12. Investigación


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata despertó a Deidara a la mañana siguiente. El guardia recién despedido de Rasengan la fulminó con la mirada cuando abrió la puerta de su apartamento. Una incipiente barba rubia le cubría la mandíbula, tenía legañas y solo llevaba unos bóxers.

—¿Qué mierda quieres?

Ya había descubierto lo que había ido a averiguar, aunque no era lo que esperaba. Deidara parecía haber tenido una noche dura, pero no presentaba moretones ni cortes. No lucía ninguna señal de las lesiones que Naruto había infligido a su desconocido agresor la noche anterior. Fuera lo que fuese lo que Deidara hubiera hecho, no era quien estaba detrás de la emboscada.

—Estaba verificando tu dirección —respondió—. Obito quería asegurarse de que recibieras el cheque de la indemnización.

—Dile a Obito de mi parte que se vaya a la mierda.

—Lo haré.

Cuando ella empezó a darse la vuelta, él salió al pasillo. La beligerancia inicial había sido sustituida por el tono zalamero que utilizaba con las rubias de bote que se ligaba en Rasengan.

—Oye, ¿no te apetece pasar un rato?

—No, pero gracias por el ofrecimiento.

Un sospechoso menos. Ahora tenía que dar con Nagato y Konan. Con respecto a la posibilidad de que el príncipe Toneri hubiera descubierto que era propietario de un anillo de la Super Bowl falso y quisiera vengarse... Sería mucho más difícil de comprobar.

De camino a Lincoln Park, leyó el correo electrónico que había recibido del propietario de la agencia de limusinas esa misma mañana con respecto a la familia real. Al parecer había recibido solo la mitad de propina que los conductores varones.

Había trabajado más que la mayoría de ellos, pero en el mundo de la familia real, el género era más importante que lo demás. Debería haberlo visto venir, pero la injusticia todavía la enervaba.

La mujer que abrió la puerta de la lujosa casa que Shikamaru Nara poseía en Lincoln Park era unos centímetros más baja que ella. Tenía el cabello rubio y una sonrisa amistosa; su típica apariencia de chica de al lado no tenía nada que ver con la idea preconcebida sobre cómo debería ser la esposa de un todopoderoso agente deportivo.

—Eres Hinata, ¿verdad? —la recibió—. He oído hablar de ti. Soy Temari.

—Y las guerreras se conocen... —dijo una voz masculina desde el interior de la casa.

Temari se rio mientras se hacía a un lado para dejarla pasar, y cogió la cazadora de Hinata.

El lujoso pasillo de la casa, con su suelo de mármol, la moderna lámpara de bronce y la escalera en forma de S habría resultado intimidante si no fuera por un cachorro de peluche color púrpura, los rotuladores desperdigados, una estructura indescriptible de Lego y las zapatillas de deporte esparcidas por el suelo.

—Gracias por recibirme tan temprano —dijo Hinata.

Shikamaru apareció a la vuelta de la esquina con una niña de cabello rubio que llevaba puesto un tutu y en la parte de abajo una pijama azul de franela.

—¿Qué ha pasado? Por teléfono sonabas muy misteriosa.

Ella lanzó a Temari una mirada de disculpa y esquivó una figura de Star Wars negra y dorada.

—Quizá deberíamos hablar en privado.

Shikamaru le quitó su móvil a la niña.

—Temari acabaría sonsacándome en cuanto te fueras.

—Es cierto —reconoció su esposa con una sonrisa de satisfacción.

—Mi mujer ha sacado adelante un negocio basado en guardar los secretos de los demás —la informó con una sonrisa—. Es casamentera. Tiene una agencia, Perfecta para ti. Es posible que hayas oído hablar de ella.

—Por supuesto. —Hinata había hecho algunas averiguaciones sobre Shikamaru Nara desde su primer encuentro, y se había enterado de una historia muy interesante sobre cómo había conocido a Temari Nara.

Se instalaron en la cocina, ante una mesa lacada frente a un amplio ventanal con vistas a un jardín de otoño. Mientras la niña, que se llamaba Lila, comía un plato de frambuesas, Hinata puso al corriente a Shikamaru y Temari del ataque que había sufrido Naruto la noche anterior. Los dos se mostraron muy preocupados.

—¿Segura que está bien? —preguntó Temari.

—Se negó a ir a Urgencias, pero creo que sí. —Ofreció una de las díscolas bayas a la niña, que la premió con una pegajosa sonrisa con motas de frambuesa—. Él piensa que se trató de un robo casual, pero yo no estoy tan segura. Creo que ustedes podrían ser más colaboradores conmigo contándome a quiénes podemos considerar sus enemigos.

—No tiene demasiados —reconoció Nara—. Es posible que un par de jugadores le guarden rencor, pero es parte del juego. Hay un periodista deportivo que le odia porque Naruto le dijo públicamente que era un auténtico idiota, pero no creo que hubiera esperado tanto tiempo para tomar represalias.

—¿Alguna mujer?

Shikamaru miró a Temari, que se hizo cargo de la conversación.

—¿Te refieres a todas esas actrices de Hollywood con las que salió? Hubo un par de rupturas dolorosas, pero no se comportó como un imbécil, y no creo que ninguna estuviera esperando para vengarse.

—Sin embargo, ha habido algunas locas... —intervino Shikamaru.

—¿Alguna últimamente? —preguntó ella. «Además de mí.»

—Eso habría que preguntárselo a él —dijo Shikamaru.

—Naruto es mi nuevo proyecto —declaró Temari con una sonrisa.

—Algo que él todavía no sabe —puntualizó Shikamaru, por si acaso Hinata no se había dado cuenta—. ¿Qué ha pasado con respecto a los problemas que estaba teniendo en Rasengan con el barman que despidió?

—Estoy en ello.

Una versión en miniatura de Shikamaru entró en la cocina y la miró con curiosidad.

—¿Quién eres?

—Ella es Hinata —dijo Shikamaru—. Es detective. Hinata, este chico es Shikadai. Ya tiene cinco años.

—Cinco y medio —puntualizó el niño—. ¿Tienes placa?

Se podía decir mucho de aquel niño viendo el brillo en sus ojos, que eran del mismo tono verde dinero.

—No tengo placa —dijo ella—, pero sí un par de superpoderes. Él la miró con una mezcla de anticipación y escepticismo.

—¿Puedes volar?

—Por supuesto.

—¿Visión de rayos X?

—No podría hacer mi trabajo si no la tuviera.

Shikadai lanzó el reto final.

—¿Telequinesia?

Una palabra complicada para un niño tan pequeño. Hinata miró al padre de la criatura, que se encogió de hombros.

—Ha heredado el cerebro de su madre.

—Lo de la telequinesia es más complicado —confesó Hinata—. Todavía estoy trabajando en ello.

—Lo que suponía —repuso él con sabiduría—. ¿Y qué me dices de la invisibilidad?

—¿Me has visto por aquí cuando tomabas el desayuno?

—No.

—Entonces bien.

Shikamaru se rio.

—Venga, colega. Recoge la mochila. Es hora de ir al colegio.

Cuando Hinata comenzó a levantarse de la mesa, Temari la detuvo.

—Quédate mientras me acabo el café.

—Allá vamos... —murmuró Shikamaru.

Temari le lanzó una mirada hostil.

—¿Decías algo?

—Nada, nada... —Él la besó con rapidez, apretó los labios contra la cabeza de su hija y cogió la mano de su hijo.

Cuando su marido desapareció con el niño, Temari estudió a Hinata con una larga mirada antes de esbozar una brillante sonrisa.

—Veamos... Cuéntamelo todo sobre ti...

Hinata salió de casa de los Nara con la sensación de haber hecho una nueva amiga, pero dado que Temari Nara se codeaba con los que movían los hilos de la ciudad y ella vivía encima de un contenedor de basura, la suposición era bastante cuestionable.

No pensaba reunirse con Naruto antes de que él tomara la segunda taza de café, por lo que se dirigió a Lincoln Square. Chiyo la había llamado a última hora de la noche para que la pusiera al día sobre los progresos en la búsqueda de Sakumo, y escuchar que se había limitado a verificar on-line los datos de que disponía no la satisfizo. Chiyo quería más.

—He estado informándome al respecto, Hinata. Existen unas bases de datos donde se puede registrar a las personas desaparecidas. Quiero que lo hagas.

—Esas bases son para personas que no están legalmente muertas —le dijo con la mayor suavidad que pudo.

—Detalles, detalles...

No se trataba de un detalle si tenía en cuenta que la propia Hinata había visto cómo enterraban el ataúd de Sakumo en el cementerio de Westlawn.

—Recuerda que jamás llegué a ver su cuerpo —había presionado Chiyo.

—Sí, señora.

Hinata esquivó a un Mazda azul que intentaba aparcar en una de las plazas de Lincoln Avenue. Esa mañana el cielo estaba nublado y hacía frío, lo que pronosticaba lluvia, pero algunas almas resistentes ocupaban los bancos. Cuando ella se sentó en uno desocupado, pasó una motocicleta.

Metió las manos en el bolsillo de la cazadora mientras se fijaba en que alguien había dibujado un pelícano con tiza en los ladrillos cercanos a sus pies. Entre el trabajo nocturno en Rasengan, la tarea como chófer y planear la fuga de Ayame, apenas había tenido tiempo para respirar.

Un poco después comenzó a hacer frío y se dirigió de nuevo al coche, fijándose en los escaparates que había a lo largo del camino. Sonó el móvil; era un mensaje de texto de Kiba.

¿Nos vemos esta noche?

Mientras pensaba qué responderle, se fijó en un anciano que cruzaba Lincoln Avenue hacia Leland. Era robusto, pantalones con la cintura alta, zapatillas deportivas blancas y una cuña de goma espuma amarilla sobre la cabeza.

Hinata comenzó a correr. Un autobús de la CTA se detuvo justo delante de ella. Lo esquivó, evitó a un camión de reparto de UPS y a un ciclista, pero cuando llegó a Leland, el hombre había desaparecido.

Realizó una búsqueda por el área, registrando callejones y calles laterales sin resultado; el tipo con la porción de queso en goma espuma de los Green Bay Packers no estaba a la vista.

Se recordó a sí misma que no había logrado echarle un buen vistazo a su cara. Sin embargo, Sakumo era robusto y la misma inclinación por usar zapatillas deportivas blancas y siempre llevaba los pantalones muy subidos. La altura también le había parecido la correcta.

El tema de Buffy Cazavampiros interrumpió sus pensamientos. Era Kurenai.

—Chiyo quiere que use mis contactos en los medios de comunicación para llegar al público y que la ayude a buscar a Sakumo. Y está presionando a Tenten para que la ayude a poner carteles de persona desaparecida. Todos van a pensar que está loca.

Hinata contempló los edificios de ladrillo que bordeaban la plaza.

—Quizá no esté tan loca como parece.

Organizó un encuentro con Kurenai y Tenten en Big Shoulders Coffee el viernes. Todas habrían preferido quedar en una de las cafeterías del barrio, pero Tenten tenía función esa noche.

En el trayecto a Lakeview, Hinata planificó la estrategia a seguir con Naruto.

—Déjame subir —le dijo cuando por fin respondió por el intercomunicador. —¿Traes comida?

—No, pero la tortilla me sale genial.

—¿Sabes cocinar?

—Claro que sé cocinar. —No era necesario aclarar que odiaba hacerlo, pero Hiashi había esperado que cocinara y se ocupara de la casa cuando no debía actuar como un hijo en vez de una hija.

Nadie sabía mejor que ella lo que suponía crecer rodeada de mensajes contradictorios.

—De acuerdo, puedes subir. Pero no me hagas preguntas que no pueda responder, ¿lo has entendido?

—Claro. Nada de preguntas. —Naruto sabía que mentía, así que no se sentía mal por hacerlo.

Cuando salió del ascensor en su apartamento, lo encontró tendido en el sofá con una bolsa de hielo en el hombro. No se había afeitado y su cabello de color oro estaba deliciosamente enredado. A pesar de la contusión que lucía en la mandíbula, su aspecto era... magnífico.

Era la viva imagen de la masculinidad, un hombre capaz de excitar a cualquier mujer. Salvo que estuviera muerta. Los hombres como él habían nacido para ganar y producir niños guerreros a su imagen y semejanza.

«¿Niños?» Tenía que dormir más. Por mucho que le gustaran los niños, no quería tenerlos y no tenía costumbre de pensar en ellos.

Él se levantó del sofá. No llevaba camiseta, solo unos pantalones de chándal grises, y lo hacía con la misma elegancia que otros hombres vestían un traje de Hugo Boss.

La prenda se había deslizado hasta sus caderas y dejaba al descubierto la superficie plana y musculosa de su abdomen, así como una fina línea de vello que apuntaba directamente hacia su...

«¡Hacia tu caída!», pensó para sus adentros.

Estaba furiosa consigo misma. Tenía que poner fin a eso. Iba a llamar a Kiba. Tenía que conseguir librarse de... de aquella urgencia que inundaba su sistema, incluso aunque tuviera que seducir al agente buenorro en el asiento trasero del coche patrulla.

—Te preguntaría cómo te encuentras —logró decir—, pero algunas cosas son evidentes.

—He pasado por cosas peores.

—¿No deberías vendarte el pecho? —«En este mismo segundo. Ocultar todo ese músculo para que no pueda verlo.»

—Ya no se hace eso —explicó él—. Impide respirar con normalidad.

Entonces ¿qué le pasaba a ella? Apenas podía llenar sus pulmones de aire.

En el mismo momento en que ella empezó a rezar para sus adentros, rogando que se pusiera más ropa, él agarró una sudadera azul marino de cremallera del respaldo del sofá y se la puso. Pero no la cerró.

—¿No has mencionado algo sobre una tortilla? —dijo él—. Veamos qué es lo que ha crecido más.

Él salió a la terraza donde estaba el huerto urbano con la sudadera abierta, para que se viera bien una de las obras maestras de la madre naturaleza. En lugar de utilizar su ausencia para recuperar el equilibrio, Hinata lo siguió.

Estaba agarrando algo que, a primera vista, parecía una cebolla, pero luego se dio cuenta de que era un puerro. Naruto parecía más a gusto allí que cuando se codeaba con la multitud que llenaba Rasengan. Estaba complemente relajado. Se le ocurrió de repente que excavar la tierra con esas grandes y competentes manos era lo que más le convenía.

—No encaja —comentó ella—, que alguien como tú sea el propietario de una discoteca.

—No sé por qué lo dices.

—Porque el granjero Namikaze nació para arar los campos.

—Para ti soy el ranchero Naruto. Te recuerdo que procedo de Oklahoma. Y jamás me había alegrado tanto de irme de un sitio.

A pesar de la baja temperatura reinante, él estaba descalzo y no había subido la cremallera de la sudadera. Sin embargo, no parecía que el frío le afectara. Ella miró el rincón donde estaba la chimenea, no muy lejos de las puertas de cristal que daban acceso a la terraza.

Era un hogar redondo, con una repisa de pizarra en la parte superior, y una chaise acolchada lo suficientemente amplia para dos.

—En tu biografía no hay demasiados datos sobre tu infancia —observó ella—. Solo que creciste en un rancho y perdiste a tus padres cuando eras pequeño. —Igual que ella—. Es como si no existieras antes de empezar a jugar con los Oklahoma.

Él había seleccionado entre las tomateras, pero no había retirado todos los tomates, solo un par de ellos. Se metió uno en la boca.

—Mi abuelo y yo éramos ganaderos, pero las tierras no eran nuestras, las teníamos arrendadas. Unos sesenta acres, no muy buenos. Algunas vacas y cerdos. Los alimentábamos con maíz. Él era veterano de guerra, y en esa época no se hablaba demasiado sobre el síndrome de estrés postraumático. A veces estaba bien, otras no.

Ella intuyó lo que venía después; alcoholismo, abusos físicos. Deseó no haber sacado el tema.

Pero Naruto la sorprendió.

—Mi abuelo era un hombre sensible, y esa fue una de las razones por las que la guerra le resultó tan dura. Durante gran parte del tiempo, no era capaz de hacer nada; apenas podía levantarse de la cama, así que yo ocupaba su lugar. —Puso la tapadera a un recipiente de hierbas protegidas de las heladas—. Tenía siete años la primera vez que conduje un camión. Recuerdo que me senté sobre un montón de sacos de grano y unos bloques para poder llegar a los pedales. —Se rio, pero ella no encontró que aquello fuera divertido—. Hubo un par de inviernos en los que incluso eché de menos asistir a la escuela, lo juro.

—Eso no está bien.

Naruto se encogió de hombros y recogió su cosecha.

—Los animales tienen que ser atendidos, necesitan comida y cuidados, y mi abuelo no siempre podía salir de la casa.

—Una vida difícil para un niño.

—Yo no conocía otra cosa.

Lo siguió al interior. Él dejó lo que había recogido junto al fregadero y abrió el grifo. Los pantalones de chándal se habían deslizado tan abajo por sus caderas que agradeció que estuviera de espaldas a ella.

—La primera ciudad que visité fue Norman —continuó él—. Tenía dieciséis años, y pensé que aquello era el paraíso. Después de que mi abuelo muriera, no miré atrás.

Ella dejó su cazadora en el respaldo de un taburete de la barra.

—Debe de gustarte algo de la vida rural, o no hubieras creado este increíble huerto urbano.

—Me gusta ver crecer las cosas. Siempre me ha gustado. —Arrojó un puñado de espinacas en un colador de acero inoxidable—. Empecé una especialidad en plantas y terrenos en la Universidad de Oklahoma, pero luego descubrí que había que ir a clase. Deportista universitario es una especie de oxímoron. —Regó las espinacas con agua y sacudió el colador—. Me encanta el ritmo de vida en la ciudad, y por mucho que me gusten los animales, no me gusta criarlos. En especial a los cerdos. —Tras limpiar las hojas las puso sobre una toalla de papel—. No sabría decirte la cantidad de veces que lograron salir de la pocilga para destrozar mi huerto. Es el único animal que odio.

Ella pensó en Oinky.

—¡Los cerdos son muy tiernos!

—Sí, ya. Tú duermes con uno.

—No duermo con...

Él la miró por encima del hombro.

—Ya veríamos lo tiernos que te parecen, chica de ciudad, si tuvieras seis años y un cerdo de cuatrocientos kilos se escapara. Un resbalón y te convertías en su almuerzo. Comen de todo.

—Bueno, nosotros también nos los comemos, así que...

—No estoy diciendo que no sea una especie de justicia divina, pero los niños y los cerdos son mala combinación. —Sacó un cuchillo de chef—. Todavía tengo pesadillas.

—A ver si lo he entendido bien. Tú, Naruto Namikaze, el quarterback que se incluyó cinco veces en el equipo ideal de la NFL, el que obtuvo dos veces el mejor promedio en la liga, ¿tienes miedo de los cerdos?

—Sí. —El filo del cuchillo golpeó la tabla de cortar.

Ella se rio, y luego recordó que no estaba allí para divertirse.

—Esta mañana he ido a ver a Deidara. No tiene una sola magulladura.

—¿Ya estás de nuevo con eso?

—¿Sabías que tu querido amigo Nagato y su novia Konan abandonaron su apartamento sin dejar una dirección?

Él la señaló con la punta del cuchillo.

—Por última vez. Fue un atraco, no un ataque planificado de antemano.

—Estoy segura de que te gusta pensarlo. ¿Por qué no me ayudas a entenderlo y así podré dejar de obsesionarme con ello?

Él se pasó el dorso de la mano por la barba incipiente que cubría su mandíbula.

—Nagato es un exaltado, pero ya lo arreglamos entre nosotros.

—Eso fue antes de que despidieran a Konan, ¿verdad? —Se puso a buscar los huevos.

—Las emboscadas no son su estilo.

—Tienes más fe en tu amigo que yo. —Intentó encontrar también un poco de queso y vio un trozo de cheddar importado.

—Mientras sepas priorizar la situación... —Naruto la miró desde el otro lado del mostrador. Ella deseó que se subiera un poco los pantalones. O que se abrochara la sudadera. O que se quedara calvo. Pero aun así seguiría estando increíble.

—¿No estás pasando por alto a un par de agresores más que evidentes en tu escenario imaginario? — Él puso los puerros sobre la tabla de cortar—. ¿Qué me dices de ese misterioso cliente que te contrató para espiarme?

—Si tuviera alguna duda sobre mi antiguo cliente, ¿no crees que habría hecho algo al respecto? — Buscó una sartén y un rallador de queso—. Te aseguro que mi cliente misterioso no es una amenaza.

—Exacto. Nadie lo es. Fue un asalto fortuito. Un matón que acechaba en el callejón en busca de una presa fácil.

Hinata supo que no iba a conseguir nada de él insistiendo en ese momento y retrocedió de forma temporal.

—¿Cómo van las cosas con Shion?

—Más despacio de lo que me gustaría, pero lo conseguiré.

—¿Estás seguro?

—Estaría loca si no invirtiera. Mi idea es magnífica y tengo las conexiones adecuadas para llevarla a cabo.

Ella notó el gesto determinado de su mandíbula. Una vez que Naruto decidía algo, era como si lo diera por hecho.

Después de eso, trabajaron juntos sin comentar mucho más que «Estás acaparando el fregadero» o «¿Dónde está el chile?». Ella salteó las verduras con un poco de aceite y vertió los huevos que había batido, los condimentaron con las hierbas que él había picado junto con un generoso puñado de queso cheddar rallado. Naruto cogió unos platos blancos de la alacena y sacó el pan que había puesto en la tostadora.

Cuando todo estuvo listo, la imagen doméstica de la escena había comenzado a hacerle mella. Hinata deseó que no le gustara tanto, pero ¿cómo no iba a ser así?

Ese era el hombre que hubiera querido ser si hubiera nacido varón. Dejando a un lado su dinero y su fama, era un tipo inteligente, comprendía el trabajo duro y, salvo esa vena terca y dictatorial que poseía, era bastante decente.

—Vamos a tomarlo fuera —sugirió ella mientras él servía el café—. Pero solo si te cierras antes la sudadera. —Necesitaba una buena razón y diferente de la real—. Esas heridas no son apetecibles.

—Tu compasión por el sufrimiento humano me enternece el corazón.

—Soy muy sensible, lo sé.

A él se le dibujaron unas arruguitas en las esquinas de los ojos.

Incluso en una fría mañana de octubre, el espacio que había creado en un rincón del huerto resultaba acogedor. La celosía cubierta de enredaderas hacía de cortavientos natural, y los mullidos cojines de lona color púrpura que cubrían las sillas resultaban invitadores y cómodos. Hacía mucho tiempo que no comía nada tan sabroso como la esponjosa tortilla que habían hecho con aquellos ingredientes naturales.

Se sentía casi... feliz.

Naruto la observó desde el otro lado de la mesa. Hinata no era de las que picoteaba la comida, y aunque tomaba bocados pequeños, se las arregló para terminar la tortilla en un tiempo récord. Cuando se acordaba de comer, lo daba todo, igual que en el resto de las cuestiones. ¿Cómo era posible que alguien tan duro, tan determinado y decidido, que alguien valiente, resultara a la vez tan femenino?

Había demasiada humedad y estaba demasiado nublado para comer al aire libre, pero era tan consciente de que había una acogedora cama por encima de sus cabezas que no había protestado al salir allí. Era un buen lugar para enfriarse. Salvo que, hasta ese momento, solo se había calentado más.

Hinata dejó el tenedor en el plato. Él ya se había dado cuenta antes de lo delicadas que eran sus manos, y tomó nota mental de no usar esa palabra delante de ella.

Un rato antes, la había visto mirándole el pecho. Al principio había supuesto que era por las magulladuras, pero luego recordó que ella se sentía atraída por esa parte en particular de su cuerpo y decidió conseguir que lo que le pasaba por la cabeza fuera todavía más interesante. Dejar la sudadera abierta a propósito había sido una de las jugadas más sucias que hubiera hecho nunca. Aunque todo lo que le diera ventaja era válido.

—Temari Nara piensa que tampoco es ninguna de tus ex novias despechadas —comentó ella.

—¿Cómo se te ha ocurrido ir a hablar con Temari?

—Quería satisfacer mi curiosidad.

—Bueno, pues déjalo ya. Ya no trabajas para mí, ¿recuerdas? Y no estoy pensando en volver a contratarte.

—¿Conoces a alguna otra persona en la que confíes lo suficiente como para investigar lo ocurrido? Ella también mencionó que había habido un par de locas.

—¿La última? Una lunática llamada Natahi Crocker.

—Es totalmente inofensiva.

—¿Y tú? —Él se reclinó en la silla y la observó. La cara de Hinata estaba llena de vida. En sus ojos brillantes se podía leer un mundo de emociones. Y su boca... Era mucho lo que quería hacer con esa boca. Tanto como lo que deseaba que esa boca hiciera por él.

Ella tardó demasiado tiempo en mirar hacia otro lado. Naruto sonrió para sí mismo. Hinata no era tan indiferente como le gustaba aparentar.

La vio ir a buscar el bolso de bandolera y sacar un bloc de notas del interior.

—Hace años que estás en el ojo del huracán. Tienes que haber recibido los correspondientes mensajes de odio.

—Los Stars todavía filtran mis correos. Si hubieran recibido algo que debiera tomarme en serio, me lo habrían hecho saber.

—¿Con quién puedo ponerme en contacto allí?

—No vas a hablar con nadie. Y guarda ese cuaderno. Ha sido un ataque fortuito, y ya no trabajas para mí.

—Alguien tiene que hacer este trabajo.

—¿En serio? Entonces ¿por qué no te has fijado en el sospechoso más evidente? Mi amigo, el príncipe oscuro.

Ella jugueteó con el borde del bloc.

—Estoy en ello.

—Vas muy despacio. Y sé por qué.

La vio asentir.

—Porque me siento responsable.

—No lo eres, pero me gusta que te sientas culpable. —Apreciaba la forma en la que se acercaba al asunto, sin pretender ignorancia ni disimular como otras personas. Hinata era de fiar. Salvo cuando elegía no serlo.

Ella hizo una bola con la servilleta.

—¿Cómo iba a saber yo que darías al príncipe Toneri un anillo de la Super Bowl falso? Y él está ahora en Londres. Sí, lo he comprobado. No es que signifique nada, claro está. Y sí, de nuevo, estoy preocupada. Una cosa es pensar que se trata de un ex empleado descontento o un fan de los Broncos que no es capaz de olvidar que lanzaste contra ellos un pase bomba desde la línea de catorce yardas. Y otra muy diferente pensar en enfrentarse a un dignatario extranjero, y utilizo esa palabra con prudencia. Él podría contratar a cualquiera.

—Mira, Hinata. Sé que tienes un buen corazón, pero lo cierto es que eres una investigadora sin trabajo, y que tratas de buscarte uno.

En cuanto lo dijo, quiso retirarlo. Los ojos de Hinata se oscurecieron y su ancha boca se curvó hacia abajo, aunque solo fuera por un instante. Siempre se había mostrado imperturbable, incluso se había divertido, ante las pullas que le había lanzado sobre su forma de vestir, su actitud, pero ahora había insultado su integridad y no era agradable ver cómo le había dolido.

Ella se levantó de la silla con la espalda recta.

—Tengo que marcharme.

Él la imitó para cerrarle el paso.

—Espera. No era eso lo que quería decir.

—Creo que era justo lo que querías decir —aseguró ella en voz baja.

—No, no es cierto. —La agarró por los hombros. Ella no se apartó, se limitó a alzar la cabeza y a mirarlo fijamente, como si lo estuviera desafiando a insultarla de nuevo.

Aquellos hombros parecían encajar perfectamente en las palmas de sus manos. Su personalidad era tan grande que a veces olvidaba lo pequeña que era comparada con él.

—Hinata, adoras lo que haces, y lo único que quiero decir es que eso puede hacer que pierdas un poco el juicio.

De hecho, ella pareció pensárselo. Por fin, la vio negar con la cabeza.

—No es así. Pero acepto tu disculpa.

En realidad no se había disculpado.

—Y eres tú el que ha perdido el juicio. Quieres creer que fue un ataque fortuito, por lo que has cerrado la mente a cualquier otra posibilidad.

Los motivos de Hinata eran puros, pero equivocados.

—Me gustaría haberte tenido en mi línea defensiva cuando jugaba. Nadie habría podido llegar a mí.

Ella sonrió de forma abierta y genuina. Los enfurruñamientos no formaban parte de su naturaleza.

No estuvo exactamente seguro de cuándo se encontraron sus ojos, solo sabía que seguía con las manos en sus hombros y que todos los dolores y molestias se habían desvanecido. Ella alzó el brazo y le rozó la mandíbula magullada con los dedos en una caricia tan suave que apenas la sintió.

La brisa movió uno de los oscuros mechones de Hinata sobre su mejilla. No estaba acostumbrado a mirar así a nadie. De esa manera tan profunda. Veía algo más que unos ojos grandes y una boca apetecible y suave. Besarla fue lo más natural del mundo.

Ella podría haberlo detenido girando la cabeza, pero no lo hizo, solo abrió los labios y deslizó las

manos por debajo de su sudadera para tocarle la espalda desnuda.

El beso se volvió ardiente y sus cuerpos se fundieron. Una cálida oleada de sangre lo atravesó. Lo único que quería era estar dentro de ella y poder satisfacerla de una forma en que nadie lo había hecho. Quería oírla gemir. Que le rogara. Que lo deseara tanto como la deseaba él.

Hinata le despojó de la sudadera y él le quitó la camiseta por la cabeza. Debajo llevaba un sujetador negro. La llevó al enorme diván.

Los cojines de color púrpura eran suaves, pero él cayó sobre su costado malo e hizo una mueca.

Ella se echó hacia atrás como si se hubiera quemado.

—No podemos. Estás...

Él interrumpió sus palabras con la boca y rodó hacia el lado bueno, llevándola consigo. Le apresó el trasero por encima de los vaqueros. Tenía que quitárselos. Despojarla de toda la ropa. Escuchó un zumbido sobre su cabeza mientras deslizaba un dedo por debajo del tirante del sujetador. Posó los labios en su hombro. El zumbido se hizo más fuerte. Impulsándolo. Hacia delante. Más anhelante.

Ella lo empujó con tanta brusquedad que él casi se cayó del diván.

La vio coger algo.

El zumbido... No procedía realmente del interior de su cerebro embotado por el sexo. Venía de encima de ellos.

Un dron plateado en forma de X flotaba en el aire, sobre sus cabezas. Naruto soltó una maldición. El aparato trazó un pequeño círculo justo encima del huerto y luego otro.

Y después, explotó.

Fragmentos de fibra de vidrio, plástico y metal volaron por todas partes.

Hinata estaba erguida en medio del huerto, vestida solo con los vaqueros y un sujetador negro, con el brazo levantado. En la mano, aquella mano que solo unos momentos antes le había acariciado, llevaba una pistola semiautomática.

Un disparo. Eso era lo que había hecho ella para derribar el dron. Un disparo perfecto.

Se apoyó en la pared de ladrillos de la terraza. Nada como una mujer con una pistola para que uno cambiara de estado de ánimo.