Marqués de Rasengan


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata conocía sólo dos rutas para regresar a la habitación de lord Yahiko. Una de ellas la llevaría por fuera de la casa y la otra le haría ir por el vestíbulo frontal. Cuando abrió la puerta que daba al exterior, una neblina tan espesa que parecía llovizna la dejó helada.

Se echó a temblar, cerró la puerta y se encaminó hacia el recibidor. Se miró el pecho casi desnudo y se preguntó si no debía ponerse el corpiño, pero la casa estaba en silencio. Se limitó a tirar de los bordes delanteros del vestido, reduciendo el espacio que había entre ellos, y apresuró el paso.

Se quedó de piedra al oír unas voces lejanas —le pareció que provenían de la sala de juego—, pero decidió que aquellos adictos no representaban ningún peligro y se aventuró a cruzar el vestíbulo.

Todavía ardía una única lámpara humeante y el aire estaba cargado con los espesos olores del sudor y del alcohol. Pero el lugar estaba desierto. Había unas cuantas prendas de vestir esparcidas por el suelo, sobre la brillante madera de roble, una gran mancha oscura denunciaba que allí se había derramado algo. Supuso que no sería sangre. Si alguien hubiera perdido tanta sangre, se habría producido una gran conmoción.

Aunque, de haberse producido aquella noche una masacre colectiva, ¿se habrían percatado Naruto y ella?

A pesar de hallarse en una situación desoladora, los recuerdos la hacían sonreír. Nunca había imaginado que hacer el amor fuera así. Habían quedado fundidos por la pasión, igual que el hierro en la fragua. No tenían futuro, pero aquella única noche bien había valido todo el dolor que les acarrearía.

Pero sólo si Naruto nunca llegaba a averiguar la identidad de Natsu. Tenía que desaparecer antes de que él se despertara. Se cogió las faldas y echó a correr hacia las escaleras. Su pie tropezó con un jarro vacío, que rodó hasta chocar con estrépito contra el poste de la escalera.

—¿Qué tenemos aquí?

Hinata se volvió de golpe y vio al marqués de Rasengan plantado en el marco de una puerta e iluminado por el halo de luz de las velas de un candelabro. Tras dejarlo sobre una mesa, se acercó a ella.

Hinata se giró para subir las escaleras al galope, pero él se movió con una velocidad sorprendente y la cogió por el brazo, sin violencia, pero con la suficiente fuerza como para evitar que escapara.

—Por favor, señor —dijo ella, con un impostado acento rústico y apartando el rostro—, deje que me vaya. Él le hizo volver la cara.

—No ha sido una buena idea tratar de hacerte pasar por una campesina, querida. Sólo las damas de alcurnia llevan máscara aquí.

Hinata se tiró de los extremos del vestido, tratando de juntarlos. Se sentía medio desnuda en más de un sentido.

—Tal vez quiera que me tomen por una dama de alcurnia, señor.

—Me pregunto por qué. A ellas no se les paga.

Él se las había apañado para que ambos se dieran la vuelta, de modo que él se interponía ahora entre ella y las escaleras. Una colosal barrera. El corazón de Hinata empezó a bombear con fuerza dentro de su pecho, a causa del miedo.

El la contempló, con el esbozo de una leve sonrisa en sus delicados labios. Sus ojos estaban en la penumbra y ella no podía tener la certeza de que el humor hubiera llegado hasta ellos. A la muchacha le temblaron las piernas. Por el amor de Dios, ¿qué era lo que quería?

Menma tenía el mismo aspecto opulento e inmaculado que presentara unas horas antes, y no parecía falto de sueño. ¿Era humano aquel hombre? ¿Había venido a Rood House por casualidad o había seguido el rastro de Naruto hasta allí?

Era imposible que la relacionara a ella con su hermano, incluso si sabía que éste había llegado hasta allí acompañado de un joven lacayo...

Se sacó un taleguito del bolsillo, lo abrió y arrojó una cascada de guineas sobre la mano.

—He estado pasando el tiempo en las mesas —dijo—. Esta bolsa por el resto de tu noche.

Hinata se apretó aún más el vestido.

—Ya... ya casi ha amanecido.

—Cierto.

Hinata tragó saliva y sacudió la cabeza.

—Estoy demasiado cansada, señor. — Él arqueó una ceja.

—Has vuelto a meter la pata. Una puta no está nunca demasiado cansada. ¿Qué eres tú entonces, una dama o una prostituta?

Presa de la desesperación, Hinata trató de pasar dándole un empujón, pero él se limitó a desplazarse, volviéndole a bloquear el paso quedándose allí de pie como un muro en su camino.

—Voy a gritar.

—¿Crees que eso te servirá de algo?

El se había subido al primer escalón, lo que hacía que su impresionante altura resultara aún más abrumadora. Hinata se hizo daño el cuello al tener que levantar la vista para mirarlo.

—¿Qué es lo que quiere, señor?

—Milord —le corrigió él suavemente—. Me preguntaba dónde has pasado la noche.

Hinata le miró a los ojos.

—Con un amante.

—Eso suponía, y te ha debido dejar muy cansada. ¿Es eso una proeza?

Hinata volvió a intentar pasar dando un rodeo, pero él volvió a bloquearle el paso. No podía más. Estaba a punto de echarse a llorar.

El desenganchó un alfiler de su corbata de encaje —una irregular ala negra incrustada en oro— y lo hizo girar ante ella.

—Este broche a cambio de un beso.

Hinata contempló la rotación de la gema y sintió que se mareaba.

—¿Y después me dejarás irme?

—No pareces muy zalamera, muchacha. Pero, sí, después te dejare marchar. Si es que todavía lo deseas.

Hinata sabía bastante más de besos que la última vez que Menma la besara, y aquella perspectiva la asustaba. Pero, después de todo, se trataba sólo de un beso. Además, Naruto podía despertarse en cualquier momento y salir tras ella.

—Muy bien, milord.

Él le puso las manos en la cintura y la elevó sin esfuerzo a un escalón superior al suyo, de modo que ella estaba ahora sólo media cabeza por debajo de él. Aquella acción hizo que las manos de Hinata se soltaran que el vestido se le abriera.

Ella trató de agarrarlo, pero él llegó primero, junto las dos mitades y las sujetó con el alfiler. Después la miró. Hinata permanecía en calma, decidida a pagar su deuda con dignidad.

—Deberías haber definido lo que es un beso antes de aceptar el trato— le dijo él con delicadeza.

A la muchacha se le abrieron los ojos.

—Un beso es un beso.—

—¿Qué es, según tú, un beso? —Le puso las manos sobre los hombros y le frotó la clavícula con los pulgares. No era una sensación desagradable, pero ella tenía presente en todo momento que Naruto podía aparecer en cualquier instante. De ser así, quedaría al descubierto frente a su hermano, se pelearía con Menma a causa de ella y Hinata perdería la oportunidad de escapar.

—Simplemente juntar nuestras bocas —dijo ella con brusquedad. El se echó a reír.

—No eres muy generosa, querida. Muy bien, juntemos simple mente nuestras bocas.

El retiró las manos y se inclinó para aplicar sus labios sobre los de ella. Exploró y tironeó hasta que la boca de Hinata se ablandó. La muchacha sintió la extraña necesidad de aferrarse a él para no caerse pero lo que hizo fue apretar el corpiño contra su pecho.

Tenía que haber puesto un límite de tiempo al beso.

La lengua de Menma le recorrió la parte interna de los labios y ella sintió que se ablandaba aún más. Cerró los ojos y reconoció la habilidad del hombre, pese a desear que acabara de una vez. Los oídos de la muchacha se agudizaron ante la posible aparición en escena de Naruto, presagiando sus pisadas. Aunque éste bien podía tomar también la ruta exterior.

¡Puede que estuviera ya en la habitación de Yahiko!

La lengua del hombre se introdujo en su relajada boca. Instintivamente, Hinata la escupió y abrió los ojos de golpe, temiendo la represalia.

El sonreía, aunque con cierto pesar.

—No eres muy generosa, desde luego. —Y retrocedió unos pasos—. Sigue tu camino, pajarillo.

Hinata hizo ademán de devolver el imperdible, pero él le detuvo la mano.

—Quédatelo. Nuestro encuentro me ha resultado de lo más instructivo. Sin embargo, si crees que no te has ganado esta fruslería, puedes contestarme a una pregunta.

Cautelosa, Hinata subió unos cuantos escalones.

—¿Cuál?

—Los besos que te han dado esta noche, ¿te han complacido más que el mío?

—Oh, sí —dijo Hinata, y sólo entonces se dio cuenta de que es taba sonriendo y de que probablemente se había sonrojado. Él le hizo una elegante y florida reverencia. — Entonces, que recibas muchos más de la misma fuente.

Estupefacta, Hinata se dio la vuelta y huyó. Al llegar a la puerta de la habitación de Yahiko se detuvo un instante. Tal vez Naruto estuviera ya allí. Y aunque no fuera así, no sé de extrañar que su anfitrión hubiera decidido usar su cama, valiéndose de otra copia de la llave. Hizo girar la cerradura y abrió la puerta lentamente. La alcoba parecía vacía.

Fue a gatas hasta la cama. Definitivamente, no había nadie. Buscó a tientas la caja del pedernal junto a la cama y prendió una llama para encender la vela. No había ninguna señal de que nadie hubiera estado desde que ella se había marchado.

Se dejó caer sobre la cama, temblando y a punto de ser desbordada por los acontecimientos. Quería esconderse en un agujero y dispuso de mucho tiempo para juntar los pedazos astillados de su persona reunir el coraje para seguir adelante.

Pero no tenía tiempo. Debía correr a transformarse en Hiroshi y marcharse de allí. Trató de soltarse el alfiler del vestido. No era fácil. Menma lo había prendido en la parte más gruesa de la seda. Levantó la vista y se vio en el espejo.

¡Cielo santo, tenía una pinta desastrosa!

Llevaba la peluca ladeada y se notaba que le habían besado excesivamente los labios. Los polvos rosados se habían esparcido por la negra máscara de terciopelo y por los hombros del vestido, cuyo aspecto no era muy decente.

Sus pechos, sin el corpiño, se notaban más voluptuosos. El exigente de Menma se habría sentido atraído por aquella vista.

Entonces, ¿qué es lo que había pretendido? Mientras se despojaba su indumentaria de mujer, Hinata le daba vueltas a aquello.

Si ella hubiera accedido a venderse por unas pocas horas, sin duda, él hubiera seguido adelante con el trato, pero no había sido un ofrecimiento. Aún así, él se había resistido a dejarla marchar y el beso le había parecido caro. Tampoco comprendía cuál había sido su propósito y eso le asustaba.

Cuando ella había sido lady Hinata Hyūga en Londres, Menma no la había intimidado. Simplemente, le había producido cierta turbación. Pero ahora, al ser una fugitiva liada con su hermano —cosa que él jamás aprobaría— temblaba de miedo. La conducta de Menma era muy extraña.

Vertió el agua fría de la jarra en la palangana y se enjuagó el sudor, la nata y los cosméticos. Sonrojándose, se limpió las huellas de la cópula de entre las piernas. Sus manos se quedaron inmóviles.

¿Qué ocurriría si estaba embarazada?

Virgen santa, ¿qué haría en ese caso? ¡Debía haberse vuelto loca! Su padre seguramente la mataría. Se colocó las manos sobre el abdomen, como si fuera a notar ya algún cambio.

Después, las retiró. Ya se enfrentaría a ese desastre a su debido tiempo. Sin embargo, al pensar que podía traer al mundo un hijo de Naruto, un secreto anhelo se instaló en su interior. Otra razón más para escapar.

Él, sin saberlo, había hecho el amor con una joven dama soltera, y aunque pensara que no era virgen, ella sabía que Naruto Namikaze sentiría que tenía que casarse con ella. Un hijo sellaría definitivamente su destino.

No podía atraparlo con aquel truco barato. No podía forzarlo a contraer un matrimonio que arruinaría su carrera y lo apartaría para siempre de su familia. Se apresuró a hacer desaparecer las pruebas de su mascarada.

Volvió a meter la peluca en el baúl, pero luego se dio cuenta de que aquello revelaría inmediatamente a Naruto quién había sido la misteriosa dama. La sacó y la arrojó al fondo del armario de Yahiko con la esperanza de que Naruto se olvidara de su existencia. Hizo lo mismo con las ropas y la máscara.

Cogió el alfiler con la perla y se preguntó qué hacer con él. Estuvo tentada de dejarlo allí, aunque sentía que era un regalo que le habían ofrecido honestamente.

¿Qué había querido decir Menma con su última pregunta acerca de los besos que había recibido aquella noche?

Viniendo de otro hombre, hubiera pensado que se trataba de resentimiento por no haberla complacido. Pero aquél no era el estilo de Menma.

Nuevamente, la perplejidad ante aquella conducta le produjo miedo. Se prendió el alfiler en la bocamanga de la chaqueta. Si las cosas se ponían muy mal, tal vez algún día pudiera costearse con él unas cuantas comidas.

Se puso su propia peluca en la cabeza y la cubrió con el sombrero gacho de ala flexible. Otra vez Hiroshi le miraba desde el espejo. Su tratro de la pasada noche, encendido por la pasión, se superponía solo la imagen real. Casi podía imaginar a Naruto detrás de ella, acariciándola...

Abandonó con esfuerzo aquellas divagaciones y se dijo que debía apresurarse. Rebuscó en el uniforme de Naruto y encontró su dinero, tomo la mitad.

Durante un instante de debilidad, se aferró a su chaquetón rojo y absorbió su aroma. Santo cielo, ¿cómo iba a dejarlo? Santo cielo, ¿cómo iba a quedarse?

Después de la última noche, sería imposible mantener la mascarada. Y, ahora más que nunca, no podía decirle la verdad. Sería cómo atraparlo con un engaño. O tal vez aún peor. Tal vez la misteriosa dama con la que había hecho el amor había llegado a importarle.

Recordó la vehemencia con la que él le había exigido que le revelara sus secretos. Tal vez le diera por buscar a Natsu. Bien, pues tanto Natsu como Hiroshi iban a desaparecer. Hinata se quedó helada.

Si ambos desaparecían, ¿se le ocurriría a él relacionarlos? Seguramente, su mente no tardaría mucho en iluminarse. Se cubrió la cara con las temblorosas manos. ¿Correría él más riesgos si ella se quedaba, o si se iba?

Empezó a pasearse por la habitación. Súbitamente, supo lo que tenía que hacer. Debía quedarse. Por el bien de Naruto, tenía que continuar con aquella charada.

Volvió a poner el dinero en su sitio. Se estudió de nuevo en el espejo de cuerpo entero para asegurarse de que no quedaba ni rastro de Natsu. Tenía los labios más rojos y carnosos que de costumbre, pero eso era todo.

Se llevó la mano a la entrepierna. La pasada noche le había enseñado que la virilidad era algo más bien visible. Tenía suerte de que no la hubieran descubierto todavía. Afortunadamente nadie había sospechado nada y la doble capa de pantalones ayudaba mucho. Si Naruto albergaba algún recelo, había que hacer algo para contrarrestarlo.

Volvió al baúl y sacó la lana que había dado forma al pecho de Naruto. Hizo un rollo cilíndrico con ella, pensando en Naruto, duro y flácido, y tratando de calcular el tamaño adecuado. El tamaño nacido valdría. No tenía ninguna intención de que nadie pensara que se hallaba en estado de excitación.

Se dio cuenta de que se había quedado plantada allí de pie, con las manos inmóviles, recordando... No era justo. ¿Por qué no podían tener una oportunidad? Se acordó de los nombres que había recopilado y de la carta. Quizás encontrara la manera de usarlos. Quizá diera con la mujer que le había roto el himen. Quizás Toneri Ōtsutsuki confesara.

Quizá, quizá, quizá.

Eran posibilidades remotas. Una buena parte del mundo no creería jamás en su honestidad, pero ella intentaría que así fuera. Lucharía.

Miró el rollo de lana gris y se lo metió por dentro de los pantalones, añadiendo otra pelota en la intersección de sus muslos. Volvió a examinarse en el espejo y asintió.

La ilusión era sutil, pero si alguien tenía dudas acerca de su género y miraba, o incluso tocaba, cualquier incertidumbre desaparecería. Esperaba que aquello le sirviera también con Naruto.

Comprobó minuciosamente que no quedaba ni rastro de Natsu. Después, desordenó la cama, para que pareciera que había dormido allí, y se sentó a esperar.

Poco después, llamaron a la puerta. Hinata la abrió una rendija y dejó pasar a Naruto. ¿La miraba intensamente, o era cosa de sus nervios y de las ganas que tenía de echarse en sus brazos?

—Espero que hayas tenido una noche tranquila, joven Hiroshi.

—Pasable —dijo Hinata con reserva—. Supongo que tú no. Él la miró desde debajo de unos párpados que le pesaban, a causa de la noche de amor y la falta de sueño.

—¿Por qué supones eso?

—Porque no has regresado aquí. Sólo puedo pensar que encontraste otra cama, pero no para dormir.

El empezó a quitarse el traje y a ponerse el uniforme.

—Oh, algo he dormido, pero si me adormilo en la carretera, confío en que la mitad virtuosa de nuestra expedición me conduzca hasta Maidenhead.

La palabra Maidenhead (NOTA: Maidenhead significa virginidad.) hizo que Hinata se ruborizara, lo que fue una solemne estupidez. Para ocultarlo, se puso a meter el traje de Naruto en el baúl y, al hacerlo, notó un crujido en el bolsillo. ¿No había encontrado aquel hombre todavía la nota?

¿Qué podía hacer ella entonces? Menma la preocupaba. Difícilmente podía hacerlos prisioneros, pero, si se topaban con él, seguramente les entretendría.

—¿Quieres conservar este papel? —preguntó ella, tendiéndoselo.

Él lo cogió sorprendido y lo leyó.

—¡Cielos!

—¿Qué pasa?

Naruto le lanzó una mirada.

—Menma está aquí.

—¿Esa nota es suya?

—¡Qué va! Alguien ha querido avisarme. Me pregunto quién habrá sido.

—¿Querrá detenemos?

—No —dijo Naruto tajantemente—. Pero el único motivo por el que puede hallarse en un lugar como éste soy yo. Me temo que nos sigue los pasos muy de cerca.

—¿Por qué te iba a perseguir de ese modo?

—Siempre tiene que meter las narices en todo. —Se estiró el uniforme, inspeccionó la habitación y cerró la hebilla del arcón. Una vez más, la más mínima mención de su hermano le hacía perder los nervios.

—¿Listo?

Hinata se quedó sorprendida de la facilidad con la que habían vuelto a los papeles de Hiroshi y Natsu. Incluso llegó a sentirse un poco celosa de la licenciosa Natsu con la que había pasado la noche. Sacudió la cabeza para espantar aquella idea disparatada y salió de la estancia tras él.

El se encaminó a las escaleras principales, pero ella, acordándose de Menma, le tiró de la manga.

—Hay... Tiene que haber una escalera secundaria al fondo del edificio. Él arqueó una ceja.

—No somos unos fugitivos. Estamos aquí porque nos han invitado.

—¿Y qué me dices de tu hermano? La barbilla de Naruto se tensó.

—No voy a salir a hurtadillas por la escalera de servicio para evitar a Menma.

—Muy bien —replicó ella—. Vete al infierno por el camino que más te plazca.

Él dudó unos instantes, después, partió en dirección opuesta al vestíbulo principal. Tras bajar todos los peldaños de la otra escalinata, Naruto se metió por un pasillo que les llevó a las dependencias de los criados.

La casa parecía inerte con aquella grisácea luz matutina. La cocina estaba fría y desierta. O casi desierta: descubrieron a tres sirvientes acurrucados en unas mantas junto al fuego.

Naruto sacudió la cabeza, aunque con una leve sonrisa.

—Cuando Yahiko da una fiesta, al mundo le duele la cabeza. Este acontecimiento pasará a los anales de la historia.

Encontró la despensa y se agenció medio pastel de carne frío, una barra de pan casero, un buen pedazo de queso y algunas manzanas. Sirvió dos jarras de cerveza de un pequeño barril y le pasó una a Hinata.

Ella se la bebió.

—¿No vamos a desayunar en la posada?

—No vamos a ir a la posada. Si Menma está aquí, seguramente sabrá que hemos dejado los caballos en el Ángel. Y habrá puesto vigilancia. Intentaremos tomar prestados un par de caballos de Yahiko, sin armar mucho jaleo.

Hinata no pudo resistirse.

—Creía que no ibas a andar escondiéndote por temor a Menma. Él le lanzó una brevísima y desagradable mirada.

—Lo único que hago es tratar de evitar una confrontación directa. Vamos.

En el exterior, la densa llovizna se les metió dentro, con su gélida humedad. Hinata se estremeció y se apretó la capa al cuerpo.

Les costó un tiempo encontrar los establos en aquel mundo gris, pero finalmente, se hallaron en el interior de éstos examinando las hileras de caballos. Aquel lugar, sin embargo, no estaba del todo abandonado. Un anciano se les acercó renqueante.

—¿Necesitan sus caballos, señores? —Les observó con el normal recelo—. No contaba con que nadie se levantara tan pronto esta mañana.

—No creo que lo hagan muchos más —dijo Naruto con desenvoltura—. Soy lord Naruto Namikaze y me halló en misión del gobierno. Lord Yahiko me prometió dejarme usar dos de sus caballos.

El hombre se quedó indeciso, pero no tenía ninguna intención de oponerse a una autoridad tan firme. Fue a ensillar dos pura sangre. Naruto le dio a Hinata el baúl y ayudó al hombre.

Cuando hubieron montado, Naruto preguntó, como que no quiere la cosa:

—Creo que está aquí mi hermano, el marqués de Rasengan. Imagino que no se habrá levantado todavía.

—Nadie lo ha hecho, excepto usted, milord.

—Ah, vale. Si acaso lo ve, dígale que lamento no haberle visto.

Tras estas palabras, los jinetes apremiaron a los caballos para que liarán del patio y se dirigieran por la senda que llevaba a la carreta. Hinata no le iba a la zaga.

—¿No habría sido más sensato sobornar a ese hombre para que guardara silencio?

—Menma le pagaría más para que hablara.

—Entonces, lo que has hecho es plantearle un desafío. Naruto sonrió, dejando ver por un instante el destello de su dentadura.

—Para cuando se levante y desayune, estaremos ya en Maidenhead. Que nos coja entonces, si quiere.

Él apretó el paso y se adelantó, mientras Hinata murmuraba unos cuantos calificativos escogidos a sus espaldas. La inquina que le valía a su hermano podía resultar catastrófica, pero ella no podía advertirle de que Menma estaba ya levantado y al acecho, sin, al mismo tiempo, revelar su propio secreto.

Siguieron cabalgando hasta que encontraron un mojón que arrogaba alguna luz sobre dónde se encontraban.

—Lo peor de todo esto —dijo Naruto—, es que durante ese último trayecto en el carruaje, me despisté y no sé bien dónde nos hallamos.

—Sin duda, te distrajiste a causa de las hermosas canciones.

—Sabes qué te digo, joven Hiroshi, que te vas a convertir en un muchacho de lo más aburrido como no aprendas a divertirte un poco.

—Te aseguro que, cuando las circunstancias son propicias, sé disfrutar de lo lindo.

—¿Ah, sí? Me gustaría verlo. Hinata ocultó una secreta sonrisa.

Naruto ocultó asimismo una secreta sonrisa, el espíritu de la chica parecía tan fuerte como de costumbre. Después, escudriñó el encapotado cielo, que se mostraba más brillante allí donde el sol pugnaba por salir.

—Una cosa está clara, tenemos que ir hacia el norte. En algún punto nos cruzaremos con una carretera que vaya a Londres.

Al cabo de una hora, había dejado de lloviznar y la neblina se había esfumado. Se detuvieron y compartieron la empanada. Naruto bostezaba. Hinata tuvo que luchar para no hacer lo mismo. ¿Cuánto habían dormido aquella pasada noche? No más de tres o cuatro horas.

—¿Cansado, milord? — le preguntó ella con dulzura.

—Un poco. ¿Y tú? Te veo un poco rígido. Tal vez no estés acostumbrado a... cabalgar tanto.

Hinata no levantó la sonrosada cara. Él no sabía ni la mitad. Tenía los músculos tensos a causa del viaje a caballo del día anterior, pero, si tenía la entrepierna tan sensible, era de hacer el amor.

—No importa —dijo él, dándole una palmadita de aliento en la espalda—. Ya no nos deben de quedar más de seis millas.

Pronto llegaron a la carretera de Oxford y, en una casa de postas llamada Five Rings, descubrieron que Maidenhead quedaba a tan sólo dos millas al este. Siguieron a medio galope por la concurrida calzada, dejando atrás a carreteros, conductores de ganado y gente a pie, y eran adelantados por diligencias y carruajes privados.

Hinata se quedó súbitamente sin aliento y tiró de las riendas.

—¿Qué pasa? —preguntó Naruto.

—Acaba de pasar el coche de mi padre.

—¿En qué dirección?

—Hacia el este, hacia Maidenhead. Detengámonos pues. Vamos a darle una buena ventaja.

Naruto puso fugazmente su mano sobre la de Hinata—. No te preocupes. Ya sabíamos que andaba por aquí. Y Toneri Ōtsutsuki también, seguro, a no ser que todavía esté peinando la zona más al sur, en busca de la señora Inchcliff. No nos buscan a nosotros —por lo menos a mí.

La visión del carruaje de su padre había hecho que todo el terror que el conde le inspiraba a Hinata volviera a apoderarse de ella. Pero la muchacha sabía lo que tenía que hacer.

—Naruto —dijo ella.

—¿Sí?

—Lo importante es llevarle el mensaje al mayor Sarutobi. Si, por algún motivo, mi padre me encuentra, tienes que escaparte y continuar con nuestra misión.

El frunció ligeramente el ceño.

—¿Y dejar que tú sufras las consecuencias de su ira por haber abandonado tu reclusión?

A Hinata se le hizo un nudo en el estómago al pensar en la cólera que dominaría a su padre si la encontraba vagando por el país vestida de chico. Pero consiguió hablar con tono arrogante.

—Me llevaré una regañina por irme de la cabaña de Nana, pero eso no es tan grave.

—Pues Hanabi parece temer de veras a tu padre. ¿Por qué no quiere recurrir a la ayuda del conde?

—Por que le impediría casarse con Konohamaru.

—Si no fuera por eso, ¿se sentiría segura con él? Hinata sabía que tenía que tranquilizarlo.

—Sí. ¿Por qué no?

—Simplemente, me lo preguntaba.

—Es un hombre muy estricto, que cree tener derecho a dirigir las vidas de sus hijas. Eso es todo.

—Y de sus hijos —añadió él, puntualizando. Naruto el Protector. Hinata necesitaba que se concentrara únicamente en los problemas de Hanabi.

—Yo todavía soy un escolar —señaló ella—, y debería estar haciendo lo que me mandan.

—Creo que te pegará.

Ella se encogió de hombros.

—Es muy probable. Pero no me voy morir por eso. Naruto asintió y ambos siguieron avanzando.

Hinata no sabía lo que el conde podía hacer con ella si llegaba a cogerla. Nunca antes se había visto envuelta en nada tan escandaloso. Después de todo, su padre sabía que ella no había invitado realmente Ōtsutsuki a su cama. Los azotes de entonces habían pretendido forzarla a aceptar aquel matrimonio. El conde, obviamente, había esperado que ella se derrumbara al causarle un poquito de dolor.

Hinata había descubierto que él tenía una gran habilidad para causar «un poquito de dolor».

Su padre no había tratado de causarle ningún daño permanente ni de dejarle ninguna cicatriz, aunque en una ocasión, la actitud desafortunada de su hija le había producido una ira casi asesina.

Eso había sido cuando ella empezó a poner en duda la cordura del hombre y a temer verdaderamente por su vida. Él, no obstante, se había controlado, sin llegar a perder los estribos.

El que había estado más cerca de romperle el cuello había sido su hermano Neji. Tenía un carácter bastante impetuoso y estaba convencido de que ella había mancillado el honor de la familia.

Ahora, sin embargo, Hinata se sentía con fuerzas para hacer frente a Neji, incluso si él le echaba las manos al cuello. Pero, la idea de encarar a su padre hacía que le temblaran las rodillas.

—Ya casi hemos llegado —dijo Naruto—. Mantén los ojos bien abiertos y la cabeza gacha.

—Eso parece un poco difícil. El esbozó una sonrisa.

—Nunca he dicho que esto fuera a ser fácil.

—Sí, sí que lo has dicho. Él se echó a reír.

Llegaron a las primeras casitas de Maidenhead cuando el reloj de la iglesia daba las once. Ya no se veía al conde, pero era lógico pensar que se hallaría hospedado en una de las muchas posadas.

Maidenhead estaba en la concurrida carretera de Bath y contaba con un buen número de casas de postas. Por su bulliciosa calle principal, se apiñaban diligencias y carruajes. La gente salía y entraba apresuradamente de las tiendas.

Naruto desmontó de su caballo y le indicó a Hinata que hiciera lo mismo.

—Así llamarás menos la atención. Hay que encontrar un lugar seguro para ti. Después podré ir a buscar a Sarutobi. No hay cuartel aquí, pero, aunque él debe estar alojado en casa de alguien, tiene que haber un puesto de mando.

Hinata quería permanecer a su lado, pero sabía que no era sensato. Ella supondría un gran riesgo para la operación.

—Si pudiéramos saber en qué posada está mi padre...

Naruto se detuvo ante el Fleece Inn, en cuya entrada revoloteaba un mozo de establo, atento a los posibles clientes.

—Buenos días —dijo Naruto—. ¿Sabrías decirme si el conde de Byakugan se hospeda aquí?

—No, capitán —dijo el hombre—. Está en el Bear. Naruto le lanzó un penique y siguió su camino.

—Entonces, evitaremos el Bear. Seguramente, tendrá vigiladas todas las posadas, pero no nos busca ni a ti ni a mí.

Se pararon en el Saracens Head. Hinata se bajó el ala del sombrero antes de hacer que su caballo entrara en el patio. Los mozos les salieron al paso para hacerse cargo de los caballos y, ellos dos se encontraron pronto en el interior del hostal.

Naruto reservó una alcoba privada y un salón y entabló conversación con el posadero. Hablaron de las personas insignes que se hallaban presentes en aquellos momentos en Maidenhead, de la presencia del ejército y del extraño caso de la extraviada lady Ōtsutsuki, cuyo cartel parecía estar por todas partes.

Para cuando llegaron a sus habitaciones, sabían que el conde de Byakugan había ido de un lado para otro por la carretera de Bath, tratando de encontrar a su hija; que una compañía de infantería que se preparaba para partir a tierras continentales estaba alojada en la ciudad bajo el mando del mayor Konohamaru Sarutobi; que el mayor tenía su cuartel general en Cross House, Junto al río; y que todo el mundo se temía que la pobre dama estuviera muerta.

Se estaba rastreando el curso del río en busca de su cuerpo y el de su bebé. Naruto instaló a Hinata en los aposentos con todo aquello que necesitaba.

—Tú te quedarás aquí.

—Muy bien. —Ella no pudo evitar la súplica—: No tardes mucho.

—No creo que me lleve mucho tiempo. Podrías ir pensando qué hacer en caso de que Sarutobi no quiera saber nada de nuestro plan. Podría poner su carrera en peligro.

Hinata levantó la barbilla.

—No le fallará a Hanabi. ¿Me estás diciendo que pondrías tu carrera por delante de tu amor verdadero?

—¿Quién dice que yo lo tenga? Pero no —admitió el suavemente—, no lo haría. Sin embargo, yo tengo algunas rentas, además de mí, y una familia poderosa que me respalda. ¿Qué me dices de Sarutobi?

—Tiene una pequeña hacienda, pero su familia no se puede comparar a la tuya.

—Bueno, veremos lo que dice. —Parecía que le costaba irse—. Quédate aquí —repitió—. No vayas a inquietarte y salir por ahí. Y cierra la puerta. No hay razón para que nadie te importune.

—Vale —dijo ella con impaciencia—. No soy tonto. Cuanto antes te vayas, antes acabaremos con todo esto.

Cuando él se hubo marchado, ella hizo girar la llave en la cerradura. Aquella acción resultaba extrañamente similar a la de la noche anterior, sólo que esta vez Hinata no tenían ninguna intención de escabullirse de la habitación bajo ninguna apariencia.

Se sentó junto a la ventana que daba a la bulliciosa calle. Mientras contemplaba la muda escena, trataba de encontrar alguna salida para su propio futuro.

Si encontraba a la mujer que le había robado su virginidad, tal vez lograra obligarla a confesar. Podía amenazar con poner al descubierto a Shion Katou si ésta no modificaba su relato de los hechos, remplazar a otras mujeres presentes en la orgía para que la apoyaran.

Todo aquello parecía bastante fantástico. Si las mujeres decían que estaba mintiendo, ¿quién iba a creerla? Y para poder contar su historia tendría que admitir que ella misma había estado en aquella Orgia.

Su única prueba sustancial era la carta. La sacó y se puso a estudiarla. Era verdaderamente bastante escandalosa y, tras una noche de amor, Hinata la comprendía mucho mejor.

... sueño contigo. Hércules mío. Atlas mío, cuando yazgo en la fría cama del deber conyugal. Pienso en tu poderosa vara dentro de mi bolsillo de seda. Flojo cree que es él quien me hace gemir. Cuando nos vimos la semana pasada en el teatro, llevaba tu pañuelo entre las piernas. ¿Se te abulta al pensar en ello? Te aseguro que la seda con tus iníciales enseguida se empapó con mi deseo. Volveré a hacer lo mismo, así que piensa en ello la próxima vez que nos encontremos.

¿Querrás hacer otro tanto por mí? Te adjunto el lazo de mi camisola rosa —esa que no habrás olvidado—. Llévalo atado sobre tu cuerpo cuando vayamos a coincidir, pero no demasiado fuerte, mi noble semental, no vayas a morir por ello.

Oh, suspiro por tí incluso cuando escribo estas líneas. No puedo soportarlo. Iré. Te lo prometo. Me arriesgaré a todo por tí...

Cuando Hinata leyó la nota por primera vez, se sintió asqueada por su tono libidinoso. El hecho de que una matrona de la buena sociedad hubiera perdido de ese modo la discreción la había escandalizado. Pero, ahora, sobre todo sentía envidia.

Estaba sin duda escrita por la propia lady Katou y podía arruinar su reputación, pero Hinata no estaba segura de ser capaz de causar a otra los sufrimientos que ella misma había tenido que soportar.

Después de todo, ¿qué había hecho Shion Katou, sino decirle a todo el mundo la verdad: que había descubierto a Hinata Hyūga en la cama con un hombre? No podía pedirle que mintiera.

Apoyó la cabeza sobre la mano. Lo mejor sería pensar en un lugar en el que estuviera a salvo de su padre. Su institutriz favorita se había casado con un vicario de Westmorland. Un lugar que parecía lo suficientemente apartado.

Se echó hacia atrás de un respingo. Al otro lado de la calle, había visto a un hombre que, tras quedársela mirando, se largaba de allí. No creía que la hubiera reconocido, sin embargo, había percibido algo ruin en los movimientos de aquel individuo...

¡Qué idea tan estúpida la de sentarse al lado de la ventana! Se puso de pie de un salto. ¿Qué podía hacer ahora?

Le había prometido a Naruto que no se iría, pero no podía quedarse en aquella habitación como un conejo en su madriguera, esperando al terrier. Cogió algún dinero del equipaje y salió corriendo, escaleras abajo.

No había nadie sospechoso en el vestíbulo de entrada. Tal vez alguien estuviera vigilando el lugar, pero nadie mostró ningún interés por su persona. Se metió por un pasillo que llevaba a la cocina y, al abrir la puerta de ésta, sorprendió al posadero sentado a la mesa y cenando. Este, al verla, se levantó, no muy complacido.

—¿Quería algo, joven? Debería usted haber hecho sonar su timbre.

Hinata sabía que tenía que evitar caer en manos de su padre, pero también debía evitar que la relacionaran con Naruto. Se había inventado una historia. No es que fuera muy creíble: todo dependía de que el hospedero se dejara comprar. Le dedicó una cándida sonrisa.

—Me temo que debo confesarle algo, señor. Verá, me he escapado de casa. Estoy pensando en alistarme en el ejército pero mi padre no le deja. Dice que soy demasiado joven. El capitán Namikaze me ayudó cuando estaba en apuros y ahora va a arreglar las cosas para que pueda unirme a su regimiento. Pero acabo de ver a mi padre en la casa y me da miedo que no entienda la participación del capitán en este punto. Es un hombre importante y podría ocasionarle problemas, así que me voy a esconder hasta que el capitán regrese. Por favor, no le diga a mi padre que he estado aquí. —Y depositó tres guineas sobre la mesa. El posadero se quedó mirando las monedas durante un instante.

Acto seguido, éstas desaparecieron en el interior de su bolsillo.

—Vaya, que me zurzan muchacho. ¡Estar en contra de que su hijo se una al ejército de Su Majestad! ¿A dónde va a ir a parar el mundo? Por qué no sales por ahí y te quedas por la zona de los caballos? Allí estarás a salvo, y yo se lo diré al capitán cuando regrese.

Hinata le dedicó una amplia sonrisa y salió corriendo por la puerta. En el patio había un coche a punto de partir, pero no parecía presentar ningún peligro para ella, así que caminó despacio hasta los caballos.

Tan pronto como entró allí, alguien la agarró por detrás. Una mano le cubrió la boca y la otra le enganchó la entrepierna. Esta última retrocedió como si la hubieran mordido y Hinata quedó libre. Hubiera querido echar a correr, pero sabía que, si quería salir airosa de aquel trance, tenía que encararlos.

—¿Qué demonios...? —gritó la muchacha, dándose la vuelta. Los dos hombres menudos se miraron el uno al otro nerviosos. Gracias a Dios, se trataba de dos completos extraños.

—Lo sentimos, chaval. Andamos buscando a una joven dama que se ha escapado de su casa. Pensábamos que tú eras ella.

Hinata separó bien las piernas y colocó las manos sobre las caderas, tratando de parecer un petulante mozo de establo.

—¿Una joven dama? Iros a la mierda, ¿tengo pinta de ser una joven dama?

—No, muchacho. Y baja la voz. Vas a espantar a esa señorita. Hinata les examinó.

—No sé qué es lo que os traéis entre manos. —Eligió un caballo al azar y simuló estar ocupado reponiendo el heno y llenando el cubo de agua. El corazón le iba al galope de puro miedo. Gracias a Dios, había puesto relleno en los pantalones.

Ayer mismo, la hubieran cogido. Le resultaba difícil mantener la calma. Finalmente, retrocedió sobre sus pasos, pasó por delante de los dos individuos, lanzándoles una mirada llena de suspicacia, y continuó andando hasta llegar al ajetreado patio de la posada. No tenía ni idea de lo que debía hacer ahora, pero sabía que tenía que mantenerse apartada de Naruto. Se encaminó a la calle.

La encontró más tranquila que antes, ya que mucha gente debía estar comiendo. Se sintió a merced de las miradas ajenas.

¿Dónde podía ir? A la iglesia. Dirigió sus pasos hacia la torre, tratando de llevar el mismo paso que el resto de la gente que caminaba por la cera, parándose de vez en cuando para mirar un escaparate y comprobar que no la perseguían. Estaba absorta mirando una colección de piezas de porcelana cuando una mano le enganchó por el cuello de la chaqueta.

—¡Maldita sea tu estampa! ¡Cuando padre me lo dijo no me lo podía creer!

Reflejada en el escaparate, Hinata vio la imagen de su hermano Neji.