"Encuentro desafortunado"
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Izuku mordió el labio inferior de Katsuki, sacándole un jadeo proveniente de su garganta. Un cosquilleo surgió en la boca del estómago.
—Izuku— Jadeó su nombre, debido a los besos que compartían sin mesura.
Las manos del rubio se situaron sobre su pecho, aferrándosele, como si se fuera a caer.
—I-Izuku…—Exhaló, ladeando la cabeza apuntando directamente a su boca. —Izu- Izuku— Sus manos jalaron las solapas de su camisa, empuñando sus manos entre la tela de algodón.
El inmortal frunció el ceño, sin saber cómo reaccionar a los sonidos de su voz. Curiosamente no le disgustaba; más bien, le causaba extrañeza.
No llevaban mucho de conocerse, pero el chico se lanzaba sin chistar a sus brazos, a devorar sus labios, a jadear su nombre sin un ápice de pudor, a jalar la tela de su camisa.
El chico aludía a que quería comérselo a besos.
Sin embargo, Izuku no estaba dispuesto a dar ese paso. Ni permitirle a Katsuki que lo arrasara como carro.
No se limitaba solamente a él, sino a toda la extensión de la calle. Sintiendo las miradas que según él, lo perseguían. O quizás era su propia mirada la que lo perseguía. La que lo escudriñaba sin tapujos.
Izuku se sentía tan abrumado de tantas sensaciones que se apoderaban de su percepción.
—Izuku— Gimoteó sobre sus labios, sorprendiendo al inmortal, quien abrió los ojos de golpe. La entonación y manera en que su nombre fue pronunciado arrasó con sus oídos destapados.
Nunca advirtió que su nombre sería dicho con tanto amor que estremeciera sus venas.
El miedo lo asaltó y tuvo que desprenderse de sus labios carnosos y tersos.
—¿Izuku?— Katsuki lo observó demandante. Sus manos palparon su pecho, presionando sus dedos por encima de la tela de algodón.
—Katsuki— Dijo él, notando que los labios del chico estaban hinchados, embalsamados por su saliva. —Sigamos— En referencia de dejarlo en la parada.
Éste lo miró encrespado, mostrando aversión frente a aquella sugerencia. Jaló las solapas de su camisa, atrayendo la cabeza de Izuku a toparse con la suya.
—No decidas todo por tu cuenta— Manifestó en un dejo de indignación, incitando a Izuku que quería prolongar el rato juntos, del cual él no estaba dispuesto a conceder, dado que la percepción que tenía en referencia a aquel suceso previo, era de desconcierto. —Quiero besarte más, Izuku.
¿Qué dijo?
¿Que me quiere besar?
¡Qué locura!
En su distracción, Katsuki se lanzó a capturar sus labios en un beso, que sobresaltó a Izuku, provocándole un escalofrío.
¿Cuánto me quieres besar hasta estar satisfecho, Katsuki? ¿Qué tanto quieres de mí?
Sopesó desasosegado.
¿Cuánto más será suficiente para ti?
Izuku colocó sus manos sobre la diminuta cintura del rubio. El diámetro de esa cintura aún suponía un misterio para él, puesto que no conjuraba cómo es que podía mantenerse en una pieza con una cintura como esa.
Justo cuando abismó que succionaba su labio inferior, temió por la seguridad del chico, porque si buscaba succionar sus labios, lo terminaría matando ahí mismo (como la primera vez).
Se detuvo, recapacitando sus acciones. Los movimientos chocantes de sus labios unirse, lo orillaron a besarlo de manera superficial, adjunta a su textura carnosa, hinchada, embalsamada en el bálsamo de sus salivas entremezclarse y resbalarse en los contornos rosados de su boca.
No pensó que besar sería un tan adictivo.
Tantos estímulos se almacenaban en su cerebro, apagando las luces de alarma que lo indicaban que cometía una tontería. Supuso que su cerebro no lo vio como una torpeza de su parte en conjunto de una situación de alarma.
Apretó su cintura sacándole un escurridizo jadeo de sus labios, seguido de un quejido necesitado de él. —Izuku…
Volvió a decir con esa urgencia de tenerlo a él. De sentirlo. De tenerlo cerca.
Curioso… se dijo el pecoso.
Muy, muy curioso.
En mi vida inmortal me ha pasado algo así. Algo tan… no sé.
No congeniaba qué sucedía o cuánto tiempo duraron besándose en la banqueta solitaria. Pero disfrutó el besarlo y saborear la suave textura de sus labios rosados pegados a los suyos.
Parecía un acto de ensueño.
Si Katsuki necesitaba de él, podría reconsiderar su aversión hacia éste reducirse categóricamente a un grado menor de como lo tenía situado en la escala de aversión relacionado a las personas.
Además, el sabor de los labios de Katsuki era mejor que el café con leche. Y esa simpleza, sobrepasaba sus expectativas de él.
No estuvo consciente de hasta qué punto se ensimismó tanto en él que perdió el hilo de sus pensamientos. Pero el tiempo que duró ene se trance, fue demoledor para su resolución.
Finalizando de besarse, Katsuki jadeaba de su boca y sus ojos brillaban tanto que esclarecían la vista. Poseían una luz cristalina tras sus pupilas dilatadas.
—Ahora sí ya nos podemos ir— Dictó su novio de sus labios hinchados y rojos. Los tintes rosados de sus mejillas delineaban sus pómulos finamente formados en su rostro.
Asintió.
Izuku sentía sus labios latir enrojecidos debido al intercambio. De su pecho venía una incesante serie de latidos acelerados. Los sentidos se le hinchaban igual a haber recibido un golpazo en la cara.
—Uhm—Musitó Izuku sin saber qué decirle.
—Besas bien— Admitió el rubio, terriblemente avergonzado, cortante en la formulación de las dos palabras.
—¿Q-qué?— Pestañeó incrédulo.
—Sería una desgracia que besaras tan mal que dieras lástima— Confesó en bochorno.—Al menos ya no te ves tan triste como hace rato.
Izuku expandió sus orbes como platos.
¿Me besó para animarme? Se dijo sorprendido.
—¿Lo hiciste para animarme?— Preguntó azorado.
—No dije eso— Excusó encendido. Su cuerpo instantáneamente se tensó. —Basta de inventar cosas que no son, idiota. Yo solo hice lo que tenía que hacer. Es todo— Despotricó a lo último.—Solo deja de tener esa cara tan triste. Parece que estás infeliz de estar conmigo.
—No es por ti.
Katsuki lo miró de reojo. Una ceja enarcada.
—¿Entonces a qué se debe que tengas esa cara todo el tiempo?
Esas son cosas que no debes saber. Por tu bien. Y por mi estabilidad mental.
—¿Se debe a tus problemas?— Presionó Katsuki.
—En parte— Verbalizó, sus cejas decayendo.
—Ah. Hay más—Asumió.
—Ehm. Es complicado, Katsuki.
Lo oyó respingar.
—Nada es complicado. Tú lo haces complicado. Eso depende de la forma en la que miras los problemas.
Izuku guardó silencio, centrando su vista en sus zapatos.
—Sólo mira las cosas con buena cara, Izuku— Aconsejó su novio con cierta dificultad de hablarle. Se notaba a leguas lo difícil que era para el rubio ser amable con él en general. —No te desmotives tu solo. Recuerda que me tienes a mi.
—Katsuki— Articuló desfasado.
Le impresionaba la capacidad que mostraba el chico para estar con él.
¿Se deberá a que se preocupa por su bienestar que dice todas esas cosas?
—Así que quita la cara larga que buenas cosas pasarán si las enfrentas con una sonrisa— Optimizó con un dedo al aire. —Esa es mi filosofía de vida. Hazla tuya tú también o te obligo a que te apropies de mi modo de vivir.
—No es necesario— Musitó nervioso. —Descuida. No te molestes en compartir-
—No estoy compartiéndote nada— Rezongó a modo regañadientes. —Te traspaso mi conocimiento para que lo apliques en tu vida diaria. ¿Qué tan difícil es entenderlo?
—Ah, no. Yo no dije que fuera difícil— Corrigió él. —Sólo que no quiero importunarte con mis actitudes.
—No eres importunante. Eres idiota. — Se rió presuntuoso. —He ahí la diferencia.
Izuku parpadeó unas veces, asimilando. ¿Acaso…. Acaso lo insultó?
Formó un puño con su mano, mismo que metió al bolsillo del pantalón.
Si le hago cualquier daño, seré castigado por el Jefe, pese a que perdonó mi vida por mi torpeza. No debo desobedecer las órdenes del Jefe, por más que me oponga a esto.
Miró a Katsuki por fracción de un segundo.
Es un error matarlo; además, el "otro" está dentro suyo. Lo óptimo es deshacerme de él, no del mismo Katsuki.
Por más que me disguste Katsuki, no es mi objetivo matarlo.
Su vida no merece ser arrebatada por el "otro". Katsuki se merece un mejor futuro, mejores oportunidades, mejor calidad en su vida. Mejor todo.
—Bueno, esta es mi parada— Dijo Katsuki, quien se paró en la estación.
—Sí.
—Te veo mañana
—Sí.
El rubio lo escudriñó insatisfecho. —¿Otra vez triste?
—No, Katsuki, solo estoy cansado.
—Hm— Su gesto se tornó en sospecha. —Duerme bien, entonces. No te desveles, y si lo haces, toma un shot de expreso al despertar. Eso te dará energía durante la mañana.
—Sí.
—Y de preferencia báñate con agua caliente en la noche, para que tu cuerpo se relaje. Y antes de acostarte, bebe una infusión de té de manzanilla o de tila, para que puedas dormir sin despertaste durante la noche— Instruyó.
—Lo haré, Katsuki. Muchas gracias por tus consejos.
—Son instrucciones para que no andes jodido mañana—Gruñó a regañadientes. —Cúmplelas con buena cara o mañana te intoxicaré con shots de expreso.
—¡Qué!— Escandalizó.
Katsuki sonrió deleitado con su expresión.
—Me voy. Más vale que aparezcas mañana de buena pinta.— Señaló con la mirada. —;Porque cumplo con mi palabra.
—Katsuki…—Exhaló asombrado.
El autobús se detuvo en la respectiva parada, abriendo sus puertas. —Bueno, que te vaya bien— Despidió Izuku, forzando una sonrisa en sus labios. —Cuídate.
Katsuki esbozó una mueca.
—Sí, claro—Desinteresó.
Katsuki se giró, metiéndose en el transporte público, que lo aguardaba; Izuku miraba con desgano que se moviera el autobús, asimismo desvaneciéndose en la avenida.
De pronto, fue sorprendido porque luego de que las puertas se cerraran, se volvieron a abrir, entreviendo a un Katsuki con el rostro encendido corriendo hacia él.
—Katsuki— Pronunció desconcertado. —Tu transporte. Te bajaste de él.
Lo vio sacar algo de uno de los bolsillos de la mochila una caja de tipo Bento envuelta en la tela azul de estrellas amarillas.
—Tenía esto hecho para ti— Mirando el Bento con recelo. —No sabía en qué momento dártelo, pero ten— Entregó el Bento, siendo recibido por un desencajado Izuku, quien tomó la lonchera sin emitir palabra. —Lo lavas después de comértelo— Se puso de puntitas, y besó su mejilla. —Hasta mañana, Izuku— Dijo tras el beso, asimismo regresando al autobús, que retomó el camino en la avenida, dejando a Izuku solo en la avenida con el Bento descansando en sus manos.
Izuku sonrió derrochando tristeza.
—Pensé que no cenaría esta noche.
Unos pasos resonaron a menos de diez metros de él. Ensombreció sus orbes, percibiendo con cada partícula de su ser el aire que flagelaba fragante y tenue.
—Yo tampoco pensé que cenaras siquiera, Mi-do-ri-ya.
Ladeó la cabeza, encontrándose con una cara desagradable.
—Hmm— Salió de los labios del pecoso. —¿Qué quieres?
—Ay— Fingió ofenderse. —¿Acaso no te enseñaron en el ejército a tratar con respeto a tus superiores?
—No eres mi superior— Desdeñó.
Los cabellos grisáceos de quien lo abordaba, la opacidad de su tez pálida alcanzando tonalidades grises, las arrugas que eclipsaban los globos oculares, le proporcionaban un aspecto nada lúdico que inspirase confianza.
—Sigues siendo igual de duro conmigo, Midoriya.
Izuku soltó un feroz gruñido. —¿A qué vienes a verme? No sueles aparecer a menos que sea algo que te convenga.
El sujeto sonrió en una manera escalofriante.
—Me has pillado— Alzó las manos como si quisiera probar su inocencia. —Siempre sabes mis intenciones, Midoriya. Pero esta vez no vengo exclusivamente a hablar contigo, sino a echarle un vistazo a alguien más.
Izuku enarcó una ceja, sospechoso.
—¿A quién?
—Ha llegado a mi curiosidad la noticia que mi querido Jefe te ha dado un trabajo especial— Prosiguió a modo santurrón. Izuku entrecerró los ojos, mordiéndose el labio inferior, otorgándole una apariencia enigmática. —Y daba la casualidad de que yo pasaba por estos rumbos y lo vi— Rió liviano. —¿Estás cuidando de un simple humano, Midoriya? Y no solo un humano. ¡Uno que está enamorado de ti!
La expresión se le borró del rostro.
Lo habían cachado fuera de su control.
—Juzgando por tu expresión, acerté.
—Ciertamente— Admitió él, desganado.
El sujeto caminó hacia él, sin borrar esa sonrisa sustanciosa que originaba sensaciones incómodas producidas por su sola presencia en su camino.
—No trates de aparentar que no te importa— Le pasó el brazo por el hombro.
El solo hecho de tener su brazo alrededor de su hombro, le daba escalofríos. Su cuerpo al instante se crispó. De un violento empujón con su mano derecha, alejó al sujeto sin esfuerzo.
—¡No me toques!
—Sigues siendo igual de sensible al contacto físico— Bromeó cizañoso. —Pero no te mirabas tan sensible con ese chico entre sus brazos.
Izuku se tensó de pies a cabeza cual estatua.
¿No será
—Lo abrazabas de la cintura
Que nos
—Mientras lo besabas.
Vio?
El hombre sonrió enormemente, detallando sus dientes de tintes amarillentos.
—Y lo más increíble es que es la reencarnación de quien te quitó la vida— Se echó a reír macabramente. —¿Quién lo diría, Midoriya? Que terminarías besando a tu enemigo.
Izuku estaba lívido. Ofendido por oír lo que ya sabia en boca de alguien más y herido por saber que es verdad.
Procesaba a cuestas de su aplastado orgullo, sintiendo tan presente la humillación de la que fue parte.
—Ya sabía que eras un guerrero traumado, pero jamás pensé que fueras a caer tan bajo.
¿Le dijo "guerrero traumado"? Se plasmó boquiabierto, enajenado de las palabras tan indignantes que le escupían como aguijonazos clavando la piel sensible.
Dolía. Mas no cometerá otra tontería por eso. No podía permitirse tener otro desliz luego del problema que carga en el lomo, sin gracia alguna.
—Uy, ¿no me harás nada? ¿Acaso no herí tu orgullo guerrero? ¿Hah?
Las tipo escamas que salían de su cuello lo distraían de mantener la vista fija en él, pues con mover la cabeza se mostraban esas tipo escamas sobre su piel grisácea.
Se preguntó cuánto tiempo llevará haciéndose eso, y si tal vez lo hacía para calmar sus ansias.
Al menos ver esos rasguños en forma de escamas, disminuían la ardorosa tensión de partir en dos a ese tipo, pese a que sabía que podía hacerlo con solo intentarlo una vez. Mas no se atrevería a desobedecer las órdenes de su Jefe, pues no traicionaría la confianza que éste le tiene por un instante de humillación sufrida por su pisoteado orgullo de guerrero.
Y sí, puede que esté traumatizado por todas las cosas que vio, pero eso no le da derecho de insultarlo de esa manera tan cruel. De animarse a burlar de su historia, porque su historia es suya. Él la escribió con sus rigurosos esfuerzos, con sus sacrificios, con su sangre, sus lágrimas, su cuerpo y alma en sus metas. Depositó todo lo que tenía para lograr su objetivo de ser un guerrero honorable.
—Sugiero que desaparezcas de mi vista— Optó Izuku, manteniendo su voz firme, sin caer en las tentaciones que conducen a derivar en las emociones.
—¿Desaparecer?— Se rió sin tomarlo en serio. —¿Qué me vas a hacer si me rehuso a irme?¿Me vas a golpear? ¿Me dejarás echo papilla para que el Jefe me recoja y te castigue a ti, eh? ¿Que castigue tu miserable existencia?
Silencio.
Vio su vena saltarse en su sien. Lo hizo enojar son su silencio.
—No me digas que el muchacho te importa— Tuteó, rascándose el cuello con las uñas. El sonido de rascar lo perturbaba.
Nuevamente, se negó a responder.
—¿Tienes sentimientos por el muchacho? ¿Lo quieres?
Izuku tensó la quijada, apretando duramente la mandíbula contra sus dientes.
—¿Qué pasa si lo hago pedacitos?— Retó impacientado con su mutismo. —Si lo hago pedacitos ya no tendrás trabajo y el Jefe te castigará. Y yo con gusto, te saco de este mundo de seres inmortales en el que nunca debiste de poner un pie, bastardo. Nunca debieron aceptar a un guerrero sin honor en este mundo.
»¿Habrá inconveniente si lo destruyo hasta que no quede nada de él? ¿Qué pasa si— Hizo una pausa, acercándose a Izuku, quien quieto estaba, permaneció taciturno. —Lo desmembro? Justo como lo hice con Chisaki.
Un escalofrío recorrió su espalda, que desató una ola de enojo en su cuerpo.
—¡¿Qué has dicho?!— Soltó él, cogiéndolo de la solapa con una mano.
Esto pareció contentarlo.
Provocarlo había encendido una llama en el inmortal, quien llevado por la emoción, reaccionó.
—¿Tu- Tu le hiciste eso a Chisaki?— Preguntó impotente.
—Oh, pero claro— Sonrió gustoso, depositando una mano sobre su hombro, que él esquivó. —Me encargué de que nunca más pudiera usar sus brazos otra vez— Para el horror de Izuku, siguió hablando con esa voz áspera y tétrica que aturdía sus tímpanos. —Así como me deshice de la autonomía de Chisaki, me puedo deshacer de la de tu noviecito rubio cuando quiera.
Izuku se mordió el labio, consumiéndose en la gravedad de lo que ello significaba en su diccionario.
—¡No toques a Katsuki!— Exclamó derrochando disgusto en cada sílaba. Lo empujó soltando las solapas de su agarre, refrenando el impulso de cortarlo con su espada.—Lo que sea que tengas en mente, no metas a Katsuki en esto. Él no tiene nada que ver con nuestros asuntos, Tomura.
—Hasta que por fin dices mi nombre— Sonrió el nombrado Tomura, enderezándose del empujón. —Midoriya.
Izuku tensó los dientes, empuñando las manos.
—Ese Bento dice que sí hay algo entre ustedes— Carcajeó con una sonrisa santurrona.
Él miró su Bento y luego a él. Afianzó su agarre de la lonchera.
—Qué lindo— Dijo en tono fingido. —Que lindo es tener engañado a alguien. Me pregunto si será igual si el chico supiera que su novio es un ser inmortal.
—¡Suficiente, Tomura!— La voz de su Jefe hizo acto de aparición, espantando a Tomura, quien trastabilló con sus pies como si fueran manos en su lugar.
—Jefe, perdóneme-
—¡Silencio!— El Jefe gritó, causando revuelo, pese a que solo se podía escuchar su voz. Tomura cerró la boca. —No estés molestando a Izuku en su trabajo.
—¡Jefe— Replicó indignado.
—Por ningún motivo que tengas en su contra, intervendrás en su trabajo. De manera que si lo haces, tendré que verme en la obligación de castigarte.
—Pero— Se rascó el cuello ansiosamente.
—Izuku es de los mejores haciendo su trabajo. Sería un apena perderlo.
—¡No es justo!— Reclamó Tomura. —El estado mental de Midoriya perjudica el trabajo. Con todo respeto, Jefe, él está mal de la cabeza.
Izuku enarcó ambas cejas.
—¿Yo?— Gesticuló anonadado.
—Sí, tú, inútil— Lo señaló Tomura. —Eres una desgracia en el mundo de los nuestros. No puedes hacer ni un trabajo bien por tus tontos traumas de la guerra. Ni siquiera tuviste una muerte honorable.
—¡Basta!— Gritó el Jefe, notándose cabreado. —Fue suficiente de tus acusaciones. Tendré que dejarte otro trabajo, antes de que sigas irrumpiendo los labores de Izuku.
—Jefe, no es justo.
—A mis ojos, lo es— Arguyó. —Ahora, ven a mi oficina sin oponer resistencia. Y dejarás a Izuku en paz.
—Argh— Se quejó bajo su aliento. —De acuerdo— Accedió, caminando hacia el portal que apareció en medio de la pared que estaba situada detrás de la parada del autobús. Antes de ingresar por el portal, le dirigió una mirada amenazante a Izuku. —No dejaré pasar esto, Mi-do-ri-ya.
—Cállate, Tomura— Gruñó el Jefe.
El aludido se tensó en sus ejes, entrando de lleno por el portal, que posteriormente se desvaneció, dejando a Izuku solo y con el Bento en su mano.
Sin nadie que pudiera irrumpir su calma, se permitió relajar su cuerpo.
Suspiró aliviado.
Ya Tomura no lo estaba atosigando. Pero gracias a él se enteró de una grave verdad: desmembró a uno de los suyos sin dejar rastro de su cometido.
Una punzada se originó en su pecho.
Tomura sí que era un ser ruin y despiadado, habiéndose ganado la fama de desmembrar a aquellos inmortales que osaran oponerse a sus órdenes o puntos de vista. A Izuku siempre lo ha tratado mal desde el inicio, y no es novedad que quiera quitarle todo el crédito por su larga dedicación a encaminar a las almas a un lugar mejor.
Tomura no les tiene paciencia, ni empatiza con las almas en pena. Su cruel despotismo lo lleva a realizar mal su labor, sin respetar la normativa de trabajo que ellos como Dioses de la Muerte deben seguir con obediencia y sinceridad.
Si un alma es mal juzgada, el Dios de la Muerte no es apremiado por su trabajo. Es castigado por su carencia de discernimiento.
Se necesita ser apático para no hacer el trabajo bien. Y Tomura es un claro ejemplo de ello.
Taciturno y solo, se dirigió a la pared de ladrillo por donde el portal apareció y Tomura se fue tras éste. La estrecha pared endurecida por el cemento y el ladrillo, constaba un buen candidato para abrir un portal.
Una vez checando que nadie lo observaba, invocó un portal en la pared, que a ojos de los mortales pasaba desapercibido, pero a los suyos, se notaba una fina línea de color negro, plasmada en círculos.
Se escabulló por el portal, siendo lo primero que respiró profundamente con un deje de emoción reflejarse en su expresión, el aire del río Sena.
Ah… París, pensó deleitado con la asombrosa vista de la ciudad parisina de noche. En especial porque llegó justo donde estaba el puente Alejandro III. Extrañaba el aire parisino.
Aprovechó que de la noche que nadie podía ver su cara desnuda de tristeza consigo mismo.
Se sentó en una banca cualquiera, despojó la tela que cubría el Bento, sacó el par de palillos que yacían a primera vista. Los tomó, abriendo asimismo la lonchera, topándose con un hermoso platillo de Katsudon esperando por él.
Sus ojos se abrieron iluminados con la vista. Sin embargo, el gusto no le duró mucho, pues al primer mordisco, comenzó a llorar.
Delicioso, pensó.
Y el ser inmortal lloró con cada bocado que daba, desmoronándose en una solitaria banca parisina.
