce los labios y da leves pataletas al piso.

—¿Podemos comprar golosinas? —pregunta después de que yo he tirado los dados.

—¿Tienes dinero? —digo mientras hago avanzar mi estatuilla.

—No. —estira los labios. —Pero tú sí.

Dedica una de esas sonrisas que tratan de convencer a cualquiera.

—No. —dejo los dados cerca de ella. —Ese dinero planeo usarlo para otras cosas.

—¿Qué cosas? Vamos, ni siquiera será mucho, solo frituras, soda, chocolates, gomitas. ¿Si?

—Mamá va a regañarnos si se da cuenta que solo comimos golosinas.

—No se dará cuenta.

—Olvídalo.

—Apostemos. —toma los dados del tablero y los gira en sus dedos.

—No.

—Anda, solo será algo pequeño. Si yo gano esta ronda, haremos lo que yo diga, si tú ganas, seguimos jugando estos aburridos juegos de mesa.

Me quejo, dejo caer mi peso en mis brazos hacia los lados, no digo nada, ante mi silencio, ella lo toma como una respuesta afirmativa, porque sonríe y luego tira los dados hacia el tablero, un seis y un tres. Ella gana el juego.

—Apuesto a que has hecho trampa. —dejo salir.

—Ha sido justo. Ahora...

Se levanta del piso mientras meto el tablero a la caja, ella se arregla el vestido amarillo que lleva puesto y luego se lleva las manos a la cintura.

—Vayamos un rato al parque, compramos helado y damos un paseo.

Asiento, no voy a convencerla de lo contrario.

Salimos de casa, el día esta soleado, aunque no hace mucho calor lo que hace que la situación sea más llevadera, es bueno. Caminamos por las calles, mi hermana se detiene continuamente en cada escaparate que vemos, se pega a las ventanas y me arrastra con ella a mirar lo que hay al otro lado de los cristales. Chucherías y cosas de ese estilo. A ella le gustan ese tipo de baratijas.

Compramos los conos de helado en un local cercano al parque, son helados buenos, cremosos y dulces, siempre hay mucha gente, por lo que tenemos que esperar cerca de quince minutos antes de ser atendidos. Mi hermana pide uno de nuez con dulce de leche y yo uno de menta con chispas de chocolate.

Hacemos el recorrido hacia el parque, es un lugar bastante amplio, con un quiosco en el centro de color rosa y verde, hay muchas áreas verdes, grandes árboles y muchas flores en enormes jardineras que hacen que el lugar sea un espacio de admirar. Hay pequeños lugares donde los vendedores ofrecen golosinas y otras chucherías. Más a la izquierda hay una zona de juegos infantiles, aunque Mikasa ya tiene diez, aun le gusta subir a esas cosas y dejarse caer por la resbaladilla.

Me quedo sentado en una de las bancas del área rodeada de la zona, degusto el helado con paciencia, mi hermana se divierte sola aunque no tarda en rodearse de otros niños, al principio le cuesta adaptarse a sus juegos, pero después de unos minutos, ya está riendo y correteando a los otros.

Eren cruza el parque a pasos lentos, tiene la cara agachada, mirando atentamente el piso lleno de grava en forma de granitos, patea una lata, tiene el flequillo del cabello cayéndole con gracia sobre la frente, mete las manos dentro de los bolsillos de su pantalón y sigue caminando.

Una voz me dice que no es buena idea ir tras él, sin embargo, es un poco tarde cuando ya estoy casi a su lado. Se exalta, pero no trata de huir esta vez, solo me observa, esperando pacientemente a ver qué es lo que voy a hacer.

—¿Cómo está el gato? —digo, aunque nuevamente, me siento algo torpe.

Él mira detrás de mí.

—Bien, en casa. —contesta, esta vez parece menos asustado.

—Ah, me alegro. —murmuro.

¿Qué más podría decir?

—Eres el chico de la cafetería ¿No? —dice él volviendo su mirada hacia mí.

—Si. —asiento.

—Es... un lindo lugar. —entrecierra los ojos, como si lo dudara.

Sus ojos realmente lucen igual al mar, un mar despejado. Al menos durante esta tarde.

—Supongo que sí.

Asiente como si me diera la razón.

Escucho los gritos de diversión de mi hermana detrás de mí.

—¿Quieres un helado? —pregunto.

Sus ojos se agrandan algo sorprendidos, aprieta los labios con inseguridad y luego asiente lentamente.

—Ok.

-El mar en Ceres-

Mamá pone una sombrilla enorme en nuestro sitio, tiende toallas en la arena y luego le dice a Mikasa que se acerque para ponerle protector solar, ella da brincos sobre la arena para llegar donde ella, se pone de espaldas mientras mamá la embadurna del protector.

Yo me quedo en la silla, en el lugar seguro debajo de la sombrilla, odio la playa. El sol quema más aquí, huele a sal y algas, aunque no es una zona turística, la gente nativa suele venir muy a menudo.

—¿No nadaras? —pregunta mamá.

—No me gusta nadar. —digo con un poco de desagrado.

Ella niega lentamente.

—Como quieras entonces, cuida de las cosas, acompañare a tu hermana a nadar.

Asiento.

—Diviértanse. —murmuro, aunque sé que no me ha escuchado.

Escucho música por al menos un par de horas, en lo que el viaje dura, hemos llegado muy de mañana cuando el sol apenas estaba saliendo, Mikasa no dejaba de molestar con su promesa de salir a nadar durante las vacaciones, así que mamá le ha concedido el deseo para que deje de dar la lata. Tampoco es como si nunca viniera, vivimos a unos quince minutos de aquí.

Siento la presencia tan solo aparece, así que abro los ojos con lentitud, los lentes obscuros me dan un poco de anonimato durante un par de segundos, mientras Eren se acerca hasta mi silla, mirando todo a su alrededor, como si estuviera sorprendido.

—No me dijiste tu nombre. —dice, parece que se dio cuenta de que lo veía.

—Levi. —dejo salir, me incorporo un poco.

—Tú sabes el mío.

—Si. Me lo dijo una amiga, Hanji, iba contigo en clase de literatura.

Asiente, hunde su pie derecho en la arena tibia. Son casi las cuatro de la tarde.

—¿No nadas?— pregunta sacando sus dedos de la arena.

—Lo hago, pero no significa que lo disfrute.

Asiente otra vez.

—El mar es bellísimo. —murmura, se encorva un poco y mira al frente, dónde está mi madre y hermana, ambas haciendo un castillo de arena como si fueran infantes.

—¿Lo es?

El viento ondea los mechones castaños y largos de su flequillo, le tintea la piel de rosa, sus ojos brillan con el sol, cómo piedras preciosas.

Pienso que, quizás, el mar no es del todo horripilante. Hay cosas que lucen hermosas aquí.

-Cinturón de Asteroides-

Eren entra por primera vez a la cafetería una tarde de julio, hace una tarde muy ventosa, aunque hace sol. Llega con el rostro coloreado y el cabello disparado en mil direcciones.

Sonríe al verme y camina directo en mi dirección con real emoción.

—Toma asiento por allá, te llevaré algo, salgo en una hora. —le digo tan solo estar a mi lado.

—Claro. —mantiene la sonrisa y luego se va a sentar.

Lleva una camiseta holgada de manga larga color guinda y pantalones cortos de mezclilla. Parece menos desesperado que antes.

Las sonrisas le van mejor. Hacen que su rostro luzca mejor.

Le llevo un pastel de chocolate con decoraciones, él lo recibe con gusto, no dice nada más mientras termino mi turno, no llama la atención. La gente pasa de él como si nada. Él tampoco se fija en nadie, se hunde dentro del pastel como si fuera un pequeño universo dulce.

Hemos estado en contacto últimamente, nos mantenemos cerca, caminamos por el parque, conversamos de cosas sin mucho sentido, hablamos de las galaxias y de los planetas, compartimos diferentes ideas sobre diferentes temas.

No es alguien que sepa mantener una conversación, de eso me he dado cuenta, pierde rápido el hilo y sin más cambia a otra cosa. Variante, me cuesta mantener el ritmo, pero al final, no es algo que no pueda controlar.

Esa noche decidimos dar un paseo por el parque, bajo las farolas, mordiendo golosinas y caramelos suaves, él habla del mar y lo mucho que le gusta, a veces va por las noches. Calla abruptamente y de repente habla de las estrellas, finge contarlas con los dedos mientras su barbilla se mancha de caramelo.

—Tengo que ir a casa. —dice mientras baja los brazos.

Da media vuelta y se marcha. Ni siquiera soy capaz de ir tras él, solo me queda ver su silueta iluminada en el camino de piedras.

-Cinturón de Asteroides-

Me pregunta acerca de la gravedad y sobre lo que haría yo si está desapareciera de repente y estuviera flotando hacia el cielo sin sostén alguno. ¿Me iría al espacio esperando morir o me aferraría a la Tierra, luchando contra la gravedad misma?

No sé qué contestarle, al final, de una u otra forma terminarás muriendo, así que la verdadera pregunta sería si deseo una muerte rápida y sin problema, o lenta y desesperante.

Esa noche, no puedo dormir correctamente, preguntándome e imaginando seriamente sobre qué pasaría si la gravedad de verdad desapareciera, todos saldrían volando lentamente al cielo.

¿Qué me sostendría? ¿Si me aferraría sería más doloroso? ¿O si me soltara? ¿Qué pasaría con todo aquí? ¿Nacería algo que pueda vivir sin esa gravedad para volver a poblar la Tierra?

Al final la idea me obsesiona por un par de días hasta que logró devolvérsela. ¿Qué haría él? ¿Se dejaría llevar? ¿O se sostendría de cualquier cosa?

—Dejaría que me arrastrará al espacio, iría al banco de estrellas allá arriba, las vería por un par de segundos y entonces podría morir allí.

Esa es su respuesta, mientras el helado de chocolate con menta se derrite en el cono. Me sorprende, me deja sin palabras. Tiene sentido, es un sentido bello y a la vez doloroso.

—¿Así, sin más? —pregunto por mi parte. —¿No te desesperaría?

—¿Por qué lo haría?

Me toma del brazo y me jala hacia el suelo, quedando tirados en el pasto del parque mientras vemos los árboles que hacen pasar la luz del sol por sus ramas, me quejo al principio por el jalón y el brusco cambio agresivo, no digo nada. Los conos de helado se han llenado de tierra, el mío simplemente se ha caído con el jalón.

Se ríe, lanza carcajadas intensas, se sostiene el estómago y sigue riendo, no para de hacerlo, me siento confundido al principio, no entiendo si algo de lo que dije o hice le hizo reír, lo observo mientras la comisura de sus ojos se arruga con gracia y continua carcajeando como si hubiese contado el chiste más gracioso de todos. La risa suena exagerada y en cierto punto hasta falsa, forzada y puede que incluso tétrica. Me eriza los vellos de los brazos.

—Moriría. —dice alzando los brazos. —Abrazaría a la muerte sin ningún tipo de objeción.

No deja de reír.

—No entiendo que es tan gracioso en esto. —dejo salir.

Su risa se detiene de golpe.

—No es gracioso. —dice, arranca el pasto cerca de su cabeza. —No lo es, ¿Cierto? Nada gracioso.

No digo nada. Me levanto sobre mis brazos para ver que hace, tiene los dedos manchados de helado mientras arranca el pasto con real ansiedad, sus dedos se llenan de tierra y porquería.

—No hagas eso. —digo mientras quito su mano con suavidad.

El brillo de sus ojos se pierde.

—Yo moriría en el espacio si la gravedad desapareciera. —gira su rostro para verme, el océano refleja mi rostro. —Levi, haz que la gravedad desaparezca.

-Un viaje a Júpiter-

La gravedad no desaparece, pero él sí.

Los días cotidianos se abren a semanas y luego sin darnos cuenta es septiembre.

—¿Sabes que es triste? —Hanji jala las correas de la bolsa mientras da brincos desesperados.

—¿Qué? —pregunto mientras miro el folleto sobre el próximo concurso para recaudar fondos de la escuela.

—Papá prometió que iría conmigo a la feria de ciencias.

Abro el folleto fingiendo leer lo que se tiene pensado para el concurso de talentos, no me interesa realmente, solo espero a que ella siga hablando.

—¿Eso es lo triste? —pregunto al final cuando ella se ha quedado callada, alzo la vista.

—Alguien ha tenido la magnífica idea de querer suicidarse justo a dos minutos de terminar su turno, él literalmente estaba guardando su bolígrafo cuando la emergencia se dio. —hace una mueca de disgusto.

El padre de Hanji es policía, ella siempre lo ha admirado y también en algún futuro desearía ser perito penal o médico forense para trabajar a su lado, por eso tiene ese tic raro con la química, física y biología, también de repente por las leyes.

—¿Qué horario elegirías tú si pensarás en suicidarte? —pregunto luego de un rato.

Ella parece captar la indirecta, hace que su rostro tome otra forma.

—Bueno, no lo sé, se los horarios de cambio de la estación donde papá trabaja, así que supongo que lo haría en donde no haya cambios. —se pone un dedo en la mejilla y suspira. —Aunque como un buen método de suicidio haría uso de mis dotes de química para no fallar en el intento.

Ruedo los ojos.

—Sin embargo, no conozco los horarios de los médicos, o de los camilleros o incluso de los forenses, tal vez sin siquiera pensarlo, solo estropearía el día de alguien. —suspira de nuevo. —¿Irías tú conmigo?

—¿Averiguaras los horarios? —pregunto con burla, ella se ríe.

—A la feria de ciencias. —aclara.

Me encojo de hombros en respuesta.

Salimos de clases a las dos y planeamos en vernos en la estación de trenes a las tres mientras ella va a recoger los boletos de la feria a la oficina de su padre y yo voy a casa a darle aviso a mi madre y a cambiarme de ropa.

La feria es interesante, se muestran proyectos universitarios listos para presentarse ante patrocinadores listos para echarlos a andar, Hanji opina sobre algunos de ellos, hace preguntas de absolutamente todo y sus presentadores están encantados de responderle. Incluso alguno de ellos le da un afiche para pensar en entrar en su universidad. Ella sale feliz por ello.

—Genial, tengo ofertas de tres universidades. —dice mientras agita los afiches.

—No son ofertas, son solo propuestas para que pienses que quieres en el futuro. —aclaro.

—No importa. Lo son, puedo llegar a ser como ellos, crear grandes proyectos para presentarlos en lugares así. ¿Te imaginas? Podría tener patrocinadores antes incluso de titularme. Uno incluso dijo que si no fuera porque aun soy chica podría ayudarle en algo que tiene en mente, aun así, me dio su número de teléfono.

Ella dice más cosas como esas de regreso a casa, se nota emocionada, hace planes para cuando la hora de llenar solicitudes llegue. Me hace preguntarme a donde es que iré yo, he pensado en muchas cosas pero nada realmente tan cierto como ella.

Hago una lista mental sobre las cosas en las que soy bueno y una, sobre las cosas que me gusta hacer. Me sorprende ver que la lista es relativamente corta. Debería empezar a preocuparme por eso.

-Saturno guardado en una caja-

Las semanas, al final son meses y entonces yo empiezo a preocuparme.

No sé dónde vive, así que lo único que tengo a mi favor es buscarle de vez en cuando en el parque, otras en la playa y a veces solo esperar fuera de la cafetería, sin embargo, es como si de verdad hubiese desaparecido. Intento recordar nuestra última vez juntos, pero solo me llega a la mente la risa eufórica luego de hablar acerca de la gravedad y que pasaría si desapareciera, no considero que nada de eso hubiese sido algo que amerite su desaparición de mi vida.

No sé qué más hacer, no puedo obtener su dirección de su antiguo expediente de la escuela porque eso es algo casi imposible según el director, no hay nadie que realmente recuerde su rostro en la escuela más que Hanji y ni ella puede ayudar.

Recuerdo a la persona que intentó suicidarse en septiembre, tengo que repetirme muchas veces que no tiene nada que ver uno con lo otro, aunque la parte paranoica de mi cerebro grita que podría tener mucho sentido. Pero... ¿Por qué alguien como Eren tendría el impulso del suicidio? ¿Impulso? ¿Necesidad? ¿Qué es el suicidio?

Pienso en ello durante un par de días, cuando ya empiezo a hacerme a la idea de que no volveré a verle de nuevo.

Y así mismo, una noche de regreso a casa de la cafetería, lo veo vagando por las calles, con la cabeza mirándose los pies al caminar, los hombros caídos, es como si volviera a ese lejano primer día en aquel momento lluvioso en la entrada de la cafetería, solo que esta vez no llueve, solo hace una brisa cálida de viento.

—Eren. —grito antes incluso de pensarlo correctamente.

Pero él no parece escucharme, sigue caminando hasta desaparecer en una calle. Le sigo preguntándome porque lo hago. Me respondo que es simplemente para saber si no quiere volver a saber nada de mí. Me atrapo pensando que eso dolería escucharlo directamente.

El camino empedrado de repente desaparece, se pierde entre la arena donde comienza la playa, la línea de casas termina en esa calle y detrás de esos edificios se crea una larga extensión de arena que terminan en unos metros más allá en las primeras olas de la playa. Esta noche todo esta increíblemente despejado, la luna brilla demasiado. Me sorprende que todo luzca así.

La arena limpia, el mar susurrando canciones, el cielo reflejándose en el agua de un azul obscuro y cristalino. Es la primera vez que no me parece un lugar terrible. Casi aguanto un jadeo de sorpresa.

Eren camina entre la línea imaginaria de olas y arena, esta descalzo pateando la arena de vez en cuando, aún mantiene la mirada pegada a sus pies. Hay cosas que realmente lucen hermosas en el mar.

No lo llamo de nuevo, me acerco lentamente, guiado por el leve magnetismo que me atrae, como si me llamara en silencio. Él se detiene y mira el cielo, volviendo a contar estrellas con los dedos.

La luz de la noche cae en su rostro con gracia, jugando con los colores obscuros y neutros, dejando de lado el color brillante de sus ojos, es como si se negaran a apagarse, al menos por esta noche. Luce tranquilo, con las mejillas rojas de caminar, jadea un poco, tiene el cabello despeinado...

—El mar es hermoso. —susurra.

Me detengo a su lado, intentando ver que es lo que él mira allá dentro, entre el agua y el cielo, en la línea imaginaria que los dividen. No encuentro mucho.

—¿Lo es? —pregunto.

Él asiente.

—Quiero ser uno con el mar. Quiero ser parte de su espuma. —vuelve a decir.

Me pregunto porque podría decir algo como eso.

Nos quedamos en silencio un momento, solo se escucha el movimiento de las olas, de repente se acercan de más, me mojan los zapatos, aunque no me importa mucho, tal vez lo haga una vez fuera del leve trance.

Me pregunto qué piensa.

Me pregunto qué es lo que yo pienso.

Gira su cuerpo en mi dirección, rodea mi cuerpo con sus brazos, me toma desprevenido al principio, aunque de manera sorpresiva, puedo adaptarme casi a la perfección con su cuerpo. Suspira con real pesar, entierra su cara en mi pecho, como si quisiera escuchar el latido de mi corazón. La pregunta "¿Por qué has desaparecido?" se pierde en mis labios.

—Te amo. —susurra por primera vez.

Me pregunto porque podría decir algo como eso.

-Cereal de Neptuno-

Mikasa cae enferma de gripa así que tengo que cuidarla por todo el fin de semana, ella tiene fiebre, a veces cae inconsciente por lo mismo, estornuda mucho y hay que darle un cuidado especial. Mamá dice que quizás sea influenza pero el doctor la contradice diciendo que solo es un resfriado, en un par de días estará bien.

Ella se queja continuamente porque odia estar tanto tiempo en cama, pero es necesario para que su cuerpo se recupere del golpe, es tan desesperada a veces, insiste en que puede ir a clases y hacer lo que tiene que hacer. Es hasta que el medico la amenaza con intubarla si no se queda quieta y se toma el medicamento correctamente que deja las quejas de lado.

Son días cansados porque es un poco pesado hacerse cargo de un enfermo que no deja de quejarse y decir que odia todo. Eso me hace pensar que no tengo madera de enfermero o médico. Odio los gérmenes y que la gente no siga las reglas para curarse. No es mi camino.

Me sigo preguntando cual debería ser el adecuado.

Mamá dice que podría ir por alguna ingeniería, soy bueno con las matemáticas, pero no me atraen tanto, luego propone que quizás pueda probar con alguna arte, pero me niego al instante, soy torpe en ese tipo de cosas. Al final ella deja un montón de folletos que ha pedido a sus compañeros de trabajo que tienen hijos en la universidad, dice que tal vez alguna de esas escuelas atraiga mi atención y así pueda ver los planes de carrera que ofrecen.

No reviso los folletos al instante, pensar en el futuro de repente es agobiante. Así que lo dejo para después.

Eren vuelve a desaparecer por otro par de días, esta vez, convencido de que está bien, no me empeño en buscarlo, las palabras dichas en la playa resuenan en mis oídos, al igual que en ocasiones anteriores, luego de decir eso, simplemente dio media vuelta y se fue, como siempre, sin darme el tiempo a analizarlo y poder responder correctamente.

Aunque... ¿Qué sería lo correcto para algo como eso?

No lo sé.

¿Qué es el amor realmente?

Tampoco lo sé.

Dejo que las cosas se calmen, que quizás él vuelva a replantearse el pensamiento, tal vez simplemente fue dicho en un arranque de emociones, algunos decimos cosas sin sentido cuando estamos saturados. Él no es la excepción.

Cuando el primer semestre del segundo año de preparatoria termina, Eren y yo volvemos a encontrarnos en el parque, como un acuerdo silencioso.

Esta vez no dice nada, solo me besa, tomándome totalmente desprevenido. Luego de varios segundos simplemente le imito.

-La distancia de Makemake-

Es confuso y hasta cierto punto algo un poco desesperante.

Eren es inestable, hay veces en las que grita con real agonía, hay otras en las que llora como si del mismo cielo se tratase, un cielo en una terrible tormenta de dolor, también hay otras en las que ríe mirando las estrellas, se gasta las carcajadas mientras el viento del final del otoño despeina su cabello.

Una palabra es capaz de cambiar su estado de ánimo, puede estar feliz y al segundo siguiente muy enfurecido, gritando palabras dolorosas mientras se marcha, aunque después puede volver, llorando pidiendo perdón o simplemente sonriendo como si nada hubiese pasado.

Hay veces en las que desaparece por días, hay otras en las que va todo el tiempo a verme a la cafetería.

Hay ocasiones en las que me dice mil veces que me ama, se abraza a mí y sonríe como si eso fuera verdad. Reparte besos en mi rostro y entonces casi parece que yo le creo, porque soy capaz de devolvérselos.

Pero también hay veces en las que dice que me odia y que odia haberme conocido, a veces tiene miedo a que lo abandone, por eso él es quien se va primero para no volver por quien sabe cuantos días.

Es confuso y yo no sé qué debo hacer. ¿Qué se hace en esos casos?

-La melancolía de Plutón-

Él canta a veces en el mar, canta a veces sobre el mar.

—Quiero ser uno con él. —repite mientras señala la espuma que se arrincona en sus pies.

—¿Por qué? —pregunto tomando su mano y entrelazando sus dedos con los míos. Él no se queja.

—Porque entonces iría con mis padres.

Es la primera vez que los menciona. Él nunca habla de sí mismo, siempre que le pregunto de su familia, de su hogar o de él mismo cambia el tema, da media vuelta y desaparece o simplemente no contesta. Así que en este instante, trato de no romper la confianza que de repente me ha dado.

—¿Ellos se encuentran en el mar? —vuelvo a preguntar.

—Ellos se encuentran en el mar, en el aire, en el espacio. —responde, deja caer su cuerpo en la arena y vuelve a cantarle a la playa que tanto ama y que yo tanto detesto pero que disfruto por él.

Su rostro se torna triste, el océano de sus ojos se apaga por un momento, como si hubiese decidido irse a dormir.

—¿Me amas? —pregunta con los labios pegados a su antebrazo mientras se rodea las rodillas.

—Lo hago. —respondo.

—Soy horrible ¿No? —susurra, esta vez, ocultando su rostro entre sus brazos.

—Eres hermoso. —contesto de la misma manera. Como en ocasiones anteriores, me pregunto qué es lo que ha hecho que diga eso.

Su mirada de sorpresa dice todo lo que yo pienso. Me avergüenzo de mí mismo por eso.

—Mientes. —dice con seriedad, aunque sus mejillas se han coloreado.

—No, digo la verdad. —esta vez, muestro algo más de valentía.

Él ríe ligeramente. Y pienso que he dicho lo correcto, aunque no entiendo porque es que sus ojos no se han iluminado como lo ha hecho su rostro.

Suspira y vuelve a mirar las olas moviéndose hasta la punta de sus dedos. Tararea la canción del mar, dibuja en la arena con sus dedos y se mece suavemente. Luce como un niño pequeño. Luego de un rato, empieza a cantarla.

La letra de la canción, aunque al inicio suena infantil, tiene un tinte obscuro y algo tétrico, habla sobre personas que han muerto a manos de la violencia de las aguas marítimas, sobre sus almas penando y asustando a los viajeros que andan en barcos. Me tensa por un instante. Jamás le había prestado real atención a lo que él cantaba.

Me asusta, así que tomo su mano para que detenga la canción.

Por el momento funciona.

-El dolor de Haumea-

Tiene marcas en la piel, marcas de diferentes colores, casi parece una pintura abstracta, igual a la de los museos que no comprendo del todo.

—¿Cómo es...?

Me besa para que guarde silencio, así que tengo que alejarlo, tomo sus muñecas y señalo las marcas más recientes.

—¿Qué significa esto? —pregunto casi en una exhalación. —¿Cuántas veces lo has intentado?

Hace una mueca de descontento, se cubre el cuerpo desnudo con una sudadera, mira al otro lado con irritabilidad.

No es que jamás las hubiera visto, quizás simplemente quería creer que no eran reales o que no significaban lo que realmente significan. Es como cegarme a una realidad terrible. Me reprendo por eso.

—¿Por qué? —pregunto tomando su rostro.

Se queja quedito, como si se avergonzara.

—No lo entiendes. —responde con resentimiento. —Nadie lo hace.

—Quiero entenderlo. —espeto.

Él niega agresivamente.

—Levi. —suspira mientras cae sobre sus rodillas. —Haz que la gravedad desaparezca.

Se toma de la cabeza y comienza a tirar de los mechones de su cabello, como si realmente deseara desaparecer.

—No, Eren, mírame. —no lo hace, aprieta sus ojos. —¿Por qué lo haces?

—Bésame. —pide con desesperación.

Se aferra a mí, pide auxilio sin decirlo realmente, es como si quisiera ser rescatado de algo que no puede escapar, pero también de algo a donde yo no tengo acceso. No llora, pero respira pesadamente, su cuerpo tiembla, como si realmente estuviera asustado.

—No quiero morir. —dice.

—No vas a hacerlo.

—Todos moriremos.

Sonrió sin ganas.

—Sí, tienes razón pero... aun no es tu tiempo.

Recorro las líneas rojas, rosas, moradas en su cuerpo, beso cada una de ellas, mientras él suspira mi nombre en incontables veces.

Son cicatrices horribles, algunas que no fueron tratadas a tiempo, algunas que han cicatrizado de la manera errónea, cruzan su piel de manera cruel, cocidas por el dolor y un tiempo roto. Desde la punta de sus pies hasta rodear su cuello. Hay pocos lugares que quedan de piel real.

¿Qué ha provocado esas heridas?

¿Quién es él realmente?

¿De dónde viene tanto dolor y sufrimiento?

Las preguntas rebotan en las paredes de mi habitación mientras Eren respira quedamente en mi cama.

-La búsqueda de Eris-

Mi matricula a la facultad de psicología es aceptada mientras que la de Hanji lo es en la facultad de ciencias, ella esta tan feliz que salta de la emoción, su padre la felicita mientras besa su sien, mi madre también está feliz, aunque dice que jamás pensó que yo fuera aplicar a esa carrera. Ella creía que incluso pediría un año sabático para saber qué hacer con mi vida. Pero al final no fue así.

Tengo que esperar hasta el inicio de clases para ver si puedo realmente hacerle frente a todo lo que la carrera ofrece, no estoy seguro de ser lo suficientemente bueno para ello, pero confió en mis habilidades y en que he optado por la decisión correcta.

Eren habla sobre la gravedad de nuevo, luce más delgado, un poco más demacrado aunque hace todo por sonreír. Me pregunta de nuevo que es lo que yo haría si la gravedad desapareciera y le respondo de la misma manera. No lo sé.

—Yo dejaría que me llevara. —repite. —Te lo he dicho antes ¿No?

—Así es. —digo, haciéndole entender que recuerdo esa platica.

—Aun espero que tú cambies tu respuesta.

—¿Ah? —le miro algo sorprendido. —¿Quieres que responda que también dejaría llevarme por la gravedad hasta el espacio?

Asiente.

—No lo sé. No quiero pensar en eso.

Él calla mientras se deja caer en la arena.

—¿Me amas?

—Creo que ya sabes la respuesta a eso. —me dejo caer a su lado.

—Repítelo. —me pide.

—Te amo. —declaro.

—También espero que cambies tu respuesta ante eso.

En esta ocasión, Eren desaparece por tres meses.

-El cinturón de Kuiper-

Y la gravedad desaparece para siempre...

Y el chico descalzo en la playa por fin pudo unirse al mar...

Y desde entonces, yo aún sigo amándolo...

-El extenso universo-

Las estrellas y el mar gritan su nombre.

Supongo que era cuestión de tiempo, entre las cortinas corridas y la comida echándose a perder en el refrigerador, la pequeña casa con vista al mar es un desastre.

Me pregunto si él siquiera llego a considerar este lugar un hogar, o si vivía aquí porque era el único lugar donde podía dormir o donde había sido abandonado. Todo, incluyendo las paredes, grita tristeza y agonía, veas por donde lo veas.

Llegue tarde. Es lo único que puedo pensar.

Mucho tiempo tarde.

Luego de dos años de que Eren lograra, por fin, dar con el corte perfecto en las muñecas, soy capaz de pararme en medio del departamento donde vivía. Esta casi igual, digo casi porque yo no había estado aquí antes.

Hay fotos de sus padres debajo de una mesa, está llena de moho y suciedad, no sé qué les sucedió realmente, al parecer el hombre que se hacía cargo del chico simplemente escapo cuando lo intentaron buscar para rendir cuentas del estado mental y físico de Eren. Toda una tragedia de telenovela.

Encuentro notas de suicidio en una libreta vieja, todas están incompletas, algunas tienen palabras que no entiendo, hay tinta corrida e incluso algunas hojas arrancadas, otras igual tienen mi nombre. No leo ninguna, no tiene sentido ya. Pero guardo la libreta bajo mi brazo por si acaso.

Me pregunto qué hubiese pasado si lo hubiese conocido un poco antes o un poco después. O si yo hubiese sido tan solo un poco mayor, o ya tener el conocimiento que ahora tengo, las palabras más o menos adecuadas, así evitando la tragedia actual.

Suspiro mientras entro a su habitación.

No hay gran cantidad de ropa, algunas camisas sucias, pantalones rotos, no hay algo que realmente valga la pena, aun así tomo una camiseta que luce más o menos decente, aunque luego de dos años, es realmente un milagro. Al final deserto y pienso que quizás es mejor comprar algo nuevo.

Su cama solo consiste en una colchoneta roída, sabanas sucias y llenas de polvo.

¿Él realmente vivía aquí?

Intento imaginármelo allí, llorando, rodando intentando dormir, gritando, sufriendo sin que nadie pudiese acudir a su ayuda.

¿Por qué jamás fui capaz de escucharlo claramente?

—¿Encontraste algo? —pregunta Mikasa en la entrada del pequeño departamento.

—No mucho. —digo.

Ella suspira.

Ha insistido en acompañarme, aunque le dije que no era apto para alguien de su edad, pero... al final, ¿Qué más da?

Pasamos a una tienda de ropa, compro una camiseta y un pants que imagino puede ser de su talla. Luego vamos por algo para comer, esperando a que de la hora indicada.

Mikasa me pregunta sobre él y yo respondo a sus preguntas. Ella asiente como si lo comprendiera.

Mamá pasa por nosotros a la cafetería en la camioneta, me pregunta sobre la ropa y las demás cosas, le digo que tengo todo, nos dirigimos a la clínica de salud mental.

Preguntamos por nuestro paciente, la enfermera dice que está listo, esperando pacientemente en la sala recreativa.

—Esta lloviendo. —observa Mikasa mientras pasamos por el pasillo junto a unas ventanas grandes. —Parece que las ventanas lloran.

Y yo le doy la razón.

Gracias por leer.

Parlev.