Capítulo 33:

Confianza

Draco se maravilló porque, a pesar de que su mente estaba ida, adormecida y confusa, todavía era capaz de pensar en Harry. Se preguntó si ya se había dado cuenta de su desaparición, si estaría buscándole o, por el contrario, aún seguía esperando a que Draco saliese de aquella habitación de interrogatorios. Su cerebro pensaba en todas esas cosas, pero su cuerpo seguía actuando en contra de su voluntad.

Les había aparecido en un callejón al sur de París. Había estado allí con sus padres una vez y Draco ni si quiera recordaba aquel callejón, pero supuso que había sido la orden de Ivan de aparecerlos lo más lejos posible la que había hecho que aterrizasen allí. Ivan le había quitado su varita, se había adecentado, había transformado sus túnicas en ropa muggle y le instó a caminar por las calles francesas cogidos de la mano como si fueran una pareja normal. Apenas podía registrar nada a su alrededor y cada vez que pensaba en clavar sus pies en el suelo para dejar de andar, la maldición se fortalecía y le hundía aún más en esa sensación de calma flotante con la que actuaba el imperius.

Se detuvieron en lo que parecía ser un descampado con un edificio en construcción. Ivan abrió la verja metálica y le obligó a entrar. Notó cómo atravesaba una barrera mágica y ante él aparecía una casa. Era pequeña y funcional, con todas las estancias repartidas en un solo piso. Los cristales de las ventanas estaban sucios y había una capa de polvo cubriendo todos los muebles. Ivan caminó directamente a un aparador en el salón, mientras Draco permanecía inmóvil en medio de la sala. Le vio sacar una vieja pluma y tendérsela.

—Es un traslador; nos llevará a casa —explicó Ivan. A casa, repitió su subconsciente. Tenía ganas de vomitar—. Sujétalo fuerte.

Su mano izquierda se aferró a la pluma. Escuchó la palabra de activación del traslador y un parpadeó más tarde sintió un tirón en su vientre que se detuvo en cuanto sus pies pisaron el césped de un prado.

Estaban frente a otra casa, está mucho más grande y mejor conservada. Podía escuchar el sonido del mar en algún lugar.

—Vamos —apremió el búlgaro. Le agarró del brazo para conducirle a lo alto de una colina. Pasaron de largo la casa y se detuvieron en un cobertizo del cual Ivan sacó una vieja escoba—. Otro traslador.

Repitieron ese mecanismo una tres veces más: llegar hasta una casa o edificio, buscar un traslador y activarlo para saltar al siguiente lugar. Era una práctica común en criminales que necesitaban huir. Su padre había trazado en su día una ruta de trasladores en el caso que tuvieran que huir de Voldemort.

Draco no pudo reconocer mucho hasta que aterrizaron directamente en el salón de una casa. Tenía muebles antiguos aunque bien conservados, una enorme chimenea y un escudo tejido en un tapiz en la pared, lo que le indicó que era una casa mágica familiar.

—Bienvenido a la Mansión Stoev —dijo Ivan, alzando los brazos y sonriendo orgulloso. Draco desvió su mirada hacia la mesa de café cuando Ivan dejó allí su varita descuidadamente—. La heredé hace poco. No es mi casa favorita, pero las barreras hacen que todo rastro mágico se elimine, así que nadie nos podrá encontrar.

Se acercó a él, aún con esa sonrisa altiva plantada en la cara y acarició una de las hebras que caía sobre su frente. Su cuerpo no se estremeció ni se apartó tal y como quería hacer, simplemente se quedó ahí parado aceptando la caricia de Ivan.

—No sé si es porque te he echado demasiado de menos o realmente te has vuelto más atractivo con la edad —murmuró a centímetros de él. Acaricio su pómulo y luego bajo hasta su barbilla, la cual agarró fuertemente. Le vio mirar su labios y Draco supo con temor lo que iba a venir antes de que el otro hablase—. Bésame.

Era lo último que quería hacer e intentó encontrar alguna manera de rechazar la orden, pero la maldición tiró de él, adormeciendo su mente y sus músculos, dejándole aturdido y ausente. No fue consciente de que se había inclinado hacia delante, pero sintió la presión en sus labios, las manos de Ivan en su cintura, apretándole contra él y la humedad de su lengua.

Estaba sin aliento cuando se separaron, pero no por el beso, sino por el esfuerzo que estaba poniendo por deshacerse la maldición. Su visión se tornó borrosa por un segundo y su mente se desorientó.

—¿Estás enamorado de Potter?

Ni si quiera hubiera sido capaz de pensar en una respuesta si no fuera porque el Imperius le obligaba a contestar.

—Sí.

Ivan se separó de él con una mueca de disgusto que transformó indiferencia un segundo después. Se encogió de hombros, caminando hacia un estante del salón.

—Es una pena —comentó con desgana—, porque eso significa que no puedo quitarte el hechizo porque no vas a colaborar. Ambos sabemos lo testarudo que puedes llegar a ser, ¿verdad? Aunque tampoco puedo mantenerte demasiado tiempo bajo él. La gente puede llegar a volverse loca por resistirse a un Impeirus.

Cuando el búlgaro volvió a su lado, lo hizo con un pequeño vial con un líquido de color amarillo claro. Lo destapó y enseguida le inundó un olor dulce y avellanado.

—Esto que tengo aquí es Adfectus. Es una poción muy poderosa. Creo que en tu país tenéis una parecida. ¿Amortentia, se llama? Sí, es algo parecido a eso, aunque el Adfectus es mucho más... pasional. Como un afrodisíaco. Un sorbo de esto hará que vuelvas a estar enamorado de mi, así podré quitarte la maldición —Ivan le miró arrogante y orgulloso, totalmente satisfecho con su plan—. Bébetelo.

El corazón de Draco se aceleró, y se alegró de que se acelerase porque eso significaba que había conseguido obtener una reacción genuina, contraria al Impeirus. Aun así, vio con terror como si mano se alzaba para agarrar el vial. Lo elevó lo suficiente como para apreciar pequeños remolinos de color blanco en el líquido, pero no llegó a su boca. Cerró los ojos con fuerza, haciendo lo posible para resistirse al tirón que le obligaba a obedecer.

—Bébetelo, Draco —ordenó Ivan en un gruñido.

Sintió que le agarraba del brazo con fuerza, sacudiéndolo levemente. Su mano empezó a temblar, haciendo que el líquido oscilase dentro del vidrio. Su cabeza empezó a doler y su respiración se hizo irregular. Su cuerpo entero comenzó a vibrar.

—¿Qué es eso?

Parpadeó ante la mirada atónita de Ivan. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que no era su cuerpo el que temblaba, sino toda la casa. Y eso solo significaba una cosa: alguien estaba intentado traspasar las barreras

Desvió su atención hacia su mano, que aún se aferraba al vial.

Suéltalo, pensó.

Para su total asombro, sus dedos se abrieron, dejando caer el vial al suelo, el cual se rompió con un sonido estridente. Ivan azotó su rostro hacia él. Por primera vez, no había una sonrisa en su rostro.

Accio varita —exclamó. Su varita voló hacia su mano a pesar de que Ivan había tirado de él con fuerza, casi haciéndole perder el equilibrio—. Expulso.

El búlgaro salió despedido hacia atrás, chocando contra una de las paredes. Draco se tambaleó. La cabeza le iba a estallar, sentía un ligero zumbido en sus oídos y había un hilo de sangre saliendo por su nariz. Se aferró a la parte de atrás del sofá, intentando mantenerse erguido.

—Draco, deténte.

—Que te jodan —gruñó y luego le volvió a apuntar con su varita—. Desmaius.

Ivan cayó inconsciente como un bloque de ladrillos pesados. Le vio golpearse la cabeza directamente contra el suelo, pero ni si quiera le preocupó. Lo que sí le tenía intranquilo era que el temblor en toda la casa aún continuaba y, en vez de detenerse, cada vez se iba intensificando más. Sabía que no iba a poder aparecerse en el Ministerio de nuevo y tampoco tenía la fuerza para poder convocar a su patronus para pedir ayuda.

Caminó con paso vacilante hacia fuera del salón y recorrió unos pocos metros hasta dar a un baño. Cerró la puerta y conjuró el encantamiento de bloqueo más fuerte que conocía.

La casa se quedó quieta de repente y fue el turno de Draco de empezar a tiritar. Escuchaba su pulso acelerado en el interior de sus tímpanos, su visión era desenfocada y tenía la sensación de que iba a expulsar su estómago por la boca en cualquier momento. Aún así, se mantuvo de pie en medio del baño con su brazo trémulo apuntando hacia la puerta. Aguantó la respiración al escuchar unos pasos acercarse por el pasillo y detenerse frente al baño.

—¿Draco?

Jadeó, se llevó la mano a la boca y bajó la varita en cuanto reconoció la voz de Harry. Estuvo a punto de abrir la puerta sin pensárselo dos veces, cuando una pequeña parte sospechosa de su mente le hizo detenerse. ¿Y si no era Harry?

Dio un paso hacia atrás y volvió a elevar su varita. No contestó, a pesar de que la persona al otro lado de la puerta había empezado a golpearla y le llamaba con preocupación. Draco se quedó en silencio, aun cuando sus ojos estaban empezando a llenarse de lágrimas porque no quería hacer otra cosa que abrir la puerta.

—Draco, te lo suplico —dijo Harry, después de que todos sus hechizos fallasen su intento de entrar—. Ábreme la puerta, por favor. Vamos, pajarillo.

La última palabra le robó el aliento. Tragó el nudo que se le había formado en la garganta y su pecho se llenó de alivio. Solo Harry le llamaba así. Solo su Harry sabía eso.

Avanzó hacia la puerta, deshaciendo el hechizo de bloqueo. Se encontró de frente con el rostro desencajado de Harry y sus ojos llenos de desesperación. Soltó un sollozo y suspiró reconfortado cuando fue envuelto en un fuerte abrazo instantáneamente.

—¿Estás bien? —le preguntó su novio, separándose de él para observarle detenidamente— ¿Te ha hecho algo?

—Estoy bien —aseguró.

Se desmayó antes de poder añadir algo más.


No fue una sorpresa que despertase en San Mungo después de haber pasado toda la noche y parte del día durmiendo. Tampoco le sorprendió que El Profeta se enterase de lo que había ocurrido y lo publicase en primera plana esa mañana. Había recibido la visita de su madre, la cual le había regañado hasta la saciedad por no haberle contado nada, le había dado un discurso tremendamente largo sobre su necedad de guardarse las cosas para sí mismo y esa terquedad que tenía en lidiar con los problemas él sólo, cuando siempre podía contar con su familia. Draco la había escuchado en silencio, sin poder rebatir nada porque sabía que tenía razón. Sus amigos también le habían visitado, exigiendo saber porqué no les había hablado de su situación antes y prometiendo que destrozarían a Ivan si lo llegasen a ver algún día, lo que le hizo reír durante un buen rato.

Harry se mantuvo a su lado todo el tiempo, cruzado de brazos y observando con ojo crítico cada cosa que le decía el medimago. Le hicieron algunas pruebas y le suministraron pociones para cada cosa que le doliese. Algunas horas después, se encontró aletargado y cansado, aún con un dolor palpitante en la cabeza y un sueño terrible.

Miró a su novio, quien se sentó a su lado en cuanto las visitas se fueron y el medimago los dejó solos. Extendió la mano para entrelazar sus dedos con los de Harry.

—¿Todavía estás enfadado conmigo? —preguntó en voz baja.

Harry le observó con sorpresa y luego negó con la cabeza.

—No estaba enfadado contigo.

—Pero estabas molesto.

—Estaba molesto —admitió, sonriendo levemente. Draco correspondió su sonrisa, admirado por esa franqueza que siempre tenía—, pero no contigo, sino con la situación en general.

—Lo siento.

Apretó la mano de su novio, todavía sintiendo esa culpabilidad aferrada a su pecho.

—Yo también —murmuró Harry, acariciando su brazo—. Le dije a Hermione que no era buena idea que tú interrogases a Stoev, pero no me hizo caso. No debería haberte dejado a solas con él.

—No fue tu culpa.

—Podría haberlo evitado.

—Es mi trabajo, Harry. No puedes hacer nada contra ello.

El moreno suspiró, envolviendo la mano de Draco con las suyas y apoyando su frente en ellas.

—Cuando entré en la sala y vi que no estabas... —la voz de Harry se extinguió, como si el simple hecho de recordarlo le doliese. Draco alzó su mano libre para acariciar el cabello de Harry y trazar pequeños círculos reconfortantes—. Fue horrible.

—Pero estoy aquí —consoló en un tono suave—. Me encontraste. No sé cómo, la verdad, pero lo hiciste.

Harry alzó la cabeza para mirarle. Sus ojos estaban brillantes y a Draco se le apretó el pecho dolorosamente al saber que era porque estaba aguantando las lágrimas.

—Rastreando el vínculo que tu varita todavía tiene contigo —explicó, señalando su tatuaje—. Era débil, pero estaba desesperado y, bueno... funcionó.

Acaricio el antebrazo de Harry, sonriendo cuando una chispa de magia atravesó sus dedos y recorrió su cuerpo.

Pensó en lo preocupado que tuvo que estar su novio, su reacción al saber que Draco había desaparecido y su angustia por encontrarle.

Y luego se dio cuenta de que Harry le había hallado realmente rápido.

—No dudaste de mi—afirmó, cayendo en la cuenta de que Harry debía haber empezado a rastrearle poco después de que Ivan lo secuestrase—. Me buscaste de inmediato porque no creíste que me había ido por voluntad propia, a pesar de lo que te dije ayer.

Harry le regaló una mirada suave y comprensiva, llena de cariño.

—Confío en ti —había tanta seguridad en su voz que a Draco le dolió y le hizo sentir intensamente culpable—. Me dijiste que no sentías nada por él, y te creo. No pensé ni un solo segundo que te fuiste con él por tu cuenta.

Agachó la vista, incapaz de mirar los ojos verdes de Harry.

—Yo también confío en ti —dijo. Aunque no lo demuestre tan bien como tú, terminó en su mente.

—Sé que es difícil, Draco. Nunca te pediré ni te exigiré nada que sé que no vas a poder darme —el tono de Harry era comprensivo, y no había nada de esa molestia o decepción que se había reflejado en su expresión el día anterior. Draco respiró aliviado al ver que parecía haberle perdonado—, pero me gustaría que la próxima vez que te ocurra algo, fueses sincero y hablases conmigo antes.

—Lo haré —prometió—. Sé que no debería habértelo ocultado.

—Mucha gente me ha ocultado cosas durante mucho tiempo. Mis tíos nunca me dijeron que era mago, Dumbledore no hacía otra cosa que dejarme pistas durante la guerra pero no me aclaraba nada, Snape, la Orden del Fénix..., todos me ocultaron cosas porque creían que era por mi bien —Harry se detuvo, suspirando sonoramente—. Es horrible saber que está pasando algo y que la gente no te lo diga. No quiero tener esa sensación contigo, Draco. Aunque pueda llegar a enfadarme o preocuparme, prefiero que hables conmigo y me cuentes las cosas.

Asintió, diciéndose a sí mismo que no iba a volver a fallarle. No iba a volver a ver a Harry decepcionado o sintiéndose inseguro por su culpa. No se lo merecía, no después de la mucha confianza y amor que había depositado su novio en él.

Ahora solo faltaba que se lo demostrase.


It's Fridaaay yeeeah, Saturday, Sunday!

Push it, let's push it...

En fin.

Aquí acaba mi coro de entrada jajaja.

Estuve reflexionando mucho sobre este capítulo. Como dije la semana pasada, no sabía cómo terminarlo, pero quien me suele leer sabe que soy apasionada de los finales felices, así que no podía ser de otra manera.

También dudé mucho sobre cómo hacer este final feliz, porque no quería que Harry fuese demasiado héroe, sino que Draco fuese capaz de salvarse a sí mismo. Al final hice un poco de ambas.

Y, me emociona mucho decir que apenas queda capítulos de esta historia. Dig porque estoy dudando en sí escribir un prólogo/capítulo extra, pero se puede decir que ya casi estamos terminando.

¡Y eso significa historias nuevas!

Tengo ganas de escribir algo nuevo, aunque apenas tengo tiempo, porque siempre es emocionante. Y yo no tengo solo una historia nueva por escribir, sino tres ya que prometí cuando llegué a los 3k en Wattpad que continuaría con tres de mis hashtags de "#UnHashtagUnaHistoria", así que se me acumula el trabajo.

De momento, vamos a terminar primero con este fic.

¡Nos leemos el viernes!