Episodio 11: Equipment Discussion
Tras despedazar el papel en sus manos, Luis se abalanzó sobre su escritorio abriendo todos los cajones uno por uno hasta que del último sacó un pliego de papel que extendió sobre la cama, desvelándose como un mapa de la zona portuaria; no tardó mucho en localizar el lugar del desafío, ya que sólo había un local vampírico en la zona, vigilado por ellos desde hacía meses; apresuradamente lo volvió a doblar y colocó en el bolsillo interno de una gabardina negra que colgaba en un perchero al lado de la puerta, en ese instante entró Erik.
- Te acompañaré – articuló sin más.
- No – negó Luis mientras se calzaba sus pantalones grises de combate – es algo personal, tú no tienes nada que hacer aquí.
- ¡Luis, no jodas, ese lugar está atestado de vampiros! ¡Necesitarás asistencia!
El Fernández guardó silencio durante unos instantes, después clavó su mirada en la de Erik y le respondió tajantemente:
- Vale, pero Kasa es mío.
Erik asintió y se dispuso a darse la vuelta para salir del cuarto, cuando una tercera voz intervino.
- Yo también voy con vosotros.
Los dos compañeros buscaron con la mirada al tercer individuo y se encontraron con Simon, bastante más serio de lo habitual.
- Simon – espetó Erik – esta es una misión demasiado arriesgada, no podemos llevarte allí; además, sigues herido.
- No quiero ir arrastrando en esto a un bulto inútil – comentó el otro como si tal cosa mientras se ajustaba las botas – tú te quedas aquí.
- ¡Oye, estas heridas – respondió Simon golpeándose el pecho – no me las hice por gusto! ¿Sabes?
De un solo movimiento, Luis se levantó, empuñó y desenfundó su katana y clavó ligeramente la punta de ésta en el cuello del muchacho.
- ¡Mira, niño – exclamó – me suda la polla que lucharas con todas tus fuerzas y que sobrevivieras! ¡No protegiste a Alicia y con eso me basta! ¡Da gracias a que no te maté en el hospital!
Para su sorpresa, Simon no se movió un milímetro, ni cambió su expresión; estando los dos enfrentados, el pelirrojo agarró el canto de la espada y la bajó, ésta, con sólo rozar el pecho del joven en el descenso, cortó limpiamente el cuello del pijama, las vendas y le hizo una pequeña herida en la piel. Erik miró a los ojos de su hermano y vio una determinación que nunca antes había manifestado.
- Yo me haré cargo de él – informó a Luis.
Con la katana aún agarrada y en posición de combate, el Fernández clavó sus ojos furiosos en los de su compañero.
- Si algo falla por su culpa… os degüello a los dos.
- No fallará nada – contestó Erik mientras ponía la mano en el hombro de su hermano – voy con él al sótano, habrá que pertrecharlo.
Luis se relajó y asintió, cuando se hubieron alejado un poco continuó vistiéndose, mientras se debatía entre el desprecio que le provocaba Simon tras en incidente de su hermana y el respeto por no haberse movido siquiera cuando podía haberlo matado.
Cuando llegaron a la puerta del sótano, Erik introdujo un código en el panel numérico de la pared, a lo que siguieron una serie de chasquidos; el menor tragó saliva, en 10 años de estancia en esa casa nunca había entrado ahí. Cuando cruzaron el umbral de la puerta, Simon se sorprendió de que todo estuviera tan bien iluminado, el color blanco predominaba y no había humedad; tras bajar el pequeño tramo de escaleras se encontró con una estancia enorme, al menos el doble de la extensión de la planta baja, el suelo era de parqué y estaba dividido en varias secciones, casi todas con variado aparataje y maquinaria para el entrenamiento físico, aunque también había un apartado vacío con un tatami elevado y otro con artefactos de cristal que no supo identificar; al fondo de la sala una serie de taquillas alineadas de color oscuro destacaban sobre la blanca pared de azulejo.
Cuando llegaron, Erik paseó enfrente de ellas mirando las puertas una a una, finalmente se detuvo en la que estaba más a la izquierda, la abrió y sacó lo que parecían unos mitones que lanzó a su hermano.
- Pruébatelos
Simon le obedeció, era de cuero negro y sorprendentemente cómodos, los nudillos llevaban un refuerzo metálico y los dedos quedaban al descubierto. Cuando hubo terminado y alzó la vista encontró a su hermano abriendo las puertas una a una y dejando su contenido, armas, armaduras, cotas de malla, ropajes varios, protecciones diversas y algunos pergaminos, al descubierto; el joven dejó caer la mandíbula de pura sorpresa y se acercó un poco más a las taquillas, que estaban todas comunicadas entre sí, dando lugar a un gigantesco armario.
- Pero… ¿Qué es todo esto? – preguntó, atónito.
- El tesoro de los Fernández – contestó Luis desde el fondo de la sala – reliquias, rollos de pergamino con hechizos antiquísimos, fórmulas alquímicas, armas y armaduras de gran poder… - continuó mientras se acercaba – todo obtenido como recompensas por nuestro cumplimiento del deber en nuestras misiones.
Los dos hermanos se dieron la vuelta, Simon no escondió su hostilidad y dirigió una mirada antipática a Luis, Erik, por el contrario, le preguntó si ya estaba listo.
- ¿Qué equipación le vas a dar? – preguntó el joven Fernandez a su compañero, en referencia a Simon.
- Algo estándar – contestó Erik – según como se le dé la cosa esta noche, decidiré a partir de hoy.
Luis asintió, mostrando su conformidad.
- Escucha, saldremos de aquí al atardecer – informó – ese lugar es impenetrable de día, tomaos vuestro tiempo – Erik asintió con la cabeza, tras lo que Luis se dio la vuelta pero, antes de empezar a andar, miró a Simon un segundo – Mira – se dirigió a él – Antes has conseguido imponerme algo de respeto – guardó un breve silencio, el muchacho estaba en guardia y no articulaba palabra – espero que ésta noche mantengas el nivel ¿De acuerdo? No te pido que limpies el lugar tú solo, simplemente no nos retrases.
De nuevo, Simon no se movió ni le contestó; ligeramente afligido por esto, Luis volteó y se encaminó de nuevo a la salida del sótano, cuando se le oyó cerrar la puerta de la escalera, Erik agarró una fina pero aparentemente resistente cota de anillas y se la dio a su hermano.
- No voy a decirte nada respecto a no haberle contestado a Luis – le dijo de repente – de hecho, te comprendo, pero ten en cuenta que esta noche seremos un grupo de caza y tendremos que protegernos los unos a los otros. El odio no es bueno entre compañeros.
- Eso – contestó Simon mientras se probaba la cota de anillas – díselo al que me ha puesto su espada en la garganta, yo sólo he ofrecido mi ayuda.
Cuando terminó de colocársela, separó los brazos y se dio lentamente la vuelta para que su hermano juzgara, le quedaba algo ancha, pero Erik lo prefirió para que no le restara movilidad; después de un rato dubitativo mirando a un rincón donde estaban colgados tres látigos perfectamente enrollados, escogió uno de cuero negro brillante, con una empuñadura de madera con talle anatómico, y se lo lanzó a Simon, que lo cogió al vuelo.
- Creo que te irá bien, pero pruébalo por si acaso – le sugirió.
Con el arma en la mano, dio un salto atrás y empezó a lanzar golpes en todas direcciones con una agilidad y estilo impresionantes, dejando sorprendido a su hermano que, tras la corta exhibición, le dedicó un aplauso y una enorme sonrisa.
- ¡Increíble! – exclamó - ¡Increíble!, incluso estando en estas condiciones eres magnífico ¿Qué tal el látigo?
- Muy ligero – respondió Simon mientras lo examinaba, estirándolo en algunos puntos – me gusta.
La sonrisa del pelirrojo creció.
- Lo llevarás esta noche – le dijo – junto con los guantes y la cota de anillas, ponte unos buenos vaqueros y esas botas reforzadas que llevas en los entrenamientos. Esta noche hay juerga, y tenemos pase vip.
