12. Reunión de los St. Namikaze
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
La noche apareció cubierta de nubes negras y las estrellas desaparecieron como las velas apagadas que dejan un rastro de humo. Un viento fuerte se deslizó entre las ramas de los árboles que arañaron los paños de las ventanas y hasta la luna se había ocultado.
Una noche perfecta, pensó Naruto con tristeza mientras dirigía el rostro hacia el cielo, olfateando que se preparaba otra tormenta. Inquietud, peligro y presagio de algún desastre soplaban desde el mar. Sí, una noche perfecta... para la reunión de los St. Namikaze
Incómodo y rígido dentro de su mejor levita negra y del calzón corto, Naruto avanzó por las escaleras de piedra y se dirigió rápidamente al conductor del carruaje. Kurama le seguía ansioso, pegado a sus talones, como si compartiera la sensación de incomodidad de Naruto.
El viento nocturno era una amenaza para la corbata y la coleta de Naruto, perfectamente atados, pero no estaba dispuesto a volver al interior de la casa. Le dio otra calada a la pipa, un hábito que lo tranquilizaba y que le había enseñado Senju, pero la brisa de la noche la había apagado también. Suspiró con tristeza mientras daba unos golpecitos a la cazoleta de marfil trabajado y volvía a guardar la pipa en el bolsillo del chaleco.
Fumar en pipa sólo había sido una excusa para escapar a los últimos preparativos y ajetreos. Hacía casi una semana que ya se había resignado a la idea de la maldita cena y creyó que podría soportarlo dándole a Hinata libertad absoluta para organizarla mientras él se mantenía apartado.
Sin embargo, no contó con lo incómodo que iba a sentirse cuando la viera abrir unas puertas que habían permanecido cerradas durante tanto tiempo. Las lámparas de la larga galería volvieron a encenderse y esto le produjo una extraña opresión en el pecho.
Naruto avanzó por el pórtico y miró a través de las altas ventanas. En el interior, el brillo de las velas iluminaba la seda Spitalsfield verde menta que colgaba de las paredes y los exquisitos sofás y las sillas a juego con los cojines, en una mezcla de lavanda y rosa marchito. La oscuridad había desaparecido de la alfombra color crema, del mármol de la chimenea y del piano de madera de cerezo.
El salón había sido testigo de muchos eventos durante generaciones, de cenas navideñas. Bodas, bailes de compromiso, fiestas de cumpleaños y muchos vasos se levantaron para brindar por un nuevo rey, para celebrar una buena cosecha o el triunfo sobre un Uchiha.
Aquella habitación, sin embargo, permaneció oscura y silenciosa durante más de una década, la última persona que utilizó el elegante salón fue... su madre. Kushina St. Namikaze fue la anfitriona de toda clase de entretenimientos de los que se hablaba en todo el condado, como si hubiera intentado desesperadamente sumergirse en la alegría de las fiestas para que se desvanecieran las sombras que se cernían sobre su vida.
Durante un breve espacio de tiempo, lo consiguió y la larga galería se llenó de luz y de música, de risas y de danzas.
Pero él nunca disfrutó de aquellas maravillas, pensó Naruto con amargura. O al menos no lo hizo plenamente. Sólo desde la distancia, las veces en las que consiguió escaparse de la vigilancia de su amable tutor Senju, de sus aposentos en el piso inferior junto a la caseta del guarda, que
Naruto consideraba como un destierro, una prisión. En aquellas ocasiones, escapaba del ojo vigilante del vicario y se movía trémulamente a través de la noche con su camisón blanco como una pequeña y pálida mariposa nocturna que entrara en el castillo. Para captar el resplandor de las luces, el tintineo del cristal, el sonido de los violines y los coros de risas.
Con los labios apretados, Naruto se quedó contemplando las ventanas mientras casi podía ver al muchacho fantasma que entonces era aproximarse, encaramarse al pilar y procurar mantenerse oculto mientras se asomaba al interior.
La brillante escena se abría ante sus ojos curiosos como un espectáculo teatral, las damas con sus vestidos y joyas, los caballeros con sus levitas de brocado y sus corbatas de encaje, todo demasiado hermoso y demasiado perfecto para que fuera real.
Sin embargo, ninguno de ellos era tan magnífico como la pareja que se encontraba junto al piano. Los gráciles dedos de Kushina St. Namikaze se deslizaban por las teclas del piano mientras su dulce voz de soprano se unía a la de tenor de su padre, Minato St. Namikaze, que miraba a su mujer con expresión de adoración mientras unían sus voces en una tierna balada.
Al escucharlos en medio de la oscuridad, ocultando sus pies desnudos debajo del camisón de noche, el joven corazón de Naruto se dilataba anhelante y lleno de una fuerte sensación de orgullo de que aquellos magníficos seres fueran su padre y su madre. Aunque nunca reconociera abiertamente que aunque fuera en pequeña medida, aquellos seres le pertenecían.
Siempre llegaba demasiado pronto el anuncio de que la cena estaba servida y el final de aquella hermosa música. Una a una, todas las parejas se daban el brazo y desaparecían en el comedor. Naruto apretaba la nariz contra el cristal en un desesperado esfuerzo por obtener una visión más de su madre antes de que su padre la acompañara fuera del salón. Cuando las puertas dobles se cerraban, dejaban a Naruto contemplando un escenario vacío y sintiéndose más solo y olvidado que antes.
Después la rabia se apoderaba de él y un enfado que apenas comprendía pero que era tan fuerte que deseaba hacer añicos los cristales de las ventanas. Sin embargo, Senju ya había conseguido enseñarle un poco de dominio de sí mismo.
Así, Naruto se sentaba en el alféizar, doblaba las rodillas sobre el pecho y dejaba que algo se hiciera añicos en su interior en lugar de...
El hocico helado de Kurama acarició la mano de Naruto y el gimoteo del podenco lo devolvió al presente. Naruto apartó las imágenes del pasado y se sorprendió al comprobar que en sus meditaciones se había ido acercando al salón. Los recuerdos habían sido tan fuertes que casi esperaba ver a ese muchacho tembloroso acurrucado detrás de la ventana. Pero no había ningún niño, sólo un hombre cuyo rostro de expresión triste se reflejaba en el cristal.
Murmuró un juramento y volvió a ocultarse en las sombras, sorprendido de que el mero recuerdo de la infancia todavía ejerciera un poder tan grande en él, que todavía lo persiguiera, lo dominara... lo hiriera. Pero él ya no era ningún muchacho de cara sucia para ir a esconderse en la oscuridad. Era el señor del castillo Namikaze, el dueño de todas aquellas tierras, de todos esos muros, de todos los seres que moraban en su interior, incluida su esposa.
¿Por qué entonces sentía la continua necesidad de recordárselo? Se apoyó en la fachada de piedra de la casa mientras Kurama se aproximaba a él y le rozaba la rodilla con la pata. En viejo podenco no comprendía el ánimo oscuro de su amo pero se le acercaba ávido de procurarle consuelo.
Naruto pasó la mano suavemente por la cabeza del perro y sintió el impulso de arrodillarse como cuando era un muchacho y rodear con sus brazos a Kurama y hundir el rostro en el cálido y familiar cuello del perro.
Empezó a inclinarse cuando Kurama se puso rígido, lanzó un ladrido agudo y alertó a Naruto de que alguien había salido de la casa. Naruto se enderezó rápidamente y no tuvo que volverse para saber de quién se trataba.
Sólo había una persona en el castillo Namikaze capaz de sorprenderlo con la guardia baja. Hinata. La joven se estaba aproximando con un murmullo de sedas y una nube de perfume a rosas.
Kurama se le acercó despacio y ella le dio la bienvenida al perro en voz baja, antes de añadir:
— ¿Naruto?
Él apretó los dientes mientras se preguntaba cuánto tiempo haría que ella lo estaba observando.
— Madam — repuso él volviéndose y dirigiéndole una rígida inclinación de cabeza.
La brisa de la noche hizo que la falda se hinchara como una vela a su alrededor. El dobladillo de la brillante seda lila se levantó y reveló una espuma de enaguas muy femenina. Demasiada ropa para una mujer pequeña que murmuraba y brillaba con cada uno de sus movimientos mientras se iba acercando, su rostro ovalado pálido al suave resplandor de la linterna del porche.
Hinata inclinó la cabeza hacia un lado en ese gesto turbador que ya le era tan familiar desde las últimas semanas.
— ¿Algún problema? — preguntó ella titubeando.
¿Problema? No, ninguno, excepto que ella había estado abriendo demasiadas puertas desde su llegada al castillo Namikaze. Y no precisamente las que daban acceso a las habitaciones, sino a lugares más profundos de su interior hasta hacerle sentir el corazón como una puerta oxidada que se obliga a abrir. Una sensación a menudo dolorosa...
— ¿Qué diantres debería ir mal? — contestó él haciendo un esfuerzo.
— No lo sé. Es que como no te he encontrado en toda la casa, estaba preocupada.
¿Se había dado cuenta de su ausencia y estaba preocupada? ¿Lo bastante preocupada para salir en su busca? Aquello era mucho más de lo que sus padres hicieron nunca por él. Estudió el rostro de Hinata afanosamente, pero la esperanza que se había encendido en su interior volvió a apagarse.
La sonrisa que Hinata le dirigía era la habitual, tan cariñosa, tan sensible. Claro que había salido a buscarlo. Habría salido a buscar a cualquiera que pensara que se había perdido o estaba triste, desde el simple Inari hasta el gato de la cocina. Además, como poseía un espíritu práctico, Hinata siempre era amable. Pero no era su amabilidad lo que él deseaba de ella.
— No te preocupes — dijo Naruto— . Se me ocurrió dar una vuelta con Kurama antes de llevarlo a la perrera. Pensé que esta noche querías a todos los perros fuera de la casa.
— Sí, gracias, pero a Kurama no.
Naruto levantó las cejas con expresión sorprendida y aún más cuando vio que la joven, sin pensar que podría estropearse el hermoso vestido, se inclinaba a acariciar la cabeza arqueada del viejo sabueso.
¿Así es que su esposa sentía debilidad por las criaturas peludas y con antiguas cicatrices? Entonces quizá existía alguna esperanza para él. Hinata pasó los finos dedos por el pelambre del animal mientras Naruto la contemplaba con ansia.
Demonios, un hombre tiene que estar a pique cuando se encuentra que envidia a su perro. El brillo de las velas desde el interior de la casa producía reflejos de azules en los cabellos de la joven. Recogidos en un elaborado moño, caían en cascada sobre un hombro formando una ondulación de largos rizos que dejaba al descubierto la delicada nuca. Los dedos de Naruto ardían de deseos de acariciarla, de probar la suavidad sedosa de aquellos rizos, el dulce calor de la piel, pero era consciente de que un roce no sería suficiente y cerró las manos en un puño y las apretó a ambos lados del cuerpo.
Había hecho tantos esfuerzos para comportarse como un caballero durante todos aquellos días que apenas se reconocía. No alzaba la voz, no se acercaba a ella cuando olía a establo, no maldecía en su presencia, ni siquiera cuando descubrió que en su entusiasmo por la limpieza, había tirado los viejos guantes de caza que eran sus favoritos.
Y, por encima de todo, nunca la tocaba excepto para ayudarla a levantarse de su asiento después de comer o para darle un casto beso cuando le daba las buenas noches todos los días. Estaba determinado a no pretender nada de ella hasta que Hinata deseara otorgárselo. Muy respetuoso, muy considerado y muy civilizado.
Pero todo esto estaba a punto de matarlo. ¿Se daba cuenta ella de todos sus esfuerzos por cortejarla y ganársela? Del constante dolor, del fuego en la sangre que lo martirizaba hasta volverlo loco.
¡Ganársela significaba vivir en el infierno! Era su mujer, diablos. Y tenía todo el derecho a tomarla cada vez que quisiera.
Y Hinata se sometería y apretaría los dientes con entusiasmo, como mujer práctica que era. Este pensamiento era el que más le hacía sufrir.
Hinata, después de murmurarle algo al perro se enderezó y alzó la vista hasta el cielo lleno de sombras.
— Espero que a ninguno de nuestros invitados les coja la tormenta — dijo— . Sopla un viento muy raro, fúnebre y salvaje. La noche promete ser muy extraña.
Naruto lanzó una risita. Probablemente iba a ser más extraña de lo que Hinata podría imaginar siquiera, pero ya se ocuparía él de que eso no sucediera.
La joven se puso a temblar, se frotó los hombros medio desnudos, una inocente invitación para que el hombre la tomara en sus brazos y la mantuviera en ellos hasta calentarle la sangre.
Deseó acercar el fuego de su boca a la de ella, mezclar su suavidad con la dureza de él. Luego, arrancarle el elegante vestido de los hombros y tomarla allí mismo, debajo de las ventanas del salón.
Naruto se puso a temblar, apretó las mandíbulas y sometió al animal que habitaba en su interior de la única manera que sabía. Alejándose.
— Deberíamos volver a la casa — murmuró— . Aquí hace demasiado frío para ti.
— Oh, no. Estoy bien... — empezó a decir Hinata, pero Naruto ya la estaba llevando hacia la puerta principal. Ella se mordió el labio y no exteriorizó su protesta.
Le habría gustado quedarse allí y enterarse de la razón por la cual a él le agradaba tanto permanecer en la oscuridad. Durante un breve instante, su formidable marido le pareció un muchacho perdido, solo y olvidado, esperando que alguien saliera a buscarlo y lo invitara a entrar.
Sin embargo, fueran cuales fueran los pensamientos que atormentaban a Naruto, él no iba a exteriorizarlos, al igual que tantos otros. Un misterio. Hinata sintió el nudo de desespero que le era ya familiar. Esa noche representaba para ella tantas esperanzas, aunque quizá fueran esperanzas vanas. Su matrimonio con Naruto había tenido un extraño comienzo, pero organizar una cena para sus parientes era algo muy normal. Seguramente le ayudaría a conocer mejor a Naruto y serviría para unirlos. Él, a lo mejor, aprendería a compartir con ella sus recuerdos, sus sueños, aquellos problemas secretos que formaban una barrera entre ellos. Sin embargo, cuánta más luz encendía ella en la casa de ese hombre, más parecía que él se retraía a las sombras.
Su natural aislamiento le hacía la vida difícil, sobre todo aquella noche, en la que habría necesitado un poco de apoyo. Iba a empezar su primera cena con invitados y sabía tan poco de ellos.
Durante toda la semana había estado acribillando con preguntas a Naruto, y él había evadido la mayoría. Aparte de decirle que uno de sus tíos se dedicaba al negocio de barcos, poca cosa le había contado más. Cualquier conversación sobre algún miembro de la familia St. Namikaze era como hablar de la torre del castillo. Estaba prohibida.
«Confía en mí», le había dicho Naruto. Y ella lo intentaba. Pero habría sido mucho más fácil si su marido se hubiera mostrado menos distante. Las dudas, como el enemigo más astuto, parecían atacarla con más fuerza por la noche, cuando no tenía otra cosa que hacer que contemplar el dosel de su lecho vacío e inquietarse ante la idea de que podría muy bien parecer una solterona, con la única diferencia que ella tenía un marido.
En esas noches solitarias, abandonada a los sueños que le musitaban dulces palabras al oído, sus besos levantaban en ella nuevas pasiones, deseos de los que sólo experimentaba un ligero sabor.
Tras el primer encuentro con Naruto había experimentado un poco de alivio, y ahora, sin embargo...
¿Acaso su marido deseaba volver al lecho nupcial? Claro que su interés en el asunto era puramente práctico, se decía muy segura. Naruto necesitaba herederos y ella bebés a los que amar, su pequeña cuadrilla de escolares.
¿Existía algo más en el acto de apareamiento que tuviera que aprender? Quizá no se hacía todas las noches. A lo mejor él sólo podía hacerlo una noche de vez en cuando. O una vez al mes. Sólo había una manera para poderlo saber a ciencia cierta.
Preguntándoseló. Pero se le encogió el corazón cuando lo vio de pie junto al pórtico, con una linterna en la mano. En él ya no quedaba ningún rastro del muchacho perdido. Estaba allí esperándola con gesto impaciente mientras mantenía la puerta abierta para que entrara, una figura alta y magnífica, vestida con traje de gala, con la levita ribeteada con galones dorados y los calzones de seda marcando sus poderosos muslos. Un príncipe moreno de dorados cabellos, rasgos angulares y una cicatriz de guerrero.
Cuando Naruto le hizo una seña imperiosa, Hinata se levantó el borde de la falda y se dirigió presurosa hacia él. Kurama había desaparecido en el interior, pero Hinata se detuvo en el umbral, reunió todo su valor y apoyó la mano en la manga de su marido.
— Naruto, ¿puedo hacerte una pregunta?
Apareció en los ojos de él aquella expresión de cautela que le era ya familiar, aunque esta vez le dirigió una sonrisa renuente.
— Haces demasiadas preguntas, madam. ¿De qué se trata esta vez?
— Me estaba preguntando, quiero decir... — Hinata tragó saliva antes de continuar.
«¿Por qué no vienes nunca a mi cama?»
Tenía la embarazosa pregunta en la punta de la lengua, pero lo fue imposible hacerla. Se quedó mirando el azul terciopelo de sus ojos y el valor que había reunido se desvaneció.
— Me estaba preguntando si tu familia me aprobará — acabó sin demasiada convicción. La pregunta lo dejó un momento perplejo, pero luego replicó:
— Claro. ¿Por qué no tendrían que hacerlo? El tono de su voz la animó.
— Después de todo, eres la novia que Senju ha elegido para mí — añadió Naruto.
— Oh, eso. Desde luego. — Hinata bajó los ojos para ocultar su desilusión. Esperaba que hubiera dicho que aunque su familia no la aprobara... él sí lo hacía. Qué absurda era.
— ¿El resto de tu familia también cree en el Buscador de novias?
— Bueno... bien. La mayoría sí.
— ¿Y tus tíos y primos también entregan a sus esposas espadas como regalo de boda?
— No — repuso— . Como heredero del castillo Namikaze, soy el único que puede hacerlo. La respuesta la desanimó. Poder hacerlo. Era muy diferente a desear hacerlo y...
Hinata interrumpió estos pensamientos y se preguntó ¿Qué hombre, en su sano juicio desearía regalarle una espada a su esposa? La joven, con su lógica manera de pensar, se había sentido muy confundida desde el día que llegó al castillo Namikaze.
— ¿Y ahora, madam, podemos entrar? — la tomó del brazo y la obligó a atravesar el umbral cuando Hinata notó que los dedos que la sujetaban le apretaban el brazo hasta que casi sintió dolor.
La joven emitió un gemido de protesta y cuando alzó la vista vio en los rasgos de Naruto una extraña expresión. Las aletas de la nariz abiertas, los ojos entrecerrados y cada línea del cuerpo rígida, en estado de alerta.
— ¿Naruto? ¿Qué sucede? ¿Algo va mal?
Pareció no haberla oído. La soltó y se volvió rápidamente a observar la oscuridad.
— Ya llegan — dijo finalmente con voz bronca.
— ¿Quién...? — empezó a decir Hinata, luego el corazón le dio un brinco cuando comprendió lo que había querido decir. Los St. Namikaze. Le resultaba increíble que hubiera sido tan despistada como para olvidarse de la cena.
Dirigió la mirada hacia el camino oscuro que conducía al castillo Namikaze.
— ¿Has visto la luz de la linterna de un coche? — preguntó ella.
— No — Naruto dio un respingo y se apretó la frente con los dedos— . Sucede que cuando tantos St. Namikaze viajan juntos, ellos... er... provocan un revuelo en la tranquilidad de la noche.
Hinata escuchó atentamente y se preguntó por qué ella no detectaba nada, el chasquido de las ruedas de un carruaje, el retumbar de los cascos de los caballos en el camino. Pero supuso que Naruto estaba en lo cierto. Había observado en más de una ocasión que su oído era mucho más agudo que el de los demás, casi misteriosamente agudo.
Hinata lanzó un profundo suspiro. Se prometió a sí misma que se comportaría como una anfitriona perfecta aquella noche, encantadora, graciosa y, por encima de todo, tranquila. Pero habría sido más fácil si su marido no estuviera tan ceñudo, con los brazos en jarras, semejante a un caballero dispuesto a la batalla para repeler a los invasores.
¿Eran imaginaciones suyas o ahora el viento era más cortante y el cielo nocturno más oscuro? Le recorrió la espalda un desagradable escalofrío.
No conocía a la familia de Naruto, pero tenía el presentimiento de que iba a ser muy diferente de lo que ella estaba acostumbrada.
Hinata pensó que podría recuperar fuerzas en el salón antes de que llegaran los invitados y poder recibirlos así con una dignidad casi real mientras los fueran anunciando por turno. Pero debería de haber sabido que los St. Namikaze podían cambiar sus planes.
Quiso subir la intención de arreglarse el peinado que el viento había revuelto y para coger el abanico. Pero cuando volvió al vestíbulo, escuchó voces procedentes de la galería.
Sintió el impulso de volver a su dormitorio y encerrarse allí. No vio a su marido por ninguna parte; la única persona que se movía en el vestíbulo era Homura Mitokado.
Hinata frunció el entrecejo al verlo. Había logrado que los criados masculinos se vistieran de gala para aquella noche y se pusieran una librea limpia. Pero el impredecible Mito seguía todavía con sus grasientos calzones y su camisa amarillenta y ni siquiera se había peinado los cabellos grises.
Cuando Hinata bajó el último escalón, el viejo enseñó sus dientes rotos en una sonrisa malévola.
— Ya están aquí, señora — dijo señalando hacia el salón con el pulgar.
El diminuto viejo, semejante a un gnomo, nunca perdía la oportunidad de desconcertarla, pero en esta ocasión Hinata se dijo que no iba a alterarla.
— Ya me he dado cuenta, señor Mitokado — contestó, ocultando el temblor de los dedos acariciando los guantes— . ¿Ha llegado ya mi marido?
— El amo está en el salón.
— Bien, entonces puede ir a sus ocupaciones. Estoy segura de que en la cocina necesitarán una ayuda.
— ¿Por qué? Usted misma va a servirle a los St. Namikaze su plato favorito.
— ¿De verdad? — preguntó Hinata azorada— . ¿Y qué les gusta comer?
— Recién casadas.
Hinata le dirigió una mirada indignada, pero Mito ya se dirigía hacia la zona de servicio en medio de risitas. Hinata esperó que al fin ese hombrecillo horrible desapareciera de su vista.
Enderezó la espalda, caminó hacia la puerta del salón y la abrió unos cuantos centímetros. A través de la estrecha abertura, sólo vio a Naruto, con los brazos cruzados en la espalda y una postura rígida.
— Cuánto tiempo, muchacho — oyó decir a alguien con voz bronca.
— Sí — repuso Naruto. A Hinata le dio lástima su marido, parecía tan incómodo y estaba tan rígido. Con frecuencia la joven se sentía extraña con su propia familia, pero por poco que la comprendieran, ella sabía que siempre iba a ser recibida con cariñosos abrazos y ruidosas salutaciones.
No se le había ocurrido que durante aquella noche tendría que ir a rescatar a Naruto, pero ese pensamiento le dio ánimos para abrir la puerta y deslizarse graciosamente en el interior del salón.
En cuanto entró, en la habitación se hizo un silencio. Hinata puso una sonrisa en sus labios y empezó a hacer una inclinación de cortesía hasta que se dio cuenta de que todos los rostros que había en la habitación la estaban mirando.
Interrumpió el saludo y se quedó boquiabierta. ¡Dios Santo! ¡Se encontraba en medio de un bosque de hombres!
Todos la rodeaban. Tipos masculinos de diferente forma y apariencia, pero todos con la estatura de Naruto y sus formidables corpachones. Los mismos ojos terribles, la misma nariz perfilada y decididamente masculinos.
Hinata osciló y podría haberse caído si la mano de Naruto no hubiera corrido en su ayuda para que recuperara el equilibrio.
Marcada por la sorpresa, la joven apenas se dio cuenta de que empezaban las presentaciones.
— Mi tío el mayor, que se dedica al negocio de los barcos — dijo Naruto, señalando a un hombre que lucía una gran barba— . El capitán Gaku St. Namikaze.
¿Al negocio de barcos? Pensó Hinata cuando consiguió sonreír con timidez. El tío Gaku se parecía más a un viejo pirata, fanfarrón, curtido por la intemperie y con la barba llena de canas. Al sonreír, mostró una hilera de grandes y hermosos dientes que a ella le parecieron muy capaces de devorar a una recién casada de una sola vez. En cuanto a sus hijos, que Naruto le presentó como
Arashi y Kiba St. Namikaze, eran dos jóvenes con el cabello del color de la tierra. Ambos miraron embobados a Hinata, tan anhelantes como dos marineros que no hubieran visto a una mujer durante meses.
Mucho menos alarmante era el otro tío de Naruto, Katsumoto, que había hecho fortuna con las minas de estaño. Vestido con una sencilla levita marrón y con una peluca empolvada de color gris, poseía las maneras enérgicas de un comerciante londinense. Su hijo Raijin, sin embargo, era otro asunto. Las ropas desaliñadas del joven y los rubios cabellos erizados, le daban el aspecto de alguien al que acaba de atravesar un rayo.
Pero el miembro del grupo más perturbador estaba un poco apartado de los otros, en medio de las sombras que proyectaban las cortinas de la ventana. Delgado y ascético, muy pálido, Hinata se preguntó cómo podía un hombre parecer tan falto de vida y, sin embargo, sobrevivir.
— Mi primo Yashamaru St. Namikaze — dijo Naruto— . Es uno de los mejores médicos de la zona. Estudió en la facultad de Medicina de Edimburgo.
El hombre enjuto dirigió una solemne inclinación a Hinata.
— Y esta es mi esposa, Hinata — concluyó Naruto con una mirada terrible, como si fuera a desafiar a quien se atreviera a no estar de acuerdo.
Agarrada del brazo de Naruto, Hinata consiguió hacer una inclinación, más de debilidad que de cortesía. Siguió una pausa durante la cual fue inspeccionada atentamente por seis pares de ojos mientras ella sentía el impulso de ocultarse detrás de las anchas espaldas de Naruto.
La joven comprobó entonces aliviada que la atención de todos se apartaba de ella y se concentraba en el médico, más allá del grupo masculino.
— ¿Yashamaru? — dijo el capitán Gaku, cuya voz expresaba también impaciencia.
Todos se apartaron cuando Yashamaru St. Namikaze se adelantó. Miró a Naruto como si le pidiera permiso para algo.
Permiso que su marido pareció reacio a conceder. Pero tras una pausa tensa, Naruto tomó la mano de Hinata que descansaba en su manga y se la ofreció a Yashamaru. El joven envolvió con sus fríos dedos los de Hinata.
Tenía los ojos más melancólicos que Hinata había visto nunca. Unos ojos inquietantes que hacían que uno evitara aquellas profundidades oscuras por temor a... Hinata ignoraba a qué. y, sin embargo, su roce era muy tranquilizador. Permaneció durante un rato observando el rostro de Hinata y luego sonrió.
— Senju ha elegido bien.
— Lo sabía. El viejo nunca falla — dijo Gaku lanzando un rugido de triunfo. Y antes de que le dejaran un momento de respiro, Hinata fue apartada de la protección de su marido y recibió el abrazo de todos aquellos hombres, uno tras otro. La abrazaron y la besaron en las mejillas hasta dejarla enrojecida y sin aliento.
Ni siquiera Naruto pudo escapar a aquella marea exuberante, porque le estrecharon la mano felicitándolo y le dieron palmadas en la espalda hasta que el formidable marido de Hinata se quedó tan turbado y ceñudo como un escolar ruborizado.
Hinata tendría que haberse quedado muy satisfecha con aquella calurosa aceptación de la familia St. Namikaze. Y lo estaba, excepto por una cosa: la turbadora ausencia de felicitaciones más suaves.
Sólo había oído mencionar a dos miembros femeninos de la familia, pensó inquieta. Uno de ellos tenía enterrado el corazón debajo del suelo de la iglesia, mientras que el otro... ¿Cómo había descrito Naruto la muerte de su madre?
«Murió de pena y de miedo».
En medio del griterío general, Hinata estiró con ansiedad la manga y aproximándose más a él, le susurró:
— Naruto, ¿es que en tu familia no hay mujeres?
Naruto tuvo un sobresalto, como si en ese momento se hubiera dado cuenta de la ausencia de mujeres y luego hizo un gesto, señalando a su primo más joven.
Kiba St. Namikaze que deambulaba por la habitación era un joven de unos quince años con una sonrisa alegre, algo vacía.
— ¿Dónde están las mujeres? — le preguntó Naruto.
Kiba pareció azorado ante la pregunta y durante un instante Hinata temió que el muchacho se pusiera a buscar por los bolsillos del chaleco. Estiró el cuello con la cara ruborizada.
— Bueno, primo Naruto, ya sabes que papá no quiere que llevemos damas. Dice que podemos esperar a estar casados antes de...
— ¡Se refiere a tu madre y a tu hermana, idiota! — interrumpió su hermano Arashi. Con toda la sabiduría de sus diecisiete años, Arashi entornó los ojos y miró a Hinata de una manera que parecía decirle que disculpara el poco juicio de su hermano menor— . Mamá y Hana se han quedado en casa.
— ¿Y por qué no han venido? — preguntó Naruto.
— No sabían que estaban invitadas — replicó Arashi encogiéndose de hombros.
Naruto murmuró una maldición, pero antes de que pudiera añadir nada más, su tío Gaku se abrió paso hasta él.
— Lo siento, muchacho — dijo— . Pero la orden que enviaste requiriendo nuestra presencia no estaba clara y como hace tanto tiempo que una dama no es recibida en el castillo St. Namikaze.
— Ni mujer alguna — murmuró Kiba, lo que provocó que su hermano mayor le diera un codazo en las costillas.
— Sin embargo — continuó diciendo Katsumoto— , a mi esposa Ena la complacerá mucho recibir a tu esposa si ello es posible — acabó, dirigiendo a Hinata una cortés inclinación.
— Y mi esposa también — añadió Raijin St. Namikaze.
— Y la mía — convino también Gaku.
— Y yo estaré encantada de conocerlas — dijo Hinata y luego, volviéndose impulsivamente hacia el médico acabó— : Y a su esposa también, señor.
Hubo un silencio tenso antes de que Yashamaru contestara.
— Oh, mi querida prima, me temo que hace tiempo que no tengo ninguna.
— Oh, lo siento — tartamudeó Hinata.
— Y yo también — replicó en voz baja Yashamaru, haciendo que Hinata se preguntara si su desmayo se debía a un trágico suceso ocurrido en el pasado, a la maldición de la familia o a alguna tradición que él no había seguido. Esos hombres St. Namikaze eran al parecer una maldición para sus mujeres.
Sea lo que fuere lo que subyacía detrás de la triste sonrisa de Yashamaru, Hinata se sintió aliviada cuando Kiba intervino con su voz aflautada:
— Bien, seré feliz de traer aquí a mi esposa en cuanto el señor Senju me encuentre una.
Sus palabras provocaron otra reacción violenta en su hermano, pero como los hombres de edad soltaron una carcajada, Yashamaru entre ellos, el momento de tensión se rompió.
El ambiente se suavizó y todos acompañaron a Hinata hasta un sofá donde ella se sentó y todos la rodearon como un enjambre de abejas alrededor de la miel. Naruto se quedó junto a la chimenea sin apartar los ojos de sus parientes que acribillaban a preguntas a Hinata porque deseaban saber más de ella.
Todos se comportaban del modo más convencional, menos Yashamaru. Naruto contempló la pálida figura de su primo, que hablaba poco y escuchaba con expresión grave todo lo que se decía, costumbre típica en un médico.
Yashamaru se consideraba tan maldito como Naruto, aunque este último estaba satisfecho de no poseer el talento que Yashamaru había heredado. Yashamaru... el único que podía inquietar a otro St. Namikaze. Ningún hombre sería capaz de desnudar el alma de otro y deslizarse hasta los secretos del corazón mejor guardados.
Naruto se preguntó por qué se lo había permitido, porqué le permitió a Yashamaru que tomara a Hinata de la mano, la mirara a los ojos y perturbara a su esposa de aquella manera.
Quizá fuera debido a sus dudas persistentes, aunque esto le costaba admitirlo a Naruto. El temor de que se hubiera producido una equivocación, de que le sucediera lo mismo que le sucedió a su padre, por haber elegido a la mujer equivocada hasta el punto de llevarlo hasta la destrucción y la tragedia.
«Senju ha elegido bien». Qué alivio le habían producido aquellas simples cuatro palabras, suficientes para que Naruto pudiera sobrevivir aquella noche.
Seguramente ya había pasado el peor momento, la aceptación inicial de la esposa. Y mientras sus tíos y primos podían no aceptarlo debido a sus silencios con respecto a ciertos asuntos de familia, confiaba plenamente en que ellos respetarían sus deseos.
El equívoco sobre las damas que habían sido invitadas ya había sido explicado, y Hinata parecía haberlo aceptado de buen grado. Toda huella de nerviosismo desapareció detrás de una amplia sonrisa cuando finalmente el señor Senju hizo su aparición.
Fue recibido por el resto de los St. Namikaze con todo el calor y la deferencia que se merecía el Buscador de novias. Y aunque Senju devolvió la bienvenida con igual placer, el anciano parecía estar sin aliento, como si hubiera hecho corriendo el camino desde la aldea.
Se echó hacia atrás sus largos cabellos y se inclinó ante Hinata.
— Mi nieta pequeña Tami ha llegado hoy mucho antes de lo que esperaba. La señora Chiyo y yo hemos tenido mucho trabajo para dejarla bien acomodada. Hacía mucho tiempo que no teníamos un huésped en la vicaría — dijo disculpándose por su tardanza.
— Y debe de haber sido una gran alegría para usted, señor Senju — dijo Hinata— . ¿Se quedará mucho tiempo aquí la niña?
— Eso creo. El aire de Londres no le va muy bien a la pobrecita ni a su madre, Shiori, mi nuera más joven, está muy preocupada, preparando su confinamiento.
— Espero que pronto tenga un hijo — dijo Gaku— . Un muchacho con sus capacidades. Necesitamos un Buscador de novias para la próxima generación.
— Estoy seguro de que Shiori lo tendrá, señor.
— Bien, pues dígale a esos hijos suyos que se pongan a la labor — el comentario procaz de Gaku ruborizó a Hinata y a Naruto le sorprendió que su corpulento tío no recibiera una de las amables regañinas de Senju.
Pero Senju tenía un aire distraído y a Naruto no se le ocurrió pensar que podía deberse a la inesperada llegada de la pequeña. Conocía demasiado bien aquella expresión en el rostro de su anciano tutor.
«¿Y ahora qué demonios va mal?» se preguntó Naruto sombríamente.
No deseaba permanecer en suspenso durante mucho tiempo y cuando se reanudó la conversación general, el anciano se le acercó sin perder tiempo para susurrarle unas palabras al oído.
— Milord, cuando venía hacia aquí, he observado algo que me ha perturbado mucho.
— No se tratará de otra misteriosa mujer encapuchada — dijo Naruto lanzando un débil suspiro.
— No, gracias a Dios, pero ha sido algo igualmente perturbador. — Senju levantó unos ojos de expresión preocupada hasta el rostro de Naruto— . Hasta esta noche no me he enterado de que tenía a su servicio a Sumire.
— ¿Ah no? ¿No me la envió usted?
— No, claro que no.
El énfasis de Senju en su réplica provocó que Naruto frunciera el entrecejo durante unos instantes. Luego se encogió de hombros— . Entonces debió hacerlo alguno de la aldea.
— ¿Cree que es juicioso tenerla bajo su mismo techo? Yo sé que usted sólo tenía buenas intenciones, pero...
— Las buenas intenciones no tienen nada que ver aquí. Se trata de sentimiento de culpabilidad, Senju.
— Pues no tiene razón de ser. No es usted responsable de la muerte de la madre de esa muchacha, no importa lo que la pobre Sumire piense sumergida en su amargura — dijo Senju meneando la cabeza— . Mándeme a la chica. Si Sumire necesita un empleo, le encontraré uno. Esta situación parece abocada al desastre, sabiendo lo que la chica siente por usted.
— La chica cree que soy un demonio del infierno que debería de haber sido llevado la hoguera en cuanto nació. Pero no es una opinión con la que no esté familiarizado.
— Muchacho... — empezó a decir Senju, apoyando una mano en la manga de Naruto.
— No se inquiete — dijo Naruto rechazando el suave roce de la mano del anciano— . Y mientras Sumire realice sus tareas y complazca a mi esposa, yo no tendré queja alguna. No puede existir ningún peligro serio procedente de las chiquilladas de una muchacha.
Sobre todo cuando el peligro se aproxima de una fuente muy diferente. Los sentidos de Naruto estaban plenamente alerta, los pasos de la inminente llegada de alguien resonaban a través de los corredores de su mente.
Sin embargo, le costaba concentrarse y no podía saber la identidad de quien se estaba acercando. No había exagerado en absoluto cuando le dijo a Hinata que muchos St. Namikaze reunidos en un mismo lugar producían perturbaciones en la atmósfera. La poderosa combinación de tantas personalidades fuertes nublaba sus sentidos, como si estuviera atravesando un lugar lleno de niebla.
¿Sería el administrador? A Umino le habían estado preocupando últimamente algunos cazadores furtivos y... Naruto contuvo la respiración, porque le dolía detrás de los ojos. Se frotó la frente con los dedos.
No, el aura violenta que había detectado no era la de Umino. Esta era más fría y aguda como una hoja de acero levantándose sobre su cabeza.
— ¡Deidara!
El nombre se le escapó junto con una maldición y sorprendió a Senju. Naruto entonces se apartó bruscamente del anciano y se dirigió hacia el vestíbulo, pero ya era demasiado tarde.
Las puertas de la larga galería se abrieron de golpe y Deidara St. Namikaze entró en la habitación. Las conversaciones se acallaron y todos los ojos se clavaron en él porque, como Naruto había observado a menudo, nadie sabía mejor que Deidara cómo hacer una entrada.
Se quitó el sombrero y la capa y los lanzó a Sumire que estaba de pie detrás de él, en las sombras. Tras lanzarlos en sus brazos con suma gracia, le dio un golpecito en la barbilla lo que provocó que la muchacha se ruborizara y lo mirara con expresión escandalizada.
Cuando la muchacha se retiró, Deidara se enfrentó a los reunidos haciendo una elegante reverencia. Iba ataviado con una levita de brocado de color marfil, calzones ajustados y un chaleco azul ribeteado con plata. Llevaba sus dorados cabellos peinados hacia atrás de manera que se resaltaban
sus hermosos rasgos y la sedosa melena sujeta en la nuca con un lazo de terciopelo oscuro. Estiró el encaje de las mangas y alzó la vista hacia Naruto, mientras en sus ojos bailaba una expresión maliciosa.
El ángel caído, el ángel perverso que llega para crear discordia... Naruto se acercó a él con una sensación de aprensión mientras Deidara contemplaba la levita negra de Naruto con una mirada burlona.
— Gracias al cielo, primo. ¿Quién se ha muerto?
— Nadie. Todavía.
En los labios de Deidara apareció una sonrisa divertida, pero Naruto observó un movimiento detrás de él en el otro extremo de la habitación. Sus primos se pusieron de pie de un salto, su tío Gaku se puso rígido en una posición de alerta y Shi avanzó con paso vacilante.
Naruto estaba seguro de que todos recordaban muy bien el último enfrentamiento que tuvo con Deidara dentro de los muros del castillo Namikaze.
Fue el día del velatorio de Minato St. Namikaze, un día lleno de tensiones y de dolor, en el que salieron a flote años de resentimiento y de rivalidad. Él y Deidara se habían lanzado al cuello del otro como dos perros enloquecidos y se necesitaron los esfuerzos combinados de toda la tribu St. Namikaze para acabar la pelea y separarlos.
Y todo por un reloj, el reloj de su padre, que por tradición debía pasar a su muy amado hijo. Pero en su lugar, fue legado a Deidara.
Su primo todavía llevaba el maldito reloj. Con un gesto a la vez lento y deliberado, Deidara lo sacó del bolsillo del chaleco y lo abrió, dejando a la vista de Naruto la miniatura de su madre montada en el interior de la caja.
— Mis disculpas, primo — murmuró Deidara— . Al parecer llego demasiado tarde a la fiesta.
— ¿Tarde? — dijo Naruto, haciendo un esfuerzo para no dejar entrever hasta qué punto le había afectado la visión del reloj. Luego, en voz baja, para que sus palabras no llegaran a los demás, preguntó— : ¿Y qué demonios estás haciendo aquí?
Deidara suspiró.
— Esta pregunta se está convirtiendo en una aburrida costumbre por tu parte, primo. He venido a esta pequeña reunión familiar.
— No recuerdo que fueras invitado.
— Pues debería de haber sido invitado. Si la memoria no me falla, sigo siendo un St. Namikaze.
— Un hecho que yo procuro olvidar.
En los ojos de Deidara apareció una expresión irritada y peligrosa.
— Entonces quizás ha llegado el momento de recordártelo.
Naruto permaneció tenso, buscando una respuesta cuando Senju se adelantó y se situó entre los dos.
— ¡Por favor, caballeros! — dijo con el mismo tono afligido con el que acostumbraba a regañarlos cuando eran unos muchachos— . Esta discordia debe acabar. Los St. Namikaze han de permanecer unidos. Deidara, si desea quedarse, tendrá que comportarse convenientemente.
La tensión desapareció de los rasgos perfectos de Deidara y fue reemplazada por su habitual aire lánguido y burlón.
— Oh, sí, de acuerdo señor.
— Milord — dijo entonces Senju volviéndose hacia Naruto y hablando con suavidad— . Piense en su esposa. No querrá disgustarla con una escena desagradable.
Naruto frunció el entrecejo y su mirada se deslizó desde donde estaba Hinata a las formas tensas de sus tíos y sus primos. El rostro de la joven mostraba una mezcla de inocente curiosidad y embarazosa perplejidad.
No, pensó Naruto, no quería preocupar a su esposa. De hecho, le asombraba descubrir hasta qué punto se esforzaba para evitarle disgustos. Hasta sería capaz de bailar con el mismísimo diablo.
Naruto se aproximó a su primo para que nadie pudiera ver lo que hacía y le agarró el brazo con fuerza.
— Si te quedas — dijo brevemente— , trágate la lengua. Mi esposa no sabe nada de mi extraña herencia y, por el momento, deseo mantenerla en la ignorancia. Si intentas desafiarme en este asunto, te vas a poner en peligro.
— Querido primo, nada más lejos de mi intención que hacer algo que pudiera desagradarte — añadió Deidara arqueando las cejas sorprendido.
Luego liberó el brazo, se alisó la manga y torció los labios en una sonrisa que hizo desconfiar a Naruto. Todos los instintos que poseía le urgieron a que utilizara sus poderes como nunca lo había hecho. Con una buena descarga podía lanzar a Deidara a través de las puertas hasta el infierno.
Sí, pero también podía aterrorizar a su esposa hasta matarla y condenarse para siempre ante sus ojos como un ser extraño y salvaje, un monstruo sin civilizar.
Naruto apretó las mandíbulas y pensó que sólo podía hacer lo que siempre había hecho con su maldito primo. Apartarse.
Deidara empezó a deambular con parsimonia por la habitación y Naruto observó que los demás se relajaban. Intercambió algunas palabras con sus jóvenes primos, pero su mirada estaba fija en Hinata. Se trataba de una mirada cargada con una expresión muy diferente a la burlona que le era habitual y Naruto comprendió muy bien su significado.
Su esposa, pensó con una mezcla de orgullo y desespero. Nunca había parecido más encantadora que aquella noche.
— Naruto — murmuró Deidara, sin apartar los ojos del rostro de Hinata— . Confío en que me vas a presentar a tu esposa.
Naruto sintió un nudo en el pecho, una emoción tan extraña que apenas reconoció de qué se trataba. Era miedo.
— Hinata — dijo— . Mi primo Deidara.
La presentación fue muy correcta, pero Deidara la transformó en algo más al inclinarse sobre la mano de Hinata.
— Madam — contestó Deidara llevándose la punta de los dedos de Hinata a los labios— . Perdone mi negligencia al no darle antes la bienvenida a la familia. Si hubiera sabido que me esperaba tanta belleza, le aseguro que la habría visitado mucho antes.
— Gracias — murmuró ella ruborizándose, un efecto que Deidara siempre producía en las mujeres.
¿Acaso esperaba Naruto que su sensible Hinata sería diferente?
Notó una sensación hueca en las profundidades del pecho cuando escuchó los cumplidos que Deidara le dirigía a su oído, diciéndole lo encantadora que le parecía esa noche.
Todas esas cosas se las debería de haber dicho él. Cosas que deseaba decirle desesperadamente, pero que sus rudas maneras no se lo permitían. Y ahora no podía hacer otra cosa que permanecer allí de pie desvalido y consumido. Como el muchacho que apretaba la cara contra el cristal de la ventana.
La desolación se mezclaba con los impulsos más primitivos, el deseo de arrancar a Hinata del lado de Deidara y estrecharla posesivamente en el círculo de sus brazos. Luchando contra el impulso de protagonizar una escena de celos, Naruto apenas notó el movimiento de otra llegada que se filtraba a través de su conciencia.
No se dio cuenta hasta que una discreta tosecilla sonó en el umbral de la puerta. Naruto dirigió hacia allí una mirada impaciente y se quedó petrificado cuando vio la original aparición. Un hombre pintado... el rostro oculto bajo una capa de cosmético blanco y rojo, y un lunar pegado junto a la fina boca. Parecía una peluca empolvada, vestido con sedas de color lavanda, con una levita que flotaba alrededor de sus esbeltas caderas y las espaldas con relleno.
— Qué diantres... — la exclamación de Naruto llamó la atención de los otros, que se quedaron tan atónitos como él.
— ¿Quién diablos es? — preguntó Katsumoto, sorprendido.
— No preguntes quién — gruñó Gaku— . ¿Qué demonios es eso? Hinata se acercó a Naruto y murmuró:
— ¿Es otro de tus primos, milord?
— ¡Demonios, no! — contestó impulsivamente Naruto, insultado ante la mera sugerencia.
El único que parecía imperturbable era Deidara. Señaló con la copa al hombre que permanecía en la puerta y lo presentó.
— Ah, Kankurō. Perdón, señor. Con la alegría de ver reunida aquí a toda mi familia, me había olvidado de usted.
Hizo un gesto y el hombre entró en la habitación. Naruto se preguntó cómo no había detectado antes su presencia, pero aquella criatura poseía un aura débil, la más débil que había visto en un hombre en toda su vida. Estaba a la sombra de la de Deidara, mucho más poderosa.
— Caballeros, mi dulce prima Hinata — dijo Deidara haciendo un lánguido gesto con la mano—
. Permítanme que les presente a Monsieur Kankurō de Himura.
El individuo realizó una florida reverencia mientras las aletas de la nariz de Naruto se abrían con disgusto. El hombre exhalaba un aroma empalagoso, peor que el de un marinero al volver del mar.
— Kankurō es un querido amigo mío — siguió diciendo Deidara— . Y me he tomado la libertad de traerlo a cenar conmigo.
Libertad era una palabra demasiado blanda, pensó Naruto, indignado. Peor aún que la insolencia que se había tomado Deidara al presentarse sin ser invitado era el hecho de traer consigo a uno de sus amigos lechuguinos. Pero antes de que pudiera dar rienda suelta a su disgusto, su primo menor hizo oír su voz.
— Demonios, Deidara — dijo Kiba con toda la brusquedad de su juventud— . Es una cena de familia.
Los ojos de Himura se abrieron llenos de desmayo.
— Milles pardon, messieurs, madame — dijo. Poseía una voz extraña y rasposa que atacó los nervios a Naruto como si pasaran un hilo de acero a través de un metal— . Yo no comprendre. Certainement si lo hubiera sabido no habría hecho esta intrusión.
El francés se dirigió hacia la puerta y Naruto habría sido muy feliz de dejarlo marchar, pero un gritito de Hinata lo detuvo.
— Oh, no, monsieur, por favor, no se vaya — dijo— . Estaremos muy honrados de que nos acompañe, ¿no es cierto?
Su súplica fue recibida por miradas pétreas, sólo Senju acudió en su ayuda haciendo un gesto de asentimiento.
— ¿Milord? — se volvió con ojos implorantes hacia Naruto— . En la mesa hay sitio suficiente. Por favor, dile a monsieur que es bienvenido.
Naruto cruzó los brazos en el pecho y dudó, consciente del silencio de los demás St. Namikaze. Poseía el instinto de desconfianza hacia los extraños de un hombre de la cornisa, pero no quería desatender el ruego que expresaban los grandes ojos grises de Hinata. Si ya había accedido a la presencia infernal de Deidara, ¿qué significaba otro agravio más o menos?
— Bien — dijo— , parece que este tipo no va a comer demasiado. Supongo que puede quedarse.
— Eres muy amable, milord — ronroneó Deidara, pero Kiba le lanzó una mirada de pura denuncia.
— Naruto — empezó a decir el joven, pero le impidió seguir una mirada del señor Senju.
— Lo haré yo, muchacho — el vicario se adelantó y ofreció la mano a Himura— . Es usted bienvenido, señor. Dígame una cosa, ¿es posible que haya detectado un acento sureño en su voz?
¿La cadencia de la Sunagakure?
— Posee un oído fino, monsieur — replicó el hombre. Aunque todavía parecía indispuesto, consiguió esbozar una débil sonrisa— . Nací allí, en una pequeña villa. Pero ahora paso la mayor parte del tiempo en París.
— ¿Y qué negocios le traen a Inglaterra? — preguntó Naruto. Antes de que el hombre pudiera contestar, intervino Deidara.
— Monsieur Himura es un artista de gran talento. Y yo necesito sus servicios.
— ¿Aquí en Konoha? — gruñó Katsumoto — . ¿ Y para qué demonios lo necesitas?
— ¿No te lo he dicho, tío? — preguntó Deidara con una de sus angelicales sonrisas. Pero fue a Naruto a quien miró y sostuvo la mirada, como para anticipar el efecto que iban a tener sus palabras.
— Kankurō es mi arquitecto. Es el hombre que va a hacer resurgir Tierra Perdida.
La Historia tiene el propósito de Entretener.
