Personaje: Helena Ravenclaw.
Prompt: mentira.
Amor que engaña (Parte I)
El ritual de la cena en el Gran Comedor consistía en que Helga Hufflepuff alzara su copa de oro y, en respuesta, los estudiantes hicieran lo mismo con las suyas, tras lo cual la comida aparecía instantáneamente sobre los platos que segundos antes estaban vacíos. Ese era uno de los momentos favoritos de Helena, porque sin importar cuán extenuante hubiera sido la jornada escolar, la sonrisa generosa y el delicioso banquete de Helga conseguían alegrarle los ánimos. A diferencia de los demás fundadores, que privilegiaban la valentía, la ambición o el intelecto, respectivamente, ella aceptaba a cualquier mago que estuviera dispuesto a aprender. Helena habría deseado que su madre pensara de la misma manera, ya que le recriminaba con frecuencia que no fuera la mejor alumna de su clase, hiriéndola en su orgullo.
Helena se perdió en el mar de estudiantes que salía por las puertas cuando terminó la cena. Incluso sin verla, sabía que, desde la mesa de profesores, la señora Slytherin la observaba con el entrecejo fruncido. Nunca comprendió el porqué de su animadversión, pero tampoco se lo cuestionaba, ya que su marido le resultaba igualmente desagradable. Entonces advirtió, sorprendida, que éste le hacía una seña apenas perceptible a su madre y, acto seguido, ambos se alejaban de la multitud. La curiosidad la obligó a seguirlos subrepticiamente hasta la oficina de Slytherin. Si bien utilizó un encantamiento desilusionador que la mantenía oculta a la vista, no encontraba el modo de atravesar la puerta sin ser descubierta ni tampoco de escuchar su conversación, pues sus voces al otro lado le llegaban distorsionadas. Esperó a que salieran. Rowena y Salazar tenían expresiones tensas, como si acabaran de tener una discusión.
Ingresó a la oficina vacía y, apuntando con su varita frente al escritorio, susurró:
—¡Revelio!
Aparecieron las imágenes neblinosas del hombre y la mujer, reproduciendo la escena que tuvo lugar unos minutos atrás. Se encontraban muy cerca y hablaban por lo bajo.
—Tu esposa sospecha, Salazar.
—No lo sabrá por mí —le espetó él, fastidiado—. Ya te hice un Juramento Inquebrantable, eso debería ser suficiente. —Rowena se mantuvo en un obstinado silencio— Podría haberle dado mi apellido, como corresponde a mis herederos.
—No lo permitiré. Helena siempre será una Ravenclaw.
La conversación continuó, pero Helena había dejado de escucharla. Distinguió los ojos grises de Salazar Slytherin, idénticos a los suyos, y sintió náuseas. Todo lo que Rowena le había dicho acerca de la paternidad de Malcolm Abercrombie era una mentira. Su vida no fue sino un engaño tras otro.
Se dejó caer en la silla, contemplando a los dos antiguos amantes, consciente de que jamás tendrá el valor de enfrentar a su madre.
