La Locura del Lord
12| ACOSO
Hinata dejó de respirar. Por primera vez desde que le conocía, la mirada de Naruto estaba completamente clavada en la suya.
Sus iris eran azules, como ya sabía, lo que no sabía era que las negras pupilas estaban rodeadas de motitas amarillas. Naruto permaneció inmóvil, como si estudiarla reclamase toda su concentración. No parpadeó, no se movió, sólo la observó fijamente.
Ella le acarició la cara, asombrada.
—Naruto…
Él pestañeó y giró la cabeza, y cuando volvió a mirarla, fue como siempre, sin fijarse en sus ojos. A Hinata le dio un vuelco el corazón.
—No, no apartes la vista.
Naruto cerró los ojos y se inclinó para besarla.
—¿Por qué no me miras? —preguntó—. ¿Qué me ocurre?
Él abrió los párpados, pero no la miró a los ojos.
—Nada. Eres perfecta.
—Entonces, ¿por qué?
—No puedo explicarlo. No me pidas que lo intente.
—Lo siento —susurró ella. Le acarició el pelo mientras se le escapaban las lágrimas.
—No llores. —La besó en la mejilla mojada—. Éste es un momento feliz.
—Lo sé.
Él todavía estaba dentro de ella, grueso y duro, llenándola de una manera maravillosa.
«No ansíes lo que no puedes tener —se reprendió a sí misma—. Disfruta de lo que tienes». Ésos eran los pensamientos que la habían ayudado a superar los peores días.
Quería a Naruto en cuerpo y alma, pero sabía que no podía tenerlo. Él le daba todo lo que le era posible: un goce físico, placentero y momentáneo. Le había pedido que mantuvieran una relación puramente carnal. Si le hacía daño no tener más, era culpa suya.
—Naruto, eres nocivo para mí —dijo.
Él esbozó una media sonrisa.
—Soy el Loco MacUzumaki.
Hinata le cogió la cara entre las manos, repentinamente enfadada.
—Puede que haya gente que te llame así, pero es porque no te comprenden.
—Siempre intentas ser amable conmigo —respondió él, apartando la mirada.
—No es amabilidad. Es la verdad.
—Shhh… —Naruto la besó—. Hablas demasiado.
Hinata estaba de acuerdo. Él volvió a besarla, haciendo que ella ocupara su boca en algo mucho más satisfactorio.
Comenzó a moverse de nuevo en su interior. El miembro de Naruto estaba duro y caliente, y los gemidos que él emitía la excitaron más de lo que nunca imaginó poder excitarse.
«Esto es el placer absoluto», susurró su mente cuando él la condujo a la cima de una oleada de éxtasis. Alcanzó el orgasmo bajo él, retorciéndose y arqueando las caderas. Se movió y gimió hasta que el placer se diluyó y Naruto cayó desmadejado sobre ella, uniendo sus cuerpos en un cálido enredo.
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Un trueno retumbó justo encima de ellos y Hinata se despertó. Naruto estaba a su lado, apoyado en un codo, observándola dormir.
—Hola —murmuró Hinata.
Naruto mostró una lenta sonrisa. No sabía si él había dormido o no, pero no parecía cansado.
—No pensé que la tormenta duraría tanto —comentó ella—. ¿Qué hora es?
—No lo sé. Acaba de amanecer. Hinata hizo una mueca.
—Sumire se preocupará.
—Sabe que yo me ocuparé de ti.
—Y puede que ella esté con Menma. —Hinata sonrió ampliamente—. Quizá la haya acompañado a casa.
La mirada de Naruto le dijo que no lo creía posible.
—Anoche fue la primera vez que habló con ella en tres años.
—Eso es bueno, ¿verdad?
—Menma se enfadó muchísimo cuando le conté que íbamos a ir al casino. No creo que sostuvieran una conversación agradable.
—Eres un pesimista, Naruto. Considero a Sumire una querida amiga y quiero que sea feliz otra vez.
—Fue ella quien dejó a Menma —señaló Naruto.
—Lo sé. Pero ahora se arrepiente.
El cuerpo de Naruto era cómo una estufa y sus caricias increíblemente tiernas.
—Cuando estaban casados eran salvajemente felices o se peleaban a brazo partido. No había término medio.
—Supongo que eso cansa a cualquiera.
Hinata podía considerar que ahora era salvajemente feliz con Naruto, tan feliz que apenas podía soportarlo. También sabía que podría acabar siendo absolutamente infeliz. Su corazón jamás se había visto envuelto en un tiovivo de emociones hasta que conoció a Naruto MacUzumaki.
Él le acarició el pelo y ella cerró los ojos. Qué bonito sería poder quedarse para siempre en esa burbuja de felicidad, flotando en un mar de pacífica satisfacción.
—Debería irme a casa. —No había sido su intención que su voz sonara tan triste.
—Shino tendrá que traernos antes la ropa. La que llevabas puesta ha quedado arruinada.
—¿Shino sabe dónde estamos?
—No.
Entonces, no lo sabía nadie, pensó Hinata. Naruto y ella estaban solos. Su corazón dio un brinco de alegría.
—Se preocupará, ¿verdad? —murmuró.
—Está acostumbrado a que desaparezca de vez en cuando, pero sabe que siempre regreso.
Hinata le estudió.
—¿Por qué desapareces?
—Algunas veces me siento sobrepasado. Intentar entender lo que dice la gente, tratar de recordar todo lo que se supone que debo hacer para parecer normal, es difícil para mí. A veces las reglas son demasiado duras. Así que me voy por un tiempo.
Hinata le dibujó el músculo del brazo con la uña.
—¿Adónde vas?
—La mayoría de las veces a los bosques que rodean Rasengan. Es un lugar enorme y allí puedo olvidarme de que existe todo lo demás. Te gustará.
Ella ignoró la insinuación.
—¿Y las otras?
—A un prostíbulo. Con tal de que pague, me dejan entrar. Allí no tengo que pensar lo que debo decir.
Hinata ya se había acostumbrado a la brusquedad de Naruto, pero eso no significaba que le gustara saber que estaba con otras mujeres. Se imaginó que las prostitutas estarían encantadas de darle cobijo cada vez que él quisiera. Era rico y poseía un cuerpo perfecto al que acompañaba un devastador encanto, en especial cuando sonreía. Incluso su mirada ladeada rezumaba un pícaro brillo. Si ella fuera una prostituta, ni siquiera le cobraría.
—¿No vas a más sitios?
—En ocasiones me subo a un tren para llegar a algún lugar que no conozco, o cabalgo por el campo, buscando un sitio en el que poder estar solo.
—Tu familia debe morirse de preocupación.
Naruto movió el brazo y deslizó un dedo entre los pechos de Hinata.
—Lo hacían al principio. Nagato no quería perderme nunca de vista.
—Pero es evidente que finalmente claudicó.
—Solía enfurecerse cuando me marchaba. Amenazaba con volver a encerrarme.
—Da la impresión de que tu hermano, el duque, es un poco matón —se enfureció Hinata.
Naruto sonrió de medio lado.
—Se dio cuenta de que iba a seguir haciéndolo a pesar de lo que dijera. Shino se puso de mi lado y le dijo a Nagato que se fuera a la mierda.
Hinata abrió los ojos como platos.
—¿Y Shino todavía está vivo?
—Ya lo ves.
—Bien por Shino.
—Nagato se preocupa por mí, eso es todo.
Hinata frunció el ceño.
—Te sacó del sanatorio y logró que la comisión dictaminara que no padecías una supuesta locura. ¿Por qué? ¿Para que le ayudaras en sus asuntos?
—No me importa por qué lo hizo. Sólo que lo hiciera. Hinata se sintió repentinamente enfadada con Nagato.
—No es justo. No debería utilizarte de esa manera.
—No me importa.
—Pero…
Naruto le puso los dedos sobre los labios.
—No soy su criado. Le ayudo porque quiero, pero cuando me harto, me largo.
—Es entonces cuando desapareces durante días enteros.
—Nagato podría haber permitido que me pudriera en el sanatorio. Seguiría allí de no ser por él. No me importa leer sus tratados o gestionar sus acciones, considero que de esa manera pago la deuda que tengo con él.
Hinata entrelazó sus dedos con los de él.
—Supongo que al menos debo agradecerle que estés aquí. Naruto le acarició el dorso de la mano, sin escuchar lo que decía.
Su calidez la cubría como una manta y su aliento le quemó cuando él le besó la línea del pelo.
—Háblame de tu marido —murmuró.
—¿De Toneri? —«¿Ahora?»—. ¿Por qué?
—Le querías. ¿Cómo fue?
Hinata permaneció quieta, recordando.
—Cuando murió, pensé que yo también me moriría.
—No le conocías desde hacía mucho tiempo.
—Eso da igual. Cuando amas con todo el corazón, te das cuenta de que el tiempo no importa.
—Y entonces, él murió —dijo Naruto—. Y jamás volverás a amar tan profundamente otra vez.
—No lo sé.
«Mentirosa». Hinata sabía que estaba enamorándose como una tonta de Naruto y no sabía cómo impedirlo. ¿Qué le ocurría?
Tuvo la respuesta a esa pregunta cuando él la besó de repente de una manera intensa y salvaje. La tensión se disolvió y le rodeó con los brazos en el acto, estrechándole con fuerza.
Naruto dejó patente que no quería seguir hablando al separarle las piernas con mano firme y volver a penetrarla; ella no protestó.
La señora Barrington decía que sólo una mujer muy lasciva permitiría que un hombre se saliera con la suya sin protestar. Hinata se acomodó contra las almohadas y separó más los muslos, feliz de ignorar las críticas palabras de la señora Barrington sobre aquel tema en particular.
Volvió a dormirse. Cuando despertó, la ventana era un cuadrado gris oscuro.
Naruto estaba parado al lado, mirando al exterior.
Seguía lloviendo a cántaros, pero ya no se oían truenos. Él estaba desnudo y apoyaba una mano en la pared, mostrándole desvergonzadamente su glorioso trasero.
La sombría luz resaltaba sus poderosos músculos. A Hinata le recordaba las perfectas esculturas masculinas que había visto en el Louvre. Pero aquellas figuras eran de frío mármol; Naruto rezumaba vida.
Cuando ella se movió, Naruto se llevó el dedo a los labios.
—¿Hay alguien ahí fuera? —susurró ella, alarmada. Estaban en el segundo piso de la pensión, en la que según el dueño de la misma era su mejor habitación. Pero las ventanas no tenían cortinas y Hinata se sentía expuesta.
—El inspector Fellows vigila la casa —dijo Naruto—. Está acompañado por los gendarmes.
Hinata subió las sábanas hasta la barbilla.
—¡Oh, Dios, ¡qué vergüenza!
—Creo que es peor que eso.
—¿Qué puede ser peor? No nos puede arrestar por pasar la noche en una pensión, ¿verdad? Bueno si fuera ilegal comportarse con lascivia, tendrían que arrestar a la mitad de París.
Los periódicos se enterarían. Siempre lo hacían, y la historia atravesaría el Canal hasta Londres. «Heredera inglesa llevada hasta los magistrados franceses por fornicar en una pensión de París de dudosa reputación, después de jugar ilegalmente a la ruleta».
Un suave golpe en la puerta hizo que Hinata se sentara en la cama.
—Soy yo, jefe. —La voz que provino del otro lado era nativa del East End.
Shino. Hinata exhaló un suspiro de alivio.
Naruto no se molestó en cubrirse cuando permitió que su ayuda de cámara entrara en el cuarto. Shino no mostró interés ni sorpresa por el estado de desnudez de Naruto y depositó las prendas que había traído consigo en el respaldo de la silla. Abrió despacio una bolsa de cuero y sacó una cuchilla de afeitar, un recipiente en forma de copa y una brocha.
—¿Hay alguna manera de conseguir agua caliente en este infame lugar, jefe?
—Pídesela a la doncella. ¿Has traído la ropa de la señora Õtsutsuki?
—Claro. —Shino mantuvo la mirada clavada en Naruto, simulando no ver a Hinata en la cama—. Su doncella quería venir conmigo, pero la convencí de que no sería prudente.
Naruto se limitó a asentir con la cabeza. Se puso las prendas que Shino le tendía, ocultando su perfecta anatomía, y se sentó para que le afeitara. Parecía que estuviera en el lujoso hotel Langham de Londres, aseándose tras una noche de diversión.
Hinata se dio cuenta de golpe de que Shino ya había hecho eso antes. Parecía seguir una cómoda rutina que consistía en llevar a Naruto ropa limpia y afeitarle después de que él hubiera pasado la noche con una mujer.
Hinata se rodeó las rodillas con los brazos. «No puedo ser tan estúpida como para estar celosa».
—¿Te han visto? —preguntó Naruto a Shino.
—No, he entrado por el callejón al que da la cocina. El personal guardará silencio. No les gusta la policía más que a nosotros. —El criado respondió mientras afilaba la cuchilla.
—Esto es demasiado absurdo —dijo Hinata—. ¿Por qué Fellows te acosa de esta manera? ¿Por qué a mí?
—Es su manera de actuar —respondió Naruto.
No era una contestación que aclarara demasiado, pero Naruto cerró la boca y recostó la cabeza en el respaldo mientras Shino terminaba de afilar el instrumento. La misma doncella que les atendió la noche anterior entró silenciosamente en la habitación con una jarra de agua caliente y el ayuda de cámara le indicó en francés que debía ayudar a Hinata a vestirse.
La chica hizo una reverencia y, mientras los dos hombres miraban hacia otro lado, ató los cordones de la ropa que Shino había recogido en casa de Sumire. La cara de la criada brillaba de excitación.
—Debe de ser muy rico, madame —susurró.
Hinata no corrigió la suposición de que Naruto era su protector. La noche anterior, le había divertido que el dueño y el personal de la pensión supusieran que era la amante de Naruto, aunque ahora ya no le parecía tan gracioso.
—Supongo que tendremos que escapar también por la puerta de atrás —le dijo a Naruto—. El señor Fellows se está convirtiendo en una auténtica molestia.
—No nos vamos a ir aún —respondió Naruto.
—Bueno, todavía está lloviendo. —Hinata lanzó una mirada crítica a la ventana—.Espero que el inspector y sus amigos los gendarmes estén bien mojados.
Naruto la miró con la cara llena de espuma.
—¿Has traído lo que te pedí? —preguntó a Shino.
—He hecho todo lo que pidió, milord. Ahora, por favor, deje de hablar, no vaya a ser que le corte.
Naruto permaneció en silencio y Shino deslizó la cuchilla por su garganta. Hinata se sentó en aquella cama en la que había disfrutado de una noche de tórrida pasión y deseó poder comer algo.
La doncella sacudió y estiró la ropa mojada de la noche anterior y la extendió ante la estufa para que se secara. Shino comenzó a afeitar a Naruto en silencio; los únicos sonidos eran el roce de la cuchilla sobre su piel y los pasos de la criada.
Naruto no parecía tener prisa. Cuando el ayuda de cámara terminó, ordenó a la criada que le llevara un periódico y un café, y un servicio de té para Hinata. Poco después, la chica regresó con lo que había pedido y, justo al mismo tiempo, alguien golpeó la puerta. Shino apartó la hoja de afeitar y se acercó a abrir.
Menma apareció en el umbral. Entró y el sirviente cerró con rapidez.
—Fellows se está calando hasta los huesos. No te preocupes, Naruto. He tenido cuidado.
—¿Qué haces aquí? —dijo Hinata, intentando no parecer impaciente—. ¿Cómo está Sumire?
Menma pareció sorprendido.
—¿Cómo diablos voy a saberlo?
—La llevaste a casa anoche.
Menma pasó junto a una silla y la cambió de lugar.
—La metí en un carruaje y le ordené al cochero que la llevara a casa y no la dejara volver a salir.
Hinata le miró con el ceño fruncido.
—¿No fuiste con ella?
—No, no lo hice.
¡Qué hombre más irritante!
—Sumire me enseñó el cuadro que pintaste de ella.
—¿De verdad? ¿Esa baratija? —Menma intentó hablar despreocupadamente, pero parecía tenso.
—No es una baratija. Es muy hermoso. Lo lleva consigo a todas partes… Es evidente, claro, o no podría habérmelo enseñado.
—Es indudable que está buscando el lugar perfecto para tirarlo al mar.
—Eso no es cierto.
Menma agarró la silla con tanta fuerza que Hinata se temió que rompiera la madera.
—¿Podemos hablar de otra cosa?
—Como quieras. —Hinata frunció el ceño pero dejó el tema.
Cuando Shino terminó de ayudar a Naruto a vestirse y Hinata hubo acabado la taza de té, llamó alguien más a la puerta.
Menma se apresuró a abrirla, pero salió al pasillo sin permitir que Hinata viera de quién se trataba. Escuchó un rápido intercambio de palabras en francés y luego, Menma volvió a entrar acompañado de su ayuda de cámara, Bee, y un hombre con una larga sotana negra y un rosario.
—¡Santo Cielo! —exclamó Hinata—. ¿Es que vamos a celebrar una fiesta de disfraces? Nos verán en cuanto comencemos a salir por la puerta trasera.
Naruto se giró hacia ella.
—Vamos a salir por la puerta principal. No pienso dar a Fellows el placer de obligarme a escabullirme.
—¿No has dicho que está ahí para arrestarnos?
—¿Cómo va a hacerlo? —Naruto endureció la voz y la miró de una manera que ella no comprendió—. No existe ninguna razón para arrestar a un hombre por pasar la noche con su esposa en una pensión.
Hinata se quedó inmóvil.
—Pero yo no soy tu…
Ella lanzó una mirada al sacerdote, a la expresión inocente de Shino y a la cara pálida de Menma.
—Oh, no —dijo, con el corazón en un puño—. Oh, Naruto, no.
Continuará...
