APRENDIENDO A AMARTE

Por Inuhanya

DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE LA ESPECTACULAR RUMIKO TAKAHASHI NO ME PERTENECEN NI LA HISTORIA EN LA CUAL ESTÁ BASADO ESTE FIC…

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Siglo XIX… Un amor en tiempos de guerra…

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Capítulo 12

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Esto tenía que ser una pesadilla… esto no podía ser cierto… Se repetía una y otra vez Kagome sintiéndose completamente desconsolada y engañada.

"Kagome? Kagome, puedo pasar?" Insistía Sango en un tono evidentemente preocupado mientras golpeaba suavemente la puerta de su prima. "Kagome, por amor de Dios, ábreme… llevas más de dos días ahí encerrada y todos aquí afuera estamos muy preocupados." Le dijo la joven en un intento por lograr que su desconsolada prima respondiera a su ruego y le abriera la puerta finalmente. "Por favor, Kagome…"

"Por favor, Sango…" respondió Kagome débilmente. "Déjame sola… no quiero ver a nadie." Seguidamente, la joven del otro lado pudo distinguir unos amortiguados sollozos provenientes de adentro.

Sango se mordió levemente el labio. Sabía que su adorada prima estaba sufriendo mucho por todo esto, ni ella misma podía creerlo, y por eso mismo sentía que su deber era estar ahí con ella para consolarla. Su tía Nodoka se había dado por vencida luego de insistir tanto sin recibir respuesta de su hija por eso le había pedido el favor a ella, después de todo, las dos eran casi de la misma edad y podría sentirse más cómoda para desahogarse con ella. Pero aparentemente, la mujer se había equivocado esta vez.

Sango dejó escapar un suspiro derrotada… tal vez lo mejor sería no presionarla, dejarla desahogar todo lo que quisiera con lágrimas hasta que se sintiera lo cómoda y tranquila suficiente para hablar con alguien. Sí… lo mejor era que los buscara por iniciativa propia.

Con esa última idea en su mente, la joven de largo cabello castaño se retiró de la puerta dándole a Kagome el espacio y el tiempo que necesitaba. Sin embargo, Sango no alcanzó a dar cinco pasos por el corredor cuando el sonido de la puerta tras ella la detuvo seguida de la afligida voz de su prima pronunciando débilmente su nombre.

"Sango…"

La joven se giró de inmediato y la sola vista de su prima apoyada contra el marco de la puerta fue suficiente para que su propio corazón se arrugara de tristeza. Fue casi imposible no contagiarse de la misma pena mientras veía cómo aquellas lágrimas caían libremente de los hinchados ojos de Kagome.

"Kagome…" susurró Sango mientras se apresuraba hacia la puerta para abrazar a la joven que en cualquier momento terminaría por derrumbarse en el piso debido a la evidente debilidad de su cuerpo. "Shhh… tranquila." Continuaba ella mientras acariciaba los rizos azabaches que caían sobre su temblorosa espalda.

"Lo… lo sien-siento…" logró decir Kagome entre ahogados sollozos.

"Ya… está bien…" le dijo Sango intentando tranquilizarla. "Aquí estoy…"

"P-por qué…?" El cuerpo de Kagome tembló fuertemente mientras cerraba con fuerza sus enrojecidos ojos.

"Ya, Kag… Ven, vamos a sentarnos." Susurró la joven cerrando la puerta tras ella sin retirarse un segundo de su prima. Luego con mucho cuidado, guió a Kagome por la habitación hasta alcanzar su amplia cama. Una vez ahí, la ayudó a sentarse y seguidamente se acomodó a su lado. "Ojala pudiera tener una respuesta para ti." Le dijo Sango suavemente mientras alcanzaba el rostro de su pálida prima para secar las abundantes lágrimas que humedecían sus mejillas. "Escucha, sé que todo esto es muy duro y doloroso, ni yo misma puedo creer que ese hombre te haya hecho esto, pero tienes que reponerte."

"No creo que pueda…" logró decir Kagome luego de tomar un profundo respiro. "Kouga estuvo jugando conmigo todo este tiempo! Cómo pudo hacerme esto?! Maldición! Yo lo amaba, lo amaba con todo mi corazón! Demonios, hasta íbamos a casarnos! Cómo pudo ilusionarme de esa manera, jurarme amor eterno mientras tenía una mujer con un hijo en camino esperando su regreso!" Kagome ahogó un fuerte sollozo. "Fui una tonta, una estúpida… una ingenua!"

"Eso no es cierto, Kagome." Refutó su confidente. Cómo se le ocurría atacarse de esa manera cuando el único responsable de su sufrimiento era aquel hombre. "Aquí el único sinvergüenza es él por haberte engañado de esa manera tan vil! De lo único que puedes culparte es de haberte enamorado perdidamente de la persona equivocada. Nada más. Kagome… escucha…"

"Eso no me disculpa, Sango. Fui una ingenua por creerle todo. En verdad pensé que él era diferente a los demás… siempre lo sentí tan sincero… Dios, fui tan ciega, pensé que me amaba de verdad pero todo fue una vil mentira! Y lo que más me duele es que mi madre tenía razón. Ella me lo advirtió… a su manera, pero en el fondo tal vez lo que quería decirme era… esto. Sabía que me haría daño." Kagome hizo una pequeña pausa para sonarse mientras desviaba su dolida mirada hacia el piso. "Fui muy egoísta… antepuse mi felicidad al bienestar de mi familia."

"No!" Protestó Sango en tono firme. "Eso no es verdad! Estabas haciendo lo correcto! Estabas siguiendo lo que te dictaba el corazón!"

"Y de qué me sirvió?!" Espetó Kagome de repente reuniendo la fuerza suficiente para levantarse de la cama. "Lo que me hizo Kouga fue de lo más ruin, Sango. Ahora siento que lo odio con todas las fuerzas de mi alma… así como llegué a amarlo alguna vez."

"Kagome…" susurró Sango levantándose para colocar sus delicadas manos en los hombros de la joven Higurashi. "Entiendo perfectamente lo que estás sintiendo en este momento pero ya verás que todo va a pasar. El tiempo curará las heridas y si las cosas pasaron así era porque tal vez no te convenía estar con él. Estas cosas pasan, a veces hay que pasar por muchas decepciones para encontrar el verdadero amor."

"No lo sé…" suspiró Kagome secando lo último de sus lágrimas. "Kouga lo era todo para mí. Le entregué mi corazón y lo hizo pedazos. Fui demasiado idealista… si le hubiera hecho caso a mi madre desde un principio y hubiese aceptado casarme con alguno de esos hombres que me pretendían no estaría sufriendo de esta manera. Todos serían felices."

"Sí… tienes razón… todos serían felices menos tú." Le dijo Sango con leve severidad en un intento por hacerle ver la realidad. Los ojos de Kagome comenzaron a brillar con nuevas lágrimas. "Kagome, no puedes darte por vencida. Kouga no merece que derrames una lágrima más por él… Ya verás que cuando menos lo esperes encontrarás al hombre de tu vida. Bueno, las dos porque ni creas que voy a permitir que sólo tú te salgas con la tuya." Ese último comentario finalmente logró sacarle una muy sutil sonrisa a Kagome.

"Eso es, así es como debes verte siempre. Eres demasiado linda y valiosa para que sufras por un canalla que no vale la pena."

La joven de cabello azabache asintió levemente antes de abalanzarse hacia Sango para darle un fuerte abrazo. "Gracias…" le dijo débilmente. "No sé qué haría sin ti. Por favor… nunca más vuelvas a irte. No quiero estar sola."

Sango le devolvió el abrazo mientras luchaba por contener sus propias lágrimas. "Juntas para siempre… lo recuerdas?" Rió la joven mientras recordaba aquel juramento que habían hecho el día anterior al viaje de Sango al extranjero. Kagome asintió en su abrazo. "Bien, ahora quiero que te arregles para que bajes a cenar con nosotros. Todos hemos estado muy preocupados por ti. La tía Nodoka lo disimula bastante bien pero Zarinna está al borde de la locura y de paso nos enloquecerá a todos si no te saco de esta habitación." Sango se separó levemente para esbozarle una sonrisa a la joven en su abrazo.

"De acuerdo…" respondió la joven Higurashi separándose suavemente. "Sólo dame unos minutos."

"Seguro."

La joven ya se disponía a dejar la habitación pero nuevamente Kagome la detuvo antes de llegar a la puerta.

"Sango…?"

"Sí?"

"Por favor… no vayas a decirle a nadie lo que hablamos aquí y sobre todo a mi padre cuando regrese. No quiero que se preocupe por mi y que se indisponga por mi culpa. Ya tiene muchos problemas y no quiero agobiarlo más con mis cosas. Su corazón no lo soportaría."

"Entiendo. De mí no saldrá una sola palabra." Le respondió Sango cerrando una cremallera imaginaria sobre su boca.

"Gracias."

"No te demores."

Kagome movió su cabeza mientras veía salir a Sango y cerrar la puerta tras ella brindándole la privacidad que le había pedido. De nuevo sola, Kagome se acercó a su elegante tocador para abrir uno de sus cajones superiores. De él, sacó una pequeña caja de metal grabado y lentamente levantó la tapa. Una suave melodía comenzó a salir de su interior. Era una pequeña caja musical, aquella que Kouga le había regalado a su regreso la primera vez que se separaron para ir a combatir. Desde ese día ella la había guardado como el más valioso de los tesoros.

Siempre que se encontraba sola en su habitación y triste por su ausencia, ella se sentaba en el tocador y abría la caja musical para sentirse acompañada. Era una melodía suave y hermosa. Kouga le había dicho en aquella oportunidad que tan pronto la escuchó supo que era perfecta para ella porque la armonía que tocaba era tan melodiosa como su voz cuando pronunciaba su nombre cada vez que se reencontraban después de varios meses.

"Kouga…"

Kagome sabía que por más que se repitiera que lo odiaba con todas sus fuerzas, iba a ser muy difícil arrancárselo del corazón. Aunque le había dicho a Sango que iba a hacer todo lo posible por volver a ser feliz muy en el fondo sabía que nunca llegaría a amar a otro hombre como lo había amado a él.

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"Señor Takano, es un placer tenerlo de nuevo en Ciudad Izu." Saludó la Sra. Higurashi mientras entraba al elegante estudio donde la esperaba Inuyasha. La mujer sonrió levemente al verlo. Definitivamente, este joven era el vivo retrato de su difunto padre. Kagome sería una completa tonta si dejaba pasar una oportunidad como esta. Con mucho esfuerzo y dedicación, había estado propiciando esta unión durante estos últimos meses.

Al menos, ya había logrado acabar con el encaprichamiento que tenía su hija con ese otro hombre.

Inuyasha se levantó de su cómodo asiento frente al escritorio del General al tiempo que la veía acercarse a él. "Buenas tardes, señora." Asintió él levemente mientras aceptaba la extendida mano de la mujer por simple cortesía. No sabía por qué pero había algo en esta mujer que no terminaba de convencerlo. Sentía que algo se ocultaba detrás de esa máscara de amabilidad. La última vez que estuvo frente a él, no pudo disimular su nerviosismo y ahora se mostraba tan confiada y segura de sí misma. Por qué?

"Me alegra ver que respondió pronto a la carta que le envié en días pasados." Le dijo la mujer sin rodeos.

El joven de cabello plateado no pudo evitar fruncir levemente su entrecejo. "En realidad fue más una coincidencia, tenía que venir a Ciudad Izu por otros asuntos." Le respondió Inuyasha seriamente. "Aunque para serle sincero y con todo respeto, esperaba entrevistarme con su esposo. No me gustan los engaños."

"Lo sé." El rostro de la mujer cambió levemente de uno ligeramente risueño a uno más serio. "Y le pido disculpas por haberlo traído de esta manera pero si no hubiese sido así tal vez no hubiese atendido mi llamado. Me urgía hablar en privado con usted para explicarle todo, por eso lo hice seguir al estudio." Explicó la mujer mientras tomaba asiento en la silla del General.

Inuyasha optó por guardar silencio como clara señal de que fuera lo que fuera estaba dispuesto a escucharla.

"Sé que debe tener muchas preguntas con respecto a mi reprobable actitud pero precisamente de eso quiero hablarle. Para empezar debo serle sincera… mi esposo no está al tanto de nada referente a este préstamo. Desde un principio le mentí porque él no sabe de la existencia de esta deuda ni tampoco sabe que entregué como garantía las escrituras de esta casa. Todo eso lo hice a sus espaldas."

Ahora entendía todo… los nervios, las evasivas, los engaños… Dios, hasta dónde era capaz de llegar esta mujer? Bueno, eso era exactamente lo que estaba por averiguar.

"Pensé que con el tiempo las cosas mejorarían para nosotros y que podría reunir esa suma para recuperar esas escrituras pero me fue imposible hacerlo y ahora..."

"Entonces los rumores de la ruina de su familia son ciertos." Inuyasha la interrumpió con la misma seriedad que mantuvo desde que comenzó a hablar la mujer.

"No hay caso en que le oculte la verdad." Le respondió Nodoka sin perder la compostura. "Es cierto. Esa es una realidad que no puedo seguir ocultándole. Pero tampoco voy a negarle que mi mayor interés está en recuperar esta casa. Al precio que sea."

"Es comprensible." Aceptó Inuyasha. Después de todo, a nadie le gustaría perder una casa como esta por una cantidad de dinero tan 'insignificante' en comparación al valor de dicha propiedad. "Y créame que mi intención tampoco es perjudicarla pero como le dije… no me gustan los engaños. Hubiese preferido que me dijera la verdad desde un principio." El joven profundizó su frunce sin desviar su dorada mirada de la mujer frente a él.

Finalmente, Nodoka optó por levantarse de su silla para salir detrás del escritorio. "Eso lo entiendo y le pido disculpas nuevamente." Reiteró la elegante mujer mientras se paseaba con su inseparable abanico hasta detenerse detrás de Inuyasha y a una distancia prudente. "Pero le repito que mi único interés, al igual que el suyo, es solucionar esto de la mejor manera posible. Necesito recuperar esta casa." Nodoka hizo una breve pausa sin retirar su maliciosa mirada del joven. Aprovechando que Inuyasha tenía su atención puesta en algún punto de la biblioteca enfrente, no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa. "Por eso estoy dispuesta a negociar con usted el pago de su dinero a cambio de su silencio. Mi marido nunca debe enterarse de esto, bajo ninguna circunstancia."

Inuyasha la miró de reojo tomándose unos segundos para considerar esto. Tenía alguna otra opción? "Me parece justo. Para eso estoy aquí y con respecto a lo otro… el cómo maneje sus asuntos con el General no es problema mío así que no tiene que preocuparse por eso." Concedió él seriamente. Eso era verdad y realmente tampoco quería agrandar más el problema con esta señora. Lo único que quería era resolver este asunto lo más pronto posible para nunca más tener algo que ver con esta gente.

"Bien, su discreción me agrada, Sr. Takano, veo que es un hombre honorable." Inuyasha resopló en su mente. No cabía duda que esta mujer no se mediría en falsos halagos con tal de lograr sus objetivos. Haría lo mismo si supiera su verdad? Estaba seguro de que no y daría todo lo que tenía por el simple placer de ver, así fuera por un segundo, la expresión de desengaño en su rostro producto del gran chasco que se llevaría.

Ojala hubiese podido devolverle el cumplido.

"También sé que es un hombre muy ocupado así que voy a ser lo más breve posible en mi propuesta." Dijo la mujer después de una pequeña pausa.

"Se lo agradecería enormemente." Le respondió Inuyasha acomodándose mejor en su asiento para escuchar lo que tuviera que proponerle.

La mujer sonrió levemente antes de continuar. "No soy una mujer de rodeos así que iré al grano. Estoy dispuesta a ofrecerle la mano de mi hija en matrimonio a cambio de las escrituras que tiene en su poder."

Los ojos de Inuyasha se abrieron sorprendidos ante lo que acababa de escuchar. Había escuchado bien? Estaba seguro que sí, su sentido del oído era demasiado bueno como para haber entendido mal. Esta señora estaba entregándole a su propia hija en calidad de pago como si se tratara de una mercancía cualquiera? Definitivamente había esperado escuchar cualquier cosa menos algo como esto.

"Perdón?" Preguntó Inuyasha levemente ofendido mientras se levantaba del fino asiento para encarar a la mujer tras él.

"Sé que me escuchó perfectamente, Sr. Takano." Respondió la altiva mujer. "No veo por qué le sorprende." Continuó ella cerrando su negro abanico con un solo movimiento de su muñeca. "Los hombres con su posición siempre buscan y desean tener por esposa a una joven decente y de buena familia con quien formar un hogar estable y estoy segura de que usted no es la excepción." De inmediato, Inuyasha abrió la boca para refutar la afirmación de Nodoka pero la mujer retomó nuevamente la palabra, impidiéndoselo al darse cuenta de lo bajo que esa propuesta debió sonarle por la expresión en su apuesto rostro. "Sr. Takano, no me malinterprete, no estoy proponiéndole nada fuera de lo normal, al contrario. Como madre, siempre he querido lo mejor para mi hija, deseo su bienestar y su felicidad, al igual que su padre, y qué mejor que sea con alguien que pueda darle seguridad y estabilidad, algo que nosotros ya no podemos ofrecerle. Si lo mira desde este punto de vista, tanto mi hija como usted serían los más beneficiados con esta unión." Terminó la Sra. Higurashi en un tono más conciliador. "Créame, para mí tampoco es fácil decirle todo esto pero no tengo nada más para ofrecerle. Mi hija es lo único valioso que me queda." Era consciente de que sus primeras palabras habían sido muy contundentes y frías por eso ahora pretendía endulzarlas lo mayormente posible para que Inuyasha no lo tomara como un vil negocio más. Como lo que realmente era.

Con lo que no contaba la mujer era que Inuyasha sí hacía parte de la pequeña excepción a esa regla. Él nunca había estado de acuerdo con la forma de pensar de esta gente. Podría darle todas las justificaciones que se le ocurrieran para suavizar la verdad y aún así no funcionaría con él. Nunca antes se le había pasado eso por la cabeza cuando no tenía nada y tampoco iba a comenzar ahora que había aceptado la herencia de su padre. Mucho menos con una deuda de por medio. No era lo correcto.

Si quería que su adorada hija tuviera seguridad y estabilidad entonces lo mejor era que se buscara a otro idiota que estuviera dispuesto a dársela. De ninguna manera iba a formar parte de algo tan despreciable.

Inuyasha apretó fuertemente sus dientes en un intento por contener su rabia. No había caso en empeorar las cosas con insultos. Le gustara o no y fuera lo que fuera, aún estaba tratando con una mujer.

Sus brillantes ojos dorados se fijaron duramente en los oscuros de Nodoka.

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"Rania." Llamó Kagome terminando de bajar las escaleras. Había ido a buscar a su madre en la habitación principal pero en vista de que no la encontró decidió dirigirse al primer piso. Lo más probable era que anduviera por ahí pues tampoco había escuchado el sonido de la enorme puerta del frente como para afirmar que no se encontraba en casa. Afortunadamente no tendría que buscar demasiado al ubicar a la fiel criada de su madre que entraba del estar proveniente del jardín trasero.

La mujer de rasgos mestizos se detuvo al escuchar el llamado de la jovencita. "Dígame, Srta. Kagome. En qué la puedo ayudar?" Le preguntó la mujer con el debido respeto.

"En mucho. Has visto a mi madre? La busqué arriba pero no estaba en su dormitorio. Sabes si está en el estar?"

"Me temo que no, señorita. Doña Nodoka está encerrada en el estudio atendiendo a un señor-"

"Señor?" la interrumpió Kagome con extrañeza.

"Sí, señorita." Reiteró la mujer terminando de limpiar sus manos en su blanco delantal. "Es un señor que llegó preguntando por Don Jiro pero como no está, la señora lo está atendiendo. Al parecer tiene negocios con el General." Le informó ella atentamente.

"Ya veo. Y sabes si llevan mucho tiempo allá adentro?" preguntó curiosa la joven.

"Más o menos, pero no creo que demoren en salir. La primera vez que se reunieron fue algo breve." La mestiza se inclinó levemente ante Kagome. "Ahora, si me disculpa, señorita, debo regresar a la cocina. Se le ofrece algo más?"

Kagome parpadeó rápidamente. "N-no Rania, gracias, eso era todo. Puedes retirarte." Le dijo la joven con una pequeña sonrisa de agradecimiento. De nuevo sola, la mayor de los hermanos Higurashi se dejó llevar hacia el salón con algunas interrogantes en su cabeza. Si lo que decía Rania era cierto, no le costaba nada esperar unos minutos.

Sin embargo, era la primera vez que escuchaba o veía que su madre atendiera personalmente los asuntos de su padre. Es más, ahora que lo pensaba bien, su padre procuraba no traer sus negocios a la casa, siempre que necesitaba reunirse con alguno de los comerciantes los citaba en aquel elegante salón de reuniones donde los señores más respetables de Ciudad Iza acostumbraban realizar sus 'tertulias'.

Tal vez estaba prestándole más atención de la debida. Como bien lo dijo Rania, su padre no se encontraba en Ciudad Izu y muy seguramente era algo de suma importancia que no podía dar espera.

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"Sra. Higurashi." Comenzó el joven hacendado intentando sonar lo más respetuoso posible aunque no lo mereciera. "Esas son sus razones y hasta cierto punto puedo entenderlas pero no las comparto." Dijo Inuyasha firme viendo cómo le cambiaba la expresión a la esposa del General. "Así que no cuente con eso. No me interesa."

Nodoka parpadeó visiblemente sorprendida. Ahora fue su turno para no creer lo que había escuchado de labios del hijo de Takano Lowe. Estaba completamente segura de que aceptaría sin pensarlo dos veces. Cualquiera en su lugar lo hubiera hecho en un parpadeo, después de todo, no le estaba ofreciendo cualquier cosa. Era su hija! Qué más podía pedir si dinero era lo que le sobraba? Cómo demonios se atrevía a rechazar de esa manera a una Higurashi? Sin dinero, pero una Higurashi nada menos. El apellido aún era importante a pesar de todo.

El cuerpo de la mujer comenzó a llenarse de rabia. Estaba molesta por su negativa, eso no podía negarlo, pero también porque al mismo tiempo la oportunidad de emparentar con los Takano estaba esfumándosele de las manos. Eso no lo podía permitir. No ahora que estaba a un paso de lograrlo.

"Si eso era todo lo que quería decirme, le pido un permiso. Como bien lo dijo, soy un hombre muy ocupado y tengo muchas otras cosas que hacer." Fue lo último que dijo Inuyasha antes de girar para encaminarse hacia las enormes puertas de madera. La voz del joven hacendado la sacó de sus pensamientos para verlo con la clara intención de irse sin escuchar algo más que tuviera por decirle. No podía dejarlo ir así. De alguna forma tenía que convencerlo o en su defecto, lograr que al menos lo considerara.

Por su parte, Inuyasha no tenía nada más que hacer en esa casa con esa 'distinguida' mujer. Ya se le ocurriría otra manera de resolver este asunto.

Le tomó unos segundos alcanzar el dorado pomo de la puerta. Cuando lo tuvo en su mano, lo apretó con fuerza y así mismo lo giró para abrir. En cierto modo, se sentía altamente molesto y perturbado por todo lo que le había dicho esta señora pero, al mismo tiempo, no pudo dejar de sentir un poco de lástima por quien quiera que fuese la desafortunada—

Sus pensamientos fueron repentinamente interrumpidos al darse cuenta que estuvo a escasos centímetros de estrellarse con otra persona que justo en ese momento pasaba frente a las puertas del estudio. Lo supo porque, a pesar de ir con la mirada gacha, una amplia falda azul celeste entró en su campo visual. De inmediato, ambos cuerpos se detuvieron en seco.

Seguidamente, Inuyasha levantó su dorada mirada. "Lo sient—" La disculpa murió en su boca cuando sus brillantes pupilas doradas se dilataron al fijarse en la dueña y portadora de aquel fino vestido. Definitivamente era alguien con quien nunca imaginó volverse a topar en su vida.

Kagome, por su parte, quedó boquiabierta por unos segundos cuando su mente logró reconocer al hombre frente a ella luego de haber superado el susto inicial. Iba pasando tranquilamente frente al estudio con destino al salón principal cuando el repentino y brusco sonido de la puerta abriéndose la hizo detenerse a una pulgada de estrellarse con el recién aparecido.

Sus grandes ojos castaños se fijaron en los igualmente sorprendidos dorados del hombre hasta que la realización la golpeó con fuerza.

Esos ojos… esas orejas… ese largo cabello plateado…

Su mirada descendió levemente.

Esa camisa blanca a medio abotonar…

No podía ser posible…

"Us-usted?" Tartamudeó ella ahogadamente con total reconocimiento. Era el mismo hombre del callejón! Kagome tragó en seco. Pero cómo demonios la encontró?! Qué demonios estaba haciendo en su casa?!

Kagome quería demandar una respuesta mientras retrocedía un poco para poner algo de distancia entre ellos pero le estaba costando mucho trabajo formar una oración coherente en ese momento.

E Inuyasha no se quedaba atrás. Estaba igualmente sorprendido por la grata aparición frente a él. Llevaba meses viendo ese rostro en su mente, deseando el tan anhelado milagro de volverlo a ver y ahora, sin esperarlo, lo tenía ahí. Donde nunca imaginó encontrárselo. Nada menos que en casa de la familia Higuras— El iluminado rostro del joven se apagó visiblemente y su dorada mirada se opacó al caer en cuenta de algo.

Era lógico que se cruzara con ella en esta casa si era la… la—

Detrás de Inuyasha, apareció la Sra. Higurashi e igualmente se detuvo al percatarse de la escena que tenía ante sus ojos. No pudo evitar sentir un poco de alivio. La expresión en su rostro cambió dramáticamente mientras sus labios rojos esbozaban una disimulada sonrisa de victoria. Ni ella misma lo hubiese planeado mejor. Llevaba días pensando en la mejor manera de preparar este encuentro y sin proponérselo lo había logrado. Y era perfecto.

"Kagome, hija…" Irrumpió la recién llegada aprovechando los segundos de silencio entre ellos. La mujer pasó al joven de larga cabellera plateada para detenerse al lado de su paralizada hija. "Dónde están tus modales, querida?" La reprendió suavemente su madre. "Saluda al Sr. Takano."

Takano?... Kagome parpadeó mientras el nombre hacía eco en su mente. Por qué le sonaba familiar?

Sin razón alguna, su corazón comenzó a palpitar con gran inquietud como aquella vez en el callejón cuando sus ojos fueron capturados por aquella enigmática mirada ámbar.

"Sr. Takano." Nodoka volvió su atención al joven. "Le presento a mi hija… Kagome."

Kagome… así que ese era el nombre de la joven que invadía sus pensamientos desde aquel día. Y era nada menos que una Higurashi… o más exactamente, la hija de esta manipuladora mujer. Qué mala jugada del destino.

La Sra. Higurashi sonrió interiormente al ver la aturdida expresión en el rostro de Inuyasha. Hombres… hasta aquí les llegaba la honra y el orgullo. Bastaba con ponerles en frente una hermosa mujer para convertirlos en los seres más vulnerables sobre la faz de la tierra. Ricos o pobres, demonios o humanos, al final todos eran iguales... todos se dejaban llevar por sus deseos más primitivos.

Al parecer, sus esperanzas no estaban perdidas del todo.

Kagome no pudo soportar más aquella tensa situación así que sin importarle en lo más mínimo si pasaba como una grosera delante de su madre y de ese hombre, se retiró presurosa con rumbo al jardín trasero, no sin antes alcanzar a pronunciar un débil, "Permiso."

Los oscuros ojos de Nodoka se fijaron furiosos en la espalda de su saliente hija. Ya tendría oportunidad para reclamarle por su descortesía.

"Por favor, le pido que la disculpe." Ofreció la mujer mientras se abanicaba para enfriar el bochornoso momento que acababa de pasar. Definitivamente su hija era una inconsciente!

"No se preocupe." Fue lo único que pudo decirle Inuyasha antes de asentirle levemente como una tácita señal de despedida. Todo este nuevo descubrimiento lo había terminado de alterar. Este había sido un golpe demasiado bajo.

"Sr. Takano." La voz de Nodoka lo detuvo en la puerta. "Piénselo." Le dijo ella sabiendo perfectamente el gran impacto que su hija había tenido en él. Se veía bastante tenso y ligeramente fascinado al mismo tiempo. "Que tenga buen día."

Con una dura mirada final a la elegante mujer tras él y sin más que decir entre ellos, Inuyasha salió finalmente.

Tras su partida, Nodoka permaneció unos segundos más en el brillante hall de la entrada. Su conspiradora sonrisa poco a poco fue reemplazada por un leve frunce en su entrecejo. Si bien se había dado cuenta del cambio en la mirada del heredero Takano al toparse con su tonta hija, sabía muy en el fondo que esta unión por conveniencia iba a ser muy difícil de llevar a cabo. Su frunce se pronunció un poco más al tiempo que giraba su delgado cuello hacia la dirección que había tomado Kagome.

Con renovada determinación, la esposa del General siguió el rastro de su hija. Se había dirigido hacia el jardín trasero de la mansión. El suave golpeteo de sus tacones hacía eco en el espacioso salón al tiempo que una sola idea se repetía en su mente. Así fuera lo último que hiciera en lo que le quedaba de vida, su testaruda hija, Kagome Higurashi, iba a casarse con el heredero de los Takano Lowe.

"KAGOME!" Llamó la mujer al detener su apresurado caminar en la tallada cerca de madera que delimitaba el estar con el jardín. Como lo supuso, la joven se encontraba sentada en su lugar predilecto de la casa: el quiosco. Una hermosa construcción de madera tallada y pintada de color blanco que su padre, el General, le había regalado el día que había cumplido sus dulces quince años. Desde entonces se había convertido en su resguardo, su segundo resguardo para ser exactos, el primero era su habitación. Siempre que se sentía abrumada se refugiaba en su amado quiosco y ahí permanecía por un tiempo, contemplando la belleza de sus florecidos rosales, aquellos que cuidaba con tanto esmero.

La mujer se tomó unos segundos para tranquilizarse. Si bien su hija le había hecho pasar un incómodo momento delante de la visita, en el fondo sentía un poco de pena por ella. Sabía perfectamente que Kagome no estaba pasando por un buen momento a nivel personal y sentimental. Y ella era gran responsable de eso. Aunque no lo pareciera, en verdad se preocupaba por su hija, la amaba mucho y por eso mismo deseaba lo mejor para ella. Con un poco de melancolía, su mente la devolvió en el tiempo a cuando ella tenía la misma edad de Kagome y sus padres arreglaron su matrimonio con el hijo mayor de la prestigiosa familia Higurashi, Jiro, su actual esposo y padre de sus dos hijos.

Sí… sabía perfectamente lo que era enamorarse perdidamente de un hombre para luego tener que casarse con alguien impuesto por tus padres. Con un completo desconocido. Y todo por mantener un estatus en la sociedad de estos tiempos.

Dejando escapar un apesadumbrado suspiro, Nodoka Higurashi abrió de nuevo su elegante abanico y salió del estar para encontrarse con su hija en el quiosco. Con Kagome su estrategia tenía que cambiar. Ya estaba visto que por la fuerza no iba a convencerla de contraer nupcias con el joven Takano Lowe. Debía usar otra táctica, debía recurrir a la compasión, a la empatía y no a la imposición. Conocía la nobleza del corazón de su hija y por ahí debía mover sus hilos.

Al llegar junto a la joven pudo ver un rastro de lágrimas en su adorable rostro.

"Kagome, hija." La llamó suavemente sentándose en la banca junto a ella. Una suave brisa comenzó a soplar haciendo que una leve lluvia de hojas secas cayera alrededor de la estructura.

"Madre." Respondió la joven tratando de secar presurosa las lágrimas en sus ojos. "No te oí llegar."

"Tranquila. Solo quiero hablar contigo. Creo que es momento de que tengamos una conversación de madre a hija." Los brillosos ojos castaños de Kagome se abrieron levemente al escuchar las palabras de su madre. Si su memoria no le fallaba era la primera vez que la mujer que le dio la vida se acercaba de esta manera para hablarle. Sin regaños, sin acusaciones, sin reproches, sin ataques. En verdad su madre era la mujer que tenía sentada a su lado? Se veía tan diferente, serena y aplomada. Muy distinta a la mujer con la que había estado compartiendo los últimos días.

"Madre, yo—"

"Kagome," la interrumpió la mujer. "Sé que estás pasando por un momento muy doloroso por todo lo que te hizo ese hombre y—"

"No, madre." Ahora fue su turno de interrumpirla. "No quiero hablar de Kouga. Tú tenías razón, siempre la tuviste." Sentenció Kagome desviando su triste mirada hacia los rosales.

Nodoka sonrió interiormente. Bueno, al menos su plan había funcionado a la perfección. Su hija se había desencantado por completo de aquel Teniente y eso ya era ganancia. Ahora el objetivo era lograr que Kagome aceptara a su nuevo candidato. "Bueno, eso es lo menos importante en este momento. Lo único que quiero es que seas feliz. Que tengas a tu lado a un hombre que te dé todo lo que mereces: un hogar, una estabilidad, una familia, protección, seguridad. Sé que el amor es importante para ti—para todos—," Se corrigió rápidamente la mujer. "Pero el amor a veces llega después. Con el tiempo se puede aprender a amar a la otra persona." Kagome volvió su mirada hacia su madre. Nunca la había escuchado hablar en un tono tan condescendiente y conciliador como ahora. "Tu padre y yo somos un claro ejemplo de eso." Confesó la mujer suavemente. Ahora fue su turno de mirar los hermosos rosales de su hija. Podía sentir el asombro y la confusión en la mirada de la joven a su lado.

"Qué? Quieres decir que mi padre y tú—?"

"Sí, Kagome." Respondió Nodoka antes de que Kagome pudiera terminar su pregunta. "Yo me casé con tu padre sin amarlo. Nuestro matrimonio también fue arreglado por nuestros padres." Terminó la mujer con un dejo de melancolía en su voz. "Ellos querían lo mejor para mí y como puedes ver, no se equivocaron. Este matrimonio ha sido lo más maravilloso que me ha pasado en la vida. Jiro ha sido un hombre digno y un esposo y padre ejemplar."

Kagome no pudo articular palabras ante la inesperada confesión de su madre. Ella nunca le había contado cosas tan íntimas de su vida con su padre. Y no porque nunca se hubiese presentado la ocasión, de hecho, siempre había querido saciar su curiosidad en cuanto comenzó a sentirse atraída por el joven militar pero nunca se atrevió a preguntarle sobre cómo había conocido al General ni cuándo supo que se había enamorado de él. La mujer a su lado siempre se había mostrado tan reservada y bien puesta ante su familia y la sociedad que nunca imaginó que existiera ese lado en su humanidad.

Nodoka guardó silencio por unos segundos. Necesitaba darle tiempo a su hija para asimilar lo que acababa de confesarle. Era consciente de que esta no era toda la versión, había una parte que era mejor seguir manteniendo oculta. Una parte que el joven que acababa de salir había revivido en su memoria desde el mismo momento en que lo vio por primera vez en la sala de su casa.

Inu… Taisho…

"Madre, yo… no sé qué decir." Dijo Kagome finalmente. "Siempre pensé que…"

"Kagome, sé que he sido muy dura contigo con este asunto de los pretendientes y tienes razón, no han sido los hombres más apropiados para ti. Eres una jovencita muy hermosa, distinguida y dulce…" Finalmente la mujer decidió desviar la conversación hacia su verdadero punto de interés. Ya había contado suficiente de su vida privada. Nodoka tomó las pequeñas manos de Kagome entre las suyas. "Mereces un hombre digno de ti. Alguien apuesto, caballeroso, de una buena familia, joven… honesto…" Enfatizó ella, haciendo alusión a cierto militar. "Alguien que de verdad esté a tu altura y que pueda hacerte feliz. Darte una vida tranquila y libre de problemas." La mujer depositó una maternal mano en la mejilla de su hija para borrar los rastros de sus secas lágrimas.

"N-no lo sé madre, estoy tan confundida. Además—"

"Lo sé y te entiendo perfectamente. Solo quiero que no te cierres a la posibilidad. Que abras tu mente y no te rehúses a la idea. Estoy completamente segura de que en cualquier momento podría presentarse un buen prospecto que muestre gran interés en ti." Cuando aún vio tintes de duda en sus expresivos ojos castaños, decidió continuar dando su estocada final. "Piensa en tu padre, lo harías muy feliz si le dieras la dicha de entregarte en el altar a tu futuro esposo. Sabes que su corazón…"

"No!" Exclamó la joven con angustia en su voz. "Por favor… no digas eso. Yo… no quiero que le pase nada a mi padre." Kagome se levantó de su lugar y dio unos pasos hasta alcanzar la entrada del quiosco para recostar levemente su cabeza en la madera. Nodoka sonrió por segunda vez. Al parecer sus palabras estaban logrando el efecto deseado. "Jamás me perdonaría si le pasara algo por mi culpa." Terminó la joven aristócrata en un hilo de voz, apenas audible para los oídos de su madre.

A raíz de lo sucedido con Kouga, había tenido mucho tiempo para pensar mejor las cosas y tal vez su madre tenga razón. Aun cuando su padre mostrara tanta fortaleza y luchara por mantener a flote la hacienda y a su familia, era muy consciente de que día con día su salud se tornaba más frágil. Ya no estaba en edad para echarse toda esa responsabilidad encima. Tal vez debería olvidarse de los finales felices de cuentos de hadas y poner sus pies y su cabeza en la tierra. Así funcionaban las cosas en este mundo, así eran las cosas en esta sociedad para jovencitas de familias aristócratas como ella. Tal vez era momento de pensar con la cabeza y no con el corazón. Su familia la necesitaba… su padre la necesitaba y no quería defraudarlo. Ya tenía suficientes problemas y preocupaciones como para darle otro más. Él la apoyaría incondicionalmente en cualquier decisión que tomara para su vida.

Cerrando cortamente sus ojos, la joven tomó un poco de aire y mordiendo suavemente su labio, se dio la vuelta para encarar a la mujer tras ella. "De acuerdo, madre… tú ganas. Sólo te pido que mi padre nunca sepa de esto. No soportaría verlo sufrir más."

Nodoka llevó una enguantada mano hacia su boca para ahogar un grito de felicidad. Por fin había logrado que su hija desistiera de continuar oponiéndose a sus deseos. "Por supuesto, hija." Respondió finalmente mientras acortaba la distancia entre ellas. "No sabes lo feliz que me haces. Gracias." Sin esperar por una respuesta, la mujer se abalanzó para abrazar a la joven frente a ella.

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"Eso le dijo, Amo?"

Inuyasha detuvo su furioso andar por el estudio de la casa Takano para dirigir su enfurecida mirada hacia el viejo Myouga. "Sí! Puedes creerlo?! Lo que me dijiste sobre ella y los pretendientes millonarios para su hija resultó ser cierto." Dijo él antes de hacer una pequeña pausa para tomar aire. "No me cabe en la cabeza que esa señora sea capaz de entregar a su propia hija con tal de…" Las palabras murieron en su boca cuando la imagen de la joven se formó en su atormentada mente. Por un lado, se sentía ofendido de que esa mujer se hubiese atrevido a proponerle un trato como ese, pero por el otro… no podía evitar sentir pena por aquella señorita. Aun cuando hubiese sido grosera y desagradecida con él aquel día en el callejón, nadie merecía una suerte como la suya. Ser tratada como mercancía por su propia madre era algo despreciable… bueno, tal vez no debería sorprenderse del todo. Su propio padre lo había tratado como un esclavo en su hacienda.

Inuyasha se tensó ante ese recuerdo. Luego se relajó un poco.

Al menos ese hermoso rostro ya tenía un nombre.

Kagome.

Los ojos del anciano sirviente seguían fijos en su joven patrón. Ahora se veía ausente. "Amo?" Lo llamó suavemente. "Amo Inuyasha?"

"Qué?"

"Qué piensa hacer entonces?"

Esa era una pregunta para la que no tenía una respuesta clara todavía. Si tuviera que responder ya… seguramente su lado youkai aceptaría el trato sin pensarlo dos veces, pero su lado humano… no sería capaz de caer tan bajo.

O sí?

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Continuará…

Nota de Inu: Hola a todos! He resucitado! Bueno, sé que esta historia lleva sin ser actualizada muuuuuchos años, lo sé, soy una vergüenza, jejeje, pero de un tiempo para acá me han entrado unas ganas enormes de continuar escribiendo mis fics, no solo este, también Padre Soltero (si lo conocen) y de pronto me anime a continuar Se Arrienda Habitación pero todo dependerá de mi estado de ánimo y de mi trabajo pues consume mucho de mi tiempo. Esta historia la comencé con mucha ilusión hace quince años y en vista de que me han escrito pidiendo su continuación, me he llenado de motivación y valor para hacerlo. Muchas gracias por recordarla con cariño para quienes la comenzaron a leer tiempo atrás y gracias a los nuevos lectores que la han recibido igual. Espero les siga gustando y no me odien tanto como a la madre de Kagome, jejeje… Pero, qué hará Inuyasha ahora?

Muchas gracias por la paciencia! Cuídense mucho y hasta pronto (espero, jejeje). Besos!