Remus les miró a los tres como si se hubieran vuelto locos. Vamos, es que ¡se habían vuelto locos!.
Animagos. Ilegales. ¡Con dieciséis años! Y pretendían enfrentarse a su lobo, ese ser salvaje y despreciable al que temía más que a nada en el mundo. Dementes, tanto hechizo les había dejado dementes.
— Lunático….—intentó mediar James.
— ¡NO!
— Pero nosotros…—intentó argumentar Peter.
— ¡He dicho que no!
Sirius no dijo nada. Se limitó a plantarse delante de Remus y buscar sus ojos . Remus le mantuvo la mirada con la mandíbula apretada. Silenciosos, los otros dos merodeadores salieron del dormitorio.
Al cabo de dos minutos, el gesto de Remus pasó del enfado a la preocupación. Con los ojos brillantes, Sirius extendió la mano y siguió con la punta del dedo la cicatriz que le bajaba desde debajo del ojo hasta la comisura del labio.
— Es una locura —susurró Remus.
Por toda respuesta, Sirius se encogió de hombros. Abrió la mano y acunó la mandíbula de Lupin, que giró ligeramente la cabeza para aumentar el contacto.
— Si os hiciera algo me moriría —Se lamentó, en un último intento de argumentar.
Black siguió sin contestar. Le sonrió, como le sonreía solamente a él y le abrazó, con todo el cuerpo, sintiendo como Remus apoyaba su frente en su hombro.
— Todo irá bien, Rem. Juntos somos invencibles.
Y Remus no pudo evitar sonreír y sentirse un poco optimista.
