—¿Me ves que tengo la estatura para llegar hasta ahí arriba?
—¡Pues yo no voy a poner la mano en ese lugar!
—¿Qué están haciendo?
Lena y Maggie se giraron al mismo tiempo como si las hubiera atrapado robando. Mi novia se quitó un cabello de los ojos y tomó una gran bocanada de aire. A decir verdad las dos estaban algo agitadas.
—Maggie no quiere limpiar la alacena.
—¡Pero no llego hasta ahí!
—¿Ves estas cositas de cuatro patas? Son sillas, ¿las conoces? —dijo Lena señalando con incredulidad una. Reprimí la sonrisa que tan tonta escena me estaba provocando y Maggie bufó.
—Tu novia la delicada no quiere ensuciarse las manos.
—Pues no —saltó la ojiverde cruzándose de brazos. Era toda una niña, pensé—, me acabo de hacer las uñas.
—Lena, eres lesbiana, ni uñas tienes. A ver, muéstrame las manos.
Mi amiga intentó sin éxito agarrar el brazo de Lena pero ésta retrocedía arisca y se libraba con facilidad de Maggie. Las dos decían incoherencias, muy graciosas de hecho, pero en algún momento iba a tener que intervenir.
En dos zancadas estuve junto a Lena. La separé de Maggie quién se quedó en su sitio soltando gruñidos y pasando una mano por su cintura la atraje a mi lado. La sentí incómoda durante un instante, tensa en mis brazos, hasta que al fin se relajó. Volvió su rostro hacia mí y me dio un beso en la mejilla.
—Yo lo limpio luego, no desesperen —indiqué a Maggie quién revisaba su celular con una nueva expresión de querer salir lo más pronto de aquí—. ¿El deber llama?
Mi amiga no dijo nada pero su sonrisa afirmó lo que pensaba, nos saludó con la mirada y se perdió a los segundos por la puerta.
Había estado sola con Lena por la mañana apenas unos minutos. Cuando llegó y fue a verme antes de asistir a sus clases. Yo había ido a trabajar y por lo tanto ni siquiera nos habíamos visto por los pasillos. No había tenido tiempo para preguntarle cómo estaba y me sentía algo idiota por eso.
—¿Te encuentras bien? —Lena tardó un momento en alzar la vista hasta mis ojos. No podía descifrar sus pensamientos, no sabía con exactitud lo que sentía y tenía mucho miedo de preguntar.
—Estoy bien. Contigo.
—¿Necesitas hablar o algo?
Ella negó y no hice más preguntas al respecto. Nos pusimos a comer en su cuarto y acabamos mirando una película mala de los noventa en su portátil. Mi cabeza descansaba en su hombro y juré que eso era todo lo que necesitaba. Quedarme con ella, oler su aroma cada que respiraba o disfrutar de los besos cortos que cada tanto me regalaba.
La chaqueta podía servir para esconder la mayoría de sus cicatrices, seguro, pero no las marcas rojas oscuras que rodeaban sus muñecas y se notaban si observabas sus brazos con un poco de atención. Mi cuerpo se tensó y no pude apartar la mirada. Lena lo notó y se llevó una mano al cabello con movimientos errantes.
—Kara.
—¿Quién demonios te hizo eso?
—¿Podríamos por favor ignorar... ?
—¿Ignorar qué? ¿Estás de broma? Quítate la chaqueta.
Me quedó mirando mitad sorprendida mitad exaltada. Pero lo hizo sin objetar. Preferí no mirar las viejas cicatrices más tiempo del necesario para no incomodarla pero sus muñecas eran justo el problema principal. Eran marcas de al menos seis o siete centímetros de grosor y estaban muy rojas tomando ya un tono morado.
Tomé sus dos brazos en mis manos, contemplé su piel sabiendo que no podría olvidarme de lo que le habían hecho. No solo por esto, por todo.
—Lo siento, Lena.
—¿Tú lo sientes? —susurró con la voz apagada.
—No debí haberte dejado ir. Están enfermos, ellos...
—No me duele, ya no —me cortó con ojos que imploraban que la entendiera—. No quiero pensar en ello, Kara, lo único que necesito es estar aquí junto a ti.
Lo que quería pedirle tal vez era lo más estúpido que podía decirle en aquel momento pero las palpitaciones de mi corazón aumentaban a tal velocidad que cegaban la razón.
—¿Podrías quitarte la camiseta?
Lena no entendió al principio, tuve que bajar la mirada a la tela gris para que entendiera y aún así me observó confundida. Era algo que traspasaba ciertos límites. Sabía que por las noches, cuando dormía, olvidaba que yo era la que tenía los brazos a su alrededor y no alguien más. Sabía que no llegaba a tolerar del todo el contacto excesivo por eso yo le daba siempre su espacio. Pero necesitaba hacer esto.
Lena tragó saliva y solté sus brazos, se deshizo de la prenda y el cabello negro le cayó sobre la piel pálida. Como si leyera cada idea en mi mente volvió a recostarse pero en ningún momento dejó de verme. Por mi parte me coloqué a horcajadas sobre su cintura, con mucho cuidado de no apoyarme lo suficiente en ella y hacerle daño.
El malestar anterior volvió cuando miré su estómago, unas pequeñas y largas marcas, finas como si alguien hubiera dibujado con un lápiz, estaban esparcidas en varias partes. A la vez un rastro de moretones violáceos subían hasta su pecho y atravesaban por debajo del brasier el sector hasta su clavícula. No besos, entendí, golpes. Por la forma y la presión habían sido golpes.
Más golpes y arañazos cubrían parte de su cuerpo. Mis ojos ardían de rabia y mis manos en cualquier momento comenzarían a temblar por todo el desagrado que el que había hecho esto me provocaba.
Al contrario respiré hondo, controlé mis emociones como si estuviera guardando cada una de ellas en una caja al fondo de mi mente y alcé la mirada a los ojos verdes. Un breve vistazo para comprobar que no la estaba incomodándo. La suave manera de verme me dio a entender que estaba bien. Esto estaba bien.
Llevé la mano hasta el contorno de una vieja cicatriz en su lado derecho, con cuidado moví la palma a la izquierda justo hacia el centro donde uno de los moretones se perdió bajo mi mano. Aunque su rostro estaba en calma y su respiración relajada, notaba como su cuerpo estaba tenso.
Lo correcto habría sido retirarme, no seguir, pero Lena había conocido a muchas personas, todas incapaces de demostrarle un poco de todo lo que yo sentía. No podía dejarla ir de aquí sin que supiera lo importante que cada centímetro de ella era para mí aunque no hubiera podido tocarla nunca. Lena tenía que saber que yo no era como ellos. Tenía que saber que había alguien que apreciaría lo que ella era, con las heridas y todo.
Por lo que me incliné y retiré mi mano. Mis labios cayeron hasta su cuerpo rojizo y golpeado y besaron la piel al descubierto. Eran besos suaves, lo más delicados que fui capaz de darle. Me tomé mi tiempo con cada una de las líneas y sentí en mis narices el aroma de su piel y como se quedaba impregnado en mí. Le dediqué mi atención a los moretones, ligeros toques que la hacían de vez en cuando contener la respiración.
Pero esto no se trataba de algo sexual. Lo que yo intentaba era decirle sin palabras lo mucho que la quería. Yo no buscaba tener sexo con ella. No de manera casual y apresurada, violenta o desinteresada. Ella valía mucho más que eso y necesitaba que lo supiera. Estaba dándole todo lo que sentía en esos besos, en las caricias, incluso en el silencio.
Subiendo la línea de su pecho y besando el último rosado contraste en su clavícula llegué finalmente a su rostro. No pasó mucho hasta que sentí su mano en mi cabello atrayéndome sin cuidado en un beso necesitado. Todo en lo que había dudado se desvaneció con el sabor de sus labios y tomándome casi por sorpresa su húmeda lengua se hizo camino dentro de mi boca. Era una sensación nueva la que mi pecho sentía, como un calor quemando y expandiéndose dentro de mí. Me dejé llevar por las emociones y la punta de mi lengua pidió permiso antes de encontrarse con la suya. De un modo juguetón se rozaban y sentían, guardando el recuerdo. Noté su sonrisa ligera contra mi boca y necesité, realmente deseé, saborear más lo que me estaba siendo regalado.
Nos separamos cuando el aire comenzó a faltarnos. Nuestras respiraciones se entre cortaban y chocaban la una con la otra. Pero éramos felices. Lo veía en sus ojos con tanta claridad que cualquier otra cosa me parecería mentira. La gratitud en su mirada me calentaba el alma, la tensión del comienzo se había disipado hace ya rato y lo único que valía la pena ahora era su sonrisa.
—¿Qué eres?
—¿Yo? Dios, ¿qué eres tú? —replicó Lena besándome. Se había sentado en la cama conmigo sobre sus caderas y me tenía rodeada en un abrazo con el que me deleité.
Supe que tenía esas dos palabras en la punta de la lengua. Las grandes palabras, las importantes. Lo que sentía desde hace ya tanto y no podía decir en voz alta. Pero no estaba segura de si era el momento correcto, esto era especial y sentía que decirlas o bien podía arruinarlo o mejorarlo mucho más. Preferí guardar aquellas palabras para otro día, sin duda habría más.
—¿En qué piensas? —preguntó inclinando su cuerpo un poco para cambiar de posición y logrando que sus pechos presionaran sobre los míos unos segundos.
—En que me gustas.
No era con exactitud lo que quería decirle pero era igual de cierto. Lena apoyó la cabeza en mi hombro y suspiró con suma paz.
—También me gustas — y besó el lugar donde su rostro descansaba, luego subió hasta mi cuello e hizo lo mismo. Pronto llegó a mis labios nuevamente y el beso más delicioso nubló mis sentidos—. Me gustas desde hace tanto. Tanto antes de que habláramos.
—¿Hablas en serio?
—No supe que estaba loca por ti hasta que comenzaste a cuidarme cada vez que volvía llena de heridas. Te diría porqué recibía más golpizas que de costumbre pero te lo tomarías a mal.
—No me digas que dejabas que te pegaran para que yo te eche un poco de alcohol —Lena por poco rió pero negó.
—Cuando supe que tenía sentimientos por ti lo primero que hice fue negarme a cualquiera de las peticiones de Lionel. Me gustaba la idea de que pudieras conocerme un poco menos sucia de lo que ya estaba, tal vez permitirme sentir algo contigo. Pero los golpes eran cada vez más siempre que decía que no y con eso tú comenzaste a querer ser mi amiga y... Fue mucho. No podía permitirme gustar de ti sabiendo que yo... Lo que hacía...
—Está bien —le detuve poniendo mis manos en su rostro—. No hace falta, lo comprendo.
—Por esto mismo que haces no soy capaz de alejarme de ti.
—No hago nada, Lena.
—No trates de negarlo —esta vez la que quiso apartar la vista fui yo pero no me lo permitió. Su dedo índice levantó mi barbilla y me sentí embrujada por aquellos ojos verdes—. Literalmente besaste todas mis heridas como... Como si no fueran nada. Nadie haría eso, no por mí.
—Son algo, son parte de ti y... —estuve a punto. Estuve al borde de decirle que amaba hasta sus golpes y moretones y realmente necesité toda mi fuerza de voluntad para detenerme—. Tú vales más de lo que puedes imaginar, Lena. Quería que supieras que aquí tienes a alguien que besará tus heridas siempre que lo necesites. No importa cuántos idiotas existan para tratar de arruinarte, eres... Tan jodidamente increíble.
Nos besamos varios minutos después de eso. Besos lentos, besos más apresurados, pero igual de buenos. Al separarnos un poco Lena miró a un costado del suelo.
—Antes de que te quedes a dormir conmigo, porque te quedarás conmigo y no hay nada que puedas hacer al respecto, ayúdame a buscar mi camiseta o empezaré a congelarme en cualquier momento.
—Ahora la busco —le dije sonriendo y a la vez odiando tener que alejarme de ella aunque fuera por un corto instante.
Lo último que recuerdo antes de quedarme dormida fueron sus labios sobre los míos, tan cálidos y suaves que el mundo podría haber ardido a nuestro alrededor y yo jamás me habría dado cuenta.
—¡Danvers, a la cocina!
Era un día ocupado en Morrigan's y todos estaban un poco más alterados que de costumbre. Los clientes como nunca abundaban en la cafetería y la única con las energías todavía sin agotar era por supuesto yo. Los demás estaban más lentos que de costumbre, quizás por el calor, así que había decidido quedarme a ayudar un par de horas extras.
—El aire acondicionado está fallando —dijo Nicole dejándose caer un momento en la mesada a mi lado mientras yo lavaba los platos. De todos nosotros la peliroja era quien había llegado más temprano y por ende quién más cansancio cargaba.
—Sigo pensando que deberías irte.
—Aunque quisiera no podría. Las horas extra aportan una cantidad considerable y todavía estoy debiendo la renta del mes pasado.
—Creí que no tenías problema con el dinero, pareces tan... Organizada —Nicole asintió con gesto cansado pero una sonrisa le cruzó el rostro.
—Fue el cumpleaños de mi novia hace poco y tenía que prepararle algo especial.
—Te ruego que no me digad los detalles sexuales. Mi amiga es toda una experta en contarme en grande sus experiencias —fruncí el ceño rememorando escenas aleatorias que Maggie solía creer que me servirían en mi relación con Lena. Nicole se incorporó pero permaneció allí.
—Fue algo bonito, solo quería demostrarle lo mucho que la amo.
La manera de la peliroja de expresar tanto cariño en tan pocas palabras por poco me hizo sonreír. En parte por ella, claro, pero principalmente porque me recordó el momento que había tenido con Lena el día anterior. El estómago aún me hormigueaba y sentía la felicidad latente por lo que habíamos compartido. Me parecía que mis labios permanecían sagrados por el toque de algo tan preciado, algo tan hermoso y bello como Lena era. Me había costado no soñar con ella. La alegría fue mayor al despertar y tenerla todavía junto a mí.
—Si le dices a Elizabeth sobre un pequeño aumento quizás te lo conceda —sugerí volviendo a la realidad. Mi compañera de trabajo se lo pensó.
—Es demasiado intimidante, yo paso de la experiencia terrorífica.
—Oh, vamos, ¿qué tan malo puede ser?
Apilaron más platos sucios a un lado y presioné la esponja sobre la particular mancha que no quería abandonar una olla.
—Siempre tuvo una presencia de temer y no quiero arriesgarme a la posible vergüenza eterna en la que voy a sumergirme si lo hago.
De pronto se me ocurrió preguntarle si tenía idea de quién era Excalibur. ¿Pero qué tan bueno podía ser? Aunque quise ignorar mis pensamientos, al no poder, busqué otra manera de saber y no sonar tan desesperada.
—¿Sabes si tiene hijos o algo así? Nunca habla de su vida personal —Nicole hizo una mueca como pensando.
—Tiene un hijo de unos veinticinco años que está estudiando arquitectura en Roma. No he oído hablar de nadie más —ignoré la decepción amarga en mi boca y eché más detergente en la esponja—. Pero he oído de una chica a la que ha cuidado desde que su madre murió.
El sobresalto me hizo doblar un cuchillo hasta quedar de una forma extraña pero, por suerte, al estar mis manos bajo el montón de agua y espuma Nicole no se percató. Procuré tirarlo luego cuando no viera.
—¿Una chica?
—Nunca la he visto pero sé que Roy, el de la caja, la conoce bien. Creo que Elizabeth también lo considera algo así como a un hijo. Lo ha sacado de líos enormes.
Justo ahora Roy era lo que menos me interesaba. Tenía el mal presentimiento de estar alejándome de la posibilidad de saber la verdad sobre Excalibur así que presioné.
—Creo que escuché a Elizabeth una vez discutir con él sobre ella. Algo sobre que ya tenía una madre o algo por el estilo.
—Ah, sí, pero seguro se refería a su madrastra. Su madre biológica tuvo un fatal accidente —me quedé viendo el agua incapaz de procesar sus palabras. El corazón me llegó hasta la garganta cuando recordé que la madre de cierta persona en particular había tenido un destino así en un avión. Antes de sucumbir en la exasperación, Nicole prosiguió—. De auto, me parece. Por lo que Elizabeth, quién era muy amiga de su madre, se encargó de cuidarla. Sobre su padre no se nada pero imagino que es un imbécil.
—Parece alguien bastante misteriosa.
—Y muy trágica —dijo alzando las cejas—. Estoy segura de que su nombre comienza con D, o quizás...
—¿Sabes si su apellido empieza con V? —la pregunta era de lo más estúpida pero me limité a la falsa naturalidad que aparentaba mi calma.
—¡Oh, sí! Sí, sí, estoy segurísima de que he oído algo así...
Levanté el rostro hacia ella, quién muy perdida en sus propios pensamientos, estaba haciéndome perder mi propio control. ¿Por qué nadie jamás podía darme una sola respuesta concreta? Aún así casi le agradecí por la información pero me contuve. Me bastaba encontrar a todas las personas de la universidad cuyas siglas fueran D.V.
Cuando el último cliente se retiró y fue hora de terminar el turno, me quité con verdadera fatiga la ropa de la cafetería. Un par se quedarían para el aseo pero yo, por mi parte, había quedado exhausta de pronto. Podía no ser humana pero momentos como este en verdad añoraba más la comodidad de mi cama que una dosis de luz solar.
También consideré por un momento desaparecer un par de horas y volar en algún lugar desierto. Más que devolverme las energías que estar cerca del sol me darían, yo necesitaba sentirme liberada. Sabía que si lo hablaba con mi madre, mi padre o mi hermana no lo entenderían. Sé que lamentarían no poder ayudar y repetirían lo peligroso que volar era lejos de casa. Como si no supiera ya las consecuencias o amenazas.
Existían grupos que constantemente querían atrapar a mi primo en pleno vuelo, por muy tonto que sonara lo intentaban. Clark ya estaba bastante especializado en ese tipo de cosas y más que peligros eran juegos para él. Pero en mi caso, según mi familia, yo no tenía su conocimiento y jamás había hecho lo que él para tener esa experiencia. Como si no me sintiera lo suficientemente mal al tener poderes y no ser capaz de usarlos.
Suspiré hacia el soleado cielo, parecía burlarse de mí, tan claro y yo no podía aprovecharlo. Era deprimente.
Cuando me dejé caer en mi cama una hora después de ducharme y comer, pude al fin dormir. Desconozco el tiempo en que lo hice pero sé que sin duda ayudó.
Cuando sentí algo suave tocarme la mejilla y luego el cuello, el sueño me dejó y con demasiada lentitud abrí los ojos.
—Ahí estás —murmuró mi novia. Fue extraño pero para nada molesto verla sentada sobre mi cintura—. Me preguntaba cuando ibas a darte cuenta de que estaba sobre ti pero pareces que tienes el sueño pesado.
—¿Cómo llegaste tú ahí? —repliqué con la voz aún soñolienta. Lena iba con una ropa deportiva que se le ajustaba tanto al cuerpo que tuve que hacer un esfuerzo para mantener la mirada solo en su rostro.
—Ah, me pasaba por aquí y te extrañaba, así que bueno, estaba por ir a mi clase de educación física pero verte cambió mis planes.
—No diré que me alegra porque no es lo correcto... —la fricción que causó en mis caderas cuando se movió un poco hacia adelante me hizo olvidar por un segundo lo que estaba pensando—. Pero me alegra.
Tuve la sensación de que había captado cada una de mis sensaciones. Se inclinó hasta mi cara y el beso más sensual que habíamos compartido hasta ahora llenó cada espacio en mí. Aunque sentía que yo era la que había perdido por completo la cordura con la sola caricia de su lengua, el gemido que salió de sus labios me derritió cada centímetro.
—Tenía tantas ganas de hacer esto —susurró apenas separando la boca para poder hablar, su respiración seguía chocando con la mía y dejé que mis manos tocaran con delicadeza su espalda hasta casi su cintura.
—Nos hemos visto esta mañana.
—No solo por hoy. Te deseaba tanto, Kara. Demonios —al verla a los ojos me di cuenta de que estaba luchando con ella misma. No supe si por algo que quería decir o al contrario, intentaba mantener en secreto. Sus manos a los costados de mi cuerpo se cerraron en un duro puño y me pregunté si lo que yo creía que le estaba pasando era lo acertado.
—¿Lena?
—No podía parar de pensar en ti. Cuando apareciste en el hotel de Lionel y me viste con esa mujer, yo... Quería tanto que fueras tú. Quería besarte a ti, quería tocarte a ti y —apretó los labios en una sola línea y sus ojos cayeron a mi boca—. No puedo decir lo que quiero hacerte porque eso sería muy malo, y...
—Dímelo —la sorpresa le ablandó la agitada expresión y me miró a los ojos. El pecho le subía y bajaba a una velocidad acelerada y no pedí permiso cuando llevé mis dos manos bajo su clavícula y las extendí en su piel. Sentí su corazón latiendo con fuerza en mis manos—. Dime.
Le tomó solo un par de segundos calmar su respiración. Cuando tragó saliva y abrió la boca unos golpecitos en la puerta seguidos por el grito de Maggie desde el otro lado me hizo poner los ojos en blanco.
—¡La comida se va a enfriar!
—Voy a matarla, juro que lo haré.
—Recuerdo que justo a eso venía —señaló Lena quitándose de arriba mío—. No iba a ir a mi clase así que Maggie organizó toda una comida especial y... Bueno, olvidé un poco ese asunto en el momento en que te vi.
Se rascó la nuca abochornada y sonreí. La tomé por el cuello de la camiseta y acercándola a mí, volví a besarla, esta vez de una manera más relajada y sin prisas.
—¡Dejen de tocarse y vengan a comer! —reímos con la nueva queja de Maggie desde fuera pero preferimos al fin levantarnos. Lena me observó de una forma especial mientras me calzaba las zapatillas. Yo lo hice también. Como quién contempla a alguien con quien tienes cientos de cosas por hacer y decir. Alguien con quién sabes que te esperan cosas que ni imaginas.
Detuve el impulso de olvidar la comida, cerrar con llave y solo quedarme con ella en mi habitación. Pero como si Lena estuviera leyendo mi mente, me tomó de la mano y caminamos afuera.
Una vez el para nada sabroso invento culinario de Maggie se acabó y el dolor en nuestros estómagos nos dejó, accedí a salir con Lena a caminar por las afueras un rato. Me sorprendió de buena manera que fuera ella quién quisiera salir sin importar quién nos viera.
La noche estaba preciosa y la brisa nos rozaba los rostros. No hacía tanto calor como hoy pero igual Lena se había dejado la chaqueta de cuero en el dormitorio a propósito y no le había preocupado quién viera sus cicatrices. Quise tomar su mano por ese solo detalle, darle a entender que estaba orgullosa, pero como era usual en nosotras una sola mirada bastó para que Lena me diera su más grande sonrisa de gratitud.
Cuando cruzamos el campo delantero de la universidad ví una cara conocida acercarse a toda prisa a nosotras. Primero me asusté, no me preocupaba demasiado quién nos encontrara, pero tal vez Lena podía pensar diferente en ese aspecto. Su mano acarició despacio la parte baja de mi espalda dándome la calma que había perdido antes de dejarla caer.
Me había costado trabajo ubicarla pero descubrí quién era justo cuando se detenía frente a mí.
—Kara, que suerte que te encuentro —exclamó Vera y unas arruguitas se le formaron en los ojos cuando sonrió—. Te acuerdas de mí, ¿verdad?
—Por supuesto, corrimos juntas ayer en atletismo —era raro hablar con alguien que apenas conocía con una silenciosa Lena a mi lado así que me giré hacia mi novia—. Ella es Lena.
—Luthor, su compañera de cuarto —finalizó por mí con educación. Vera asintió y le estrechó la mano, una extrañada Lena la aceptó y casi reí.
—No quiero molestarlas mucho tiempo —se volvió, sacó un papelito blanco y me lo entregó—, solo quería decirte que la profesora Stone cambió los días de las clases. He estado todo el tiempo buscando a cada alumno para hacerles saber, eras mi última.
Vera sonrió con más gracia. Tuve la impresión de que por la manera de solo mirarme a mí y ni siquiera pescar a mi novia quién la quemaba con la mirada... algo más debía de querer decir. Cuando creí que había reunido el valor un chico gritó desde unos cuantos metros detrás de ella.
—¡Daf, tenemos que irnos! —la rubia suspiró y le hizo una seña al aire en su dirección.
—Lo siento, mi mejor amigo nunca se pierde la maratón de Lost. Tengo que ir.
—Espera, ¿tu nombre no era Vera?
—Es mi apellido —replicó con total simpleza—, me llamo Dafne pero odio ese nombre así que todos me dicen Vera. El estúpido de mi amigo me llama así siempre que está enojado.
—¿Entonces te llamas Dafne Vera? —dije con una incredulidad que sonó peor de lo que esperaba. Para ella quizás había sido una burla pero a mí me estaba revolviendo el cerebro una idea absurda. Necesitaba salir de ahí lo más pronto—. Lo siento, no quería que sonara...
—No importa, entiendo. Pero solo dime Vera, ¿bien?
Asentí y Vera se retiró apresuradamente. Me la quedé mirando sin entender lo que acababa de ocurrir. Su figura ya era una mancha en la oscuridad cuando escuché a Lena comenzar a reírse a carcajadas detrás de mí.
—¿Dafne Vera? —repitió entre risas.
—¿Por qué te ríes?
—Si te dijera no me creerías.
—No debes burlarte de los nombres de las personas, Lena —dije acercándome a ella.
Nos pusimos a caminar de vuelta a las habitaciones y por más de que quería pensar en algo diferente su nombre se repetía una y otra vez.
—Yo no me he burlado y si así fuera estaría en mi pleno derecho, ¿no viste como se te quedó viendo? —inquirió mi novia—. Ni recordó que yo estaba ahí.
—Estás pasando mucho tiempo con Maggie y eso hace daño.
—Sabes, voy a considerar alimentarte las veinticuatro horas. Te volveré una pelota obesa y gordita y así nadie te mirará.
Pese a mis pensamientos eso no falló en sacarme una sonrisa. El pasillo estaba oscuro y vacío así que no me demoré en detenerla y besarla. Quería recordarme a mí misma lo que era real, los sentimientos verdaderos y las cosas que mi corazón sí sentía.
—No necesitas volverme una cosa fea y gordita. Mis ojos solo están puestos en ti.
Lena me sonrió de oreja a oreja. Esa era la única sonrisa que contaba. La única que valía la pena y la que yo más quería.
No importaba si horas después iba a perseguirme aquel nombre. Un tonto y simple nombre que no podía tener nada que ver con Excalibur.
Dafne Vera.
D.V
No, ¿en qué estaba pensando?
And you can
read between
the lines
but God,
I fell.
L .
Capté el punto rojo, oculto sin demasiado esmero tras el televisor en la pared, pero me concentré en lo que debía hacer. Me dibujé una brillante sonrisa en la cara cuando me volví al tipo que se quitaba la camisa a mis espaldas.
Lionel siempre había observado. Las cámaras con las que me vigilaba nunca habían desaparecido aunque yo le había rogado que las quitara. Miraba para asegurarse de que yo no me echaría atrás, de que el cliente estaría lo suficientemente satisfecho y no dudaría en comprar las joyas a mitad de precio que le ofrecía. Me desagradaba pensar en que estaba siendo observada por más de uno, pero sobre todo por él. Sentía vergüenza, me causaba repugnancia.
Tener que pretender que disfrutaba de lo que hacía me hervía la sangre, me llenaba de odio las venas y la tensión en los músculos se quedaba por varios días.
—Déjame ayudarte —murmuré llevando las manos a su cinturón. Mi prisa no se relacionaba con el posible deseo contenido. No tenía que ver con el atractivo sexual que el encuentro se suponía que tenía y que el tipo pensaba que yo quería.
Necesitaba que terminara lo más pronto posible y ni siquiera había empezado.
—Me gusta lo caliente que eres —soltó en mi oído, su barba picaba en mis mejillas y su colonia fuerte se impregnada en mis narices—. Espera, no tengo prisas. ¿Tú sí?
Le sonreí otra vez y relanticé los movimientos. No sabía su nombre, tal vez lo había escuchado pero no lo recordaba, no importaba. Su boca alcanzó la mía y resistí el impulso de alejarme sabiendo que iba a terminar. Tenía que soportar.
Después de unos minutos nos separamos. Él rodeó la cama para llenar dos vasos de whisky. El bebió un poco pero yo me tragué el líquido con tanta rapidez que se quedó mirándome con una fascinación que me daba asco. Pero lo tenía que hacer. Iba a terminar.
—No puedo esperar más —dije quitándole la bebida, pero era cierto. Sus manos frías se acercaron a mi cintura pero lo detuve—. Las luces.
—Oh, pero si apuesto a que tienes un cuerpo muy bello. No quiero perdermelo.
—Te aseguro que la experiencia será el doble de placentera. Tengo sorpresas que debes sentir a oscuras.
Podía odiar lo que hacía, podía aborrecer lo que tenía que llevar a cabo. Pero nada se comparaba a lo que sentía cuando veían mi cuerpo. Cuándo encontraban por primera vez los moretones, o las viejas cicatrices o los cortes de mis brazos. No era capaz de tolerar ese tipo de miradas. La duda o la vacilación que los llenaba. Por eso Lionel no se preocupaba demasiado por la oscuridad. En todo caso no le beneficiaría que me rechazaran por los golpes que él mismo me había dado. El muy miserable podía ver de todos modos.
Una vez las luces se apagaron mi ropa acabó en el suelo en un tiempo récord. La cama era cómoda, el lugar era el indicado. Pero la cuestión era que yo no estaba de acuerdo y jamás lo estaría. Volví a odiarme un poco más al tenerlo encima de mí y por si fuera poco, cuando sus labios comenzaron a recorrer mi cuello con un fuego que yo no compartía, pensé en ella.
Tenía mi mente siempre enfocada. Seguía mi papel con tanta precisión que nadie pensaría dos veces que estaba fingiendo. Era tan sencillo mentir, era tan fácil suspirar en el momento correcto y gruñir cuando el sitio indicado era tocado. Cuando le daban atención a los puntos más sensibles y pensaban, de verdad estaban creían, que estaba pasando por el mejor momento de mi vida.
Pero había pensado en ella y me había roto. Quebrado. La oscuridad era mi única amiga, de esa manera él no vería como escapaban las lágrimas y como, en un falso intento de llevar una mano al cabello, me refregaba los ojos con fuerza.
¿Cómo podía hacer esto? ¿Cómo podía hacerle eso a ella? Los besos mojados, la lengua que no hacía más que empeorarlo todo, las manos que intentaban a toda costa hacerme llegar a un estado en el que yo no podía siquiera pensar.
Siempre lo soportaba, siempre me entregaba a la ficticia media hora de sexo con toda la realidad que podía inventar. Nunca había sentido nada, jamás el toque de los hombres o mujeres me había hecho humo la conciencia. Ni siquiera hice el esfuerzo de disfrutarlo para que de alguna manera fuera más fácil. No.
Si esto era lo que me tocaba, si esto era lo que hacía conmigo misma, entonces me enfrentaría a las consecuencias. Por muy malas que fueran y por mucho que dolieran.
Otro suspiro ahogado para seguir con el juego, otro gemido acertado para que terminara más pronto.
«Lo siento», repitió mi mente a gritos. «Lo siento».
Kara.
—¿Cómo lo haces? No sabía que corrías tan bien —dijo con las manos en la cintura una Maggie sorprendida.
Había corrido más de la cuenta en la clase de atletismo y mi amiga había llegado los últimos quince minutos para esperarme. Me había mirado desde las gradas con un asombro que me hizo reír en medio de la carrera.
Había querido correr desde la situación con Vera, para despejarme. Pero a la vez tenía la extraña -¿mala?- suerte de que fuera mi compañera de equipo. A Excalibur le había dicho que pensaría sobre ir con ella al baile de máscaras, no quería que sintiera que la ignoraba pero al menos le había dado una respuesta.
De igual manera tener que socializar con Vera me causaba dolor de cabeza. Con cada cosa que me decía yo comenzaba a entrar en plena paranoia, pensaba en DV y la similitud de sus siglas, me complicaba con la idea de que Excalibur fuera ella. Si lo era entonces, ¿por qué me hablaría ahora? Me había dicho que quería que nos conociéramos de una forma especial. Con Vera solo había sido casualidad.
—Tenía mucho tiempo para correr en Midvale —respondí acercándome a mi amiga.
—Llévame a ese tal Midvale, quizás aprendo algo.
—¡Eh, Kara!
—Mierda —dije con un sobresalto al darme vuelta y encontrarme a Vera—. Lo siento, me asustaste.
—Venga que no soy tan fea.
Vera guiñó un ojo y pude jurar que Maggie la estaba estudiando de centímetro a centímetro. Si no decía nada sería toda una hazaña.
—Quería felicitarte por como corriste hoy, tienes un don para esto —y una sonrisa le bailó en la boca—. Si algún día tienes tiempo me gustaría invitarte a mi habitación, podemos quizás... ¿Conocernos un poco mejor?
—Eso me...
—¿Sabes que tiene novia? —Vera abrió los ojos bien en grande con la interrupción de Maggie, como si apenas notara que estaba allí. Mi amiga tenía los brazos cruzados y la más grande expresión de 'te acercas un poco más y te deshueso'.
—No sabía que... —comenzó con una voz diferente, más apagada, pero se pausó y me miró otra vez—. Disculpa si te di la impresión de que quiero algo más, Kara, no era mi intención incomodarte.
—Mi amiga se comporta como una estúpida a veces.
—Oye, todavía estoy aquí —refunfuñó a mi lado y puse los ojos en blanco.
—No me diste ninguna impresión de ese tipo, ¿bien? —Vera me contempló detenidamente. Esos silencios tan raros que la llenaban de vez en cuando llamaban mi atención.
—Ya, lo lamento. Ya me voy, descuida —dijo mirando a Maggie un instante—. Te veo la clase siguiente, Kara, entrena esos músculos.
Una vez estuvimos dentro de la universidad para buscar un libro de la biblioteca, le solté;
—No tenías que ser tan difícil con ella.
—¿Difícil? Eso no fue ser difícil. Sólo estaba actuando como la amiga que soy. Estoy segura de que te estaba invitando a una orgía en su habitación. Defiendo tu relación con Lena de víboras como esa.
—No era necesario, Maggie —pasamos los casilleros cuando el timbre de recreo sonó—. No todos quieren ser más que mis amigos.
—Kara, hasta yo quería tenerte en mi cama cuando te conocí —la observé con una mezcla de desconfianza y miedo—. ¡Estoy bromeando! Por dios, casi te da un infarto. Tú no eres mi tipo. Me gustan las mujeres duras.
—Yo soy dura —objeté, arrepintiéndome al momento—. Y tampoco eres mi tipo.
—Lo que menos eres es dura, Kara, no sabes decir que no. No puedes pasar más de dos minutos en completa seriedad porque te agarra un ataque de risa por los dibujos animados del canal infantil.
—¿A quién no le da risa un panda saltarín?
—En serio no sé cómo eres mi amiga.
Encontramos el libro que Maggie necesitaba para una de sus clases diez minutos después. La biblioteca estaba un poco más llena de lo común. Yo preferí quedarme un rato más, después de que Maggie se fuera, para buscar algo que llamara mi atención. Me decidí por una novela histórica del siglo dieciocho.
Entre tanto tiempo ahí dentro había olvidado mi clase siguiente. La única clase general obligatoria de la universidad que compartía con Lena. Bendita clase. Sabía que Lena iría, se había comprometido a mejorar sus notas y habíamos acordado que nos veríamos allí.
No la había visto parte del día de ayer ya que me había encerrado en mi cuarto para estudiar sin descanso pero en verdad la extrañaba demasiado.
Así que apresuré el paso entre el tumulto de personas, esta vez teniendo cuidado de no chocar con nadie. Fue un solo segundo el que me giré que bastó para tropezar con alguien. Yo era una idiota, no había caso, esto me excedía.
—Lo siento, fue mi culpa. ¿Estás bien?
La chica de pelo oscuro levantaba su cuaderno y se preparaba para hablar cuando se puso de pie y levantó la vista hacia mí. Tenía los ojos muy castaños y me contemplaban como si fuera un fantasma. Su boca estaba apenas entre abierta, se quitó un cabello que le había caído en los labios y en serio pensé, por su forma de mirarme, que estaba por desmayarse.
—¿Te sientes bien? ¿Necesitas ir a la enfermería?
No era más alta que yo, era posible que fuera un año menor, pero no tenía aspecto de niña. Su cabello era liso y su piel igual de blanca como el papel, sus labios grandes y desinteresadamente pintados. Mientras más la veía más madura parecía.
Abrió de nuevo la boca pero la cerró, escuché un latido rápido, y descubrí con sorpresa que era el suyo.
—En serio no es problema si te acompaño a la enfermería —dije de nuevo. La desconocida pareció reaccionar. Bajó la vista un instante y me volvió a ver, sonriendo apenas.
—Me encuentro muy bien, gracias. Buena elección —y no había entendido hasta que señaló el libro en mis manos—. Pero no esperes mucho del final.
Con eso volvió a sonreír de manera amable y se retiró, caminando en la dirección por donde yo había venido. La miré unos segundos, no comprendiendo del todo lo que acababa de suceder. Se me había quedado viendo tan extrañamente que casi quise volver y preguntarle.
Pero me resigné a volver a mi propia existencia y mi existencia decía que estaba llegando muy tarde.
Corrí por el pasillo vacío hasta el otro lado de la universidad. Todos me miraron cuando entré a las apuradas y el profesor me dirigió una mirada de pocos amigos.
La única que no se percató de mi presencia fue Lena. En el fondo y junto a la mini biblioteca de mapas en el rincón, estaba mi novia. Me deslicé en el banco a su lado, un par de alumnos delante me miraron extrañados, preguntándose quizá cómo me podía sentar con ella.
Lena tenía una expresión perdida en el rostro, movía el lápiz en sus manos, garabateaba en su libro y miraba la página sin emoción aparente.
—Oye —murmuré después de unos segundos cuando ni siquiera se había volteado—. Lena.
Como si hubiera activado un interruptor, se volvió. No otra vez, no esa mirada fría y difícil de entender, no la dura Lena que se había ocultado en esa irrompible coraza de soledad.
—¿Qué pasó?
Nada, ninguna reacción, ninguna sonrisa. Exhaló muy pesadamente y alejó sus ojos de mí. Metió sin cuidado las cosas en su mochila y antes de poder detenerla se fue.
Pero esta vez no dejaría que se alejara. No permitiría que se volviera a cerrar y excluirme tan fácil de su vida.
Me levanté y fui detrás de ella, ni siquiera había sacado mis cosas. El profesor gritó mi nombre pero era lo de menos. Bajando mis gafas para ver a través del concreto la ví girar el pasillo hasta el baño de mujeres más cercano.
La hallé en uno de los cubículos, indudablemente vomitando. Esa sensación de que algo solo puede significar una cosa hizo cosquillas en mi cabeza. Tragué el nerviosismo y la idea de lo que podría significar escucharla así.
—Lena, ábreme.
Nada. La puerta siguió con el pestillo y un impulso me hizo querer abrirla de todos modos. Como sea. Pero sabía que era ella quién tenía que dejarme entrar.
—Lena, por favor —pedí en un susurro—. Por favor no me alejes.
Un minuto más tarde salió con el rostro tan pálido como la misma muerte. Se enjuagó la boca y la cara, su pecho subía y bajaba alterado cuando alzó la mirada al espejo y se encontró con mi propio miedo.
Sus ojos verdes estaban cansados, rojos y cristalizados cuando me acerqué sin poder esperar otro segundo más. Lena también lo hizo. Me abrazó tan fuerte que sentí la falta de alguien que necesita unir sus propios pedazos. Alguien herido. Me abrazó tanto que con solo eso supe lo mal que la estaba pasando.
—Estoy aquí —su rostro se escondió en mi cuello y respiré hondo—. Todo está bien. Aquí estoy.
—Lo siento —dijo con voz quebrada—. Lo siento, Kara.
—¿Estás mejor? —le pregunté cerrando tras de mí la puerta de su habitación y yendo a sentarme a su lado en la cama. Decidí que por el momento mantener mis manos a los lados era lo ideal.
—Solo me duele la cabeza —respondió de manera seca, pero pronto alzó la vista—. Sobre lo del baño, si pensaste que yo...
—Lena, no es necesario.
—No estoy embarazada si es que pasó por tu mente.
Aparté la mirada. No era ella el problema, eran todos los demás. Su padre, los estúpidos clientes, todos ellos. Mantuve la vista fija en mis puños. Sí, había tenido por un momento esa idea, esa terrorífica sensación de que podría llegar a serlo. No quería admitir que escucharlo de ella era un alivio.
—Lionel hace un riguroso trabajo en cuanto a asegurarse de que no se cometan ese tipo de errores. Me sentía mal por otra cosa.
—¿Puedo saber por qué? —pedí, todavía contemplando mis manos, no quería enfrentarme a sus ojos verdes. Tan lastimados y yo no sabía cómo curarlos. Ella tan herida y yo sin saber cómo contenerla.
—Tuve que irme anoche mientras estudiabas. Lamento no avisarte, pero no podía dejar que te preocuparas por mí, estabas estudiando y...
—Mis estudios podían haber esperado un poco más —le interrumpí, sin querer dejando que la molestia me ganara la voz, lamentándome justo después. Lena suspiró.
—Fue una enorme pesadilla.
—¿Te han lastimado? —esta vez tuve que mirarla. No tenía golpes ni moretones visibles. Ella negó con la cabeza.
—No físicamente. Me lastimaron cuando pensé en ti.
—¿Qué?
—Esperaba no tener que decir esto pero una parte de mí está obligada y quiere hacerlo, Kara —se pasó una mano por el cabello, bajó la mirada a mis propias manos como si así tal vez le fuera más fácil—. Fui, y las cosas estaban yendo desde el comienzo mal. No me sacaba del interior el mal sentimiento, el asco, la humillación. No fue como las demás veces. No fui capaz de olvidar mis emociones y pretender que todo estaba bien. No podía fingir, se sentía como... Como cientos de toneladas en mi pecho. Y pensaba en ti, y fue lo peor, porque no es lo que mereces. Y porque yo no soy la indicada y... Y lo sentía tanto, Kara. Lo lamento tanto.
—No tienes que disculparte —coloqué una mano en su mejilla para poder verla a los ojos—. Pero no volverás con él.
Lena inmediatamente frunció el ceño. Yo había sonado muy terminante, muy fría, muy harta. De ninguna manera dejaría que se fuera otra vez. No por él.
—Kara... —se levantó de la cama con una exhalación—. Sabes que no puedo simplemente no volver.
—No tienes que decirme tu secreto, no tienes que explicarme la razón ahora, podemos hacer las cosas sin que nadie se entere. Podemos...
—No es posible —determinó.
—Puedes librarte de él, no tienes que ser su esclava de por vida, Lena. No puedes ser su juguete siempre que necesite. Puedo ayudarte.
—No, no puedes.
—¡No si no me dejas!
Volvió a negar. Más cansada y alterada que antes. Quería darle a entender que tan solo necesitaba su aprobación para sacarla de tanta miseria. Pero Lena nunca aceptaría si ni siquiera podía revelar la razón de lo que hacía. Era todo tan complicado, tan difícil de entender. Y todo solo se volvía peor.
Esta vez asintió, para sus adentros, porque apenas me miró cuando se relamió los labios en un gesto frío.
—Deberíamos terminar con esto —y mi corazón se estrujó. Pese a que las piernas no respondían como siempre y mi cuerpo entero estaba en un puro estado de nerviosismo, me puse de pie. Me obligué a ir hasta ella.
—Ahora estás hablando estupideces.
—Esto fue un error, ¿no lo ves? ¿Por qué no puedes entender, Kara?
—¿Entender qué?
—Que te romperé el corazón.
Fue una punzada en el pecho. El recuerdo, después, de una mala combinación de palabras que alguien antes me había dicho. Una extraña sensación de que volvía a confundirme.
—Tú no eres la que decide sobre mi corazón —murmuré, los ojos ardiéndome muy rápido—. Tú no eres la que tiene el derecho de elegir lo que debo sentir. Tú no puedes cambiar lo que me pasa al mirarte. No puedes impedir que te extrañe.
—Kara, solo para.
—Sé que es difícil de creer, imaginar que estoy dispuesta a pasar por todo eso solo por ti. Pero lo estoy. No te dejaré sola, no me importa lo que hagas.
—No lo mereces —susurró, viendo sus pies y fue suficiente. Di los últimos pasos para estar frente a ella, para tomar con cuidado su rostro en mis manos y mirarla a los ojos.
—Puedo ayudarte a arreglar las cosas, si me dejas, puedo. Si no estás lista estoy bien con eso, seguiremos a tu tiempo. Te esperaré lo necesario aunque duela verte tan rota. No empezarás a curar hasta que todo termine, Lena, pero mientras tanto seguiré aquí.
—Su nombre es Alison.
Mi expresión fue desde la confusión al asombro. No había llegado a unir todos los cabos cuando sacó su celular y me mostró la pantalla. La foto de la niña que había visto antes semanas atrás permanecía allí.
Lena masajeó su frente, guardó el celular y volvió a inhalar.
—Ella es mi razón y no puedo dejarla sola. Tiene once años, le han detectado un cáncer imposible de operar... —se frotó los ojos con tanta frustración que me sentí inútil—. ¿Recuerdas a Liz? Aquella amiga sobre la que te conté, la que murió.
—La recuerdo.
—Alison es su hermana. Sus padres desaparecieron hace mucho tiempo y Liz era lo único que tenía. Con solo quince años se encargaba de todo —rememoró amargamente—, falsificó toda la documentación para los análisis cuando Alison empezó a enfermar. Siempre pareció mayor pese a su edad, con cosas como esas supongo que maduras de golpe. Los servicios sociales parecían estar siempre a la vuelta de la esquina así que yo la ayudaba con el dinero. Pero para la primera operación los doctores necesitaban hablar con alguien más, querían ver a sus padres, a cualquiera. Así que tuve que hablar con Lionel. Se encargó de todo, por supuesto, a un hombre como él el dinero no le importaba si después se las cobraría mil veces peor. Después de la primera operación el tumor de Alison no daba señales por ninguna parte y por un pequeño tiempo pensamos que estaba libre. Fueron días muy felices pero acabaron tan rápido. El cáncer volvió y Lionel estaba tan enojado conmigo por algo que ya no puedo recuerdar que se desquitó con Liz. Cuando él la mató... Me sentí destruida. Me sentía vacía, me había arrancado una parte de mí y ahora Alison estaba sola. Fue como si la idea siempre hubiera estado ahí para él. Lo que siempre había imaginado. Me aseguró que si aceptaba el trato que me proponía Alison no iría a parar al orfanato. Pondría nuevos médicos a su cuidado, pagaría un mejor hospital privado, me permitiría cuidarla. ¿Y qué podía haber hecho yo? ¿Negarme? Ni siquiera podía ver a Alison a la cara y decirle que tenía la culpa de que su hermana estuviera muerta. Era solo una niña. Creo que sabes el trato que Lionel me propuso.
Asentí, no era capaz de hablar, sabía que nada de lo que dijera sería de gran consuelo así que solo aguardé a que continuara. Pero no le molestó.
—Fue muy complicado al principio. Tenía pesadillas constantes. Soñaba con Liz, soñaba con Alison, recordaba en sueños a los hombres que tenía que complacer. La primera vez que no quise hacerlo, cuando de verdad estaba enferma de mí misma, los golpes llegaron. De esa forma aprendí las consecuencias, Lionel no se metería con Alison, pero yo pagaba un precio alto. Aprendí a crear un papel, un personaje distinto, una persona dura. Tanto tiempo en ese rol y se volvió parte de mí. Pero estaba bien con eso. El sexo no importa mucho si tu mente se oscurece lo suficiente como para olvidar. Si dudaba horas antes, si pensaba en dejar ese trato e irme lejos, Alison siempre estaba allí. Mientras supiera que estaba a salvo yo seguiría luchando por ella. Y eso fue de lo que Lionel se aprovechó.
—De verdad no sé qué decir.
Lena ablandó la expresión, su cansancio era evidente, pero sonrió de lado.
—Si no te lo conté antes no fue por ti ¿sabes? Yo no estaba lista. Se pone difícil abrir una herida, sacar todo para que alguien más lo vea. Recordar a Liz siempre dolió y siempre dolerá pero no quiero que pienses que te dejo fuera de mi vida.
—Lamento que hayas tenido que pasar por todo eso —y era la pura verdad. Lamentaba cada lágrima y dolor que Lionel le había causado.
—¿Te gustaría conocerla? A Alison.
—¿Hablas en serio?
—Nunca hablé más en serio en mi vida. Vamos, es solo una niña, ¿qué podría hacerte?
Pero cuando tres horas más tarde entramos al cuarto de hospital y la niña me miró de pies a cabeza, me observó detenidamente y volvió a mirar a Lena con una extraña expresión, comencé a pensar que los infantes pueden ser a veces muy intimidantes.
La niña se veía igual que en la foto, a excepción del cabello rubio que ya no estaba, su cabeza sólo contaba con el pequeño moño de lunares y me sentí increíblemente mal. No solo por ella, sino también por Lena. Pese a la debilidad que debía de cargar su cuerpo, su voz se escuchó fuerte y como la de cualquier otra niña de su edad.
—¿Quién es ella?
—Se llama Kara, quería presentartela —la sonrisa de Lena al mirarme fue pura. Alison regresó a mí, descubrí que sus ojos eran celestes y curiosos.
—Pensé que las rubias no eran tu tipo.
Lena se atragantó con su propia risa pero se dignó a calmarse y llamarme para que vaya a su lado. Humillada por una niña de once años.
—Pues ella es mi tipo.
—A Lena le gustan las morenas como mi hermana —dijo fácilmente—, pero tú no estás mal.
La tensión de Lena por el comentario duró solo un momento y apreté su mano para darle algo de aliento.
—¿Quieres un chocolate? —Alison me acercó una pequeña caja con flores azules, dentro solo quedaba uno y ante mi duda, la niña sacudió la cajita otra vez en mi rostro.
—Está muy bueno, gracias.
—¿Estás enamorada de Lena?
La pregunta llegó tan de la nada que el chocolate quedó a mitad de mi garganta. Un ataque de tos me salvó de contestar, pero no por mucho ya que la niña esperaba muy paciente.
—Creo que... —empecé, pero ella interrumpió.
—¡¿No te lo ha dicho aún?! —exclamó en dirección a mi novia. Alison negó con la cabeza, ciertamente exasperada. Comenzaba a causarme ternura y comprendí porqué Lena la quería tanto—. Espera, ¿al menos se lo dijiste tú?
—Alison, tienes un serio problema con mi vida amorosa.
—Traes a la chica de la que me hablas hace meses y me dices que no... —Lena puso una mano en su boca, levantando una ceja, igualmente sonrojada. Alison se rindió y puso los ojos en blanco—. Está bien, no digo nada.
—¿Así que te ha hablado de mí? —dije de manera que Lena se sonrojó todavía más y evadió mirarme.
—Todo el tiempo.
—¿Le cuentas a la niña de nuestra terrible relación? —repliqué en dirección a mi novia con un ligero tono sarcástico.
—Okay, okay, ya cálmense. Tú tienes que dormir un rato —dijo mirando a Alison—, sabes que necesitas descansar.
—Pero acabas de llegar.
—Estaré aquí todo el tiempo.
—¿Ella también? —inquirió poniendo los ojos en mí.
—¿Quieres que se quede?
Alison lo pensó, no por mucho, pero al final asintió con una sonrisa. Algo de ese simple gesto me hizo sentir mejor.
—Entonces aquí seguiremos.
La niña se durmió un rato después, con la mano de Lena entre las suyas. La forma tan especial con la que mi novia miraba a la pequeña me calentaba el corazón.
Una hora más tarde volví con un par de cafés para las dos. Lena tenía su portátil en el regazo y escribía muy concentrada. Se la había traído para continuar algo que, según ella había dicho, le quitaba el estrés.
—Aún no me dices qué escribes —dije sentándome a su lado y dándole el café.
—Hace tiempo comencé una historia —bebió y dejó el vaso desechable a un lado—. Sobre un ángel y un demonio. Me ayuda a olvidar algunas cosas.
—¿En serio escribes? —y Lena asintió, una sonrisa le cruzó el rostro y alzó la mirada.
—Está inspirada en nosotras.
—¿Qué? ¿Por qué nunca me has mostrado?
—Oh, no lo sé, moriría de la vergüenza.
—¿Me dices que has escrito una historia sobre un ángel y un demonio inspirada en nosotras y no quieres mostrarme? —entrecerré los ojos y Lena comenzó a negar.
—Quizás no es tu estilo, ni siquiera la terminé y...
—Me gustaría leer lo que sea que tú inventes. Además seguro que te ves condenadamente bien como un demonio.
—¿Cómo sabes que me escribí a mí misma como un demonio? —murmuró en medio de una sonrisa.
—Porque yo soy todo un ángel.
Lena rió, rió de verdad, con la felicidad de quién no tiene nada de qué preocuparse. Amé el sonido tan melodioso y despreocupado.
—Pues lamento informarte que sufrirás demasiado en el final —escribió un momento en la portátil y asintió para ella misma—. Me vas a atravesar con una espada cuando nos enfrentemos en la guerra del bien y el mal.
—¡Oh, vamos! En serio no pensarás en hacer eso.
—Me gusta el drama.
—Te prohíbo que te asesines a ti misma.
—Para cuando sepas que me amas tendrás que matarme —Lena volvió a reír por mi expresión, se inclinó y me besó con delicadeza antes de seguir con lo suyo—. Será todo un éxito cuando esté a la venta, deberías sentirte halagada por saber el final antes que nadie.
—Eres muy cruel.
—Te gusto así, ángel.
Y el solo uso de ese tonto apodo más la fingida seriedad me hizo reír.
No resistí acercarme y llenarla de besos, no podía no hacerlo teniéndola allí, compartiendo un simple momento juntas.
Todo estaba bien si Lena estaba cerca. Todo podía salir bien mientras pudiera sentirla conmigo.
Las invitaciones para el baile dentro de dos semanas ya habían llegado. Estaba mirando la mía en la cocina, apoyada sobre la encimera y contemplando el papel azul como si fuera a expulsar algún tipo de veneno en cualquier momento.
Suspiré, la dejé sobre la mesa y me di vuelta para preparar mi café. Perdida cómo estaba en mis pensamientos no escuché los pasos detrás. Los brazos de Lena rodearon mi cintura y su boca se acercó a mi cuello, sin reserva alguna o vergüenza besó sin piedad la piel al descubierto.
—¿Por qué hoy estás oliendo tan bien? —murmuró. Su aliento hizo cosquillas y cerré un momento los ojos.
—¿Acaso nunca he olido bien?
—Siempre tienes un delicioso aroma —replicó, moviendo sus manos por mis caderas lentamente—. Pero hoy... Hueles irremediablemente bien.
—Lo tomaré como un cumplido.
Me giré sobre mis pies y rodeé su cuello con mis brazos. Tenía una sonrisa tan bella, tan preciosa y simple que me juré que haría todo lo posible para que al menos hoy nadie se la quitara del rostro.
—Eres hermosa, Lena.
—¿Estamos compitiendo con halagos? —y sus labios se encontraron con los míos al segundo.
—Yo ganaría de todos modos.
—Besas tan bien.
—Tus labios hacen todo el trabajo —señalé volviendo a acercarme, buscando algo de aire nos separamos del fogoso beso—. Por cierto tu lengua es fantástica.
—No debes decirme esas cosas.
—¿Por qué no? —pregunté con la más grande inocencia.
Alzó una ceja y su mirada cayó otra vez a mi boca. Una sonrisa de lado rompió la expresión tan ansiosa que instantes atrás había tenido.
—Es difícil tener que contenerme.
—¿Te contienes, Lena? —mi tono juguetón la hizo mirarme con una mezcla entre el desafío y la expectativa—. ¿Tienes que contenerme al verme?
—Ah, no te das una idea.
La tomé de las manos y la hice girar. Lena estaba ahora del lado de la encimera y yo frente a ella. Sus manos se acomodaron otra vez en mi cintura, masajeando de vez en cuando sectores en mi estómago y tirando del borde de mi pantalón. Todo con una tonta sonrisa incitante.
—¿Por qué?
—En parte por lo que tal vez imaginas —dijo con voz neutra. Quizás en verdad podía ser lo que yo pensaba, tal vez aún no estaba lista, tal vez no podía dejarse tocar por alguien que le demostrara cariño sincero. No aún. Pero Lena sonrió de igual manera, afirmando mis teorías silenciosas—. En parte porque quiero que sea especial y no es el momento.
—¿Especial de que manera? No me digas que te gustan las velas y camas con pétalos de rosa. Si es así no tengo ningún problema pero tendremos que llamar a Maggie para que nos ayude a limpiar todo eso.
—Pues no, tonta, no hablaba de eso.
Puse las manos sobre la encimera, apoyándome un poco más sobre ella, enjaulandola de cierto modo. Disfruté de sus labios implorantes y sentí el deseo de su lengua húmeda al tocar la mía. Un suspiro escapó de mi boca por lo mucho que la situación me estaba sobrepasando en otros lugares.
—¿Ah... No?
—Hablo de que... Tú... —decir palabra alguna se dificultaba cuando tenías los labios de tu novia sobre los tuyos. De solo pensar en lo mucho que a Lena le costaba expresar una sola frase coherente, no pude no sonreír en su boca. Mi corazón no fue el único al que escuché latir agitado en ese instante—. Olvidé lo que estaba diciendo.
—Un momento especial —musité acercándome más a su cuerpo, parecíamos solo una, su figura encajaba a la perfección en la mía y en verdad comencé a necesitar más.
—Claro, eso. No estás ayudando a que... —suspiró de manera irregular cuando mordí un sector bajo su mandíbula—. No estás dejando que recuerde por qué era tan necesario ese momento... especial.
—Podemos hacer un momento especial siempre que estemos tú y yo. No importa el lugar, ni la hora, ni el momento.
Ella sabía que era cierto pero yo, muy en el fondo y bajo la excitación que estaba experimentando, también entendía que no se trataba de un momento al azar. Los besos de a poco se volvieron más suaves y menos necesitados, como si con esos simples toques pudiéramos hablar sin realmente hacerlo.
—Nuestra primera vez no será un calor del momento.
Le sonreí porque sentía lo mismo. Resistí de todos modos la mala sensación que lo que había dicho causaba. Podía ser mi primera vez pero no la suya y eso fue lo que dejó mis emociones al descubierto. La molestia salió disparada. No era porque me enojara que no fuera yo la primera, no se trataba de nada de eso. Pero lo que comenzaba a atormentarme era pensar en lo mal que Lena lo había pasado. La primera vez en la que no tuvo otra opción, cuando las cosas solo podían ser de una manera y algún desconocido que no valía la pena tomó su inocencia.
Me separé un poco de ella, no era capaz de ver esos ojos tan claros, tenía miedo de tocarla, herirla con mis propias dudas. Negué para mí misma. Y por primera vez odié a un ser humano. De pronto quise herir a Lionel, acabar con su miserable existencia porque era lo que él merecía. Lena no había podido hacer nada para impedirlo. No había podido decidir sobre ella misma y nadie le había preguntado si quería esperar hasta conocer a alguien especial.
A nadie le había importado.
—Hey, mírame —susurró su delicada voz. Únicamente al escucharla supe que mi sangre hervía y que mis ojos llenos de rabia contenida estaban a punto de dejar salir todo aquel calor. Tuve suerte de estar mirando el suelo y no matarla del susto porque me viera con los ojos como fuego. Respiré profundo, dejé llevarme por el toque de su mano en mi cintura buscando traerme de vuelta y exhalé, parpadeando un par de veces antes de levantar la vista—. No tienes que sentirte mal por mí.
—Lo siento, es solo que...
—Ha pasado mucho tiempo desde ese día y ya lo he dejado atrás. No importa quién me haya tocado antes, intento que no me importe al menos. Pero es mi primera vez después de todo. Creo que más que algo meramente físico, va más allá, siempre creí que tenía que ir más allá. Eres la única que quiero que me toque de esa manera, Kara. Eres la única por la que siento todas esas cosas. Eres mi primera vez en todo. ¿Comprendes eso?
—Me dejé llevar por mi mente —dije con una risa avergonzada.
—Tú eres mi primera, que no se te olvide.
—No creo hacerlo.
—No sé qué he hecho para merecerte pero nunca te alejes de mí.
—Tú, tú no te alejes de mí —le espeté robándole un último beso antes de separarme. Mi sonrisa solo podía compararse a la suya, tan grande como verdadera.
—¿También te han dado esto? —dijo tomando la invitación del baile entre sus dedos y sosteniendo el café que le había hecho con la otra mano. Solo asentí porque no sabía cómo manejar ese tema con ella—. De máscaras, que originalidad.
—No es tan mala idea.
—Me hubiera gustado ir contigo —me tomó tan desprevenida que hasta el simple proceso de tragar fue una tarea compleja. Al ver mi expresión Lena casi sonrió—. ¿No creerás que soy una amarga antisocial la mayoría del tiempo, no? Cuando supe del baile al instante quise invitarte pero tengo que viajar ese día.
—¿... Viajar?
—Claro, hay alguien a quien tengo que visitar. No es nada con respecto a Lionel, solo quiero solucionar un par de cosas y... No tienes que preocuparte.
—Había pensado en comentarte sobre ir y estaba segura de que lo odiarías —respondí con las esperanzas por el suelo. Me había gustado pensar en Lena allí, con un vestido y una tonta máscara bailando conmigo, olvidando cualquier otra cosa y sin importar quién nos viera. Mi novia tomó mi mano y presionó en señal de afecto.
—Tendremos muchos otros bailes, ¿si?
—De verdad no puedes... ¿Posponer el viaje?
Hubo un brillo indistinto en sus ojos, un atisbo de algo extraño que no llegué a entender a tiempo. Me recordó por un ligero instante a la expresión de mi hermana cuando se estaba esforzando por no decirme que me estaban preparando una fiesta de cumpleaños sorpresa. Lena no era de ocultarme cosas, habíamos llegado a tener una relación transparente y en esa misma confusa sospecha la avergonzada terminé siendo yo. Lena todavía no sabía quién era, lo que podía hacer y de dónde venía. Era demasiado hipócrita permitirme apenas dudar.
Pero mi novia no se inmutó de mi estado y negó, bebiendo de su taza.
—Podrías ir con Maggie, se harían las dos buena compañía y estoy segura de que ella pasaría un increíble rato burlándose de los chicos de traje y... Buenos viendo el trasero de las chicas.
—¿No te molestaría que yo vaya? Sola quiero decir —añadí aparentando normalidad. Por supuesto que no había olvidado lo que Excalibur había sugerido y con la noticia de que Lena no estaría no sabía cómo sentirme. Podría decirle, comentarle que tenía una amiga que me había invitado, pero estaba muy acobardada a esas alturas.
Como si hubiera leído cada cosa en mi mente, respondió;
—No eres mi prisionera, mucho menos de mi propiedad, Kara. Lo que quieras hacer estará bien.
Acto seguido se inclinó, depositó un suave beso en mis labios y con la promesa de que por la tarde nos veríamos se fue a su siguiente clase.
El mensaje de Excalibur mientras salía de la biblioteca una hora más tarde me sorprendió. Habíamos hablado el último par de días de cosas comunes, sobre libros e incluso hasta comida. Me gustaba hablar con ella, no encontraba problema alguno en hacerlo, pero últimamente me sentía mal por no darle una respuesta a su invitación. Por no explicarle que quería aceptar pero seguía la parte de mí que lo sentía como una traición a Lena aunque no lo fuera.
Si le explicaba los términos en que había conocido a Excalibur todo sonaría mucho peor. Lena no tenía mucho de celosa, tampoco le daba motivos, pero desconocía que tanto le gustaría saber que ando conociendo extrañas con nombres de espadas mientras ella se va.
Excalibur: me he enterado de que has roto el récord de la universidad ayer en tu clase de atletismo. ¿Quince vueltas? ¿De veras?
Kara: creo que estaba inspirada... ¿Pero cómo has sabido?
No era bueno que lo primero con que relacionaba eso mi mente fuera Vera. Tenía que sacarme eso de la cabeza, las tontas siglas y lo demás. ¿Qué importaba si Vera formaba parte del equipo? ¿Qué tenía que ver fuera D.V como se llamaba?
Excalibur: es que me trepé a un árbol para poder verte mejor, querida Kara.
Excalibur: y yo odio los árboles, para que conste.
Kara: te diría que es de lo más aventurero pero solo pruebas lo obsesionada que estás conmigo. Tienes que superarme, ¿sabes?
Excalibur: oh, no, ¿qué diversión habría en hacerlo?
Excalibur: pero bromeaba, no me trepé a nada.
Excalibur: en realidad sólo lo ví en el periódico semanal.
Kara: claro, eso, no fue gran cosa de todos modos.
Si pensaba en como había hecho trampa sin darme cuenta en la clase de atletismo y ganado un récord poco digno me sentiría mucho peor. Había corrido y había olvidado lo demás, todos me habían empezado a felicitar por algo que desconocía y ni siquiera era cierto. ¿Qué tanto puedes competir o ganar si tienes más ventaja que nadie?
Excalibur: para mi fue genial, hasta guardé tu recorte impreso del periódico y lo puse en mi super diario secreto.
Kara: ya has perdido la cabeza.
Estaba pasando los casilleros del pasillo cuando levanté la vista del teléfono y la misma muchacha de la vez pasada, aquella que tan extrañamente me había observado cuando tropezamos de camino a mi clase, caminaba hacia el otro lado con el celular en mano. Como si notara mi intrusión también me miró, bajó el teléfono y si no se hubiera ido tan rápido por el corredor contrario habría jurado que me había sonreído.
Permanecí mirando la marea de alumnos que ocultaban a la chica hasta que un mensaje nuevo me recordó donde estaba y con quién hablaba. Verlo solo empeoró todo.
Excalibur: demasiado cerca, Kara.
Kara: ¿has sido tú?
Excalibur: tan cerca y muy pronto, ¿no crees?
Kara: dime que no eras tú.
Kara: ¿Excalibur?
Kara: ¿Estás ahí?
