Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.


CAPÍTULO 15

A la mañana siguiente, cuando bajaba las escaleras para dirigirse a la planta baja, Edward se encontró con Jessica, una de las criadas, que estaba frente a la habitación de los niños con un montón de ropa recién planchada en los brazos. Al verla, inclinó la cabeza y sonrió.

—Presumo que la señora está holgazaneando de nuevo esta mañana.

Jessica negó con la cabeza.

—No, señor, ya se ha levantado, pero aún no está preparada para que le arreglen la cama.

Puesto que la puerta estaba entreabierta,

Edward no creyó que Bella se estuviese vistiendo. Curioso, asomó la cabeza por la puerta y vio a Esme en el centro de la habitación, con las piernas ligeramente separadas y las manos en la cintura. Al ver a Edward en la entrada, lo saludó con la cabeza.

—Está buscando algo entre las sábanas de nuevo. —Se encogió de hombros para mostrar su desconcierto—. Hace lo mismo todas las mañanas sin falta. Se está convirtiendo en un ritual.

Edward entró a la habitación.

—¿Le ha preguntado qué está buscando?

—¿Que si se lo he preguntado? —Esme negó con la cabeza—. No, no lo he hecho. Nunca se me ocurrió pensar que podría responder.

Contento de tener una excusa, cualquiera que era, para quedarse, Edward dirigió su mirada hacia Bella, que estaba registrando con todo cuidado la arrugada ropa de cama. Como ya lo había notado antes, su camisón, si bien de corte recatado, era de tela muy delgada, y estaba tan gastado que se había vuelto casi transparente. Tomó nota con el pensamiento de que era preciso añadir ropa de dormir a la lista de cosas que quería mandarle hacer. No es que tuviese nada en contra de los camisones de tela muy fina. Todo lo contrario. Pero ...

Estaba sonriendo con satisfacción masculina cuando se acercó a Bella. Ella se sobresaltó al verlo y dejó de dar palmaditas en las mantas.

Edward Dijera la cama.

—¿Qué estás buscando, Bella? A lo mejor Esme y yo podemos ayudarte.

Ella frunció el ceño, a todas luces inquieta, no sólo por la pregunta, sino también por el hecho de que él estaba esperando una respuesta. Edward dejó escapar un suspiro. La paciencia nunca había sido una de sus virtudes, pero desde que se casó con Bella estaba empezando a entender que éste era un atributo que tenía que adquirir. La obligación durante el período catorce años a obedecer reglas muy estrictas y le prohibido emitir sonido alguno o intentar comunicarse. Sinceramente, Edward no podía esperar que ella cambiara de la noche a la mañana.

—Bella, responde la pregunta lo mejor que puedas. Nadie te va a castigar, te lo prometo.

Ella no pareció muy conveniente de que eso era cierto. A Edward no le gustaba presionarla, pero sabía que era esto o permitir que ella siguiera igual.

—¿Qué estás buscando? —Ahora empezó a adoptar una expresión severa que esperaba que la animara a respondedor, sin matarla del susto.

Ella tiró nerviosamente del canesú de su camisón, gesto que hizo que él dejara de mirarle la cara y centrara toda la atención en su pecho. Ante la visión que apareció frente a sus ojos, apretó los dientes y enseguida volvió a dirigir la mirada hacia su rostro. De modo sorprendente, ella no pareció darse cuenta de que su centro de atención se había desviado por un instante.

Después de lo que Anthony le había hecho, a él le parecía que su ingenuidad era algo más que increíble. Pero la verdad era que estaba viendo las cosas desde su punto de vista, no desde el de Bella. Era evidente que la violenta agresión de Anthony contra ella había sido sólo eso: violencia. No había habido coqueteo preliminar, ni atracción, ni erotismo alguno, sólo pánico y dolor. Esto le había enseñado a no fiarse de los hombres, pero no le había dado ninguna herramienta para comprender el placer carnal o lo que le precedía.

Mirándola fijamente, Edward se sintió como el lobo del cuento, que acechaba a un cordero indefenso.

Sus pensamientos fueron llamados al orden por un movimiento de los labios de Bella, que, a causa de sus cavilaciones, estuvo a punto de no percibir.

—Repite lo que has dicho, Bella. Despacio, para que yo pueda entenderte. Me temo que no soy tan bueno como tú para leer los labios.

Ella miró nerviosamente a Esme. Luego, respondió articulando de nuevo para él le leyera los labios. Cuando Edward vio que no podía entender lo que ella trataba de decirle, se le cayó el alma a los pies. Aquello no iba a ser tan fácil como había esperado. La lectura de los labios, que ella parecía dominar con toda naturalidad, era para él una hazaña casi imposible cuando de más de dos o tres palabras se trataba. Ella volvió a decir las palabras, esta vez haciendo movimientos exagerados con los labios y la lengua. Aun así, él no logró entender nada.

—¿Alguna vez has visto a alguien jugar a los personajes? —Preguntó él.

Ella caviló durante un instante, luego asintió moviendo la cabeza con inconfundible renuencia. Edward supuso que ella había conocido los juegos de salón al espiar a sus padres cuando había invitados en casa. Al parecer, ésta era una de las tantas actividades que ellos le prohibían realizar y que podrían hacerla merecedora de un castigo.

-Muy bien. Entonces representa las palabras que estás tratando de decir. Dame algunas pistas.

Frunciendo el ceño, ella se quedó mirando pensativamente al vacío durante un momento. Luego se le iluminó la cara y levantó una de sus pequeñas manos, formando un círculo con sus dedos pulgar e índice.

—¡Un brazalete! —Dijo Edward—. ¿Estás buscando un brazalete?

Ella negó con la cabeza. Volvió a hacer un círculo, pero esta vez delineando su forma con la yema de un dedo, haciéndole caer en la cuenta de que era más ovalado que redondo. Edward se acarició la barbilla.

—¿Un medallón?

Bella hizo una mueca con los labios y puso los ojos en blanco, a todas luces frustrada por su torpeza. Contento de que ella se había atrevido a manifestar su desagrado con él, aunque era de una manera tan sutil, se rio entre dientes.

—Sé que soy poco despierto. Ten paciencia conmigo, ¿vale? Después de todo, acabamos de empezar, y al menos nos estamos divirtiendo. Sé que podemos hacerlo. Sólo necesitamos un poco de práctica.

—¡Un relicario! —Sugirió Esme.

Bella volvió a negar con la cabeza. Luego, con el aspecto absolutamente adorable que le daban su pelo negro desordenado y la expresión contrariada de su rostro, se llevó las manos a las caderas. Después de mordisquearse la parte de dentro de su labio inferior durante un instante, pareció llegarle la inspiración de repente. Se alejó un paso de Edward para contar con espacio suficiente, fingió tener algo en la mano. Cuando él asintió con la cabeza para hacer saber que entendía, ella simuló golpear el objeto contra una superficie imaginaria y luego partirlo por la mitad.

Había algo en aquellos gestos que le resultaba muy familiar, y Edward sabía que debía poder reconocerlos. Al ver su mirada perpleja, Bella dejó escapar un suspiro. Luego, se metió las manos bajo los brazos y comenzó a agitar los codos.

Edward no tenía ni la menor idea de qué demonios estaba haciendo ella, pero queriendo animarla, gritó:

—Muy bien, Bella. ¡Así se hace!

La sonrisa de la joven se hizo más profunda, enseñando unos hoyuelos en sus mejillas que hasta aquel momento él nunca había visto. Luego, estirando el cuello e inclinando las rodillas ligeramente, comenzó a dar vueltas por la habitación, sin dejar de agitar los codos.

Tan emocionado que prácticamente se puso a gritar, Edward comenzó a solucionar el enigma.

—¡Una gallina!

Ella asintió enérgicamente con la cabeza.

—¡Una gallina, Esme! ¡Está buscando una gallina!

Claramente desconcertada, la rellenita ama de llaves asintió con la cabeza.

—¡Desde luego! Una gallina. No sé cómo no se me ocurrió.

Bella negó vehementemente con la cabeza.

—No, no es una gallina —corrigió Edward. Ella levantó la mano e hizo otro círculo con los dedos pulgar e índice.

—¡Un huevo! Fuente Esme casi gritando—. ¡Cascar un huevo! ¡Si! —Aplaudió con frenesí—. Eso es lo que ella estaba haciendo, señor, ¡cascando un condenado huevo!

Emocionada, Bella asintió con la cabeza. Luego cruzó los brazos sobre su cintura, poniendo una de sus pequeñas manos sobre su vientre hinchado de manera protectora.

—¿Un huevo? —Edward lanzó una mirada desconcertada a Esme—. ¿Un huevo, Bella? ¿En tu cama?

Ella asintió con la cabeza una vez más.

—Entiendo exclusivamente Edward, pero lo cierto era que no entendía nada en absoluto.

La confusión debió de reflejarse en su rostro, pues Bella señaló su vientre, dibujó otro círculo con forma de huevo con los dedos y, finalmente, hizo un movimiento amplio desde la cintura hasta el suelo.

—Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.

Edward se volvió hacia Esme con expresión de extrema perplejidad en el rostro.

-I don't understand Anything.

Esme parecía estar ligeramente horrorizada.

—Un huevo, ¿no lo ve? ¡El bebé! La chica piensa ... ¡Ay, Dios mío! ¡Ella cree que va a poner un huevo!

-¿What?

Al ver la expresión de horror en el rostro de Edward, los ojos de Bella se hicieron aún más grandes de lo que eran, y dio un paso hacia atrás. Esforzándose por recobrar la compostura, lo cual no resultó ser una tarea fácil, Edward dirigió la mirada hacia la cama. Recordó que la vio buscar entre las mantas con sumo cuidado, y cerró los ojos con fuerza.

—¡Ay !, ¡qué cosas! —Esme hablaba ahora en voz baja—. ¡Pobre chiquilla!

Edward abrió los ojos y tomó aire para reunir.

—Bueno, Esme. No sirve de mucho hacer una montaña de un grano de arena. Bella no es la primera chica en llegar a la edad adulta sin entender muy bien algunas funciones biológicas. Sencillamente, es cuestión de explicarle las cosas. Ella lee muy bien los labios.

—Muy sencillo, sí.

Edward sonrió y se dispuso a salir de la habitación, dándole unas palmaditas en el brazo al pasar junto a ella.

—Cuando hayáis terminado de hablar, chicas, ¿por qué no bajáis a desayunar conmigo?

Esme lo cogió de la manga de la camisa y le obligó a detenerse en seco.

—Ah, no. No puede usted marcharse. Éste es su grano de arena, no el mío, y es a usted a quien le corresponde ocuparse de él.

Edward volvió a darle unas palmaditas en el brazo.

—Venga, Esme. No seas tan timorata. Sabes que, si yo pudiera, se lo explicaría todo. Pero es muy difícil para un hombre tratar un tema de esta naturaleza.

Esme le lanzó una mirada que habría podido pulverizar una roca.

—Usted es el esposo de la chica y, por consiguiente, es su deber, no el mío. No sé si lo recuerda, pero yo nunca me he casado. Mis conocimientos acerca de este tipo de cosas podrían caber en un dedal.

—Pero seguramente conoces las nociones elementales.

—¿Las nociones elementales? Si usted sale de esta habitación, resolveré este asunto buscando un huevo en su ropa de cama, ya lo verá.

—¡No te atreverías a hacer algo semejante!

—Desde luego que sí.

Edward la miró con la frente arrugada.

—Esme, alguien le tiene que explicar los pormenores de la reproducción humana a la chica, y ese alguien de ninguna manera puedo ser yo. No podemos permitir que siga creyendo que está a punto de poner un huevo, ¡por el amor de Dios! Eso es ... bueno, es ... —Se interrumpió porque no sabía qué decir. Finalmente, encontró la palabra—. Irresponsable, eso es lo que es.

—Entonces, asuma sus responsabilidades.

—Esa clase de cosas no son responsabilidad mía. Ella y yo tenemos una relación que aún es prácticamente inexistente.

—Cobarde.

—No seas ridícula. No me molestaría tratar el tema con ella. Pero lo que aquí importa es cómo se sentiría ella si yo lo hago.

Esme cruzó los brazos debajo de sus pechos.

—Entonces pídale a su madre que venga a hablar con ella. Tal y como yo veo las cosas, el deber de la señora Swan era en primer lugar educar a la chica y, dado que lo ha hecho tan mal, a ella le corresponde arreglar este lío.

—¡Por encima de mi cadáver!

—¿Y entonces qué haremos?

Edward se echó las manos a la cabeza.

—Vale, bueno. Pero si ella se disgusta, la culpa será toda tuya, no mía. Sería mejor que una bondadosa mujer mayor, alguien en quien ella confíe, le hablase de un tema de esta índole.

Fingiendo una seguridad en sí mismo que no sintió en lo más mínimo, cogió a Bella de la mano, la llevó a la mesa, con afabilidad le hizo sentarse en una silla y se sentó frente a ella. Descansando sus brazos cruzados sobre la mesa, Edward se inclinó hacia adelante, sin apartar los ojos de su mirada desconcertada.

—Bella, cariño, hay un par de cosas que debes entender. —Desde la barrera, Esme carraspeó de forma exagerada y chasqueó la lengua. Edward decidió ignorar su sarcasmo. Él le explicaría las cosas de la forma más sencilla posible—. Entre los bebés y los pollitos ... bueno, hay unas cuantas diferencias fundamentales en lo que se refiere a la manera en que nacen.

Aquellos ojos ... Al mirarlos, a Edward le parecía que estaba temblando por dentro. ¿Cómo podría explicarle algo tan ...? Ni siquiera se le ocurría una palabra. ¿Abyecto? ¿Personal? Definitivamente éste no era un tema que los hombres solieran mencionar delante de las mujeres. Decidió que el secreto estaría en darle una explicación adecuada sin ser demasiado explícito. Usar términos sencillos, éste era su propósito.

—Entiendes que hay un bebé dentro de ti, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza.

Todo iba bien por el momento. Plenamente consciente de que Esme lo estaba observando con una expresión de suficiencia en el rostro, Edward comenzó a dar golpecitos con las yemas de los dedos en la superficie de la mesa.

—Las madres expresadas en voz baja — tienen un lugar especial dentro de ellas que está hecho para albergar a los bebés. Es allí, en ese lugar especial, donde ellos se quedan y crecen hasta que están preparados para nacer. ¿Entiendes?

Bella asintió de nuevo con la cabeza. Edward quería evitar a toda costa mirarla a los ojos. Veía numerosas preguntas en ellos, y mucha inocencia. Si decía algo indebido —una sola palabra equivocada — le infundiría pánico y haría que le temiera a su embarazo.

—Bien. Me alegro de que entiendas. —Dio golpecitos un poco más fuertes en la madera—. Bueno, cuando tu bebé esté preparado para nacer, ese lugar especial dentro de ti se abrirá para que él pueda salir. —Al ver su expresión de perplejidad, rápidamente añadió—: ¡El nacimiento de un bebé es algo maravilloso! Todos se alegrarán muchísimo, y nosotros ... —Se interrumpió y lanzó una mirada de impotencia a Esme—. Nosotros posiblemente demos una gran fiesta para celebrarlo. ¿No es verdad, Esme?

—Una fiesta. —Esme movió la barbilla de arriba abajo—. Organizaremos una juerga nunca antes vista, ya lo verás. ¡Será un día espléndido!

Las mejillas de Bella enrojecieron de alegría y una dulce sonrisa iluminó su rostro. Persuadido de que había dicho lo necesario para aclarar sus ideas equivocadas, sin empeorar la situación, Edward estaba a punto de dejar escapar un suspiro de alivio profundo cuando la vio fruncir el ceño ligeramente, meterse un dedo en el ombligo y arquear las cejas de manera inquisitiva.

Tac tac tac. Tac tac tac , hacían sus dedos al dar golpes en la superficie de la mesa. No le quitaba los ojos de encima al ombligo de Bella. Temía enormemente que pudiera hacerse daño si no dejaba de meter el dedo en lo más profundo de ese orificio. ¡Joder! Al pensar en su infancia, Edward pudo recordar perfectamente las ideas equivocadas que él también tenía acerca del proceso de nacimiento. Creía que el bebé dentro del prominente vientre de su madrastra saldría por el ombligo. En aquella época ésta le pareció una explicación perfectamente razonable, y aún recordaba cuánto se horrorizó cuando un niño mayor que él le dijo algo completamente distinto.

—No saldrá por ahí, Bella. —Habló con una voz bronca—. El bebé no sale por allí.

Ella sacó el dedo de su ombligo y le lanzó una mirada de perplejidad, esperando a todas las luces que le diera una explicación más detallada. Tac tac tac. Intentando pensar en una manera apropiada de explicarle las cosas —o, en realidad, en cualquier manera de explicárselas sin aterrorizarla—, Edward tragó saliva para deshacer un nudo en su garganta que parecía ser tan grande como una pelota de goma. Luego, esforzándose por mantener el rostro inexpresivo, se levantó de la mesa, pasó de largo por delante de Esme y se sentó en la cama de Bella.

—¿Y ahora qué va a hacer? —Preguntó Esme.

La única respuesta de Edward fue levantar una de las mantas de Bella y sacudirla con cuidado.

Edward pasó el resto de la mañana encerrado en su estudio. Después de encargarse de disponer la limpieza del ático, envió dos recados. Uno para el doctor Eleazar Denali, pidiéndole que hiciera una visita a domicilio a Cullen Hall inmediatamente. Otro para la única modista de Hooperville, Sue Black, diciéndole que quería que le tomara las medidas a su esposa para hacer un nuevo vestuario.

Sólo después de ocuparse de estos tres detalles, Edward pudo dedicarse a lo que realmente quería hacer: estudiar detenidamente el catálogo de Ward & Company para ver qué podía comprarle a Bella. Las trompetillas para sordos ocupaban el primer lugar de su lista. La compañía tenía tres estilos: un dispositivo parecido a una trompeta que venía en tres tamaños graduables, un cuerno portátil en un práctico de bolsillo y un tubo para conversación, uno de cuyos extremos tenía una boquilla para la persona que hablaba y el otro un componente que debe meterse en el oído de la persona sorda. Sin estar seguro de cuál de ellos funcionaría mejor, Edward pidió una docena de cada estilo y tamaño, decidido a que Bella tuviese al menos un audífono eficaz en cada una de las habitaciones de la casa.

El precio que tenía que pagar por todos estos aparatos era considerable, y Edward siempre se había enorgullecido de ser un hombre ahorrador y austero. No obstante, cuando de Bella se trataba, el dinero era lo que menos le preocupaba. Ella había recibido muy pocas cosas en su corta existencia, y él tenía la posibilidad de compensarla. A su modo de ver, se había matado trabajando toda su vida. ¿Y para qué? ¿Para malcriar a su hermano? Ahora, por primera vez, Edward tenía a alguien realmente necesitado. Y quería satisfacer cada una de sus necesidades.

Cada vez que recordaba el salón del ático, se le hacía un nudo en el estómago. A partir de aquel día, lo más importante para él sería hacer realidad las fantasías de la chica. Ropa bonita. Loza fina. Música ...

Al recordar lo embelesada que se quedó con su vieja flauta, Edward pasó a la sección de música del catálogo. Pidió un órgano Windsor de seis octavas, una concertina de palo de rosa con fuelles recubiertos de piel, una armónica, un silbato, un juego de tres campanas de tres octavas, una corneta francesa y unos cascabeles.

De la sección de pasó a la de juguetes, y música solicitó una cítara y distintos juegos: Hopity, pingpong, campana Ding Dong y el juego de las pulgas; así como también una combinación de juegos de mesa, entre los cuales se encontraban damas chinas, dominó y naipes.

Después de calcular el valor total que debía pagar por su pedido, Edward se dirigió al mueble bar. Mientras se servía una copa de coñac, pensó que no le importaba lo más mínimo gastar ese dinero en ella. De hecho, no podía recordar podria divertirse tanto en mucho tiempo. Una sonrisa de Bella —sólo una — sería más que suficiente para compensar el gasto en que iba a incurrir.

El doctor Denali llegó poco después de la comida. Una vez que Edward le explicó que quería que examinara cuidadosamente a Bella y por qué, los dos hombres subieron a la habitación de los niños. Al principio, Edward temió que, a pesar de las explicaciones que le había dado a Bella con antelación, ella podría asustarse con las indeseadas atenciones del buen doctor. Pero no tardó en comprender que había subestimado enormemente las capacidades de Eleazar. Tal y como si se tratase de una niña tímida, el médico hizo que aquel proceso pareciese más un juego que un reconocimiento médico. Para echarle una miradita a los oídos de Bella, primero hizo un truco de magia: fingió sacar un caramelo de su oreja y quedar muy asombrado. Bella, desde luego, también se sorprendió y, antes de que Edward cayera en la cuenta, ella había encontrado que Denali metiera un instrumento en su canal auditivo, supuestamente para ver si otros restos de caramelo dentro de su cabeza. Bella parecía creer que todo aquello era muy divertido. Edward, que se encuentran a su lado, no pudo menos que reír al ver las muestras de asombro que atravesaban su pequeño rostro.

Sus ganas de reír desaparecieron de repente cuando Eleazar pasó a examinar el torso de Bella. Estaba seguro de que en aquel punto el médico tendría que lidiar con una joven presa del pánico, y temía el momento en que él le pidiese que lo ayudara a dominar a Bella. Pero Eleazar lo sorprendió una vez más. Recurriendo nuevamente a los juegos de manos, Denali sacó un caramelo del escote del vestido de Bella, de sus mangas y de debajo del dobladillo. Antes de que Edward se diera cuenta, el doctor ya había palpado los pechos y el vientre de su esposa, evidentemente a su entera satisfacción, y también le había auscultado el corazón. Al final, Bella tenía una considerable colección de caramelos sobre la mesa, y el doctor Denali le quedaría con ellos.

Mientras bajaban las escaleras para dirigirse a la plana baja, el médico compartió con Edward sus conclusiones.

—En lo que se refiere a los asuntos más apremiantes, su embarazo parece estar desarrollándose normalmente. Sin hacer un examen pélvico, no puedo estar completamente seguro de ello, pero creo que en este momento hacer un reconocimiento minucioso a la chica le haría más mal que bien.

Edward estuvo completamente de acuerdo con esto, y le contó al doctor lo que Bella les había revelado a Esme ya él aquella mañana.

—¿Un huevo? —Denali se rio y negó con la cabeza al tiempo que entraban en el estudio—. Bueno, no veo qué daño puede hacer que le permitamos seguir creyendo eso. Al menos tiene una idea general de lo que está pasando y entiende que hay un bebé creciendo dentro de ella.

Edward sintió que empezaba a ruborizarse.

—Quizás se desilusione un poco cuando el bebé nazca sin patucos ni gorrito. —Le describió el dibujo que le había hecho a Bella para hablarle de su embarazo—. En ese momento no sabía que ella podía leer los labios, y fue la única manera que encontré para hacer entender lo que estaba pasando.

—Y surtió efecto. Eso es todo lo que importa. —Denali puso su maletín en el suelo, junto a sus pies, y se sentó en una de las cómodas sillas de cuero que se encontraban frente a la chimenea—. Por cierto, tu diagnóstico es correcto. La chica está sorda. Es sólo una suposición, no lo olvides, pero a juzgar por el tejido de cicatrización, yo me atrevería a apostar que la fiebre que la privó de la audición fue probablemente causada por una grave infección del oído.

—Infección que no fue tratada ofreció Edward amargamente, incapaz de ocultar el resentimiento que sintió hacia los Swan.

—Así es —reconoció Denali—, pero no puedo asegurar que yo hubiera sido capaz de impedir la pérdida de la audición si la hubiera tratado.

—Al menos habrían podido darte la oportunidad de intentarlo.

Eleazar suspiró.

—Para ser justos con Renee, Edward, los padres no siempre pueden detectar fácilmente los problemas crónicos de oído. He visto casos en que los oídos de un niño estaban tan mal que ya empezaban a sangrar, y los desesperados padres no tenían ni la menor idea de lo que estaba pasando. El niño puede estar malhumorado, tener fiebre y náuseas, pero no manifestar ninguna señal de dolor de oídos. Un niño que traté en una ocasión estaba congestionado y con una tos muy fuerte, que ya duraba varios días. Su madre son pus y sangre en la almohada todas las mañanas, pero erróneamente creía que salía de sus pulmones. Le aterraba la idea de que tuviera tisis.

—En otras palabras, ¿no debo echar la culpa a los padres de Bella?

Denali frunció la boca y miró distraídamente la chimenea durante un momento.

—Por muchas otras cosas, sí, pero no por la sordera. Si Bella tuvo abscesos en el oído medio, y creo que fue así, a ella posiblemente le dio una fiebre muy fuerte hasta que hayan reventaron y secaron, lo cual pudo haber ocurrido en cuestión de horas, después de la aparición de la fiebre. Más tarde, pudo parecer que ella se estaba reponiendo, y su madre a lo mejor creyó que ya se fueron bien. Los chavales enferman con frecuencia. Muchas veces les dan fiebres muy altas por cosas insignificantes. Una madre hace todo lo que puede, pero no es infalible. Y, en realidad, yo tampoco lo soy.

Al recordar cómo había encontrado a Bella al entrar en el ático, a Edward le pareció difícil liberarse con facilidad del sentimiento de enfado hacia los Swan.

—¿Te molestaría que te diera un consejo? —Preguntó el médico.

Edward sonrió levemente.

—En absoluto. Para eso te hice llamar.

—Mira hacia adelante —le dijo Eleazar en voz baja—. Durante años, he tenido que ver a esa chica viviendo a medias. Ahora tú tienes la oportunidad de darle mucho más. Concéntrate en ello. Olvídate de los Swan y de todos los errores que han cometido. No puedes volver atrás y enmendar todas las injusticias que Bella ha sufrido. Pero sí puedes intentar compensarlas. Puedes ayudar a la chica ahora. Piensa las cosas de esta manera.

—Espero poder darle una vida tan normal como sea posible. —Edward reflexionaba en voz alta. Esta idea hizo que su mente se centrara en otros asuntos. Tras sentarse derecho en el asiento y carraspear, dijo—: Si las cosas salen bien entre Bella y yo, y tengo motivos para creer que así será, ¿sería perjudicial para el bebé o para ella que ...? —Edward gesticuló vagamente—. He oído opiniones encontradas al respecto. Algunos dicen que están bien que las mujeres embarazadas tienen relaciones maritales y otros que no lo están.

Llevándose las manos a las rodillas y poniéndose de pie, Eleazar soltó una risilla.

—Créeme, Edward, no le harás ningún daño. —Le guiñó el ojo con desenfado—. Sólo ten cuidado de no quitarle los patucos al bebé. Bella puede disgustarse un poco si nace sin un calcetín.

Edward sonrió.

—Lo tendré presente.

—Te lo agradezco. Después de haberle sacado caramelos de distintos orificios, ella creerá que también puedo encontrar el dichoso patuco.


Hola a todas... disculpen la tardanza pero aquí un nuevo capítulo...

¿Cuantos se imaginaban lo que tanto buscaba Bella entre las sabanas? jejee... que inocencia de ella...

Será que Edward viste al bebé para que Bella no se dé cuenta que no tenía patucos... el Dr Denali es muy amable con Bella.

Nos leeremos pronto.