— No puedo creer que de verdad hayas dejado quedarse a esos mocosos, Emma — reprochó Ray, con gesto fastidiado mientras se apretaba el puente de la nariz.
Emma le dedicó una sonrisa de medio lado —. ¿Qué tiene de mano, Ray? Ellos dijeron que podían cultivar sus propios cultivos y que no nos molestarían.
Ray suspiró, rendido. Dejándose caer en la cama, totalmente exhausto —. Siempre haces lo que quieres.
Emma se sentó a su lado, con una pequeña sonrisa —. Y tú siempre me apoyas y sigues.
— Te apoyo cuando no nos perjudique, y te sigo para que no te pase alguna estupidez. Porque aunque logres hacer posible lo imposible, te lastimas en el proceso — le dio la espalda. Emma sabía que Ray estaba diciendo la verdad y también, que estaba preocupado; por ello, terminó por acostarse a su lado y recargar su frente en su espalda, con una sonrisa culpable.
—... Se te olvidó también que, muchas veces termino arrastrándote y metiéndote en problemas.
—... Al menos, han sido problemas que pueden ser resueltos fácil y rápidamente. En ocasiones — suspiró ligeramente, cerrando los ojos. Calmándose un poco.
— Lo siento... Pero ellos, me recordaron a nosotros y, no podía simplemente hacerme de la vista gorda.
— Nunca puedes, y esa es tu bendición como tú maldición.
— Y es que, a veces siento que yo...
— Emma — lo llamó Ray, dándose la vuelta, mirándola fijamente a los ojos, sereno —, tú no tienes el deber ni la obligación de salvar a nadie, ni siquiera al mundo. Eso es algo que sólo tú has creído.
— Pero no fui capaz de evitar la cosecha de Norman, y tampoco pude evitar la muerte de nuestra familia en Goldy Pond — Ray acunó su mejilla en su mano, acariciándola. Estremeciéndola, provocando la caída de algunas lágrimas —... Soy responsable de ello.
— No lo eres. Ni de lo que le ocurrió a Norman, ni a los demás... Las cosas sucedieron por una razón, y esa, no eres tú.
—... ¿Cómo es que todavía no te has ido de mi lado, Ray?
— Porque somos compañeros. Estamos juntos en esto.
Es todo o nada.
— Ray...
— Está bien llorar, Emma — la abrazó, haciéndola esconder su rostro en su pecho mientras peinaba sus cabellos con gentileza —... Tú también, puedes hacerlo.
Y Emma sollozó para finalmente, llorar.
Porque sí ella era, el sol, el día. Entonces él sería la luna, la noche.
Ambos, destinados a ser compañeros por la eternidad.
Y si uno caía, entonces el otro también. Sencillamente.
