Capítulo 13

"¡Papá, espera! Tengo que hacer algo antes de irnos. ¿Nos vemos en el Red Lion?" Ross y Joshua acababan de salir de la junta de accionistas. A juicio de Joshua, había sido todo un éxito. Los inversores finalmente tuvieron la oportunidad de conocer a su hijo y se aseguraron que la mina estaría en buenas manos aunque él no estuviera. Además, Ross había presentado su idea para el nivel de 40 pies que habían estado discutiendo los últimos días. Al principio habían encontrado cierta oposición de los inversores más conservadores, pero Ross les hizo cambiar de opinión y decidieron darle una oportunidad siempre y cuando no tuvieran que arriesgar más dinero. Joshua estaba esperando en los establos cuando vio a su hijo acercarse unos minutos después con un paquete rectangular en sus manos.

"¿Qué es eso?"

"Solo algo para Demelza." Joshua creyó verlo sonrojarse - "Todavía no me ha perdonado por completo por faltar a la última reunión".

"Oh... es muy considerado de tu parte." Joshua rió entre dientes mientras Ross se abría camino hacia la calle. Había dejado de presionar tanto a su hijo con Demelza. Estaban casados y ya nadie podría cambiar eso. Cada día estaba más seguro que la jovencita era la mujer adecuada para él y el se daría cuenta tarde o temprano. Joshua notaba que su relación todavía era un poco tensa, pero este gesto sería una agradable sorpresa. Seguramente lo sería para Demelza. Se preguntó cómo les iría en la cama.

"¿Cómo está Demelza, por cierto?" preguntó mientras salían de la ciudad cabalgando apaciblemente uno al lado del otro.

"Bien, creo. ¿Por qué? ¿Ha dicho algo?"

"Muchas cosas, pero rara vez habla de ti. ¿Eres amable con ella?... ¿En la cama?"

"¡Papá!" Ross casi suelta las riendas de Darkie. ¡Viejo entrometido!

"¿Qué? Solo quiero asegurarme de que la trates adecuadamente. Y no me importaría tener algunos nietos correteando por la casa."

"Sí, lo hago. Y no diré ninguna otra palabra al respecto." ¡Sí, lo haces porque no estás haciendo nada con ella! Dijo una voz en su cabeza. Se preguntó qué diría su padre si supiera que la posibilidad de tener nietos era nula. Nunca tendría hijos, era inconcebible para él imaginarse niños si Elizabeth no era su madre, no importa lo tentadora que fuera la niña. No importa cuánto se iluminó su bonito rostro cuando llegaron a casa y él le dio el regalo.

"¿Qué es esto?" les preguntó ella perpleja.

"Ábrelo, Demelza." La había animado su padre.

Era un libro. Un libro de poemas de Cornwall por lo que decía en la portada.

"Oh, gracias." Dijo mirando de uno al otro.

"Yo no tuve nada que ver. Es de Ross."

"¡Oh!" Ross le sonrió mientras se quitaba el abrigo y se desataba el pañuelo del cuello. Demelza volvió a mirar el libro y lo abrazó contra su pecho. Se había quedado sin palabras. Nadie había tenido jamás un gesto tan amable hacia ella. Un regalo entregado por propia voluntad, sin ninguna otra intención oculta más que complacerla. Ella se acercó a su esposo y después de un momento de vacilación se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

"Gracias."

Habían sido las semanas más tranquilas que había tenido en Namapara desde su llegada. Por primera vez en mucho tiempo sintió que pertenecía a algún lugar. Estaba acostumbrada a la casa que siempre estaba limpia y ordenada y era acogedora bajo su cuidado, sus tareas eran muchas pero se alegraba de hacerlas sabiendo que el Sr. Joshua estaba complacido con ella; había reclamado la cocina como suya, ahora ella era jefa y comandante allí; Prudie y Jud la escuchaban, sobre todo porque les gustaba comer lo que ella cocinaba. También tenía tiempo para ella, para pasear por la playa o montar a Rosie en los campos o jugar con Garrick al aire libre. Su jardín estaba floreciendo a pesar del clima seco, había elegido bien qué plantar. Había hecho una amiga, una chica cercana a su edad que vivía en las cabañas de los Poldark y a la que iba a visitar todas las semanas o con la que iba al pueblo cuando necesitaba comprar algo; por todo eso, estaba contenta. Pero, por supuesto, el principal cambio había sido el cambio de actitud de su marido hacia sus deberes. Durante más de un mes había estado trabajando codo con codo con su padre en la administración de la mina, explorando nuevos túneles que parecían prometedores, hablando con los inversores, planificando la nueva cosecha de los campos, reparando el techo donde había goteado en la última lluvia. Joshua estaba más allá de sí mismo de alivio y satisfacción de que finalmente Ross estaba en el camino correcto y ella también estaba contenta por el Señor Joshua. Y un poco por ella también...

Las cosas con su marido no estaban tan tensas como antes. No desde que se dio cuenta de que Ross realmente tenía la intención de ayudar a su padre esta vez, no desde que le había dado un regalo tan encantador. Lo leía cada vez que tenía la oportunidad. Demelza nunca había imaginado que ese rincón olvidado del mundo pudiera inspirar palabras tan hermosas. Fue como si al leerlas pudiera imaginarse exactamente lo que estaba viendo el autor y más. Lo que sentía, los olores, los colores, el ruido. A menudo, Ross se burlaba de ella diciéndole que se quedaría ciega si seguía leyendo en la penumbra de su habitación, pero después de que se lo dijo la primera vez había encontrado un candelabro en su mesita de luz también y él le había pedido que le leyera algunos de los poemas.

"…Las gaviotas planean y giran fuera de la vista

Debajo de esta sedienta altura, incrustada de frugalidad

Los brotes veteados de las flores marinas se tornan blancos

Y el tojo se vuelve naranja rojizo visto de cerca

Deriva pálida de prímulas que en cascada caen

Y se derraman en la marea.

Más que en el ajardinado Surrey, la naturaleza se derrama

Gran cantidad de brezos, arvejas y escila

Sobre estas colinas de Cornwall largamente defendidas..."

Había elegido ese poema porque le recordaba a la playa de Hendrawna y quería preguntarle a Ross dónde quedaba Surrey y si había estado allí. Eso también se había vuelto común, los dos hablando mientras estaban en la cama. A Demelza siempre le había interesado la actividad en la mina y le hacía preguntas cuándo veía que estaba dispuesto a hablar. Otras veces leía en voz alta, Ross decía que no le importaba y ella quería practicar. Su libro u otras cosas que encontraba mientras limpiaba la biblioteca. Ross continuó haciendo preguntas sobre su vida antes de venir a Nampara y ella le había contado muchas cosas excepto lo que había jurado guardar para ella. Eso no era asunto de nadie, ni siquiera de su marido. Y además, a pesar de que su relación había mejorado, él todavía la confundía. No había cambiado por completo, estaba segura de que nunca lo haría. Sus cambios de ánimo seguían presentes, la incomodidad en la que se encontraban con frecuencia. A veces podrían haber pasado un día agradable, tal vez haber ido a montar juntos o haber estado charlando toda la tarde, y por la noche él la ignoraba por completo. Apagaba las velas antes de que ella estuviera en la cama, lo que la dejaba tropezando en la oscuridad, o le daba la espalda sin decir una palabra cuando sabía que él no dormía porque ella le decía "Buenas noches" y después de un rato, como si tuviera que juntar fuerzas para responder, él le respondía "Buenas noches, Demelza."

Otras veces sus reacciones cordiales la desconcertaban completamente. Una tarde lluviosa de domingo había encontrado a los Poldark confinados en la casa y los tres encontraron refugio en la biblioteca. Ella con su libro, Ross con los mapas de la mina y a Joshua más que aburrido, así que comenzó a pedirle a Demelza que tocara la espineta y cantara para ellos. Lo que Demelza rechazó una y otra vez. El instrumento había pertenecido a Grace, la madre de Ross, y no se había tocado desde su muerte. Ross recordó haber oído a su padre decir algina vez que no quería volver a escuchar ese instrumento nunca más, así que se sorprendió cuando continuó insistiendo.

"Te diré una cosa; si tú cantas, yo tocaré." Tanto Joshua como Demelza lo miraron porque Ross no había dicho nada desde que terminaron de almorzar.

"Oh no, no. No lo creo..."

"¡Sí, Sí! Buena idea. Ross toca muy bien, su madre le enseñó."

"No tan bien, no he tocado en años y no recuerdo muchas canciones." Se necesitó un poco más de insistencia para convencer a Demelza y luego un poco más de tiempo para que se pusieran de acuerdo qué canción interpretar, pero había sido una tarde alegre después de todo. Al escuchar música de la biblioteca, Prudie y Jud se les unieron y todos terminaron cantando, aplaudiendo y riendo, principalmente porque Jud había traído su buena cerveza para compartir y todos terminaron un poco mareados. Esa noche, recordó Demelza, no había tenido la oportunidad de cambiarse las enaguas antes de acostarse, así que tuvo que cambiarse con Ross en la habitación. Lo hizo lo más rápido que pudo, pero aún así podía sentir sus ojos sobre ella. A veces la miraba así, de una manera indescriptible y ella no podía distinguir si estaba enojado o si sentía el mismo anhelo que ella cuando estaba cerca suyo. Seguramente no era esto último, porque ni siquiera podía explicarse a sí misma que era lo que sentía. En la urgencia de escapar de su mirada, corrió a la cama y se metió bruscamente debajo de las sábanas, sus pies rozando sin querer los de Ross.

"¡Ay! ¡Tus pies están helados!" Demelza se movió de su lado de inmediato y se llevó las mantas hasta la barbilla. No había bebido mucho, sólo un pequeño vaso de cerveza, sin embargo sus mejillas estaban calientes y lo observó por debajo de sus pestañas. Sin que él se diera cuenta, Demelza extendió una de sus piernas y presionó su pie frío en su pantorrilla.

"¡Jesús! ¡Niña!" gimió él y en lugar de quitar el pie ella acercó el otro riendo tontamente. "¡Demelza!"

Hubo una pequeña lucha debajo de las sábanas. Demelza intentó retirar los pies pero Ross no se lo permitió. Los capturó con sus propias piernas cálidas y no la dejó escapar. Cuando se rindió las sábanas estaban todas revueltas a su alrededor.

"Mira lo que has hecho." Ross dijo seriamente, pero ella sabía que no estaba enojado. Después de que volvieron a arreglar la cama para dormir, Demelza trató de quitar los pies de nuevo, Ross los sostuvo entre los suyos por un segundo más y luego la soltó. "Déjalos ahí si quieres, te mantendrán caliente." Dijo él. Era como el clima de Cornwall mismo. Al día siguiente la había evitado todo el día, pero cuando llegó la noche volvió a acercar sus pies a los de ella para mantenerla abrigada.

"Buenas noches, Demelza."

"Buenas noches, Ross."

Fin del Capítulo 13


NA: ¡Gracias por leer!