Naruto Y Hinata en:
Tu & Yo
11: Sálvame
El baile anual que lady Yamanaka ofreció en Hampstead Heath la noche del sábado fue, como siempre, uno de los puntos álgidos de la temporada de chismorreos. Esta autora vio a Sai Hyuga bailar con las tres hermanas Haruno (por separado, claro), aunque debemos reconocer que no parecía demasiado complacido con su destino. Además, también se pudo ver a Jiga Berbrooke cortejando a una joven que no era Hinata Hyuga; quizá, por fin, el señor Berbrooke se ha dado cuenta de la futilidad de su persecución.
Y hablando de la señorita Hinata Hyuga; abandonó la fiesta bastante temprano. Sasuke uno de sus hermanos, dijo a los curiosos que su hermana se había marchado por un dolor de cabeza, aunque esta autora la vio al principio de la noche hablando con el anciano duque de Sarutobi y parecía gozar de una salud estupenda.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WATTPAD,
17 de mayo de 1813
[...]
Por supuesto, fue imposible dormir.
Hinata iba de un lado a otro de su habitación, dejando huellas en la alfombra azul y blanca que tenía desde que era pequeña. Tenía mil cosas en la cabeza, pero había algo que estaba claro: tenía que detener ese duelo como fuera.
Sin embargo, era lo suficientemente lista para no infravalorar las dificultades que eso conllevaba. En primer lugar, los hombres acostumbraban a comportarse como idiotas cuando se trataba de cosas como el honor o los duelos, y dudaba que Neji o Naruto apreciaran su intervención. En segundo lugar, no tenía ni idea de dónde se iban a batir en duelo. No lo habían acordado en el jardín de lady Yamanaka. Suponía que Neji le enviaría una misiva a Naruto a través de un sirviente. O a lo mejor era Naruto el que tenía que escoger un lugar, al ser él el retado. Estaba segura de que en los duelos también había un protocolo, pero lo desconocía.
Se acercó a la ventana y descorrió la cortina. Para la alta sociedad, la noche todavía era joven, pero Neji y ella habían vuelto a casa temprano. Por lo que sabía Sasuke, Sai y su madre todavía estaban en el baile. El hecho de que no hubieran vuelto, Hinata y Neji llevaban ya un par de horas en casa, era buena señal. Si alguien hubiera presenciado la escena con Naruto en el jardín, seguro que la voz hubiera corrido como pólvora y su madre habría vuelto a casa inmediatamente.
A lo mejor, Hinata podía pasar la noche únicamente con el vestido destrozado, y no su reputación.
Sin embargo, lo que menos le preocupaba era su buen nombre. Quería que su familia regresara por otra razón: no podía detener aquel duelo ella sola. Sólo una loca cruzaría Londres a altas horas de la madrugada para intentar razonar con dos hombres beligerantes ella sola. Necesitaría ayuda.
Mucho se temía que Sasuke se pondría del lado de Neji; en realidad, le sorprendería si no fuera su testigo.
Pero Sai... Sai a lo mejor lo veía como ella. Posiblemente refunfuñaría y diría que Naruto se merecía que le dispararan, pero Hinata sabía que si se lo rogaba, la ayudaría.
Y tenían que detener el duelo. Hinata no entendía qué le había pasado a Naruto por la cabeza, seguramente tenía algo que ver con su padre. Ya hacia tiempo que ella se había dado cuenta de que había algún demonio interno que lo estaba torturando. Intentaba aparentar que estaba bien, sobre todo con ella, pero Hinata le había visto demasiadas veces una mirada desesperada en los ojos. Además, tenía que haber alguna razón por la que se quedara callado tan a menudo. A veces, le daba la sensación de que ella era la única persona con la que estaba realmente relajado y era capaz de reír, bromear y hablar.
Y quizá también Neji. Bueno, Neji sí, pero antes de que pasara todo esto. Sin embargo, y a pesar de la actitud fatalista de Naruto en el jardín, Hinata no creía que quisiera morir.
Escuchó ruido de ruedas en la entrada, corrió hacia la ventana y vio el carruaje de los Hyuga camino a las caballerizas. Con las manos entrelazadas, fue al otro lado de la habitación y pegó la oreja contra la puerta. No podía bajar abajo; Neji creía que estaba dormida o, al menos, en la cama dándole vueltas a lo que había hecho esta noche.
Le había dicho que no le diría nada a su madre. O, al menos, no hasta saber lo que Hanna sabía. El hecho de que regresaran tan tarde hizo creer a Hinata que no habían suscitado demasiados comentarios sobre ella, pero eso no quería decir que pudiera relajarse. Habría cuchicheos. Siempre los había. Y los cuchicheos, si no se frenaban a tiempo, rápidamente se convertían en clamores.
Hinata sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a su madre. Hanna oiría algo. Alguien se encargaría de que oyera algo. Ella sólo esperaba que para cuando los rumores llegaran a oídos de su madre, y la mayoría fueran desgraciadamente ciertos, ella ya estuviera prometida con un duque.
La gente lo perdonaría todo si estaba relacionada con un duque. Y ése sería el argumento principal de la estrategia de Hinata para salvarle la vida a Naruto. A lo mejor él no quería salvarse, pero podía salvarla a ella.
Sai avanzó por el pasillo de puntillas, andando muy despacio por encima de la alfombra que cubría el suelo. Su madre se había ido a la cama y Sasuke estaba con Neji en el despacho de éste. Sin embargo, no estaba interesado en ninguno de ellos; a quien quería ver era a Hinata.
Llamó cuidadosamente a la puerta, esperanzado por el hilo de luz que veía por debajo de la puerta. Obviamente, tenía las velas encendidas y como sabía que su hermana era terriblemente sensible a la luz y no podía dormir sin antes apagar todas las luces, entonces tenía que estar despierta.
Y si estaba despierta, tendría que hablar con él. Levantó la mano para volver a llamar, pero se abrió la puerta y Hinata lo hizo pasar.
—Tengo que hablar contigo —dijo ella, casi susurrando y muy preocupada.
—Yo también tengo que hablar contigo.
Hinata le hizo entrar y, después de mirar a un lado y otro del pasillo, cerró la puerta.
—Estoy metida en un buen lío —dijo.
—Lo sé.
Se quedó blanca como la nieve.
—¿Lo sabes?
Sai asintió, poniendo por una vez una cara seria.
—¿Te acuerdas de Macclesfield?
Ella asintió. Era un joven conde que su madre había querido presentarle hacía quince días. La misma noche que conoció a Naruto.
—Bueno, pues te vio desaparecer en los jardines con Namikaze.
Hinata sintió que tenía la garganta más seca que nunca pero, al final, consiguió decir:
—¿De verdad?
Sai asintió, sonriendo.
—No dirá nada. Estoy seguro. Somos amigos desde hace casi diez años. Pero, si él te vio, pudo hacerlo cualquiera. Lady Chiyo nos estaba mirando bastante extrañada mientras el conde me explicaba lo que había visto.
—¿Lady Chiyo me vio? —preguntó Hinata, muy exaltada.
—No lo sé. Sólo sé que me estaba mirando como si estuviera al corriente de todos mis pecados.
Hinata ladeó la cabeza.
—Ella es así. Además, si vio algo, dudo que lo diga.
—¿Lady Chiyo? —preguntó Sai, incrédulo.
—Puede que sea una bruja pero no es la clase de persona que va arruinando la vida de la gente por placer. Si vio algo, vendrá a decírmelo en persona.
Sai no parecía demasiado convencido.
Hinata se aclaró la garganta varias veces mientras intentaba encontrar la manera de formular la siguiente pregunta.
—¿Qué es lo que vio Macclesfield, exactamente?
Sai la miró, intrigado.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho —dijo Hinata, bastante enfadada y bastante nerviosa después de toda la noche en ascuas—. ¿Qué vio?
Sai se irguió y levantó la barbilla.
—Lo que te he dicho —respondió—. Te vio adentrarte en el jardín con Namikaze.
—¿Eso es todo?
—¿Eso es todo? —repitió Sai. Abrió los ojos y luego los entrecerró—. ¿Qué demonios ha pasado en el jardín?
Hinata se dejó caer en una butaca y se tapó la cara con las manos.
—Sai, estoy metida en un buen enredo.
Él no dijo nada, así que, al final, Hinata se secó los ojos, aunque no estaba llorando, y levantó la mirada. Su hermano parecía más mayor y más masculino que nunca. Tenía los brazos cruzados, las piernas ligeramente separadas y los ojos, que normalmente estaban alegres y sonrientes, eran cortantes como piedras negras. Obviamente, había esperado que lo mirara antes de hablar.
—Ahora que has terminado con tu escena de autocompasión —dijo, bruscamente—, explícame qué ha pasado entre tú y Namikaze en el jardín.
—No utilices ese tono conmigo —dijo Hinata—, y no me acuses de autocompasión. Por el amor de Dios, un hombre va a morir mañana. Tengo derecho a estar triste.
Sai cogió una silla y se sentó delante de ella, mirándola inmediatamente con una inmensa preocupación.
—Será mejor que me lo expliques todo.
Hinata asintió y empezó a explicarle lo que había pasado. Sin embargo, no entró en detalles. Sai no necesitaba saber lo que Neji había visto; con decirle que los había descubierto en una situación comprometedora habría bastante.
Terminó con un:
—¡Y ahora van a batirse en duelo y Naruto va a morir!
—No lo sabes, Hinata.
Ella agitó la cabeza, miserable.
—No le disparará a Neji. Estoy segura. Y Neji... —Se le cortó la voz, y tuvo que tragar un par de veces antes de continuar—. Neji está muy furioso. No creo que rectifique.
—¿Qué quieres hacer?
—No lo sé. Ni siquiera sé dónde va a celebrarse el duelo. ¡Sólo sé que tengo que detenerlo!
Sai maldijo en voz baja y luego, más tranquilo, dijo:
—No sé si podrás, Hinata.
—¡Tengo que hacerlo! —exclamó ella—. Sai, no puedo quedarme aquí mirando las musarañas mientras Naruto muere. — Hizo una pausa, y continuó—: Le quiero.
Sai palideció.
—¿Incluso después de que te haya rechazado?
Ella asintió.
—No me importa si eso me hace parecer una imbécil y patética. No puedo evitarlo. Le quiero. Y él me necesita.
Sai dijo:
—Si esto fuera cierto, ¿no crees que habría aceptado casarse contigo cuando Neji se lo pidió?
Hinata agitó la cabeza.
—No. Hay algo más que yo no sé. No sé cómo explicártelo, pero era como si una parte de él sí que quisiera casarse conmigo. —Notó que se iba poniendo cada vez más nerviosa, con la respiración entrecortada, pero continuó—: No lo sé, Sai. Pero si le hubieras visto la cara, lo entenderías. Estoy convencida.
—No conozco a Namikaze como Neji —dijo Sai—. Ni como tú. Pero nunca he oído nada de ningún secreto oscuro de su pasado. ¿Estás segura que...? —No puedo continuar. Dejó caer la cabeza entre las manos y, cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono de lo más dulce—. ¿Estás segura de que esos sentimientos hacia ti no son imaginaciones tuyas?
Hinata no se ofendió. Sabía que esa historia parecía una fantasía. Pero, en su corazón, sabía que tenía razón.
—No quiero que muera —dijo, en voz baja—. Al fin y al cabo, eso es lo único que importa.
Sai asintió, pero le hizo una última pregunta:
—¿No quieres que muera o no quieres cargar con las culpas de su muerte?
Hinata se levantó, muy seria.
—Creo que será mejor que te vayas. —Utilizando sus últimas energías para mantener una voz serena—. No puedo creerme que me hayas preguntado eso.
Pero Sai no se fue. Alargó un brazo y apretó la mano de su hermana.
—Te ayudaré, Hinata. Sabes que haría lo que fuera por ti.
Y Hinata se abalanzó sobre él y soltó todas las lágrimas que había estado reprimiendo.
Media hora más tarde, ya se había secado los ojos y tenía la cabeza más clara. Se había dado cuenta de que necesitaba llorar. Había ido guardando demasiadas cosas en su interior, sentimientos, confusión, dolor y rabia. Tenía que sacarlo. Pero ya no había tiempo para las emociones. Tenía que mantener la cabeza fría y fija en el objetivo.
Sai había ido al despacho a sonsacarles a Neji y a Sasuke lo que pudiera. Había coincidido con Hinata en que seguramente Neji le pediría a Sasuke que actuara de testigo. Su trabajo era conseguir que le dijeran dónde iba a celebrarse el duelo. Hinata no tenía ninguna duda que Sai lo conseguiría. Siempre había sido capaz de sonsacarle cualquier cosa a quien había querido.
Hinata se puso el traje de montar más viejo y cómodo que tenía. No tenía ni idea de cómo iba a salir la mañana, pero lo último que quería era tropezar con lazos y encajes.
Alguien llamó a la puerta y, antes de que pudiera llegar al pomo, Sai entró. Él también se había quitado el traje de fiesta.
—¿Te lo han dicho? —preguntó Hinata, impaciente.
Sai asintió.
—No tenemos mucho tiempo. Supongo que querrás llegar antes que nadie, ¿no?
—Si Naruto llega antes que Neji, a lo mejor puedo convencerlo de que se case conmigo antes de que nadie desenfunde las armas.
Sai suspiró.
—Hinata —dijo—. ¿Te has planteado la posibilidad de que, a lo mejor, no lo consigues?
Hinata tragó saliva.
—Intento no pensar en eso.
—Pero...
Hinata lo interrumpió.
—Si lo pienso —dijo, preocupada—, me descentro; pierdo los nervios y no puedo hacer eso. Por Naruto, no puedo hacerlo.
—Espero que sepa lo que vales —dijo Sai—. Porque si no lo sabe, yo mismo le dispararé.
—Será mejor que nos vayamos —dijo ella.
Sai asintió y se fueron.
Naruto fue por Broad Walk hasta el rincón más remoto y lejano de Regent's Park. Neji le había propuesto arreglar sus asuntos lejos de Mayfair, y a él le había parecido bien. El sol aún no había salido, claro, y era muy poco probable que se encontraran a nadie por la calle pero, aún así, no había ninguna razón para batirse en duelo en Hyde Park.
No es que a Naruto le preocupara que los duelos fueran ilegales. Después de todo, no estaría allí para pagar las consecuencias. Sin embargo, no era una manera agradable de morir. Pero tampoco veía demasiadas alternativas. Había profanado el cuerpo de una dama con la que no podía casarse, y ahora debía pagar por ello. Naruto sabía lo que podía pasar antes de besar a Hinata.
Mientras se dirigía hacia el lugar indicado, vio que Neji y Sasuke ya habían desmontado y lo estaban esperando. El aire les agitaba el pelo y lo miraban con una expresión adusta. Casi tan adusta como el corazón de Naruto. Detuvo el caballo a pocos metros de los hermanos y desmontó.
—¿Dónde está tu testigo? —preguntó Sasuke.
—No me preocupé de traer uno —dijo Naruto.
—¡Pero tienes que tener un testigo! Sin testigo, un duelo no es un duelo.
Naruto se encogió de hombros.
—No me pareció necesario. Habéis traído las pistolas. Confío en vosotros.
Neji se acercó a él.
—No quiero hacer esto —dijo.
—No tienes otra opción.
—Pero tú sí —dijo Neji, impaciente—. Podrías casarte con ella. A lo mejor no la quieres, pero sé que la aprecias mucho. ¿Por qué no lo haces?
Naruto se planteó explicárselo todo; las razones por las que había jurado que nunca se casaría ni tendría hijos. Pero no lo entendería. Los Hyuga no, porque para ellos la familia sólo era algo bueno y verdadero. No conocían las palabras crueles y los sueños rotos. No conocían el horroroso sentimiento del rechazo.
Entonces se le ocurrió decir algo cruel que hiciera enfurecer a Neji y Sasuke para acabar con todo aquello lo antes posible. Sin embargo, eso implicaría despreciar a Hinata, y eso sí que no podía hacerlo.
De modo que, al final, miró a Neji Hyuga, el hombre que había sido su amigo desde los primeros años en Eton, y le dijo:
—Sólo quiero que sepas que no es por Hinata. Tu hermana es la mujer más maravillosa que jamás he conocido.
Y después, con un breve asentimiento hacia Neji y Sasuke, cogió una de las pistolas de la caja que Sasuke había dejado en el suelo y empezó a caminar hacia el otro lado.
—¡Eeeeeespeeeeeereeeeeen!
Naruto se giró. ¡Dios santo, era Hinata!
Estaba abalanzada sobre la yegua y se acercaba al trote hasta donde estaban ellos. Por un breve momento, Naruto se olvidó de la rabia que sentía porque había interrumpido el duelo y se quedo maravillado por lo espléndida que estaba en la silla de montar.
Sin embargo, cuando detuvo el caballo delante de él y desmontó, se puso muy furioso.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —le preguntó.
—¡Salvándote la vida! —Lo miró con los ojos encendidos de rabia y Naruto se dio cuenta de que nunca la había visto tan enfadada. Casi tan enfadada como él.
—Hinata, eres una inconsciente. ¿No te das cuenta de lo peligroso que ha sido aparecer así? —Sin darse cuenta de lo que hacía, la cogió por los hombros y empezó a temblar—. Uno de los dos podría haberte disparado.
—Oh, por favor —dijo ella, quitándole importancia—. Si ni siquiera habían llegado a sus posiciones.
Tenía razón, pero Naruto estaba demasiado furioso para dársela.
—Y venir aquí a estas horas —gritó—. Deberías ser más prudente.
—Soy prudente —respondió ella—. Sai me ha acompañado.
—¿Sai? —Naruto empezó a buscar en todas las direcciones al menor de los hermanos—. ¡Voy a matarlo!
—¿Antes o después de que Neji te atraviese el pecho con una bala?
—Antes, te juro que antes —dijo Naruto—. ¿Dónde está? ¡Hyuga!
Tres cabezas se giraron hacia él.
Naruto empezó a caminar hacia ellos, con odio en los ojos.
—El idiota.
—Creo —dijo Neji, levantando la barbilla hacia Sai—, que se refiere a ti.
Sai lo miró, desafiante.
—¿Y qué se suponía que tenía que hacer? ¿Dejarla en casa ahogándose en lágrimas?
—¡Sí! —dijeron los tres hombres a la vez.
—¿¡Naruto! —gritó Hinata, corriendo detrás de él—. ¡Vuelve aquí!
Naruto miró a Sasuke.
—Llévatela de aquí.
Sasuke parecía indeciso.
—Hazlo —le ordenó Neji.
Sasuke no se movió, sólo miraba de un lado a otro; a sus hermanos, a su hermana y al hombre que la había deshonrado.
—Por el amor de Dios —dijo Neji.
—Hinata se merece defenderse —dijo Sasuke, y se cruzó de brazos.
—¿Qué diablos les pasa a ustedes dos? —gritó Neji, refiriéndose a sus dos hermanos menores.
—Naruto —dijo Hinata, casi ahogada después de la carrera por el campo—. Tienes que escucharme.
Naruto intentó ignorar los tirones que le daba en la manga.
—Hinata, déjalo. No puedes hacer nada.
Hinata miró suplicante a sus hermanos. Sai y Sasuke estaban con ella, pero no podían hacer nada para ayudarla. Sin embargo, Neji todavía parecía un perro enrabiado.
Al final, hizo lo único que se le ocurrió para retrasar el duelo. Le dio un puñetazo a Naruto. En el ojo bueno. Naruto gritaba de dolor mientras retrocedía.
—¿Por qué has hecho eso?
—Tírate al suelo, tonto —le dijo ella en voz baja. Si estaba en el suelo, Neji no sería capaz de dispararle.
—¡No voy a tirarme al suelo! —dijo Naruto, tapándose el ojo—. Derribado por una mujer. Intolerable.
—Hombres —gruñó ella—. Todos unos idiotas. —Se giró hacia sus hermanos, que la miraban con idénticas caras de sorpresa—. ¿Qué estan mirando? —dijo.
Sai empezó a aplaudir.
Neji le dio un codazo en el costado.
—¿Sería posible que pudiera hablar un momento con el duque? —dijo, casi susurrando.
Sai y Sasuke asintieron y se alejaron. Neji no se movió.
Hinata lo miró.
—Te pegaré a ti también.
Y lo habría hecho, pero Sasuke volvió y casi le desencajó el brazo a su hermano del tirón que le dio.
Hinata miró a Naruto, que se estaba tapando el ojo con una mano, como si así pudiera hacer desaparecer el dolor.
—No puedo creerme que me golpearas —dijo él.
Hinata miró a sus hermanos para asegurarse de que no los oían.
—En ese momento, me ha parecido una buena idea.
—No sé qué esperabas conseguir —dijo él.
—Pensaba que sería bastante obvio.
Naruto suspiró y, en ese instante, parecía cansado, triste y mucho mayor.
—Ya te he dicho que no puedo casarme contigo.
—Tienes que hacerlo.
Las palabras de Hinata sonaron tan desesperadas que Naruto la miró, asustado.
—¿Qué quieres decir? —dijo, haciendo gala de un gran control en momentos desesperados.
—Quiero decir que nos han visto.
—¿Quién?
—Macclesfield.
Naruto se relajó visiblemente.
—No dirá nada.
—¡Pero había más gente! —Se mordió el labio. No era una mentira. Podrían haber habido más. De hecho, posiblemente hubiera más gente.
—¿Quién?
—No lo sé —admitió ella—. Pero me han llegado rumores. Y mañana lo sabrá todo Londres.
Naruto soltó tantas palabras malsonantes seguidas que Hinata retrocedió un paso.
—Si no te casas conmigo —dijo ella en voz baja—, estaré perdida.
—Eso no es cierto —dijo él, aunque sin demasiada convicción.
—Es cierto, y tú lo sabes. —Se obligó a mirarlo. Todo su futuro, ¡y la vida de él!, estaba en juego en ese momento. No podía fallar—. Nadie me querrá. Me enviarán a algún rincón perdido del país...
—Sabes que tu madre nunca haría eso.
—Pero nunca me casaré. —Dio un paso adelante, obligándolo a sentirla cerca—. Seré para siempre un objeto de segunda mano. Nunca tendré un marido, nunca tendré hijos...
—¡Basta! —gritó Naruto—. Por el amor de Dios, basta.
Neji, Sasuke y Sai empezaron a correr hacia ellos cuando escucharon el grito, pero la mirada helada de Hinata los detuvo.
—¿Por qué no puedes casarte conmigo? —le preguntó suavemente—. Sé que me quieres. ¿Qué te pasa?
Naruto escondió la cara entre las manos y empezó a apretarse la frente con los dedos. Le dolía la cabeza. Y Hinata..., Dios, no dejaba de acercarse más y más. Hinata levantó la mano y le acarició el hombro, la mejilla. Naruto no lo resistiría. No iba a resistirlo.
—Naruto —le imploró—, sálvame.
Y allí estuvo perdido.
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Continuará...
