Capítulo 16


EL LA LLAMÓ desde el coche. Llevaba una hora sentado al volante en la esquina de la casa de Sakura.

Sonrió débilmente mientras esperaba que ella respondiera a la llamada imaginándose la respuesta que le daría cuando lo hiciera. Esa criatura apasionada era la Sakura que recordaba y, mientras una parte de él solo deseaba tranquilizarla y decirle que no debía preocuparse por nada, otra se alegraba de que la verdadera Sakura hubiera vuelto.

–¿Diga?

–Hola.

–¿Qué quieres, Sasuke? –preguntó ella con acritud.

–Rellenarte algunas lagunas.

–¿Crees que servirá de algo?

–No puede hacerte más daño.

Se produjo un largo silencio antes de que ella preguntara

–¿Dónde estás?

–No muy lejos.

Se hizo de nuevo el silencio.

–Por si sirve de algo para el sentimiento de culpa que arrastras, debes saber que a todas las víctimas de tu padre se les devolvió el dinero.

–¿Cómo es posible? Mi padre no tenía dinero cuando murió. Ya se había encargado de ello mi madrastra.

–La Fundación Uchiha se hizo cargo.

–Debiera haberlo sabido –murmuró ella–. ¿Así que ahora estoy en deuda contigo?

–No estás en deuda con nadie. Fuiste una víctima como cualquiera de los presentes en el juicio. Debiera haberte dicho lo que mi familia pretendía hacer, pero siempre estaba ocupado reflotando el negocio de mis padres.

–Eso no hace que me sienta menos culpable. No habrías tenido que reflotar nada si mi padre no hubiera engañado al tuyo.

–Si tú eres culpable, Sakura, yo también lo soy. No pensé ni una sola vez en las consecuencias de nuestra pelea más allá de las implicaciones económicas para Uchiha Inc. Creo recordar que habíamos tenido un buen año, por lo que no era problema para la fundación compensar a las víctimas. Pero no pensé en las consecuencias emocionales. Tienes razón. Entonces, lo único que me interesaba era el dinero.

–¿Y ahora?

–Ahora entiendo el valor increíble que has tenido.

–Por favor...

–No estoy siendo condescendiente. Estabas hundida y el destino seguía golpeándote. Ojalá hubiera estado allí para ayudarte a levantarte.

–No necesitaba que nadie lo hiciera. Me levanté yo sola. Ya era hora.

–Y ahora necesito tu consentimiento para que los tres juntos sigamos adelante.

–No me lo pediste para hablar con Sarada –le espetó ella con furia–. ¿Qué ha cambiado, Sasuke?

–Yo.

Se produjo un largo silencio antes de que Sakura dijera:

–¿Dónde estás?

Al bajar del coche, Sasuke pensó que no se había sentido tan feliz en su vida.

Se encontraron en el medio de la calle. Sakura seguía en zapatillas y se había echado un abrigo por los hombros.

–¿Podemos empezar de nuevo? –preguntó Sasuke mientras comenzaba a llover.

–Será mejor que volvamos –dijo ella al tiempo que se protegía la cabeza con el abrigo.

Corrieron, pero, cuando llegaron a la casa, ella estaba empapada.

Y sin fuerzas.

Las emociones eran tan agotadoras como un día de ejercicio en el gimnasio. Y al cabo de once años de reprimirse, se hallaba verdaderamente exhausta. Una leve sonrisa de Sasuke sería suficiente para que recuperara las fuerzas, pero ¿por cuánto tiempo?

–Entra, hablaremos en mi habitación.

–Entonces, ¿ahora te fías de mí?

–No me queda más remedio.

–Tengo una idea mejor para que hablemos. En vez de hacerlo en tu habitación, ¿por qué no vuelves conmigo a la isla? No es necesario que hablemos esta noche. Duerme y mañana vendré a buscarte.

Ella comenzó a analizar los pros y los contras, pero él tomó la iniciativa.

–¿Dónde está tu espíritu de aventura, Sakura? Siempre he deseado lo mejor para Sarada y para ti. Y si no te lo crees, créete esto.

El mundo de ella estalló en vívidos colores cuando Sasuke buscó su boca. Fue la lluvia después de la sequía, una roca en medio de un mar plagado de dudas y de sentimientos de culpa. Deseaba a Sasuke y deseaba aquello: sus lenguas que se enredaban y acariciaban recordándole el acto que tanto deseaba mientras se aferraba y se apretaba contra él gimiendo de placer.

Los once años pasados protegiendo a Sarada le habían dificultado entregarse a su propio placer, pero el deseo de Sasuke la envolvía y el cuerpo de ella le rogaba que cediera, por lo que estaba dispuesta a escucharlo.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó ella cuando se separaron.

–Curarte las heridas.

Sasuke dejó a Sakura en un grado extremo de excitación después de decirle que hiciera el equipaje. Parecía tener prisa por ir a algún sitio y ella le advirtió que no le gustaba que le dieran instrucciones. Pero tampoco le gustaba compadecerse de sí misma.

Cuando Sasuke se hubo ido, se sintió sola en medio de la habitación vacía de una casa vacía. Decidió que podía sentarse a llorar o actuar. Optó por lo segundo.

Pero lo primero era lo primero. Tenía hambre y el restaurante italiano de su calle era bueno y acogedor. Iría después de ponerse ropa seca. Una pizza y un vaso de vino tinto le sonaron a gloria.

Sakura había sufrido mucho en el pasado, por lo que Sasuke debía hacer algo épico que le demostrara que verdaderamente había cambiado y estaba dispuesto a que todo saliera bien.

El hecho de que su abogado hubiera actuado sin su consentimiento seguía enfureciéndolo. Ese bufete no volvería a trabajar para él. Sin embargo, esa era la menor de sus preocupaciones.

Tomó una ruta larga para salir de la ciudad porque necesitaba tiempo para pensar. Después de haberse peleado con el lento tráfico de esa hora de la tarde, se sintió más despejado e hizo un par de llamadas.

Le había dicho a Sakura que durmiera. ¿Quién se creía que era para decirle lo que debía hacer?

¿Y si, al dormir, soñaba de nuevo con los rostros del juicio? Sasuke sabía que la atormentaban. Y la había dejado sola para enfrentarse a ellas cuando acababa de recibir la carta de su abogado.

¡Al diablo con todo!

Dio media vuelta y deshizo el camino. Media hora después, tenía un plan. Llamó a Sakura mientras volvía a entrar en Londres.

–¿Dónde estás?

–Cenando –contestó ella, sorprendida de que la hubiera llamado.

–¿Dónde? –pregunto él al oír ruido de platos entrechocando.

–En un restaurante italiano cerca de casa.

Él cortó la llamada y aceleró. Había cosas por las que había que arriesgarse a una multa por exceso de velocidad.

Sakura llevaba removiendo la pizza tanto tiempo que los camareros comenzaron a mirarla con ansiedad. El restaurante tenía fama de servir la mejor cocina italiana de Londres. Olía muy bien, pero ella no había sido capaz de probar bocado.

Bebió vino, pero rechazó que le sirvieran otra copa.

Lo que debiera haber hecho era haberle dicho a Sasuke que se reuniera con ella para hablar, en vez de hacer algo precipitado como volver a Grecia. Hubiera sido más fácil allí, rodeados de desconocidos.

–¿En qué piensas?

A Sakura se le cortó la respiración.

–¡Sasuke!

En el umbral de la puerta, parecía un ángel negro con la misión de seducirla. Los comensales parecían estar de acuerdo con ella, ya que todas las cabezas se habían vuelto a mirarlo.

–¿Puedo sentarme?

¿Quién iba a impedírselo? Lleno de vitalidad y de peligro, parecía más apetitoso que la pizza que llevaba tiempo removiendo en el plato.

–Por favor –respondió ella indicándole la silla de enfrente.

–¿Qué haces con esa pizza? –preguntó él mirándola con desaprobación–. ¿La estás dejando para esta noche? Tomaremos otras dos –le dijo al camarero que había llegado a la mesa–. Y una botella del mejor tinto que tengan, unas aceitunas y otros aperitivos, jamón con melón. Verduras a la plancha, albóndigas...

–¡Sasuke!

–Soy un hombre grande con un apetito enorme. Y no me había dado cuenta de lo hambriento que estoy hasta entrar por la puerta y oler la comida.

Ella se sonrojó e intentó no parpadear ni reaccionar cuando él colocó las piernas cómodamente contra las suyas. El espacio era un problema. Siempre lo sería con él.

–Sasuke...

–¿Qué? –preguntó él con una media sonrisa.

Sakura se dio cuenta de que las cosas no iban a ir como había planeado.

–No irás a decirme otra vez algo sobre la confianza, ¿verdad? Porque tengo algo para ti. Y hay alguien que quiere hablar contigo antes de que te lo dé.

El corazón de Sakura se desbocó cuando él se sacó el móvil del bolsillo. Marcó un número.

–¿Te parece bien? –preguntó mientras esperaba que le contestaran.

–Depende de quién sea.

A Sasuke se le iluminó el rostro cuando la persona a la que llamaba contestó.

–¿Sarada?

–¿Qué pasa? –preguntó Sakura, antes de agarrar el teléfono.

–Te he oído –dijo Sarada–. No te enfades con Sasuke. Tengo que contarte una cosa.

–Es evidente –Sakura intentó parecer despreocupada sin conseguirlo.

–No debes preocuparte.

–No lo estoy.

–Te va a gustar, te lo prometo –afirmó la niña con rotundidad.

Sakura lo dudaba.

–Dime qué es.

–Las sorpresas son estupendas, ¿verdad? –apuntó Sarada con entusiasmo soltando una risita.

Era evidente que estaba con sus amigos.

–Me encantan las sorpresas –afirmó Sakura intentando disimular que, en aquel momento, una sorpresa equivalía para ella a una visita al dentista.

–Pero depende de lo que sea, ¿verdad, mamá?

–¡Qué lista eres!

Sarada se echó a reír y Sakura miró a Sasuke con la esperanza de descubrir algo en su expresión.

–Sasuke tiene la sorpresa –dijo Sarada entre risas–. Que te la enseñe. Quería regalarte algo para pedirte disculpas y yo le dije lo que te gustaría. Vas a darle la oportunidad de disculparse, ¿no? Como en la última escena de las películas. Lo siento, pero tengo que colgar. Nos van a poner una película en la escuela.

De ahí la referencia, pensó Sakura deseando poder abrazar a su hija.

–Ya falta poco para que lleguen las vacaciones de verano. Entonces, volveremos a Grecia –anunció Sarada emocionada–. Buenas noches –dijo antes de que su madre pudiera hacerle más preguntas. Y colgó.

Así que Sarada y Sasuke no solo estaban en contacto, sino que planeaban ir de vacaciones juntos.

–Debieras habérmelo dicho –dijo ella en voz baja–. Debes tenerme informada.

–Supongo que acabaré consiguiéndolo.

–Puedes jurarlo –dijo ella al tiempo que se levantaba para irse.
Sasuke la agarró de la muñeca.

–Nos van a traer la cena.

–¿Y? –miró su mano con enfado hasta que él la retiró.

–Siéntate –murmuró él al tiempo que le sonreía–. Quiero darte el regalo.

–Tendrá que esperar –dijo ella con frialdad–. Necesito tiempo para...

–¿Para qué, Sakura? Has tenido todo el tiempo del mundo.

Ella apretó los dientes y se sentó de nuevo.

–Más te vale que merezca la pena.

–Espero que te lo parezca –observó él mientras se metía la mano en el bolsillo.

Al ver que sacaba un viejo estuche, Sakura se quedó sin habla.

–Quiero que lo tengas, sea lo que sea lo que decidas hacer después.

Ella casi no se atrevía a tocarlo.

–Sarada no me perdonaría que no te lo regalara. Me sentí tan mal por el incidente del violín que le pregunté si podía compensarla de algún modo y ella me dijo que con esto. Me contó que te había prometido que un día te lo devolvería, y que esa era su oportunidad de cumplir su palabra. Fue la primera vez que me llamó papá.

Sakura tomó el estuche y cerró la mano.

–Para ser exactos, me dijo: «Ve por él, papá. Y recuerda que esta es solo la primera prueba».

–Muy propio de Sarada –reconoció Sakura mientras acariciaba el estuche.

–¿No lo abres?

–No sé si me atrevo.

–Seguro que sí –afirmó él con dulzura–. No hay nada a lo que no te atrevas. Si algo he aprendido sobre ti, Sakura, es que tienes más agallas que la mayoría de la gente. Así que abre el estuche y ponte el anillo. Piensa en tu madre cuando lo lleves, en lo feliz que sería al saber que lo has recuperado. Y recuerda que no es un regalo que te hago yo, sino Sarada. Que el anillo sea el símbolo de un nuevo punto de partida para los tres. Sarada estará contenta de verte con él, y yo creo que cierra el círculo, ¿no te parece?

«Te curaré las heridas» recordó Sakura que él le había dicho. Sasuke abrió el estuche y sacó el anillo de su madre.

Ella le dio las gracias cuando se lo puso, a pesar de que agradecérselo le parecía totalmente insuficiente.

–No me lo agradezcas a mí, sino a Sarada.

–Gracias –repitió ella alzando la cabeza para mirarlo a los ojos.

–No tienes que agradecer nada al hombre que te quiere –dijo él sonriéndole.

Sakura pasó el corto tiempo que quedaba hasta que la escuela cerrara por vacaciones haciendo las maletas y vaciando la habitación para dejar en un guardamuebles todo aquello que quería conservar. El resto fue a tiendas de caridad, de esas que le gustaban tanto a Sarada.

–No vamos a quedarnos obligatoriamente para siempre en la isla –dijo Sakura.

Sasuke y ella habían vuelto a empezar. No habían dormido juntos, ni siquiera se habían besado, desde la noche en que él le había dado el anillo y le había dicho que la amaba. La tensión entre ambos era feroz, pero formaba parte de ese nuevo comienzo, había dicho él.

Sakura pensaba que sabía cómo quería que fueran las cosas: despacio. Sin embargo, cuanto más veía a Sasuke, más quería olvidar el pasado; aprender de él, desde luego, pero no dejar que volviera a gobernar su vida.

El jet privado de Sasuke llevó a Sakura y Sarada a la isla, donde él las esperaba en la pista de aterrizaje. La niña, sin ningún tipo de inhibición, se lanzó a sus brazos.

–El anillo ha funcionado como un hechizo, como te dije que sucedería –explicó la niña a su padre mientras miraba, feliz, a Sakura.

–¿Lo sigues llevando puesto? –preguntó él a Sakura.

–Siempre –susurró ella.

Sasuke les pasó el brazo por los hombros a ambas y las condujo hasta donde estaba el todoterreno. El trayecto hasta la casa de la playa fue tenso, pero por las razones adecuadas, pensó Sakura. Intentaba no mirar a Sasuke, consciente de que su hija iba sentada detrás y lo observaba todo.

Había más sorpresas esperándolas. Sasuke no las llevó a la casa de la playa, sino a la casa familiar.

–Mis padres y yo hemos intercambiado las casas. Mi madre siempre había querido vivir en la de la playa, así que le pregunté a Sarada cuál prefería y me contestó que esta.

Sakura se quedó sin habla porque esa era la casa de sus sueños.

–Hay un estudio donde puedes pintar y una habitación para que Sarada ensaye, pero puedes cambiar lo que te parezca en la casa. No os sintáis presionadas. Podéis venir cuando queráis o no venir en absoluto. La casa está a tu nombre, Sakura. Te la he cedido. A veces, los abogados son útiles –añadió con una sonrisa irónica.

–¿Es mía? Pero no puedes...

–Puedo, y lo he hecho –le aseguró él–. Sé que una casa no te va a compensar los años que has pasado sola, pero espero que sea un medio de expresaros mi amor a las dos y mi deseo de que forméis parte de mi vida. Y tú tendrás ahora algo que es tuyo, que podrás vender, conservar o hacer lo que quieras con ello. Ni que decir tiene que todos los gastos estarán cubiertos.

–No.

–¡Mamá!

–No puedo aceptar.

–¿Por qué no? –preguntó Sarada.

–¿Estáis compinchados? –a Sakura le resultaba difícil enfadarse con su hija, que nunca se había quejado de su falta de medios económicos.

–Si te refieres a que si Sarada y yo queremos unir esfuerzos para que seas feliz, la respuesta es que sí –le aseguró Sasuke–. Y hay otra cosa que quiero pedirte.

–Pues pídemelo de una vez.

Se quedó anonadada cuando él hincó la rodilla en tierra.

–Nunca pensé que llegaría a tener la necesidad de hacer esto, pero la tengo. ¿Quieres casarte conmigo, Sakura? ¿Quieres pasar el resto de tu vida conmigo?

Sasuke le había agarrado la mano y, a continuación, agarró la de Sarada.

–¿Podemos ser, por fin, una familia, una familia feliz? Sé que queda mucho por hacer, pero si somos tres, nada ni nadie nos detendrán.

Sakura tardó unos segundos en asimilar todo aquello, pero, después, se arrodilló frente a Sasuke.

–No me interpondré en tu camino, desde luego –dijo en tono burlón.

Él se echó a reír.

Y cuando Sarada se arrodilló también. Sakura dijo:

–Por los tres, mi respuesta a tu proposición es un tajante sí.

A la mañana siguiente, Sasuke dijo a Sakura que había esperado mucho para que fuera su prometida, por lo que se casarían esa misma semana en la isla. Sarada sería la dama de honor e Iannis y Teuchi los testigos.

–Espero que no te importe que haya hecho planes –apuntó él mientras se hallaban abrazados en la cama.

–Hay planes que me alegro que hayas hecho sin consultarme –afirmó ella en tono burlón–. Aunque creí que te referías a que te morías de ganas de que llegara la noche de bodas.

–Eso también. Y además...

–¿Qué? –preguntó ella cuando él se inclinó hacia su lado de la cama.

Sasuke abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó un estuche con un anillo en su interior.

–El anillo de compromiso y la alianza matrimonial, todo en uno. Espero que te parezca bien.

Cuando ella abrió el estuche se quedó sin habla. El anillo era espectacular, con pequeñas esmeraldas en el centro. Era el que ella hubiera elegido mucho tiempo atrás, cuando leía cuentos de hadas antes de dormirse, pero fue la inscripción que llevaba lo que la emocionó:

Para el amor de mi vida.

Y había una fecha: Sasuke había puesto la de la noche en que se conocieron.

–El círculo se ha cerrado –dijo él.

–Para siempre.

La atrajo hacia sí, le quitó el estuche y le puso el símbolo de su amor en el dedo.