Capítulo 15


Cuando Naruto llegó al campamento sólo acompañado por las dos mujeres, Sasuke, que lo observaba desde la lejanía, se inquietó.

¿Dónde estaba la pelirosa?

Y, tras comprobar que las acomodaba con galantería ante una improvisada mesa, cuando éste se dirigió hacia el cocinero, caminó hasta él y preguntó:

—¿Dónde está la que falta?

Sonriendo como en su vida, Naruto llenó dos platos de humeante comida caliente y cuchicheó:

—Se ha negado a venir.

Eso molestó a Sasuke.

Había pensado en aquélla, en sus ojos, en su boca..., y, molesto al ver que rechazaba encontrarse de nuevo con él, cuando por norma sucedía todo lo contrario, preguntó:

—¿Le has dicho que yo he dado mi aprobación?

Naruto soltó una carcajada.

—Eso, amigo, es lo que peor le ha sentado.

Algo en su interior le había advertido que esa orgullosa reaccionaría así, por lo que, sin querer hablar más de ello, gruñó:

—Muy bien. Ella ha decidido. Es su elección.

Dicho esto, se dirigió hacia dos de sus hombres y su nervioso caballo, que no paraba de relinchar, y decidió olvidarse de la mujer. Como bien había dicho, ella sabría lo que se hacía.

Naruto, por el contrario, decidió regresar hasta donde las mujeres lo esperaban con una gran sonrisa.

Tener cerca a aquella muchacha rubia de pronto se había convertido en algo irresistible para él, y, encantado, la observaba mientras la mujer mayor le recogía el cabello para retirárselo del rostro.

Una vez a su lado, el highlander dejó los platos sobre la mesa e indicó:

—Comedlo ahora que está caliente.

—¡Qué bien huele! —exclamó Iramet.

—Parece que tenéis hambre —rio Naruto.

—Mucha —afirmó Shizune olvidándose del cabello de aquélla para lanzarse a la comida.

Durante unos segundos, él las observó comer. Como había imaginado, estaban famélicas y, curioso por saber, especialmente de la rubia, se sentó a su lado y preguntó:

—¿La carne es de tu agrado?

Iramet asintió. Nunca había tenido tanta hambre en su vida.

—Está buenísima.

Naruto sonrió complacido.

Durante un rato las observó comer en silencio. Estaba claro que los modales de la muchacha rubia eran mucho mejores que los de la mujer, ¿sería realmente una lady?

Por ello, preguntó:

—¿Cuál dijiste que era tu apellido?

Iramet, a quien aquello le estaba sabiendo a gloria, tras cruzar una rápida mirada con Shizune, respondió:

—No lo dije.

—¿Y cuál es? —insistió él.

Ella lo pensó y, tras valorar los pros y los contras, respondió:

—El tuyo, desde luego, no.

Naruto sonrió y, encantado por su sagacidad, calló y decidió esperar a que terminara. Quizá luego estuviera más comunicativa.

No muy lejos de ellos, Sasuke se preocupaba por uno de sus hombres. Ivo se había hecho un feo corte en el muslo al caer de su caballo.

—¿Cómo ha ocurrido?

El hombre resoplaba dolorido y, poniéndose unos trapos para contener la hemorragia, murmuró:

—Señor, no sé qué ha pasado. El caballo se ha encabritado, he caído y me he cortado con mi propia espada.

Sasuke asintió y, sin darle más importancia, indicó al ver la sangre:

—Dile a Deidara que te ayude a curarlo.

Aquél asintió y se marchó cojeando, mientras él se daba la vuelta y volvía a pensar en la joven que tanto lo atraía.

¿Por qué era tan cabezota?

Pensando en ello estaba cuando de pronto oyó:

—Señor..., vuestro caballo.

Al levantar la mirada vio a Haar, que se alejaba tranquilamente del campamento.

—¿Quién lo ha soltado? —preguntó.

Pero no hizo falta contestación. Uno de sus hombres le enseñó la cuerda mordisqueada. Sasuke maldijo. No se hacía con aquel maldito animal. Y, cuando aquéllos se disponían a ir a buscarlo, indicó:

—No os preocupéis. Yo iré a por él.

Con paso seguro, comenzó a caminar en dirección al caballo mientras chasqueaba los dedos para atraerlo. Pero nada, aquél iba a lo suyo. No lo escuchaba.

Siguiendo sus pasos a distancia, fue a gritar su nombre cuando de pronto calló al percatarse que había tomado el camino que llevaba al campamento de las mujeres. Sin duda, el olor de la yegua gris lo atraía.

Acelerando el paso, comenzó a correr, hasta que, al llegar cerca de un río, se detuvo. A escasos metros de él estaba la joven pelirosa, dándole la espalda mientras contemplaba a los caballos hacer cabriolas en la orilla.

Parándose, Sasuke se ocultó tras el tronco de un enorme árbol para observar, y sonrió divertido cuando oyó a aquélla gritar:

—¡Haar..., no..., aléjate de ella!

Como es lógico, el animal siguió a lo suyo, cuando ella volvió a vocear:

—Unne..., escúchame! ¡Ni se te ocurra!

La yegua y el caballo corrían en el río, jugueteaban, estaban sintiendo la llamada del deseo, y Sakura, consciente de lo que iba a pasar, gritó:

—¡Maldita sea, Unne! ¡Aléjate de él! ¡No necesitamos ningún hombre en nuestras vidas!

El highlander rio divertido al ver la desesperación de la muchacha, cuando ésta, levantando las manos hacia el cielo, gritó:

—¡Haar! , ¿por qué no estás con tu maldito dueño? ¿Por qué has tenido que venir aquí?

Sasuke no se movió del sitio. Si ella supiera lo cerca que estaba...

Y disfrutó del momento. Ver la situación y oír las cosas que la joven decía era gracioso, divertido, y más cuando estaba más que claro que la yegua había decidido quién quería que la cubriera.

—Unne... ¡No! No..., no..., ahora no... ¡Aléjate de él! ¡Aléjate, he dicho!

Incapaz de seguir un segundo más lejos de la pelirosa, Sasuke se dirigió hacia ella con una sonrisa. Su tozudo caballo sabía elegir una buena yegua. Y, acercándose en silencio hasta la joven, murmuró:

—Se gustan y será inevitable.

Según dijo eso, Sakura se volvió a mirarlo.

¿Qué hacía aquél allí?

Con intensidad se miraron, y, alejándose un pasito de él, la joven gruñó:

— ¡Estupendo! ¡Sólo faltaba aquí el señor!

Su comentario, y el modo en que ella movía la cabeza y las manos al decirlo, a Sasuke se le antojó cautivador. Estaba claro que aquella desconocida lo atraía más de lo que en un principio había creído y, sin decirle nada, se acercó más a ella. Se quedó a medio palmo de su espalda y, agachándose, acercó su boca hasta el oído de aquélla y murmuró mientras observaba a los animales cortejarse:

—Míralos. Mira cómo Haar se estira y arquea el cuello en una pose altiva. Quiere mostrar su fuerza, su valor y su poderío ante tu yegua mientras la corteja.

Sakura, que observaba a los animales, asintió mientras Sasuke proseguía:

—Como ves, sus relinchos son cada vez más graves y enérgicos. Habla con ella. Se comunica. Llama su atención de todas las maneras que puede para que lo sienta irresistible.

—Es un engreído.

—Sí, pero a tu yegua parece que le gusta lo que oye y lo que ve.

La joven, al oír su voz pegada a la oreja, tragó saliva. Nunca había permitido que un hombre se acercase tanto a ella, y menos para hablar sobre el cortejo de unos caballos, pero no lo echó de su lado. Algo en ella no le permitía hacerlo, pues, en el fondo, le gustaba sentirlo ahí, cerca.

Instantes después, los animales comenzaron a dar unos saltitos y Sasuke prosiguió:

—Ahora Haar brinca y levanta sus cascos del suelo mientras danza para su elegida en círculos. ¿Sabes por qué lo hace? —Sin mirarlo, la joven negó con la cabeza y él indicó—: Porque, a pesar de su seguridad, está confundido, desconcertado. No lo tiene del todo claro y tiene miedo a ser rechazado.

—¿En serio? —murmuró ella observándolos.

Sasuke asintió mientras contemplaba con excitación el delicado cuello de la joven. Su piel parecía suave, blanca, tentadora. Se moría por tocarla, por deslizar su boca por ella... Pero no, no podía. No debía. Y, conteniendo sus impulsos, asintió.

—Totalmente en serio. En ocasiones, algunas hembras, a pesar de su predisposición ante el caballo, no se sabe por qué, pero, llegado el momento, terminan rechazándolo. Ahora sólo queda esperar y ver qué decide tu yegua.

Acalorada por lo que ocurría, por lo que sentía y por el modo en que algo se movía en su interior, Sakura cerró los ojos y murmuró unas palabras que Sasuke no entendió. Por ello, acercándose más a ella, preguntó rozando con sus labios el lóbulo de su oreja:

—¿Qué has dicho?

Sakura cerró los ojos.

El simple roce de los labios de aquél en su piel había conseguido que todo el vello de su cuerpo se erizara y su corazón latiera desbocado. Justo lo que Tenten siempre le contaba que sentía cuando Neji se le acercaba. No obstante, se negó a pensar en ello. Y, consciente de que había hablado en noruego y no en gaélico, meneó la cabeza y gruñó mirándolo a los ojos:

—¿Por qué no paráis a vuestro caballo..., señor?

Sasuke sonrió. Sus ojos verdes claro le hacían saber que estaba molesta y, hechizado por ella, murmuró:

—Ahora sólo soy Sasuke.

Sakura levantó una ceja al oírlo, pero, antes de que pudiera decir algo, él señaló de nuevo a los caballos.

—Y, en cuanto a tu pregunta de por qué no los separo, sólo te diré que intentar hacer eso con Haar, o con cualquier otro caballo salvaje en el momento en el que ha sido aceptado por la yegua, es una auténtica temeridad.

Hechizada por sus palabras, ella no replicó, momento en el que Unne comenzó a frotarse contra el animal mientras Haar le mordía con suavidad la crin.

Sin volverse, Sakura notó la sonrisa de Sasuke y, sin saber por qué, ella misma sonrió.

Sin lugar a dudas, aquello era inevitable.

Haar y Unne fueron restregándose más y más, hasta que finalmente el caballo, moviéndose hacia un flanco, se colocó en posición y, cuando sintió que Unne retiraba su cola a modo de sumisión, montó en ella y la cubrió.

Instintivamente, Sakura se dio media vuelta colorada como un tomate, y Sasuke, al ver aquello, a pesar de la excitación que la muchacha le provocaba sin rozarlo siquiera, sonrió y preguntó desde su altura:

—¿Qué haces?

Colorada, y aturdida por todo, sin explicárselo, ella aspiró el varonil aroma del escocés; era embriagador. Y, alzando la mirada hacia él, murmuró:

—Les estoy dando intimidad.

Deseoso de besarla, Sasuke no se movió. Sólo contempló aquellos ojos verde intenso. Deseaba una seña, una invitación. Estaba claro que entre ellos había cierta atracción, e, incapaz de resistir un segundo más aquello que no entendía, acercó sus labios a los de la joven y, al ver que ella no se decidía, murmuró:

—Yo no ruego.

Embaucada, y aun deseosa de tomar aquellos tentadores labios, Sakura musitó mirándolo:

—Yo tampoco ruego.

Al oírla, Sasuke sonrió y, conteniendo sus ganas, dio un paso atrás evitando mostrar su frustración. Acto seguido, cambiando su gesto, preguntó:

—¿Cómo va el golpe de tu frente?

Atontada por el intenso momento vivido, Sakura se lo tocó. Entonces, él, agarrándola de la mano, tiró de ella con seguridad y, sin hablar, ambos comenzaron a caminar, mientras Sasuke se enfriaba y murmuraba:

—De acuerdo. Les daremos intimidad.

En silencio llegaron hasta donde las mujeres habían dormido la noche anterior y la joven, dando un tirón, se soltó de su mano. Sin hablar, se apoyó en una roca mientras sentía el latir de su corazón. De pronto, vio a los caballos que caminaban hacia ellos con tranquilidad, y Sasuke, al ver su cara de sorpresa, indicó:

—Suele ser rápido.

—Ya veo.

Él sonrió, y, dispuesto a hacerla sonrojar, matizó:

—Su disfrute no tiene nada que ver con el nuestro. Se puede decir que a nosotros nos gusta disfrutar no sólo del acto, sino también de...

—Si no te importa —lo cortó ella—, lo que te guste a ti o no en lo referente al acto a mí no me incumbe lo más mínimo.

La voz de aquélla y su mirada le hicieron entender que no se ruborizaba por aquello. Al revés, la enfadaba. Lo rehuía. Eso llamó más su atención, y, cuando iba a decir algo, Sakura preguntó:

—¿Cómo es que sabes tanto de caballos?

Colocándose frente a ella, Sasuke se echó hacia atrás su pelo oscuro y respondió:

—Me dedico a la cría y la venta de ellos.

La joven asintió, y él, para intentar que cambiara su expresión por otra más amable, musitó deseoso de dialogar con aquella mujer:

—Te podría contar muchas cosas de estos maravillosos animales.

—¿Como cuál? —preguntó ella suavizando el rostro.

Consciente del cambio en su rostro, Sasuke apoyó el hombro en un árbol e indicó:

—Les gusta el dulce más que lo salado. No les gusta estar solos y suelen ser muy sociables, aunque el mío, en ocasiones, parezca odiarme. —Ambos sonrieron por aquello—. Si tocas sus orejas y la parte trasera está fría, eso significa que tiene frío.

—¿En serio?

—En serio —aseguró él sonriendo al percibirla cercana y relajada—. También te diré que sus dientes nunca paran de crecer y que en ocasiones lloran cuando algo les afecta.

—¿Lloran? —preguntó Sakura sorprendida.

Sasuke asintió y, suspirando, musitó:

—Bidson, el caballo que tuve antes que Haar, lo hizo en dos ocasiones. La primera, el día que murió el caballo de mi hermano tras una reyerta y, la segunda, el día que nos tuvimos que despedir. Bidson era mi amigo, mi gran amigo. Y en su mirada vi que entendía lo que pasaba y lo que yo tenía que hacer por él.

—¿Y tú lloraste?

Recordar aquello aún le dolía. Aquel caballo había vivido muchas cosas junto a él. Pero, incapaz de enseñar sentimientos que demostraran que era blando, sonrió y, mirando a su impetuoso Haar, murmuró:

—Dudo que Haar llore nunca por perderme de vista.

Sakura no insistió. Para ella misma hablar de sentimientos no era fácil.

—Siempre he pensado que la amistad es algo que sólo adquiere valor con el paso del tiempo —comentó en cambio.

—Así es —afirmó él.

La joven se retiró el pelo del rostro y musitó:

—Yo aún recuerdo a Wulf.

—¿Wulf era tu caballo?

Omitiendo que fue un lobo, algo que en Noruega era muy normal tener, pero que en Escocia Shizune le había dicho que no, Sakura mintió:

—Sí.

—¿Y dónde está?

De nuevo, el dolor se instaló en sus ojos tornándolos de color oscuro, y respondió tocándose el pecho:

—Murió, y eso hará que siempre lo lleve en mi corazón.

Sasuke, al sentir su dolor, iba a decir algo cuando ella preguntó adelantándose:

—¿Crees que Unne haya podido quedarse embarazada?

El highlander se encogió de hombros.

—No lo sé. El tiempo dirá si tiene un precioso potrillo o no.

Ella asintió. Lo último que se había planteado era que su yegua se quedara preñada, e, inconscientemente, las palabras de su hermana Tenten con respecto a que el primer potrillo que Unne tuviera sería suyo la hicieron morderse el labio y cerrar los ojos.

Sasuke, al ver su gesto, preguntó desconcertado:

—¿Estás bien?

Rápidamente, la joven abrió los ojos y, tragando el nudo de emociones que no se permitía derramar, preguntó:

—¿Cuánto dura el embarazo de una yegua?

—Unos once meses.

Mientras pensaba rápidamente, la joven volvió a asentir, y Sasuke, curioso por todo lo que pudiera saber de ella, preguntó:

—¿De dónde viene el nombre de Unne?

Sakura parpadeó. Aquel nombre, que significaba «amor» en noruego, lo había elegido su hermana, y, encogiéndose de hombros, respondió mirando al suelo:

—No... no lo sé.

—¿Y por qué la llamaste así?

—Simplemente me gustó.

De nuevo mentía. Sasuke lo sabía.

Cada vez que encogía los hombros, retiraba la mirada y sus ojos se volvían grisáceos, mentía.

¿Por qué continuaba haciéndolo? ¿Qué escondía y qué temía?

E, intentando pensar en otra cosa para no interrogarla en busca de la verdad, preguntó:

—¿Tienes por aquí vendas limpias?

Sakura señaló una talega de Shizune, y, cuando él se acercó y le tomó el brazo, ella musitó:

—¿Se puede saber qué vas a hacer?

—Ver esa herida —respondió Sasuke.

—¿Por qué? —intentó resistirse.

Clavando los ojos en ella, el highlander iba a gruñir cuando aquella mirada lo volvió a embaucar y, dulcificando su respuesta, indicó:

—Porque esto tiene pinta de llevar sin revisarse desde ayer, y ahora que somos casi familia, gracias a nuestros caballos, me veo en la obligación de preocuparme por ti.

Al oír eso, ella murmuró:

—No necesito tu preocupación.

Sasuke no contestó y prosiguió con lo suyo. Cada vez tenía más claro que con aquélla todo parecía ser guerrear.

Al final, en silencio y sin moverse, la joven permitió que aquel desconocido destapara la herida suturada por Shizune, y, al verla, resopló. Era fea, pero, por suerte, a pesar de la marca que le quedaría, sanaría.

Con disciplina, Sasuke curó aquella herida, de la que se sentía culpable. La muchacha tenía aquel corte por defenderlo a él. Por sacarlo del apuro que él, por confiado, se había buscado. Y, mirándola, dijo al ver de nuevo la marca de su rostro:

—¿Algún día me contarás cómo te lo hiciste?

Sakura, al ver que se refería a una vez más a la marca de su mejilla, musitó:

—No es algo que realmente quiera recordar.

Al highlander le gustó sentir la sinceridad de sus palabras, e insistió:

—¿Tan terrible fue?

La mirada de la joven se oscureció, y él no preguntó más.

Una vez terminó la cura y soltó el brazo de aquélla, afirmó:

—Y ahora vas a venir conmigo al campamento.

—No.

—Sí.

—No.

—He dicho que sí.

—Y yo he dicho que no —rebatió Sakura sin miedo.

Sasuke suspiró. Sin duda era una buena contrincante en cabezonería, y, aun sabiendo la respuesta, preguntó al oír rugir sus tripas:

—¿Podrías explicarme por qué eres tan complicada?

—No.

—¿Y por qué no quieres venir al campamento?

Sakura tenía muchas razones, pero, dándole una, la más fácil, soltó:

—Porque, en cuanto lleguemos, tendré que llamarte «señor».

Sasuke asintió. Ella tenía razón. Y, necesitado de que lo entendiera, dijo:

—No lo hago por vanidad. Lo exijo a los desconocidos para que mis hombres se sientan respetados a través de mi persona. Si me faltas al respeto a mí, es como si se lo faltaras a ellos, y...

—Vale. No sigas —lo cortó—. Aunque no lo creas, lo entiendo.

Oír eso sorprendió a Sasuke, que murmuró:

—Por fin algo positivo.

Sin saber por qué, ambos rieron, y él, maravillado por la bonita expresión que vio en ella, masculló:

—Si sabes sonreír y todo..., ¡increíble!

De nuevo, ella sonrió. Esta vez, con más afectividad. Por ello, y aprovechando el momento, dijo mirándola:

—Llevo un rato oyendo sonar tus tripas y sin duda tienes necesidad de comer. Y, si lo que te molesta es tener que llamarme señor delante de mis hombres, prometo alejarme para que puedas comer con tranquilidad y no tengas que hacerlo.

Sakura lo pensó. Aquél tenía razón. Debía comer o no podría llevar adelante sus propios planes. Pensar en la comida hizo que sus tripas volvieran a rugir, y, al ver que él sonreía, sin poder ni querer negarse a su ofrecimiento, preguntó con gesto guasón mientras se levantaba:

—¿Es buena vuestra comida, señor?

Al oír eso, Sasuke le dio un pellizco en la cintura que ella aceptó con cierto agrado y, meneando la cabeza, cuchicheó:

—Sí, señora..., es buena.