Este Fic es una adaptación de la novela "El beso del Arcángel" de Nalini Singh (y continuación de la novela "El Ángel caído")

el cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo.

Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Cursivas, comunicación / vinculo mental

¡FELIZ NAVIDAD!

Capitulo 13

Ichigo estaba furioso. Sin embargo, pensó Rukia, esa furia limpia e

incandescente era algo que ella podía manejar. Cuando se convertía en el ser que

había sido con Orihime, Rukia temía por su alma.

—Háblame de tu infancia —le pidió—. Cuéntame cómo es crecer en un

mundo de ángeles.

—Lo haré, pero primero te meterás en la cama y te traeré algo de comida.

Al darse cuenta de que esa era una batalla que no deseaba ganar, Rukia se

libró de la toalla y se puso una de las camisas de Ichigo mientras él iba a la otra

habitación a buscar la comida. Las aberturas de la espalda quedaban holgadas

alrededor de sus alas, pero no encontró nada con lo que ceñírselas. Tras decidir

que no merecía la pena molestarse en buscar las escurridizas hebillas, se sentó

tranquilamente en la cama a esperar a que él regresara.

Ichigo se detuvo unos instantes al verla.

—Me sorprende que hayas obedecido una orden.

—Soy una persona razonable... siempre que la orden lo sea.

Un brillo de diversión iluminó el violeta de sus ojos mientras el arcángel

dejaba la bandeja de aperitivos en la parte del colchón que quedaba entre ellos.

Luego colocó los vasos de agua sobre la mesita y se sentó en la diagonal opuesta

a ella. Habían estado en esa posición otras veces, pero en esas ocasiones

anteriores Ichigo ocupaba el lugar en el que ahora se encontraba ella.

Muy consciente de la sutil distancia que los separaba, Rukia cogió un diminuto

sándwich relleno de lo que parecían rodajas de pepinillo.

—¿Y bien?

Pasó un buen rato antes de que Ichigo empezara a hablar.

—Es una alegría crecer entre los ángeles. Por lo general, se mima y se

consiente a los infantes. Ni siquiera Orihime dañaría el corazón de un pequeño.

A Rukia le resultó difícil de creer. No obstante, Orihime se había levantado

una vez de la cama para liberar lo que ella consideraba un pájaro atrapado. La

arcángel no se comportaba siempre como la malvada bruja del oeste, por más

que a Rukia le hubiera gustado encasillarla en ese papel.

—Mi infancia fue de lo más normal, salvo por el hecho de que mi padre era

Isinsh y mi madre, Masaki. Rukia dejó escapar un suspiro.

—¿Eres el hijo de dos arcángeles?

—Sí. —Ichigo se volvió para contemplar las montañas, pero Rukia sabía que

no eran las cumbres nevadas ni el cielo estrellado lo que veía—. Aunque no es

algo tan afortunado como podría parecer.

La cazadora permaneció en silencio, a la espera.

—Isshin era casi contemporáneo de Unohana. Tenía tan solo unos mil años más

que ella.

Mil años. E Ichigo lo decía como si no fueran nada. ¿Qué edad tenía Unohana?

—Era uno de vuestros ancianos.

—Así es. —Ichigo se volvió hacia ella de nuevo—. Recuerdo las historias que

contaba sobre batallas y asedios acaecidos mucho tiempo atrás, pero sobre todo

recuerdo su muerte.

—Ichigo...

—Y ahora sientes lástima por mí. —El arcángel sacudió la cabeza—. Ocurrió

en los albores de mi existencia.

—Pero era tu padre.

—Sí.

Rukia recorrió con la mirada ese rostro masculino e increíblemente hermoso

antes de colocar la bandeja de comida en el suelo. Él la observó en silencio

mientras apartaba las mantas para situarse frente a él y apoyarle la mano en el

muslo.

—Los padres y las madres —dijo ella al final— dejan su marca en nosotros,

sin importar si están a nuestro lado durante toda la vida o solo un día.

Ichigo alzó una mano para acariciarle el ala, hasta el lugar donde el negro se

transformaba en añil.

—Ichigo... —Fue una reprimenda pronunciada con voz ronca.

—No he hablado de mis padres en muchos siglos. —Otra caricia sutil en sus

alas—. Mi madre ejecutó a mi padre.

Esas palabras atravesaron la neblina de placer con implacable precisión.

—¿Lo ejecutó? —La mente de Rukia se llenó de imágenes de cuerpos

destrozados en descomposición. Su memoria regresó al perverso campo de

recreo de Aizen.

—No —dijo Ichigo—, él no se convirtió en un nacido a la sangre.

Las esencias del viento y la lluvia habían desaparecido de la mente de Rukia.

—¿Cómo has sabido que pensaba en eso?

—Tu rostro es una máscara de horror. —Los ojos masculinos tomaron ese

color que carecía de nombre, que estaba cargado de recuerdos—. Aizen

reverenciaba a mi padre.

—¿Por qué?

—¿No lo adivinas, Rukia?No fue difícil, no cuando pensó en lo que sabía sobre Aizen.

—Tu padre pensaba que los ángeles deberían ser adorados como si fueran

dioses —dijo Rukia muy despacio—. Que los mortales y los vampiros deberían

postrarse ante vosotros.

—Exacto.

Alguien llamó a las puertas de la terraza antes de que ella pudiera decir algo.

Rukia echó un vistazo por encima del hombro, pero solo vio oscuridad.

—¿Es Hisagi?

—Sí —contestó Ichigo, que se levantó de la cama con expresión seria—. Y

Kensei aguarda abajo.

Rukia lo observó mientras salía al balcón. Aunque sabía que Hisagi estaba allí,

no logró distinguir las alas negras del ángel.

Vístete, Rukia.

Desconcertada por el tono apremiante de la orden, salió de la cama y se puso

unas braguitas de algodón, pasando por alto los moratones de su espalda y sus

piernas, que mostraban y a un horrible tono púrpura. Luego se puso unos

pantalones negros fabricados con un material resistente parecido al cuero, y, tras

quitarse la camisa de Ichigo, se enfundó una camiseta que rodeaba su torso con

un complicado sistema de correas: un sistema que cubría su pecho, dejaba sus

brazos libres y mostraba la may orparte de su espalda. Todo le quedaba ajustado,

lo que le permitía moverse con libertad y no tener que preocuparse por la

posibilidad de verse limitada por los tejidos.

Puesto que había percibido el frente frío que se avecinaba, se puso unas

mangas largas y ceñidas que se aseguraban justo por debajo de los hombros,

unas prendas que abrigaban y dejaban los brazos libres de restricciones. Cuando

cogió las botas, dirigió sus pensamientos a Ichigo, a sabiendas de que ya no se

encontraba en la terraza.

¿Dónde?

Grimmjow te escoltará.

El vampiro la esperaba en el pasillo y, por una vez, no había nada en él que

evocara relaciones sexuales... a menos que a uno le gustara el sexo letal. Vestía

pantalones de cuero negros, una camiseta del mismo color que se ajustaba a su

musculoso torso, y un abrigo largo, también negro, que le llegaba hasta los

tobillos. Era la personificación del peligro y la muerte. Había varias correas

sobre su pecho, y Rukia supo que pertenecían a una cartuchera doble.

—¿Armas? —preguntó el vampiro.

—Pistolas y cuchillos. —Las dagas se encontraban a ambos lados de sus

muslos, pero se había guardado la pistola en la bota después de pensar en

colocársela en la parte baja de la espalda y decidir que aún no confiaba lo

bastante en sus alas.

—Vamos. —Grimmjow y a había echado a andar. Cuando salieron, el cielo era

una manta exótica, negra y brillante, y las estrellas se veían con tanta claridad que

daba la impresión de que uno podía tocarlas con solo estirar el brazo. La primera

nevada en el Refugio resplandecía en el suelo. Debía de haber caído en silencio

durante el tiempo que ella había permanecido en el interior.

—¿Tus heridas son muy graves? —Una mirada fría. Los ojos del vampiro la

evaluaron como si ella no fuera más que otra herramienta.

—Estoy operativa —respondió Rukia, a sabiendas de que podría moverse a

pesar de la rigidez de sus músculos y del dolor sordo que atenazaba su pecho—.

No tengo nada roto.

—Tal vez sea necesario que realices un rastreo.

—Esa parte de mí nunca deja de funcionar. Como tú sabes muy bien.

—No me gustaría que perdieras la práctica... —Palabras indiferentes,

aunque sus ojos eran los de un depredador en busca de su presa. Avanzó con

zancadas rápidas hacia una zona del Refugio que parecía haber sido creada para

dar alojamiento a las familias de tamaño medio.

Las luces estaban encendidas en todas las ventanas que dejaban atrás, pero el

mundo estaba sumido en un silencio espeluznante.

—Por aquí. —Grimmjow se encaminó hacia un estrecho pasadizo iluminado por

farolas que pareció transportarlos hasta la Inglaterra del siglo XIX.

Con la mente llena de posibilidades, Rukia mantuvo la vista fija en el camino

que serpenteaba a un lado y a otro. Al final, el pasadizo los condujo hasta una

pequeña casa situada al borde de un precipicio.

Un lugar perfecto.

El precipicio sería un lugar ideal para remontar el vuelo con rapidez, y había

mucho espacio delante para los aterrizajes. Sin embargo, dada la situación del

terreno, solo había una manera de llegar allí a pie: el sendero que ellos acababan

de tomar. Un rastro muy fácil de seguir, así que ¿por qué necesitaba Ichigo una

rastreadora?

Rukia.

Se encaminó hacia la casa siguiendo la voz mental de Ichigo... y percibió

que el olor del hierro se convertía en el del óxido. Se quedó paralizada en la

entrada. Su pie se negaba a cruzar el umbral.

« Plaf.

Plaf.

Plaf.

—Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.»Un recuerdo impactante que la arrastró

al pasado con tal brutalidad que Rukia no pudo evitarlo.

« Kukaku todavía estaba con vida cuando entró. Pero solo por una fracción de

segundo, ya que sus ojos quedaron cubiertos por la película de la muerte cuando

Rukia estiró el brazo hacia ella...»

Una ráfaga de esencias. El chocolate más delicioso, el champán más caro.

Promesas de placer y dolor. Excitación pura y dura, y tan fuera de lugar en ese

momento que consiguió sacarla de la espiral de pesadillas. Tras coger aliento,

Rukia atravesó el umbral y se obligó a adentrarse en otro hogar mancillado por el

beso de la perversidad.

La esencia de Grimmjow comenzó a desvanecerse casi de inmediato, y a una

velocidad vertiginosa. El vampiro se marchaba, comprendió Rukia, consciente de

que ella no podría realizar un rastreo eficiente si su intensa esencia impregnaba el

aire. No obstante, se había quedado el tiempo necesario para darle una bofetada

cuando vaciló junto a la puerta.

Y eso hacía que estuviera en deuda con él.

Rukia frunció el ceño ante esa idea y se concentró en lo que la rodeaba. Era

evidente que aquella estancia era el salón principal, sobre todo por el techo

abovedado y la sensación de amplitud. Los libros llenaban las estanterías

alineadas en las paredes, y había una alfombra tejida a mano, de color azul

persa, bajo sus pies. A su izquierda vio una copa sobre una mesita de madera

tallada, y debajo había una especie de juguete. Ver ese objeto destrozado le heló

la sangre. Los ángeles, como ahora ya sabía, tenían hijos.

Cuadró los hombros en intento por prepararse para los horrores que podría

encontrar, e ignoró las puertas que había a los lados para dirigirse al pasillo que

conducía a la estancia trasera.

Paredes blancas salpicadas de rojo.

El sonido de los sollozos de una mujer.

Un vaso volcado. Una manzana roja sobre la encimera.

Fragmentos de pensamientos, imágenes que resurgían como esquirlas de

cristal. Tenía la garganta cerrada y la espalda rígida, pero se obligó a soportarlo,

a fijarse en todo. Lo primero que vio fue que Ichigo estaba arrodillado delante de

otro ángel, de una criatura femenina diminuta con rizos negros azulados y alas

castañas veteadas de blanco. Las alas del propio Ichigo se extendían sobre el

suelo, ajenas a ese fluido que llenaba de manchas oscuras el tono dorado.

Encuéntralo.

Una orden teñida de emociones violentas.

Rukia asintió con la cabeza, respiró hondo... y se vio inundada por una

avalancha de esencias. Manzanas frescas. Nieve derretida.

Vestigios de gajos de naranja sumergidos en chocolate.

Puesto que a esas alturas ya no le sorprendía la extravagancia de las esencias

de los vampiros, registró hasta la última de ellas hasta llegar a sus componentes

básicos... hasta que pudo aislar esa particular combinación de matices inmersa

en otras miles.

No obstante, la otra esencia, la de las manzanas frescas y la nieve, no era de

un vampiro. Su composición era única, diferente a todas las que había percibido

con anterioridad. La inspeccionó por segunda vez. No, no le pertenecía a ningún

vampiro. Y no era, como había pensado al principio, una simple intensificación

de las esencias presentes en el ambiente. Esa esencia le pertenecía a otra

persona.

El sabor fresco y embriagador del mar. Un viento que erosionaba sus

mejillas.

Un gusto a primavera, a luz de sol, a césped recién cortado.

Y bajo todo eso, el fluctuante y familiar sabor de las pieles.

Sin embargo, en esa ocasión no era Grimmjow.

—¿Quién vive aquí? —consiguió preguntar pese al caos de impresiones—.

Nieve, manzanas, pieles y primavera. —No tenía sentido, pero Ichigo estaba en

su mente casi antes de que terminara de hablar. Rukia contuvo el impulso de

rechazarlo al darse cuenta de que él necesitaba saber qué era lo que había

percibido.

Kon es la nieve y las manzanas; el aroma de las pieles pertenece a su padre;

su madre es la primavera.

Rukia sintió que se le helaba el corazón en el pecho mientras enfrentaba al

ámbar de los ojos del arcángel.

—¿Dónde está Kon?

—Se lo han llevado.

La diminuta criatura se llevó el puño a la boca; su mano era tan pequeña que

podría haberse confundido con la de un niño.

—Encuentra a mi hijo, cazadora del Gremio. —Las mismas palabras que en

boca de Rukia habrían sido una orden, eran una súplica en labios de ella.

—Lo haré. —Era una promesa, un juramento.

Rukia se agachó para volver a evaluar las esencias. Luego se puso en pie e

inclinó la cabeza como el sabueso que era. Un levísimo aroma a naranjas.

Siguió el rastro. Pasó junto a Ichigo y la madre de Kon antes de colocar la

mano en el picaporte. La esencia la atravesó con un estremecimiento.

—Sí... —susurró. Sus sentidos de cazadora cantaban ante la sensación de

reconocimiento. Tiró de la puerta y salió fuera... a la nada.