Capítulo 34

Demuéstramelo.

Viernes 4 de Julio

—Hola…

—Hola, Quinn. ¿Cómo estás?

—Pues un poco extraña, la verdad.

—Yo, yo también. Vamos, pasa. No, no te quedes ahí.

—Rachel —susurró temerosa—, no sé sí te has dado cuenta de…

—Ven —le dijo adelantándose, y tomándola de la mano—. Vamos, yo guío —añadió estremeciéndola. No solo por el hecho de que estuviese tomándola de la mano, sino porque supo que Rachel sabía perfectamente de su discapacidad. Algo que la puso más nerviosa aún—. Siento haber tardado en abrir, estaba preparando la mesa para cenar.

—Rachel —masculló dejándose llevar hasta el interior de la habitación, y sintiendo como el corazón parecía querer salir de su pecho—, ¿tú…tú sabes…?

—Sé todo, Quinn —interrumpía soltando la mano de la rubia con delicadeza—. Sé todo lo que tengo que saber —se detuvo—, y, antes de nada, antes de que te arrepientas y salgas corriendo, tengo que hacer algo.

—¿Qué? No, no te entiendo… —tartamudeó.

—Lo siento, Quinn, pero tengo que hacerlo —masculló segundos antes de dar un paso hacia ella, y abrazarla repentinamente, provocando la sorpresa en la rubia, que jamás esperó aquel gesto.

No pudo hacer mucho más que aceptarlo. Por supuesto.

Rachel se abrazó a su cintura, y hundió su rostro en el pecho de Quinn, abrazándola con fuerza, cerrando al máximo sus ojos y deseando que no terminase por apartarla con brusquedad.

Y no lo hizo.

Quinn, tras unos segundos tratando de asimilar la acción, terminó acariciando levemente la espalda de la morena, agradeciéndole el gesto al mismo tiempo que intentaba mostrarse fría.

No podía rechazarla.

Tener a Rachel entre sus brazos era algo con lo que había soñado demasiadas veces, y en ese instante que estaba sucediendo, no se dejó llevar a pesar de haberlo deseado. El rencor seguía merodeando por su mente.

—Vamos Rachel, ya está —espetó de la forma más dulce y amable que pudo. Y Rachel lo asimiló bien. Lentamente, fue deshaciendo el abrazo, con algo de pereza, tratando de alargar al máximo el tiempo que podía tocarla.

—Lo siento, pero tenía que hacerlo —susurró buscando la conformidad de la rubia.

—Ok… Todo bien —se mostró indecisa.

—He hecho que preparen una mesa, y ahora nos traerán algo para cenar. puedes... puedes sentarte si quieres, estás justo al lado de la mesa.

Quinn tanteó la silla y con algo de indecisión tomo asiento, provocando que Rachel imitara sus gestos, y también terminase sentándose frente a ella.

—No tengo mucho apetito. De hecho, no tengo nada de apetito.

—Vaya…

—No lo tomes a mal, es solo que no tengo apetito. No…no puedo comer nada ahora mismo.

—No eres la única —respondía tímidamente—. Yo tampoco soy capaz de comer nada, tengo, tengo un nudo en el estómago que casi no me deja respirar.

Quinn ni siquiera contestó. Ella sentía exactamente lo mismo y decidió permanecer en silencio, esperando a que fuese Rachel quien comenzara una conversación que no tenía ni idea de que iba a tratar.

Pero no obtuvo una respuesta rápida a ese silencio.

Rachel trataba también de organizar su mente, de encontrar las palabras adecuadas para no ofender y destruir la valiosa oportunidad que Quinn le estaba regalando.

Y sin pretenderlo, ambas estuvieron durante un par de minutos en silencio, sentadas la una frente a la otra, con miles de pensamientos abarrotándose en sus cabezas.

—¿Qué tal la audición? —reaccionó Quinn al fin.

—¿Audición?

—¿No habías venido a una prueba de teatro?

—No Quinn, no he venido a ninguna audición.

—¿Qué?

—He venido a verte —le confesó—. Quería verte, aunque solo fuesen un par de minutos, aunque solo te viese caminar por la calle. Lo necesitaba y por eso estoy aquí.

—¿Me has mentido? ¿Otra vez?

—Sí, pero te lo estoy diciendo... He venido, te he visto y mañana me marcho, probablemente tú me odiarás más aún, y lo tengo merecido, pero yo tenía que verte y darte ese abrazo que te acabo de dar —fue directa.

—Ok. Esto es absurdo —replicó llevándose las manos a la cara.

—¿Qué?

—No puedo hacer esto. Lo siento, Rachel, pero no estoy a gusto así, no puedo hablar contigo si me hablas así, si piensas que yo puedo tolerar todo eso. ¿Lo entiendes?

—Sé que te hago daño, que lo hago cada vez que hablo o que escuchas mi nombre, y créeme, no pretendo cambiar eso porque no merezco nada de ti, pero insisto, , tenía que verte.

—¿Y por qué no me has visto y te has marchado? De esa forma no me harías más daño —le recriminó.

—Eso es lo que pretendía, hasta que me llamaste y supe que podíamos hablar.

—¿Hablar? Rachel, te dije que yo no tenía nada que hablar contigo.

—¿Y por qué me llamaste ayer?

—Porque fui una estúpida y me dejé guiar por quien no debo —se lamentó—. Yo no tengo nada que hablar contigo.

—Yo sí.

—¿Y qué me vas a contar? ¿Más mentiras? ¿De nuevo me vas a pedir perdón? Porque si es así, no quiero escucharlo.

—¿Quieres que te hable de todo lo que siento?

—¿De lo que sientes? Eso es exactamente de lo siempre me hablas, de lo que sientes, ¿no?

—Sí, pero esta vez es distinto. No pienso marcharme de aquí sin que oigas todo lo que te tengo que decir, y después, puedes hacer lo que quieras.

—Maldita sea —susurró cubriéndose de nuevo el rostro—. Lo siento, no debí haberte llamado, ni siquiera yo sé que hago aquí —se excusó.

—Sí, sí que lo sabes. Lo sabes porque tú me has llamado y tú querías estar aquí, conmigo.

—¡No! —exclamó frustrada— ¿Ves? No lo soporto, Rachel, me hace daño saber que estás ahí, me hace daño escucharte hablar…Lo siento —se levantó—, tengo que irme.

—No, no Quinn espera —la siguió—, no te vayas, por favor, no te vayas aún.

—Rachel… ¿No te das cuenta? Es absurdo, no puedo fingir que no sucede nada y escucharte hablar todas esas disculpas. No puedo estar aquí discutiendo por lo que sucedió…No puedo Rachel, no puedo mientras tú sigas pensando solo en ti —volvía a encaminarse hacia la puerta.

—Para, por favor —se atrevió a tomarla del brazo, evitando su huida—Quinn…Dame diez minutos, solo te pido eso, aunque sea lo último que te pida, aunque sea lo último que estés dispuesta a darme. Solo diez minutos, por favor.

—¿No lo entiendes?

—No hables…No es necesario que me hables, solo siéntate ahí y escúchame o no me escuches, da igual…Pero déjame que yo hable, y hazme creer que me estás escuchando, por favor.

Quinn dudó. No podía negar que se moría de ganas por estar ahí, con ella, pero era superior. Había algo, una fuerza que la empujaba a salir de aquella habitación. Una fuerza que en ese mismo instante estaba perdiendo la batalla con la cálida y suave mano de la morena que se aferraba a su antebrazo, evitando que saliese corriendo de allí.

—Por favor —volvía a suplicar justo antes de ver como la rubia retrocedía sus pasos haciendo uso de los conocimientos que tenía de la habitación, y tomaba asiento sobre un solitario sillón que permanecía en la estancia principal.

—Estaré aquí por diez minutos, no más.

—Ok —respondía—. ¿Tienes tu teléfono ahí?

—¿Qué? sí, claro... ¿por qué?

—Ok, me voy a salir a la terraza y te voy a llamar...

—¿Qué? ¿Qué dices Rachel? ¿Qué broma es esa?

—Ninguna, saca tu teléfono, ahora te llamo —espetó alejándose de la chica, directa hacia la terraza.

Apenas unos segundos más tardes, el teléfono de Quinn comenzó a sonar y una voz indicaba que era Rachel la emisora de aquella llamada.

La rubia dudó y tras varios segundos más, optó por aceptar la llamada sin saber muy bien que pretendía.

—Rachel, esto es absurdo —contestó—. ¿De verdad vas a hacer esto?

—He cometido errores durante toda mi vida —le dijo ignorando la pregunta de Quinn, que se vio sorprendida por aquella extraña respuesta—. Uno tras otro. He vivido en una burbuja, Quinn, he vivido pensando que podía llegar a convertir en realidad todo lo que me propusiera. He vivido con unos padres que me decían que era la mejor en todo lo que hacía, que no había nadie mejor que yo… Y yo lo creía.

He conocido a gente con mucho talento, muchísimo talento, pero nunca he conocido a nadie igual que yo, y cuando digo a nadie igual que yo, no me refiero al talento, no hablo de los dones o virtudes que yo pueda tener, hablo de los defectos —tragó saliva—. No he conocido a nadie que haya cometido tantos errores en su vida, sea consciente de ellos, y siga cometiendo esos errores una y otra vez —hizo una pausa—. Todos mis errores me perjudicaban, pero esos errores también hacen daño, lo sé…Y sé a quienes hacen daño. A mis amigos, a mi familia, a toda esa gente que una vez confió en mí y me dijo que yo era la mejor. No lo soy, no lo he sido ni nunca lo seré, Quinn, nunca seré esa persona que todos me han hecho creer que era, solo soy un error constante que no para de equivocarse, y no trata de evitarlo.

—¿Quieres que te escuche como te ridiculizas a ti misma? —interrumpió molesta.

—No, quiero que me escuches hablar con el corazón, y mi corazón está destrozado, Quinn. No soy feliz, no lo he sido desde que te hice daño, y no lo voy a volver a ser sabiendo que te hice daño.

—Eso no arregla nada, si crees que voy a sentir pena…

—No, no quiero que sientas pena, Quinn…Soy yo la que siente pena por mí misma, porque tú no mereces que alguien como yo te ame, porque…

—¿Me amas? —interrumpió.

—No he dejado de hacerlo desde aquel día en el que me enseñaste que el cielo puede estar lleno de mariposas. Ese día me enamoré de ti, y te he amado desde entonces. Y sé que por eso mismo te he hecho daño. No estoy aquí para que me perdones, ya sé que no tienes nada que perdonarme, que lo que hice... lo hice siendo consciente. Y ya estoy pagando las consecuencias, créeme. Pero si estoy aquí para decirte lo que siento por ti, y que da igual cuantos años pasen, da igual cuanto me odies o me ignores, Quinn, mi corazón va a ser tuyo hasta que deje de latir.

Quinn trataba de asimilar aquellas palabras. No conseguía comprender que Rachel estuviese allí, hablándole por teléfono mientras estaban en la misma habitación, confesándole que estaba enamorada de ella cuando ella jamás pensó que lo estuviese.

—¿Estás mintiéndome de nuevo?

—No —fue rotunda—, jamás te mentiría con mis sentimientos. Quinn, no sé cómo acabará mi vida, no sé qué será de mí mañana ni dentro de unos meses, no sé si estaré en un escenario o tendré que pedir limosna para sobrevivir. Ni sé si me casaré o tendré hijos. Solo sé que, pase lo que pase, siempre vas a estar conmigo, aunque no te tenga cerca, aunque no pueda oírte ni verte.

—No tienes ni idea de lo que dices —interrumpió completamente abatida—, tú no has sufrido nada en tu vida para decir eso. Juegas de nuevo con esa estupidez del amor platónico.

—No necesito que la vida me golpee para sufrir. No te haces una idea de lo que siento cada vez que pienso en ti, y no puedo tenerte... Y no pienso de vez en cuando, eres un constante en mi mente, estás todo el tiempo ahí.

—Basta Rachel, no soporto más esta situación... Me marcho.

—Ok —respondía sin abandonar la terraza—. Ya te dije todo lo que quería decirte y no puedo obligarte a nada más, pero puedo ofrecerte a que te quedes, a que no salgas por esa puerta y te quedes sentada ahí, y podamos celebrar el 4 de Julio juntas, olvidando todo, aunque solo sea durante unas horas.

—¿No te das cuenta que no podemos seguir así? Rachel, he intentado ser sensata, he intentado hablar contigo, por eso te llamé, y tú haces esas cosas extrañas. Me mientes, me suplicas, y luego me dices que no. Me dices que me amas y que estás enamorada, me pides que te escuche y te vas a la terraza, y ahora me dices que haga como si no sucediera nada. ¿Estás loca?

—Probablemente —respondía con apenas un susurro—, pero ya no sé qué inventar, que hacer o imaginar para conseguir pasar diez minutos a tu lado —espetó regresando al interior de la estancia, y apartando el teléfono de su oído—. Solo dame el regalo de disfrutar unas horas a tu lado.

La voz sonó alta y clara, provocando que Quinn apartara también el teléfono de su rostro.

No sabía qué hacer, no tenía ni idea de cómo actuar. Quería gritar, salir corriendo de allí, pero al mismo tiempo, quedarse sentada, esperar a que Rachel decidiera volver a abrazarla como lo había hecho nada más entrar en aquella habitación.

—Lo siento —respondió levantándose del cómodo sillón y caminando hacia la puerta.

—Quinn, por favor —susurró al verla dirigirse hacia la salida.

Pero no obtuvo respuesta.

Quinn abría la puerta y la cerraba tras ella sin ni siquiera despedirse de la morena.

Sentía como le faltaba la respiración, como algo se apoderaba de cada espacio vacío en su interior, y no la dejaba respirar, ni siquiera pensar.

Aquel pasillo no era menos. Cerrar la puerta tras ella fue descubrir que la angustia que le aquejaba, no estaba en el interior de esa habitación, sino en su mente, en su estúpido orgullo que estaba echando a perder la única posibilidad que tenia de poder dejarse llevar, de olvidar todo lo vivido al menos por unas horas, y ser feliz. De volver a disfrutar de la compañía y la sonrisa de ella, de su chica.

—Mierda Quinn, ¿si quieres estar ahí por qué te vas? —susurró en mitad del pasillo al tiempo que se lamentaba—. Entra ahí y haz lo que deseas, aunque sea la última vez en tu vida que hagas algo así.

Fueron las palabras mágicas.

Quinn volvía a girarse impulsada por la rabia que trataba de luchar contra su orgullo, y volvía a dar dos golpes sobre la puerta, tratando de no pensar, tratando de acallar todas aquellas voces que se agolpaban en su mente, y no dejaban oír su corazón.

Rachel apenas tardó unos segundos en volver a abrir la puerta, y no tuvo tiempo para nada más que tratar de mantener el equilibrio al sentir como Quinn, se abalanzaba sobre ella y le entregaba un abrazo que apenas pudo asimilar.

—Quinn —susurró al sentir la emoción de la chica rodeando su menudo cuerpo entre sus brazos.

—No hables Rachel, solo quiero sentir que nada sucede. Déjame ser feliz hoy.

—Ok... ok —trató de calmarla—. Somos amigas por hoy.

Quinn intensificaba el abrazo tras escuchar aquellas palabras y Rachel no dudó en hacerla sentir confortable.

Estaba sucediendo lo que quería.

No exigía nada, no quería cambiar sus pensamientos hacia ella, solo quería poder disfrutar aquella noche de su compañía, celebrar el 4 de Julio junto a ella, poder mirarla siendo ella, Rachel Berry, y no la estúpida Rebecca que iba a destruir su vida para siempre.

—Ven... Vamos a la terraza —la incitó a que le acompañara tras aquel intenso abrazo.

Quinn no respondía. Trataba de contener las palabras por miedo a volver a decir lo que no quería decir y simplemente, se limitó a seguirla a través de la estancia principal de aquella habitación.

La terraza se presentaba ante ellas con una nueva mesa, y dos cómodos sillones, perfectamente colocados a ambos lados, pero que Rachel se apresuró en acercar para que permanecieran juntos.

—Siéntate... Está justo a tu lado —indicó haciendo referencia al sillón que Quinn ya tanteaba.

—¿Cómo... cómo lo has sabido? —balbuceó— ¿Quién te ha dicho que estaba ciega?

—Lo averigüé. Permíteme que no te diga cómo, solo lo averigüé.

—Ok...

—No podía llamarte, sabía que, si lo hacía, te ibas a sentir peor... Te conozco.

—Hiciste bien —trató de relajarse—, no estaba de buen humor.

—Lo supuse... Aunque pensé mucho en ti, demasiado... —hizo una pausa tras ver como Quinn volvía a bajar la cabeza, mostrándose un tanto incómoda— Ok —se animó tratando de no volver a hacer sentir mal a Quinn—, tengo... tengo algo que quiero darte.

—¿Qué?

—Espera un segundo... Ahora vuelvo —se mostró entusiasmada mientras Quinn trataba de parecer tranquila, ignorando aquellas voces que gritaban en su cabeza.

Apenas tardó unos segundos en volver a regresar a la terraza, y haciendo uso del sillón que quedaba libre, lo giró de forma que podía tomar asiento frente a ella.

—Toma —espetó colocándole el objeto sobre las rodillas—, ten cuidado.

—¿Qué es? —se mostró confusa.

—Tócalo —respondía tomando una de las manos de Quinn y llevándolas hacia la base—. Tienes que tener cuidado, es algo delicado.

Quinn comenzó a palpar con suavidad. Gesto que contrarrestaba con su rostro, completamente confuso.

—¿Es... es una maceta?

—Sigue tocando —insistió ilusionada.

Quinn siguió con su tarea y comenzó a subir hasta llegar a la base del tallo.

—Es... es... ¿Una planta? Es... ¡oh dios! —exclamó al tocar con delicadeza la flor— Es la... Yellow Lady —susurró

—Así es...

—Oh... —volvía a susurrar mientras acercaba su rostro a la flor para tratar de oler el perfume de aquella orquídea— Es la Yellow Lady —añadía casi con un suspiro—¿De dónde la has sacado? ¿Has estado en el lago?

—No, la encontré en una floristería. He tenido suerte, no es muy sencillo conseguirla.

—Pero... ¿Cuándo la has comprado?

—Hace unos días.

—¿Hace unos días? Hace unos días no sabias que nos íbamos a ver.

—No sabía que iba a tener la oportunidad de verte en persona, pero pensaba regalártela... Daba igual la forma en la que lo hiciera, te la iba a terminar entregando sí o sí.

—¿Por qué?

—Porque es nuestra... Tú flor, es tú flor —recapacitó—, y hoy es un día especial.

—¿Qué te hace pensar que es especial para mí?

—Siempre lo ha sido, al menos desde que estuvimos en el campamento. ¿Lo recuerdas? —sonó dulce.

—Claro, claro que lo recuerdo... Como no —respondía volviendo a recrearse con el olor que desprendía la flor.

Acción que hizo enmudecer a Rachel.

Todo se había vuelto confuso aquella noche. Nada de lo que había planificado se estaba llevando a cabo por culpa de las contradicciones que ambas sacaban a relucir tras su encuentro, pero en aquel instante, Quinn parecía inmersa en impregnar sus pulmones del suave perfume que desprendía la flor, y ella sentía que todo había merecido la pena por poder contemplar esa escena.

Tanto que ni siquiera se atrevía a hablar.

Quinn parecía comprender aquel silencio que se había creado entre ambas, y a diferencia de lo que había sentido en los minutos anteriores, se sentía bien, tranquila, imaginando que Rachel la observaba y sonreia mientras por su mente aparecían todas y cada una de las escenas vividas en aquel campamento.

—¿Cómo está Scott? —interrumpió sorprendiendo a Quinn, que jamás esperó esa pregunta.

—¿Scott? Bien... Bueno, hace unos meses que no le veo, solo habló por teléfono de vez en cuando con él —respondía sonriente.

—Ellos no saben nada, ¿verdad?

—No, no quiero que se preocupen. De hecho, nadie de mi familia lo sabe.

—Ya...

—¿Quién te ha contado todo eso?

—Tengo mis fuentes.

—Ha sido Britt, sin duda, ¿verdad?

—No puedo desvelarlo, solo te diré que me costó mucho sacar la información, y que quien me la ha dado, entregaría su vida por ti.

—Ha sido Britt, seguro —balbuceó—. Ella es una de las pocas personas que lo sabe, y es la única que habla contigo.

—¿No piensas decírselo a tu madre? —volvía a cuestionar ignorando el último comentario que involucraba de lleno a Brittany.

—No, esto... esto puede ser temporal y quiero agotar todas las opciones antes de hacerlo.

—¿Te vas a operar?

—Probablemente. Aún estoy esperando —fingió. Aquella operación seguía siendo un secreto entre ella y sus amigos.

—Ok...

—¿Qué tal Jennifer? —trató de cambiar el tema de la conversación.

—Bien... Bueno, ya sabes cómo es ella. Con sus líos y sus cosas.

—Me acuerdo mucho de ella.

—¿Recuerdas aquel chico que le gustaba? Joss.

—Mmm, no estoy segura... Me suena el nombre, pero no recuerdo su cara.

—Bueno, no importa... Ese chico no estaba muy interesado en ella, pero hace unos días consiguió cenar con él en casa y pasó la noche con ella.

—Ah... Que bien.

—No, no he terminado —continuó tratando de provocar la sonrisa en la rubia—. Al parecer estaban hablando, sentados en el sofá y él solo le hablaba de Stars Wars.

—¿Stars Wars? ¿De veras?

—Sí. ¿Y sabes que es lo mejor? Al parecer Jen se le insinuó varias veces y él no pillaba bien la indirecta, así que decidió lanzarse y besarlo.

—Ajam...

—¿Pero sabes que sucedió cuando lo intentó?

—Pues... no... —respondía curiosa.

—Justo en el momento en el que ella iba a besarle, él se levantó y se puso a imitar a Chewbacca.

—¿Qué? No es posible... —espetó sorprendida.

—Sí, la dejó tumbada en el sofá mientras él daba esos alaridos tan característicos —explicaba tratando de contener la risa.

Gesto que Quinn no pudo conseguir tras escuchar la historia e imaginarse la situación

La rubia esbozó una leve sonrisa que terminó contagiando a Rachel.

—Solo a alguien como ella podría sucederle algo así.

—Exacto, solo a alguien como ella —respondía divertida—, pero estoy segura de que lo va a conseguir. Cuando luchas tanto por algo... lo consigues.

—Sin duda —respondía sin ser consciente de lo que ello conllevaba.

Rachel si lo fue y sintió como una extraña sensación se apoderaba de su cuerpo. Nadie mejor que ella para sentirse identificada con luchar por los deseos.

—Quinn... —varios golpes en la puerta interrumpieron la conversación.

—¿Quién es?

—Supongo que la cena... ¿La rechazo?

—No lo sé, tú decides.

—¿No te apetece cenar nada?

—No... no lo sé —dudó—. Ya... ya parece que estoy más relajada.

—Bien, entonces acepto la cena. Total... ya está pagada —respondía sonriente al tiempo que salía de la terraza y se dirigía hacia la puerta, dónde efectivamente, un chico esperaba impaciente con la cena sobre un carrito.

Diez minutos más tarde, ambas permanecían en el interior de la estancia, sentadas en la mesa y degustando una exquisita sopa que Rachel había pedido con antelación, y tratando de evitar cualquier contratiempo con Quinn y su dificultad para comer fuera de casa.

—Está deliciosa, ¿verdad?

—Eh... sí, Marco es genial.

—¿Marco?

—El chef del hotel.

—Ah... claro, que tú los conoces a todos.

—Sí. De hecho, les he contratado yo —respondía sonriente.

—Interesante... Veo que tu vida aquí, tiene sentido.

—Mucho —fue directa—, he encontrado mi lugar.

—Pues no sabes cuánto me alegro, mereces lo mejor Quinn y si lo mejor para ti está en esta ciudad, genial.

—Tengo todo lo que necesito —respondía tratando de sonar convincente—. Tengo un hogar, un trabajo, amigos...

—Y amor, ¿no?

—¿Amor?

—Sí, ¿no... no hay un chico en tu vida? —disimuló— ¿Policía?

—¿Michael? No... no, él ya no es mi chico.

—Ah... vaya, lo siento. No estaba al tanto de eso.

—Pues ya lo sabes.

—Entonces, ¿tu corazón está libre?

—No —fue rápida, tanto que incluso ella se sorprendió—. Hay alguien.

—¿Sí? Bien... Me alegro entonces.

—Es una nueva compañera —fulminó provocando un leve atragantamiento en la morena— ¿Estás bien?

—Eh... sí, sí claro —respondía recuperando la compostura—. La sopa... Se fue por otro lado —se excusó—. ¿Cómo... cómo es eso de que es una nueva compañera?

—Pues sí... Es una chica. No creo que te sorprenda a estas alturas.

—No me refiero a eso, me refiero a que... bueno, según tengo entendido tienes por compañera a Santana y a otra chica...

—Dana.

—¿Es ella? —trató de asegurarse.

—No, la chica que me gusta se llama Rebecca —soltó, y Rachel volvía a atragantarse, pero esa vez consiguió disimularlo lo suficiente para evitar que Quinn se volviese a dar cuenta.

No entendía que estaba sucediendo. No entendía por qué Quinn le estaba diciendo que su corazón estaba ocupado por Rebecca, cuando a ella misma le había dejado claro que no sentía nada por esa chica.

—Ha estado acompañándome en la puerta, pero se ha tenido que marchar. Quizás pueda presentártela antes de que te marches.

—Pero... —ignoró el último comentario— ¿Estáis juntas? —preguntó incrédula.

—No... Ella no quiere nada conmigo, pero yo sí, y ya sabes que cuando me propongo algo, lo consigo —volvía a mostrarse seria y directa.

—¿Vas... vas a intentarlo? —susurró completamente asustada.

—Lo voy a conseguir —sentenció.

No podía ser.

Rachel se lamentaba aún más y llegaba a la misma conclusión que había rondado por su mente durante los últimos días, no solo Rachel debía desaparecer de la vida de Quinn, también lo tenía que hacer Rebecca. Y más pronto de lo que imaginaba.

Estaba, literalmente, arruinando la vida de Quinn.

—No... no sé si voy a poder conocerla, me marcho mañana.

—¿Mañana?

—Sí —mintió—. Tengo que regresar a Nueva York.

—Pues es una lástima.

—¿Una lástima? ¿Quieres que me quede?

—Sí... digo no, bueno... —dudó— Solo pensaba que ibas a estar más tiempo.

—¿Quieres que me quede más tiempo? —cuestionó completamente confusa. No lograba descifrar a Quinn, y eso era algo a lo que no estaba acostumbrada.

—No sé, ya que estamos aquí y... Bueno, me estoy tragando mi orgullo con todo esto, sería una pena no volverte a ver en mucho tiempo.

Lo estaba haciendo. Quinn había conseguido expresarse de forma que no le dolía demasiado. Deseaba con todas sus fuerzas que Rachel estuviera más tiempo y si tenía que utilizar a Rebecca como cebo, lo haría sin duda.

Después de haber escuchado a la morena confesándole que la seguía amando, no iba a permitir que todo acabase ahí, en aquella cena.

Si había algo que Quinn Fabray sabía hacer, era conseguir que a su lado permaneciera quien ella desease, y aunque aquella actitud había quedado atrás con los años, no le iba a importar volver a recuperar su impertinencia, si de esa forma conseguía lo que quería.

—Bueno... Si realmente lo deseas, puedo... puedo volver en otra ocasión —trató de salvar la situación.

—¿Lo harías?

—Claro... Claro, Quinn. Yo... yo me conformaba con cenar contigo esta noche, pero si me das la oportunidad de seguir viéndote, no puedo rechazarlo.

—Perfecto... pues cuando puedas volver, hazlo.

—Lo haré —balbuceó desconcertada por su actitud.

—Oye... Discúlpame, pero tengo que ir al baño —se excusó Quinn levantándose de la mesa.

—Oh... claro. ¿Necesitas que te acompañe?

—Tranquila, conozco las habitaciones, sé dónde está —respondía al tiempo que se alejaba con algo de duda hacia la zona dónde se situaba el baño.

Rachel la observaba. Sabía perfectamente que Quinn conocía aquella estancia, de ahí que decidiera citarla en aquel hotel, dónde ella se sentiría bien y segura.

Quinn se adentraba en el baño con una extraña sensación. Era consciente de que todo estaba en sus manos, que la actitud de Rachel era bastante sumisa y podía sacar o conseguir todo lo que desease de ella en ese momento, incluso una visita a su apartamento dónde Rebecca estaría esperándola.

Sus sentimientos por la morena no habían cambiado, en absoluto. De hecho, podría jurar que florecieron aún más en esa tarde, después de haber escuchado su confesión.

Utilizar a Rebecca no estaba bien, lo sabía, pero podría ayudarle a conseguir tener una mínima venganza sobre Rachel, y de esa forma, conseguir acabar con ese orgullo.

Tenía claro que no iba a tener nada con su compañera, no porque no le gustase, sino porque realmente, y después de encontrarse con Rachel, sentía que no podría entregarse a ninguna chica que no fuese ella. Y ahora estaba allí, con ella esperándola en una lujosa habitación de hotel, con una orquídea sobre la mesa y miles de sentimientos que se convertían en escalofríos cada vez que escuchaba su voz, a pesar de estar prácticamente acostumbrada a ella por culpa de Rebecca.

Rachel trataba de calmarse y ordenar su mente mientras Quinn se ausentaba, pero algo la distrajo.

La vibración en su bolso se dejó sentir en el silencio que inundaba la habitación, y no dudó en tomar el teléfono.

Volvía a aparecer el mismo número desconocido que la había interrumpido justo cuando estaba en la puerta del hotel, pero no podía aceptar en aquel instante.

Decidida, desconectó por completo la vibración, y dejó que la llamada siguiese sonando en completo silencio mientras volvía a dejar el móvil en el bolso. Pero esta vez, algo más abrumador la iba a sacar de sus pensamientos.

Un golpe.

Un certero y seco golpe se dejó oír desde el baño y el quejido de Quinn lamentados la puso en alerta.

—¿Quinn? —preguntó acercándose a la puerta.

—Rachel... —se quejó— Ayúdamente, por favor —espetó con la voz entrecortada.

No lo dudó. Rachel abrió la puerta y se asustó al encontrarla tratando de levantarse del suelo.

—Hey... ¿qué ha pasado? —se apresuró en ayudarle.

—He... he tropezado —se quejó de nuevo—. Maldita sea... ¡aw!

—¿Te has hecho daño?

—Me duele... Me duele el tobillo.

—Ok... vamos, apóyate en mi... Vamos a sentarnos —le dijo obligándola a que alzara sus brazos sobre los hombros, y consiguiera alzarse—. Vamos... ¿puedes andar?

—Eh... sí, ¡aw! —volvía a quejarse tras apoyar el pie—. Me duele...

—Ok, vamos lento... poco a poco —comenzó a caminar despacio hasta la primera opción que se presentaba ante ella para conseguir que Quinn tomara asiento—. Vamos siéntate, estás en la cama.

Quinn no lo dudó y se dejó caer con el gesto dolorido en su rostro.

—Déjame que vea tu pie —se arrodilló frente ella, dispuesta a quitarle el zapato y descubrir el daño que supuestamente sufría.

Supuestamente.

Quinn permitía que Rachel se preocupase por su pie mientras sentía como poco a poco, Rachel se acercaba a ella y podía tener un mayor contacto directo con la chica.

Había sido la mejor de las ideas para conseguirlo.

No hubo caída, no hubo golpe, excepto por el que provocó con su propio bolso sobre el suelo. No había daño alguno en su pie. Todo había sido parte de su magistral interpretación. Una mentira que estaba funcionando a la perfección y conseguía contrarrestar su orgullo.

—¿Te duele? —preguntó obligándola a que moviese un tanto el pie.

—Eh... sí, un poco.

—Ok, me temo que te has hecho daño, pero tiene que ser interno, a simple vista no tienes nada, ni hinchado ni... —se detuvo.

El pequeño roce de la mano de Quinn sobre su mandíbula la obligó a alzar la vista, y descubrir que la rubia se había acercado lo suficiente como para ignorar el improvisado diagnóstico médico.

—Quinn... ¿vamos a un médico? —balbuceó.

—No necesito médicos... Puedes, puedes ayudarme a levantar —susurró acoplando su mano en el hombro de la chica.

—¿Estás segura? —preguntó sin apartar la mirada.

—Segura.

—Ok... —respondía al tiempo que se alzaba lentamente, y Quinn conseguía apoyarse sobre ella para quedar frente a la morena— ¿Te duele? —susurró.

—Un poco —respondía dando un pequeño paso hacia el frente, quedando a escasos centímetros de Rachel, que sentía como todo su mundo comenzaba a desvanecerse en ese instante.

—¿No es mejor que te tumbes? —le dijo buscando algún tipo de reacción.

—Claro... Seguro que es mejor así —respondía al tiempo que deslizaba su mano por el hombro y tomaba la mano de la morena. Quinn se sentó sobre la cama sin soltarla y segundos después, tiraba de ella, obligándola a algo que no terminaba de asimilar pero que no podía evitar.

Su cuerpo se dejaba caer lentamente mientras Quinn avanzaba hasta el centro de aquella inmensa cama.

La estaba guiando hacia ella, la estaba obligando a que se colocara sobre ella, y no llevaba las mejores intenciones con aquel gesto.

—Quinn... ¿qué... qué hacemos? —acertó a preguntar completamente confusa.

—Te pedí que me hicieras feliz durante el tiempo que durase nuestra cita —espetó de forma tan sensual que Rachel terminó cediendo sobre su cuerpo, apoyándose con sus manos sobre la cama, completamente a expensas de la chica, mientras ésta, ya se aferraba a su cuello, obligándola a caer por completo entre sus brazos.

—Pero... Oh dios— susurró al sentir como los labios de Quinn iban directos hacia los de ella, y se detenían justo antes de encontrarse.

—Sí me amas... Demuéstramelo.