Ahí estaba Inuyasha, lleno de nervios en frente a la residencia Higurashi. Tenía en sus manos lo que había comprado para merendar con las chicas... y en otra una muñeca que también compró pensando en Moroha junto con unas flores para Kagome.
Moroha... era un nombre encantador.
Su padre le contó que la niña era alegre y vigorosa, y cuando él alcanzó a verla de la mano de Kagome y ese otro hombre... realmente pareciera ser que su papá no lo mentía.
Esa tarde había pensado mucho en lo que esperaba de Kagome y su niña, cómo le había dicho Miroku, el tenía que contarles la verdad. Primero acercarse a Kagome, asegurarse que no estuviese en peligro y... tal vez llamar a Kikyo para contarles la travesía que habían pasado.
También pensó en Akitoki Houjo y en el hombre que aparentemente estaba al lado de Kagome en esos momentos. Aunque Miroku le había dicho unas mil veces que Kagome no tenía pareja actualmente, algo le ardía en el pecho al pensarla con ese hombre que las llevaba de las manos el otro día.
"― Ese es Koga ―Miroku señaló al joven de pelo oscuro, quién caminaba de un lado a otro en urgencias― Él y Kagome fueron novios mucho tiempo, pero ella terminó con él... Sango nunca me contó las razones, pero la hija de Kagome lo ve como a un padre."
Él se lo había preguntado, pero dio cada palabra que Miroku le dijo.
Tal vez... el podría reconstruir con Kagome lo que tuvo que abandonar años atrás. Kikyo lo había dicho antes de marcharse: Inuyasha, tú siempre la amaste... Puedes recuperar su cariño si te lo propones.
La pregunta, más que si podía... era si realmente se lo merecía.
Eso lo decidiría Kagome... Pero tendría que luchar.
¡Luchar por el amor de su hija y del amor de su vida. Porque lo era... a pesar de todo el dolor que pasó a lo largo de esos años nunca olvidó lo que se sentía estar en sus brazos, estar junto a ella y sentirse en su hogar.
Miroku y su charla luego de ver a Kagome por primera vez en el hospital lo había despertado. Tenía que dejar de sentir lástima por si mismo y hacer algo.
Se llenó el pecho de aire y puso una cara de gallardía.
― ¡Moroha no corras! ―escuchó la voz de Kagome a sus espaldas y se sobresaltó.
Pronto sintió como un pequeño cuerpecito impactando con sus piernas y oyó un chillón: "Auch".
― Lo lamento, señor ―la voz de la pequeña niña llegó hasta el corazón de Inuyasha, y se volteó para verla.
La pequeña estaba vestida con su uniforme escolar, uno que recordaba muy bien en Kagome cuando eran niños. La pequeña era una copia de si mismo... con los ojos llenos de alegría de Kagome.
― Inuyasha... ―Kagome llegó corriendo detrás de la niña y lo miró con una sonrisa.
La mirada impactada de Inuyasha se fijó en Kagome.
El peliplata estaba anonadado. Sentía en lo profundo de su ser una alegría que no había experimentado nunca. Esa niña era... un pedacito de ella y de él.
Con una mirada llena de ternura, le demostró a Kagome lo que sentía en su interior. Ella asintió, como si comprendiera su reacción.
― Ella es Moroha... Inuyasha.
La niña miraba confundida a ambos adultos.
― ¿Él es tu amigo? ―preguntó.
"Soy tu padre, pequeña..." quería decirle él.
― Si, él es el tío Inuyasha ―Kagome terminó por presentarlos― Saluda, Moroha.
Inuyasha tuvo que salir del trance, sacudir la cabeza y sonreír. Se arrodilló hasta la altura de la pequeña y la miró con atención, memorizando su rostro... sus cejas moldeadas, sus ojos caramelo y sus labios pequeños.
― Hola, tío Inuyasha ―ella sonrió.
― Hola, pequeña Moroha...
Ella parece un ángel ―pensaba él.
Kagome notó que Inuyasha parecía estar ligeramente en shock. Sus pupilas parecían cristalizarse un poco, y miraba muy tiernamente a Moroha... pero ella no entendía.
― Bueno, podemos entrar todos y preparamos la merienda ¿Les parece? ―ella trató de romper aquella tensión.
La mujer tomó del hombro a Moroha y la empujó levemente hasta el portón de la casa.
― ¡Voy a cambiarme y estoy en un minuto! ―Moroha corrió al interior de su hogar.
Inuyasha se levantó del suelo, en donde seguía arrodillado. Siguió con la mirada a Moroha hasta que esta entró por la puerta, fue allí cuando se giró hacia una Kagome sonriente e igual de emocionada.
― K-Kagome ―el titubeó.
No podía dejar de actuar como idiota, porque su corazón latía fuertemente. Un amor de padre lo inundó y sólo cruzó una frase con la niña.
― Ella es hermosa ¿No lo crees? ―Kagome preguntó mientras le sonreía.
― Tiene tus ojos ―fue lo único que pudo decir él.
Ella soltó una risita y se sonrojó levemente.
― Y de ti tiene todo lo demás ―ella agregó con humor.
Ambos se miraron con intensidad. Era como si Moroha los conectara de nuevo a sus más profundos sentimientos del pasado.
― Kagome... ―el susurró mientras le entregaba las flores con una sonrisa― Son para ti, de verdad te agradezco esta oportunidad.
Gracias por traerla a este mundo, Kagome ―quería decirle él, pero aún era muy pronto.
Kagome miraba sorprendida los girasoles en sus manos. Recordó cómo le gustaban estos cuando era niña... solían recogerlos cuando iban de vacaciones con la familia Taisho. Y... ¿Inuyasha lo recordaba?
Levantó la mirada hacia él, iluminada completamente por ese absurdo sentimiento que le dolía en su interior.
Ay, Inuyasha... ¡Porqué tengo que quererte tanto! ―ella pensaba.
― Tú... recordaste ―ella tembló un poco.
― ¿Que son tus favoritas? ―el sonrió― Jamás he olvidado nada de lo que pasamos juntos, Kagome.
Y entonces la burbuja en la que estaba Kagome reventó, y el corazón volvió a dolerle como era costumbre cuando pensaba en él.
Pero si lo recuerdas todo... ¿Por qué te fuiste? ―ella quería llorar internamente― Preferiste a Kikyo.
― Pues no era necesario ―ella sacudió un poco la cabeza.
― Pero... quería dártelas ―él notó su cambio repentino, pero le entregó también la bolsa repleta de pasteles que había traído― Y esto es para Moroha y tú.
Kagome recordó las palabras de Koga en ese momento: "Sé que eres buena, pero ese imbécil no merece tu perdón" Y es que... él tenía toda la razón.
Aceptó los regalos de Inuyasha y le dedicó una sonrisa casi dolorosa.
― Muchas gracias ―ella susurró― Así que... Entremos antes que Moroha no nos encuentre.
Inuyasha asintió y entró a la casa detrás de ella. Él lugar era exactamente como lo recordaba, nada había cambiado... excepto que el maldito de Kakeru ya debería de estar muerto.
La libertad de Kikyo dependía de ese maldito y los negocios que hizo con ella... Recordarlo le dolía tanto a él como a la misma Kikyo.
Pero sacudió su cabeza tratando de espantar esos momentos, porque ese día iba a conocer a su hija, hablarle y por fin acercase. Nada podía opacar esa felicidad.
Sango evadía a Miroku desde ya hacía una semana, pero este día no pudo hacer nada más que buscarlo. Estaba espantada por lo que estaba leyendo...
Había llegado un niño para ingresarlo en sus quimioterapias, pero el nombre que dio su padre no cuadraba con el de sus identificaciones en el sistema. Lo peor de todo, era que lo habían cambiado de apellido hace apenas dos años...
Hakudoshi Taisho Higurashi.
¿Cómo era esto posible? ―se decía a sí misma.
Corrió hasta su oficina y entró cerrando con un portazo detrás de ella. Él se sobresaltó, pero al verla sonrió.
― Sanguito ―el empezó meloso― Sabía que pronto volverías, el enojo si que duró bastante esta vez... Pero mientras más grande la pelea, es mejor la reconciliación ―sonrió un poco pervertido.
Ella lo apartó cuando el trató de abrazarla y le tiró la planilla en su escritorio.
― ¿Qué significa esto de que Kikyo tuvo un hijo con Inuyasha? ―ella lo fulminó con la mirada― ¿Sabías de esto también? ¡Y aún así tratas de juntar a Kagome con ese imbécil!
Miroku palideció ante la acusación de ella. Se giró automáticamente hacia su escritorio y leer con atención.
― Maldición ―el masculló.
¿Cómo es que justamente este niño había venido a parar justamente a este hospital? ―Miroku pensaba ceñudo― Si Hakudoshi estaba aquí... entonces Naraku lo había traído.
El hombre que persiguió a Inuyasha y Kikyo hasta los confines de la tierra. El causante de todo el dolor que tenía Kagome y también Inuyasha y Kikyo...
― Si, maldito sea Inuyasha y tú también Miroku ―Sango arremetió sin piedad― ¡Kagome merece tener al menos tranquilidad y tu amigo se acerca a ella descaradamente cuando tiene un hijo con su hermana! Y tú lo ayudaste...
El ojiazul negó con la cabeza, y muy seriamente miró a Sango.
― Ese niño no es hijo de Inuyasha, Sango... y el que esté aquí nos va a traer muchos problemas.
Ella no entendía nada, pero de la rabia se tiró a llorar en el sofá de la oficina.
― Kagome no se merece esto... no entiendo...
El pelinegro se acercó a ella y le acarició la espalda.
― Tengo que contarte la verdad... pero no puedes contárselo a Kagome ―él la miró fijamente a los ojos― No todavía...
