EPÍLOGO

Pembroke House, 1879

Candy era una mujer feliz, una madre entregada, y una esposa muy enamorada. Su vida había discurrido por un camino serpenteante, con obstáculos que habían entorpecido la marcha, pero había podido seguir caminando hacia su destino. Era la orgullosa madre de tres hijos. Los mellizos Dave y Mary, que habían cumplido ya los dieciocho años, y el pequeño Albert que tenía cuatro años. Candy seguía de brazos cruzados mirando la puerta de la alcoba de su hija. Se sentía impotente por su incapacidad para hacerla razonar. Iba a ser uno de los días más importantes en su vida, y se negaba a salir de su alcoba. El pequeño Albert golpeaba la puerta tan insistente como la madre.

—¡Sal de una vez o mamá se enfadará! —gritó el hermano pequeño.

Solo había silencio detrás de la puerta de madera.

—Mary, te estamos esperando!

—¿Quieres que pruebe yo? —el ofrecimiento de Anthony le hizo negar con la cabeza.

—Su terquedad me exaspera hasta un punto insospechado. Albert es el único capaz de hacerla razonar —Candy suspiró con profundidad, y cerró los ojos ante el silencio que seguía reinando en la habitación—. Abre la puerta, Mary.

El pequeño volvió a abrir la boca que cerró de inmediato ante la mirada severa que la madre le dirigió. Albert era un niño muy activo, muy diferente en personalidad a sus hermanos mayores. Tenía el pelo rubio y los ojos verdes: una mezcla explosiva, y adoraba a su hermana mayor, pero eso no impedía que le hiciera el blanco de sus travesuras. En cambio, para Mary era la luz de sus ojos: amaba a ese diablillo con un amor incondicional que hacía que Candy suspirara llena de felicidad por ellos.

—¿Qué crees que ha pasado? —preguntó Anthony.

Candy alzó sus hombros con un interrogante.

—Estaba completamente arreglada, y, de pronto, se ha sentado en la cama, me ha echado de la estancia, y ya no me ha permitido la entrada. Lleva así más de una hora.

—Pues todos están esperando impacientes —comentó su cuñado.

—¿Crees que me ayudas con esa actitud? —Anthony no ocultó la sonrisa que le producía el desasosiego de ella.

—¿Qué ocurre?

Tanto Candy como Anthony volvieron la cabeza a la entrada apresurada de Albert en el vestíbulo que comunicaba los dormitorios.

—¡Papá!

La exclamación de júbilo del pequeño le arrancó una sonrisa amorosa. Candy contempló a su marido con un brillo de orgullo en sus ojos verdes. Iba perfecto, vestido con suma elegancia.

—¿Qué haces aquí y no en el salón atendiendo a los invitados? —preguntó Candy sorprendida.

—¡Evidentemente se necesita mi ayuda! Además, Dave está entreteniendo a todos con ese peculiar sentido del humor que tiene. A mi padre se le cae la baba viéndolo y escuchándolo. No hay un abuelo más orgulloso que él.

Candy carraspeó por la afirmación: le molestaba tener que admitirlo, pero Albert era inmensamente necesario en ese momento, y, en cada momento de su vida.

—Soy perfectamente capaz de hacer que mi hija salga de su alcoba yo misma.

Albert no la escuchaba. Alcanzó los pasos que lo separaban de la puerta y llamó con los nudillos suavemente.

—Cariño, abre, imagino cómo te sientes.

Candy enarcó las cejas con escepticismo, pero la puerta se abrió como por arte de magia. Volvió a cerrarse un segundo después dejando tanto a Candy como a Anthony perplejos.

—¿Cómo lo hace? —preguntó Anthony.

—No tengo ni idea, pero siempre consigue que le abra la puerta cuando me la cierra a mí.

—¡Ven muchachote! El tío Anthony te va a dar unas galletas de las que se comen.

El pequeño Albert lo siguió como encantado por un mago. Candy siguió esperando en la puerta, pero se sentó en la silla que había adosado a una parte de la pared. Ya se había acostumbrado a quedarse fuera de las conversaciones cuando surgían "contratiempos", como los llamaba Albert.

Tras veinte minutos de espera, la puerta se abrió milagrosamente. Tanto padre como hija salían abrazados y sonriéndose mutuamente.

—Disculpa mamá, pero me venció el pánico —respondió la hija.

Albert la apretó más contra sí mismo.

—Tienes el cabello un poco despeinado —le dijo con ojo crítico.

Candy comenzó a colocarle algunos rizos de forma cuidadosa.

—Nadie se dará cuenta, porque todos estarán mirando su hermoso rostro.

Candy los miró a ambos con el ceño fruncido.

—¡No me gustan los secretos! —dijo un tanto ofendida.

—Padre ha prometido mantenerse a mi lado.

Candy parpadeó sorprendida.

—¿En tu presentación en sociedad?

—Es que me horroriza ser el centro de todas las miradas.

Candy resopló. Mary iba a ser presentada en sociedad en Pembroke House. Toda la familia se había congregado allí, así como numerosos amigos, conocidos e invitados.

—¿Dónde está el pequeño?

—Anthony lo ha sobornado con unas galletas.

—Tenía que estar aquí para acompañarla —se quejó.

—En vista de que su padre, tú, has llegado hasta aquí y has dejado al resto esperando abajo, él ha creído necesario ayudarnos con el pequeño.

—Tengo miedo —dijo Mary.

Candy miró el vestido largo color celeste de su hija, las flores de su cabello, y el gesto de sus mano nerviosas.

—¡Hoy es tu día, disfrútalo pequeña!

Albert buscó a su mujer, la tomó de la cintura, y aprisionó su boca con un beso hambriento y fiero. Una de sus manos sostuvo la nuca de ella que le impidió la retirada a tiempo. Indagó con su lengua. Candy le correspondió como siempre: con un entusiasmo absoluto. El beso terminó demasiado rápido tras el carraspeo de Marian que los seguía mirando con una mirada de fastidio supremo. Cuando Albert la soltó, lo hizo con una promesa con sus ojos de lo que les esperaba más tarde.

—¡Mamá! —exclamó la muchacha risueña—. Ahora tienes el cabello más desaliñado que yo.

Candy trató de arreglarse un poco el pelo sin conseguirlo, pero sin que le importase en absoluto. En el gran salón de Pembroke House estaba la flor y nata de la aristocracia de Yorkshire. Mary iba a ser presentada en sociedad, y estaba muy feliz por eso.

Padre e hija se dirigieron hacia las escaleras cuando se escuchó los acordes de un vals que anunciaba la llegada de la debutante.

Candy se quedó atrás mientras se ponía la mano en el vientre. Estaba de nuevo encinta, y no se lo había dicho a Albert. Le gustaba ese pequeño secreto sobre él.

—¡Estás aquí! —la exclamación de su amiga Annie la hizo girarse hacia ella.

—Mary ha sufrido un ataque de pánico.

Annie llegó hasta ella.

—A todas nos sucede cuando vamos a ser presentadas en sociedad.

Candy no había sido presentada, pero no le importaba. La vida la había llevado a Chicago para que conociera al hombre de su vida, y que la hacía la mujer más feliz del mundo.

Miró a su amiga, con su vientre abultado, y se sintió muy feliz.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó con genuino interés.

—Gorda, pesada e irritada.

Ella podía comprenderla.

—Estoy tan feliz por ti, por Battlefield —admitió sincera.

Annie la abrazó. Y Candy recordó lo que sufrió cuando Albert quiso reconocer a Dave y Mary como Andrew a pesar de lo que pensaba ella. Se sentía tan agradecida de la generosidad de los Warren, que le parecía de una ingratitud supina que Albert quisiera arrebatarle el único derecho de Michael, pero Annie había mediado en la discusión entre ambos esposos. Trató de convencerla de que era justo que Albert reclamara su sangre, le dijo que de estar vivo, Michael también lo aprobaría porque Dave se merecía ser el heredero de Letterston, pero ella se mantuvo firme hasta el día que su hijo Dave decidió en el litigio que mantenían Albert y ella, aceptando que quería ser reconocido por su auténtico padre, y de forma legal.

Candy perdió ese envite y los siguientes que vinieron.

—¿Cómo lo lleva tu suegro?

Suspiró al escuchar la pregunta de su cuñada. La vida se había encargado de hacerle justicia a Albert pues Susana había muerto en el parto junto con la hija que alumbraba. El duque lo pasó realmente mal, pero toda la familia había hecho apoyo común para consolarlo y apoyarlo, Albert el primero. A pesar de los años transcurridos, el duque no había olvidado a su segunda esposa, ni la muerte de su hija.

—Cuando iba recuperándose —contestó Candy—, sucede la muerte de su madre —la duquesa viuda había muerto el invierno anterior por una neumonía.

Ella había decidido posponer la presentación en sociedad de su hija Mary, pero el duque se había opuesto a ello. Su primera nieta debía hacer su debut a la edad apropiada, e hizo hincapié en que Elroy así lo habría querido.

—Mary va a ser una magnífica baronesa de Little Ribston —dijo Candy pensativa.

Ese título era el regalo del duque para su primera nieta.

—Me alegro mucho por ti, por ella, por esos niños maravillosos que tienes y que tendrás…

Candy la interrumpió.

—Ya llevo tres, y el que está por venir…

Annie la miró con sorpresa.

—¿Estás… estás…? —no pudo terminar de hacer la pregunta.

—De tres meses.

—¿Y lo sabe Albert? —ahora negó con la cabeza.

—Me gusta saber algo que él ignora, me da cierto poder —respondió.

Ambas mujeres soltaron unas risillas.

—¿Pero qué haces aquí arriba todavía? —la pregunta de Anthony las hizo girarse hacia las escaleras—. La debutante no puede ser presentada sin la presencia de su madre —la censuró.

—Vamos Annie, tu sobrina se presenta en sociedad, y las dos llegamos tarde…

...

Este epilogo me gusto mucho. Gracias chicas lindas por acompañarme hasta aquí. Quedare pendiente de sus comentarios, si pudieron leer hasta aquí. Besos.