Capítulo 12

El rumor de la notable habilidad de lady Uchiha para curar corrió por las Tierras Altas como un polvorín. Con todo, el relato de la curación de Itachi no se exageró, pues la verdad era lo bastante impresionante y hacía innecesario adornarla. El relato siempre comenzaba de la misma manera. Se decía que el guerrero Uchiha acababa de recibir los últimos sacramentos y que estaba a un paso de la muerte. Ese comienzo conquistaba el grado de asombro que el narrador de turno podría desear.

Los miembros de los clanes que asistían al festival anual de primavera en el feudo de Gillebrid se enteraron de las noticias menos de un día después de saber que Itachi estaba muerto. Tenten, la hermana menor y única pariente de Itachi además de Izumi, estaba desecha. Primero, lloró con genuina angustia por la muerte del hermano, y luego, con intenso alivio por su milagrosa recuperación. Hacia el final de ese día interminable, la confundida mujer tuvo que recibir una buena dosis de vino espeso y la obligaron a me terse en la cama.

Ningún miembro del clan Nara asistió al festival. El hijo único del caudillo, un bebé de solo tres meses, estaba tan enfermo que todo el clan pensó que se moriría. El niño, a causa de una vena de obstinación heredada de su padre, había tomado de pronto un intenso aborrecimiento hacia la leche de la madre. Cada vez que se le alimentaba, vomitaba con tal violencia que en poco tiempo se debilitó al punto de no poder mamar.

Nara salió a buscar solaz en sus apacibles bosques para esa pena insondable. Lloró como un niño, pues estaba convencido de que al regresar al hogar tendría que enterrar a su hijo.

Los Sarutobi se habían unido a los Nara contra los Hoshigaki, los odiados pescadores, y ese conflicto existía desde hacía tantos años, que nadie recordaba el comienzo. Por otro lado, los Uchiha eran aliados de los Hoshigaki desde una ocasión en que un guerrero Hoshigaki sacó del río a un niño Uchiha que estaba ahogándose y, en consecuencia, el honor obligó a los Uchiha a apoyar a los Hoshigaki en contra de los Nara.

No obstante, cuando lady Temari Nara se enteró de la habilidad curativa de lady Uchiha, olvidó todas las leyes de las Tierras Altas.

Para salvar a su hijo, Temari Nara habría sido capaz de pactar con el mismo diablo. Sin decírselo a nadie, llevó al niño al feudo Sarutobi y suplicó el apoyo de lady Sarutobi. Kurenai escuchó con simpatía el ruego de la pobre mujer, y como Asuma aún estaba ausente, ocupado en la búsqueda de los atacantes de Itachi, no necesitó pedirle permiso; de inmediato, le llevó al pequeño a Sakura.

Claro que todos los soldados Uchiha sabían de quién era el pequeño, pues en las montañas todos conocían los problemas de los demás. Sin embargo, ninguno de ellos informó a la señora de que en realidad estaba atendiendo al hijo de un enemigo. Supusieron que no le importaría. A fin de cuentas, lady Uchiha era inglesa e ignoraba los conflictos existentes en Escocia. Por otra parte, era mujer, y el instinto maternal sin duda sería un impulso más fuerte que la guerra para ella. Más aún, era demasiado gentil para comprender un conflicto, y por la manera en que insistió en curar a Itachi aun contra la resistencia de Sasuke, demostró que era demasiado obstinada para desistir.

Pero Óbito sabía qué sucedería si el chico moría en tierra Uchiha, y después de echar un vistazo al pobre chiquillo se convenció de que la guerra era inevitable. Ordenó a las tropas que se prepararan para la batalla, envió a dos mensajeros en busca de Sasuke, y esperó el ataque de los Nara.

Cuatro días después, cuando un ejército completo de Nara apareció a exigir el cuerpo para sepultarlo, el niñito estaba gordo y saludable.

Óbito solo permitió la entrada al señor y a otros dos hombres, y con Omoi a su lado, los esperó en los escalones de entrada al castillo.

Cuando oyó los gritos que venían del patio, Sakura acababa de hacer dormir al bebé sobre la cama de Sasuke. Corrió afuera para ver a qué se debía la conmoción, pero se detuvo de golpe en lo alto de los escalones cuando vio a tres soldados de aspecto feroz montados a caballo. Al instante supo que no eran soldados Uchiha, pues el manto de color oscuro era por completo diferente.

—No me iré sin él cadaver —bramó el hombre fornido del centro—. Y cuando regrese, habrá sangre Uchiha manchando los muros.

—Óbito, ¿alguien ha muerto? —preguntó Sakura.

El segundo comandante respondió sin volverse, y ella pensó que no quería perder de vista a los intrusos. No lo culpaba, pues los extraños parecían ser el tipo de sujetos capaces de asesinar a un hombre por la espalda.

—El señor Nara ha venido a reclamar a su hijo.

El tono furioso de Óbito asustó a Sakura; percibió la tensión en el aire, y entonces advirtió que los tres extraños la miraban ceñudos. La ruda actitud la impulsó a enderezar los hombros.

—¿Ella es la mujer de Uchiha? —vociferó el hombre que estaba en medio.

—Sí —respondió Óbito.

—Entonces, ella es la que me ha robado a mi hijo.

¿Acaso tenía que gritar así? Sakura no podía creer que fuera el padre de un niñito tan dulce. El caudillo era un hombre maduro, de cejas tan espesas que le ocultaban casi por entero los ojos oscuros. Sakura pensó que debía de oler tan mal como aparentaba.

Omoi se volvió hacia Sakura, pero el semblante del hombre no daba el menor indicio de lo que pensaba.

—Vaya a buscar al niño —le ordenó.

—¡Dese prisa, mujer!

Sakura acababa de encaminarse hacia el castillo cuando el señor vociferó la orden. Se detuvo, se volvió con lentitud y lo miró otra vez.

—No tengo prisa —dijo.

—Quiero el cadaver.

Sakura creyó que quedaría medio sorda para siempre, pues ese sujeto hostil rugía como un oso herido. Trató de contener la ira. Pensará que su hijo está muerto, y la pena le hace olvidar los buenos modales, se dijo.

Se hizo silencio hasta que Sakura salió otra vez con el niñito dormido en los brazos. El bebé estaba totalmente cubierto por una manta gruesa de lana que lo protegía del viento punzante.

El rostro del señor no manifestó ninguna reacción. Sakura se acercó al hombre y descubrió la carita del niño.

—Démelo.

—Deje de gritar de una vez —ordenó Sakura en voz alta—. Si despierta al niño después de todo el trabajo que me ha dado para hacerlo dormir, armaré un buen escándalo y usted tendrá que soportarlo ¿He sido clara?

—¿Despertarlo?

—Acabo de decirle que no grite —repitió, gritando ella también. Se arrepintió de inmediato, pues el niño abrió los ojos y comenzó a removerse. Sakura sonrió al chiquillo y luego dirigió al padre una mirada severa.

No vio la expresión atónita del padre al comprobar que su hijo se movía.

—¿Ve lo que ha hecho? Sus gritos han perturbado al pequeño —murmuró Sakura. Apoyó al niñito sobre el hombro y comenzó a darle palmaditas en la espalda. De inmediato, el niño lanzó un sonoro eructo—. Muy bien, pequeño —canturreó, dando un beso breve en la cabecita calva.

Endureció la expresión al volver el rostro hacia el padre.

—¡Nunca entenderá por qué Dios lo bendijo con un niño tan adorable! El pequeño acaba de almorzar, y si usted lo inquieta es probable que vomite.

El caudillo no respondió a los comentarios de Sakura y esta, con desgana, le entregó el niño. Vio que las manos del hombre temblaban al sostener a su hijito.

—Antes de que se marche tengo que darle ciertas instrucciones —dijo Sakura.

Durante largo rato, el guerrero no dijo palabra y permaneció contemplando a su hijo con la cabeza inclinada mientras trataba de recobrarse. En ese momento no podía manifestar alegría pues eso debilitaría su posición ante los Uchiha, pero era tan difícil ese cometido que los ojos casi se le salían de las órbitas.

El niñito lanzó otro eructo en medio del silencio y sonrió con dulzura, como si supiera que el debate interior del padre era una prueba de resistencia.

—No está muerto.

—Si sigue usted gritando lo matará del susto —afirmó Sakura—. Y ahora, le ruego que me preste atención, señor. Dígale a su esposa que solo lo alimente con leche de cabra.

—No lo haré.

Sakura reaccionó como si la hubiese atravesado un rayo. Antes de que el guerrero pudiese hacer nada, le arrebató al chiquillo de los brazos, lo estrechó contra el pecho y comenzó a pasearse junto al caballo del padre.

—En ese caso, Nara, puede irse sin su hijo. No dejaré que lo mate con su ignorancia. Vuelva cuando el niño sea lo bastante mayor para valerse por sí mismo.

Los ojos del guerrero se abrieron atónitos. Miró a Óbito, y luego otra vez a lady Uchiha.

—Démelo.

—Antes tendrá que prometerme que solo lo alimentará con leche de cabra.

—Tomará la leche de su madre, mujer.

—No tolera la leche de la madre.

—¿Acaso quiere ofender a mi esposa?

Sakura deseó tener fuerza para golpearlo a ver si cobraba algo de sentido común.

—Estoy diciéndole qué es lo que tiene que hacer para mantener con vida al niño —gritó—. No soportaría más trastornos. —Se acercó al padre hasta quedar a escasos centímetros de la rodilla del hombre, y dijo—: Prométalo.

Se sintió complacida al ver que el hombre hacía un brusco gesto de asentimiento. Le devolvió el niño y se encaminó hacia Óbito y Omoi.

—Es usted el hombre más desagradecido que he conocido —musitó.

—¿Desagradecido? —El guerrero volvía a vociferar.

Sakura giró en redondo, los brazos en jarras, y lanzó al guerrero una mirada incendiaria.

—¡Sí, desagradecido! —exclamó—. En lugar de gritarme, tendría que demostrarme su agradecimiento, Nara.

Una vez más, los ojos del señor se convirtieron en dos ranuras, y Sakura supo que había herido el orgullo del hombre aunque no tenía idea del motivo.

—Quiero que se disculpe por haberse llevado a mi hijo de mi casa —bramó el hombre—. Si no logro lo que exijo, habrá una guerra.

—¡Lo que usted necesita es un buen puntapié en el trasero! —gritó Sakura—. ¡Y si no se muestra respetuoso ante mí, eso es lo que conseguirá!

—Usted se llevó a mi hijo.

Sakura no podía creer en la estupidez de ese sujeto y, al parecer, el caballo era tan empecinado como el amo. En cuanto el hombre dejó las riendas, el animal trató de morder a Sakura en el hombro; Nara no se proponía controlar al caballo más que a su propio temperamento.

—¡Se disculpará! —rugió.

Antes de responderle, Sakura dio una palmada al caballo para alejarlo.

—¿Cómo se atreve a pedirme una disculpa? Yo no me llevé a su hijo, y usted lo sabe. Puede sentarse a esperar hasta que se pudra, pero no le pediré perdón.

El chiquillo comenzó a llorar, y Sakura se desconcentró.

—¡Oh, lleve al niño a casa con su madre! —ordenó—. ¡Y no se atreva a volver a las tierras Uchiha hasta que no haya aprendido buenos modales!

El caudillo pareció dispuesto a pegarle y, para no hacerlo, soltó las riendas.

Al instante, el caballo quiso morder otra vez a Sakura en el hombro. La joven le dio una palmada más fuerte.

Nara rugió.

—¡Ha golpeado a mi caballo! —gritó—. ¡Todos la han visto! ¡La mujer de Uchiha ha pegado a mi caballo! ¡Mujer, una cosa es insultar a la esposa, pero golpear al caballo...!

—¡Oh, por el amor de Dios! —lo interrumpió Sakura—. ¡Váyase ya, o le pegaré a usted!

Cuando el soldado a la izquierda del guerrero hizo ademán de sacar la espada, Sakura sacó el puñal de la vaina que llevaba a la cintura. Se volvió hacia el soldado, apuntó y dijo:

—¡Si no saca la mano del arma le clavaré el puñal en el cuello antes de que pueda aspirar el próximo aliento! ¡Y cuando yo provoco una herida —lo desafió— no la curo!

El soldado vaciló un instante y luego obedeció. Sakura asintió.

—¡Y ahora, fuera de mis tierras! —ordenó, mientras guardaba el arma.

De súbito, se sintió exhausta. Hacía mucho tiempo que no se enfurecía de este modo. Estaba un tanto avergonzada de su propia conducta, y agradecida de que solo Óbito y Omoi hubieran presenciado cómo perdía el control.

Claro que era culpa de Nara. ¡Ese hombre debía de vivir en una cueva! Tenía los modales de un animal salvaje, y era capaz de hacer gritar a un santo.

En ese momento, la única posibilidad lógica era retroceder. Sakura se volvió con intención de entrar al castillo sin echar una sola mirada atrás. Despediría a Nara de la manera más grosera posible.

Pero se detuvo bruscamente al ver una fila de soldados Uchiha detrás de ella, todos armados, y listos para la batalla. Sakura lo advirtió con rapidez, pero lo que la asustó y le hizo palpitar la cabeza no fue eso. No, fue el mismo Sasuke Uchiha, de pie en medio de los soldados lo que captó de inmediato la atención de Sakura y le provocó dolor cabeza.

¡Diablos, quizás hubiera visto toda la escena!

Sakura se sintió mortificada. De pronto, sintió deseos de girar en redondo y regresar a Inglaterra.

Ya no estaba segura de cuál era la mayor amenaza en ese momento: la expresión de Sasuke era capaz de hacerle caer la lana a una oveja. En comparación, el guerrero Nara parecía un santo.

Sasuke tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Las piernas separadas —¡mala señal!— y el semblante tan rígido como el resto de su persona. Era la misma actitud que había adoptado cuando los atacaron los bandidos. En aquel momento, Sakura pensó que se mostraba indiferente.

Ahora sabía que se había equivocado.

De cualquier modo, Sakura pensó que Sasuke era más seguro. Sintiendo un espasmo en el estómago, la joven pensó que si Sasuke se proponía matarla, sin duda lo haría en privado. Ella no era tan importante como para que hiciera una escena. No, tal vez no tocara el tema hasta la semana siguiente.

Cuando Sakura se acercó a él, Sasuke no dijo una palabra; se limitó a empujarla hasta que quedó tras él y luego se adelantó un paso. De inmediato, la muralla de hombres se cerró en torno a ella.

El escudo de guerreros le obstruía la vista, aunque se puso de puntillas y trató de mirar sobre el hombro de Omoi.

Palabras airadas cruzaban como flechas entre los dos poderosos caciques. Sakura quedó perpleja al comprobar que, en realidad, Sasuke la defendía. Se Sintió hondamente insultado al ver que uno de los Nara tenía la audacia de tocar la espada en presencia de lady Uchiha. ¡Oh, desde luego que Sasuke estaba furioso! ¡Muy furioso!

Tenía un temperamento endiablado, y Sakura recitó todas las plegarias que conocía, agradeciendo al Creador que ese carácter no se abatiera sobre ella.

Entonces, volvió a oír la odiosa palabra «guerra», pronunciada en forma de rugidos. Nara quería pelear y Sasuke asentía con énfasis.

¡Santo Dios! —se dijo Sakura—. ¿Qué es lo que he hecho?

Sasuke jamás creería que no era culpa suya. Si Sakura hubiese podido controlar su propio temperamento, quizás habría evitado esta guerra.

Los soldados no se apartaron de la joven hasta que los Nara se alejaron un buen trecho por el camino. Sakura pensó que le convenía irse antes de que su esposo volviera la atención hacia ella. No correré, —se dijo—. No, solo necesito un poco de tiempo para aclarar este asunto tan confuso. Con un poco de suerte, quizá me lleve uno o dos días.

Le dio la espalda a Omoi y comenzó a caminar hacia la entrada. Pero en el instante en que pensó que había escapado a la atención de Sasuke, este la sujetó del brazo. Sin la menor gentileza, la obligó a mirarlo. Sakura sonrió, pues Omoi y Óbito miraban, pero el ceño de Sasuke la hizo cambiar de idea.

—¿Tendrías la bondad de darme una explicación? —dijo Sasuke, en un tono tan apacible como el bostezo de un león.

—No —respondió Sakura—. Prefiero no hacerlo.

La respuesta no agradó al hombre, y el músculo del mentón comenzó a contraerse en un tic insistente. El apretón del brazo se tornó tan fuerte que las pecas de Sakura se pusieron rosadas.

Ella estaba resuelta a afrontar la mirada de su esposo para demostrarle que no tenía miedo de la expresión cruel de sus ojos, pero no duró hasta el primer parpadeo.

—El niñito estaba enfermo —le dijo.

—¿Y?

—Yo lo cuidé.

—¿Cómo llegó aquí el hijo de Nara?

—Yo me pregunté lo mismo.

—Respóndeme.

Aunque Sasuke no alzó la voz, Sakura supo que estaba furioso y se propuso apaciguarlo con una respuesta directa.

—Sasuke, yo solo traté de hacer lo correcto. Y aunque hubiera sabido que ese chiquillo adorable pertenecía a un hombre tan amargo, de todos modos lo habría atendido. El niño sufría mucho. ¿Tú me habrías permitido que le diese la espalda?

—Yo quisiera que respondieras a mi pregunta —insistió el hombre.

—Le echarás la culpa a Kurenai.

—¿Kurenai está metida en esto? —preguntó Sasuke. Movió la cabeza y dijo—: No debería sorprenderme.

—Kurenai me trajo al chico. La esposa de Nara se lo dio a Kurenai, y le rogó que obtuviese mi ayuda.

Por fin, Sasuke le soltó el brazo, y Sakura contuvo el ansia de frotárselo.

—Ahora te enfadarás con Kurenai por haber interferido, ¿verdad Sasuke ?

Sasuke no respondió. Óbito miró a Sakura con simpatía y preguntó:

—¿Asuma está enterado de esto?

—No creo —respondió Sasuke—. Estaba cazando conmigo. Si ha ido directamente a su casa quizás en este momento esté enterándose. Si Dios quiere, la encerrará bajo llave.

—Kurenai tiene buen corazón —intervino Sakura—. No creo que Asuma se enfade con ella por ayudar a un niño enfermo.

—Ahora puedes volver a entrar —le dijo, sin hacer caso de los argumentos de Sakura en defensa de su hermana.

La actitud fría del esposo ofuscó a Sakura, aunque a esas alturas tendría que estar acostumbrada. Había estado ausente cuatro días con sus noches, pero Sakura no lo había echado de menos.

—Todavía no quiero entrar—replicó ella, sorprendiendo a Óbito y a Omoi, pero no a Sasuke—. Antes, tengo que hacerte una pregunta.

Sasuke lanzó un suspiro de impaciencia.

—Omoi, envía a algunos hombres a acompañar a los Nara hasta el límite —ordenó, y luego volvió la atención a Sakura—. ¿Y bien? ¿Cuál es la pregunta?

—Me preguntaba site ha ido bien con la caza.

—Así es.

—¿Encontraste a los hombres que hirieron a Itachi?

—Sí.

—¿Y?

—¿Y, qué?

—¿Tuviste que matar a alguno de ellos?

Para Sasuke era la pregunta más absurda que le habían hecho jamás. Sakura la pronunció en un murmullo, y luego lanzó a Óbito una mirada afligida. Sasuke no sabía qué hacer con su esposa, ya que parecía irritada con él. Esta mujer era demasiado irracional para entenderla.

Pero muy atractiva. Si bien Sasuke solo había estado ausente cuatro días, le habían parecido muchos más. La comprensión de ese hecho ensombreció el ánimo del hombre. De inmediato advirtió que Sakura seguía llevando el atuendo inglés, y comenzó a comprender que la mujer era tan obstinada como él. Tal vez más.

—Seis o siete —respondió, en tono áspero—. ¿Quieres saber cómo los maté?

Olvidando que estaba sobre los escalones, Sakura retrocedió y Sasuke la sujetó por los hombros para que no se cayera.

—Supongo que no quieres saberlo.

Sakura le apartó las manos.

—No, no quiero saber de qué modo los mataste, ¡hombre imposible!, pero sí quisiera saber la cantidad. ¿Fueron seis o siete?

—¿Cómo puedo saberlo? —exclamó, irritado—. Estaba en medio de la lucha, Sakura. No tuve tiempo de contarlos.

—Bueno, tendrías que haberlo hecho —murmuró Sakura—. En adelante, te pedirá que lleves la cuenta. Es lo menos que puedes hacer.

—¿Por qué?

—Porque solo me quedan ocho chelines.

Sasuke no entendió a qué se refería pero no lo sorprendía, dado que nunca sabía a qué se refería Sakura. La vio pálida, y recordó cuánto le disgustaban las peleas. Imaginó que no quería que él matara a nadie y la idea le pareció tan divertida que no pudo menos que sonreír. ¡Diablos, era probable que hubiese matado al doble de hombres! La batalla fue feroz, pero no pensaba confesárselo.

—Estás sonriendo. ¿Eso significa que bromeabas?

—En efecto —mintió el hombre, deseando apaciguarla.

El modo en que ella lo miró indicó que no le creía. Se alzó las faldas y corrió adentro.

—Sasuke —dijo Óbito—, ¿qué crees que imaginaba que pasaría cuando encontraras a nuestros enemigos?

—No tengo ni la menor idea.

Óbito siguió sonriendo.

—De paso —dijo, cambiando de tema—, Izuna se adelantó para informar que el clan viene de regreso del feudo de Gillebrid. A más tardar, deberían estar aquí mañana por la tarde. Van con ellos algunos de los miembros del clan Akasuna No con intenciones de presentar sus respetos.

—¡Que el diablo me lleve! —exclamó Sasuke con aspereza—. Lo que quieren es ver a mi esposa.

—Sí —admitió Óbito, riendo—. La belleza de Sakura ya es legendaria. Además, salvó a Itachi. Cualquiera que sufra algún dolor se instalará ante nuestras puertas.

—¿Cómo está Itachi?

—Ahora, dócil.

—¿Eso qué significa?

—Quería volver a sus tareas y tu esposa lo sorprendió en el momento en que se marchaba a su cabaña. Izumi fue a pedirle ayuda. —Antes de continuar Óbito soltó una carcajada.— Todavía me parece oír los gritos de Itachi mientras lo arrastraban hacia las puertas del castillo. Cuando yo llegué...

—¿Itachi le alzó la voz a Sakura?

—Tenía un buen motivo —le explicó Óbito, al ver que Sasuke se enfurecía otra vez—. Sakura le quitó la espada.

Al oírlo, Sasuke levantó una ceja.

—En ese caso, tenía razón —admitió, sonriendo—. ¿Qué ocurrió luego?

—Aunque no levantó la voz, en unos minutos logró que se acostara otra vez.

Con las manos sujetas a la espalda Sasuke se encamifló hacia los establos con Óbito a su lado.

—No confío en ninguno de los Akasuna No, y menos aún en los hijos bastardos —dijo, retornando al tema de los visitantes que iban a llegar.

—¿Los mellizos?

—Sasori traerá problemas —afirmó Sasuke—. Está habituado a hacer lo que se le antoja.

—¿De verdad crees que sería capaz de perseguir a la esposa de otro hombre?

—Lo creo capaz. Ese sujeto ha engendrado más hijos bastardos que el rey de Inglaterra.

—Como es muy apuesto todas las mujeres caen a sus pies. Es extraño que Yahico, siendo idéntico, tenga un carácter tan opuesto. Es demasiado tímido para intentar nada.

—Tampoco confío en Yahico —musitó Sasuke.

Óbito sonrió.

—Sasuke, hablas como alguien a quien su esposa le importa.

—Es mi propiedad —repuso Sasuke—. Nadie más que yo tiene derecho a ofenderla.

—Sakura tampoco lo pasa demasiado bien —señaló Óbito—. Claro que la tarea que le asignaste ayudó, pero Ino se lo hace difícil. Contraría cada una de las órdenes que da ella. Ni le dirige la palabra.

Sasuke no respondió pues vio a Sakura que bajaba corriendo los escalones.

—¿Adónde vas? —le gritó Sasuke.

—A ver al herrero —respondió. Volvió la esquina y desapareció.

Sasuke movió la cabeza.

—Esa tonta va en dirección equivocada.

—Sasuke, tu esposa me suplica que le dé más responsabilidades. No puedo permitirle que haga tareas pesadas como mover piedras, pero quisiera darle algo...

—¿De qué hablas? —preguntó Sasuke—. ¿Qué piedras hay que mover?

Óbito lo miró perplejo.

—Las cocinas —le recordó.

Como Sasuke seguía frunciendo el entrecejo, Óbito le explicó:

—Le diste permiso para reacomodar la cocina, ¿no es así?

Sasuke se encogió de hombros.

—Quizá —admitió—. En un momento de debilidad. Aun así, no podría llevar más de una hora reorganizar Dios sabe qué cosa que Sakura quisiera arreglar.

—¿Arreglar? —repitió Óbito, atónito. ¡Y que Dios lo ayudara, no pudo contener la risa!

—Óbito, ¿qué demonios es tan divertido? —preguntó Sasuke—. ¿Acaso mi esposa te dijo...?

—No, hizo exactamente lo que le diste permiso de hacer —respondió Óbito, casi ahogado—. Pronto lo verás, Sasuke. Será una sorpresa agradable —se apresuró a agregar, al ver que su amigo estaba perdiendo la paciencia—. No quisiera estropearla.

El padre Murdock se acercó deprisa al señor, atrayendo su atención. La sotana negra del sacerdote ondeaba en el viento.

—Sasuke, si no tienes inconveniente, quisiera hablar unas palabras contigo.

De inmediato, Sasuke y Óbito trataron de alejarse del sacerdote pues el desagradable olor que exhalaba los hacía lagrimear. Por respeto, Sasuke no lo mencioné, pero Óbito no fue tan diplomático.

—¡Santo Dios, padre Murdock!, ¿qué le ha pasado? Huele como estiércol de cerdo.

El clérigo no se ofendió sino que rió, e hizo un gesto afirmativo.

—Sé que huelo mal, muchacho, pero me siento mejor de lo que me sentía desde hace años. Sakura me dio un ungüento especial para frotarme el pecho. Y también preparó otra poción. Ya casi no tengo tos.

Dio un paso adelante. Sasuke no se movió, pero Óbito se apresuré a retroceder.

—Ya basta de hablar de mi salud, y ocupémonos de una cuestión importante —dijo, dirigiéndose a Sasuke—. Tu esposa me ha dado todos los chelines que tenía —dijo, al tiempo que abría la mano para mostrar las monedas—. Quiso comprar indulgencias y yo no tuve ánimo de decirle que aquí no usamos monedas.

Sasuke sacudió la cabeza.

—Se preocupa demasiado por su alma y, si no me equivoco, es una característica de los ingleses.

El clérigo rió.

—Sasuke, a Sakura no le preocupa en absoluto su propia alma.

—¿Y qué le preocupa?

—Tu alma.

Óbito disimuló la risa tosiendo.

—Yo he contado siete chelines —le dijo a Sasuke.

—Ocho —lo corrigió el padre Murdock—. Sakura dijo que uno era en prevención de su falta de memoria. Cuando me lo dijo, no le entendí.

—Esa mujer está loca.

—Se preocupa —arguyó el padre Murdock—. Y ahora dime qué hago con estas monedas.

—Póngalas en la caja que está sobre la repisa de la chimenea —sugirió Sasuke, encogiéndose de hombros.

—Como quieras —dijo el sacerdote—. Y ya que hablamos de tu querida mujercita, quisiera saber si le darías permiso para usar una de las habitaciones del piso superior. Me pidió que te lo preguntara Sasuke.

—No tengo inconvenientes en aceptar la petición —respondió Sasuke—. ¿Para qué quiere la habitación?

—Como su propio dormitorio.

—¡De ninguna manera!

—Vamos, hijo, no es necesario que te exasperes —lo tranquilizó el padre Murdock, al ver que el ánimo de Sasuke se echaba a perder con la misma rapidez que un pez al sol. Titubeó al formular la siguiente pregunta—: ¿La dejarías cabalgar por las faldas de la colina... sin salir de las tierras Uchiha, por supuesto? Le serviría de entretenimiento. Estoy seguro de que te echa mucho de menos cuando no estás.

Esto suavizó la expresión de Sasuke.

—Claro que me echa de menos —alardeó—. De acuerdo, padre Murdock. Dígale que puede cabalgar, siempre que lleve escolta.

—¿Acaso piensas que podría escaparse, Sasuke? Claro que echa de menos su hogar, pero yo...

—Padre, mi mujer no es capaz de salir de una habitación con una sola puerta. No, no creo que intente regresar a Inglaterra, pero estoy seguro de que se perdería. No tiene sentido de la orientación.

—Sí —concordó el sacerdote con los ojos chispeantes—. Tiene tantos defectos como el cielo azul.

—Se contradice usted —intervino Óbito—. Un cielo azul no tiene defectos.

—Para un hombre ciego, sí —respondió Murdock, mirando a Sasuke con aire significativo—. Si tu esposa te parece tan inferior, tendré mucho gusto en obtener una anulación.

—No lo hará.

Sasuke no quiso ser tan terminante al rechazar la absurda sugerencia del sacerdote. Lo que daba a entender el padre Murdock, con toda conciencia, era que sería muy fácil obtener una anulación. Sasuke comprendió que había caído en la trampa del sacerdote, pues acababa de admitir cuánto le importaba Sakura.

—Estoy harto de hablar sobre mujeres —musitó—. Óbito, ¿podrías asegurarte de que mi esposa no inicie una nueva guerra mientras yo me encargo de otros asuntos?

—Preguntó sobre Helena.

La afirmación del padre Murdock se abatió sobre los dos amigos. Sasuke se volvió con lentitud y miró otra vez al sacerdote.

—¿Y? —preguntó con tono indiferente.

—¿Sabes que le habían dicho que tú mataste a Helena?

Sasuke negó con la cabeza.

—¿Cuándo escuchó esa murmuración tan espantosa? —preguntó Óbito.

—Antes de que Sasuke llegara a la casa del padre de Sakura —respondió el padre Murdock.

—¿Preguntó si era cierto? —preguntó Óbito, sabiendo que Sasuke no lo haría.

—No, no me preguntó si era verdad —respondió el padre Murdock, mirando con severidad a Óbito—. De hecho, me dijo que jamás lo había creído. Tampoco piensa que Helena se suicidara. Cree que fue un accidente. Tiene un corazón bondadoso, Óbito, y una fe absoluta en su esposo.

Sasuke asintió.

—No sería incapaz de hacer caso de las murmuraciones —afirmó, con un tono cargado de orgullo—. Sakura es una mujer dulce y afectuosa.

—Sí, en efecto —añadió Óbito.

—Claro que también es un poco obstinada —admitió el padre Murdock—. Sigue importunándome para que le dé algu na tarea. Pienso que quiere formar parte de la familia, Sasuke. Está enamorándose de ti, hijo. Sé gentil con sus sentimientos.

Aunque Sasuke no estaba por completo convencido de que Sakura estuviera enamorándose de él, la idea lo hizo sonreír.

—La elogiarás por el esfuerzo que ha puesto en la cocina, ¿verdad, Sasuke? — dijo el clérigo—. ¿Qué piensas del anexo? Ahora que los hombres han dejado de quejarse, avanza muy bien.

—¿De qué está hablando? —preguntó Sasuke.

Murdock lanzó una rápida mirada a Óbito y se volvió hacia Sasuke otra vez.

—La cocina, Sasuke. Debes de haber olvidado que le diste permiso a Sakura para arreglarla.

—¿Que yo qué? —rugió Sasuke.

El sacerdote se apresuró a retroceder, apartándose de l ira de Sasuke.

—Dijo que le habías dado permiso para reorganizar la cocina. No creo que esa dulce muchacha haya mentido. ¿Puede ser que hayas olvidado...?

Sasuke se encaminó hacia las puertas del castillo y el sacerdote abandonó el intento de defender a la señora.

—Óbito, parecía muy... sorprendido.

—¿Sorprendió? Sin duda —repuso Óbito—. Será mejor que usted se mantenga cerca de Sakura hasta que pase la tormenta. En este momento debe de estar descubriendo esa enorme brecha en el muro trasero...

El bramido furioso de Sasuke resonó en el patio.

—La ha visto —susurró e! padre Murdock—. ¡Oh, Señor, sálvanos! ¡Aquí viene Sakura!

El sacerdote se alzó la sotana y corrió hacia la señora.

—Espera, mujer —le gritó.

Sakura oyó la llamada desesperada del anciano y se volvió de inmediato con una expresión afligida en el rostro.

—Padre, no tendría que correr hasta que se mejorara del pecho —le gritó.

El clérigo trepó los escalones y la aferró del brazo.

—Sasuke acaba de ver el agujero en la pared.

La muchacha le dirigió una dulce sonrisa.

—No podía menos que notarlo, padre.

Al padre Murdock le resultó evidente que la dulce muchacha no tenía conciencia del peligro que corría.

—Será mejor que vengas conmigo a la capilla hasta que Sasuke haya oído las explicaciones de los soldados. En una hora o dos se calmará, y entonces tú podrás...

—Tenga más confianza en su señor —replicó Sakura—. Cuando esté terminado, verá que el cambio es bueno. Estoy segura, padre. Además, Sasuke no me gritará. Me lo prometió. Por favor, no se preocupe. Entraré, y le explicaré todo pues no tengo miedo.

—Lo que más me asusta es tu falta de temor—admitió el anciano. Sabía que Sasuke no la tocaría mientras estuviese enfadado, pero podría destrozar los sentimientos de Sakura con sus gritos. El padre Murdock hizo rápidamente la señal de la cruz cuando ella le dio una palmadita en la mano y entró. Al sacerdote le temblaban demasiado las rodillas para seguirla.

Sakura se armó de valor ante la irritación de su esposo, y entró en el salón, pero al ver lo que sucedía se detuvo de golpe. Sasuke estaba sentado a la cabecera de la mesa y, junto a él, un soldado le brindaba el informe.

Sasuke no parecía demasiado perturbado. Tenía el codo apoyado sobre la mesa, y la frente sobre la mano. Parecía más bien abatido que enfadado.

También estaban allí todos los soldados que habían trabajado en el desmantelamiento de la cocina.

Era evidente que esperaban turno para hablarle sobre la señora. Sakura les dirigió una expresión que manifestaba a las claras lo que opinaba de la deslealtad de los hombres, y luego caminó hacia su esposo.

Cuando por fin Sasuke alzó la vista, Sakura se paralizó. Estaba furioso. En la mandíbula tensa aparecía otra vez el tic y los ojos llameaban de cólera. Tampoco el viento favorecía demasiado la causa de Sakura, pues penetraba con sonido sibilante por el enorme agujero que recordaba a Sasuke lo que la mujer había hecho.

La miró en silencio largo rato.

—Quisiera explicarte —dijo ella.

—Sal de inmediato de esta habitación, mujer. —Aunque no alzó la voz, la áspera indicación le dolió como si lo hubiera hecho.

—Sasuke, me prometiste que controlarías tu temperamento —le recordó. ¡Que el Cielo me ampare!, pensó Sakura, aterrada por la expresión de los ojos de Sasuke.

Entonces el hombre le gritó:

—¡Sal de aquí, antes de que yo... ahora mismo, esposa!

Sakura asintió. Corrió hacia la repisa de la chimenea, tomó una moneda de la caja y salió de la habitación con toda la dignidad que pudo, dadas las circunstancias.

Ino y Samui estaban cerca de la entrada y le dirigieron risitas burlonas cuando pasó.

Sakura no lloró hasta que llegó a los establos. Le ordenó a Teyaki que preparase a Fuego Fatuo. El jefe de los establos no le discutió, y una vez que la ayudó a montar le preguntó si tenía que alistar también el potro de Sasuke.

Sakura negó con la cabeza y salió.

El padre Murdock, de pie en el patio, esperaba a que pasara.

Sakura se inclinó y le entregó una moneda.

—Me mintió —murmuró—. Esto es para comprar una indulgencia para el alma de mi esposo.

Murdock sujetó el estribo.

—¿Adónde vas, muchacha? —preguntó, fingiendo ignorar las lágrimas de Sakura—. Me tienes preocupado.

—Salgo.

—¿Sales?

—Él me lo ordenó, padre, y yo siempre obedezco. ¿Hacia dónde está Inglaterra?

El sacerdote estaba demasiado perplejo para indicarle la dirección, y Sakura imaginó que sería cuesta abajo.

—Gracias por ser bondadoso conmigo —le dijo.

Se fue, dejando al sacerdote con la boca abierta, incrédulo.

Sakura sabía que en cualquier momento iría a informar de lo que ella estaba haciendo, pero no le importó. Sasuke no la seguiría: no era demasiado importante para él. Estaría feliz de librarse de ella.

Pensó ue tendría problemas al cruzar el puente levadizo, pero cuando explicó que obedecía órdenes del señor, los soldados la dejaron pasar de inmediato.

Dejó que Fuego Fatuo corriese como el viento, y se limitó a llevar las riendas mientras lloraba sin disimulo. No sabía hacia dónde iban ni cuánto tiempo duró esa carrera loca. A decir verdad, no le importaba otra cosa que llorar. Cuando al fin la yegua se detuvo al amparo de los árboles, Sakura decidió que era hora de recobrar cierto control.

Entonces vio al niño. Supo que no era Uchiha, pues el manto que llevaba era de otro color. Sakura no hizo el más mínimo ruido. Esperaba que el niño no la viese, pues no quería que nadie la viera en un estado tan lamentable, ni aun un chico.

Pero el muchacho estaba demasiado preocupado para mirar atrás. Observaba con atención los arbustos a su derecha, y Sakura se preguntó qué lo tendría tan vigilante.

De súbito, el niño gritó y comenzó a retroceder. al tiempo que un inmenso jabalí lanzaba un resoplido malvado y cargaba hacia adelante.

Sakura reaccionó sin pensarlo. Espoleó los flancos de Fuego Fatuo y la lanzó a pleno galope. La yegua voló cuesta abajo. Sakura aferró las riendas y las crines de Fuego Fatuo en la mano izquierda, y se inclinó hacia la derecha.

El muchacho la vio llegar Y comenzó a correr hacia ella con las manos extendidas. Sakura rogó tener la fuerza suficiente para alzarlo. Dios atendió a sus ruegos. Con ayuda del niño, que se sujetó con todas sus fuerzas del brazo derecho de la joven, pudo alzarlo hasta que el chico logró pasar la pierna sobre el lomo de Fuego Fatuo.

Los dos corrieron para salvar la vida. Pocos minutos después, el jabalí desistió de la persecución, pero Fuego Fatuo aún estaba erizada de miedo y giró con brusquedad. Sakura y el niño cayeron al suelo.

Sakura aterrizó de costado, y el niño, encima de ella. El muchacho se apresuró a rodar, se puso de pie y trató de ayudarla a incorporarse.

Al tirarle del brazo derecho y Sakura hizo una mueca de dolor.

—¿Te has hecho daño? —le preguntó el chico, en un fuerte acento gaélico.

—Un poco magullada —respondió Sakura, en el mismo idioma. Lentamente se puso de pie y entonces vio que tenía el vestido desgarrado por el hombro.

Estaban en el centro de un claro estrecho. Sakura temblaba de pies a cabeza.

—Estuvimos en un tris —afirmó—. ¡Señor, me asusté! ¿Y tú? —preguntó al niño, al ver que la miraba.

El muchacho asintió, y los dos sonrieron.

—Le dimos su merecido, ¿no? —dijo el chico, sonriente.

—Sí, le dimos su merecido —admitió Sakura, pensando que era un muchacho encantad0r. Tenía largo cabello rubio que se rizaba en torno del rostro angelical y la nariz llena de enormes pecas— Soy lady Uchiha —prosiguió ella—. ¿Cuál es tu nombre?

—No debo decirlo —murmuró l niño—. No tendría que estar en las tierras de los Uchiha.

—¿Te perdiste?

El muchachito sacudió la cabeza.

—Lo dirías.

—No, no lo diré. Pero, ¿qué estás haciendo aquí?

El chico se encogió de hombros.

—Me gusta salir a cazar. Me llamo Boruto.

—¿Y cuál es el nombre de tu clan?

—Uzumaki —repitió—. Hablas en gaélico, pero con un acento raro. Tampoco llevas los colores de los Uchiha.

—Soy inglesa.

El niño hizo un gesto de asombro.

—Soy la esposa de Sasuke Uchiha, Boruto —le explicó—. ¿Cuántos años tienes?

—Este verano cumpliré nueve.

—Creo que tu madre debe de estar buscándote.

—Es mi padre el que me buscará. Estará preocupado —agregó—. Será mejor que me vaya a mi casa.

Sakura asintió y se abstuvo de sonreír, pues en ese momento la expresión del niño era grave.

—Me has salvado la vida —dijo el muchacho—. Mi padre tendrá que recompensarte.

—No —replicó Sakura—. No tiene que recompensarme. Tienes que prometerme que nunca más saldrás a cazar solo. ¿Me das tu palabra?

El niño asintió y Sakura le sonrió.

—¿Quieres que te acompañe a tu casa?

—Si me acompañaras, te retendrían. Estamos en conflicto con los Uchiha —le explicó, con aire práctico.

—Entonces, ten cuidado —le aconsejó—. Date prisa. Me parece oír que alguien viene.

Antes de que Sakura hubiera dado un paso hacia Fuego Fatuo, el niño había desaparecido tras la hilera de árboles.

Sakura estaba sola en el centro del claro cuando Sasuke y el potro irrumpieron por entre las ramas. El hombre sintió tal alivio al verla que frenó al caballo y se quedó inmóvil, contemplándola, mientras se calmaba su respiración agitada.

Sasuke no supo sí Sakura estaba perturbada pues tenía la cabeza gacha. Comprendió que la había asustado pues la expresión de Sakura cuando le gritaba se lo demostró.

Rogó al cielo que hubiese superado el temor... y las lágrimas. También las advirtió cuando Sakura pasó junto a él con la moneda mano.

¡Diablos, tendría que disculparse! Representaba un es fuerzo para él, pero se propuso intentarlo. Se esforzaría por ser sereno... y razonable.

En ese momento advirtió que Sakura tenía hojas en el cabello y un desgarrón en el vestido.

—¿Qué demonios ha sucedido? —gritó—. ¿Acaso alguien...?

Antes de que Sakura pudiese responderle, Sasuke se había apeado y corría hacia ella. Sakura se apresuró a dar un paso atrás.

—No me ha pasado nada —aseguró.

—No me mientas. —La sujetó de los brazos y la estrechó contra el pecho.

—Tú me mentiste a mí.

—No lo hice —respondió el hombre, recuperando una vez más la calma.

—Perdiste la paciencia conmigo.

—¡Hiciste que mis hombres tiraran abajo una pared de mi casa! —replicó el hombre.

—Dijiste que podía reorganizar las cocinas —murmuró Sakura—. En el invierno, Koharu, Hessie y todas las demás criadas tienen que caminar con la nieve hasta las rodillas para llevarte la cena. Sasuke, solo trataba de hacer lo correcto. Me pareció sensato adosar la construcción a la parte trasera del castillo. Pero o me dejaste que te lo explicase.

Sasuke cerró los ojos pidiendo paciencia a los cielos. No podía soltarla el tiempo suficiente para regañarla.

—Perdí el control —admitió—. Y estoy furioso contigo.

—¿Por el agujero en el muro?

—No —le dijo Sasuke—. Porque te asustaste de mí. ¿Creíste que te haría daño?

—No —respondió Sakura, rodeándole la cintura con los brazos y abrazándole—. Me avergonzaste. Un esposo no debería gritarle a su esposa.

—En adelante, trataré de recordar esa indicación —prometió Sasuke—. Sakura, habrá ocasiones en que vuelva a olvidarlo.

—Supongo que tendré que acostumbrarme. Tus gritos son capaces de tumbar un pino. Pero la mayor parte son apariencia, ¿verdad?

Sasuke apoyó la barbilla sobre la cabeza de la mujer mientras trataba de decidir si dejaría pasar ese pequeño insulto.

—El padre Murdock me dijo que pretendías regresar a Inglaterra. ¿Eso era lo que te proponías?

—Me echaste —le recordó la joven.

Una sonrisa borró el ceño de Sasuke.

—Quise decirte que te fueras del salón, Sakura, no de Escocia.

—Quería irme por un tiempo, esposo. A decir verdad, no me adapto bien.

Parecía muy acongojada.

—Sé que te costará creerlo, pero allá, en mi patria, le gusto a todo mundo. ¡Es cierto! No estoy acostumbrada a que me consideren inferior, Sasuke. Eso requiere cierto esfuerzo de adaptación. Tus soldados estaban esperando para delatarme, ¿no es así? No les gusto más de lo que te agrado a ti.

De súbito Sakura estalló en lágrimas.

—Oh, doy lástima, ¿verdad? ¿Por qué te has tomado la molestia de venir a buscarme?

—Sakura, los soldados esperaban la oportunidad de defenderte —afirmó—. Son tan leales hacia ti como tú lo eres hacia mí, esposa.

La apartó para que viera que hablaba en serio, pero eso fue su perdición, pues al ver que las lágrimas corrían por las mejillas de Sakura perdió el control.

—He venido por ti porque me perteneces. Sakura, nunca más trates de abandonarme porque entonces sí me verás enfadado. Mi amor, deja de llorar. No quise...

No pudo continuar, pues le temblaba la voz. Sasuke se inclinó y besó la frente de su esposa. Sakura se enjugó los ojos con el dorso de las manos. Comenzaba a palpitarle el brazo por la caída, y eso le recordó lo sucedido.

—Me caí del caballo —confesó.

—Ya lo sé.

Era el turno de Sasuke de estar acongojado. Sakura sonrió.

—Sasuke, en realidad soy muy diestra, pero un jabalí asustó a Fuego Fatuo y...

Al ver su entrecejo fruncido, Sakura abandonó la explicación.

—No importa —dijo—. Cuando los esposos han tenido un desacuerdo, es costumbre que se den un beso al reconciliarse.

—Pero la esposa tiene que llevar el manto con los colores del esposo — repuso él—. Aunque si la mujer no llevara nada puesto, yo no quebraría mi palabra.

Sakura no comprendió lo que quería decir hasta que Sasuke le levantó el vestido por encima de la cabeza y lo arrojó al suelo.

—No pensarás... hacer... —tartamudeó, dando un paso atrás.

—¡Oh, sí que lo pienso! —dijo Sasuke, dando un paso adelante.

Cuando él se abalanzó hacia ella, Sakura rompió a reír y, dándose la vuelta, corrió hacia los árboles.

—¡Estás loco, Sasuke! —gritó sobre el hombro—. ¡Es pleno día!

Sasuke la atrapó por atrás y la atrajo hacia sí.

—Puede haber niños por aquí —observó.

Sasuke frotó la nariz en el cuello de la mujer.

—Quieres un buen beso, ¿no es así?

—Esto no es nada correcto —respondió la mujer.

Se le cortó el aliento y la recorrió un temblor cuando él le mordisqueó la oreja, mientras le murmuraba con todo detalle las cosas que pensaba hacerle.

Sakura se relajó en los brazos de él. Sasuke apoyó la espalda contra el tronco grueso de un árbol y colocó a su esposa entre los muslos. Se demoró desnudándola, sin hacer caso de la endebles protestas de ella, y cuando terminó, la empujó sobre su miembro erecto. Le rodeó los pechos con las manosy acarició lentamente los pezones con los pulgares.

Al oír que Sakura lanzaba un suave gemido, Sasuke supo que se había rendido.

—Ahora voy a demostrarte lo inferior que te considero —murmuró.

—¿Eso harás? —preguntó ella, jadeando. Sasuke acababa de mover la mano entre los muslos de la mujer.

Gimió de placer al sentir su calor. Ya estaba caliente y húmeda para él.

—Besaré cada centímetro de esta parte baja de tu cuerpo —le prometió.

Por fin, la hizo volverse. Las bocas abiertas se encontraron en un beso arrasador. Sakura le rodeó el cuello con los brazos y frotó los pechos contra el manto. Sasuke apartó la boca y se desnudó en pocos instantes. Hizo girar a Sakura hasta que quedó apoyada contra el árbol, de cara a él, y bajó la cabeza hacia el valle entre los pechos de la mujer. La enloqueció con la lengua. Le masajeó los pechos con las manos y, por fin, atrapó uno de los pezones en la boca: un tormento maravilloso para la mujer. Sakura gritó de placer, aferrándose de los hombros de él para sostenerse. Sasuke hizo lo mismo con el otro pecho y luego fue depositando una estela de besos ardientes en dirección al estómago.

El hombre hizo que Sakura olvidara respirar. Se arrodilló frente a ella, sujetó en las manos las suaves nalgas, y la atrajo con rudeza hacia su propia boca abierta. La muchacha ya no pudo pensar. La lengua del hombre encendió en ella la pasión apretando, saliendo y entrando hasta que Sakura gimió, rogando alivio para esa dulce tortura. Cuando Sasuke se puso de pie, cara a cara con ella, Sakura le rogó que no se detuviese en ese momento. Trató de atrapar la boca de Sasuke en busca de un beso largo y ardiente, pero el hombre se echó atrás. De súbito, Sasuke le agarró el pelo, lo retorció en tomo del puño, y tiró de Sakura hacia adelante.

—Nunca más trates de abandonarme.

No le dio tiempo de responder. Con la boca abierta, devoró la de Sakura. La penetró con la lengua y la joven se derritió. Sasuke la alzó y le separó los muslos con un movimiento vigoroso. Sakura enlazó las piernas alrededor de él.

—¡Sasuke! —exigió, casi gritando al verlo vacilar.

—Promételo —dijo la voz áspera en el oído de la mujer.

La agonía de esa voz penetró a través del ensueño erótico.

—Lo prometo —murmuró.

Sasuke lanzó un gruñido de aprobación y luego la penetró con una embestida enérgica. Mientras le murmuraba palabras de amor en el oído, se retiró y volvió a penetrarla.

Sakura se aferró al hombre canturreando su propia melodía de amor, y cuando supo que iba a alcanzar el clímax, gritó el nombre de su esposo.

Una vez agotada la pasión los dos se rindieron por entero. Sasuke permaneció dentro de su mujer largo rato. No se movió, aun cuando la respiración ya se había hecho regular y el corazón no latía enloquecido. No quería perder el aroma del amor, no quería dejar de abrazarla.

Por primera vez en la vida, Sasuke estaba contento. Y si bien comprendió lo que eso significaba se rebeló contra esa verdad. Es demasiado pronto —se dijo—. Demasiado. Me debilitará, me hará vulnerable... No estoy preparado.

Sakura sintió que Sasuke se ponía tenso. La apoyó de espaldas sobre el suelo, y se apartó para recoger las ropas de los dos. Sakura solo vio un atisbo de la expresión sombría del marido.

—¿Sasuke? —murmuró—. ¿Acaso no estás satisfecho?

Sasuke respondió de inmediato ante la angustia que se reflejaba en la voz de Sakura.

—Me has complacido mucho, esposa —dijo, con voz ronca de emoción.

Sakura no hizo ninguna otra pregunta hasta que los dos estuvieron vestidos.

—¿Por qué estás ceñudo? Si es verdad que te he hecho feliz...

—Es porque tú me dijiste que te sentías inferior. Quiero que nunca, jamás vuelvas a pensar algo tan ridículo, esposa. ¿De dónde rayos has sacado una idea tan absurda...?

—Tú me lo dijiste —le recordó, perpleja.

Sasuke tuvo la audacia de asombrarse y Sakura, a su vez, abrió los ojos sorprendida.

—También me dijiste insignificante. ¿No lo recuerdas, Sasuke?

Él se encogió de hombros. Fue en busca de los caballos, pero ya no fruncía el entrecejo sino que sonreía; su mujercita parecía indignada.

—¿No puedes recordar tus propias opiniones?

—No son opiniones —dijo Sasuke, sobre el hombro—. Son insultos, mi amor.

—Entonces, ¿admites haberme insultado? —gritó Sakura, corriendo hacia él.

—Por supuesto.

Sakura lanzó un juramento muy poco digno de una dama, y Sasuke soltó una carcajada.

La muchacha estaba más horrorizada por su propia blasfemia que su esposo, y se disculpó una y otra vez.

Él se rió de ella.

Sakura estaba desconcertada. Le dio la espalda a su marido y caminó hacia Fuego Fatuo. Sasuke Uchiha era el hombre más difícil del mundo. ¿Acaso no comprendía cuánto deseaba ella oírle decir que la quería?

Sakura montó sobre su yegua y tomó las riendas y, de pronto, recordó la exigencia de Sasuke de que jamás lo abandonase.

¡Sí, la quería! Se volvió hacia su esposo con la intención de gritárselo, pero la sonrisa arrogante de Sasuke la hizo desistir. Supuso que no tenía conciencia de sus sentimientos, y que si Sakura tenía la audacia de espetárselo, se pondría furioso.

Sakura soltó una carcajada sonora. Sasuke tendría que acostumbarse, y entonces comprendería que estaba bien enamorarse de la esposa.

Antes de que él pudiese interrogarla, Sakura espoleó a Fuego Fatuo. Sasuke le arrebató las riendas y movió la cabeza.

Sakura lo miró resignada.

—Mi amor, escúchame con atención. Arriba —dijo, señalando detrás de sí— están las tierras Uchiha. Hacia abajo, Inglaterra. ¿Entiendes?

Sakura se mordió el labio para no sonreír.

—Lo entiendo —aceptó al fin, al ver que Sasuke seguía mirándola.

El hombre lanzó un suspiro, y tiró de Fuego Fatuo para hacerle cambiar de dirección.

—No, no entiendes, mi amor —murmuró.

Entonces sí, Sakura sonrió. ¡Señor, qué bien se sentía! Ya no le importaría si en adelante Sasuke perdía la paciencia. Y sin duda no le molestaban sus insultos, pues comprendía que era la manera que él tenía de ocultar sus propios sentimientos. No, no le molestaba en absoluto la conducta contradictoria de su esposo.

El motivo era fácil de entender:

Sasuke acababa de llamarla «mi amor».