13 Marcada


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


De regreso en el campamento, bajo los rayos del sol poniente, los soldados alinean a los traidores.

Soy una de ellos.

Los nuevos cautivos ya habían jurado lealtad, o estaban muertos.

Ahora era nuestro turno de ser juzgados.

Soy empujada hacia adelante, hacia el claro, con mis manos atadas. La gente me está gritando, su odio es una cosa palpable. Le hacen esto a cada traidor y aun así soy señalada por la multitud, sin duda porque ahora todos saben sobre mi relación con Guerra.

El jinete está sentado en su trono en la cabeza del claro. Casi me había olvidado de ese trono. Él es una persona distinta allí arriba, diferente a como es en el campo de batalla —sediento de sangre y calculador— y diferente a como suele ser conmigo —amable y gentil. Sentado en ese trono, aun vestido con su ensangrentado atuendo, es arrogante y distante. Aunque, hoy, admito que se ve más agitado de lo normal.

Mientras entro al claro, mantengo mi mentón en alto, a pesar del hecho de que el suelo esta empapado con sangre fresca y los cuerpos de los recientemente asesinados prisioneros yacen apilados en un costado.

La multitud está gritando, escupiendo y furiosa, furiosa, furiosa. Más de una persona nos está arrojando literalmente estiércol de caballo.

Querido Dios, ¿es esto realmente lo que querías? ¿Convertir a hombres en demonios y dejar que el infierno gobierne la tierra?

Nuestra línea es forzada a encarar a Guerra.

Nos mira a todos, su aburrida mirada se mueve de traidor en traidor hasta que sus ojos celestes aterrizan en mí. Por un instante, hay una chispa de alivio. Luego su rostro se endurece.

No estoy segura, pero tengo la impresión de que ninguno de sus jinetes le dijo sobre mi paradero. Supongo que querían darle un enfoque más dramático, más público a todo el asunto.

Guerra se pone de pie y la multitud se calla. No sé lo que él está pensando, lo que ocurre detrás de sus ojos turbulentos. Es seguramente pesar porque por segunda vez hoy, estoy minando todos sus cuidadosamente elaborados planes.

Hinata. —Su voz se extiende por todo el campamento y nadie es inmune a ella.

La gente hace una pausa al arrojar estiércol para poder mirar al jinete y luego a mí.

Su mirada cae en mi garganta y luego a mis manos atadas.

Cuando me mira nuevamente, hay un filo en sus ojos.

—Libérenla. —No intenta hablar en lenguas.

—Mi señor —objeta uno de los jinetes fobos, dando un paso lejos de los otros jinetes—. Ella asesinó a uno de sus jinetes.

No reconozco al hombre que habla, pero sé que no es el soldado que me capturó hoy. Ese había resultado ser Hidan, el mismo jinete fobos que también me había atrapado merodeando fuera de la tienda de Guerra cuando el jinete estaba discutiendo estrategias de batalla con sus hombres. En este momento, Hidan está de pie junto a los otros jinetes, su mandíbula apretada.

—¿Por qué la mantienes cerca? —demanda este nuevo jinete fobos, entrando al claro.

Guerra luce aburrido cuando mira a este hombre.

Varios soldados se están acercando a mí, presumiblemente siguiendo la orden de Guerra de liberarme, pero sus expresiones son duras. Está claro que creen que yo debería morir hoy. Se acercan a mi costado y me toman por mis brazos, guiándome lejos de la alineación.

—Ella mata a nuestros hombres, sabotea tus planes, ¿y aun así la perdonas? ¿A ella? —dice el jinete fobos, indignado—. Nunca antes habías hecho excepciones. Por qué ahora, ¿y por qué? ¿Una puta?

Los ojos de Guerra se estrechan.

—¿Kikle vležoš di je rizvoroš maetovlegeve

ika no ja rizberiš Vlegi? —dice el jinete, volviendo ahora a una de sus lenguas muertas.

¿Cómo podrías entender mis motivos si no comprendes a Dios?

—¿Ha hecho ella débil tu mente, jinete? —En este punto, el jinete fobos simplemente parece estar provocando abiertamente a Guerra, lo cual nunca es una buena idea al lidiar con un tipo que disfruta con el derramamiento de sangre.

El jinete da un ominoso paso hacia adelante y la multitud se agita con inquietud. Él toma otro y otro, descendiendo de su tarima y entrando al claro.

Se aproxima al hombre hasta que se cierne sobre su jinete. Ocurre tan rápido que apenas si tengo tiempo de registrarlo.

Guerra saca una daga de su cadera y la empuja a través del corazón del soldado. Los labios del jinete se separan y sus ojos están tan abiertos como los del jinete fobos que maté antes, como si la muerte llegara de sorpresa a él.

Guerra retira su arma y la sangre sale como una cascada por la herida abierta.

El jinete fobos se ahoga un poco, su mirada gira sobre todas las calladas personas. Se tambalea por un momento y luego cae al piso, muerto.

La sangre del jinete fobos no se ha enfriado para cuando Guerra se hace camino entre los soldados y me saca de allí.

Está callado mientras me carga de vuelta a su tienda. No me molesto en decirle que puedo caminar. No estoy muy interesada en oponerme a él en este momento, cuando ha desafiado sus propias convenciones dos veces en un día por mí.

Detrás nuestro, la multitud está en silencio, pero una vez que estamos bien fuera del rango de visión, escucho aumentar nuevamente el ruido y entonces, todo de una vez, la multitud parece rugir, sin duda como resultado de las ejecuciones del resto de los traidores.

Cierro mis ojos ante el pensamiento de toda esa gente con la que estuve hace unos minutos. Ellos se atrevieron a detener al ejército, y murieron por ello.

El jinete me carga hasta su tienda. Solo cuando estamos adentro me baja.

Saca una de sus cuchillas y corta mis ataduras, liberando mis muñecas antes de tirar a un lado la gruesa cuerda.

—Guerra… —comienzo a decir.

No.

Una mirada a su expresión y está claro de que no está jugando. Agitado, comienza a quitarse el resto de sus armas.

—Dios no me envió una esposa —dice en voz baja—, me envió mi castigo.

Me quedo allí, frotando mis muñecas, insegura de donde yacen mis sentimientos. Por un lado, vi muchas espantosas muertes hoy, y este hombre es responsable por todas. Por otro lado, salvó a un niño, y luego me perdonó. Estoy molesta con su mundo, pero también estoy extrañamente en deuda con él.

—No deberías estar atacando a mi ejército —dice duramente.

—¿Por qué no?

¡Porque yo lo digo! —brama. Guerra se voltea hacia mí ahora, su rostro lleno de ira—. Salvé una vida por ti, fui contra mi propia naturaleza para hacerlo, ¿y me agradeces matando a mis hombres?

—¡Ese hombre iba a matarme! Su rostro se agudiza.

—No mientas y pretendas que fue solo un hombre el que mataste.

—¿Por qué repentinamente esto importa? —digo, mi propia voz acalorada—. Tú me diste el arco y flechas sabiendo muy bien lo que pretendía hacer con ellos.

—Creaste disensión en mis filas —dice.

Indudablemente lo hice. Y la gente nos odiará a ambos por ello.

—Ya hay disensión en tus filas, ¿o acaso te has olvidado de que destruiste las ciudades de toda esa gente y asesinaste a sus familias antes de tomarlos prisioneros?

Un músculo en su mandíbula se aprieta.

Guerra viene hacia mí, acercándose tanto que nuestros pechos se tocan.

—He sido indulgente contigo. No volveré a cometer ese error.

Mi corazón cae ante eso. Era solo la indulgencia lo que salvó a Metal Lee. Esa es la parte de él que no quiero que cambie.

Comienza a pasar a mi lado cuando atrapo su brazo.

El jinete se detiene, observándome. Sus ojos siguen furiosos.

—Gracias —digo—. Por salvar al chico.

Guerra se aleja, viéndose un poco molesto, como si me las hubiera arreglado para ofender su delicada sensibilidad.

Sujeto su brazo un poco más fuerte.

—En serio. No puedes saber lo que significa para mí. —Perdonó la vida de un extraño. Es casi intrascendente junto a la cantidad de personas que ha matado, pero nunca había salvado a alguien fuera de su propio interés. No hasta hoy.

Guerra busca mis ojos, quizás buscando validación de que había hecho algo bien, incluso aunque para él se sintiera mal.

Mi garganta palpita y me doy cuenta de que hay cosas que voy a tener que hacer si quiero que Guerra alguna vez considere salvar otra vida.

Muevo mi mano de su brazo hacia la parte posterior de su cuello y tiro de él hacia mí. Cuando está a mi alcance, me paro en las puntas de mis pies y beso cualquier último pesar que pueda tener.

No cae en eso, no de inmediato. Pero una vez que se entrega al beso, se entrega completamente. Sus manos están repentinamente en mi cabello y su acumulada ira se convierte en pasión.

No hay nada tan satisfactorio como una pelea seguida de una follada, había dicho él.

Muéstrale lo agradecida que estás por las vidas que perdonó hoy. Tal vez entonces Guerra considere nuevamente ser indulgente en el futuro.

Con mi corazón latiendo rápido, comienzo a tocar el cuerpo del jinete. Aún lleva su ensangrentada y sucia armadura. Comienzo a tirar de ella.

—Quítate esto —ordeno.

—Primero haces que rompa mis reglas, ¿y ahora me das órdenes?

—dice esto mientras comienza a desvestirnos a ambos—. Estás jugando un delicado y peligroso juego.

—¿No son los juegos peligrosos tus favoritos? —digo. Guerra me acerca.

—Mujer salvaje, yo no juego. —Con eso, me arranca lo último de mi ropa.

Aún estamos ensangrentados por la batalla, pero eso no nos impide unirnos. Lo tiro hacia el piso cubierto de alfombra, su gran cuerpo envolviéndome.

Tomo una de sus manos, enredándola entre las mías. Las marcas de sus nudillos brillan y las beso una por una. Estas manos han causado tantas muertes, pero ahora me salvaron a mí y a otro.

Tal vez un día estas manos dejen de matar por completo. Es una locura desear algo tan descabellado, pero soy adicta a la posibilidad. Es toda la esperanza que me queda.

La polla de Guerra está caliente y dura contra mí y puedo sentir que aun arde dentro de su sistema el zumbido de la batalla. Está prácticamente temblando con la necesidad de enterrarse en mí.

La idea de tener sexo con el jinete es tanto completamente aterradora como estimulante. Me muevo debajo de él, hasta que la cabeza de su polla está presionada contra mi entrada.

Por un instante, las caderas de Guerra presionan hacia adelante, y oh Dios mío esto va a ocurrir. Pero entonces gruñe y se aleja de mí, todo su cuerpo temblando por la abstinencia.

—Criatura celestial, fuiste creada para tentarme. —Guerra está respirando pesadamente—. Pero no te has rendido. No aún. Te tendré completamente solo entonces.

El jinete se acerca y ahueca mi coño. Muy deliberadamente hunde un dedo en él.

—Pero por ahora, esto bastará.


Mientras el resto del campamento, incluido Guerra, están en las juergas más tarde esa noche, me dirijo a la tienda de Tenten, comida en mano. Se ha convertido en lo nuestro, nos llevamos comida cuando hemos tenido un día difícil.

Entro en la tienda sin llamar. En el interior, Metal Lee está dormido en el camastro de Tenten, y mi amiga se sienta a su lado, acariciando su cabello.

Ella se sobresalta cuando entro, su mano buscando su daga. Se relaja cuando me ve.

—Lo siento, debería haberme anunciado —digo.

En respuesta, me atrae hacia ella y me da un fuerte abrazo. No me suelta después de varios segundos, y muy pronto escucho sus sollozos ahogados mientras llora en mi hombro. Hoy fue un día horrible para ella. Perdió a su hermana y su cuñado, y casi perdió a su sobrino.

Le froto la espalda y la sostengo, dejándola derramar todo su dolor. Continúa por mucho tiempo, y sus sollozos son en su mayoría silenciosos, probablemente debido al hecho de que está tratando de dejar que Metal Lee duerma.

—¿Qué le diré? —susurra. Sacudo la cabeza contra ella.

—No sé. —Esta es una situación tan poco natural. No hay palabras fáciles para ello.

Finalmente, sus sollozos se convierten en moqueos, y luego se aleja, secándose los ojos.

—¿Cómo está? —pregunto.

—Está bien —dice, con voz temblorosa—. Quiero decir, está traumatizado, pero vivo. —Su voz se rompe un poco por la palabra—. Eso es más de lo que puedo decir sobre...

Sobre el resto de su familia.

—¿Qué les pasó?

Tenten junta sus piernas contra su pecho.

—Los jinetes de Guerra llegaron a ellos primero. Ni siquiera estaban en su casa cuando llegué allí. Creo que habían intentado huir. Encontré sus cuerpos tirados en la calle...

Metal Lee se agita y Tenten deja que la historia se desvanezca.

—¿Qué sabe él? —pregunto, asintiendo con la cabeza a su sobrino.

Sus rasgos se desmoronan y sacude la cabeza.

—No estoy segura. No ha hablado mucho.

—Al menos te tiene a ti, y tú lo tienes a él.

Tenten toma una respiración profunda y temblorosa y asiente. Se limpia los ojos otra vez y me mira.

—¿Cómo estás tú? —pregunta, reponiéndose. La alarma se precipita en sus ojos—. Oh, Dios mío, esta tarde —dice, como si se diera cuenta de lo que sucedió por primera vez—. Hiciste tanto por mi sobrino, y luego fuiste atrapada por eso, lo siento mucho. —Comienza a llorar de nuevo, y le agarro la mano.

—Oye, oye, oye —le digo—. Me metí en ese lío. No tú. No lo lamentes. Además, Guerra no me dejará morir, así que... —Así que me convierto en la pequeña imbécil que arruina sus planes. Más o menos. Luego tengo que compensarlo en favores sexuales que disfruto más de lo que debería.

—No quiero que sufras por mi situación —dice Tenten.

Sufrir podría no ser la palabra que usaría...

—No lo hago —aseguro.

—Ten cuidado con el jinete —dice—. Lo que hizo hoy... está más que enamorado de ti.

Trago un poco. Asumí que a Guerra le agradaba solo porque creía que su dios me había hecho para él. Pensar que en realidad podría haber sentimientos reales...

No, Tenten debe estar equivocada. Guerra siente pasión y posesión hacia mí, pero nada más.

Absolutamente nada más.


—El Señor de la Guerra quiere verte —dice Kabuto desde el otro lado de mi tienda esa misma noche.

Para entonces, hace mucho que regresé de ver a Tenten y su sobrino. Incluso he logrado terminar de hacer dos flechas.

Dejo a un lado el libro que estoy leyendo, apago mi lámpara de aceite y salgo de la tienda, siguiendo al jinete fobos hacia las habitaciones de Guerra.

De la nada, Kabuto dice:

—Mejor cuida tu espalda, Hinata.

Lo miro bruscamente. ¿Me está amenazando? Se encuentra con mi mirada y luego suspira.

—Los hombres han estado hablando de ti, y no han estado diciendo nada bueno.

No es una amenaza, me doy cuenta, es información privilegiada que está transmitiendo.

—Escucha, Hinata, solo... mantente en guardia —continúa—.

Guerra no elige a sus jinetes fobos por su honor.

Lo que significa que soy una mujer marcada. Mis brazos se ponen de piel de gallina ante eso.

Los dos llegamos a la tienda de Guerra. Kabuto inclina la cabeza, luego retrocede en la oscuridad, dejándome sola.

Respiro hondo y me obligo a dejar de lado esa preocupación para otro momento. Tengo asuntos más inmediatos que tratar. Retiro las aletas de la tienda del jinete y entro.

Solo que... el jinete no se ve por ningún lado. Pánico.

Esta era una trampa. A lo que sea que Kabuto se refería, no iba a suceder en algún momento en el futuro; está a punto de suceder ahora mismo.

Saco mi daga de su vaina justo cuando las aletas de la tienda se retiran. Guerra camina con el torso desnudo y está borracho. Muy borracho.

—Esposa. —Sus ojos se iluminan cuando me ve. Cruza la habitación, ignorando por completo la daga en mi mano. Me quita el pelo de las orejas y me toma la cara entre las manos.

Sus ojos están turbios.

—Acuéstate conmigo.

Por un momento, no respiro. No me muevo en absoluto, a pesar de que esas dos palabras han sacado todo tipo de respuestas inapropiadas de mi cuerpo.

Hace un minuto estaba segura que estaba a punto de ser emboscada; en cambio estoy recibiendo proposiciones. Por un jinete borracho.

—Pensé que querías que me rindiera primero —digo.

—Cambié de opinión. —Sus pulgares acarician mis mejillas, y es tan malditamente tentador. Tan, tan tentador.

Debe ver lo débil que soy porque se inclina y me besa ferozmente.

En el segundo que lo hace, pruebo el licor en su lengua.

Me alejo.

—¿Cuánto bebiste? —pregunto con recelo. Guerra es un hombre grande; es probable que tenga que beber una botella entera de alcohol para llegar a este punto.

—Lo suficiente como para dejar de lado mis reservas.

Acuéstate conmigo.

Recuesto la frente contra su hombro cuando se me ocurre una

idea.

—Aún si quisiera...

—Quieres —dice, su voz segura.

Mi estómago se aprieta ante su voz. Es baja y segura, y suena como un amante, como mi amante.

—¿Qué pasa con la protección? —Algo en lo que claramente no he pensado hasta ahora, aunque definitivamente debería haberlo hecho.

Aleja mi rostro de su hombro, sus ojos turbios se agudizan.

—¿Protección? —dice—. ¿De qué? Soy la encarnación de la guerra. Quien intente enfrentarme se encontrará muerto.

Quiero reír. Quiero derretirme en el piso.

—No es ese tipo de protección —digo.

Oh chico. No esperaba tener esta conversación hoy. Las cejas del jinete se juntan.

—Podría quedar embarazada —digo lentamente.

No puedo decir por su expresión si lo está entendiendo o no.

Tal vez he entendido todo esto mal. Tal vez Guerra no puede tener hijos. Quiero decir, no es un humano común.

Echo un vistazo a su cuerpo lleno de músculos. Seré condenada si alguna vez he visto a un hombre más viril. Siento que una larga mirada suya podría embarazarme.

Mi siguiente pregunta se me escapa.

—¿Alguna vez has embarazado a una mujer?

Esos tatuajes brillantes brillan desde la oscuridad. El jinete me mira, como si estuviera a punto de atacar. De hecho, cuanto más miro, más amenazante parece.

—¿Por qué harías una pregunta así? —dice. Curiosidad sobre todo.

—¿Lo has hecho? —presiono.

Cualquier estado de embriaguez en que se encontraba Guerra cuando entré en su tienda, se ha ido.

—¿Qué crees, Hinata? —Esos ojos violentos están fijos en los míos, y suena particularmente peligroso—. ¿Crees que he embarazado a una mujer mientras me movía por tu tierra? ¿Crees que luego maté a

mi hijo, junto con su madre? ¿O crees que ambos están aquí en algún lugar del campamento, ocultos a la vista?

No lo sé. No lo dejaría pasar por alto, a pesar que parece ofendido. Tan ofendido, de hecho, que ahora estoy bastante segura que a pesar de la fiesta sexual que ha tenido desde su llegada a la tierra, no tiene hijos.

Ese pensamiento debería aliviarme. En cambio, toda la conversación me recuerda todas las razones por las cuales dormir con Guerra es una mala idea. Perder el tiempo con él solo es divertido cuando no tengo que pensar demasiado en ello.

—Venir aquí fue un error —digo. Empiezo a pasar junto a él, hacia la salida.

Me agarra del brazo y me hace girar para mirarlo.

—Esto no fue un error.

—Duerme, Guerra —digo—. Te sentirás mejor una vez que lo hagas.

—Entonces, ¿estás huyendo? —acusa.

—¿No es eso lo que todos los humanos hacemos? —pregunto.

—No tú, mujer salvaje —dice, su expresión oscura y astuta mientras me agarra del brazo—. Peleas incluso cuando no es prudente hacerlo.

—¿Qué harías si embarazas a una mujer? —pregunto. Guerra solo me mira.

No tiene absolutamente ninguna idea, y eso es aterrador por derecho propio.

—Buenas noches, Guerra —digo.

Saco mi brazo de su agarre y dejo su tienda.


No vuelvo a ver a Guerra hasta el día siguiente. Para cuando viene a mí, ya ha regresado de asaltar todas las comunidades satélites alrededor de Arish. Por lo que he visto de Sunagakure hasta ahora, no hay muchas. Aquí afuera, hay desierto, océano, cielo y nada más.

—¿Tuviste resaca? —le pregunto. Me siento fuera de mi tienda, ocupada colocando una punta de flecha de vidrio en un eje de madera terminado.

—¿Una resaca? —Sonríe un poco—. Hubo un breve destello de dolor y algunas náuseas fugaces, pero no lo llamaría resaca.

Una parte de mí está tardíamente sorprendida de que sepa lo que es una resaca, pero ha vivido entre soldados durante un año. Estaba obligado a aprender sobre ellos eventualmente.

—¿Recuerdas nuestra charla? —pregunto—. ¿De ayer por la noche?

Su cara cambia, pero no puedo decir exactamente cuál es su expresión. ¿Meditabundo? ¿Curioso? En este momento es imposible saberlo.

—Hasta el último momento. Increíble.

Toma mi mano.

—Ven, quiero tenerte solo para mí.

Tomo su mano, incluso cuando mis cejas se fruncen.

—¿A dónde vamos? Silba.

—Ya verás.

Un minuto después, Kurama viene galopando hacia nosotros, su abrigo rojo intenso brillando al sol. Todavía tiene su silla de montar y la brida de la redada de la mañana.

El caballo se detiene junto a nosotros.

—¿Cómo logras que haga eso? —pregunto. No necesita ser estabilizado, y llega a la llamada de su amo. No he conocido tantos caballos, pero no creo que esto sea normal.

Guerra se inclina hacia mí.

—Él es tan caballo como yo un hombre.

Buen punto.

El jinete me indica que monte a Kurama. Por un momento, dudo, insegura de querer pasar más tiempo con Guerra del que sea absolutamente necesario. Pero al final, sigo adelante.

Guerra se mece en la silla detrás de mí, tan cerca que sus muslos encierran los míos, y su pecho presiona contra mi espalda. No es la primera vez que comparto una silla de montar con el jinete, pero es la primera vez que lo noto.

Su cabello hace cosquillas contra la piel de mi cuello, y puedo sentir su aliento contra mi mejilla. Un brazo rodea mi cintura, presionándome más profundamente contra él, y no debería estar tan afectada por esto.

Quiero decir, por el amor de Dios, he tenido la polla del hombre en mi boca.

—Quédate conmigo en mi tienda —dice Guerra en mi contra, su aliento se agita en mi oído.

—¿Qué quedará de mí si lo hago? —No quiero decirlo en voz alta, pero las palabras salen de todos modos.

—Esposa, no voy a comerte si te mudas, bueno, te comeré, pero sé que disfrutas ese tipo de cosas.

Siento mis mejillas arder, recordando la sensación de su boca entre mis muslos. Medio giro la cabeza hacia él.

—¿Puedes no decir cosas así?

La mano de Guerra se aprieta contra mi estómago.

—Quédate conmigo, Hinata.

—No, a menos que quieras hacer otro intercambio. El jinete está callado.

—Te das cuenta de que podría simplemente hacerte quedar conmigo.

Así que ha sido amenazado antes.

—Entonces hazlo —digo, sabiendo que no lo hará.

Debe ser extraño para él, un hombre de acción, hacer amenazas vacías. Nunca tuvo que hacerlo antes de mí. Cuando quieres que el

mundo muera, es fácil hacer amenazas reales, o, más del estilo de Guerra, simplemente matar sin amenazar a alguien en absoluto.

—Caerás ante mí, esposa, como todos y todo lo demás.

Eso es exactamente lo que temo.

El jinete nos conduce hacia el sur, hacia el desierto. Aquí no hay nada excepto extensiones de tierra seca. Es hermoso de una manera muy austera.

Solo hemos montado durante unos cinco o diez minutos cuando Guerra detiene su caballo.

—¿Dónde estamos? —pregunto, mirando alrededor mientras desmonto fuera de Kurama.

—No sé exactamente —dice, desmontando.

Miro a mi alrededor.

—Entonces, ¿no hay ninguna razón particular por la que me hayas traído aquí? —pregunto.

—Oh, hay una razón —dice—, simplemente no tiene nada que ver con nuestro entorno.

Me alejo unos pasos de él, pero ahora miro hacia atrás.

—¿Cuál es la razón? —pregunto.

—Quiero escuchar cómo suenas cuando nadie más que yo está escuchando.

Cuando se trata de intimidad, Guerra da más de lo que toma. Que es mucho. Es un montón. Tiene el apetito de una deidad, y apenas puedo seguir el ritmo de ambos lados.

Me está haciendo trabajar para esos aviarios.

Me acuesto en una manta con él, nuestras ropas puestas a un

lado.

—Me gusta cuando estás así —dice, arrastrando un dedo sobre

mi abdomen desnudo.

Lo miro.

—Apuesto que lo haces.

—No solo de esa manera, esposa —dice, riendo bajo—. Eres más abierta conmigo en estos momentos.

¿Lo soy? Las alarmas están sonando.

—¿Y eso te gusta? —digo.

—Por supuesto que sí. Estudio la cara del jinete.

—¿Por qué?

Su mirada busca la mía. El oro en sus ojos brilla en la luz.

Está más que enamorado de ti. Las palabras de Tenten suenan en mis oídos.

Antes de que Guerra diga nada, algo se mueve en la distancia, lo que hace que me sobresalte sorprendida. Todo mi cuerpo está expuesto. Recojo desesperadamente mi ropa, tratando de cubrirme.

—¿Qué pasa? —dice Guerra, su voz aguda. Su mirada sigue la

mía.

Es una persona, una que ahora he condenado a muerte.

Pero cuando el jinete lo ve, la tensión en su cuerpo disminuye.

—Relájate, esposa. Es uno de los míos.

—¿Uno de los tuyos? —¿Se refiere a uno de sus soldados? Porque realmente no querría que uno de ellos me viera desnuda.

—Los muertos re-animados —explica Guerra.

Los vellos de mi brazo se erizan. Casi me había olvidado de esa habilidad macabra suya.

Capturo la figura distante de nuevo.

—¿Qué está haciendo aquí?

—Hinata, mis muertos vivientes permanecen en todas partes donde estoy o he estado. Patrullan cada pedazo de tierra que he tocado.

Me lo imaginé después de encontrar a sus muertos vivientes en Otogakure.

—¿Cuánto tiempo patrullan una ciudad?

—Siempre. Una vez que reclamo un territorio, no lo dejo. Escalofriante.

En cada lugar donde Guerra ha estado, sus muertos vivientes están allí, nunca durmiendo, nunca cesando, pero siempre, siempre cazando.

Poniendo un mechón de cabello detrás de mi oreja, me alejo del jinete, una acción que él nota. Sigo dejándome olvidar de la verdadera naturaleza de Guerra.

—¿Me has visto matar muchas veces, Hinata, y sin embargo esto te molesta?

—Por supuesto que me molesta —le digo—. Me hace no querer tocarte.

La cara de Guerra... esa violencia está de vuelta en sus ojos, pero por un instante, un instante breve… veo su dolor.

Es casi absurdo pensar que una fuerza de la naturaleza como Guerra es incluso capaz de sentirse herido. Pero tal vez no soy la única que se vuelve vulnerable cuando se quita la ropa.

—Pero seguirás tocándome—dice—. Mientras desees que tus aviarios permanezcan intactos, lo harás, y no necesito recordarte lo fácil que puedo deshacer todo el progreso que has comprado para tu especie.

—Comprado —repito.

Ahora soy yo quien se siente herida; herida, usada y sucia. Olvídate de que esta situación fue idea mía, o que eso fue exactamente lo que hice —les compré a mis semejantes humanos la posibilidad más mínima de supervivencia— todavía me agota escuchar a Guerra hablar sobre eso como si fuera una venta fría y sin emociones.

Me levanto, completamente desnuda, sin importarme realmente lo que Guerra ve.

—Me alegro que ambos sepamos que eso es todo lo que esto es. — Empiezo a ponerme la ropa—. Odiaría que tuvieras la impresión de que realmente te quiero.

—Oh, me quieres. —El jinete suena casi presumido. Empujo mis pies nuevamente dentro de mis pantalones.

—Vete. A. La .Mierda.

—No hasta que entregues todo.

Terminé, terminé, terminé con esto. Acabo de vestirme y empiezo a alejarme.

—Regresarás conmigo —ordena Guerra detrás de mí. Le doy el dedo en respuesta.

Apenas he caminado veinte metros cuando veo movimiento por el rabillo del ojo. Me giro justo a tiempo para ver al muerto viviente de antes corriendo hacia mí.

Me las arreglo para no gritar, pero no voy a mentir, me orino un poco al ver a la criatura corriendo hacia mí.

Detrás de mí, Guerra se para en nuestra manta y se pone los pantalones mientras mira la escena.

—¿Qué estás haciendo? —le grito a Guerra, nunca logrando arrancar mis ojos del muerto viviente.

El hombre muerto —bastante segura de que es un hombre al menos— se precipita hacia mí.

Al demonio, empiezo a correr.

Llego medio kilómetro antes de que la criatura me aborde. Los dos nos tambaleamos contra la tierra arenosa.

Querido Dios, el olor. Como si alguien estuviera violando mis fosas nasales. Me atraganto un poco. Y ahora, cuando veo a la criatura, realmente grito. Este no está recién muerto como los hombres con los que peleé hace una ciudad. Su piel es de un tono grisáceo y se está pudriendo en áreas, revelando sus entrañas en descomposición.

El muerto viviente me pone de pie justo cuando el jinete cabalga sobre Kurama.

Se detiene a mi lado, extendiendo una mano.

—Ven, Hinata. Miro a Guerra.

No.

—Entonces mi hombre se verá obligado a escoltarte a casa.

Creo que tengo pedazos en descomposición de ese hombre en mi cabello. Definitivamente los tengo manchando mi camisa y pantalones.

Voy a tener que quemar esta ropa. Maldición.

—Al menos será mejor compañía —le digo.

Guerra me frunce el ceño, luciendo frustrado y molesto, todo al mismo tiempo.

—Que así sea. Disfruta el paseo, esposa. Y luego se va.

Maldito.

Tardo casi una hora en regresar al campamento, y todo el camino el hombre muerto me agarra la parte superior del brazo. El hedor de él es demasiado, y vomito cuatro veces por separado. Finalmente, simplemente me tapo la nariz y respiro por la boca.

A pesar de esto, no me arrepiento de mi decisión de regresar. Ni siquiera un poco.

En este momento, el hombre muerto es aún mejor compañía que Guerra.

No veo al jinete de nuevo por días. No me llama, y me mantengo alejada de su tienda, pasando mi tiempo leyendo, haciendo armas y visitando a Tenten y su sobrino asustado.

Así que me sorprende cuando, el día que empacamos el campamento, me dan un caballo y me indican que espere a Guerra.

Casi no lo hago.

No estoy molesta por la revelación de que los muertos de Guerra persiguen todas las ciudades caídas del mundo. Es terrible e impactante y hace que el jinete sea aún más bárbaro de lo que ya imaginé, pero es lo que es, y ahora lo sé.

Ni siquiera estoy molesta por la nauseabunda caminata de regreso al campamento, aunque lo había estado por un tiempo después de mi regreso.

A este punto, estoy enojada porque he estado enojada, y no sé, la emoción ha desarrollado algo de inercia propia.

Pero luego Guerra llega cabalgando por el campamento, como un sol rojo que se eleva en el horizonte, y me siento ansiosa por verlo, ansiosa por estar enojada con él, ansiosa por escuchar su voz profunda y mirar esa cara. Y tal vez incluso tocarlo. Puede que no me guste el tipo, pero creo que soy adicta a él.

El jinete se detiene cuando llega a mi lado. Me observa por varios segundos.

—Esposa —dice. No puedo decir lo que está pensando.

—Guerra.

Me da un leve asentimiento y vuelve a cabalgar. Lo sigo al frente de la procesión, sintiendo los ojos de todo el ejército sobre nosotros. Y luego están detrás y somos solo yo, Guerra y el camino interminable que tenemos por delante.

El jinete es el primero en hablar.

—Si vamos a estar casados, tenemos que llevarnos bien.

No estamos casados —digo por enésima vez.

—Lo estamos.

¡Hombre exasperante!

—¡Hiciste que un hombre muerto me atacara! —Está bien, tal vez todavía estoy un poco molesta por mi regreso al campamento. Tengo todo el maldito derecho de estarlo. Olí a cadáver durante dos días enteros.

—No escucharías —dice.

—¡No, eras quien no escuchaba! —digo, alzando mi voz. Oh sí, estoy muy lista para saltar de nuevo a la arena y luchar contra este hombre—. Estás tan acostumbrado a mandar a la gente que crees que también puedes mandarme.

—Por supuesto que puedo.

Estrangularía a Guerra si pudiera salirme con la mía.

No es así como funciona el matrimonio —digo, tratando de calmar mis emociones—. Al menos, no un buen matrimonio… y quieres que sea un buen matrimonio, ¿no?

¿Por qué estoy tratando de razonar con él? Me da una mirada larga.

—Por supuesto que sí, esposa.

—Entonces debes escucharme y respetar mis opiniones. —Son las dos reglas más obvias del matrimonio y, sin embargo, Guerra las desconoce por completo.

—Y tú debes respetar mi voluntad —contraataca—. Como mi esposa, deberías ser obediente las pocas veces que te lo exijo.

¿Obediente?

Estoy furiosa.

—Al diablo. Quiero el divorcio.

—No.

—No voy a ser obediente, demonios, ni siquiera quieres que sea obediente. Sé que no lo haces. —Claramente ha estado rodeado de demasiados misóginos.

Guerra se pasa la mano por la cara, uno de los anillos que usa atrapa la luz.

—Siento que estoy siendo golpeado con mi propia espada — murmura—. Bien. Intentaré ser más... respetuoso. Con tus opiniones... incluso cuando son absurdas.

Lo fulmino con la mirada.

—Y escucharé tus suaves deseos mortales. Pero a cambio, debes escuchar mi voluntad cuando lo doy.

—Lo escucharé —digo.

Solo es posible que no lo acepte.

—Bien. —Se ve complacido. Solo lo miro.

Este va a ser un viaje largo.


He abandonado mis reglas. Las que sobrevivieron al apocalipsis. No sé cuándo sucedió, si los dejé en Otogakure o si viajaron hasta Arish antes de abandonarlos.

Solo sé que cada uno ya no aplica para sobrevivir al apocalipsis ahora que estoy atrapada con uno de los jinetes que lo orquesta.

La única regla que todavía uso es la Regla Cinco: Sé valiente. Cada segundo de mi día consiste en tratar de ser valiente cuando todo lo que realmente quiero hacer es llorar y esconderme.

Desafortunadamente, aquí en el desierto árido, no hay ningún lugar para esconderse.

Es un viaje largo y solitario. El camino que tomamos está rodeado por un desierto ininterrumpido. Y aunque sé que el océano queda a mi derecha, la carretera está lo suficientemente tierra adentro como para no poder vislumbrar esa agua azul.

El sol de verano nos golpea cruelmente a los dos, y durante todo el tiempo que hemos estado cabalgando, podríamos haber recorrido dos kilómetros... o doscientos. Es imposible decirlo.

es por los pocos puntos de referencia que pasamos: una casa

La única forma real en que puedo decir que estamos progresando

abandonada, un puesto avanzado árido, un canal de agua al lado de un

pozo de bombeo manual. Ah, y por supuesto, los pocos pueblos de pescadores por los que pasamos, un grupo de aves carroñeras dando vueltas sobre ellos.

Eventualmente, el sol se pone delante de nosotros, y Guerra elige un lugar para que nosotros y nuestros caballos descansen.

Después de que los dos encendimos el fuego, empiezo a freír la cena. En este viaje, Guerra empacó una sartén y algo de carne salada para cocinar. Miro las tiras de carne después de colocarlas. Verlos me revuelve el estómago. Se parece demasiado a todos esos humanos cuyos cuerpos fueron destrozados durante la batalla.

A mi lado, el jinete se sienta en canclillas, mirando el fuego.

—¿Por qué tienes un ejército si simplemente podrías usar a tus muertos para matar humanos? —le pregunto mientras trabajo.

Me parece que, con el movimiento de su mano, Guerra podría aniquilarnos a todos, y sería mucho más rápido y más completo.

—¿Por qué no cantas todo el tiempo si tienes la capacidad de hacerlo? —responde, con los ojos brillantes—. ¿Por qué no correr a todos lados si puedes? El hecho de que tenga el poder no significa que siempre quiera ejercerlo.

¿Entonces no quiere matarnos de manera eficiente? No sé si eso es misericordioso de su parte o simplemente cruel.

—Además —dice—, prefiero el campamento. Me recuerda quién soy y quién he sido siempre.

Batalla traída a la vida, quiere decir.

—Eso es un poco extraño, ¿no te parece? —digo—. Quieres recordar quién eres reuniendo humanos a tu alrededor y disfrutando de su compañía.

—No, no creo que sea extraño —dice Guerra, levantándose para tomar una botella de vino que ha empacado. Regresa con eso y dos vasos. Volviendo a sentarse, dice—: Nací de los hombres y estoy aquí para juzgarlos. Naturalmente quiero estar entre ellos.

—Así que hay una parte de ti a la que le gustan los humanos —le digo.

—Por supuesto que me gustan los humanos. —Guerra descorcha el vino y comienza a servirnos un vaso a cada uno—. Simplemente no lo suficiente para prescindir de ellos.

Eso es tan retorcido.

Me da uno de los vasos y tomo un trago profundo.

—Soy un comandante de hombres —continúa—. Ni siquiera la muerte puede detener mi alcance.

Ni siquiera la muerte puede detener mi alcance.

Guerra tiene razón. Incluso en la muerte puede convertirnos en armas. Recuerdo al renacido que me llevó de regreso al campamento. La mayor parte de sus ojos habían desaparecido, su piel estaba manchada y desprendida, y aun así se movía como si estuviera vivo.

—¿Cómo controlas a los muertos? —digo. El jinete me mira fijamente.

—Estamos hablando de los poderes de Dios, Hinata. No hay una explicación humana que pueda darte.

—¿Podrías hacerlo ahora mismo si quisieras? Guerra levanta las cejas.

—¿Quieres que resucite a los muertos?

Eso no es exactamente lo que le pregunté y, sin embargo, ahora que ha abordado el tema, tengo una curiosidad perversa. No sé por qué. Es macabro y aterrador.

Asiento de todos modos.

El jinete se acerca y siento que el suelo a mi alrededor tiembla, como si fuera un cosquilleo. A varios metros de distancia, la tierra árida cambia y el esqueleto parcial de un caballo se levanta del suelo arenoso. A la criatura le faltan muchos de sus huesos, pero se pone de pie lo mejor que puede.

Es difícil decir que esto no es magia.

El caballo esquelético comienza a moverse como si estuviera vivo, a pesar de que parece muerto hace mucho tiempo.

—No... es humano —digo.

—Puedo reanimar tanto a las personas como a las criaturas.

El caballo deambula hacia mí, y el instinto me dice que me levante y huya. Pero maldita sea, me he enfrentado a algo peor. Entonces me siento allí y dejo que se acerque.

El caballo golpea su hocico contra mi hombro, y parte de mí está desarmada por esta pobre cosa que se mueve como un caballo y actúa como un caballo a pesar de que hace mucho que respiró por última vez.

—¿Estás satisfecha? —pregunta Guerra. Asiento, tal vez un poco demasiado rápido.

El caballo se aleja varios pasos de mí, luego, de repente, cae a la tierra, nada más que un montón de huesos dispersos.


La Historia tiene el propósito de Entretener.