¡Sostente!


Separación


—Creo que está muerto.

—No está muerto... sigue respirando.

—¿Puedes respirar si estás muerto?

—No. Bueno, tal vez. Pero necesitarías un respirador.

Sniff, sniff.

—Huele como si estuviera muerto.

Hay una presión contra mi parpado. Y luego lo abren... revelando el rostro curioso de Namida.

—¿Estás muerto? —grita.

Aparentemente sospecha que también estoy sordo. Reclamo mi ojo con una sacudida de cabeza.

—Sí, estoy muerto. —Ruedo sobre mi costado, lejos de las voces—. Déjame descansar en paz. — Martilleo no comienza ni a describir lo que sucede ahora mismo en mi cabeza. Se siente como que parásitos con garras afiladas se metieron en mi cabeza y la abren desde el interior. Mi estómago se revuelve, y aunque no he vomitado a causa del alcohol desde que tenía veintidós, puede que hoy vuelva a suceder.

—Sabes, podría hacer que te sientas mejor.

Eso vino de Mitsuki. Me muevo lentamente sobre mi espalda y abro los ojos. Ellos cuarto Mitsuki, Log, Chõchõ y Namida me miran, vestidos con el uniforme de la escuela, con expresiones de curiosa repulsión. Mayormente repulsión.

—¿Cómo?

—Nuestra mamá estaba muy metida en curaciones homeopáticas y suplementos. Podría mezclarte algo.

—De acuerdo.

Y así de desesperado me siento escuchando a un niño de nueve años. Uso las paredes buscando apoyo mientras me dirijo a la cocina. Hinata se encuentra allí vestida con mallas apretadas y una camiseta de Berkeley, la cual hace que sus pechos se vean fantásticos. Si tan solo me sintiera lo suficientemente bien como para mostrar mi apreciación como corresponde. Mete cucharadas de algo verde y desagradable en la boca de Ronan, y casi vomito en el suelo. Él parece disfrutarlo.

—Oh, estás levantado —dice animadamente. Luego, un poco menos—. Te ves horrible.

—Eso tiene sentido —murmuro—. Me siento horrible.

Me siento en la isla mientras Mitsuki saca la licuadora y comienza a meter varios jugos, píldoras y cápsulas de gel en ella. Luego enciende la licuadora. Y mi cabeza explota. Después de dos largos minutos, la preparación marrón y granulosa es servida en un vaso y colocada frente a mí. Ellos me miran — incluso el bebé— como si fuera el hombre lobo en esos espectáculos para raros en los viejos carnavales.

—¿Esto de verdad va a funcionar? —le pregunto a Mitsuki.

—Bueno... —Aprieta los labios—. O funciona o vomitas. Pero, de cualquier forma, probablemente te sentirás mejor.

Tiene un punto.

Lo vacío, tratando de no respirar, en unos pocos tragos. Luego eructo desagradablemente y mi estómago gruñe. Pongo la cabeza en el mostrador.

—Alguien que me mate, maldición.

—Bien, niños, hora de la escuela —les dice Hinata, pasando bolsas de almuerzo y mochilas en medio de gemidos descontentos. Los escucho caminar por el pasillo y atravesar la puerta principal. Creo que me duermo unos minutos, porque la siguiente vez que abro los ojos y levanto la cabeza, somos sólo Hinata y yo en la cocina.

Coloca un vaso grande de agua frente a mí, su expresión neutra.

—Gracias. —No recuerdo todo de la noche anterior, sólo algunas palabras e imágenes. Pero igual siento la necesidad de decir—: Lo siento por lo de anoche.

—¿Por qué? —pregunta, dejando platos en el lavabo—. No es como si me hubieras abordado.

—No... definitivamente recordaría eso.

Me mira con una sonrisa rápida y fugaz.

—Hinata. —Hay una desesperación en mi voz que hace que se detenga y me mire a los ojos—. También lamento lo que te dije el otro día. No eres solamente un "buen tiempo" para mí... lo sabes, ¿verdad? Tienes que saberlo, eres... mucho más. Y no sé manejar... más... de buena forma.

Su expresión rígida se derrite, sus ojos se suavizan y se calientan. Se lame los labios, considerando sus palabras, luego dice—: Te extrañé. Sé que sólo pasó un día, y sé que probablemente te hará enloquecer, pero me gusta tenerte alrededor, y todo lo que viene con ello. No tenemos que... avanzar si eso te pone incómodo. Me parece bien mantener las cosas como están. Creo que son bastante asombrosas.

Le tomo la mano, deslizándola más cerca. La presiono entre mis dos manos, viéndola desaparecer. Tan pequeña. Tan hermosa.

—También creo que son bastante asombrosas.

Y su sonrisa se amplía.

Bostezo y me estiro... y maldición, en verdad comienzo a dejar de sentirme como un basurero de la muerte. Mitsuki puede que haya descubierto algo con esa bebida; espero que haya escrito la receta.

—Tengo que irme a trabajar, pero antes de dirigirme a casa por un cambio de ropa, realmente me gustaría tomar una ducha.

Hinata pasa un dedo por mi cabello, masajeándome el cuero cabelludo.

— Hay cinco duchas en esta casa... escoge una.

Sonrío.

—Me gusta la que está en tu habitación.

El agua caliente se siente increíble en mis músculos tensos. Pongo la cabeza bajo la regadera, dejando que el agua corra sobre mí, y el ayer se quita. Mi conversación con la señora Holten y Gaara No Sabaku, y el sentimiento que resucitaron da vueltas por el drenaje y desaparece.

Entro en la habitación de Hinata con una toalla alrededor de mi espalda.

Ella se encuentra allí, poniendo trozos sexys de encaje y satén doblados en los cajones. Me observa, mirando las gotas de agua pasar por mi pecho, a lo largo de mis abdominales. Mi polla se pavonea bajo su mirada.

Y definitivamente nota eso.

Mirando con avidez el contorno duro debajo de la toalla, pregunta, casi sin aliento—: ¿Te sientes mejor?

Paso la lengua por mi labio inferior.

—Mucho mejor.

Y la toalla no se queda en mis caderas por mucho tiempo después de eso. En los días que siguen, Hinata y yo encontramos nuestro ritmo de nuevo, dentro y fuera de la habitación. Mi vida regresa a la normalidad, un tipo de normalidad extraña y diferente que la incluye a ella y a los niños.

Un día, Hinata se nos une a Sai, Sakura, Sasuke y a mí para el almuerzo, y Sakura sostiene a Ronan en su regazo todo el tiempo. Llevo a Log a las pruebas de la Pequeña Liga y celebramos con pizza en el patio trasero cuando entra al equipo. Namida comienza las lecciones con un nuevo profesor de piano que viene a la casa, y superviso para asegurarme que no haya reglas a la vista.

Chõchõ descubre 5 Seconds of Summer y One Direction queda degradado, aunque para ser honesto, todos lucen iguales para mí. Ronan empieza a dormir durante la noche, una gran ventaja, mientras Mitsuki disfruta sus días libres de tormento en la escuela. Y Hima flexiona su poder con su vocabulario recientemente ampliado, que nos dice "no" cada vez que puede.

Es bastante genial.

Pero entonces... llega un día que lo cambia todo. Y todo se va al infierno.

Después del fuerte repudio a la declaración de la señora Holten y su negativa a asistir a la acusación en cualquier caso contra su esposo, Gaara no tuvo otra opción que quitar los cargos contra el senador. Y eso se registró como una victoria en mi columna. Es una gran y jodida cosa para mí profesionalmente.

Ahora soy el empleado mascota de Danzo Shimura y el tipo favorito en todo el mundo del senador Holten, un hombre con considerable influencia en Konoha Capital.

Más tarde el viernes, el senador hace espacio en su ocupado horario para venir a nuestra firma, a la oficina de Danzo, para entrevistarse conmigo. Para codearse y discutir mi futuro.

Hablar de todos los tratos que el diablo quiere que haga.

Nos sentamos en los sofás de cuero en la oficina de Danzo, disfrutando un whiskey en la tarde. Holten habla sobre un buen "amigo" suyo que comienza a investigar el lavado de dinero. Sus ojos son oscuros, sin fondo, casi sin alma. Y me espanta un poco.

Mientras el senador sigue hablando, mi teléfono vibra en mi bolsillo. Lo miro con discreción, el nombre de Hinata brilla en la pantalla. Mando la llamada al correo de voz. Pero unos minutos después, los vellos en la parte de atrás de mi cabello se erizan cuando su silenciosa llamada aparece de nuevo.

Mi pulgar duda por un segundo y luego la envío al correo de voz de nuevo. Ésta muy bien podría ser la mayor reunión de mi carrera; escuchar cuantos metros gateó Ronan hoy va a tener que esperar.

Terminamos nuestras bebidas, y la conversación gira hacia mis casos recientes, mi última absolución. Y entonces Veronica, la secretaria privada del señor Shimura, entra en la oficina, su voz dubitativa al interrumpirnos.

— Disculpen la intrusión, caballeros. —Me mira—. La señora Higgens está en la línea uno, con una llamada urgente para usted, señor Uzumaki.

Mi primer pensamiento es de lo niños, que Log se ha metido en algún nuevo problema o que uno de ellos, quizás Hima la esperaban ha tenido un accidente. Algo menor, por supuesto, un hueso roto o un corte que necesite sutura.

Pero cubro mi preocupación con un encogimiento de hombros, mirando a Holten y a mi jefe.

—Mis disculpas. El precio de estar en demanda.

El señor Shimura asiente.

—Use mi teléfono, Uzumaki.

Me paro junto a su escritorio mientras ellos continúan la conversación y presiono el botón bajo la luz que parpadea, esperando. Hay un clic en la línea, una pausa mientras conecta y luego la voz de Hinata.

—¿Naruto?

Oigo bastante en esa sola sílaba. Su voz es extraña. De alguna forma plana y chillona al mismo tiempo. Y exhala con fuerza, como cuando te tuerces un tobillo o te cortas la mano y tienes que respirar entre el dolor.

—¿Qué sucede?

—Anko está aquí. Con... oficiales. Tienen una... una orden... Y...

El suelo cae debajo de mí.

—Se llevan a los niños, Naruto.

Nauseas golpean mi estómago y siento como si cayera. Luchando, forcejeando por algo que detenga la caída.

Trago la bilis.

—Me iré ya mismo. Diles... —Ahogo una maldición—. Diles que voy en camino.

—Apúrate —ruega en un susurro. Y la línea muere.

Recoloco el teléfono en el soporte. Me toma cada gramo del control que tengo para no salir corriendo de la maldita habitación o atravesar la pared.

—Lo siento, me tengo que ir. —Tengo el maletín en la mano y ya estoy pasando por la puerta cuando mi jefe dice—: Uzumaki, el Senador Holten sólo se encuentra disponible por esta tarde.

Aferrando el picaporte, me obligo a girarme y responder—: De nuevo, lamento mucho que no podamos hablar por más tiempo, Senador. Pero... No tengo que pensar en las siguientes palabras—, es una emergencia familiar.

Irrumpo por la puerta, salvaje y furioso, intentando ordenar mi cabeza. Debido a que las emociones hacen que te distraigas, que te descuides. Y en verdad necesito estar enfocado.

El vestíbulo de entrada se encuentra vacío, acecho en la sala de estar. Allí, lo primero que veo es a Chõchõ, una bolsa de lona azul llena a sus pies, frotando el temblor de su hermana pequeña mientras entierra su cara contra su estómago. La de trece años me mira, sus ojos repletos de lágrimas se mantienen bajo control.

—Está bien. —Asiente, tratando de ser condenadamente valiente—. Estoy bien.

Noto a un oficial de policía uniformado en la esquina, se ve joven, recién salido de la academia. Me pregunto si cuando se inscribió imaginó que proteger y servir incluiría sacar a niños asustados de su casa. Toma una fotografía enmarcada de una mesita en la esquina.

—No toques eso —mascullo.

Deja el marco y levanta las manos en señal de rendición. Lo supero rápido dirigiéndome hacia Hinata, con Hima a su lado, ajena a la confusión, y Ronan en el porta bebé a sus pies, asimilándolo todo. Los ojos de Hinata se encuentran abiertos y aterrorizados, mientras retuerce las manos. Suspira con alivio cuando me ve.

—¿Qué demonios es esto, Anko? —ladro a la trabajadora social de pie a su lado.

Anko niega con la cabeza.

—No fue mi llamada. Viene desde arriba.

—¿De qué superior se trata? —¿De quién es la cabeza que necesito partir en dos?

—El director de los Servicios Sociales revisó el expediente del caso y presentó una solicitud para sacar a los niños de la casa.

Tomo la orden de la corte de las manos de Hinata.

—¿Descuido y negligencia infantil? —leo—. ¿Es una maldita broma?

Anko se frota los labios, viéndose más que infeliz.

—Lo siento mucho.

Repaso el papel una vez más, comprobando la fecha, la redacción, las firmas. En busca de algo.

Jodidamente nada.

—Puedes hacer algo, ¿no? —pregunta Hinata, rogándome con los ojos—.¿Una respuesta, un aplazamiento? ¿Para que puedan quedarse?

Hay esperanza en su voz. Fe. Tanta confianza. Y me destruye.

Agarro su codo y juro por mi alma.

—Los recuperaremos. Te lo prometo, Hinata, los recuperaremos.

Por un momento, me mira fijo, sin pestañear. Como si no pudiera comprender que le digo. Hasta que lo hace. Sus ojos se cierran e inhala con dureza por la nariz. Luego abre los ojos, y veo una pared siendo erigida en su interior. Ladrillo a ladrillo, nivelándose, de modo que pueda recibir el golpe. Entonces puede ser fuerte para los niños, hasta que... después.

Hinata asiente y fuerza una sonrisa con los ojos húmedos. Luego levanta a Hima y se mueve hacia Chõchõ y Namida, acariciando su cabello, diciéndoles que se van a quedar con los amigos de Anko por una corta temporada. Qué va a ser maravilloso. Cuánta diversión van a tener.

Ruego que no puedan escuchar el temblor en su voz.

—¿A dónde te los llevas? —pregunto a Anko.

Leí un artículo al juez el mes pasado sobre los grupos de hogares atestados de gente, la escasez de adecuadas familias de acogida en Konoha Capital. Y me imagino tres coches, cada uno con dos de ellos en el interior, llevándolos en diferentes direcciones. Destrozándolos.

—No puedo decírtelo.

—Entonces dime que pueden permanecer juntos, Anko —gruño. Pero mi voz es tan tensa, que suena como una súplica.

Se apiada de mí.

—Hay una familia con la que he trabajado antes. Son buena gente. De verdad. Han acordaron tomar a los seis niños... por el fin de semana.

Con brusquedad, levanto la mirada.

—¿El fin de semana? ¿Eso es todo?

Anko se enfrenta a mi expresión acalorada.

—Después de eso, va a depender de lo que se halla disponible. —Su voz vuelve a caer al profesionalismo—. Todo está en el paquete, los derechos de Hinata, sus opciones. Ella puede solicitar una audiencia de emergencia.

—Maldita sea.

Pisadas fuertes bajan por las escaleras. Mitsuki aparece por primera vez en la planta baja, con una máscara estoica, pero sus ojos enrojecidos y sollozantes lo traicionan. Deja caer la bolsa en su mano y se precipita sobre Hinata, y de inmediato la envuelve en sus brazos.

Intento pensar en algo que decir. Palabras que podrían hacer esto menos que una pesadilla. Antes de que pueda decir la primera palabra, Log baja las escaleras, con sus redondos ojos dorados alterados. Espero que se una a sus hermanos y hermanas en su muy unido grupo. Que corra hacia Hinata. Pero no lo hace.

Corre hacia mí.

Su pequeño cuerpo cálido se estrella contra el mío, envolviéndome con sus brazos, sosteniéndome con su vida. Su voz se ahoga en contra de mi cintura, pero he oído cada palabra.

—Lo siento. Lo siento mucho. Seré bueno. Te juro que seré bueno.

Mis ojos pican mientras este pobre niño perdido derrama su corazón y me rasga en pedazos. Me deslizo de rodillas delante de él y lo levanto nuevamente.

—Esto no es tu culpa, Log. No has hecho nada para que esto suceda.

—Pero...

— No es tu culpa, chico.

Tiene hipo.

—No dejes que... ellos... nos lleven.

Mi voz es baja e irrefutable.

—Te traeré de vuelta. Los traeré a todos de vuelta.

Sus ojos parpadean entre los míos, buscando honestidad.

—¿Cuándo?.

Y maldigo el día y el horario de la corte y otras mil cosas que fuerzan mi respuesta.

—El lunes. Te traeré a casa el lunes. —Hecho su pelo hacia atrás y repaso su rostro bañados en lágrimas—. ¿Recuerdas lo que te dije, acerca de un hombre y su palabra?

Asiente.

—Todo lo que un hombre tiene es su palabra. Dice lo que quiere decir y hace lo que dice.

Una sonrisa dolorida tira de mis labios.

—Eso es correcto. Te doy mi palabra, Log. Los traeré a casa el lunes.

Miro hacia Hinata y a cada uno de los niños a su alrededor, todos miran, escuchan. Entonces regreso mi mirada a Log.

—Pero entre entonces y ahora, tienen que permanecer unidos. Necesito que sean fuertes, ¿de acuerdo? Que se cuiden los unos a los otros. No peleen. Ayuden a los demás.

Después de un lento momento, Log tensa la mandíbula. Luego me da una pequeña inclinación de cabeza y se limpia las mejillas con el dorso de la mano. Él está listo.

Cargamos a los niños en la furgoneta. Hinata abraza y besa a cada uno antes de que suban, apenas capaz de dejarlos ir. El rostro de Namida está rojo y húmedo con grandes lágrimas cayendo.

—Quiero quedarme aquí.

—Lo sé, pequeña. —Rozo su mejilla con los nudillos, secándole las lágrimas mientras le abrocho el cinturón—. No tardará mucho. Va a ser muy rápido —miento.

El labio de Hima se estremece, aunque no estoy seguro de que entienda por qué.

—No...

Y no puedo forzar la salida de cualquier palabra para responderle. Todo lo que puedo hacer es besar su frente.

Damos un paso atrás mientras Anko cierra la puerta de la furgoneta. Es ruidoso, retumba, como el bloqueo de celda de la cárcel. Luego se sube en el asiento del conductor.

Hinata se despide con la mano, y sigue hablando, incluso después de que los niños ya no pueden oírla.

—¡Los amo! Sean buenos, chicos. Nos vemos muy pronto. Todo estará bien. No se preocupen. Prome... —Su voz se tambalea —. Les prometo que todo va a estar bien.

Su mano todavía se encuentra en alto cuando la furgoneta, acompañada por un móvil de la policía, se aleja y dobla por el camino de la entrada a través de la puerta, perdiéndose de vista.

Tan pronto como la furgoneta azul desaparece, el rostro de Hinata se desmorona. Un jadeo emerge de su garganta y esconde el rostro entre las palmas abiertas. Pongo mis manos en sus hombros para que sepa que estoy aquí con ella. Y grita. Un horrible gemido penetrante que nunca voy a olvidar mientras viva. Dolor tan vacío, tan crudo, que nunca pensé fuera posible, solo un flujo interminable de sollozos agonizantes.

Sus rodillas ceden, y la atrapo.

Retuerce mi camisa con las manos y oculta el rostro en mi pecho, empapándolo con lágrimas en el momento en que entramos en la casa. Sus hombros se sacuden mientras llora su corazón.

—Estaban asustados, Naruto. Oh Dios, estaban tan asustados.

Es horrible. Cada palabra aterriza como el azote de un látigo, cortándome, convirtiendo mis entrañas en un lío sangriento. La llevo directamente a su habitación. Los niños se encuentran por todas partes en esta casa; sus juguetes, sus rostros sonrientes en los retratos en las paredes, no es posible olvidarlos.

Me siento en la cama y acuno a Hinata en mis brazos. Acariciándole el pelo, besando su frente, susurrando palabras de consuelo que no tienen ningún jodido significado en absoluto.

Solloza, larga e intensamente. Y sé que esto no se trata solo de los niños, que es el torrente de todo lo que ha construido en su interior estos últimos meses. Toda la pena, el dolor, la soledad y el miedo que nunca se dejó sentir.

—Mi hermano era un buen hermano —se ahoga.

—Lo sé.

—Lo amaba.

—Sé que lo hiciste —respondo en la voz más suave.

—Y se ha ido. Y lo extraño tanto.

La sostengo con más fuerza.

—Lo sé.

Su voz raspa su garganta.

—Tenía que hacer una cosa, una sola cosa para él... ¡y no pude! Los perdí...

—Shh... está bien. —Presiono los labios en su frente.

—Se fueron. Oh Dios... se fueron.

—Vamos a traerlos de vuelta. Shhh... lo prometo.

Por fin, Hinata agotada y bañada en lágrimas cae en un sueño profundo.

Me quedo despierto toda la noche y abrazándola. Susurro cuando gime, cuando su frente se arruga de pánico, hasta que se calma de nuevo. Y pienso en los niños, en cada uno de ellos, los imagino en mi mente. El sonido de sus voces, sus pequeñas manos, la forma en que huelen cuando vienen de fuera, como a tierra, a sol y bondad. Trato de decirme a mí mismo que de alguna manera van a estar más seguros, protegidos, si sigo pensando en ellos.

Pero la imaginación puede ser una cosa jodida. Recuerdo todos los horrores que he visto, leído, escuchado acerca de los clientes y colegas. Me pregunto si los niños están llamando a Hinata, o tal vez sus padres. Si se esconden bajo mantas o lloran en almohadas porque se encuentran rodeados de extraños y no tienen idea de lo que el mañana tiene reservado.

Es la noche más larga de mi vida.

Continuará...