Invaluable


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«Naruto»

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El idiota de Utakata me hacía enojar. Visité su apartamento media docena de veces, y aún no abría la puerta. Incluso, una vez, me senté frente a su edificio en mi camioneta, con la esperanza de atraparlo entrando o saliendo, pero no tuve suerte. Tokuma nunca pudo averiguar su apellido y no me molesté en preguntarle a Hinata. Ella simplemente se habría negado a decirme.

Pero se le escapó que lo conoció en el centro de escritura. Así que, en una ocasión, fui allí cuando sabía que ella no se encontraba trabajando y pregunté un poco. Pero incluso la chica con la que flirteé, que debía ayudarme —tuve la sensación que podría hacerlo por la forma que seguía sonriéndome y torciendo el cabello alrededor de su dedo— no tenía idea de cómo buscar todos los Utakata que alguna vez estuvieron bajo tutela.

Llegué al extremo de buscar cada Utakata del campus en el directorio de la escuela. Fueron veintiuno, y ninguna dirección concordaba con la calle Locust que seguía visitando. Tenía un mal presentimiento; el cabrón podría salirse con la suya lastimando a Hinata sin un solo hueso roto en su nombre, lo que me molestaba en un nuevo nivel de ira que me volvía loco.

—Así que supongo que Eva se puso de parto hoy —anunció Konohamaru junto a mí en la mesa de la cena, deshaciendo mis pensamientos de asesinato y caos.

—¿Qué? —chilló Konan en la mesa con nosotros—. ¿Por qué no dijiste nada antes? No tenía idea de esto. ¿Cómo lo descubriste?

Fruncí el ceño. Sí, tampoco oí hablar de eso. Tenía la seguridad que Hinata me habría enviado un mensaje antes que a nadie cuando lo descubriera, y ella tendría que ser una de las primeras en saber porque Tokuma y Shizune se harían cargo de los niños de Eva y Pick mientras ellos se hallaban en el hospital.

Hablando de eso, saqué el teléfono del bolsillo y comprobé la pantalla en busca de mensajes nuevos.

Ella no intentó contactarse conmigo en todo el día.

Oh.

Fui al historial de mensajes para notar que no nos enviamos mensajes en días. La última vez que hablé con ella fue en la noche de nuestra cita.

Tragando, me pregunté si todavía se sentía molesta porque la rechacé. Pensé que terminamos nuestra discusión en buenos términos, pero si no se tomó la molestia de decirme sobre Eva entonces... Algo debía estar mal.

—Sí, me encontraba con, eh, Karin hoy cuando recibió la llamada —le decía Konohamaru a Konan mientras contemplaba mandarle un mensaje a Hinata, pero no sabía bien qué decir.

Quería exigirle una explicación, la razón por la que no me dijo que mi jefe se encontraba a punto de tener el bebé número cuatro, pero no quería que supiera que me sentía herido porque no me contó.

—¿Karin lo sabía? —preguntó Konan, sonando un poco dolida—. ¿Por qué ella no me lo dijo?

Sí, ¿por qué todo el mundo era tan malditamente reservado el día de hoy?

—Mmm... No estoy seguro —evadió Konohamaru, sonando sospechosamente... sospechoso. Lo miré con el ceño fruncido, pero parecía demasiado ocupado acabando la última de sus zanahorias al vapor para notar algo a su alrededor... lo que en sí era una mierda. Él odiaba las zanahorias al vapor.

—Me encargaré de los platos —anunció de repente, algo que nunca se ofrecía a hacer.

—Oh... bien. —Konan parpadeó antes de compartir una mirada con Nagato, que simplemente se encogió de hombros y luego hizo una mueca queriendo indicar que no cuestionaría su buena fortuna.

Llevando la mano a mi boca mientras observaba la escena que se desarrollaba a mi alrededor, entrecerré los ojos a mi hermano pequeño, sabiendo que pasaba algo.

—Sí, yo lo ayudaré —anuncié, viendo como los hombros de Konohamaru se tensaban mientras abría el lavavajillas.

—Bien... —Sonriendo, Nagato se limpió la cara con una servilleta y la arrojó en el plato antes de levantar a Beau, que se encontraba sentado en una silla alta entre Konan y él—. Como nosotros tres fuimos exceptuados de nuestros deberes en la cocina, ¿por qué no vamos a la sala de estar y disfrutamos de nuestra libertad, eh?

Konan sonrió ante la oportunidad de pasar tiempo de calidad con sus dos chicos, por lo que se apresuró a ponerse de pie después de él. Antes de que desapareciera de la cocina, estampó un gran beso de agradecimiento en mi mejilla y luego en la de Konohamaru.

—Entonces... —empecé, manteniendo un ojo en mi hermano menor mientras recogía los platos de la mesa—. ¿Fuiste hoy a lo de Karin?

Se encogió de hombros y me envió una rápida mirada por encima del hombro antes de tomar los platos de mi mano para que pudiera cargar la lavadora. —Sí. Verificando un poco, ya sabes, asegurándome de que todos se encuentran bien.

—Ajam. —Crucé los brazos sobre mi pecho mientras descansaba mi cadera contra el mostrador—. ¿Y lo están? Se encuentran bien, ¿no es así?

—¿Qué? —Levantó la mirada, con el ceño fruncido por la confusión. Luego se enderezó y agarró un vaso para tirar el agua en el fregadero—. Sí. Por supuesto. ¿Por qué no habrían de estarlo?

—No hay razón. —Levanté una ceja mientras lo observaba trabajar con entusiasmo—. ¿Qué otra cosa hiciste el día de hoy?

Se detuvo antes de quedarse frente a mí.

—¿Por qué lo preguntas?

Me encogí de hombros.

—No lo sé. Actúas como si existiera algo que no me estás diciendo.

Su cara mostró sorpresa antes de que la ocultara. Luego chasqueó los dedos y me señaló.

—Tienes razón, hay algo. Es decir, no fue nada grave. Solo... Hinata me pidió tener relaciones sexuales con ella.

Me alejé de la encimera y dejé caer los brazos a mis costados.

—¿Qué?

Debió expresarse mal, porque no había forma que haya dicho que Hinata le preguntó sobre tener...

—Lo estoy considerando —respondió con una sonrisa arrogante.

Sin pensarlo, reaccioné, agarrando su camisa y acercándolo con brusquedad para gruñirle en la cara.

—Tócala y te partiré por la mitad.

Se rió. El pequeño bastardo se rió antes de empujarme hacia atrás.

—Relájate, idiota. No es que tú la desees.

Arqueando una ceja, lo perforé con la mirada.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Bueno... —Levantó un solo hombro—. Todavía no la has reclamado, y si no reclamas a una mujer tan hermosa como ella, alguien con el tiempo lo hará. Digamos, como, yo...

Mierda. ¿Eso era lo que sucedió? Me pidió dormir con ella, y me negué, ¿entonces le dijo al siguiente chico en la fila? ¿Tenía una puta lista de candidatos o algo así?

—Hijo de puta —murmuré, corriendo hacia la puerta trasera.

El idiota de mi hermano se rió de mí.

—Dios, eres tan predecible.

Me hallaba demasiado ocupado para responderle o incluso escuchar qué murmuraba. Prácticamente corrí a mi camioneta. Contento de tener las llaves en el bolsillo, las busqué mientras me deslizaba detrás del volante y arrancaba el motor.

Cruzando la ciudad en tiempo récord, me detuve en la acera frente a la casa de Hinata y cerrando la puerta antes de correr hacia la ventana.

Golpeé el vidrio, sorprendido de no romper la maldita cosa antes de recordar que Tokuma, Shizune, y los niños no se encontraban en casa, así que pude haber ido directamente a la puerta principal sin molestar a nadie.

Oh bien. De todas formas, de esta manera sería más rápido llegar a ella.

Cuando una sombra en movimiento se desplazó a través de las persianas cerradas, pero nadie las abrió, mi ceño se profundizó. ¿Por qué permanecían cerradas sus persianas, y por qué las sombras parecían alejarse de mí en lugar de acercarse para abrir la maldita ventana?

Joder, tal vez ya había recurrido a otra persona para hacerlo con ella, y ahora se hallaban allí juntos... desnudos.

Golpeé con más fuerza.

—Maldita sea, Hinata —gruñí en voz baja—. Si tienes un puto perdedor contigo...

Las persianas se abrieron. La cara de sorpresa de Hinata me dejó un poco asombrado, pero al menos parecía estar sola, gracias a Dios.

Por supuesto, a continuación, mi preocupación se disparó de vuelta a niveles dementes cuando se mordió el labio, abrió la ventana unos centímetros, y dijo—: Eh... lo siento, pero ahora no es un buen momento. Puedes...

—¿Qué demonios? —exploté. Llevaba una bata y sostenía la parte delantera con una mano—. ¿Hay alguien contigo?

—¿Qué? —Parpadeó; claramente no esperaba esa pregunta—. No. ¿Por qué?

—Déjame entrar. —Alcancé el pequeño hueco por el que hablábamos así podría abrirlo yo mismo.

Sin embargo, dijo entre dientes—: ¡Naruto! No. Yo no... No estoy decente para visitas.

Entrecerrando los ojos hacia ella, me pregunté si, tal vez, salía de la ducha. Pero su pelo se encontraba seco y... ¿qué demonios? Llevaba maquillaje. Una gran cantidad de maquillaje, como todo el que lució la noche de su cita con el idiota de Utakata.

Mierda. Tal vez en verdad tenía algún tipo de allí con ella. ¿Me mentía?

Harto de eso, grité—: ¿Le pediste a mi hermano tener sexo?

—¿Qué? Shh... —resopló, mirando alrededor como si esperara que todos los vecinos asomaran sus cabezas por las puertas para escuchar nuestra conversación.

De acuerdo, quizás pregunté con un tono un poco elevado. Pero funcionó. Abrió más la ventana y dijo entre dientes—: Entra en este momento, y baja la voz, idiota.

Trepé, apenas manteniendo mi temperamento bajo control. Una vez dentro, de inmediato eché un vistazo alrededor buscando pistas de otro hombre. Parecía que estábamos solos, pero un montón de su ropa yacía agrupada en el centro del suelo. Fruncí el ceño con desconfianza, mientras Hinata cerraba la ventana detrás de mí con irritación.

—Ahora... —gruñó, claramente molesta—. ¿Quieres decirme qué demonios gritabas fuera de mi casa, donde cualquiera pudo oírte?

Me di la vuelta despacio para verla sentada en la otra mitad de la cama. Mi mirada escaneó la bata que tenía con la mano cerrada, hasta sus pies descalzos. Sus piernas también se encontraban desnudas, hasta las rodillas, desde donde la bata cubría el resto de su cuerpo.

Dios querido, ¿podía estar completamente desnuda debajo de eso?

—¿Naruto? —preguntó, y por la expresión de su cara, habría estado golpeando su pie en el suelo si hubiera estado de pie.

—¿Le pediste o no le pediste... —pregunté poco a poco—, a Konohamaru dormir contigo?

—Por supuesto que no. Ni siquiera lo... —Hizo una pausa y su rostro se aclaró con una conciencia sorprendida—. Bueno, quiero decir... —Sus mejillas se sonrojaron—. Pude haberle planteado hipotéticamente una pregunta similar a esa... —Cuando me limité a arquear una ceja, suspiró—. Le pregunté qué habría respondido si le hiciera la pregunta. En realidad no se lo pedí. Quería saber si, ya sabes... si alguien más me consideraba follable...

Me froté la cara y gruñí—: ¿Cuándo siquiera hablaste con él para hacerle esa pregunta hipotética?

—Nos encontramos cuando fue al campus esta semana por su día de visita, o algo así. Y me preguntó por qué te comportabas como un idiota, así que... le dije.

—Le dijiste —repetí, mirándola fijo y sin poder creer lo que escuchaba—. Tú... ¿en serio le contaste sobre nuestro asunto privado?

Parpadeó y retrocedió sorprendida. Entonces...

—Es tu hermano. Además, ya sabía que algo pasaba entre nosotros. ¿Por qué no iba a decirle?

—Debido a que es un "dolor en el culo" que debe mantenerse fuera de mi maldita vida privada.

—Oh, Dios mío —gritó—. ¿Cuál es tu problema esta noche?

Entrecerré los ojos, resoplando porque ella tenía que saber al menos un poco del por qué me sentía tan molesto.

—Simplemente no me gusta escuchar que intentaste conseguir sexo de otras personas.

La boca de Hinata se abrió.

—¿Disculpa? —Su voz era tan baja mientras se llevaba la mano al pecho que hice una pausa, dándome cuenta de que estaba enojada.

Lo había arruinado por completo.

Los ojos grises se oscurecieron con rabia, y respiró hondo antes de gruñir—: Primero que nada...

Oh, mierda. Un primero que nada. Me encontraba en muchos problemas.

—No le he pedido a nadie más que tú tener sexo pero... declinaste, llevándome directamente al punto dos. No me deseas, por lo que incluso si después hubiera recurrido a cincuenta chicos, no es asunto tuyo lo que yo haga. Si viniste aquí para comportarte como un idiota, puedes dar la vuelta e irte, Naruto Uzumaki. Esta noche no estoy de humor para tu actitud.

Maldición, odiaba cuando me dejaba en ridículo de esa manera. Humillado y avergonzado, apreté los labios, sabiendo que tenía que disculparme, pero me resistía porque mi sangre aún rugía de ira. La ira que, sí, quizá fue injustificada, ya que como dijo no tendría ningún derecho a objetar si ella hubiera recurrido a otra persona, o incluso cincuenta personas, para tener relaciones sexuales.

Lo que era una mierda.

Excepto una cosa en la que se equivocó.

—Nunca dije que no te deseara — murmuré, apartando la mirada.

Después de lanzar una risa aguda, preguntó—: Entonces, ¿qué era toda esa mierda de "haría cualquier cosa por ti, menos eso" que dijiste la última vez que nos vimos?

—La verdad —le respondí con toda sinceridad—. Haría cualquier cosa por ti, menos eso. Y sí te deseo; joder, tanto que duele. Pero estoy muerto de miedo de perderte, y desnudarnos y hacer cosas traviesas parece ser una manera segura de enviarte lejos.

—¿Por qué? —replicó—. ¿Lo haces muy mal?

Oh... oh, no acababa de decir eso.

El chico en mí era total y completamente incapaz de ignorar tal desafío a mi virilidad. Inclinándome hacia ella hasta que nuestros rostros se encontraban a menos de un centímetro, murmuré—: Podría hacerte venir tan duro que verías estrellas durante una semana.

Pero en lugar de asustarla, mi observación la hizo inclinarse también, cerrando la distancia entre nosotros.

—Pruébalo.

Santa... mierda.

Quería. Lo quería con tanta intensidad. Incluso me tambaleé centrando todo mi ser en su boca. A un pequeño soplo de devorarla completa, la realidad se entrometió y me llenó.

Me aparté, y dije con voz rasposa—: Sabes que no puedo.

—No. —Negó con la cabeza, sus ojos llenos de dolor—. En realidad no lo sé, porque tú no me lo dirás. —Con un estremecimiento, se hundió en su bata, ajustándola aún más—. Dices que no lo harás porque tienes miedo de que podrías perderme. Pero el sexo no me alejará. En cambio, el que me mantengas secretos si me hará empacar e irme.

Un tormento aterrizó con fuerza en mi estómago, aplastando toda mi rabia y los amargos pensamientos de celos, dejándome vacío con un temor helado.

—Hinata —susurré, temiendo que acabara por estropearlo todo, matando nuestra amistad para siempre, y perdiendo cualquier sentimiento que tuviera por mí.

Apartó la mirada, y juraba que sus ojos brillaban de lágrimas.

—Creo que debes irte —dijo con voz angustiada.

—No. —Negué con la cabeza, desesperado, y me acerqué—. Lo siento. No quise decir...

—¡No! —espetó, golpeando mi mano, y al hacerlo, tuvo que soltar su agarre en la bata, que a su vez se abrió dándome un buen vistazo.

—¿Qué...? —Mi boca se abrió mientras veía el sujetador de color rojo con lazos de encaje negro, ahuecando un conjunto de tetas más que perfectas.

Hinata se quedó sin aliento y cerrando la bata, una vez más, ocultó su cuerpo de mí.

Por un momento, no supe qué decir, ni qué pensar. Se veía tan bien que mi pene estaba dolorosamente duro y goteando en la punta. La deseaba con una intensidad que me hizo agua la boca y la piel se contrajo como si se preparara para un orgasmo.

Pero entonces me di cuenta... no era un sujetador ordinario, de uso diario. Ese era un sujetador de seducción, un sujetador destinado a ser visto.

¿Quién quería ella que lo viera?

—¿Qué demonios estás vistiendo?

—Nada —murmuró, con el ceño fruncido hacia mí, pero también luciendo completamente culpable y un poco humillada—. Por favor, ¿podrías... irte?

Me reí. Fuerte. Mientras la miraba.

—No hasta que contestes mi puta pregunta. ¿Por qué llevas eso? ¿Para quién te lo has puesto?

Se veía mortificada mientras negaba con la cabeza frenéticamente.

—Yo... para nadie.

—Hinata, no me digas una puta mentira. —Me aproximé—. ¿Para quién... te lo compraste? —Mataría al hijo de puta. No me importaba si se suponía que no debía sentirme celoso o que no se me permitía estar molesto si se iba con otro chico.

Ella era mía. Fin de la discusión.

—¿Quién?

—Para mí —gruñó, empujándome—. ¿Bien? Fui a la tienda y lo compré hoy para mí. No intento seducir a alguien, grandísimo idiota. Quería sentirme... deseable. ¿No entiendes que Utakata rompió algo dentro de mí?. No... no lo sé... — Cuando más lágrimas llenaron sus ojos, empuñé mi mano y la puse contra mi boca, mordiéndome los nudillos para no abrazarla—. Toda mi vida, me he sentido más como una observadora que una participante. Y cuando me invitó a salir, era como si por fin tuviera la oportunidad de vivir. Pero entonces, lo que pasó, pasó y... bueno... se sintió como una gran bofetada de realidad, para decirme que no importo, que no soy suficiente, que yo...

—Detente —dije susurrando, incapaz de escuchar más, y sintiéndome como el idiota que era.

Cerrando los ojos, me maldije por olvidar lo mucho que la hirieron. Cuando los abrí, la cara de Hinata estaba inclinada y sus hombros curvados de forma protectora. Un dolor punzante me atravesó el abdomen por la culpa de hacerla sentir mal.

—Importas —murmuré, sabiendo que las próximas palabras que dijera podían ser las más importantes que alguna vez pronuncié—. Podría perder a todos los que conozco y todo lo que tenga, y todavía sería capaz de afrontarlo mientras te encuentres conmigo. Eres la única persona que en verdad me importa.

Poco a poco, me acerqué y cubrí la mano que usaba para mantener la bata cerrada. Luego apliqué la menor cantidad de presión, persuadiéndola para dejar que la tela se abriera. Me vio a los ojos, su mirada con incertidumbre.

—Déjame ver —le susurré.

Su garganta se movió al tragar. Y luego dejó caer su mano.

La bata se abrió.

—Jesucristo —suspiré—. Mierda, eres tan hermosa. —Cerré los ojos, gemí y presioné mi frente con la suya—. ¿Cómo en algún momento pudiste pensar que no importas?

Negó con la cabeza, y una lágrima se deslizó por su mejilla.

—No lo sé.

Apenas toqué su mejilla con la punta de mis dedos, alejando la humedad, y ella soltó un suspiro antes de agarrar mi muñeca.

—Porque necesito pruebas. Necesito una prueba innegable y física. Necesito...

La hice callar al poner mis dedos contra sus labios. En ese momento, agotado de pelear, no retrocedería.

—De acuerdo —susurré—. Está bien, te voy a dar una prueba.

«Hinata»

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Cuando la caída de aliento cálida y húmeda de Naruto rozó mis dedos y me miró con ojos que acababan de ceder a la tentación, solté sus muñecas para coger las solapas de mi bata. Y luego, lentamente, lo miré directamente a los ojos, la deslicé por mis hombros y por mis brazos hasta que se agrupó en torno a mis piernas, dejando al descubierto la parte superior de mi ropa interior. Sus pupilas se dilataron y su mirada bajó a mi pecho.

—Jesús.

Estaba tan obsesionado con la mirada fija en mi cuerpo que no pareció darse cuenta de que posó el dorso de dos dedos bajando suavemente por mi estómago. Aspiré aire, y mi piel recalentada onduló con piel de gallina.

Cuando levantó la vista, sus ojos estaban brillantes y encapuchados, llenos de calor y anhelo. Abrumada y contenta de que experimentara todo eso por mí, enganché mi mano alrededor de la parte posterior de su cuello y lo tiré. Nuestros labios chocaron. Con fuerza.

Su boca encontró la mía con impaciencia, ya abierta y atrayéndome. Hundió sus dedos en mi pelo y lo agarró mientras me arrastró contra él, aliviando una porción del dolor en mi pecho cuando lo presionó contra el suyo. Mientras nuestras lenguas se apareaban, hambrientas y anhelantes, sacudió el resto de mi bata lejos de mi cintura para poder curvar una mano alrededor de mi culo, agarrándome y presionándome hacia adelante hasta que me posicioné en su regazo y su erección me golpeaba justo entre las piernas. Tuve que romper el beso y tirar mi cabeza hacia atrás para jadear a través del contacto. Él me guió, arrastrándome fuerte.

Un maullido salió de mi garganta, avergonzándome sin fin. Con la esperanza de ocultar el sonido, luché con su camisa, jadeante.

—Necesito quitar esto.

Sin decir una palabra, la arrancó sobre su cabeza. Pero tan pronto como su elegante y reluciente pecho desnudo fue liberado, su mirada captó la mía, y se detuvo. Arrepentimiento y culpa brillaban a través de sus vidriosos ojos mientras negaba con la cabeza.

—Maldita sea, Hinata. Qué estamos haciendo...

No podía permitir que terminara la pregunta, y contaminara nuestro momento con dudas, así que lo besé de nuevo y lo empujé hacia atrás hasta que su columna vertebral golpeó la pared. Su gruñido tras el impacto estaba lleno de sorpresa y excitación.

Rompí el beso para que pudiera concentrarme en deshacer el botón superior de sus pantalones vaqueros. Para mí, fue una hazaña. Pero estaba decidida a ser la única en liberarlo. Si no podía manejar un maldito botón, entonces ¿para qué hacía esto?

Naruto parecía entender mi decisión porque él simplemente observaba con brillantes ojos hambrientos, mientras finalmente logré abrir sus vaqueros con un chasquido y bajar su cremallera. Cuando puse la mano dentro de su ropa interior, me quedé muy sorprendida por la sensación de tenerlo.

—Es tan suave. —No me esperaba que la piel alrededor del eje de acero fuese suave. Para algo considerado duro como una roca, no tenía ni idea de que la superficie se sentiría casi como el terciopelo.

Naruto comenzó a reírse de mi sorpresa hasta que apreté los dedos a su alrededor y deslicé mis manos hasta el fondo. Entonces, el sonido fue sofocado en un gemido.

—Maldita sea —gimió, empuñando su mano hacia abajo a su lado después de que comenzó a buscarme solo para detenerse—. No sé si pueda... oh, Dios, qué bien se siente. —Su cabeza cayó hacia atrás, golpeando contra la pared mientras cerraba sus ojos.

Sonreí, decidiendo que estaba haciéndolo bien. Queriendo complacerlo más, me incliné hacia abajo... hasta que mi cara se hallaba justo allí. Dibujé su longitud delantera, y mis ojos se abrieron por lo grande que era en realidad. Oh, santo infierno. Se supone que todo eso va a caber en mi pequeña...

—¡No! Espera. Hinata... —Naruto agarró mi pelo mientras su voz subió un poco.

Decidida a hacer que se sienta bien, envolví mis labios alrededor de la cabeza en forma de hongo mojada y lo chupé más profundamente.

—¡Joder! —Se sacudió en mi boca; el sabor salado del líquido preseminal recubrió mi lengua. Entonces empezó a halarme por mi pelo, pero no sé si fue por la succión o la forma en que moví mi lengua, pero de repente me atrajo de nuevo, alzó sus caderas hacia delante para que tomara más de lo que había anticipado—. Dios. Oh Dios. Eso se siente...

Me atoré. Totalmente sin quererlo, pero tomé mucho más de lo que había previsto, y tuve que agarrarme de su pierna para apoyarme.

—¡Mierda! —gritó, alejándome de él como si lo estuviera mordiendo. Luego saltó de la cama lejos de mí y agarró su cabeza—. Lo siento. Oh, mierda, Hinata, lo siento mucho. ¿Estás bien?

Me tomé un momento para calmarme antes de apartar el pelo de mi cara y encontrarme con su preocupada frenética mirada.

—Sí, estoy... —Pero la palabra se estancó en mi pecho cuando su rostro palideció, y sus ojos se volvieron una sombra antinatural de miedo. Sus manos temblorosas a tientas metieron su pene de vuelta en sus pantalones y subió la cremallera.

—¿Estás bien? —terminé preguntando yo.

Se inclinó por la cintura para apoyar las manos sobre las rodillas mientras trataba de recuperar su dispersa respiración. Finalmente jadeó.

—Sí, solo... un mal déjà vu.

Fruncí el ceño, segura de que había oído mal.

—¿Un mal qué?

Se quedó inmóvil, dejó de respirar por completo, mientras que todos sus músculos parecían estar inmovilizados en su lugar. Por último, poco a poco, levantó cuidadosamente el rostro, donde su expresión estaba completamente en blanco. Y sabía... lo sentía en mis huesos... que dijo algo que no pretendía y, no quería que yo lo supiera.

—¿Un mal qué? —repetí lentamente y de manera sucinta para que él no pudiera fingir que me entendió mal.

—Nada —murmuró, mirando alrededor de la cama antes de ver su camisa. Enganchándola, él se encogió de hombros, sus dedos temblando todo el tiempo, temblando más que si fuese yo—. Me tengo que ir.

—¿Naruto? —le dije.

Se negó a mirarme mientras dejó escapar un suspiro y limpió su ropa de arrugas. —Yo no debería... nunca deberíamos haber... —Sacudiendo la cabeza, se volvió hacia la ventana—. Esto fue un error. Me tengo que ir.

Mientras tiraba hacia arriba la ventana, apreté mis dedos en mis labios. Esto no era como huyó después de nuestro primer beso. Lucía pálido, tembloroso, nervioso. Asustado. Lo que hice había desencadenado algo, algo malo.

Necesitando disculparme, le susurré—: ¡Naruto!

Pero levantó una mano, deteniéndome. Sin enfrentarme, espetó—: Te pedí que no me presionaras, y lo hiciste, maldita sea. ¿Puedes darme un maldito minuto para despejar mi cabeza?

Retrocediendo, me abracé a mí misma y asentí.

—Bueno.

Saltó por la ventana, abandonándome.

Preocupada, confundida, incluso un poco asustada, me quedé mirando la ventana que cerró desde el exterior, temblando como una hoja. Algo muy, muy malo había sucedido. Podía sentirlo en mi sangre.

Había metido la pata a lo grande.

Deslizándome hacia abajo sobre el colchón, acurrucando mis rodillas, lloré sobre ellas, rezando para que no hubiera acabado de destruir todo.

Continuará...