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Capítulo 16

"Pokerface, estás más pesado que nunca", pensó Candy la enésima vez que el Dr. Leonard la solicitó en el reservado donde estaba atendiendo a un pobre chico de cabello rojo, que miraba el torno como si fuese el mismo demonio.

Candy le echó una mirada compasiva, y luego se volvió a Leonard..

—Dígame, Doctor.

—Avísele a la Sra. Delmonte que Junior ya está listo.

—Enseguida.

Esa tarde Pokerface estaba especialmente demandante. Que llamara al de las prótesis, que le bajara el asiento, no, que estaba demasiado bajo, que se lo elevara, que le alcanzara más gasas, que solicitara resina que estaba a punto de acabarse... ¡Uff! Lo que estaba a punto de acabarse era la paciencia de Candy.

Entre eso, las continuas llamadas, y los pacientes de sala de espera que creían que era su obligación escuchar los detalles de sus tratamientos de conducto, estaba hasta la coronilla.

No veía la hora de que llegara Albert a recogerla.

Se aproximó a la ventana y pegó su nariz al cristal para observar.

Nada.

¿Dónde estaría?

Le encantaba que él llegara siempre con antelación a recogerla. Solía observarlo por la ventana antes de salir, podía adivinar su ansiedad, la misma que ella sentía, y no perdía el tiempo. Bajaba corriendo las escaleras para ir a su encuentro a perderse en su boca.

Pero ese día ya estaban dando las siete, y Albert no estaba allí.

De pronto lo vio descender de un coche blanco. Caramba, qué manía de cambiar de vehículo tenía. Suponía que los alquilaba, no tenía idea de la cantidad de coches que Albert poseía, porque jamás le dio importancia al tema. Y él tampoco.

Albert estaba de infarto, con sus jeans ajustados, y su camiseta blanca.

"Este hombre se ve bien con todo lo que se eche encima, no quiero ni pensar cómo se verá cuando encima no tenga nada más que a mí", pensó soñadora.

¿Cuándo sería eso? No lo sabía. Las cosas se estaban dando lentamente. Parecía que el destino se hubiese confabulado para que ese tema quedase en un segundo plano.

Albert aparentaba no haber registrado la confesión de Candy sobre su virginidad. Mejor dicho, la mentira sobre su virginidad. No hablaban de ello y él jamás la apremiaba para llevarla a la cama.

Más bien la trataba con una delicadeza propia de una flor de invernadero, y la verdad sea dicha, ella se sentía bastante puta por tomar siempre la iniciativa de besarlo y acariciarlo atrevidamente.

Así que la relación entre ellos se caracterizaba ahora por oscilar entre una cortesía afectuosa y una ternura desapasionada. Con algún que otro pico de pasión que invariablemente Albert se encargaba de apagar.

Carajo, no era lo que ella quería. Su mentira, lejos de darle impulso, lo había alejado más. Al final no sabía si lo tenía tan subyugado como parecía al principio. Eso sería terrible, porque ella cada día se sentía más enamorada. Perdidamente enamorada.

Por su cabeza cruzó el mismo pensamiento que le amargó la madrugada de Año Nuevo... ¿Sería que Albert le estaba siendo infiel? De solo pensarlo, se estremecía y una furia desconocida se apoderaba de ella.

No se animó a preguntarle nada en los posteriores encuentros, pero esa duda se quedó clavada como una espina en su corazón.

Se sacudió esos oscuros pensamientos, recogió sus cosas y salió a su encuentro.

Albert no dejaba de sorprenderse por su belleza. La vio correr con sus altísimas sandalias y temió que se cayera. Y ella lo hizo, pero adrede y en sus brazos. Se colgó de su cuello y lo besó, lo estrechó, lo volvió a besar. Se pegó a su cuerpo, y él contrajo todo sus músculos cuando sintió sus senos oprimirse contra su pecho.

Candy le reclamaba la lengua, apasionada.

"Ay, Candy... Serás candela en mi cama, mi vida. Pero no seré yo quien dé le primer paso, te lo juro. Virgen o no, serás tú la que tome la iniciativa y me lo pidas", pensó mientras la besaba una y otra vez.

No podía evitar especular sobre quién había sido el que la había desvirgado. Cada vez que veía una bici, se acordaba de ello. Sabía que experimentar celos retroactivos era una soberana tontería pero no podía evitarlo. Se la imaginaba desnuda y ardiente en la cama de otro. Se preguntaba si le había dolido la primera vez, y si había tenido un orgasmo tan intenso como el que disfrutó la otra noche con él y su mano lujuriosa.

Esa madrugada de Año Nuevo, Candy no se dio cuenta de que él también había acabado y sin tocarse, sólo a causa de lo que le estaba haciendo a ella y del movimiento de sus nalgas sobre su hinchado miembro. Ella no se dio cuenta de nada porque estaba demasiado ocupada corriéndose. Y porque el maldito pene continuaba activo, como si nada hubiese pasado. En el trayecto a su casa, más o menos se compuso. Estaba desesperado por una ducha, pero para limpiarse ese tremendo río de semen que había vertido, y que ahora le molestaba. Se le habían pegado los boxers. Era una suerte que Jeremías, el portero, no estuviese. De lo contrario, le habría sido imposible caminar erguido ante él con semejante carga pegajosa. Y mucho menos darle la mano en saludo de Año Nuevo, porque con esa mano había tocado a Candy. Uh uh. Ya se había excitado de nuevo, "Quizás sería buena idea que la ducha fuese fría", pensó mientras se llevaba los dedos a la nariz, y descubría su maravilloso aroma.

Al recordar ese perfume y gracias a los besos de Candy en la puerta de su trabajo, volvió a tener necesidad del alivio de una ducha lo más helada posible. La erección fue inmediata. Allí estaba, en plena calle, con el miembro elevado a su máxima potencia contra el vientre de Candy.

Ella no pudo dejar de notarlo, y se apretó contra el cuerpo de su hombre lindo. ¿Darían nuevamente un espectáculo de besos y caricias atrevidas en el mismo lugar en que se habían reconciliado? Esperaba que la diminuta mujer policía no anduviese por allí esa vez.

Albert luchaba por recobrar la sensatez, pero su cuerpo tenía voluntad propia, y en lugar de soltarla, deslizó las manos por su espalda, la tomó de las nalgas y la oprimió contra su pene.

"Por fin, amor mío, por fin reaccionas. Apriétame fuerte, que así lo siento más. Estás a punto, Albert. Y yo también. ¿Lo sabrás? ¿Sabrás las ganas que tengo de tenerte dentro de mi cuerpo?", se dijo al sentir esas enormes manos acariciando su trasero. Pero una voz interior le susurró al oído: "Tener ganas y estar lista van por caminos distintos, hay que ver cuándo se encuentran...".

"Maldita conciencia" pensó Candy, y esta vez fue ella quien se relajó y aflojó el abrazo.

Mientras ellos subían al coche sonriendo avergonzados, Pokerface, que había presenciado toda la escena por la ventana, apretaba los cuidados dientes mientras una furia primitiva y feroz se apoderaba de él.

Candy estaba en las nubes.

El día de Reyes Albert le había hecho el regalo más lindo que pudiese alguien imaginar.

Había aparecido de improviso, con un par de zapatos rojos Sarkany que ella había admirado en un escaparate el día anterior. Pero lo mejor de todo, asomando en uno de ellos, había un diminuto cachorrito pug.

No podía creerlo. Estaba en camisón en la puerta y Albert no dejaba de observar su cuerpo, mientras le tendía la caja con los hermosos zapatos y el adorable perrito.

—Como no me has dejado tus zapatitos, te he comprado éstos y mira lo que traían.

Candy gritó de la alegría, tomó al cachorro y lo llenó de besos. Qué hermoso era, y qué pequeño.

Miró a Albert con los ojos nublados por las lágrimas de emoción, y le tendió los brazos al cuello murmurando en su oído "gracias, gracias, gracias".

Candida pondría el grito en el cielo, pero a ella no le importó.

—Qué hermoso eres, mi pequeño pug. Dormirás en mi cama...

—Qué afortunado... —murmuró Albert, pero ella no lo escuchó.

—... y te llevaré a todos lados en mi bolso, mi precioso bebé.

—Ahora que dices bolso...

Fue hasta el coche y le trajo una cartera a juego con los zapatos, carísima.

—Oh, Albert. Todo esto es demasiado costoso.

—Te aseguro que no me arruinaré, y además sería criminal llevar a tu mascota en tu morral —comentó riendo—. Y no le digas precioso a esa bolita de pelos, dile preciosa, porque es hembra.

Él ya estaba experimentando celos del pobre animalito, que le estaba quitando la atención de Candy y se estaba llevando todo su afecto.

—Entonces la llamaré Vainilla —decidió Candy pensando en el libro de E.L. James.

Vainilla le sonaba a dulce, inocente tal como veía a su pequeña pug. Pero a la vez se la había dado este hombre tan guapo que de inocente no tenía nada...

"¡Qué nombre tan extraño para un perro!", pensó Albert. Creyó que la llamaría Lulú o algún otro nombre cursi. Pero Candy era así, impredecible, sorprendente, y original.

Ella no tenía nada para él. Al menos no tenía nada material. ¿Qué se le podía obsequiar a un hombre que lo tenía todo? Ni relojes, ni perfumes, ni ropa. Entonces se le había ocurrido componerle una poesía. Se la tendió, un poco avergonzada. Él tomó el papel y leyó...

PARA ALBERT.

Si fuese mi cuerpo de arcilla

y de tus manos dependiese

el moldearlo ¡oh maravilla!

plena de cumbres y valles

como por arte de magia

la nada desaparece...

Si mi cuerpo fuese un arpa

y tú un eximio ejecutor

las cuerdas de mi cabello

peinarías con tu amor

y la melodía más bella

se haría viva en la pasión.

Pero si fuese de hierro

—que no lo es, ¡por favor!-

tú serías, no lo dudes

experiente forjador

y en la fragua de tus besos

fuego líquido sería yo.

Más lo cierto es que mi cuerpo

carne cubierta de seda

en tus manos toma forma

vibra, es fuego y se moldea

con tu amor él se transforma

es tu obra, ¡haz lo que quieras!

Albert se mantuvo largo rato con el papel rosa en la mano. Estaba escrito de su puño y letra y abajo decía: Candy.

No quería levantar la vista hasta no estar seguro de que los sentimientos que estaba experimentando no se traslucieran en su rostro. Sobre todo estando Candida presente, que los miraba intrigada.

Estaba anonadado: en sus manos tenía la rendición total de la mujer que él consideraba suya, de la mujer que amaba por encima de todo. Una singular entrega se leía entre líneas, en esa hermosa poesía.

Nunca le habían dado un regalo así. De ahora en más sería su objeto más preciado, aun por encima de las destrozadas bragas de Candy que conservaba bajo su almohada.

La miró con el amor reflejado en su rostro. Y luego la tomó en sus brazos y hundió el rostro en su cabello.

La emoción la embargaba cada vez que recordaba ese abrazo el día de Reyes. Cuánto lo amaba. Ahora estaba segura de que estaba preparada para cumplir con sus propios deseos y satisfacer los de él. El problema radicaba en que no sabía cómo hacérselo saber y tampoco tenía idea de cómo haría para decirle que en realidad era virgen.

Se arrepentía de haberle mentido. Lo había hecho por un lado para herirlo, y por otro para que él venciera sus tontos escrúpulos, aunque no dio resultado.

Suspiró y se concentró en las facturas que el doctor debía pagar esa semana. Quería dejar todo listo porque faltaban pocos días para comenzar el curso que Albert le había obsequiado, y quizás tuviese que pedir algún día de permiso.

Estaban solos en el consultorio ya que los dos primeros pacientes de la tarde habían suspendido.

Mientras ella registraba los números en una planilla de cálculo, Leonard no le quitaba los ojos de encima. Desde que la conoció estaba en el mismísimo infierno. Nunca se le hubiese cruzado por la mente contratar a una chica tan joven, pero ni bien Candy puso un pie allí, él se sintió completamente perdido. Estaba encandilado por su belleza, y así sin más le dio el empleo.

Por esa cara perfecta y ese hermoso cuerpo es que toleraba sus ausencias, su medio tiempo, y toda cosa que a ella se le ocurriese.

Buscaba cualquier estúpida excusa para llamarla al consultorio, sólo para tener el placer de verla andar de vuelta a la recepción, con ese culo encantador apretado en la falda que él le había comprado.

Eso sí, se había cuidado muy bien de que ella no viese el deseo en su mirada. No quería asustarla. La estaba acechando, esperando pacientemente la ocasión adecuada para echarle mano a su presa.

Y se estaba cocinando a fuego lento, en el caldo de sus lujuriosos deseos...

El día en que se la encontró en la disco, fue una completa casualidad. Estaba echándose un trago, mientras fantaseaba con Candy tendida en su silla de trabajo completamente desnuda, cuando giró la cabeza y la vio con ese hombre en la oscuridad. Su corazón se llenó de negro odio. No podía tolerar que su inocente muchachita se dejara manosear como una puta a la vista de todos. Maldijo en silencio, pero se mostró imperturbable cuando ella lo descubrió observándola en la penumbra. Tenía ganas de golpear a ese maldito, y luego llevarse a Candy y follársela lo quisiese ella o no. Pero no lo hizo. En su rostro era imposible advertir nada de lo que le pasaba por su cerebro obnubilado por la rabia y el alcohol.

Desde ese día, todo cambió entre ellos. Candy se mostraba esquiva, avergonzada quizás. Y él la trataba con estudiada frialdad. No sabía si ella lo notaba. Lo más seguro es que no lo hiciera, tan atontada estaba con ese hombre que no habría notado ni que la tierra se hubiese abierto bajo sus pies.

"Maldita Candy, eres una pequeña zorra", pensó dominado por la ira. Tan inocente que parecía... pero lo cierto es que se dejaba follar por ese idiota sólo porque tenía dinero. Carajo, él también lo tenía. Quizás no tanto como ese hijo de puta, pero tenía lo suficiente como para pagarle un memorable polvo a Candy.

Cuando la vio sobarse con él en la puerta del consultorio unos días atrás, supo que ella tenía los días contados a su lado.

Estaba seguro de que pronto se largaría. El malnacido ese la haría renunciar. La primera señal era ese famoso curso en que él la había matriculado. Luego le pondría un departamento para poder follársela a su gusto, cuando le viniese en gana.

Estaba completamente seguro de que Candy pronto lo dejaría.

Eso pensaba ese día mientras la observaba trabajar. Y decidió que era tiempo de actuar.

"Ahora o nunca", se dijo. Y aclarándose la garganta gritó:

—¡Csndice! Venga un minuto. La necesito.

CONTINUARA