La noche se iba sesgando en hilos plateados al mezclarse con las luces por la velocidad conque manejaba. Podía percibir la falta de circulación en sus dedos por estarlos presionando de esa manera contra el manubrio, pegado al acelerador como si fuera su fuente vital. Se estaba poniendo irracional, necesitaba calmarse o llegaría tan revuelto que sería una presa fácil y su única posible salvación era mantenerse medianamente ecuánime. Frenó en un semáforo, tratando de regresar la respiración normal en lugar de esos gruñidos entre dientes apretados. Se tomó dos minutos más a la orilla del camino para dejar salir un grito frustrado antes de retomar la autopista, esta vez en una velocidad permitida.

Entró al bar con la actitud de un hombre de negocios, cara de póquer, las manos en los bolsillos y el andar derecho sin detenerse en el resto, la mirada recta hacia el lugar reservado para ellos. ¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que Dazai pedía una reservación? Chuuya periódicamente se entrevistaba allí con algunos otros líderes para cerrar tratos o un par de noches y queriendo borrar el peso sentimental que ejercía todavía sobre él, invitó a Akutagawa a cenar y beber. Pero Dazai hacía mucho que ya no pertenecía a la Port Mafia y además ya no era un precio que pudiera pagar. No, necesitaba toda la sangre fría si quería tener una posibilidad de resistirse a lo que fuera que ese bastardo sin alma estuviera planeando. Ordenó a la mesera que estaba esperando al lado de la puerta en un susurro y ella respondió en la misma voz que demoraría sólo un minuto en llevarle el pedido y saldría enseguida. Chuuya asintió, quedándose de pie ante la duda de ella, pero prefiría entrar acompañado. Así podía distraerse en la bonita espalda de la mesera, su delicadeza para dejar las dos botellas de vino y sonreír al darle la propina que aquello requería y sin duda Dazai no iba a dejar. Se permitió un par de palabras con ella antes de verla partir irremediablemente y debió mantener la vista enfrente. Allí, donde Dazai ya lo miraba con el mentón recargado en las manos con el café burlón brillando, la sonrisa ladeada diciéndole que no debía gastar tanta energía en su disfraz porque Dazai podía ver a través tan claro como el día todo el miedo que tenía. Aún así Chuuya se permitió resoplar y acercar la botella más clara de su lado, sirviéndose en una copa. Agitó el contenido disfrutando del aroma antes de darle un sorbo, notando que su acompañante no estaba bebiendo nada.

— No deberías venir a sitios que salen de tu presupuesto— masculló, sintiendo el licor abrazarle las mejillas mientras le extendía la copa de la que había bebido después de llenarla de nuevo, bebiendo él de la otra botella.

— El dueño nos dijo que podíamos venir siempre que lo deseáramos ¿Recuerdas? Esta habitación privada fue un regalo para los dos.

— Eso fue cuando eras parte de nostros, no creo que le haya causado mucha risa que un traidor le pidiera un favor.

— Me debe un par de favores más desde que soy parte de la Agencia, pero eso no es de tu incumbencia.

— Lo es y lo sabes. Ésta es una de mis zonas de negociación y me estás poniendo en una situación peligrosa si alguien me llega a ver contigo aquí.

— No te obligué a venir, Chuuya.

— "Terminemos con esto de una vez." Con ese mensaje ¿Qué opción me quedaba?— susurró, sintiendo el mareo del alcohol advirtiéndole que era mejor que conservara un poco de su cordura—. No quiero esconderme, Dazai, agradezco que hayas hablado conmigo en lugar de buscar a mi esposo.

— ¿Akutagawa? ¿Por qué querría hablar con él?— sonreía distraído, como si realmente no comprendiera ante la mirada suspicaz del otro, saboreando aquél momento junto al vino caro. Chuuya tenía un excelente gusto en vinos, al menos—. Oh ¿Lo dices porque se está acostando con Atsushi?

— No tienes por qué tomar esa actitud, si me has llamado aquí es porque estás buscando algo más que una disculpa.

— Atsushi es demasiado sincero, es un poco aburrido a veces. No hay nada que pueda esconderme y en realidad no fue una sorpresa que pasara, quizá que tú también participes en sus encuentros, no puedo negarte que eso me parece erótico pero...

— Córtalo allí, imbécil.

— ¿Te da vergüenza? No te preocupes, eso no me lo dijo Atsushi, lo vi accidentalmente en una fotografía de su celular. Parecían estarse divirtiendo.

— ¿Qué quieres, Dazai?

— Ya te lo dije, quiero terminar con todo esto. Ya me estoy cansando.

— No sé a qué te refieres exactamente.

— Claro que lo sabes, Chuuya— sería la escasez de luz pero por un momento el rostro del hombre lució triste—. Odio la sinceridad, los sentimentalismos pero ya estoy harto de este juego, compañero. Sólo quiero un poco de justicia por lo que hiciste.

— Te refieres a Oda, no a ellos ¿Verdad?

Dazai bebió de la copa, apenas un trago sin decir una palabra, acomodando de nuevo su mentón entre sus manos.

— Ya pasaron muchos años, ya deberías dejarlo.

— Es la clase de respuesta que esperaba, pero esta vez no voy a ceder en esto. No vengo por una disculpa, no quiero que minimices lo ocurrido. Sé que eres un mafioso y arreglas las cosas en orden de tus intereses así que para ti haber hecho lo que hiciste no tiene relevancia pero para mí sí.

— ¿Me estás pidiendo que sienta empatía por ti, Osamu?— dejó salir una carcajada cruel, hueca que sabía estaba silenciada por la habitación—. Tú menos que cualquiera merece empatía.

— Vengo a negociar contigo. Confiesa lo que hiciste con Odasaku ante la autoridad y será todo.

— No soy estúpido, si hago eso el permiso que obtuvimos en la Port Mafia será rebocado y además Mori será cazado incansablemente y puesto como un enemigo dentro de nuestra organización.

— Dos pájaros de un tiro.

— No voy a hacer eso ni en un millón de años.

— Lo sé— se rió entre dientes, rebuscando en su gabardina hasta sacar una pequeña pistola.

Una Nagant M1895, apreció Chuuya y con esto la revelación de las intenciones de Dazai. Le dio un trago largo a su botella, deshaciéndose del abrigo, aflojando su camisa.

— Para ser un hombre reformado sigues teniendo costumbres muy fuertes de la mafia.

— ¿Cara o cruz?

— Tú eres mi cruz— Chuuya ladeó una sonrisa, cruzándose de brazos mientras se reclinaba en la silla, sujetándola con su habilidad para no caerse mientras dejaba que Dazai girara la moneda en el aire.

Si alguien le hubiera dicho que Dazai le haría jugar a la ruleta rusa en cobro por el honor de alguien fallecido en el mismo sitio donde solían planear juntos sus mejores golpes, donde más de una vez rompieron la mesa en nombre de la pasión, el trago no hubiera sido menos amargo. Pero no iba a dejarse caer, no era como Dazai. Sabía que debía estar contando los tiros, haciendo cálculos a una velocidad imposible para ganarle al azar mientras que él sólo se abrazaba a su suerte, como el código mandaba. Dazai era un tramposo, un pésimo perdedor. Él también lo era. Aún así fingió desinterés cuando la moneda lucía con la cara por delante. Chuuya se sentó apropiadamente de nuevo, atento al gesto calmado de Dazai mientras apretaba el gatillo sin una sola sombra de duda, sin pestañear siquiera ante el sonido metálico. Suspiró con algo parecido a la resignación al dejar el arma en la mesa, extendiéndosela a Chuuya.

— Ya que esta es la última vez que nos veremos en esta vida no veo incorrecto confesarte que siempre he admirado mucho lo leal que eres. Pocas personas lo podrían comprender, pero tú nunca traicionarías a nadie a quien le has jurado lealtad así pongas en riesgo tu propia vida o debas sacrificar lo que más amas.

— ¿Te estás poniendo sentimental?— jadeó con burla, apoyando el arma en su sien. No mentiría, estaba asustado—. Sino fueras tan malo con los orales podrías haber sido mi mejor amante.

Jaló el gatillo. Nada. Dejó el arma de vuelta en la mesa.

— A veces siento lástima por ti. Mori te tomó cuando eras tan joven y maleable, sin saber quién eras o para quién servir que te moldeó sin que lo notaras. Te deslumbró por sus habilidades de lider y tú te quedaste pensando que algún día podrías ser como él. Pero tú y él no son nada parecidos, compañero. Tú tienes puntos débiles, tienes una moral y un corazón. Guardas cosas tan humanas en tu interior que es difícil creer que hay una consciencia divina en ti. Te quedaste a su resguardo esperando cambiar pero ahora sólo eres un perro viejo que ya no podría empezar de nuevo. Me da lástima lo desesperado que luces por construirte una vida para aferrarte a ella, cómo luchas por mantener algo humano en ti. Akutagawa es un chiste, está igual de perdido que tú y me da tristeza que no hayas encontrado nada mejor a lo que pudieras aferrarte. A veces pienso que lo más piadoso que alguien pudiera hacer por ti sería matarte.

— Eso fue innecesariamente cruel— sujetó la pistola antes que el otro la tomara, llenando de vuelta la copa para él—. Sé que nunca hubiera sido feliz contigo pero realmente me habría encantado intentarlo.Tú lo dijiste, a mí me sobra la humanidad que a ti te falta ¿Te imaginas lo lejos que hubiéramos llegado juntos en la Port Mafia?

— Como compañeros de trabajo éramos excelentes, no lo niego. Pero como pareja hubiéramos sido un desastre. Tú buscas alguien que te potencíe, alguien que te haga llegar más lejos y que te desafíe, pero también alguien que espere por ti, que te detenga cuando pierdas el control y que tenga el tacto para consolarte. Yo necesitaba alguien que me diera un lugar en el mundo, que me recordara que si estoy vivo necesito valorarlo, encontrar algo que me de sentido. No quería que me salvaran, Chuuya, pero sí que me dieran un motivo para vivir y es algo que tú nunca ibas a poder brindarme porque estás igual de roto que yo y te conformas con menos. Ser un lider de la Mafia está bien para ti, te da un sentido pero yo necesitaba algo más— le dio un largo trago a su copa, acariciando los dedos de Chuuya sobre el arma—. Quizá nunca alcances a ver lo que nos quitaste a los dos al tenderle esa trampa a Odasaku, Chuuya, pero si alguna vez pudimos ser felices fue cuando tuvimos la oportunidad de alejarnos.

— Nunca lo traté realmente pero no puedo arrepentirme por los asesinatos que he cometido. No dudo que la mitad de las personas que ahora descansan bajo tierra gracias a mí hayan sido buenas o valiosas, pero al final sólo son material desechable si comienzan a interponerse. No quiero seguir con lo que sea que haya entre nosotros tampoco, Dazai. A lo mejor para ti es estúpido pero lo que tengo con Ryuunosuke es algo muy valioso para mí. No voy a vender a la Port Mafia por mi propio interés aún así te puedo ofrecer una disculpa sincera por haber sido tan egoísta. Todavía podemos seguir adelante con lo que tenemos. Las oportunidades a veces también se crean y este es el momento perfecto para ti y para mí.

Dazai sonrió, tomando la mano de Chuuya para besarla antes de soltarlo y apretar el gatillo.

Los ojos azules de Chuuya se dilataron en terror ante el sonido del disparo y antes de poder razonarlo ya había usado su habilidad para detener a la bala en su breve trayecto a la sien de Dazai.

— No seas tramposo.

— No tenemos qué hacer esto, Dazai.

— Es curioso, pero quizá yo también soy sólo un perro viejo que ya no puede aprender nuevos trucos. No tengo interés en cambiar ahora, no tengo nada por lo cuál intentarlo. Duele recordar todo lo que perdí, Chuuya. Odio el dolor casi tanto como te odio a ti. Quiero ser mejor persona porque se lo prometí pero mientras tú vivas yo no puedo estar tranquilo sin embargo tampoco puedo acortar tu existencia porque no me corresponde, por mucho que lo desee. No es a mí a quien le debes una disculpa y no puedo ser tan pretencioso para fingir que así le dejarás descansar en paz. Quiero que sufras conmigo, quiero quitarte todo lo que alguna vez te haya hecho feliz para poder llamarlo justicia. Darme cuenta de cuáles sentimientos dominan en mi interior me hace pensar que la muerte de Odasaku fue en vano porque yo sigo siendo un monstruo y te odio un poco más por eso. Pero también sé que no puedo culparte por ser quien soy. Así que todo lo que me queda es esto, compañero.

Tomó el arma después de tomar la bala y acomodarla de nuevo, girando el cañón tantas veces que era imposible calcular cuál disparo sería el definitivo. La deslizó sobre la mesa y tomó la mano libre de Chuuya, apoyando sus labios contra el filo de su guante para quitarlo, besando la suave piel de su palma, apoyando su mejilla contra ésta.

Podía parecer algo tan dulce si Chuuya no estuviera seguro que lo hacía para inhabilitar su gravedad. Suspiró, una sonrisa melancólica lucía más triste que las lágrimas que comenzaban a empañarle la mirada.

— ¿Este es tu concepto de un romántico suicidio doble? Vi que tienes una bala extra en el bolsillo.

— Siempre imaginé mi suicidio con alguien hermoso y creo que al menos una cosa en la vida me será concedida. Si eres el segundo ¿Puedes besar mis ojos cuando muera?

Chuuya jadeó cuando las lágrimas no le dejaron hablar, apretando los ojos antes de jalar el gatillo.