Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time

Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1

Notas: ¡Hola, hola! ¡Feliz año nuevo! ¿Qué tal afrontáis el inicio de este 2021? Aquí seguimos con la historia y, para no perder costumbre, recordar los agradecimientos a todxs lxs que leéis la historia y daros un abrazo virtual a quienes también la comentáis. ¡Os dejo (con algo de retraso) con el capítulo!


CAPÍTULO 17

El límite entre tú y yo

La cabeza le daba vueltas. No, más bien parecía que toda aquella habitación giraba a su alrededor. Se sentía como en una noria, mareada y a la vez extasiada por todas las sensaciones que llegaban a ella. Un oleaje de aromas y caricias, de besos húmedos y jadeos ahogados.

Emma no era una persona muy experimentada. Las parejas que había tenido podían contarse con una mano y sus experiencias en la cama… bueno, también podía resumirlas del mismo modo. Por ello, cuando Regina palpaba su piel, deslizándose por debajo de aquella camiseta semi mojada, algo en ella se estremecía.

Se mordió la mano, callando un gemido, en cuanto notó cómo los habilidosos dedos de la mujer rozaban el contorno de sus pechos. La morena llevaba aquella bata de seda morada, con el escote entreabierto, que tanto le gustaba. Desde su posición, podía ver cómo resplandecía su piel, podía notar la suavidad de sus piernas e incluso sentía aquel agradable olor afrutado que le llamó la atención desde el primer día que la vio. Puede que, sin saberlo siquiera, ya desde ese mismo momento hubiera cavado su propia tumba. «Maldita sea», jadeó mientras los dedos de los pies se apretaban contra el colchón al sentir la lengua de Regina humedeciendo su piel.

Apresó su pecho derecho con la mano mientras lamía de abajo arriba el izquierdo. La miraba con aire depredador, los ojos como dos perlas de obsidiana que brillaban a través del alborotado cabello que le caía por el rostro. La imagen de la morena era demasiado cautivadora como para apartar la vista, pero no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás al sentir la voracidad de sus dientes. Gimió, la humedad de su centro aumentando a cada bocado de Regina. Estaba empapada y el cuerpo le palpitaba casi tanto como el pulso, anhelando más.

Al borde de perder el juicio, sus manos buscaron el rostro de la morena y lo atrajeron al suyo. Ambas se fundieron en un beso fiero, cargado de intensidad. Cuando se separaron, Emma correteó de espaldas por el colchón, buscando el espacio necesario para deshacerse de su camiseta. Regina esbozó una sonrisilla traviesa y se desabrochó la bata, tirando de uno de los extremos del nudo que envolvía su cintura. La pieza de ropa cayó, resbalando por sus hombros y Emma se deleitó con una vista que (durante demasiado tiempo) sólo había sido capaz de recrear en su imaginación. La piel de esa mujer parecía hecha de seda. Era perfecta, casi tanto que no parecía real. Tragó saliva, la boca seca.

—Estás demasiado lejos —gruñó ella, gateando en su dirección.

Emma se había quedado paralizada, no era capaz de moverse. Ni siquiera podía pensar con propiedad. Toda la iniciativa que había mostrado hacía apenas unos segundos la había abandonado, tornándose en una suerte de inseguridad asfixiante. «¿Y si no soy suficiente para ella?», se repetía. Con semejante belleza delante, la rubia se sentía pequeña e insignificante. Como una pequeña mota de polvo en un mar de perlas. Sin embargo, cuando la boca de Regina se fundió con la suya, toda preocupación se disipó. Temía estar adentrándose en algo desconocido, sí, pero la urgencia de su deseo hizo que su líbido tomara las riendas.

El cuerpo de la morena era suave. Podía sentirlo arder bajo la delicadeza de su piel, emanando una calidez que rivalizaba con la suya. Los dedos se le movieron solos, en busca de su calor, reptando por su cintura con la expectación e inocencia de quien jamás había tocado el cuerpo de otra mujer. Todo le resultaba asombroso, desde el sabor dulce de aquellos labios hasta el tacto de unos pechos que no eran los suyos. Lejos de la dureza a la que estaba acostumbrada en el torso de sus amantes, Regina parecía ser una obra de arte tan bella como frágil.

Oyó los gemidos de la morena romperse contra su aliento a medida que sus manos se aventuraban más en el tacto de su cuerpo y en lo único que pudo pensar fue en lo mucho que codiciaba esa sinfonía. Como en una especie de trance, se encontró bajando las manos hacia las caderas de Regina mientras su boca se convertía en el bálsamo de sus jadeos. Las lenguas se entrelazaron con el mismo fervor con el que ella tiraba del elástico de su ropa interior.

Ella le sujetó la mano, deteniéndola.

—¿A qué viene tanta prisa? ¿Tan impaciente estás? —bromeó. Emma tiró de su labio inferior como respuesta y la morena dejó escapar una risilla—. Muy bien, como desees entonces —añadió, ampliando la sonrisa mientras le soltaba la mano y las suyas se abrían paso entre sus piernas.

Su rapidez la tomó por sorpresa y cuando sintió el roce de sus dedos en su centro no pudo evitar que la respiración se le entrecortara, abandonando sus pulmones y obligando a su diafragma a arquearse. Encogió el estómago por acto reflejo ante la fricción que hacían sus yemas contra el pedazo de tela que las separaba, los músculos tensos y una humedad cada vez más acuciante. El aire volvió a su cuerpo y ella lo recibió con un jadeo ronco. El vaivén de su mano era lento y Regina parecía estar recreándose en aquel juego de placer, sin intención aparente de dejarse sentir de verdad. Y aquello la frustraba.

Se mordió el labio para volver en sí y retomó el camino que había dejado a medias, hacia la frontera de su elástico de goma. No obstante, cambió de rumbo e imitó los movimientos de la morena, sonriendo de puro deleite al sentir la excitación de Regina humedecerle los dedos. «Así que es verdad que me desea», pensó. Cuando rozó la superficie de su ropa interior, la mano de la mujer se detuvo y sus labios se entreabrieron en silencio. El pecho le vibraba con fuerza y había cerrado los ojos, tragando saliva con lentitud. A Emma le maravillaba ser la causante de todo aquello. Se acercó para besarla e imitaron el contoneo de sus lenguas con los dedos. Cada roce alentaba más al siguiente, presionando las manos contra la otra.

Emma buscó su nuca con la mano que le quedaba libre y se enredó con su cabello, jadeante. Regina tenía la suya descansando sobre el colchón, con el antebrazo haciendo las veces de apoyo para el cuerpo. El límite entre ambas empezaba a parecerle cada vez más difuso, pero quería borrarlo por completo.

—Quiero sentirte —le dijo, las palabras siendo atropelladas por gemidos y una respiración de lo más exaltada.

Regina asintió despacio y su mano se deshizo del trozo de tela que las separaba, tirando de la goma de su ropa interior para abrirse paso. En cuanto notó el tacto directo de sus dedos no pudo evitar deshacerse en un gemido que brotó de sus labios como un suspiro. La suavidad y calidez de las caricias de la morena la hacían estremecerse y sacudirse hasta los huesos. Calló un nuevo gemido clavando los dientes en su hombro y esa vez fue Regina quien jadeó.

Las piernas le temblaban, casi tan tensas y arqueadas como su espalda, a medida que la mujer aceleraba el ritmo de sus roces. Presionaba, cambiaba la rotación de sus movimientos y alternaba velocidades con una maestría sobrecogedora. Jamás había sentido tanto placer por el mero roce de unos dedos y en aquel instante creía que no tardaría mucho en alcanzar el clímax.

Con la cabeza hundida en el cuello de Regina, todo lo que podía notar, ver y oler era a ella. Pero Emma quería más. Paseó la lengua por el contorno de su piel, mientras sus manos correspondían a las atenciones que estaba recibiendo y se colaban por dentro de la ropa interior de la morena. Estaba mucho más mojada de lo que había imaginado y eso le provocó un escalofrío de puro placer. Aún con su inexperiencia e inseguridad, cuando empezó a moverse sintió el cuerpo de Regina palpitar y temblar levemente. Su respiración estaba disparada y sus labios la buscaron con desespero. Se besaron con tanta fuerza que la frontera entre el dolor y el placer parecía haber dejado de existir.

Sus dedos imitaron el movimiento de los de Regina, aprendices de una experiencia que no había vivido nunca antes, una sensación que le resultaba tan extraña como familiar. La morena parecía disfrutar tanto como ella y ver su rostro, completamente abandonado al placer, hacía que su calor aumentara. Emma quería ver esa expresión al completo, quería averiguar qué cara pondría cuando todo su cuerpo perdiera el control.

Aceleró el movimiento de los dedos y Regina se mordió el labio, cerrando los ojos para después dejar escapar una bocanada de aire.

—Más rápido... —le pidió, la voz ronca.

Ella obedeció, la piel de gallina por sus palabras. ¿Cómo podía ser tan condenadamente sexy? Continuó aumentando la intensidad de su roce, testigo de cómo crecía la excitación y el placer de Regina. La habitación se llenó del sonido de sus besos, de las pausas de sus jadeos y del rítmico chapoteo que componían sus dedos. Sin embargo, cuando el cuerpo tembloroso de Regina parecía estar a punto de explotar, su mano la detuvo.

—No... Aún no —murmuró, la boca seca.

Se acercó para besarla y recuperó el control, moviendo la mano hasta adentrarse en ella. El interior de Emma palpitó al recibir los dedos de la mujer y la mente se le nubló. Ella arqueó los dedos para presionarla, haciéndola estremecer y continuó acariciándola desde dentro. Jugueteó un rato con ella y después dejó que sus dedos se escurrieran hacia fuera, permitiéndoles entrar de nuevo con fuerza. Repitió la maniobra, embistiéndola una vez más.

—¡Joder! —gimió la rubia, rota de placer.

Apoyó la frente sobre la de Regina y sus ojos se cruzaron, brillantes de deseo, mientras la morena aumentaba la frecuencia de sus embestidas. Los dedos de esa mujer entraban y salían de ella con rapidez y su boca había descendido por su cuello hasta llegar a su pecho, devorándolo con fervor. A pesar de la rudeza de sus movimientos, había un halo de delicadeza en el modo en el que la tocaba que la hacía muy distinta de... De...

Parpadeó, un sudor frío recorriéndole la espalda.

—Para —le exigió, el rostro desencajado y las manos casi tan temblorosas como sus hombros—. Para por favor —insistió.

Regina se detuvo, separándose unos centímetros de ella. Tenía las cejas arqueadas y unos ojos que la escudriñaban, curiosos. Probablemente estaría pensando que estaba loca, ¿verdad? «Y no puedo culparla por ello», pensó. Emma, por su parte, sentía tantas náuseas que temía vomitar allí mismo. Su mente le había jugado una mala pasada y ahora no podía dejar de ver la imagen de Graham. La mirada acusadora del castaño se clavaba en ella, afilada como un buen cuchillo, y la destripaba de arriba abajo.

La morena acarició el contorno de sus ojos con la yema de los dedos, secándole el par de lágrimas que se le habían desprendido.

—¿Qué ocurre? —le preguntó, en uno de los tonos más dulces que Emma le había oído jamás.

—Esto no está bien, Regina —confesó, gimoteando. Se sentía estúpida. La mujer más imbécil del planeta. Pero la realidad es que no podía evitar sentirse sucia.

Había dado rienda suelta a sus deseos, sin contar con sus propios (y confusos) sentimientos y sin tener en cuenta una realidad a la que había querido dar la espalda, Graham. «Eres una persona horrible, Emma Swan. Has traicionado su confianza. Él no se merecía esto», se reprochó, su mente tornándose en una vocecilla que no era capaz de callar. Cerró los párpados, apretándolos como si quisiera borrar por completo su existencia y respiró hondo. Hacía unos segundos que había empezado a sentir un hormigueo en las palmas de las manos, un cosquilleo en el estómago. Y sabía que no era buena señal.

—No pasa nada. Tú no has hecho nada malo, ¿de acuerdo? —le dijo Regina, envolviéndola entre sus brazos.

La calidez de su cuerpo la acogió y Emma se dejó atrapar por ella. Había algo en esa mujer que la hacía sentir en calma. Puede que fuera su aroma dulce, la suavidad de su voz o tal vez la comodidad de su piel. Se acurrucó sobre su pecho y buscó su cintura con las manos, rodeándola. «¿Cómo puede estar tan segura de ello?», se preguntó, temerosa. Los párpados le pesaban e inspiró hondo al sentir los dedos de Regina acariciando su espalda, acunándola.

—No has hecho nada malo —subrayó, besando su frente.

Su voz sonó lejana, como el eco de un susurro. Ya ni siquiera podía pensar, sólo sentir cansancio. Un cansancio que la consumía y la atraía hacia sí, obligándola a desprenderse de su conciencia y abrazar el sueño.

[...]

Cuando sus párpados se despegaron, el calor de una nueva mañana la recibió con los brazos abiertos. Bostezó, desperezando los hombros y frotándose los ojos. ¿Cuánto había dormido? Por cómo sentía el cuerpo de apagado, probablemente no lo suficiente.

—Ya era hora que despertaras —dijo una voz a sus espaldas.

Emma dio un respingo, alzando la espalda y se asomó por el respaldo del sofá. Mary estaba de pie junto a la pequeña barra que separaba la cocina del salón de su apartamento, observándola con los labios más fruncidos que su ceño. Vestía con un pijama rosado, de terciopelo y bastante grueso. La sala a su alrededor era acogedora, muy del estilo de la morena: cortinas de tela blanca, muebles simples en tonalidades que iban desde el crema del sofá y los sillones al chocolate de la mesita de centro y varios cuadros modernistas colgando de la pared que separaba el comedor del pasillo hacia las habitaciones.

Llevaba tres noches durmiendo fuera de casa. Había tomado la decisión de distanciarse de Regina (y por ende también de Graham) y Mary había sido la persona a la que había acudido para que la ayudara en ese periplo. Desde la mañana en la que se había despertado sola en aquella cama, después de una noche de "intimidad", lo único que podía sentir era asco hacia sí misma por lo patética que había sido. No había tenido en cuenta los sentimientos de nadie. Ni los de la morena ni los de su novio. Por un lado, no dejaba de rememorar sus últimas palabras con cierto bochorno: «esto no está bien, Regina». Le habían salido del alma, sí, ¿pero y si la mujer creía que se refería a ellas como tal? ¿Y si no entendía que estaba hablando de su traición a Graham? ¿Cuánto daño le habrían hecho esas palabras? ¿Por eso la había dejado sola al despertar? Volvió a notar un vacío devorándole el pecho, así que se llevó la mano al corazón y respiró hondo.

Había actuado por egoísmo y sin pensar en las consecuencias de sus actos, así que la culpa la perseguían noche y día, revolviéndose en su estómago. No podía mirar a ninguno de los dos a los ojos, no después de cómo había actuado. Así que pensó en alejarse para poder aclarar sus propios sentimientos, para pensar en cómo actuar a continuación o en qué disculpas ofrecerles. O puede que sólo estuviera huyendo, como de costumbre.

—Lo siento, estaba cansada —respondió.

—Últimamente siempre estás cansada —suspiró Mary, bordeando la barra para llegar a la nevera—. ¿No crees que deberías volver al apartamento de Regina? ¿Hablar con ella? ¿O con Graham? —preguntó, sacando el cartón de leche y dejándolo sobre la encimera. Se volvió hacia ella, cruzada de brazos—. No quiero que pienses lo que no es: Nos encanta tenerte aquí, ni David ni yo tenemos problema alguno con eso, pero me preocupas, Emma.

—Estoy bien —replicó

—No, no lo estás. Hace días que no duermes como es debido y no creo que mi sofá sea el responsable. Sé a ciencia cierta que es cómodo, que por algo nos costó un ojo de la cara —puntualizó, los labios dibujando una sonrisilla burlona. Emma rodó los ojos—. Ahora en serio, ¿qué demonios te pasa? Tuviste un roce con Regina, ¿y qué? No has matado a nadie como para que tengas que estar aquí escondida.

—Yo no me escondo...

—¡Oh, vamos! Si te dejo aquí un par de días más conviertes mi salón en tu zulo —repuso.

—Eres una exagerada.

—Puede —se encogió de hombros—. Pero al menos voy de frente. No como tú, pequeña avestruz.

—¿Y qué sugieres que haga, Mary? Jamás en mi vida había sido infiel y creía que no lo sería nunca y bueno, mírame —estalló, la voz temblorosa—. No sólo he mentido y engañado a Graham, sino que también he herido los sentimientos de Regina. Me dijo que me quería, ¿sabes? Y yo sólo la usé y después le dije algo horrible... ¿Con qué derecho puedo mirarles a la cara ahora?

—¿La has cagado hasta el fondo? Pues sí, pero eres humana —observó Mary, cargando el mango de la cafetera—. Todos la cagamos a veces, joder. Fíjate en Tamara, es una zorra de cuidado y aún y así ha conseguido pescar a un buenazo como Neal. ¿Tú crees que mereces menos que ella? Lo dudo —expuso, encendiendo el motor—. Lo único que necesitas es pensar en lo que quieres de verdad e ir a por ello, sin preocupaciones ni miedos. Para afrontarles a ambos, para mirarles a la cara como dices... primero necesitas afrontar tus sentimientos, mirarte a ti misma a los ojos y descubrir qué hay en tu corazón.

Emma parpadeó, boquiabierta.

—Mary... qué profundo.

—¿Tú crees? —preguntó, sonriente—. Bueno, te voy a confesar algo: Puede que haya plagiado algún que otro trocito de la película que David y yo vimos anoche —añadió y, tras el bufido de la rubia, estalló en una carcajada—. ¡Pero eso no quita que las palabras sean adecuadas ahora! Aplícatelas y déjate ya de cuentos. Cuanto más tiempo pases evitando el problema, más grande se hará y más sufrirán ambos por tu culpa.

—Eres como una especie de madre cascarrabias, ¿lo sabías?

—Sí, David también me lo dice muy a menudo —contestó sin más—. Te preparo una taza de café, pero debes ponerte a resolver tus cosas de inmediato. Si le contara a alguien lo mal que estás por tener que decidirte entre el dios griego o la faraona egipcia... Ay, señor.

Con esas palabras, volvió a darle la espalda y el sonido de la cafetera ensordeció cualquier intento de seguir con la conversación. Emma apretó los labios, dubitativa. Sabía que había parte de verdad en lo que Mary le había dicho, pero tenía miedo de dar con una respuesta que creía tener ya clara.

Apartó la gruesa manta que le cubría las piernas y rebuscó en el sofá hasta dar con su teléfono móvil. Con la batería casi al mínimo, se decidió por desbloquear la pantalla y echar un vistazo a las notificaciones. Había cientos de mensajes y otra decena de llamadas, tanto de Graham como de Regina. Ambos le pedían explicaciones, le preguntaban dónde se encontraba, insistían en querer saber si estaba bien... Respiró hondo.

«Bien, ha llegado el momento de afrontar lo que sientes, Emma Swan», se dijo.


¿Qué os ha parecido?

¿Por qué creéis que Regina dejó sola a Emma esa mañana? ¿Entendéis su confusión o la queréis moler a palos? :P

¡Nos leemos!