Capítulo 35
Ha pasado mucho tiempo.
—¿Qué?
—Vamos Rachel, demuéstrame que me amas…
—Quinn… ¿Qué…qué dices? —susurró segundos antes de recibir el primero de los besos por parte de la rubia.
Un beso que apenas pudo disfrutar puesto que Rachel se separó rápidamente, dejando la completamente confundida.
—¿Qué haces? ¿Dónde vas?
—No puedo hacer eso —se excusó Rachel abandonando la cama.
—¿Qué? —volvía a mostrarse confusa al tiempo que se reincorporaba.
Rachel comenzó a caminar sin rumbo por toda la estancia, tratando de tranquilizar sus nervios y ser completamente consciente de que no podía hacer lo que le pedía.
—Quinn, ¿Qué sucede? ¿Me estás diciendo que quieres que…?
—¿No quieres acostarte conmigo?
No daba crédito.
Rachel palidecía tras oír como Quinn hablaba con total y absoluta frialdad.
—¿Qué? ¿Acostarme contigo?
—Sí, conmigo… ¿Qué pasa? ¿Ahora te resulta raro? —espetó furiosa—¿No me has dicho que me amas? ¿O acaso es otra de tus mentiras? —se levantó.
—¿Otra de mis mentiras? Quinn, ¿de verdad piensas que estoy aquí por eso?
—Si me amas, querrás acostarte conmigo —caminó hacia la estancia principal.
—¿De qué hablas? Quinn yo te amo, pero no voy a acostarme contigo así, como si nada… ¿Acaso no te importa? ¿Estás dispuesta a…? Un momento, tu pie —la miró incrédula—. ¿No te duele?
—Buena observación, querida —respondía caminando perfectamente por el salón—. Sigues siendo la misma incrédula de siempre.
—¿Qué? ¿Es mentira? ¿Te has lanzado al suelo para mentirme y fingir que te has caído? ¿Qué diablos te pasa? ¡Me has asustado!
—Lo siento —respondía con sarcasmo.
—¿Lo sientes? Maldita sea Quinn, ¿qué te pasa?
—¿No es suficiente con un lo siento? —replicó de nuevo con sarcasmo— Pensaba que sí, que todo funciona así. Una miente, la otra lo descubre, y un simple "lo siento" acaba con todo y hace que todo vuelva a la normalidad. Como en ésta cita que te has inventado, ¿no es cierto?
—No me lo puedo creer. ¿Todo ha sido mentira? ¿De verdad me has dicho que querías volverme a ver y no era cierto? ¿De verdad has intentado que me acueste contigo? ¿Para qué? ¿Para luego reírte de mí?
—No te equivoques, es cierto que estaba dispuesta a acostarme contigo. Pero solo eso, a día de hoy, no creo que pueda tener nada más contigo.
—No…no entiendo nada. ¿Solo quieres sexo? —preguntó completamente incrédula.
Quinn tragó saliva.
Sabía que todo se le había ido de las manos, sabía que su actitud era fiel reflejo de la impotencia que sentía por no poder dejarse llevar y utilizar esas mascaras que había utilizado a lo largo de su adolescencia. Pero Rachel, el gran amor de su vida, conseguía sacar lo peor de ella, y arrepentirse de nuevo por su actitud era algo para lo que no estaba preparada, aunque estuviera muriendo por dentro.
—¿Sabes qué? Se acabó. No quiero volver a saber nada de ti, no quiero que me llames, no quiero vivir en una continua mentira, solo…solo quiero vivir y tú no me dejas —exclamó dejando a Rachel completamente fuera de si—. Ojalá seas feliz…o no, no, ¡no quiero que seas feliz nunca! ¡Olvídate de mí, para siempre! —sentenció al tiempo que caminaba hacia la puerta y salía de la habitación dejando un sonoro portazo tras ella.
Un portazo que destruyó lo poco que quedaba de Rachel.
Incrédula, confusa, completamente aturdida, permaneció en mitad de aquella estancia, rodeada de lujo, con una terraza a su derecha que le regalaba unas espectaculares vistas del centro de San Francisco y una cama frente a ella que había sido testigo de la mayor tentación y mentira de toda su vida.
Quinn había salido de su vida para siempre, no había duda.
No era la misma Quinn que conoció durante aquel verano, y supo que la culpa era suya. No había otra opción para Rachel, que completamente abatida, se dejaba caer sobre el suelo de la habitación y se lamentaba por haber llegado hasta allí.
Quinn apenas se detuvo con ninguno de sus compañeros mientras salía del hotel, dispuesta a desaparecer de la faz de la tierra.
Las lágrimas estaban a punto de salir, pero debía ser fuerte, tenía que soportar todo lo que había hecho, y solo había un lugar en el mundo que le podía ayudar a olvidarlo por completo.
El Brooklyn aparecía ante ella con un sonido ensordecedor debido a la fiesta que ya se llevaba a cabo en su interior. No le costó llegar a la barra, a pesar del ir y venir de gente que se agolpaba en el local.
No fue María quien le atendió sino Paul, al que consiguió convencer para que le vendiese una botella de tequila, excusándose en una fiesta que iba a dar comienzo en su propio apartamento, y que el chico creyó por completo.
Pero no fue allí donde terminó.
Quinn volvía a salir a la calle, y se sentó en una pequeña escalinata, perteneciente a uno de los enormes edificios que decoraban aquella inmensa avenida.
No tenía otro lugar.
Entrar en su apartamento supondría enfrentarse a Rebecca, y todo lo que le recordase a Rachel, le hacía mal. Quedarse en el interior del bar la obligaba a tener que encontrarse con María, y, probablemente, acabaría con su inminente necesidad de beber de esa botella sin contemplaciones.
Solo allí podía detenerse a pensar, o mejor aún, olvidar todo lo que había sucedido y estaba destruyéndola por dentro.
Rachel aún permanecía en el interior de la habitación.
Todo había acabado para ella en aquella ciudad y no solo hablaba de Rachel, también pensaba en Rebecca.
La mejor solución era abandonar la estúpida aventura, procurando no dejar mal parada a Rebecca, y permitir que Quinn, viviese su vida sin ella, tal y como lo había hecho desde que abandonó Nueva York.
No tenía mucho que recoger de la habitación, excepto su bolso y la orquídea que Quinn había dejado encima de la mesa, completamente solitaria.
Tal y como ella se sentía en aquel instante.
Ni siquiera había tenido la oportunidad de entregarle la carta que llevaba guardando tanto tiempo.
Lo único bueno de aquella guerra, era que, siendo Rebecca, iba a poder entrar en el apartamento y dejar la carta en la habitación de Quinn, que con suerte, la descubriría cuando ella estuviese lejos, evitando un nuevo enfrentamiento entre ambas.
Una hora.
Eso fue exactamente lo que tardó en abandonar el hotel tras entregar las llaves en recepción, y realizar el papeleo correspondiente.
Una hora que Quinn había utilizado para dar un solo sorbo de aquella botella y desistir en el intento de emborracharse.
No podía hacerlo, no podía beber aquello. Apenas pudo con el primer trago y sentía que todo giraba a su alrededor, aunque no pudiese contemplarlo.
Un sudo frio caía por su espalda, y la incesante humedad del ambiente de la ciudad aquella noche, estaba asfixiándola por completo. Sentía que algo no iba bien en ella, y supo que estaba comenzando a enfermar, justo cuando Rachel salía al exterior del hotel y tras recorrer varios metros hacia el apartamento, la descubría en las escalinatas de aquel edificio que se alzaba frente a ella, junto al Brooklyn.
No lo dudó. Con la flor aun entre sus manos y el bolso colgado de su hombro, cruzó la avenida dispuesta a averiguar qué hacía Quinn en aquella situación.
No pudo contener los nervios al descubrir la botella de tequila a su lado, reposando sobre uno de los escalones mientras ella trataba de mantenerse firme.
—¿Qué haces, Quinn? —espetó molesta.
La rubia alzaba la cabeza que mantenía cabizbaja entre sus brazos y trataba de asimilar de dónde procedía la voz.
—¿Qué diablos haces bebiendo tequila? ¿Ahora eres inconsciente?
—¿Rachel? ¿Eres Rachel o Rebecca? —se mostró completamente confundida.
—Rachel, soy Rachel —respondía seria.
—Rachel… Ayúdame —musitó tratando de mantenerse firme.
—¿Qué? ¿Qué diablos te pasa Quinn? ¿Estás borracha?
—No, no estoy borracha —alzó la voz—, me encuentro mal. No sé qué me pasa y estoy mareada.
Rachel la observó. No sabía si aquello volvía a ser una de las estratagemas de la chica o realmente se sentía mal. Solo tuvo que esperar un par de segundos y descubrir como la palidez cubría el rostro de la rubia, para saber que era verdad.
—Quinn, ¿qué ocurre? —se abalanzó sobre ella tratando de sujetarla.
—No lo sé, no me encuentro bien y necesito llegar a casa.
—Quinn —balbuceó ayudándola a levantarse—, ¿de verdad que te encuentras mal? No tiene gracia si es otra de tus…
—Hablo en serio, Rachel, he estado llamado a mi compañera de piso, pero no me responde a la llamada. Ayúdame, por favor, no, no me encuentro bien para ir sola.
Rachel se lamentó. Aquello tenía sentido. Ella misma había desconectado el sonido del teléfono que pertenecía a Rebecca para evitar cualquier inconveniente durante la cita y había olvidado volver a conectarlo.
—Ok... vamos, pero... ¿no será mejor que vayamos a un hospital o algo?
—No, no... solo necesito llegar hasta mi casa, nada más.
—Ok... vamos—la incitó a caminar junto a ella.
Quinn lo hizo. Conseguía mantenerse en pie, pero el malestar se había apoderado por completo de su cuerpo y no conseguía ser capaz de superar el vértigo que estaba adueñándose por completo de su cabeza.
El ascensor no fue la mejor solución para ella, que mostraba una palidez más acentuada conforme el elevador iba ascendiendo plantas hasta llegar a la 4.
—Es aquí... Ya... ya te puedes marchar.
—No te voy a dejar aquí. Vamos., dame la llave, pienso entrar contigo.
—No es necesario, seguro que Rebecca está.
—No me importa quien esté, dame las llaves... Ni siquiera eres capaz de mantenerte de pie sin apoyarte.
Quinn cedió en el empeño de Rachel y terminó entregándoles las llaves.
—Ya... ya te puedes ir—insistió de nuevo una vez entraron en el apartamento.
—No, estás sola, no pienso dejarte sola en tu estado.
—Rebecca estará dormida.
—Pues que duerma, yo me quedo aquí.
—Rachel... Basta... No quiero que estés aquí.
—Me da igual lo que quieras, yo pienso quedarme.
—Ok. Haz lo que te dé la gana. Gracias por ayudarme a subir, pero yo me acuesto.
—Perfecto —respondía con orgullo, sin perderla de vista. Quinn llegó con paso vacilante hasta su habitación y se encerró en ella, dejándola allí.
Rachel había encontrado la excusa perfecta para regresar a su casa sin tener que volver a mentirle haciéndose pasar por Rebecca. Pero en aquel instante, lo que más le preocupaba era su estado de salud, que no daba muestras de ser el más adecuado.
No podía entrar en la habitación de Rebecca, así que, sin dudarlo, y dejando el bolso en el salón, se coló en el cuarto de Quinn, dónde la rubia ya trataba de desvestirse sin demasiado acierto.
—¿Qué haces aquí?
—No quiero que llegue uno de tus compañeros y piensen que he venido a robarte o algo de eso. Así que me quedo aquí.
—Ni hablar... Vete —trató de levantarse, pero de nuevo el vértigo se hacía dueño de su cuerpo, y la obligaba sentarse a los pies de su cama—. Mierda —se lamentó.
—Es sencillo, Quinn, me dejas que te ayude, te acuestas y en cuanto te duermas, me marcho... Si no lo haces, me voy a ver obligada a llamar a un médico.
—No seas imbécil. ¿Nunca te has encontrado mal?
—Sí, pero nunca he estado a solas con esos vértigos que casi ni te dejan alzar la cabeza.
—Vete...
—Ok... Basta, no pienso aguantar más esto —se acercó con decisión hacia Quinn, a quien casi obligó a levantarse para ayudarle a deshacerse del vestido.
No obtuvo respuesta alguna por parte de la rubia, que poco o nada podía hacer por culpa de los mareos que la acusaban. No opuso resistencia alguna a que Rachel lograse desprenderla del vestido, y no fue hasta que sintió que estaba en ropa en interior, cuando decidió dejarse caer de nuevo sobre la cama, y comenzó a deslizarse con pereza hasta llegar a la almohada.
—Ya estoy dormida, te puedes ir —murmuró dándole la espalda, mientras se aferraba a la almohada.
—Buen intento —masculló Rachel ante la actitud infantil de la rubia—, me quedo en tu sofá —espetó acercándose al sillón que permanecía junto a uno de los laterales de la habitación y terminó tomando asiento, sin perder detalle del cuerpo de la rubia, que poco a poco, parecía ir cediendo al malestar.
No supo el tiempo que estuvo pendiente de su respiración hasta que estuvo segura de que Quinn dormía. Quizás fueron 20 o 30 minutos, no lo sabía, pero verla respirar sobre la cama, hizo que el sueño también llegase a ella, consiguiendo que poco a poco, terminase dejándose caer sobre el respaldo del sofá, y encontrase una posición más cómoda para descansar de algún modo.
Pero no contaba con algo.
Algo que estaba a punto de suceder y que casi terminó provocándole un infarto.
Una luz inundó la habitación y tras ella, un estruendo provocó un enorme susto a ambas. A Rachel, que completamente asustada, llegó a levantarse del sofá. Y a Quinn, aturdida, tratando de averiguar qué había sido ese estruendo.
Segundos más tarde, varios fogonazos más y un continuo bombardeo comenzó a oírse en toda la casa procedente del exterior.
—¿Fuegos artificiales? —susurró tras recomponerse un tanto.
Rachel lo comprendió en ese mismo instante.
Eran las 12 de la madrugada, y los fuegos artificiales que terminaban con la celebración de aquel 4 de Julio, hacían eco en el cielo de San Francisco.
—Mierda... mierda —se lamentó tratando de levantarse de la cama— Mierda.
—Quinn... tranquila, tranquila, estoy aquí.
—Quiero verlos... Quiero verlos —murmuraba confusa.
—Shhh —susurró tratando de contenerla en la cama—, Quinn cálmate, por favor —suplicó.
—Quiero verlos —sollozó tratando de acercarse a la ventana que daba a la terraza exterior—. Quiero verlos maldita sea.
—Quinn, por favor —suplicó sujetándola—. No... no puedes cielo —le dijo procurando sonar con dulzura, y haciéndola reaccionar.
Lo consiguió. Quinn cedió en su intento por abandonar la cama, y terminó sentándose en mitad de la misma, guiando su rostro hacia la ventana, como si aquel gesto pudiera ayudarla a descubrir las luces que ya iluminaban sus ojos, pero que no conseguía ver.
—Quiero verlos... —susurró dejando escapar la primera de las lágrimas.
—Cálmate... —musitó Rachel sentándose tras ella— Puedes escucharlos e imaginarlos.
—¿Tú los ves desde aquí? —preguntó con inocencia.
—No... Yo tampoco los veo —no mintió. Las luces entraban en la habitación, pero desde aquella ventana no se podían observar ninguno.
—¿Por qué me sucede todo a mí, Rachel? —volvía a sollozar— ¿Qué hice para que me sucediera a mí?
—Shhhh —la abrazó—, no llores Quinn, todo va a acabar, te vas a poner bien... Te lo prometo.
—No puedo vivir así, no puedo —se dejó caer de nuevo sobre la cama, hundiendo el rostro en la almohada.
Rachel optó por tumbarse junto a ella, sin abandonar el contacto con sus brazos en ningún momento.
—Quinn, estoy aquí... Voy a ayudarte a salir de esto. ¿Ok?
—No... no puedo contigo, no puedo sentirme bien así si tú estás cerca —respondía con la voz entrecortada
—Pero yo solo quiero ayudarte —susurró tratando de contener las lágrimas.
—Pues márchate.
—¿De verdad quieres que marche ahora?
—No, no ahora... Mañana, ahora quiero que te quedes aquí y me abraces —balbuceó entre sollozos, hundiendo aún más el rostro en la almohada.
—Ok, yo me quedo aquí y mañana me marcho si es lo que deseas.
—Sí...
—Perfecto —se dejó caer sobre la almohada—, pero ahora relájate y vuelve a dormir, ¿ok?
No hubo respuesta por parte de Quinn, que seguía dejando escapar sollozos y lágrimas, rompiendo aún más el ya destrozado corazón de Rachel.
Era aquello. Era justo aquello por lo que había decidido comenzar toda aquella aventura.
Quinn no estaba bien. Nadie en su sano juicio podría estarlo después de quedarse ciega, y llevar apenas dos meses tratando de sobrellevarlo. Nadie podía soportar aquello sin hundirse, y Quinn lo estaba haciendo. Sin embargo, no podía evitar pensar que quizás, aquella actitud, había sido reforzada por su aparición.
Le estaba haciendo mal y no podía permitírselo ni perdonárselo.
Todo había acabado.
—Haz que se callen esos malditos fuegos artificiales —espetó con impotencia.
Rachel no dudó en acercarse aún más a la rubia, y apartar el pelo de la chica que cubría parte de su rostro, que ya permanecía de lado en la almohada.
It's been a long time since I came around
Been a long time but I'm back in town
—Rachel... —susurró tras escuchar como la voz de la morena conseguía eclipsar el ruido de los fuegos artificiales con apenas un susurro.
This time I'm not leaving without you
Lo estaba consiguiendo. Quinn cedía ante la dulzura de Rachel y volvía a abrazar la almohada, ésta vez con el calor del cuerpo de la morena, justo a su espalda, rodeando su cintura con sus brazos.
There's something, something about this place
Something about lonely nights
And my lipstick on your face
Something, something about my cool Ohio girl….
Apenas terminó aquella última frase y sintió como la respiración de Quinn se volvía pausada, relajada, demostrando que el sueño había vuelto a vencerla.
No hubo más interrupciones. Los fuegos artificiales cedieron, y las horas pasaron sin ningún tipo de inconveniente en el profundo sueño de Quinn, que no había vuelto a despertarse aquella noche.
Rachel pudo dormir también algunas horas a su lado hasta que la luz del día se coló por la ventana, y la despertaba en la misma posición.
Sin apenas provocar movimiento o ruido alguno, abandonó la cama y salió de la habitación. Había llegado el momento de marcharse, de que Rachel Berry desapareciera para siempre de su vida, pero no sin antes entregarle el que iba a ser su último regalo.
Un regalo que había dejado olvidado justo en las escalinatas donde se encontró a Quinn.
Tuvo suerte.
La botella permanecía en el mismo lugar, pero lo que ella buscó fue la pequeña maceta con la orquídea amarilla.
Estaba allí. Nadie había osado a llevársela y sintió alivio al poder recuperarla, y devolvérsela a su dueña, junto a aquella carta que aun permanecía en el interior de su bolso, y que servía de despedida.
No tardó en regresar al interior del apartamento, dejando la flor y la carta sobre el escritorio de Quinn, y optando por tomar una ducha para eliminar cualquier resto de perfume que pudiese perjudicarla al volver a ser de nuevo Rebecca.
Rebecca aún iba a estar un par de días allí, pero Rachel se acababa de marchar tal y como Quinn había exigido durante la noche.
—¿Rachel?
La voz de Quinn la distrajo un segundo antes de meterse bajo la ducha.
—Rachel ¿dónde estás? —Quinn salía de su habitación y buscaba a la morena por la casa, pero la única respuesta que recibió, fue el sonido de la ducha que ya había abierto para evitar que la descubriese— Rachel, ¿estás ahí?
—Quinn —respondía— Soy Rebecca... ¿qué sucede?
No lo dudó.
Quinn abrió la puerta del baño y el vaho de la ducha chocó de frente contra su rostro.
—Rebecca...
—Hola, Quinn —respondía bajo la ducha—. Acabo de llegar de la fiesta del Brooklyn y... Bueno, necesitaba una ducha.
—¿Has visto salir a una chica?
—¿Una chica?
—Sí, una chica.
—No... lo siento, ya te dije que acabo de llegar. ¿Estás bien?
—Mierda... Voy... voy a salir un momento.
—¿Qué? ¿Qué te sucede?
—Nada... Solo, ahora vuelvo —se excusó saliendo del baño.
Tenía que salir de allí. Tenía que ir hasta el hotel y encontrar a Rachel antes de que ésta se marchase de la ciudad. Eso es lo que sentía que tenía que hacer tras haberse despertado y descubrir la dichosa flor junto un sobre en su escritorio, al lado de donde siempre solía colocar su móvil.
La esperanza de llegar a tiempo se desvanecía conforme se metía en el ascensor, con una sencilla camiseta y unos vaqueros que había acertado a encontrar en su armario. No atendía a sus llamadas, pero daba igual.
Quinn ya caminaba directa hacia el hotel, sin ser consciente de que Rachel estaba en su propia casa, lamentándose por lo sucedido y tratando de hacerla desvanecer por completo, eliminando el perfume y aquellas estúpidas extensiones que llevaba en su coleta.
Quinn conseguía llegar al hotel sin detenerse y se adentró en él sin ser tener la más mínima idea de lo que estaba por suceder, de la sorpresa que iba a recibir cuando regresase al apartamento.
Un taxi se detenía frente a la puerta del edificio, y Santana salía de él, con Britt tras sus pasos.
—Oye... ¿por qué no vamos al Brooklyn a desayunar? Seguro que Quinn está dormida —Brittany, siguiendo los pasos de su chica, trataba de detenerla.
—Britt, no seas más intensa. Tengo las llaves, podemos entrar y esperar a que se despierten... Llevo tres semanas comiendo en bares y hoteles, déjame que disfrute de un hogar —se quejaba tras pagar al taxista.
—Pero... vamos, quiero ver a María.
—Ve tú, vamos... Ve y compra café y pasteles, así le damos una sorpresa doble a Quinn.
Britt no estaba del todo convencida. Algo le decía que no debían subir, aunque Rachel estaba perfectamente avisada. Tres mensajes de voz y dos de texto avisándole de la repentina visita, eran más que suficiente, pero que la morena no hubiese aceptado ninguna de las llamadas que realizó durante la noche anterior, no le daba buenas sensaciones.
—Ok... Voy por café, pero si están dormidas, ni se te ocurra despertarlas. ¿Ok?
—Britt, solo quiero subir y utilizar el baño... ¿Vale?
—Ok... Ahora te veo...
Santana ya se introducía en el interior del edificio.
—No tardes... Tengo hambre.
