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CAPÍTULO 11
LOS hombres pasaron horas conversando y riendo. Candy los escuchaba, conmovida por el afecto que se profesaban. Los MacArdley aceptaban la presencia de Sin entre ellos y, a diferencia de los hombres del clan de Candy, el hecho de que se hubiera criado en Inglaterra no parecía crearles ningún problema.
De esa manera llegó a saber muchas cosas sobre su pasado, incluida una gran cantidad de información acerca de Anthony, el hermano que se había quitado la vida. Pero fue muy poco lo que supo acerca de Sin. Era como si sus hermanos supieran que su pasado le resultaba muy doloroso y sólo se atrevieran a mencionar diminutas partes de él.
No fue hasta muy entrada la noche cuando los hombres decidieron irse a la cama. Candy bostezó mientras les mostraba dónde iban a dormir.
Finalmente regresó a la sala para estar a solas con su esposo. Sin todavía sonreía.
—Estás muy guapo cuando haces eso.
—¿El qué?
—Sonreír.
Él frunció el ceño.
—Eh, conste que no era mi intención que dejaras de hacerlo.
Él volvió la mirada hacia su cama para contemplarla como si hubiese preferido no verla y luego se apartó de Candy.
—¿Por qué no me dijiste que eras un MacArdley? —le preguntó ella suavemente.
—Porque no lo soy.
El fruncimiento de ceño de Candy no tuvo nada que envidiar al de él mientras trataba de sacar algo en claro de todo aquello. El parentesco no podía provenir de su madre, eso era evidente.
—No lo entiendo.
Él suspiró mientras se quitaba el cinturón de la espada y lo dejaba a un lado.
—Mi padre me engendró el primer año de su matrimonio. Estaba lejos de casa, visitando a un amigo en Londres sin que lo acompañara su esposa, y por alguna razón que ignoro, se le antojó acostarse con mi madre. Por aquel entonces ella era muy joven, y me han contado que se sintió fascinada por el acento y la rudeza de mi padre. Fui concebido en la parte de atrás de un, establo, de un modo que mi madre me aseguró no pudo ser más humillante y doloroso para ella.
»Tan pronto como me hubo traído al mundo, me envió a Escocia junto con mi ama de cría para que viviera allí con mi padre. Un viejo sirviente que estaba allí aquella noche me contó que mi madrastra me miró y se puso tan fuera de sí que casi perdió a Alec.
Las palabras fueron saliendo de sus labios en un tono muy, tranquilo que no podía estar más desprovisto de emoción. Aun así, tenían que dolerle profundamente en el corazón y en el alma.
Era imposible que no le dolieran.
Candy quería ir hacia él y ofrecerle consuelo, pero temía que Sin dejara de hablar si lo hacía. Así que escuchó en silencio, mientras el corazón se le rompía un poco más con cada palabra que le oía pronunciar.
—A partir de ese momento, mi padre no quiso tener nada que ver conmigo. Cada vez que yo intentaba hablar con él hacía como si no me oyera. Si iba hacia él, me volvía la espalda y se marchaba.
»Para mi madrastra, yo no era más que un doloroso recordatorio de la infidelidad de mi padre. Sólo le inspiraba desprecio. Mi padre se sentía tan culpable y estaba tan avergonzado por lo que había hecho que se desvivía por demostrarle a su esposa que no me profesaba ningún aprecio. Mis hermanos siempre tenían lo mejor de todo y yo tenía las sobras.
Candy tragó saliva en un intento de disolver el nudo de lágrimas que se le había hecho en la garganta, porque se negaba a dejar que él las viera correr.
—¿Te envió de vuelta a Inglaterra para que estuvieras con tu madre?
—Lo intentó, en una ocasión, a mediados de invierno cuando yo tenía siete años.
Hizo una pausa y se apoyó con un brazo en la repisa de la chimenea para contemplar el fuego, mientras recordaba el acontecimiento. Se lo veía tan perdido, allí de pie con la terrible pena que lo desgarraba por dentro esculpida a lo largo de las líneas de su apuesto rostro. Candy nunca llegaría a saber de dónde sacó los arrestos necesarios para no ir hacia él. Quizá fuese la presencia de ánimo de que estaba dando muestra él la que la mantuvo en su sitio y le permitió limitarse a escuchar mientras él contaba una historia que ella estaba segura nunca había contado antes.
Cuando él volvió a hablar, Candy oyó la agonía oculta dentro de su corazón.
—Recuerdo que pasé muchísimo frío durante todo el camino. Mi padre no nos había dado ni una moneda para el viaje, y el caballero que nos llevaba a ver a mi madre pagaba una habitación para él y a nosotros nos dejaba en el establo o el granero.
Candy se encogió ante la falta de pasión con la que hablaba él.
—Mi aya no paraba de decirme que mi madre se mostraría encantada de verme. Me aseguró que todas las madres querían mucho a sus hijos y que la mía me trataría del mismo modo en que Aisleen trataba a mis hermanos. Dijo que mi madre me estrecharía entre sus brazos y me besaría para darme la bienvenida.
Candy cerró los ojos en un intento de mantener a raya la pena que iba creciendo en su interior mientras lo oía hablar. Después de haber conocido a la madre de Sin, no le costaba mucho imaginar cuál había sido su recepción.
—Llegamos allí la víspera de Navidad. Había regalos esparcidos por todas partes, y mi aya me llevó a través de la gran sala hasta donde mi madre estaba sentada en la mesa del señor del castillo con un niñito en los brazos. Ver aquello me llenó de alegría y pensé que por fin tendría la madre que tanto había anhelado. Que ella me vería allí de pie con mis zapatos gastados por el uso y mi plaid medio roto, y me estrecharía entre sus brazos y me diría lo contenta que estaba de tenerme allí por fin.
Candy sintió cómo una lágrima le resbalaba por la cara y se alegró de que Sin no la estuviera mirando para verla.
—Cuando mi aya le dijo quién era yo y por qué estábamos allí, mi madre se puso a chillar. Llena de furia, me tiró a la cara el vino que había en su copa y dijo que ella sólo había tenido un hijo y que nunca debía volver a avergonzarla con mi presencia. Después hizo que nos echaran a la fría noche.
Sin tragó aire con un jadeo entrecortado mientras seguía contemplando el fuego. Parecía como si se negara a mirar a Candy por miedo a que ella también lo rechazase.
Levantó un pie para volver a poner en su sitio un trozo de madera que se había salido de la chimenea.
—Entonces supe que nunca tendría una familia. Yo no era ni escocés ni inglés. No era más que un bastardo sin hogar. No servía de nada, y nadie quería tenerme a su lado. Mi aya me llevó de nuevo a la casa de mi padre, y el desprecio que él sentía por mí creció hasta el día en que los hombres del rey David vinieron para llevarse a un hijo. Querían rehenes que enviar al rey Esteban de Inglaterra para asegurarse de que los escoceses dejarían de hacer incursiones en sus tierras y no volverían a atacar a sus gentes.
—Así que tu padre te envió a ti.
Él asintió.
—Aisleen le dijo que si enviaba a uno de sus hijos se mataría. No necesitaba decírselo, claro está. Todos los chicos de la casa sabíamos quién iba a ser enviado. —Rió amargamente—. Fue la única vez en toda mi vida que mi padre llegó a mirarme o me dirigió la palabra.
Sin se pasó la mano por la cara como si pensar en el pasado lo llenara de cansancio.
—Mi padre y yo nos dejamos llevar por la ira y empezamos a gritarnos el uno al otro, y al final mi padre me agarró por la camisa y me mandó de un empujón a las manos de los hombres de David. Dijo que nunca volvería a ser bienvenido en su casa, y que en lo que a él concernía yo había dejado de existir.
Candy se echó a llorar al imaginar el horror que había sido la vida de su esposo. Nunca lo habían querido y siempre se había visto rechazado por todos. No era de extrañar que se mostrara tan distante con ella.
Lo que más la entristecía era pensar en la calurosa acogida que les había dado su clan a los hermanos de Sin después del modo en que los habían tratado a él y a Archie. La manera en que ella misma lo había dejado para ir a atender a sus hermanos mientras él quedaba abandonado allí arriba con una herida tan reciente.
Solo.
Sin siempre estaba solo.
Dios, qué no habría dado por poder retroceder en el tiempo y cambiar aquella tarde. Sin había sido dejado a un lado de una manera que nadie merecía. Y eso la llenaba de pena. Lloró por cómo lo habían tratado, y supo que nunca permitiría que él la dejase y volviera a andar solo por el mundo.
—Yo siempre querré tenerte a mi lado, Sin.
Él frunció los labios y se apartó de la chimenea.
—No te burles de mí —gruñó furiosamente—. No necesito tu compasión.
No, lo que necesitaba era su amor. Pero Sin llevaba tanto tiempo viviendo sin el amor de nadie que Candy se preguntó si no sería demasiado tarde para él. Quizás había llegado a ser demasiado fuerte.
—Lo que siento por ti no es compasión. —Extendió la mano para tocarle el brazo, y la llenó de asombro que él no se apartara. Candy le pasó suavemente la mano por el bíceps del lado que no había sido herido y luego fue subiéndola lentamente hacia su rostro, hasta que lo obligó a mirarla y ver la sinceridad que había en sus ojos—. Eres mi esposo, Sin, lo juro ante Dios. Yo siempre estaré aquí para ti.
Sin tragó saliva, incapaz de entender sus palabras y sin poder creer que realmente las hubiera dicho en serio. Era un juego que Candy estaba jugando con él, y se sentía incapaz de imaginar por qué podía querer hacerle aquello.
Miró el suelo mientras se acordaba de todos los momentos de su vida en que se había engañado a sí mismo. Las veces en que había yacido en el suelo sin poder moverse después de que Harold le hubiera dado una paliza, y cómo luego había pensado que cuando lo envió lejos su padre sólo estaba enfadado con él.
Que si se portaba bien, hacía lo que pedían los ingleses y nunca volvía a gritarle palabras llenas de ira a Harold, se le permitiría ir a casa tal como había prometido el rey Esteban. Que entonces su padre lo acogería con los brazos abiertos.
Su padre nunca quiso volver a tener nada que ver con él. En la carta que le envió a Enrique ni siquiera figuraba el nombre de Sin. No hacía ninguna referencia al hecho de que él fuera su hijo.
La carta era fría e implacable, un rechazo definitivo que todavía resonaba dentro del corazón de Sin.
Volvió a rememorar la terrible mordedura de los látigos sarracenos y las palizas que había soportado durante su adiestramiento. Lo único que lo mantuvo cuerdo durante todo ese tiempo fue la convicción de que si podía escapar de ellos y regresar a Inglaterra, todo iría bien. Estaba seguro de que las gentes de su madre volverían a acogerlo en su seno.
Y sin embargo, después de que Enrique lo hubiera devuelto a Londres, vio cómo se burlaban de él y era odiado y temido. Lo trataron peor que a un leproso, peor que a un hereje.
«Ni el mismísimo Dios podría amar a algo como tú.» La condena del papa resonó en sus oídos.
No, él todavía era aquel niño que había comparecido ante su madre la víspera de Navidad con el corazón lleno de anhelo. ¿De qué le había servido soñar con aquellas cosas?
De nada, porque lo único que le depararon fue más ridículo y nuevos sufrimientos.
Años de no utilizarlo habían hecho que su corazón se marchitara y terminase muriendo. Si ahora se abría a Candy, estaba seguro de que ella lo traicionaría.
Ésa era la única certeza que existía para él en la vida. De mala gana, apartó la mano del rostro de Candy.
—Es tarde. Necesitas dormir.
—¿Dónde dormirás tú?
—En el suelo delante de la chimenea.
Un estremecimiento hizo temblar el labio de Candy mientras trataba de contener las lágrimas. Su frustración creció todavía más. Cómo le habría gustado conocer un modo de llegar hasta él.
De hacer que creyera en ella. En ellos.
Pero Sin había vuelto a encerrarse en sí mismo para mantenerla alejada.
Lo vio quitarse la sobreveste y la armadura. Con sus hombros atezados reluciendo bajo la luz del fuego, su esposo cogió una piel de la cama y la extendió en el suelo para dormir con su espada.
Candy apretó los puños junto a los costados, queriendo estrangularlo por su tozudez.
¿Qué tendría que hacer para llegar hasta aquel hombre?
«Si ves que no consigues ganártelos, muchacha, quizá deberías empezar a pensar en compartir sus diversiones.» Las palabras de su padre resonaron en su cabeza, dándole la inspiración que necesitaba.
Candy se desnudó hasta quedarse sólo con una delgada camisa y cogió una almohada de la cama.
Sin oyó moverse a su esposa sin apartar los ojos del fuego que ardía en la chimenea. No había nada que deseara más en el mundo que reunirse con ella en la cama. Quería ir allí, tomarla entre sus brazos y experimentar por fin el único fragmento del paraíso que un hombre cómo él podía abrigar la esperanza de llegar a conocer. Pero después de todo, ya estaba acostumbrado a la decepción. De pronto una almohada fue colocada junto a su nuca. Frunciendo el ceño, Sin miró por encima del hombro y vio que Candy improvisaba un jergón detrás de él.
—¿Qué estás haciendo?
Ella se encogió de hombros mientras se sentaba en el suelo y se cubría con la manta de él.
—Hago como Ruth. Me he hecho la cama allí donde está mi esposo. Si tú no quieres reunirte conmigo en mi cama, yo me reuniré contigo en la tuya.
—Te estás comportando de una manera ridícula.
—¿Quién, yo? —Se incorporó sobre el codo para mirarlo a los ojos—. Pues a mí me parece que lo ridículo es yacer sobre un frío suelo de adoquines cuando tienes una cómoda cama esperándote a poca distancia.
Él cerró los ojos, incapaz de hacer frente a la presencia de Candy y a las emociones que seguían hirviendo en su interior. Aquella noche le había contado cosas que nunca le había dicho a nadie. Nadie, ni siquiera sus hermanos, había llegado a saber lo que su madre le había dicho y le había hecho aquella noche.
Estaba débil y se sentía muy cansado, y lo único que quería era un pequeño respiro que le permitiera olvidarse de su pasado durante un rato.
—Vete a la cama, Candy.
Ella no lo hizo. Se limitó a acurrucarse junto a él y siguió hablando.
—¿Por qué? ¿Hice algo mal durante nuestra noche de bodas? ¿Te disgusté de alguna manera?
Sin sintió que se le hacía un nudo en la garganta mientras recordaba lo afectuosa y dispuesta a ser suya que ella se había mostrado. Candy nunca había hecho nada que pudiera disgustarlo. Nunca hasta aquel preciso instante, cuando se negaba a hacer lo que él le pedía.
—No. Nada de cuanto hiciste me disgustó.
—Entonces, ¿por qué no me haces el amor?
Una imagen de ella desnuda y caliente en sus brazos inflamó la mente de Sin. Su cuerpo cobró vida con un súbito rugido ante aquel puñado de palabras. Candy era la primera mujer que le suplicaba que le otorgase sus favores. La petición no podía ser más erótica y sensual, e hizo que se sintiera arder por dentro.
—No puedo creer que esté manteniendo esta discusión contigo.
—De acuerdo, se acabó la discusión. Tú te quedas acostado ahí con tu hombro herido y te limitas a fingir que yo no existo. Algo que sabes hacer muy bien, dicho sea de paso.
La pena que había en su voz lo sorprendió. Él no quería herirla. Lo único que quería era que lo dejara en paz de una vez, que le permitiera disfrutar de la pequeña partícula de tranquilidad que su alma torturada pudiera encontrar.
—No tiene nada que ver contigo, Candy. ¿Por qué no puedes aceptar el hecho de que soy un bastardo lleno de perfidia que no vale nada y dejarme en paz?
—¿Como hacen todos los demás?
—Sí.
Candy se levantó de su lecho improvisado y se inclinó sobre él. Sus senos le rozaron el brazo, haciendo que su miembro viril se irguiera en respuesta a su inocente contacto. Sin la contempló en silencio, paralizado por su belleza sin adornos cuando sus rizos de color oro cayeron alrededor de su rostro y la luz del fuego destelló en sus maravillosos ojos verdes. El enfado había teñido sus mejillas con un tenue rubor y entornó los ojos para lanzarle una mirada llena de furia.
—Porque no creo en esa perfidia de la que hablas y sé que vales mucho. En cuanto a lo de ser un bastardo, no me parece que se te pueda culpar de eso. —Apoyó la barbilla en el bíceps de él y lo contempló con una avidez que a él le fascinó. ¿Cómo podía ser que aquella mujer quisiese tener nada que ver con él?—. Yo te querría, esposo, si tú me lo permitieras.
Aquellas palabras…
Lo hicieron pedazos y lo dejaron terriblemente vulnerable ante Candy. No se atrevía a confiar en ellas. Él ya sabía que las cosas no irían de esa manera.
—¿Y si lo hiciera? ¿Qué me dices de tu familia? ¿Estás dispuesta a dejarla para siempre? ¿De verdad puedes creer, aunque sólo sea por un instante, que ellos aceptarían a un inglés en sus corazones?
—Tú no eres inglés, eres escocés.
—No. Nací en Inglaterra, Ni me crié allí. Fui expulsado de Escocia y se me dijo que no regresara jamás. Tú nunca podrás llegar a entender lo mucho que detesto estar aquí, v volveré a Londres en cuanto se me presente la primera ocasión de hacerlo. ¿Estarías dispuesta a seguir a mi lado entonces?
Un destello de ira brilló en los ojos de Candy cuando pensó en aquel lugar horrible.
—Desprecio Londres. La suciedad y el hedor. Y allí me odian.
—Entonces comprendes cómo me siento yo aquí.
Las palabras de él la dejaron sin aliento. Por todos los santos, ella sabía muy bien lo que era sentir aquella horrenda agonía que no había dejado de oprimirle el corazón un día tras otro cuando temía que nunca volvería a ver sus adoradas Highlands. Había sido insoportable.
—¿Por qué te casaste conmigo? —preguntó en voz baja, medio temiendo la respuesta que daría él.
—Porque no conocía ninguna otra manera de llevarte a casa. Vi lo que los demás le hacían a Jimmy, lo mal que lo trataban y cómo se mofaban de él. Es un buen muchacho con un buen corazón. No quería que Jimmy llegara a volverse como yo. Así que te acepté para devolverte aquí antes de que fuese demasiado tarde para vosotros dos.
Candy se quedó helada ante el torrente de emoción que hizo presa en ella. En ese momento, supo que amaba a Sin. No cabía duda. La intensidad de aquella emoción incontenible se abrió paso a través de ella, llenándola y haciendo que quisiera tomarlo entre sus brazos y mantenerlo allí durante toda la eternidad.
Aquel hombre, tan fuerte, tan lleno de dolor, que podía olvidarse de sí mismo y ayudar a otros a pesar de que nadie lo había ayudado jamás. Aquello la asombraba. También la asustaba, pero por encima de todo la conmovía profundamente.
Le pasó la mano a lo largo de la mandíbula.
—Voy a hacer que quieras quedarte aquí conmigo.
Los ojos de él se opacaron.
—Te aseguro que no puedo hacerlo.
—¿Eso es un reto?
—No, paloma mía. Me limito a exponer un hecho.
En la mente de él tal vez fuera eso, pero Candy no podía evitar verlo como un reto, y a ella le encantaban los retos. De algún modo, como fuese, se abriría paso a través de las defensas de Sin y encontraría su corazón. Haría que Sin quisiera quedarse allí.
Ella sería lo que él necesitaba y de la manera en que lo necesitaba.
Sin importar lo que tuviese que hacer para conseguirlo.
Sin se dio la vuelta y quedó acostado de espaldas a Candy. Esperaba que ella se levantara. Ella no lo hizo.
En lugar de eso, se acomodó detrás de él y empezó a reseguir con los dedos las cicatrices que surcaban su espalda. Era una sensación tan extraña, tener su mano dándole placer por encima de las cosas que le habían causado un dolor tan tremendo.
Cuando Candy se inclinó hacia delante y puso los labios sobre la herida infligida por la flecha, él se estremeció. Su cuerpo ardía de deseo por ella. Sería tan fácil darse la vuelta, tornarla en sus brazos y plantarse profundamente dentro de Candy. Aliviar con su cuerpo el dolor que sentía entre las piernas.
Hubiese jurado que podía sentir sus senos en las manos. Que podía saborear la dulzura de su piel.
Pero no era más que un sueño insensato.
Aquel mundo no le ofrecía ningún lugar en el que pudiera estar a salvo. No había felicidad alguna para alguien como él. El amor era para otros. Hombres afortunados que se habían visto bendecidos con el don de saber amar.
Esa noche, sin embargo, Sin sentía su soledad como nunca la había experimentado antes. Tenía mucho frío, y el vacío que había dentro de él lo llenaba de dolor.
Y lo único que quería era aliviar aquel dolor.
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, ya se había dado la vuelta para mirarla. Los ojos de Candy eran tan dulces que daban calor a aquel lugar tan frío que había en su interior. Cuando ella extendió la mano para ponerle las puntas de los dedos en los labios, Sin sintió que su resistencia se hacía añicos.
¿Cómo podía mostrarse tan abierta y estar tan dispuesta a dar?
Nunca entendería a aquella mujer.
Ella abrió los labios en una invitación. Y sin pensárselo dos veces, él la aceptó.
Candy gimió cuando el sabor de él le llenó la boca mientras la tomaba entre sus brazos. Su beso estaba hecho de pura pasión, y le robó el aliento. Sintió cómo cerraba la mano sobre la parte de atrás de su camisa al tiempo que se apretaba contra su cuerpo.
Sin saqueó su boca como si ésta contuviese todos los tesoros de la tierra y él necesitara desesperadamente hacerlos suyos.
Sus brazos la estrecharon apasionadamente mientras su lengua danzaba con la de ella, siguiendo un ritmo tan intenso y lleno de calor que la dejó agotada y sin aliento.
Por todos los cielos, cómo deseaba a aquel hombre. Le daba igual qué crímenes hubiera cometido o lo que hubiera podido hacer para sobrevivir a los horrores de su pasado. Lo único que importaba era el modo en que le llegaba al corazón.
Sin la hacía reír, la hacía sentirse necesaria y deseable. Por encima de todo, la hacía sentirse mujer. Despertaba algo oculto dentro de su ser, una parte de ella que Candy nunca había sabido que existiera.
Cuando miraba dentro de sus ojos, podía ver el futuro. Veía los niños que quería tener y el hogar que quería crear para todos ellos.
Sin no podía entender por qué no se apartaba de ella. Hubiese debido hacerlo. Sería lo más noble. Pero después de todo, él y la nobleza de espíritu vivían en mundos distintos. Él era una bestia que sólo conocía las artes básicas de la supervivencia.
Sólo sabía cómo protegerse a sí mismo de aquello que podía hacerle daño.
Y sin embargo, cuando la miraba, sólo podía pensar en ser el hombre que ella necesitaba. En tenerla a su lado durante el resto de la eternidad.
Cómo deseaba que hubiera habido alguna manera de borrar su pasado y ser la clase de hombre que una mujer como aquélla se merecía.
—Te deseo, Sin —jadeó ella en sus labios.
Aunque Dios le castigara por ello, no podía resistirse a aquella súplica.
Pero no la tomaría allí en el suelo sin pensar en la comodidad de Candy. Él podía ser un animal, pero ella era una dama de alta cuna. Sin hacer caso de las protestas de Candy, la cogió en brazos y la llevó a la cama.
—Te harás daño en el hombro —dijo ella, apretándose contra él como para presentarles el menor peso posible a sus brazos.
—No pesas lo suficiente para hacerme daño.
Ella lo miró como si no estuviera muy convencida mientras él la depositaba sobre el colchón de plumas, sus manos delicadamente apoyadas en los hombros de él. La suavidad de su contacto le abrasaba la piel, y Sin dedicó un instante a saborear la visión de Candy, esperándolo allí consumida por la pasión. Sus verdes ojos se alzaron hacia él para contemplarlo como si fuese todas las cosas que él había soñado ser.
A los ojos de ella, él era noble. Decente. Heroico. Era el hombre que siempre había querido ser.
Hubiese debido marcharse. Él lo sabía. No tenía ningún derecho a hacerle aquello.
Pero no podía irse. Dudaba que hubiese algo en este mundo o más allá de él capaz de hacerlo salir de esa habitación aquella noche.
Candy vio el tormento en sus ojos y por un momento pensó que Sin iba a apartarse de ella.
En lugar de eso, se desató las lazadas, se quitó las calzas y se reunió con ella en la cama. Candy se estremeció ante la visión del cuerpo desnudo de él acostado junto al suyo.
Su fuerza y la gracia de sus movimientos resultaban abrumadoras. Candy se sintió arder de deseo. Toda ella palpitaba con una necesidad que apenas podía entender. Lo único que sabía era que deseaba a Sin. Quería sentirlo dentro de ella y entregarse a él, dejar que tomara cualquier clase de consuelo o alivio que pudiera encontrar en su cuerpo.
Él alzó la mano hacia las lazadas de su faldilla y fue abriendo muy lentamente el cuello de la prenda hasta que Candy quedó expuesta a su ávida mirada. La intensa emoción que oscureció el rostro de Sin mientras contemplaba sus pechos desnudos la hizo estremecer.
Un gemido escapó de los labios de Candy cuando él pasó la mano por sus hinchados y tensos pezones como si estuviera saboreando su apariencia y su tacto antes de tomar uno en la palma y apretarlo suavemente. La sensación era tan placentera que exhaló un siseo, y le pareció que todo su cuerpo se derretía.
Estaba mojada y deseaba ser suya, y la necesidad era tan intensa que no dejaba espacio para nada más.
Sin enterró los labios en su garganta, marcándola a fuego con el calor de su aliento. La vez anterior Candy estaba tan borracha que apenas podía recordar haber sentido su proximidad. Pero aquello… aquello era vívido. Vívido y abrasador, y enseguida sintió cómo el miedo y la curiosidad tomaban posesión de ella.
Exploró su cuerpo con las manos, deleitándose en los esbeltos relieves de su cuerpo masculino. Qué duro y firme era comparado con ella. Sus mejillas la arañaban suavemente allí donde crecían las patillas. Y el aroma viril que emanaba de él hacía que le diera vueltas la cabeza.
Sin no podía evitar estremecerse bajo la intensidad de las emociones que estaba sintiendo. Candy lo afectaba a unos niveles desconocidos para él. Cuando miró dentro de sus ojos, vio el paraíso. Ninguna mujer lo había tocado nunca así. Él nunca se había permitido sentir semejante consuelo.
Nunca se había atrevido a abrigar la esperanza de alcanzarlo. Ella siempre estaba dispuesta a entregárselo todo. Sin bebió la ternura de sus labios y saboreó esa bondad que en ella era algo innato y que tan ausente se hallaba de él. Candy era un ángel y, cuando la miraba, casi podía creer en la existencia de cosas como el cielo.
Se dio la vuelta y se puso encima de ella para poder tomar su rostro entre las manos y mirar dentro de aquellos magníficos ojos verdes y ver todas las promesas que contenían.
¿Se atrevería a creer en ellas?
Candy volvió la cabeza y le besó la palma. El gesto hizo que todo él se estremeciera. Con el corazón retumbándole dentro del pecho, Sin contempló cómo Candy prolongaba el beso subiendo lentamente a lo largo de su brazo hasta llegar a sus labios.
Cerrando los ojos, le sacó la camisa por la cabeza y disfrutó con la sensación del cuerpo desnudo de Candy junto al suyo. Esta noche, pensó, haría lo que nunca había hecho antes. Se abriría a sí mismo ante ella y rezaría para que por la mañana ella no lo despreciase por ello. Candy gimió al sentir el calor del cuerpo de él debajo del suyo. Una súbita oleada de deseo se extendió por todo su ser. Lamentó amargamente no guardar ningún recuerdo de su noche de bodas y de lo que había sentido cuando él la tenía en sus brazos.
Él le dio la vuelta y se colocó entre sus piernas. Candy sintió cómo los pelos de sus piernas le rozaban la parte interior de los muslos mientras la besaba, con su miembro endurecido suavemente apoyado en la pierna.
Hallarse expuesta ante él de aquella manera hacía que se sintiera muy extraña. Y con todo, no podía haber nada más natural que aquella unión. Candy alzó los brazos, le pasó las manos por las mejillas y terminó enterrándolas en sus cabellos cuando vio la ávida necesidad que había en los ojos de él.
—No sabes cómo me alegro de que seas mi esposo —jadeó.
La pena y el éxtasis se mezclaron en los claros ojos de él mientras la miraba como si no pudiese creer que le había oído decir aquello. Parecía como si estuviese soñando y temiera despertar.
Con sus músculos ondulando debajo de las manos de ella, Sin puso la punta del miembro en el núcleo de su feminidad.
Candy contuvo la respiración. Después de aquella noche ya no podría olvidar el contacto de su esposo.
Él le acarició la mejilla con la mano. Sus ojos le sostuvieron la mirada mientras una corriente invisible de comprensión y cariño mutuos pasaba entre ellos. Fue un momento compartido que no tenía precio y ayudó mucho a que Candy volviera a confiar en que existía un futuro para ambos.
Él bajó la cabeza, tomó posesión de sus labios en un apasionado beso y se enterró profundamente dentro del cuerpo de ella. Candy se tensó cuando el súbito dolor se impuso a su placer.
Él se quedó inmóvil.
—Lo siento —le susurró—. Te he hecho mucho daño.
Candy tragó saliva y sacudió la cabeza. El intenso dolor de los primeros instantes ya se estaba convirtiendo en una sorda molestia a medida que su cuerpo se esforzaba por dar cabida a su gran miembro viril. En realidad todo se había reducido a un mero sobresalto. Dado que ella ya había perdido la virginidad, esperaba que aquella noche estuviera libre de dolores. Al menos eso era lo que le habían dicho.
Sin se sostuvo sobre los brazos para poder observarla. Candy alzó la mirada hacia él y vio la preocupación que había en sus ojos mientras sentía la dureza de su miembro dentro de su cuerpo. Dios, era tan increíblemente apuesto.
—Me encuentro perfectamente, Sin —dijo, ofreciéndole una tímida sonrisa. Era tan íntimo mirarlo mientras se hallaban unidos de aquella manera…
A cada inspiración que hacía él, Candy podía sentirlo palpitar dentro de ella. Sentía su presencia, todo él rígido y duro, por encima de su cuerpo y en su interior.
Movió las caderas en una reacción instintiva, llevándolo todavía más dentro de ella cuando sus músculos se tensaron alrededor del miembro con que la penetraba. Él gruñó, y la expresión de placer que Candy vio pasar por su rostro en ese momento fue tan intensa que la espoleó a emprender acciones más osadas mientras se retorcía debajo de él.
Verla yacer así mientras le ordeñaba el cuerpo con el suyo hizo que Sin contuviera la respiración. Se mantuvo rígidamente inmóvil, sin importarle que el esfuerzo de contenerse lo estuviese matando. Quería que ella sintiera la misma pasión que él, que no temiera los deseos de su propio cuerpo.
Ella tenía que obtener tanto placer de aquella noche como él. Todavía más, de hecho. Y le encantó ver cómo Candy descubría el poder y el éxtasis de su sexualidad al mismo tiempo que lo hacía él.
Gruñendo ante lo delicioso de aquella sensación, Sin entró todavía más profundamente en ella. Gimieron al unísono.
Nunca había soñado con que hacer el amor pudiera ser así. Nunca se había atrevido a esperar una noche en la que pudiera estar con una mujer en una unión tan libre de reservas sin saber que ella estaba con él porque así lo había querido.
Con los rizos de su melena rubia flanqueándole el rostro, Candy era como una hermosa criatura llegada del país de las hadas que se hubiera tropezado con él y hubiese usado su magia para conquistarlo. Sentirse rodeado por ella era maravilloso, y Sin se dijo que no podía haber en el mundo un placer más grande que el que ella le hacía experimentar con su delicado calor.
Candy le pasó las manos por el pecho, fue subiéndolas lentamente a lo largo de sus brazos y le acarició los cabellos.
Sin descendió sobre ella y la tomó entre sus brazos. Luego, siempre moviéndose con mucha lentitud, empezó a mecerse suavemente entre sus muslos.
Candy suspiró de placer al sentirlo tan profundamente en su interior, duro y fuerte. ¿Cómo podía haber olvidado aquello? Lo rodeó con los brazos y escuchó su rápida respiración mientras él se movía.
Arqueando la espalda para tenerlo todavía más adentro, le besó el hombro que no estaba herido e inhaló el olor de su cuerpo. Sin aceleró el ritmo de sus acometidas, entrando y saliendo de tal manera que sus penetraciones se hicieron cada vez más profundas. A Candy le daba vueltas la cabeza mientras sentía su piel en la suya y la caricia del aliento de él en su cuello.
Murmuró su nombre mientras se agarraba a él y respondía con una rápida acometida a cada una de las suyas. Era como si no pudiese controlar su cuerpo. Tenía mucho calor y sentía un extraño hormigueo. Y cuando ya estaba segura de que iba a morir a causa del placer que él le estaba dando, su cuerpo hizo erupción en un éxtasis tan intenso que la obligó a gritar.
Sin apretó los dientes ante la sensación del cuerpo de ella aferrándose al suyo mientras la besaba profundamente.
Abrazándola todavía más fuerte, sintió cómo su cuerpo llegaba a la culminación. Con una última y enérgica embestida, se enterró dentro de ella y sintió las sucesivas oleadas de placer que lo recorrieron mientras le daba una parte de su ser que nunca le había entregado a nadie en el mundo.
Después se quedó absolutamente inmóvil, abrazándola durante lo que le pareció una eternidad y sin embargo no pareció durar nada.
—¿Siempre es así?— preguntó ella, muy impresionada.
Sin tragó aire con un jadeo entrecortado mientras bajaba del cielo para volver a entrar en su cuerpo.
—No lo sé.
Sintió que todo él se ponía tenso en cuanto las palabras hubieron salido de sus labios.
Candy lo miró con curiosidad.
—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?
Él se dispuso a cubrir su error con una mentira, pero descubrió que no podía decidirse a hacerlo. No, no le mentiría. No después de que ella le hubiese dado tanto.
Apartó la mirada, muy, incómodo.
—Nunca había estado con una mujer antes de esta noche.
Su confesión dejó tremendamente perpleja a Candy. ¿Cómo podía ser? En Londres había oído numerosos rumores sobre las conquistas sexuales de Sin de labios de otras mujeres.
Naturalmente, también había oído decir que cada mañana se comía unos cuantos niños pequeños, y que le brotaban cuernos de la frente cada vez que pasaba cerca de una iglesia.
—¿Qué me dices de nuestra noche de bodas? —preguntó.
— Te quedaste dormida antes de que termináramos.
—Pero la sangre que había encima de mi cuerpo y en la cama… ¿de dónde salió?
—Era mía. Pensé que no querrías sufrir la humillación de que los médicos de Enrique te examinaran y descubrieran que todavía eras virgen, así que volví a abrir uno de los cortes en mis brazos y usé la sangre para evitártela.
Candy fue consciente por primera vez de hasta dónde llegaba su soledad. Por todos los santos, Sin nunca había conocido la intimidad con otra persona ni siquiera en el aspecto físico.
El que un hombre de su talla y sus proezas hubiese permanecido intacto hasta entonces era simplemente inaudito.
—No puedo creer que no hayas…
—¿Qué clase de bastardo sin escrúpulos crees que soy?—preguntó él, con ojos llenos de furia—. Después de todo lo que he tenido que soportar en la vida, ¿piensas que correría el riesgo de dejar abandonado a un hijo mío en las manos de una mujer que lo odiaría a causa de mis acciones? Antes moriría célibe que llegar a saber que un hijo mío estaba sufriendo porque yo era un imbécil incapaz de controlarse que sólo pensaba en sí mismo.
Y sin embargo había corrido un riesgo con ella. Después de esta noche, era muy posible que Candy pudiera llevar un hijo suyo en su seno. Lo que significaba que él confiaba en ella, al menos a cierto nivel.
Conmovida por sus palabras, Candy lo tomó entre sus brazos. Sin la estrechó contra su pecho y esperó ser estéril. Se aferraba a la esperanza de que aquella noche no tendría consecuencias. No podía soportar pensar en que un hijo suyo tuviera que hacer frente a las penalidades y los sufrimientos del mundo.
Nunca hubiese debido tocar a Candy. Aquello estaba mal y deseó que la flecha de aquella tarde le hubiese atravesado el corazón. Debería haber dejado que la familia de ella lo derrotara y haber regresado a Inglaterra.
Pero en cualquier caso nunca hubiese debido hacerle el amor. Y sin embargo, en el mismo instante en que pensaba aquello, contempló el rostro angelical de Candy y vio en él lo que llevaba toda una vida esperando ver.
Ahora lo único que tenía que hacer era encontrar el coraje necesario para tomarlo.
Lo que más lo mortificaba era el hecho de que él, que había sabido mantenerse firme y solo durante toda su vida, de pronto se hubiese convertido en un cobarde que sentía terror ante una mujer. Porque Candy lo asustaba. Ella y aquellos sentimientos desconocidos que se agitaban dentro de él lo llenaban de pavor. Cuando la miraba, todos los sueños que llevaban tanto tiempo enterrados afloraban de nuevo y le hacían desear cosas a las que él no tenía ningún derecho. Hogar. Familia… Amor.
«Da gracias por lo que tienes, muchacho. Los bastardos como tú sólo sirven para limpiarles el trasero a quienes son mejores que ellos.» La voz un tanto enfurecida de Harold volvió a resonar en su mente.
Sintiendo que no podía respirar, se apartó de mala gana de Candy, se levantó y se vistió.
—¿Sin?
El sonido de su voz fue como una cuchillada. Sin se detuvo en la puerta, desgarrado entre la necesidad de volver a la cama y no separarse nunca de Candy, y ese miedo a que ella lo rechazara es lo que le impulsaba a salir huyendo como un animal asustado.
Por primera vez en su vida, eligió la retirada.
—Enseguida vuelvo.
Sin tener ninguna dirección concreta en la mente, Sin bajó a la gran sala, donde encontró a su hermano William todavía sentado a la mesa, bebiendo cerveza.
—¿Cómo es que todavía estás despierto? —le preguntó mientras ocupaba el asiento vacío junto a su hermano.
William apuró su copa y volvió a llenarla.
—Todavía no estoy muerto de cansancio. ¿Y tú?
— Me ocurre lo mismo.
Sin cogió una copa y la llenó.
William lo miró y soltó un gruñido mientras Sin vaciaba la copa de un solo trago.
—Hacemos una buena pareja, ¿eh?
Sin llenó una copa.
—¿Por qué lo dices?
—Los dos vivimos atormentados por nuestro pasado.
Sin guardó silencio mientras más recuerdos surgían de las profundidades de la memoria. Sabía que el pasado pesaba duramente sobre la maltrecha conciencia de William.
—¿Esta noche te ha dado por pensar en Anthony?
William asintió.
—Pienso en él cada noche. Su rostro me atormenta cada vez que intento conciliar el sueño.
—Sí, puedo entenderlo. Yo veo a los hombres que he matado.—Bebió un sorbo de cerveza—. Y en la mayoría de los casos ni siguiera llegué a saber cómo se llamaban.
—Eso tiene que ser menos duro que saber que mataste a tu propio hermano.
Sin echó atrás su silla para poder mirarlo a los ojos.
—Anthony se quitó la vida.
—Sí, por lo que yo le hice.
William sólo había sido un peón en manos de una hermosa mujer que no tenía corazón. Anthony tomó su propia decisión, y el pobre William se quedó solo en el mundo para padecer las consecuencias de las acciones de ambos.
Sin sentía verlo así y habría dado cualquier cosa para poder aliviar el dolor de William. Pero dudaba que ni siquiera la eternidad fuera lo bastante larga para que el corazón de su hermano dejara de estar lleno de pena.
William empezó a servirse más cerveza, y luego arrojó la copa por encima de su hombro y bebió directamente de la jarra.
—Estas malditas copas nunca son lo bastante grandes —masculló mientras inclinaba la cabeza hacia un lado para mirar a Sin—. Bien, ¿por qué estás aquí, cuando tienes una esposa tan bella calentándote la cama?
Era una pregunta fácil de responder.
—Porque soy un estúpido y un hipócrita.
— Bueno, al menos lo sabes.
Sin sonrió sarcásticamente.
—Sabes, estoy pensando que le debo una disculpa a Victor.
—¿Por qué?
—Por lo que le dije cuando estábamos en el territorio de los MacDouglas con Rosmary. Estoy descubriendo que resulta mucho más fácil dar consejos que seguirlos.
William frunció el ceño.
—Recuerda, hermano, que estoy borracho y que mi mente enturbiada por el alcohol no ha conseguido entender ni una sola palabra de lo que acabas de decir.
Sin respiró hondo.
—Le dije a Victor que debería atreverse a probar suerte con Rosmary y averiguar si estaban hechos para vivir juntos. Ahora descubro que no soy capaz de seguir mi propio consejo.
—¿Quieres probar suerte con Rosmary?
Sin le tiró un panecillo.
—¿Por qué no te vas a la cama y duermes la borrachera?
—Ya lo haré. Todavía no estoy lo bastante borracho.
Sin arqueó una ceja al oírle decir aquello. Mientras estaba recuperándose de sus quemaduras en Escocia con sus hermanos, había notado que William solía quedarse levantado hasta altas horas de la noche, bebiendo a solas.
—Dime una cosa, Will. ¿Alec ya sabe lo mucho que bebes?
—Nadie lo sabe. Ni siquiera yo.
Sin le agarró del brazo antes de que pudiera beber otro trago.
—Tal vez deberías practicar la abstinencia durante un tiempo.
William gruñó y se quitó la mano de encima.
—Teniendo en cuenta que no puedes seguir tus propios consejos, lo menos que puedes hacer es no intentar dármelos.
Sin sacudió la cabeza al ver que William se terminaba la jarra, y luego se levantaba para ir en busca de más cerveza.
William había creído que Eliza Ingen Kaid lo amaba. Primero había luchado contra Anthony para hacerla suya, y el enfrentamiento llegó a tales extremos que poco faltó para que se mataran, y luego había desafiado a su padre y sus hermanos al huir con ella para contraer matrimonio.
Antes de que William hubiera podido casarse con ella, Eliza se fugó con otro hombre y lo dejó completamente solo en el norte de Inglaterra. Con el corazón destrozado, William había regresado a casa para encontrarse con que su familia estaba llorando la muerte de Anthony, quien se había suicidado el día después de que William se hubiera marchado con Eliza.
El doble golpe le había destrozado la vida a William.
Su hermano tan sólo había querido ser feliz y había terminado amargado y solo, viviendo en una caverna en las colinas sin nadie que lo cuidara o reparase en las cantidades de cerveza que consumía.
A veces la oportunidad de ser feliz no merecía que uno intentara aprovecharla.
Sin contempló su copa. Podía contar sus recuerdos agradables con los dedos de una mano. La felicidad siempre había estado más allá de su alcance.
Había sido un estúpido al pensar que no era así.
Con el corazón lleno de pena, supo que no podía seguir teniendo a Candy. Cuando amaneciese, se concentraría en dar con los rebeldes y luego la dejaría.
El papa seguramente le concedería una anulación a Candy. La animosidad y el odio que le profesaba aquel hombre bastarían para que disolviese de buena gana un matrimonio que nunca habría debido llegar a celebrarse.
Sí, la pondría en libertad. Era la única cosa decente que un hombre indecente podía hacer.
CONTINUARA
Me he quedado de una sola pieza, mi Pecadito era virgen? O como lo llama Elbroche Albertsin.. Al decir que no habia estado nunca con una virgen, pense que solo se acostaba con mujeres de la vida alegre... Pobre ...El solito con Manuela.
La traducción de esta novela tiene muchos errores de edición, hay veces que tengo que adivinar que dice porque la palabra esta mal escrita, por eso me demoro mucho en leer y editar un capitulo..
Hay muchas fallas y si no estoy pendiente se me pasan , por eso me disculpo, en un capitulo ella le pregunta por su padre y el le responde que se quito la vida porque su mujer se fugo con uno se sus hermanos.
Aqui vemos que el que se quito la vida fue un hermano Anthony.
Cuando llegaron sus hermanos , el tio presenta a su sobrina y mas adelante hace el comentario que el ingles dejo ir a su prima...son detalles que tengo que corregir, estar pendiente que no se me pasen . Lo del hermano se me paso porque no habia leido todavia este capitulo.
Un abrazo.
Aby
