Disclaimer: los personajes de Twilight le pertenecen a Stephenie Meyer. La autora de esta historia es LyricalKris, yo solo traduzco con su permiso.


Capítulo 15

Una de las cosas que había llevado a Bella a la fotografía de eventos era la idea de capturar los momentos. Las fotos producidas podían ser hermosas, pero no había nada tan imponente como inmortalizar una parte de la vida. Alegría inalterada. Paz. Felicidad tranquila.

Niños congelados en la niñez con sus sonrisas traviesas e inocentes.

Bebés descubriendo el mundo.

Bella no había tocado su cámara en años—desde antes de su enfermedad. Ella se encontraba revolviendo las cajas guardadas al azar en su armario cuando la vio. Por capricho, la había puesto a cargar, y ahora que estaba encendida, se sumió en recuerdos. Por minutos que se estiraron en una hora completa, estuvo perdida, pasando foto tras foto de su bebé de ojos brillantes, observando por unos diez minutos una en particular. McKenna, viniendo hacia ella, una mano hacia la cámara, sus labios en la mitad de la palabra que estaba pronunciando. «Mamá».

Ella había pensado mucho en su cámara cuando combatía su enfermedad. La cámara tenía la habilidad de capturar la verdad. Bella quería que su negocio fuera sobre la felicidad de la vida, pero la artista dentro de ella apreciaba la increíble belleza de la diversidad humana.

Cuando trataba de descifrar cómo se suponía que debía hacer esto —mantenerse a ella misma y luchar contra una enfermedad que trataba de aniquilarla— ella consideró volver a su cámara. Se había hecho antes. La batalla de la enfermedad no era tan bien documentada como otras guerras, pero no era algo inaudito. Como todos los artistas, incluso si no fuera una nueva premisa, su historia era solamente suya.

En ese entonces, habían sido muchas historias a la vez. Demasiadas batallas, demasiada lucha y destrucción. Una lucha contra su enfermedad. Una lucha para respirar a pesar de la agonía de perder a su hija. La traición de su marido. No solo lo que él le hizo a su familia. Ella tuvo que mitigar el daño forjado cuando el hombre que había prometido amarla, cuidarla, y honrarla por siempre la abandonó—la forma en que la hizo sentirse fea y desagradable y simplemente equivocada.

La batalla contra la pobreza, contra el hambre. Hubieron días en que ella no estuvo segura de que el techo sobre su cabeza estaría allí al día siguiente.

Fue demasiado. Ella no tenía la energía suficiente para ser un soldado en todas esas batallas y ser una artista. Ella había guardado su cámara, para que la abriera una persona diferente, moldeada por la batalla que había luchado y ganado.

Bella cambió el peso de la cámara de una mano a otra, considerando la persona que había tomado las fotografías en la memoria. Una esposa y madre, lo suficientemente joven que aún pensaba que era invencible.

Mucho de la persona que había sido había muerto. De cáncer, de dolor—¿Qué importaba? Ella no había tenido tiempo para contemplar las diferencias de la persona en la que se había vuelto. No había habido necesidad, suponía. Ella no tenía familia, ni amigos. Ella misma estaba muy exhausta del esfuerzo que llevó sobrevivir como para pensar en algo más.

¿Seguía siendo una artista? Bella cayó entonces que sus campos de batalla se encontraban en silencio por el momento. Había una gran batalla por delante en la lucha por su hija, pero había hecho lo que podía hasta ahora. Lo que no comprendió hasta ese momento era que habían pasado meses desde que había luchado por pagar sus cuentas. La eterna pregunta —¿acaso tenía suficiente para llegar a fin de mes?— había sido respondida. Ella aún seguía incómoda con los "cómo", no quería depender de la continua amabilidad de Edward, pero al mismo tiempo, ella confiaba lo suficiente en él para no preguntarse si la echaría a su antojo.

Su trabajo en el cementerio era una forma de supervivencia. No era una carrera. No era donde ella iba a estar el resto de su vida. ¿Este era el futuro distante al que ella se había aferrado? ¿Ese donde podía respirar profundo y planear de nuevo?

¿Qué quería ser cuando creciera, y tenía que ver con la cámara en sus manos?

Escéptica, levantó la cámara hacia sus ojos y miró con ella alrededor de su cuarto. Luce como tú, Edward había dicho sobre su pequeño y odioso departamento. En las últimas semanas, Bella había comenzado a comprender que ella era realmente bienvenida aquí. Ella había decorado un poco, comenzado a pensar de este como su cuarto en vez del cuarto de huéspedes de Edward.

¿Así era cómo lucía?

Ella tomó unas fotos, tratando de verse a sí misma. Poniéndose cómoda, ella estiró sus pies y se distrajo con sus dedos. Unos días atrás, revisando una caja, había encontrado un viejo kit de esmaltes de uñas, sin abrir. Ella había cedido a unos minutos de tonterías y se pintó las uñas de varios colores. Ahora, se encontraba en la cama, ubicando sus talones en el gastado cubrecama violeta y estirando los dedos de sus pies para tomar una foto.

Todo volvió a ella—luz, sombras, ángulos, composición. En poco tiempo, el cuarto se convirtió en un lienzo demasiado pequeño. Se puso de pie y salió en busca de un tema mejor. Había una tormenta afuera. El cielo furioso podría ser un buen lugar por dónde comenzar.

Doblando en la esquina, Bella se detuvo en el pasillo. Se inclinó contra la pared, asombrada por la escena frente a ella. Las cortinas estaban echadas hacia atrás de la gran ventana de mirador, mostrando el cielo oscuro en la tormenta. Las nubes estaban agitadas afuera.

Edward había acercado el gran sillón de la sala hacia la ventana y se encontraba sentado con sus pies sobre el alféizar. Había algo en la forma en cómo se sostenía que le llamaba la atención. Él se ponía así a veces—con una mirada lejana. Ella siempre se preguntaba adónde iba, se preguntaba qué secretos cargaban sus ojos tristes y cansados.

Él era feliz cuando estaba con ella. Cuando estaban solos, envueltos en su mundo de dos. Eso era lo único que sabía con seguridad. Demasiado de él seguía siendo un misterio.

No podía haber pintado una mejor escena de lo que él era como la escena que tenía frente a ella. Sus líneas eran hermosas—la nariz, el mentón, la forma de él. Su cabello se encontraba perfectamente desordenado—como si hubiera estado conduciendo en el campo con el techo de su convertible inexistente abajo.

Aún así, afuera parecía reflejar lo que ella veía en sus ojos.

Bella sintió el peso de su cámara alrededor de su cuello. Dudó por un momento, pero entonces la levantó hacia sus ojos. Se concentró, dejando que la cámara encuentre la imagen que ella quería, e hizo clic.

El sonido de obturador llamó la atención de Edward. Giró hacia ella, parpadeando. Ella le ofreció una pequeña sonrisa.

Esa sonrisa se esfumó instantáneamente cuando él entrecerró los ojos, y puso mala cara. Se puso de pie y cruzó la habitación tan rápido que la sobresaltó.

—¿Qué rayos crees que estás haciendo? —dijo él.

Atónita por el frío tono de su voz, Bella dio un paso hacia el costado, lejos de él.

—Encontré mi cámara —respondió como si eso explicara todo. Señaló la cámara en sus manos.

—Y tomaste una foto.

Intentó sonar suave.

—Para eso generalmente se usan. —Odiaba lo tensa que se sentía. Todo su cuerpo estaba contraído, y las alarmas sonaban en su cabeza. Se arrastraban por su piel y su columna. Giró sus hombros, tratando de quitarlo. Él no la estaba amenazando. Él no la estaba tocando. Había suficiente espacio entre ellos que no debería sentirse tan intimidada—. Supongo que podría usarla como pisapapeles, pero...

—¿Acaso te detuviste a pensar que no todos quieren que se les tomen fotos? ¿Acaso preguntaste? ¿Simplemente saliste de la nada? ¿Acaso pensabas que estabas siendo graciosa?

Ahora la furia había comenzado a filtrarse en sus nervios.

—Es una cámara digital. Si no te gusta la foto, la borras.

—Ese no es el punto. El punto es que viniste fisgoneando...

—¿Fisgoneando? —Bella aferró su cámara—. Vine a la sala. Si no quieres que ronde por tu casa, todo lo que tenías que hacer era decirlo. —Se dio la vuelta y corrió hacia su cuarto antes de que dijera algo estúpido. Tuvo que contenerse para no dar un portazo.

Lanzó su cámara sobre la cama y comenzó a dar vueltas, pasándose los dedos por su cabello. Sus ojos ardían con lágrimas de frustración. Sus dedos temblaban.

—Cálmate —rugió por debajo de su aliento. Esto era ridículo. Ella merecía estar furiosa; no había razón para que Edward fuera un cabrón por algo tan inofensivo, pero ella estaba más que furiosa. La traición y el miedo se asomaban por su garganta. Sus pulmones amenazaban con colapsar; su corazón latía demasiado rápido. Una extraña sensación de desesperación la hacía querer salirse de su piel. Estaba atrapada. Él la tenía atrapada.

—Cálmate —volvió de decir. Se sentó al borde de su cama, sabiendo que estaba reaccionando exageradamente.

Racionalmente, ella siempre había sabido que Edward no era un santo. Todos tenían algo. Nadie era bueno y amable todo el tiempo. Y eso estaba bien. Ella no era ningún ángel. ¿Acaso ella no había reaccionado mal cuando esperaba que él la juzgara por hacerse un aborto para salvar su propia vida?

Todos tenían detonantes. Todos. Ella se había tropezado con uno de los de él; eso era todo lo que había pasado. Esto no era extremo.

Cuando su corazón se calmó, y sintió que podía volver a respirar. Se frotó la parte trasera del cuello, como si pudiera apartar con un masaje lo feo que todo esto se sentía.

Después de un momento, ella tomó su cámara y miró la foto ofensiva. Bufó, sacudiendo la cabeza.

Era él. Hermoso y trágico, torturado. Incluso molesta e insegura como se encontraba, ella sintió adoración al verlo. Y a pesar de la molestia que causó, ella no podía borrar la imagen. Este era, para bien o para mal, el hombre que amaba.

Ella comenzó a recorrer el menú de fotos, decidida a concentrarse en algo que no sea el hecho que Edward no estaba golpeando su puerta para disculparse. Ella había estado esperando que él notara que había sido un asno. Ella no quería ser la que descifrara cómo comenzar esa conversación, no cuando la actitud de él le había recordado lo desconocido que era él para ella.

Más de una hora pasó antes de tener su golpe. La cámara en sus manos se sintió como un arma, y tuvo que detenerse para no esconderla en su armario. Ella no tenía nada de qué avergonzarse. Ella no había hecho nada malo.

—¿Bella? —llamó Edward suavemente detrás de la puerta—. Por favor, abre la puerta.

Posando la cámara en la cama, cruzó la habitación y abrió la puerta. Se cruzó de brazos y dio varios pasos hacia atrás. Ella luchó para no bajar su cabeza y lo miró a los ojos.

Había algo en el brillo de sus ojos que la confundió—casi como si él estuviera drogado. No exactamente, pero cerca. También se había cambiado de camiseta, aunque no podía comprender por qué eso importaba.

—Eh. —Suspiró él.

Bella exhaló.

—Que quede claro, entiendo que estés molesto. Eso, obviamente, no era lo que buscaba, pero si es algo que no te gusta, puedo entenderlo.

—Pero no tenía que responderte así —dijo Edward rápidamente, mirando hacia sus pies.

Un pequeño peso se levantó de sus hombros.

—Bella... —Edward dio un paso hacia adelante, acercando una mano. Bella no pudo contenerse. Dio un paso hacia atrás—. Bella —dijo, sonando afligido ahora—. Tienes que saber ya, me importas. Quiero decir... realmente me importas. —Ella no podía sacar el tema del amor en ese momento, fuera verdadero o no—. Creo que también te importo de esa forma. Al menos, un poco.

—Sí. —Él se puso de rodillas así la miraba desde abajo—. Mucho.

A pesar de la intensidad del momento, ella sonrió. Estiró una mano y acarició la mejilla de él.

—No eres tú. Quiero decir... esto es normal, ¿cierto? Las personas pelean. Las parejas pelean. —Ella tartamudeó la palabra y lo miró para asegurarse de que no estuviera molesto.

Sus rasgos se suavizaron y descansó una mano tentativamente sobre su rodilla, palma arriba. Bella enlazó sus dedos con los de él.

—Tan solo es que debería haberlo sabido. Con Liam. Hubo señales. —Levantó su mano, jugando con los de él—. Él era creído. Constantemente hacía comentarios sobre como una persona era una ladrona, o que una mujer era una zorra. Me ponía incómoda cuando hablaba así, pero nunca pensé que eso aplicaba para mí. No iba a hacer la mayoría de las cosas que él no aprobaba. —Sacudió su cabeza—. Le dejé pensar que era virgen porque temía lo que fuera a decir si se enteraba que no lo era.

»—Por cómo sentía su fe, la forma en que me trataba, todo debería haberme dicho que si era capaz de pensar así de cualquiera, podría pasarme a mí. Éramos esencialmente diferentes. Lo amaba. —No era lo mismo. Lo que ella sentía por Edward era mucho más—. Ignoré muchas señales porque llenaba un hueco dentro de mí, una necesidad que tenía desde que mi padre murió. Pero esa diferencia es lo que hizo que me lastimara de la forma en que lo hizo.

—Bella. Jamás quise herirte así —susurró, su voz saliendo áspera.

—Eso lo sé. —Le dio un apretón a su mano para reforzar sus palabras—. Pero no conozco tus señales de advertencia. Solo porque jamás me abandonarás, jamás me robarás a mi hija, no quiere decir que no me lastimarás. Simplemente no conozco las partes tuyas que no coinciden con las mías. Tú no tienes una fe fuerte e inflexible dictando tu moral, pero eso no significa que no tienes algo.

Él exhaló, luciendo afectado. Bella se bajó de la cama y se puso de rodillas, así estaban frente a frente.

—No creo que se supone que sepamos todas estas cosas del otro aún. No técnicamente. —Ella sacudió su cabeza—. Hicimos todo un revoltijo. La manera en que nos sentimos... o que yo me siento. Lo que somos para el otro en papeles versus la realidad. Es todo un lío. No creo que me debas algo. Simplemente trato de decirte por qué me asusta.

—Siempre eres tan honesta. —Él la tomó del cuello, acariciando su cabello con los dedos mientras la miraba a los ojos como si estuviera leyendo algo allí. Tomó aire profundo como para detenerse—. No me molestan las fotos. No usualmente. Y no hay excusa para cómo te hablé. Simplemente fue que me tomaste por sorpresa. —Otra inhalación—. Fue... Bueno, los pensamientos en mi cabeza no eran... buenos. —Sus ojos en los de ella eran cautelosos ahora—. Ni siquiera fue la foto, en realidad. Solo la idea de que me hayas estado mirando. Se sintió cómo si pudieras escuchar las cosas que estaba pensando. —Dejó caer su cabeza—. No quiero que sepas esas cosas.

—¿Qué cosas? —ella preguntó suavemente, su mano en la cintura de él.

Él palideció ante su pregunta. Tragó con fuerza. Abrió la boca. Volvió a tragar. Su mano, en la de ella, comenzó a sudar.

—Está bien —dijo ella, tomándolo del rostro con sus manos—. No creo que me debas lo que estabas pensando. Pero, ¿responderás una pregunta por mí?

Los ojos de él estaban pesados, cautelosos mientras la observaba. Asintió lentamente.

—¿Estás en problemas?

Él vaciló por un segundo de más.

—No.

Ella movió sus manos, haciendo hacia atrás su cabello.

—No sé cómo definirnos ahora mismo. Pero lo que sea que somos, quiero ser tu compañera. Así como lo prometí. No hay nada que puedas decirme que me hará juzgarte. Sabes eso, ¿cierto? Por lo que sea que estés pasando, quiero ayudar.

—Yo no... —Suspiró y ladeó su cabeza, descansándola sobre el hombro de ella. La rodeó con sus brazos—. No hay nada malo conmigo. Nada malo con mi vida. Ya has cargado con cosas pesadas en tu cabeza, Bella. No necesitas las mías.

—Así es como somos. Tus cosas pesadas y mis cosas pesadas. Es parte de la razón por la que encajamos, creo. —Ella inhaló temblorosamente, abrumada por la emoción que sentía por este hombre—. Crees que lo que haces por mí, incluso dejarme hablar sobre Liam y todo, ¿me ha ayudado? No sé si entiendes lo que me has dado. Antes de ti, la única voz que tenía en mi cabeza diciéndome que era horrible era la suya. Una mala madre. Una mala esposa. Una persona espantosa.

Él levantó su cabeza. Una luz brillaba en sus ojos.

—Liam es un maldito —dijo apasionadamente.

—Lo sé. —Ella dudó por un momento, pero presionó—. Charlotte es una maldita también, ¿sabes? —Él jadeó, y ella se apresuró a explicar—. Es diferente. Entiendo lo que hizo, y tienes razón. Era solo su elección. Pero eso no quiere decir que lo que te hizo no sea algo malo.

Él se apartó, soltándose del agarre de ella, y se pellizcó el puente de la nariz.

—No... no lo sé.

—Está bien. —Ella se paró y le ofreció una mano, conteniendo el aliento hasta que la aceptó. Lo ayudó a ponerse de pie y envolvió sus brazos alrededor de él—. ¿Estamos bien?

—Sí. Por supuesto. ¿No deberías decirme eso tú?

—Es mutuo. No importa si no fue mi intención. Si te herí por tomarte una foto sin preguntar...

—No. Fue mi mal humor. Lo siento.

Ella besó su barbilla.

—También lo siento.

Se besaron entonces, y eso fue todo lo que bastó. El humor en la habitación cambió, el sabor del aire se transformó. Estar envuelta en sus brazos, lo que sea en que estaban convirtiéndose, nunca era algo malo.


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