Capítulo 13

«¡Cuán agradable suena de mi amada el acento en la dulce noche que protege a los amantes! Es música melodiosa en el oído atento».

WILLIAM SHAKESPEARE, Romeo y Julieta

«Mañana me caso con él».

Sakura se repetía aquella frase para sus adentros mientras empaquetaba sus últimos efectos personales, como si así pudiera creérselo de una vez. Por difícil que resultara aceptarlo, Itachi parecía decidido a convertirla en su esposa. No tenía ninguna duda de que él resultaría un buen marido, era ella la que suponía toda una incógnita. Por ejemplo, ¿cómo reaccionaría cuando quisiera acostarse con ella?

Sintió un peso en el estómago, como si se hubiera tragado una piedra. ¿Cómo sería hacer aquello con Itachi? ¿Qué sentiría al tenerlo dentro de ella? Se abrazó a sí misma.

Itachi le había dicho que debía confiar en él, que jamás le haría daño. Y eso tenía que hacer, confiar en el hombre que había vuelto a buscarla. El que aseguraba que la quería y que no le importaba el pasado. ¿Cómo podía estar tan seguro de que todo saldría bien?

Un suave golpe en la puerta reclamó su atención.

Miró la hora en el reloj; pasaban de las once. ¿Se atrevería Itachi a acudir a su dormitorio? Sin duda, sí.

Se puso una bata y cerró los bordes dorados de la prenda antes de acercarse a la puerta.

—¿Quién está ahí?

—Yo —repuso él.

Se le aceleró el corazón al pensar que Itachi se hallaba detrás de esa puerta. Sabía que no debería estar allí, que no debería permitir que entrara, pero le dio igual. Corrió el cerrojo y abrió la puerta de todas maneras. Y lo vio. Tan guapo como siempre, su descarado prometido la miró con una expresión imperturbable, como si pretender entrar en su dormitorio a altas horas de la noche fuera la cosa más normal del mundo.

—He visto luz por debajo de la puerta y he pensado que estabas despierta. ¿Todavía estás guardando tus pertenencias?

—Sí, estaba ultimando los detalles...

—Déjame ayudarte —susurró Itachi.

—¿Quieres...? ¿Quieres entrar?

—Sí, por favor.

Sakura dio un paso atrás para abrir la puerta en su totalidad y le franqueó el paso. Él no perdió el tiempo: cerró con llave una vez que estuvo en el interior, dejándolos a solas dentro del dormitorio. Luego se recostó en la puerta y la miró.

—Tenía que venir a verte. —Parecía muy solemne.

—¿Por qué?

—Necesitaba asegurarme de que estabas a salvo y de que no habías cambiado de idea respecto a casarte conmigo por la mañana. Hoy hemos estado los dos muy ocupados. —Hizo un gesto con la cabeza señalando la ventana—. He llegado a pensar que tendría que ponerme a hacer guardia debajo de tu ventana para evitar que te escaparas por la noche. —Aunque bromeaba, lo hacía con cara seria.

Aquellas palabras hicieron que se sintiera mejor al instante.

—Itachi, espero que no se te ocurriera pensar que podría dejarte plantado en el altar.

El enamorado clavó los ojos en ella con un brillo pícaro.

—Necesitaba convencerme de que no lo harías —repuso, tendiéndole los brazos.

Ella no se resistió. Itachi todavía llevaba el traje oscuro que había usado aquel día, pero se había abierto el cuello de la camisa y estaba despeinado, de tanto pasarse la mano por la cabeza, de modo que tenía el encantador aire descuidado que tanto le gustaba. Lo de atusarse el pelo era una de las costumbres de Itachi y lo hacía con mucha frecuencia; un gesto que le resultaba sumamente seductor. Por si eso fuera poco, los brazos de Itachi eran el lugar más agradable en el que ella hubiera estado jamás.

Cuando la rodeó con ellos, estrechándola contra su pecho, pudo sentir la fuerza de aquel hombre al que pronto llamaría «marido».

Apoyó la frente en su ancho torso, aspirando su aroma a clavo y jabón, al que en ese momento se unía también un leve toque de olor a whisky escocés. Encontró la mezcla tranquilizadora, por no decir embriagadora. Era un perfume único que ya le resultaba familiar. Le llamó la atención el hecho significativo de que él estaba haciendo lo mismo con ella: aspiraba su esencia.

Itachi reposó la barbilla sobre su cabeza, envolviéndola con los brazos hasta poner las manos a ambos lados de su cintura.

Permanecieron así durante mucho tiempo.

—¿Ya te sientes más seguro? —preguntó ella al cabo de un rato.

—Un par de besos harían que lo estuviera todavía más.

Ella se rio mientras lo miraba. En los ojos negros de Itachi asomaba también la risa.

—No sé si esto es una buena señal —ironizó él—. Te pido besos y tú te ríes de mí. —Ella le brindó una amplia sonrisa—. Sin embargo —continuó Itachi—, me encanta escuchar el sonido de tu risa. Ahora sonríes también, así que no debo de estar haciéndolo demasiado mal.

Ella se puso de puntillas y acercó su boca a la de él al tiempo que contemplaba los firmes labios entreabiertos de Itachi. Quería besarlo. Se acercó todavía más, ofreciéndosela.

Por supuesto, Itachi aceptó la oferta e hizo desaparecer la distancia que los separaba, sin titubear. En esta ocasión el beso fue tierno. Lento. Cuidadoso. Él dibujó el borde de sus labios antes de cubrirlos con los suyos. Mantuvo sus bocas unidas en una tierna caricia. Ella, en lugar de limitarse a dejar que su aroma lo envolviera, supo que podía saborearlo y decidió que le gustaba su sabor.

Fue él quien se alejó primero. Alzó la mano y le abrió el labio inferior con el pulgar, muy despacio.

—Eres muy dulce... Es la primera vez que me besas y quiero que te guste, que jamás te olvides de esto.

De pronto, ella notó que estaba a punto de llorar. La manera en que él la miraba, cómo la tranquilizaba, le llegó al corazón. La hacía sentirse especial de una forma que jamás había imaginado. Y ya solo quiso complacerle.

—¿Por qué has venido a mi cuarto? —le preguntó.

—Para verte. Para estar un poco de tiempo juntos. Para que supieras lo mucho que deseo esto. —Lo vio pasarse las manos por el pelo una vez más—. En cuanto amanezca nos casaremos y mañana por la noche estaremos en casa. Es apresurado, lo sé, y no quiero que tengas miedo de mí. He pensado que esta sería una buena manera de lograr que no estuvieras preocupada.

—Oh. —A pesar de la sorpresa que supuso lo que él acababa de decirle, se sentía muy tranquila. ¿Esperaba reclamar en ese momento sus derechos maritales? ¿Esa noche?—. ¿Quieres pasar la noche aquí? ¿Conmigo? —Lo miraba directamente otra vez, pero sintiéndose ahora más torpe e incómoda entre sus brazos. No sabía qué hacer.

—Sí, si eso es lo que quieres. He pensado que podíamos estar juntos y que, cuando tengas sueño, podrías dormirte. Yo estaré contigo. Solo quiero que te acostumbres a mí. —Él se inclinó para volver a besarla, buscando su boca. Recorrió sus labios con lentitud, acompañando la caricia con un suave gemido de placer que era una declaración de amor. Por fin, tomó su cara entre las manos y la obligó a mirarlo—. Esa es la verdadera razón, cariño. Así, mañana por la noche no será todo... tan nuevo... entre nosotros. —Notó que él tomaba aliento junto a su boca antes de apoderarse de sus labios de una manera que le aflojó las rodillas. Tras otro beso más profundo, él se retiró levemente—. Dime, ¿puedo quedarme?

Ella solo pudo asentir con la cabeza. Las palabras surgieron con vacilación unos segundos más tarde.

—Confío... Confío en ti, Itachi. Sé que serás paciente y bueno, como siempre lo eres conmigo. —Su corazón latía tan rápido que estaba segura de que él tenía que notarlo. Sabía que su amado tenía razón, estar juntos haría que lo que ocurriría al día siguiente, cuando tuviera que cumplir con su deber, resultara más fácil. Pero, ¡Dios santo!, ¿cómo podría dejar que...?

Antes de que pudiera pensar demasiado sobre ello, retrocedió un paso y caminó hasta el borde de la cama, donde se dio la vuelta para mirarlo mientras desanudaba el cinturón de su bata dorada y la abría, exponiendo el camisón que llevaba debajo. Se sintió tan desnuda como si no llevara nada puesto.

Él abrió los ojos como platos y ladeó la cabeza.

—¿Qué haces? —Itachi la miraba de arriba abajo, recreándose en su cuerpo. Ella estaba segura de que era claramente visible bajo la fina tela.

Sakura alzó la barbilla.

—Estoy preparada para... Para que tú... Para que vayamos a la cama —espetó de golpe, finalmente.

—¿Has pensado que...? —Él meneó la cabeza y frunció el ceño—. ¡No! ¡No me refería a eso! No he venido aquí por esa razón. Te equivocas, Sakura. —Había alzado un poco la voz. Parecía consternado y algo herido por su suposición.

«¡Oh, santo Dios! No quiere acostarse conmigo».

Se sintió sumamente mortificada y, de pronto, todo se magnificó. Las emociones del día la abrumaron y la envolvieron. Hundió la cara entre las manos para que él no pudiera ver sus lágrimas.

Sin embargo, él se acercó al instante y la abrazó desde atrás, tan reconfortante y fuerte como siempre, consolándola con el calor de su cuerpo a pesar de las capas de ropa que los separaban.

—No llores. Lamento haberte contrariado. Debes de considerarme un hombre de la peor calaña, capaz de venir a tu habitación y exigirte algo semejante. —Ella sintió su aliento en el cuello, filtrándose en su pelo cuando él movió las manos de arriba abajo por sus brazos, caricia que resultaba muy tranquilizadora.

—Yo... no pienso... No pienso mal de ti..., Itachi. No quería negarme porque podrías pensar que..., que soy incapaz de..., de ser una buena esposa.

—Cállate, por favor. Jamás pensaría eso. Sé que serás una buena esposa. Todo esto es culpa mía por haber venido esta noche. —La tomó de las manos y la obligó a girarse, para mirarlo—. Perdóname, no quería afligirte. En realidad tenía buenas intenciones. No espero que... —La besó en la frente al tiempo que le acariciaba el pelo y el cuello—. Sakura, cuando estemos juntos de esa manera, estaremos atados por los vínculos del matrimonio.

—Pero eso será mañana —le recordó ella, queriendo meterse bajo las sábanas para esconderse allí.

—Sí, mañana. No ahora. En este momento lo único que quiero es estar contigo, pasar la noche contigo. —Lo vio tomar los bordes de la bata y cruzarlos —. A pesar de lo mucho que me gusta verte en camisón, será mejor que te cubras para que mi bestia interior, más carnal de lo que imaginas, no se vea demasiado tentada.

Itachi le anudó el cinturón con dedos firmes. A ella se le derritió de nuevo el corazón ante tal muestra de caballerosidad. Se borró las lágrimas de las mejillas mientras pensaba que debía de estar espantosa.

—¿Una bestia interior? ¿De verdad, Itachi? Jamás pienso en ti de esa manera. Y jamás lo haré. —Meneó la cabeza.

—Dame tiempo, cariño. No dudes de que conocerás a mi bestia. Acabará apareciendo —remachó con tono burlón.

Todavía la sostenía entre sus brazos, ahora más relajado, con las manos en su cintura. Ella se dio cuenta de que él necesitaba tocarla y no le molestó en lo más mínimo.

—Realmente lo dudo mucho. Es posible que los demás hombres se conviertan en bestias, pero tú no.

La miró con divertida perplejidad y ladeó la cabeza.

—Eres la única persona que me tiene en tan alta estima, Sakura, y lo cierto es que no entiendo la razón. Creo que tu opinión sobre mí solo puede estar relacionada con la cantidad de tiempo que pasas en mi compañía, que todavía no es muy grande. —Le guiñó el ojo—. Razón de más para casarme contigo lo más rápidamente posible, antes de que descubras otras cosas sobre mí y te arrepientas.

Ella no pudo evitar interrumpirlo.

—¿Vas a seguir con esa cháchara? —Cambió de tema, llevando la conversación a un terreno más seguro e ignorando su último comentario—. ¿Acaso no has conseguido entrar en mi habitación esta noche asegurando que ibas a ayudarme a empaquetar lo que faltaba?

—En efecto, señorita —asintió con la cabeza—. ¿Qué falta por guardar?

—Solo algunos libros y mi material de dibujo.

—Muéstramelo.

Se pasaron la siguiente media hora empaquetando los libros y bocetos que quería llevar consigo. Ella le miró mientras la ayudaba; observó cómo trataba con delicadeza y destreza cada cosa, cómo valoraba dónde era más prudente guardarlo. No era de esas personas que mueven los objetos o los libros sin ton ni son, apresurándose para terminar cuanto antes.

Había en Itachi muchas más virtudes de lo que ella creía, y se preguntó si llegaría a conocerlo del todo alguna vez. A aprender sus secretos. A saber sus preferencias, sus costumbres, sus debilidades. Si llegaría a descubrir sus defectos, pues todo el mundo tenía alguno. Suspiró pensando que él pronto conocería los de ella; y esperaba que esos defectos no hicieran que se arrepintiera de haberla elegido.

Resultaba extraño pensar que a la mañana siguiente se entregarían el uno al otro para siempre, cuando todavía guardaban tantas incógnitas sobre sí mismos.

Se alegró de tener que ocuparse en la sencilla tarea de empaquetar lo que quedaba. Esa labor hacía que la torpeza anterior se disolviera y la ayudaba a dejar atrás aquel humillante malentendido.

—Oh, me alegro de que te lleves este. —Itachi mostró en alto un pequeño volumen—. Tengo muchas ganas de leerlo.

—¿De qué libro hablas?

—De las obras completas de Robert Herrick.

—¿Por qué tienes ganas de leer a Herrick, Itachi?

—Bueno, en primer lugar, porque creo que te gustan sus poemas y siento que debo implicarme y participar en algo que te interese. Es lo menos que puede hacer un marido. No sé, ¿me equivoco? ¿No debe un marido intentar que su mujer se encuentre a gusto con él? No tengo experiencia en el tema. —Se rio burlonamente, de aquella encantadora manera suya que le encogía de amor y gozo el corazón.

—Te confieso que encontraría muy agradable que mi marido me leyera poemas. —Una repentina imagen de su padre leyendo para su madre atravesó fugazmente su pensamiento—. Mis padres solían hacerlo. Pero has dicho «en primer lugar», Itachi, ¿qué más razones tienes para leerlo?

—Creo que la poesía de Herrick es buena. Me gustó lo que leí de él.

—¿Cuándo lo leíste?

—El día que te encontré en la biblioteca. Recogí el libro cuando tú lo dejaste atrás después de que Shimura te molestara.

—¿De verdad?

Él asintió con la cabeza.

—Me lo llevé a mi habitación y leí algunas páginas esa noche. Al día siguiente lo llevé donde lo había encontrado, para que pudieras continuar tu lectura.

—Espero que me lo leas en alguna ocasión. Me gusta escuchar tu voz.

Itachi se rio entre dientes.

—Bueno, entonces tenemos eso en común, pues tu voz me obnubila.

Sakura fue asaltada por un bostezo, así que se cubrió la boca con la mano antes de hablar entrecortadamente.

—Perdona. Imagino que ha sido un día muy largo.

—Estás cansada, cariño.

—Mucho me temo que tienes razón —repuso ella, reprimiendo un segundo bostezo.

—Ha llegado el momento de que te acuestes. Mañana nos espera otro largo día. —La condujo hasta la cama y retiró las sábanas para que se metiera dentro —. Venga —ordenó.

Ella respiró hondo y se aflojó la bata por segunda vez en la noche. Le resultó extraño constatar que no le importaba nada que él la viera sin otra prenda encima que el camisón. Era lo suficientemente pragmática como para entender que a partir del día siguiente podría verla como quisiera, así que ¿qué importaba cómo se mostrara esa noche? Sin embargo, él ni siquiera la miró. Mientras la joven se acomodaba bajo las sábanas, él se dio la vuelta y comenzó a apagar las lámparas que había encendidas.

Las apagó todas salvo la que había en la mesilla. Después se quitó las botas y se tumbó junto a ella, en la cama, aunque se quedó encima de la manta.

—¿Puedo leerte un poema? No elegiré uno demasiado largo —preguntó él con tono de esperanza.

—Sí, Itachi, por favor.

Ella se puso de lado, mirándolo, y él hizo lo mismo.

Estudió sus manos mientras sostenía el libro, pensando que sus dedos eran largos y elegantes. Se dijo que esas manos, que esos dedos, recorrerían su piel en sus lugares más íntimos. «Mañana me tocará con ellas».

Itachi comenzó a leer el poema «Deleite en el desorden». El sonido atravesó la distancia que separaba sus cuerpos y su voz ronca entonó los versos con fluida cadencia.

Un dulce desorden en el atuendo

enciende un capricho en las prendas:

un pañuelo sobre los hombros soltado

en delicada distracción;

un encaje inquieto, que aquí y allí

cautiva el corsé carmesí;

un puño negligente, y por él

cintas que fluyen confusamente;

una atractiva ondulación, digna de atención,

en las tempestuosas enaguas;

un cordón descuidado en el zapato, en cuyo lazo

veo una humanidad salvaje

me cautivan más que cuando el arte

es demasiado preciso en cada parte.

Itachi alzó los ojos desde el libro hasta su cara.

—Incluso lo comprendo —dijo él—. Es increíble.

—Explícamelo.

—Bueno, quiere decir que él encuentra más hermosa a una mujer cuando está desarreglada que cuando está vestida con perfecto orden.

—¿Estás de acuerdo con eso?

—Sí..., creo que sí. —Le rozó el pómulo con el dedo—. Me recuerda a ti.

La mujer no dijo nada. Miró fijamente sus ojos negros, pero no pudo hablar. No había palabras a las que recurrir para expresar todo lo que él había logrado yendo a su habitación esa noche. Todo lo que había conseguido desde que volvieron a encontrarse.

—La primera vez que... Cuando nos tropezamos bajo la lluvia; la noche en la biblioteca, cuando te reuniste conmigo a medianoche, con el pelo suelto; ahora mismo, en esta cama, acostada a mi lado... —Le acarició con el dedo—. Jamás me parecerás más hermosa que cuando estás así, como ahora.

Ella se inclinó para besarlo, sintiendo que esa era la respuesta más natural que podía darle y sabiendo que no había nada —al menos ninguna palabra— que pudiera decir después de tan bella declaración. En vez de eso, se acercó todo lo que pudo, con las mantas todavía separando sus cuerpos, y pegó sus labios a los de él. Itachi le devolvió la caricia con suavidad y dulzura.

Él permaneció en la cama, junto a ella, sin exigir en ningún momento nada más que un beso o una casta caricia. Con suaves susurros, lentos roces de sus labios y sus dedos acariciándole el pelo, pasaron los minutos. Ella notó que a él le encantaba tocarle el cabello, y pensó que era maravilloso sentir cómo lo hacía.

Y pasaron de esa manera su primera noche juntos. Sakura acabó durmiéndose, reconfortada por su presencia y esperando que él estuviera cómodo a su lado. No podía evitar pensar qué traería consigo el mañana, cómo sería el futuro con aquel hombre que había vuelto a por ella. Era la persona que guiaría su vida desde ese momento; el padre de sus hijos. El hombre que decía que la quería, que aseguraba que no le importaba su pasado.

No se enteró del momento en que Itachi abandonó la cama. Al despertarse al día siguiente, él se había ido y, sin embargo, seguía sintiendo su presencia con claridad. La persistente huella de su esencia flotaba en el aire.