Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 4
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
El Cáliz de Fuego
CAPÍTULO 13 Ojoloco Moody
Dennis sonreía mientras colocaba el pergamino en el atril. Harry, sin embargo, se le había acercado a Ginny y le susurró al oído:
—¿Pasó algo malo?
—No me hables por el resto del día, Harry Potter —Ginny intentaba ponerle seriedad a su voz, aunque estaba a punto de soltar la carcajada.
Otro gruñido se escuchó cuando Moody miró el atril ubicándose frente a su asiento.
—Todos estamos invitados a leer, exceptuando a los menores de edad —aclaró Dumbledore. Alastor tomó el pergamino, vio el título y emitió otro gruñido.
—Nunca me he quejado que me llamen Ojoloco Moody, pero que un capítulo se llame como yo, no es gracioso.
—Su razón de ser tendrá, profesor —comentó Harry.
—Insisto —habló Moody mientras arreglaba el pergamino en el atril—, no sé cuando te di clase.
—No te adelantes, Alastor —volvió a escucharse la voz de Dumbledore.
A la mañana siguiente la tormenta se había ido a otra parte, aunque el techo del Gran Comedor seguía teniendo un aspecto muy triste. Durante el desayuno, unas nubes enormes del color gris del peltre se arremolinaban sobre las cabezas de los alumnos, mientras Harry, Ron y Hermione examinaban sus nuevos horarios. Unos asientos más allá, Fred, George y Lee Jordan discurrían métodos mágicos de envejecerse y engañar al juez para poder participar en el Torneo de los tres magos.
—Lo tenían fijado, ¿no? —comentó Bill, sonriendo.
—Sin lugar a dudas —admitió Lee Jordan, sonriendo.
—Hoy no está mal: fuera toda la mañana —dijo Ron pasando el dedo por la columna del lunes de su horario—. Herbología con los de Hufflepuff y Cuidado de Criaturas Mágicas... ¡Maldita sea!, seguimos teniéndola con los de Slytherin...
—Ron —reclamó Molly—, estuviste muy malhablado en estos primeros capítulos.
—Verdaderamente —comentó Lily, apoyando a Molly. A Ron, casi al momento, se le pusieron las orejas coloradas.
—Y esta tarde dos horas de Adivinación —gruñó Harry, observando el horario. Adivinación era su materia menos apreciada, aparte de Pociones. La profesora Trelawney siempre estaba prediciendo la muerte de Harry, cosa que a él no le hacía ni pizca de gracia.
—Tendríais que haber abandonado esa asignatura como hice yo —dijo Hermione con énfasis, untando mantequilla en la tostada—. De esa manera estudiaríais algo sensato como Aritmancia.
Parvati y Lavender volvieron a ver a Hermione con rostro dolido.
—Estás volviendo a comer, según veo —dijo Ron, mirando a Hermione y las generosas cantidades de mermelada que añadía a su tostada, encima de la mantequilla.
—He llegado a la conclusión de que hay mejores medios de hacer campaña por los derechos de los elfos —repuso Hermione con altivez.
—Sí... y además tenías hambre —comentó Ron, sonriendo.
Este comentario provocó risas y el sonrojo de Hermione.
—Esto va a ser un tema de nunca acabar —comentó con tono derrotado.
—Porque tú misma no dejaste que se acabara —indicó Harry, serio, mientras trataba de atraer a Ginny a su lado acariciando su hombro y brazo. Ginny le dejaba hacer, pero no le demostraba que le gustaba lo que su esposo le hacía.
De repente oyeron sobre ellos un batir de alas, y un centenar de lechuzas entró volando a través de los ventanales abiertos. Llevaban el correo matutino. Instintivamente, Harry alzó la vista, pero no vio ni una mancha blanca entre la masa parda y gris. Las lechuzas volaron alrededor de las mesas, buscando a las personas a las que iban dirigidas las cartas y paquetes que transportaban.
Un cárabo grande se acercó a Neville Longbottom y dejó caer un paquete sobre su regazo. A Neville casi siempre se le olvidaba algo. Al otro lado del Gran Comedor, el búho de Draco Malfoy se posó sobre su hombro, llevándole lo que parecía su acostumbrado suplemento de dulces y pasteles procedentes de su casa. Tratando de olvidar el nudo en el estómago provocado por la desilusión, Harry volvió a sus gachas de avena. ¿Era posible que le hubiera sucedido algo a Hedwig y que Sirius no hubiera llegado a recibir la carta?
—No creo —comentó Hagrid—, quizás fue porque la distancia que tenía que recorrer era mucha.
—Eso era lo que pensaba —dijo Harry, e inmediatamente Seamus indicó:
—No, estabas en tu modo fatalista, Harry, y no lo puedes negar.
Algunas risas sonaron, pero fuero rápidamente acalladas cuando Moody retomó la lectura.
Sus preocupaciones le duraron todo el recorrido a través del embarrado camino que llevaba al Invernadero 3; pero, una vez en él, la profesora Sprout lo distrajo de ellas al mostrar a la clase las plantas más feas que Harry había visto nunca. Desde luego, no parecían tanto plantas como gruesas y negras babosas gigantes que salieran verticalmente de la tierra. Todas estaban algo retorcidas, y tenían una serie de bultos grandes y brillantes que parecían llenos de líquido.
La profesora Sprout, Neville y Frankie miraron agriamente a Harry, mientras éste sólo encogía sus hombros.
—Son bubotubérculos —les dijo con énfasis la profesora Sprout—. Hay que exprimirlas, para recoger el pus...
—¿El qué? —preguntó Seamus Finnigan, con asco.
—El pus, Finnigan, el pus —dijo la profesora Sprout—. Es extremadamente útil, así que espero que no se pierda nada. Como decía, recogeréis el pus en estas botellas. Tenéis que poneros los guantes de piel de dragón, porque el pus de un bubotubérculo puede tener efectos bastante molestos en la piel cuando no está diluido.
Exprimir los bubotubérculos resultaba desagradable, pero curiosamente satisfactorio. Cada vez que se reventaba uno de los bultos, salía de golpe un líquido espeso de color amarillo verdoso que olía intensamente a petróleo. Lo fueron introduciendo en las botellas, tal como les había indicado la profesora Sprout, y al final de la clase habían recogido varios litros.
—Recuerdo que quien más recolectó fue, lógicamente, Neville —comentó Hannah, haciendo sonrojar a su esposo. Susan, riendo, recalcó:
—¡Claro! ¡Si estabas trabajando con él!
—La señora Pomfrey se pondrá muy contenta —comentó la profesora Sprout, tapando con un corcho la última botella—. El pus de bubotubérculo es un remedio excelente para las formas más persistentes de acné. Les evitaría a los estudiantes tener que recurrir a ciertas medidas desesperadas para librarse de los granos.
—Como la pobre Eloise Migden —dijo Hannah Abbott, alumna de Hufflepuff, en voz muy baja—. Intentó quitárselos mediante una maldición.
—Una chica bastante tonta —afirmó la profesora Sprout, moviendo la cabeza—. Pero al final la señora Pomfrey consiguió ponerle la nariz donde la tenía.
Las risas estallaron, provocando un gruñido de Moody, además de una risa velada de la profesora Sprout.
El insistente repicar de una campana procedente del castillo resonó en los húmedos terrenos del colegio, señalando que la clase había finalizado, y el grupo de alumnos se dividió: los de Hufflepuff subieron al aula de Transformaciones, y los de Gryffindor se encaminaron en sentido contrario, bajando por la explanada, hacia la pequeña cabaña de madera de Hagrid, que se alzaba en el mismo borde del bosque prohibido.
Hagrid los estaba esperando de pie, fuera de la cabaña, con una mano puesta en el collar de Fang, su enorme perro jabalinero de color negro. En el suelo, a sus pies, había varias cajas de madera abiertas, y Fang gimoteaba y tiraba del collar, ansioso por investigar el contenido. Al acercarse, un traqueteo llegó a sus oídos, acompañado de lo que parecían pequeños estallidos.
—¡Buenas! —saludó Hagrid, sonriendo a Harry, Ron y Hermione—. Será mejor que esperemos a los de Slytherin, que no querrán perderse esto: ¡escregutos de cola explosiva!
—¿Cómo? —preguntó Ron.
Casi al mismo tiempo los que estaban en cuarto año o menos hicieron la misma pregunta. Hagrid sonrió, pero no comentó nada.
Hagrid señaló las cajas.
—¡Ay! —chilló Lavender Brown, dando un salto hacia atrás.
En opinión de Harry, la interjección «ay» daba cabal idea de lo que eran los escregutos de cola explosiva. Parecían langostas deformes de unos quince centímetros de largo, sin caparazón, horriblemente pálidas y de aspecto viscoso, con patitas que les salían de sitios muy raros y sin cabeza visible. En cada caja debía de haber cien, que se movían unos encima de otros y chocaban a ciegas contra las paredes. Despedían un intenso olor a pescado podrido. De vez en cuando saltaban chispas de la cola de un escreguto que, haciendo un suave «¡fut!», salía despedido a un palmo de distancia.
—Sí, —admitió Lavender—, me habían sorprendido, esas cosas eran realmente horribles.
A Hagrid se le borró la sonrisa casi de inmediato.
—Recién nacidos —dijo con orgullo Hagrid—, para que podáis criarlos vosotros mismos. ¡He pensado que puede ser un pequeño proyecto!
—¿Y por qué tenemos que criarlos? —preguntó una voz fría.
Acababan de llegar los de Slytherin. El que había hablado era Draco Malfoy. Crabbe y Goyle le reían la gracia. Hagrid se quedó perplejo ante la pregunta.
—Sí, ¿qué hacen? —insistió Malfoy—. ¿Para qué sirven?
Hagrid abrió la boca, según parecía haciendo un considerable esfuerzo para pensar. Hubo una pausa que duró unos segundos, al cabo de la cual dijo bruscamente:
—Eso lo sabrás en la próxima clase, Malfoy. Hoy sólo tienes que darles de comer. Pero tendréis que probar con diferentes cosas. Nunca he tenido escregutos, y no estoy seguro de qué les gusta. He traído huevos de hormiga, hígado de rana y trozos de culebra. Probad con un poco de cada cosa.
—Una clase simpática —comentó Draco, mirando a Hagrid, quien se había ruborizado.
—Bueno —admitió después de suspirar—, me pareció interesante que aprendiéramos juntos, ustedes y yo, cómo cuidarlos.
—Sí, claro… —machacó Draco, pero no siguió, pues entre el apretón en la mano que le dio Astoria y el gruñido de Moody, se quedó callado.
—Primero el pus y ahora esto —murmuró Seamus.
Nada salvo el profundo afecto que le tenían a Hagrid podría haber convencido a Harry, Ron y Hermione de coger puñados de hígado despachurrado de rana y tratar de tentar con él a los escregutos de cola explosiva. A Harry no se le iba de la cabeza la idea de que aquello era completamente absurdo, porque los escregutos ni siquiera parecían tener boca.
—¡Ay! —gritó Dean Thomas, unos diez minutos después—. ¡Me ha hecho daño!
Hagrid, nervioso, corrió hacia él.
—¡Le ha estallado la cola y me ha quemado! —explicó Dean enfadado, mostrándole a Hagrid la mano enrojecida.
—Sensiblero —gruñó Moody, interrumpiéndose, para luego seguir leyendo, ante las risas veladas de varios en la Sala.
—¡Ah, sí, eso puede pasar cuando explotan! —dijo Hagrid, asintiendo con la cabeza.
—¡Ay! —exclamó de nuevo Lavender Brown—. Hagrid, ¿para qué hacemos esto?
—Bueno, algunos tienen aguijón —repuso con entusiasmo Hagrid (Lavender se apresuró a retirar la mano de la caja). Probablemente son los machos... Las hembras tienen en la barriga una especie de cosa succionadora... creo que es para chupar sangre.
—Realmente no los conocías, ¿verdad, Hagrid? —preguntó McGonagall, interesada.
—No mucho, profesora —respondió el guardabosques, totalmente sonrojado.
—Ahora ya comprendo por qué estamos intentando criarlos —dijo Malfoy sarcásticamente—. ¿Quién no querría tener una mascota capaz de quemarlo, aguijonearlo y chuparle la sangre al mismo tiempo?
—El que no sean muy agradables no quiere decir que no sean útiles —replicó Hermione con brusquedad—. La sangre de dragón es increíblemente útil por sus propiedades mágicas, aunque nadie querría tener un dragón como mascota, ¿no?
Harry y Ron sonrieron mirando a Hagrid, quien también les dirigió disimuladamente una sonrisa tras su poblada barba. Nada le hubiera gustado más a Hagrid que tener como mascota un dragón, como sabían muy bien Harry, Ron y Hermione: cuando ellos estaban en primer curso, Hagrid había poseído durante un breve período un fiero ridgeback noruego al que llamaba Norberto. Sencillamente, Hagrid tenía debilidad por las criaturas monstruosas: cuanto más peligrosas, mejor.
—No te atrevas a negarlo, Hagrid —le dijo Ron, sonriendo, a lo que el guardabosques asintió, aún rojo.
—Bueno, al menos los escregutos son pequeños —comentó Ron una hora más tarde, mientras regresaban al castillo para comer.
—Lo son ahora —repuso Hermione, exasperada—. Cuando Hagrid haya averiguado lo que comen, me temo que pueden hacerse de dos metros.
—Palabras proféticas —comentó Harry, lo que sorprendió a Parvati y Lavender. Ante la mirada extrañada de Hermione, le indicó—: Espera a ver, y después me dices.
—Bueno, no importará mucho si resulta que curan el mareo o algo, ¿no? —dijo Ron con una sonrisa pícara.
—Sabes bien que eso sólo lo dije para que Malfoy se callara —contestó Hermione—. Pero la verdad es que sospecho que tiene razón. Lo mejor que se podría hacer con ellos es pisarlos antes de que nos empiecen a atacar.
Se sentaron a la mesa de Gryffindor y se sirvieron patatas y chuletas de cordero. Hermione empezó a comer tan rápido que Harry y Ron se quedaron mirándola.
—Eh... ¿se trata de la nueva estrategia de campaña por los derechos de los elfos? —le preguntó Ron—. ¿Intentas vomitar?
Una nueva explosión de risas hizo sonrojar a Hermione, pero Moody enseguida las aplacó al seguir la lectura.
—No —respondió Hermione con toda la elegancia que le fue posible teniendo la boca llena de coles de Bruselas—. Sólo quiero ir a la biblioteca.
—¿Qué? —exclamó Ron sin dar crédito a sus oídos—. Hermione, ¡hoy es el primer día del curso! ¡Todavía no nos han puesto deberes!
Hermione se encogió de hombros y siguió engullendo la comida como si no hubiera probado bocado en varios días. Luego se puso en pie de un salto, les dijo «¡Os veré en la cena!» y salió a toda velocidad.
—¿Qué se traería mamá entre manos? —se preguntó Rose, lo que hizo sonreír a la aún apenada Hermione.
Cuando sonó la campana para anunciar el comienzo de las clases de la tarde, Harry y Ron se encaminaron hacia la torre norte, en la que, al final de una estrecha escalera de caracol, una escala plateada ascendía hasta una trampilla circular que había en el techo, por la que se entraba en el aula donde vivía la profesora Trelawney.
Lavender y Parvati, fervientes admiradoras de la profesora de Adivinación, se enderezaron en sus asientos.
Al acercarse a la trampilla recibieron el impacto de un familiar perfume dulzón que emanaba de la hoguera de la chimenea. Como siempre, todas las cortinas estaban corridas. El aula, de forma circular, se hallaba bañada en una luz tenue y rojiza que provenía de numerosas lámparas tapadas con bufandas y pañoletas. Harry y Ron caminaron entre los sillones tapizados con tela de colores, ya ocupados, y los cojines que abarrotaban la habitación, y se sentaron a la misma mesa camilla.
—Buenos días —dijo la tenue voz de la profesora Trelawney justo a la espalda de Harry, que dio un respingo.
—Cosa que no era raro —comentó Harry, ganándose una mirada severa de Moody, la cual ignoró—, y más después de la profecía del año anterior.
Era una mujer sumamente delgada, con unas gafas enormes que hacían parecer sus ojos excesivamente grandes para la cara, y miraba a Harry con la misma trágica expresión que adoptaba cada vez que lo veía. La acostumbrada abundancia de abalorios, cadenas y pulseras brillaba sobre su persona a la luz de la hoguera.
—Estás preocupado, querido mío —le dijo a Harry en tono lúgubre—. Mi ojo interior puede ver por detrás de tu valeroso rostro la atribulada alma que habita dentro. Y lamento decirte que tus preocupaciones no carecen de motivo. Veo ante ti tiempos difíciles... muy difíciles... Presiento que eso que temes realmente ocurrirá... y quizá antes de lo que crees...
—No recordaba eso —le susurró Parvati a Lavender.
La voz se convirtió en un susurro. Ron miró a Harry, y éste le devolvió la mirada muy fríamente. La profesora Trelawney los dejó y fue a sentarse en un sillón grande de orejas ante el fuego, de cara a la clase. Lavender Brown y Parvati Patil, que admiraban intensamente a la profesora Trelawney, estaban sentadas sobre cojines muy cerca de ella.
—Por eso —le respondió Lavender—, no escuchamos todo lo que le dijo.
—Queridos míos, ha llegado la hora de mirar las estrellas —dijo—: los movimientos de los planetas y los misteriosos prodigios que revelan tan sólo a aquellos capaces de comprender los pasos de su danza celestial. El destino humano puede descifrarse en los rayos planetarios, que se entrecruzan...
Pero los pensamientos de Harry se habían lanzado a vagar. Aquel fuego perfumado siempre conseguía adormecerlo y atontarlo, y las divagaciones de la profesora Trelawney nunca lograban lo que se dice encandilarlo... aunque en aquel momento no podía dejar de pensar en lo que ella le acababa de decir: «Presiento que eso que temes realmente ocurrirá...»
Pero Hermione tenía razón, pensó Harry de mal talante: la profesora Trelawney no era más que un fraude. En aquel momento no había nada que él temiera, en absoluto... bueno, salvo que se tuvieran en cuenta los temores de que hubieran atrapado a Sirius. Pero ¿qué sabía la profesora Trelawney?
Las adivinas en la Sala miraron a Harry gravemente, mientras Hermione, Rose, Molls y la profesora McGonagall asentían en silencio.
Hacía mucho que había llegado a la conclusión de que su don adivinatorio no era nada más que aprovechar las casualidades y echarle mucho misterio a la cosa.
Excepto, claro está, aquella vez al final del último curso, cuando predijo que Voldemort se alzaría de nuevo. El mismo Dumbledore dijo que aquel trance le parecía auténtico, después de que Harry se lo describió...
—Y debo mantener mi opinión al respecto —dijo Dumbledore, provocando un bufido de McGonagall.
—¡Harry! —susurró Ron.
—¿Qué?
Harry miró a su alrededor. Toda la clase se estaba fijando en él. Se sentó más tieso. Había estado a punto de dormirse, entre el calor y sus pensamientos.
Algunas risas veladas se escucharon, pero Moody no interrumpió la lectura.
—Estaba diciendo, querido mío, que tú naciste claramente bajo la torva influencia de Saturno —dijo la profesora Trelawney con una leve nota de resentimiento en la voz ante el hecho de que Harry no hubiera estado pendiente de sus palabras.
—Perdón, ¿nací bajo qué? —preguntó Harry.
—Saturno, querido mío, ¡el planeta Saturno! —repitió la profesora Trelawney, decididamente irritada porque Harry no parecía impresionado por esta noticia—. Estaba diciendo que Saturno se hallaba seguramente en posición dominante en el momento de tu nacimiento: tu pelo oscuro, tu estatura exigua, las trágicas pérdidas que sufriste tan temprano en la vida... Creo que no me equivoco al pensar, querido mío, que naciste justo a mitad del invierno, ¿no es así?
—Sí recuerdo a alguien que nació en esas fechas —comentó Dumbledore, con voz grave—. Creo que después lo comentamos, Harry, si mal no recuerdo.
—Así fue, profesor, en sexto año, si no me equivoco.
—No —contestó Harry—. Nací en julio.
Ron se apresuró a convertir su risa en una áspera tos.
En la sala, sin embargo, las carcajadas provocaron la mirada molesta de Lavender y Parvati a los bromistas.
Media hora después la profesora Trelawney le dio a cada alumno un complicado mapa circular, con el que intentaron averiguar la posición de cada uno de los planetas en el momento de su nacimiento. Era un trabajo pesado, que requería mucha consulta de tablas horarias y cálculo de ángulos.
—¿Aplican la aritmancia? —preguntó sorprendida Hermione.
—Una parte —aclaró Lavender, aún molesta—, para extrapolar la ubicación de los planetas según las tablas horarias. Para mí es trabajo diario en nuestra tienda.
Parvati asintió en silencio.
—A mí me salen dos Neptunos —dijo Harry después de un rato, observando con el entrecejo fruncido su trozo de pergamino—. No puede estar bien, ¿verdad?
—Aaaaaah —dijo Ron, imitando el tenue tono de la profesora Trelawney—, cuando aparecen en el cielo dos Neptunos es un indicio infalible de que va a nacer un enano con gafas, Harry...
Seamus y Dean, que trabajaban cerca de ellos, se rieron con fuerza, aunque no lo bastante para amortiguar los emocionados chillidos de Lavender Brown (quien en la Sala, se sonrojó violentamente, además de las risas de los alborotadores usuales).
—¡Profesora, mire! ¡He encontrado un planeta desconocido!, ¿qué es, profesora?
—Es Urano, querida mía —le dijo la profesora Trelawney mirando el mapa.
—¿Puedo echarle yo también un vistazo a tu Urano, Lavender? —preguntó Ron con sorna.
Hermione volteó a ver a su esposo tan violentamente que Hugo, sentado a sus pies, se quejó sonoramente.
—Muy gracioso, Ronald… ¡Ay, hijo! ¡Perdón!
—¡Rayos, mamá! ¡Me clavaste la rodilla en la espalda!
Ante las risas, Moody bufó y siguió leyendo.
Desgraciadamente, la profesora Trelawney lo oyó, y seguramente fue ése el motivo de que les pusiera tanto trabajo al final de la clase.
—Un análisis detallado de la manera en que os afectarán los movimientos planetarios durante el próximo mes, con referencias a vuestro mapa personal —dijo en un tono duro que recordaba más al de la profesora McGonagall que al suyo propio—. ¡Quiero que me lo entreguéis el próximo lunes, y no admito excusas!
—¡Uuuuuuuhhh! —el coro de bromistas se dejó escuchar.
—¡Rata vieja! —se quejó Ron con amargura mientras descendían la escalera con todos los demás de regreso al Gran Comedor, para la cena—. Eso nos llevará todo el fin de semana, ya veras.
—¿Muchos deberes? —les preguntó muy alegre Hermione, al alcanzarlos— ¡La profesora Vector no nos ha puesto nada!
—Bien, ¡bravo por la profesora Vector! —dijo Ron, de mal humor. Llegaron al vestíbulo, abarrotado ya de gente que hacía cola para entrar a cenar. Acababan de ponerse en la cola cuando oyeron una voz estridente a sus espaldas:
—¿Apuestas? —preguntó JS, pero los demás nuevos merodeadores negaron.
—Eso está cantado, Jamie —le dijo Lucy, ante la cara de decepción de su primo—, estoy demasiado segura que es el señor Malfoy.
—¡Weasley! ¡Eh, Weasley!
Harry, Ron y Hermione se volvieron. Malfoy, Crabbe y Goyle estaban ante ellos, muy contentos por algún motivo.
—Lo que dije —recalcó Lucy, encogiendo los hombros, y haciendo gruñir a JS.
—¿Qué? —contestó Ron lacónicamente.
—¡Tu padre ha salido en el periódico, Weasley! —anunció Malfoy, blandiendo un ejemplar de El Profeta y hablando muy alto, para que todos cuantos abarrotaban el vestíbulo pudieran oírlo (—Lo de siempre —murmuró Neville)—. ¡Escucha esto!
MÁS ERRORES EN EL MINISTERIO DE MAGIA
—Lo recuerdo perfectamente —comentó Arthur, seriamente.
Parece que los problemas del Ministerio de Magia no se acaban, escribe Rita Skeeter, nuestra enviada especial. Muy cuestionados últimamente por la falta de seguridad evidenciada en los Mundiales de quidditch, y aún incapaces de explicar la desaparición de una de sus brujas, los funcionarios del Ministerio se vieron inmersos ayer en otra situación embarazosa a causa de la actuación de Arnold Weasley, del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.
Malfoy levantó la vista.
—Ni siquiera aciertan con su nombre, Weasley, pero no es de extrañar tratándose de un don nadie, ¿verdad? —dijo exultante.
Todo el mundo escuchaba en el vestíbulo. Con un floreo de la mano, Malfoy volvió a alzar el periódico y leyó:
Arnold Weasley, que hace dos años fue castigado por la posesión de un coche volador, se vio ayer envuelto en una pelea con varios guardadores de la ley muggles (llamados «policías») a propósito de ciertos contenedores de basura muy agresivos. Parece que el señor Weasley acudió raudo en ayuda de Ojoloco Moody, el anciano ex auror que abandonó el Ministerio cuando dejó de distinguir entre un apretón de manos y un intento de asesinato. No es extraño que, habiéndose personado en la muy protegida casa del señor Moody, el señor Weasley hallara que su dueño, una vez más, había hecho saltar una falsa alarma. El señor Weasley no tuvo otro remedio que modificar varias memorias antes de escapar de la policía, pero rehusó explicar a El Profeta por qué había comprometido al Ministerio en un incidente tan poco digno y con tantas posibilidades de resultar muy embarazoso.
—¿Cuándo no era Rita Skeeter? —rumió Molly, molesta como su esposo.
—¡Y viene una foto, Weasley! —añadió Malfoy, dándole la vuelta al periódico y levantándolo—. Una foto de tus padres a la puerta de su casa... ¡bueno, si esto se puede llamar casa! Tu madre tendría que perder un poco de peso, ¿no crees?
Ron temblaba de furia. Todo el mundo lo miraba.
—Métetelo por donde te quepa, Malfoy —dijo Harry—. Vamos, Ron...
Lily iba a reclamarle a Harry el lenguaje que había usado, pero estaba igualmente molesta con lo que se leía.
—¡Ah, Potter! Tú has pasado el verano con ellos, ¿verdad? —dijo Malfoy con aire despectivo—. Dime, ¿su madre tiene al natural ese aspecto de cerdito, o es sólo la foto?
—¿Y te has fijado en tu madre, Malfoy? —preguntó Harry. Tanto él como Hermione sujetaban a Ron por la túnica para impedir que se lanzara contra Malfoy—. Esa expresión que tiene, como si estuviera oliendo mierda, ¿la tiene siempre, o sólo cuando estás tú cerca?
Parecía que había explotado algo en la Sala, pero eran las carcajadas de muchos. Draco, quien recordaba lo que había pasado, trataba de parecer indiferente, aunque una palidez extrema le había alcanzado.
El pálido rostro de Malfoy se puso sonrosado.
—No te atrevas a insultar a mi madre, Potter.
—Pues mantén cerrada tu grasienta bocaza —le contestó Harry, dándose la vuelta.
¡BUM!
Hubo gritos. Harry notó que algo candente le arañaba un lado de la cara, y metió la mano en la túnica para coger la varita. Pero, antes de que hubiera llegado a tocarla, oyó un segundo ¡BUM! y un grito que retumbó en todo el vestíbulo.
—¡AH, NO, TÚ NO, MUCHACHO!
La correcta imitación del grito sorprendió a varios en la sala, incluyendo al propio Draco, quien había perdido todo el color de su rostro.
Harry se volvió completamente. El profesor Moody bajaba cojeando por la escalinata de mármol. Había sacado la varita y apuntaba con ella a un hurón blanco que tiritaba sobre el suelo de losas de piedra, en el mismo lugar en que había estado Malfoy.
Un aterrorizado silencio se apoderó del vestíbulo. Salvo Moody, nadie movía un músculo. Moody se volvió para mirar a Harry. O, al menos, lo miraba con su ojo normal. El otro estaba en blanco, como dirigido hacia el interior de su cabeza.
—¿Te ha dado? —gruñó Moody. Tenía una voz baja y grave.
Moody leía extrañado, como ausente, con el ceño fruncido, lo que Rose notó casi de inmediato, haciéndola tomar nuevamente su actitud reflexiva.
—No —respondió Harry—, sólo me ha rozado.
—¡DÉJALO! —gritó Moody.
—¿Que deje... qué? —preguntó Harry, desconcertado.
—No te lo digo a ti... ¡se lo digo a él! —gruñó Moody, señalando con el pulgar, por encima del hombro, a Crabbe, que se había quedado paralizado a punto de coger el hurón blanco. Según parecía, el ojo giratorio de Moody era mágico, y podía ver lo que ocurría detrás de él.
Moody se acercó cojeando a Crabbe, Goyle y el hurón, que dio un chillido de terror y salió corriendo hacia las mazmorras.
Algunas risas comenzaban a dejarse escuchar, algo veladas, mientras Moody, aún extrañado, leía lo que aparecía en el pergamino.
—¡Me parece que no vas a ir a ningún lado! —le gritó Moody, volviendo a apuntar al hurón con la varita.
El hurón se elevó tres metros en el aire, cayó al suelo dando un golpe y rebotó.
—No me gusta la gente que ataca por la espalda —gruñó Moody, mientras el hurón botaba cada vez más alto, chillando de dolor—. Es algo innoble, cobarde, inmundo...
El hurón se agitaba en el aire, sacudiendo desesperado las patas y la cola.
Las risas se hacían cada vez más fuertes, pero Moody seguía su lectura.
—No... vuelvas... a hacer... eso... —dijo Moody, acompasando cada palabra a los botes del hurón.
—¡Profesor Moody! —exclamó una voz horrorizada.
La profesora McGonagall bajaba por la escalinata de mármol, cargada de libros.
—Estaba realmente impactada —comentó la directora McGonagall, mientras las risas ya eran más evidentes.
—Hola, profesora McGonagall —respondió Moody con toda tranquilidad, haciendo botar aún más alto al hurón.
—¿Qué... qué está usted haciendo? —preguntó la profesora McGonagall, siguiendo con los ojos la trayectoria aérea del hurón.
—Enseñar —explicó Moody.
—Ens... Moody, ¿eso es un alumno? —gritó la profesora McGonagall al tiempo que dejaba caer todos los libros.
—Sí —contestó Moody.
—Técnicamente era un hurón —machacó Ron, provocando más risas en la Sala. Draco se había sonrojado al máximo de lo que su piel le permitía.
—¡No! —vociferó la profesora McGonagall, bajando a toda prisa la escalera y sacando la varita. Al momento siguiente reapareció Malfoy con un ruido seco, hecho un ovillo en el suelo con el pelo lacio y rubio caído sobre la cara, que en ese momento tenía un color rosa muy vivo. Haciendo un gesto de dolor, se puso en pie.
—¡Moody, nosotros jamás usamos la transformación como castigo! —dijo con voz débil la profesora McGonagall—. Supongo que el profesor Dumbledore se lo ha explicado.
—Puede que lo haya mencionado, sí —respondió Moody, rascándose la barbilla muy tranquilo—, pero pensé que un buen susto...
Moody, cada vez más intrigado, seguía leyendo con más interrupciones, como buscando en su memoria. Dumbledore se dio cuenta que Rose lo miraba con mayor interés, por lo que la niña, al notar la mirada del profesor, se sorprendió.
—¡Lo que hacemos es dejarlos sin salir, Moody! ¡O hablamos con el jefe de la casa a la que pertenece el infractor...!
—Entonces haré eso —contestó Moody, mirando a Malfoy con desagrado. Malfoy, que aún tenía los ojos llenos de lágrimas a causa del dolor y la humillación, miró a Moody con odio y murmuró una frase de la que se pudieron entender claramente las palabras «mi padre».
—¿Ah, sí? —dijo Moody en voz baja, acercándose con su cojera unos pocos pasos. Los golpes de su pata de palo contra el suelo retumbaron en todo el vestíbulo—. Bien, conozco a tu padre desde hace mucho, chaval. Dile que Moody vigilará a su hijo muy de cerca... Dile eso de mi parte... Bueno, supongo que el jefe de tu casa es Snape, ¿no?
—Sí —respondió Malfoy, con resentimiento.
—Otro viejo amigo —gruñó Moody—. Hace mucho que tengo ganas de charlar con el viejo Snape... Vamos, adelante... —Y agarró a Malfoy del brazo para conducirlo de camino a las mazmorras.
—Sí, lógico que los conozco a ambos —mencionó Moody, interrumpiéndose sin poder evitarlo—, pero no entiendo por qué lo expresaría así.
—Seguramente más adelante se aclarará, Alastor —le respondió Dumbledore, haciéndole un guiño a Rose.
La profesora McGonagall los siguió unos momentos con la vista; luego apuntó con la varita a los libros que se le habían caído, y, al moverla, éstos se levantaron de nuevo en el aire y regresaron a sus brazos.
—No me habléis —les dijo Ron a Harry y Hermione en voz baja cuando unos minutos más tarde se sentaban a la mesa de Gryffindor, rodeados de gente que comentaba muy animadamente lo que había sucedido.
—¿Por qué no? —preguntó Hermione sorprendida (al igual que sus hijos, quienes miraban cómo Ron adoptaba la misma pose de concentración).
—Porque quiero fijar esto en mi memoria para siempre —contestó Ron, con los ojos cerrados y una expresión de inmenso bienestar en la cara—: Draco Malfoy, el increíble hurón botador...
Harry y Hermione se rieron, y Hermione sirvió estofado de buey en los platos.
Estallaron nuevamente las carcajadas, provocando el sonrojo de Draco y una palmada de parte de Rose:
—¡Claro! ¡"El hurón albino"! ¡El profesor Neville lo mencionó cuando se narró lo de la entrega de la Nimbus 2.000 al tío Harry, por allá en primer año!
Frank y Neville asintieron, Hermione abrazó a su hija y Draco bufó molesto, en el momento que Moody, aún extrañado, retomó la lectura.
—Sin embargo, Malfoy podría haber quedado herido de verdad —dijo ella—. La profesora McGonagall hizo bien en detenerlo.
—¡Hermione! —dijo Ron como una furia, volviendo a abrir los ojos—. ¡No me estropees el mejor momento de mi vida!
Hermione hizo un ruido de reprobación y volvió a comer lo más aprisa que podía.
—¡No me digas que vas a volver ahora, por la noche, a la biblioteca! —dijo Harry, observándola.
—Es capaz —comentó Hugo—, cuando está en la casa y tiene que preparar alguna ley o documento de su trabajo, se encierra por horas en el estudio, y hasta hay que llevarle la comida. Como mi hermana, por supuesto.
Ambas lo miraron extrañadas, a lo que simplemente encogió los hombros.
—No tengo más remedio —repuso Hermione—. Tengo mucho que hacer.
—Pero has dicho que la profesora Vector...
—No son deberes —lo cortó ella.
—¿Qué estaría tramando tía Hermione? —se preguntó Molls, interesada.
—Apuesto que es algo que tenía que ver con los elfos domésticos —soltó Lucy.
—Demasiado fácil, prima —contraatacó JS, aún herido en su amor propio—, si no, no sería la jefa del Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas, ¿verdad?
Lucy cruzó los brazos, algo molesta con su primo.
Cinco minutos después, Hermione ya había dejado limpio el plato y había salido. Su sitio fue inmediatamente ocupado por Fred Weasley.
—¿Qué me decís de Moody? —exclamó—. ¿No es guay?
—Más que guay —dijo George, sentándose enfrente de Fred.
—Superguay —afirmó Lee Jordan, el mejor amigo de los gemelos, ocupando el asiento que había al lado del de George—. Esta tarde hemos tenido clase con él —les dijo a Harry y Ron.
Moody volvió a detenerse momentáneamente, de lo que se dieron cuenta Dumbledore y Rose.
—¿Qué tal fue? —preguntó Harry con interés. Fred, George y Lee intercambiaron miradas muy expresivas.
—Nunca hemos tenido una clase como ésa —aseguró Fred.
—Ése sabe, tío —añadió Lee.
—¿Qué es lo que sabe? —preguntó Ron, inclinándose hacia delante.
—Sabe de verdad cómo hacerlo —dijo George con mucho énfasis.
—¿Hacer qué? —preguntó Harry.
—Luchar contra las Artes Oscuras —repuso Fred.
—Lo ha visto todo —explicó George.
—No todo —se interrumpió Moody—, pero sí lo suficiente.
—Esa fue una de las razones para contratarte ese año, Alastor —comentó Dumbledore—. Tu vasta experiencia en el campo de la lucha contra magos tenebrosos.
—Sorprendente —dijo Lee.
Ron se abalanzó sobre su mochila en busca del horario.
—¡No tenemos clase con él hasta el jueves! —concluyó desilusionado.
—Y para esa clase —comentó Moody, suspirando—, habrá que esperar al próximo capítulo.
Colocó el pergamino en el atril, y al moverse, se cruzó de brazos en actitud reflexiva. El atril se movió hasta quedar frente a Neville, quien miró el título del capítulo, vio a sus padres y a los de Harry, y suspiró antes de leer.
Buenas tardes desde San Diego, Venezuela! Un capítulo que parece de transición se convierte en un "libro abierto" para quienes esperan conocer más de esa "leyenda" llamada Alastor Moody, más por su actitud al leer que por lo que leyó en esta oportunidad. Por supuesto, aquellos que están más alerta en la lectura se van dando cuenta de lo que puede estar pasando con el famoso ex-auror. Por supuesto, la aventura sigue y como el propio Moody anunció, en el próximo capítulo se vendrá la primera clase de Defensa Contra las Artes Oscuras de ese cuarto año. Por lo pronto, lo que se viene es mi continuo agradecimiento a quienes están pendiente de esta "aventura astral de tres generaciones y ocho libros", están alertas, lo marcan como favorito y lo comentan, como esta semana hizo creativo (uno de los grandes misterios de la humanidad mágica, el chiste del banquete de apertura del cuarto año); de verdad, gracias a ustedes me mantengo activo en esta aventura... ¡Sigan ahi, que yo estaré aquí! Como también se ha hecho costumbre en estos tiempos de #Cuarenterna, tomen todas las previsiones de bioseguridad si tienen que salir, y si no es estrictamente necesario, #MejorQuédenseEnCasa! Salud y bendiciones!
