Capítulo 13

Penitencia y castigo


El lunes por la mañana me levanté con un terrible dolor de cabeza. Me sentía incapaz de ir a trabajar, no por el malestar de mi cuerpo, sino por tener que enfrentarme a Naruto y a Temari sobre todo. Con ella tenía que hablar seriamente y disculparme por haberle hecho daño. Estaba claro que estaba enamorada de Naruto y yo ahora sería para ella una enemiga, en vez de la amiga que pensaba que había conseguido. La entendía perfectamente y ensayé mentalmente mil y una disculpas para explicar mi comportamiento.

Finalmente, llamé al pub para explicar que me encontraba mal. Necesitaba otros dos o tres días para poner suficiente distancia.

—Uchiha al habla.

—¿Sasuke? —pregunté sorprendida.

—Sí, Sakura, soy yo, ¿qué ocurre? —su tono era brusco y había vuelto a pronunciar mi nombre en la acepción inglesa, marcando las distancias.

—Verás, no me encuentro muy bien. Quizá no sea muy buena idea ir a trabajar... —empecé, pero él me interrumpió de repente.

—Una resaca no ha matado nunca a nadie, Sakura, así que levanta el culo de donde lo tengas aposentado. Te quiero aquí en dos horas —respondió con firmeza.

—Pero el brazo... —comencé yo, algo sorprendida por su tono, demasiado áspero y directo.

—Tu brazo está perfectamente, ya lo demostraste el sábado por la noche —afirmó con rudeza.

—Estaré allí en dos horas —me rendí. Lo sabía, estaba claro.

—Perfecto —dijo y colgó.

Me vestí despacio y de forma sencilla, con un vaquero y una blusa negra. Me recogí el pelo en una trenza que quedó colgando sobre mi hombro. No me maquillé. Me hacía parecer más niña, tal vez eso ablandara su corazón. Me equivoqué, por supuesto, un duro hombre de las montañas no se iba a ablandar por una joven sin maquillaje.

Entré en el pub temerosa de un enfrentamiento con Naruto o con Temari. No estaban ninguno de los dos. Sin embargo, detrás de la barra se encontraba Sasuke, con el uniforme del pub, camiseta y pantalón negros. Lo miré, el posó su intensa mirada ónix sobre mí y mis piernas comenzaron a temblar. Algo oscuro, siniestro y peligroso danzaba en sus ojos normalmente risueños.

—Ahora me cambio —murmuré dirigiéndome al almacén. Él no contestó, pero sentí su mirada siguiendo mis pasos.

Cuando salí con el uniforme me situé detrás de la barra, esperando alguna petición. El pub estaba tranquilo, solo cuatro o cinco personas tomaban sus consumiciones en las mesas de dentro. Fuera hacía demasiado frío para estar sentado tanto tiempo, incluso para los escoceses acostumbrados a ese clima. Deseé fumarme un cigarro, pero no me atreví a sugerírselo a Sasuke, que estaba apuntando algo en una libreta, probablemente haciendo inventario. ¿Era mi imaginación desbocada ¿o los pocos lugareños me miraban como si de repente me hubiera convertido en Mata Hari? Su gesto y su saludo normalmente amable, era inquisitivo y descortés. Me resigné, de todas formas me lo merecía. Lo consideré como parte de mi castigo.

Cumplí con todas las órdenes que me dio. Rápido y sin mediar respuesta. La familiaridad que habíamos compartido desde el principio se había esfumado. Yo miraba continuamente el reloj deseando que llegase la hora de salir.

Sobre las ocho entró Hayate acompañado de la nieta de Caristìona.

Me acerqué a saludarlo.

—¿Qué vais a tomar? —pregunté.

—Ella una coca cola, yo lo de siempre —respondió guiñándome el ojo.

—Ni se te ocurra —una mano cubierta por fino pelo oscuro me sujetó la muñeca—. Es menor de edad, aquí no servimos alcohol a menores de edad. Se acabaron ese tipo de favores —abroncó mi jefe.

Yo retiré mi brazo de forma brusca. Me vigilaba como un halcón a su presa.

—Ya lo has oído —le dije a Hayate.

—¿Eso es por enrollarte con el rubio este fin de semana? —preguntó él en español.

—¡Shhh! —lo amonesté—. Él entiende perfectamente el español y yo no me enrollado con nadie, fue un beso tonto, nada importante —concluí enrojeciendo.

—Pues no lo parece, se le nota bastante cabreado. ¿Es tu novio?

—No, estoy casada —murmuré.

—¡Pues entonces estás jodida, compañera! —exclamó él.

—¡Mierda! Lo sabe todo el mundo, ¿no? —pregunté sin querer saber la respuesta.

—Sí, hasta los de mi clase de inglés lo estaban comentando esta mañana. ¿Es verdad que lo ha echado del pub? —inquirió él.

—¿A quién?

—Al Geyperman.

—No lo sé, probablemente haya tenido turno de mañana.

—Que va, no está aquí —conversó un momento con la nieta de Caristìona.

—Ella dice que tu jefe lo ha mandado unos días fuera, para que se calme y se le enfríen los... ya sabes —señaló la citada parte de su anatomía.

—Bien, conque esas tenemos —estaba enfadada y cada vez más furiosa. La vergüenza había dado paso a un estado de coraje y de impotencia.

Los dejé solos y me fui a la cocina a comer algo. Tenía ganas de patear y dar puñetazos a diestro y siniestro. Si había hecho daño a alguien, ese alguien en particular, que era mi marido, estaba a miles de kilómetros de distancia y nadie tenía derecho a opinar sobre ello. ¡Malditos escoceses cotillas y metomentodo!

La tarde se hizo eterna y tuve la sensación de que cada habitante del pequeño pueblo se acercó a ver si yo seguía allí y qué cara tenía. Fingí sonrisas y palabras amables, y cuando dieron las once me dirigí sin una palabra a Sasuke, que también había optado por ignorarme, al almacén a cambiarme.

Salí diciéndole adiós con un gesto de la mano. Estaba decidida a volver andando, necesitaba calmar mi rabia con un largo y frío paseo.

—¿Adónde crees que vas? —soltó justo detrás de mí.

—A casa. ¿O tal vez piensas que tengo en mente irme de fiesta? — respondí colérica.

—¡Espera! —exigió como si estuviese llamando al orden a un pelotón de fusileros.

Y una mierda, pensé y comencé a andar.

Me cogió por los hombros y me susurró a los oídos broncamente.

—Si te digo que te pares, te paras, ¿entendido? —su contacto y sus palabras hicieron que una punzada alcanzara mi entrepierna. Obedecí mientras le veía cerrar el pub.

—Sube al coche.

Subí sin protestar.

—No necesito que me lleven —musité cuando estaba cómodamente sentada en los asientos de piel.

Él arrancó el motor, que reverberó suavemente dentro del habitáculo.

—Mira, Sakura, por un momento he pensado en dejarte hacer estos tres kilómetros de noche andando, a ver si se te refrescan las ideas y te entra algo de cordura en esa cabecita tan estirada que tienes, pero mucho me temo que si lo hago, volverás a meterte en otro lío, así que déjame que haga lo que tengo que hacer.

Su reprimenda me dolió. Fruncí los labios y me encogí en el asiento.

Recorrimos los tres kilómetros en absoluto silencio, cuando paró frente a mi casa, me bajé y di tal portazo que el coche tembló. Él bajó la ventanilla.

—Cuidado con lo que haces, que esta vez me la pagas —exclamó furibundo.

Yo me giré y me metí en la casa sin contestar. Subí las escaleras sin hacer ruido y entré en mi habitación. Había pasado el primer día. No había sido tan malo, ¿o sí?

El segundo día más de lo mismo. Estaba empezando a cansarme. En el descanso me metí en la cocina a merendar. Por lo menos Chiyo había dejado el acostumbrado plato con sándwiches y pastelitos. Parecía que aunque su trato había pasado a ser formal, me estaba perdonando. El teléfono de Sasuke reposaba en la encimera. Tenía el mismo modelo que yo. Recordé que debía mandar un mensaje a mi madre. Mamá, todo bien por aquí. ¿Qué tal vosotras? Esperé los tres tonos de respuesta. Que sonaron de inmediato. Todavía no estaba preparada para hablar con ella. Una madre, aunque esté muy lejos, sabría por el tono de voz, aunque yo lo disimulara, que algo habría ocurrido y no quería preocuparla. Pasados unos días llamaría y hablaría largamente con las dos. Oí a Sasuke llamándome imperativamente desde fuera. Cogí el móvil de la repisa y guardándomelo en el bolsillo salí a atender a los clientes.

Al cabo de un rato el teléfono vibró una vez. Lo cogí de forma mecánica, atraída por el sonido. Lo desbloqueé con el dedo, ni siquiera me di cuenta de que la foto de mi hija no aparecía en pantalla. Apareció un mensaje de alguien desconocido.

Te espero con ansia.

"¿Qué es esto?", pensé. ¿No sería Naruto volviendo a las andadas? Arrastré la pantalla para retroceder en la conversación.

—Lo siento, Samui, me tengo que ir a las Highlands, estaré fuera una semana. Un asunto importante. Te compensaré cuando vuelva.

—Ese asunto importante no será español, ¿verdad?

—Sí.

—¿Otra vez se ha metido en líos?, ya te dije el otro día que deberías despedirla.

Di un respingo. Maldita zorra entrometida. Entrecerré los ojos y miré desafiante la pantalla. Una vez metida en faena tenía que saber cómo había acabado la conversación. No debería haberlo hecho, pero me perdió la curiosidad, igual que al gato.

—Lo estoy pensando.

Esta vez, sentí un dolor agudo en el corazón. No me lo esperaba de Sasuke.

—¿Por qué no lo haces de una vez?

—Es mi decisión. Y la tomaré cuando sea necesario.

—Esto es muy aburrido sin ti.

—Tengo mucho lío, luego hablamos.

La conversación se retomaba unas dos horas más tarde.

Necesito tenerte entre mis piernas.

Una punzada de celos atravesó mi vientre al ver su contestación.

Deseo estar dentro de ti.

Dejé de leer. Lágrimas confusas amenazaban con brotar de mis ojos. Me sentí peor que el domingo. Ahora la vergüenza y la furia habían desaparecido para dejar paso a una pena que me horadaba el corazón.

Fui corriendo hasta la cocina para dejar su teléfono y cambiarlo por el mío cuando algo llamó mi atención, el icono de un video en la pantalla. No debí pulsarlo, pero lo hice, parecía que allí nada ponía freno a mi habitual prudencia.

El vídeo era el mío, no, corregí mentalmente, el nuestro, el de Naruto y yo bailando y finalmente besándonos con la banda sonora de Just the way you are sonando de fondo. Me vi con otros ojos, verdaderamente parecía que estaba disfrutando y mucho del beso, y del contacto con el cuerpo de Naruto. Busqué el remitente, lo había enviado Temari a las cuatro menos cuarto de la madrugada del domingo.

Cambié el teléfono y salí por la puerta trasera al callejón. Me encendí un cigarro y comencé a llorar. Como siguiera así mi próximo trabajo sería el de plañidera.

Cuando terminó el turno, me cambié y esperé pacientemente al lado del A5 a que Sasuke cerrara el pub. Cuando lo abrió me senté y me abroché el cinturón, fijando la vista en el frente, sin decir nada. No tenía nada que decir.

—¿Te ocurre algo? —preguntó él. Su tono era preocupado, había desaparecido la hostilidad de los días anteriores.

—Nada, de todas formas, ¿a ti que te importa? —murmuré sin mostrar el aturdimiento que sentía.

Sasuke no contestó.

Cuando llegamos a casa, me solté el cinturón y estaba a punto de bajar cuando oí su voz, sonaba triste.

—En eso te equivocas, Sakura, me importa y mucho.

Cerré la puerta y subí llorando al refugio de mi habitación.

El miércoles entré arrastrando los pies al pub. Ya no me sentía con fuerzas para nada. Llevaba varias noches sin apenas dormir y estaba muy cansada, física y mentalmente. Solo quería terminar el turno y volver a casa.

La tarde estaba siendo demasiado tranquila.

—¿Por qué hay tan poca gente hoy? —pregunté más que nada para oír el sonido de mi propia voz. Sasuke, se había limitado a observarme, pero no había intentado entablar conversación ni una sola vez. Tenía que reconocer que no había conocido nunca a una persona tan terca como él. ¿Serían así los montañeses en general?

—Se ha muerto el viejo Archi. ¿No has oído las campanas de la iglesia? A última hora habrá una muchedumbre, vendrán todos a beber a su salud — explicó con voz átona.

—Ah, vaya ¿lo conocías mucho?

—No demasiado, vivía en una granja alejada, con la única compañía de sus ovejas. Pero todo el pueblo irá a darle la última despedida —expresó, como si fuera lo más normal.

—Puedes irte si quieres, creo que no me meteré en problemas por un rato —afirmé intentando mostrarme amable.

—No, déjalo —por un momento vi un atisbo de sonrisa—. Tampoco me tenía mucho aprecio.

—¿Por qué? —inquirí con curiosidad. Todo el pueblo parecía tener en consideración a los Uchiha.

—Bueno, Naruto y yo solíamos hacerle bastantes trastadas cuando éramos jóvenes —esta vez vi una sonrisa completa, recordando su niñez.

—¿Qué le hacíais?

—De todo y nada bueno. Desde desmontarle el tractor para que no le funcionase hasta dejar la cerca abierta para que las ovejas pastaran con libertad. Ese tipo de cosas —me miró—. Seguro que tú también has hecho algo parecido alguna vez.

—Más de una y de dos. El director de mi colegio solía decirle a mi madre "con lo mona que se la ve y qué chicazo es" —respondí arrancando una carcajada a Sasuke.

De repente ya no hacía tanto frío.

—¿Os pilló alguna vez? —pregunté de nuevo.

—Nunca directamente, pero era obvio que sabía quiénes éramos. Nuestros padres se encargaban de los castigos —contestó chasqueando la lengua.

—¿Qué os hacían?

—Bueno, a los dos nos castigaban sin salir, lo que no servía de nada, porque nos escapábamos a una cabaña en las montañas y podíamos pasarnos allí varios días escondidos, hasta que se nos acababan las provisiones. También recibimos bastantes azotes en el trasero. Pero lo peor era cuando nos amenazaban con alistarnos en el ejército cuando tuviéramos la edad suficiente. Ambos estábamos fascinados a la vez que horrorizados. Nos gustaban las armas, pero odiábamos que nuestros padres estuvieran tanto tiempo lejos, y las historias que contaban, probablemente exagerando, nos dejaban varias noches temblando, hasta que lo olvidábamos y volvíamos a las andadas —sonrió levantando una ceja al recordar.

—Pero Naruto ha estado en el ejército —apostillé.

—Sí, pero él buscaba algo que no ha encontrado todavía —me miró fijamente—. Antes estudió Literatura, ahora lleva el pub hasta que encuentre otra cosa que le llame más la atención y vuelva a cambiar.

Yo evité la delicada alusión a mi persona.

—¿Y tú no quisiste alistarte en el ejército?

—Yo no pude —fue su respuesta. Su gesto se había vuelto pétreo y no quise insistir.

En ese momento entraron cuatro jóvenes que por su acento y sus movimientos al hablar deduje eran italianos. Me dirigí a atenderlos, bajo la atenta mirada de Sasuke dentro de la barra. Les tomé nota, evitando preguntas incómodas e invitaciones de fiesta cuando acabara mi turno. Era lo que faltaba. Al ir a preparar los pedidos, esquivé con un giro un cachete en el trasero, lo que provocó risas en todos ellos. Pero los italianos eran italianos, allí y en la China. Su forma de ser abierta y sexual les precedía. Estaban armando un jaleo impresionante, sus risotadas y gestos hacia mí eran inconfundibles.

Cuando les llevé las cervezas, uno de ellos me sujetó del brazo y me sentó sobre sus rodillas, susurrando algo así como bella donna. Me levanté de un salto y corrí a refugiarme detrás de la barra.

—¿Puedo pegar a un cliente? —pregunté en un susurro a Sasuke.

—Tú no, pero yo sí —soltó el vaso que tenía en la mano y con gesto decidido se fue hacia la mesa de los jóvenes ítalos.

Después de un breve intercambio de frases que yo no entendí ¿hablaba también italiano?, cogió al más bravucón, el que me había sentado en sus rodillas y lo levantó con un solo brazo. El joven apenas le llegaba a los hombros. De forma decidida lo llevó casi en vilo hasta la puerta, por donde lo arrojó literalmente a la calle. Sus amigos se levantaron dispuestos a presentar pelea. Yo cogí el teléfono y busqué el número de la policía. Estaba a punto de marcarlo cuando observé que cogía a otro y, quitándose como si fuera un simple mosquito al más bajito de ellos que se empeñaba en colgarse de su cuello, lo arrojó a la calle junto a su compañero. Los italianos claudicaron ante el vikingo azabache de un metro noventa y abandonaron el pub con gestos obscenos y palabrotas incluidas.

—¿No tendrás problemas? —inquirí preocupada.

—No —dijo. Su gesto era travieso, el maldito escocés estaba disfrutando.

Marcó un número de teléfono y por lo que oí, avisó a la policía de que probablemente tuvieran algún altercado con un grupo de italianos algo borrachos.

Nos quedamos solos en el centro del pub. De repente se volvió a mí y me miró fija e intensamente.

—¿Por qué lo hiciste, Cerezo? —preguntó con voz ronca.

—¿El qué? —contesté algo desconcertada, aunque sabía a lo que se refería.

—Besarlo.

—No lo sé, fue un error, un tremendo error, había bebido mucho y lo estaba pasando tan bien... él olía... su cuerpo era... no estaba pensando en él cuando respondí a su beso, no era a él a quien quería besar —confesé finalmente mirándolo a los ojos. Sus ojos se enturbiaron, pasaron de un cielo claro a uno tormentoso.

—¿Quién querías que te besara? —se acercó a mí. Estábamos solo a unos centímetros de distancia.

Levanté mi rostro y lo miré, su cara angulosa, su barba oscura de dos días, su mandíbula cuadrada, sus ojos demasiado dulces, ahora entrecerrados. Él tragó saliva y observé fascinada el movimiento de su nuez en el cuello musculoso. Era realmente guapo, con una belleza peligrosa, como un pirata del siglo XVIII, con unos ojos que te atrapaban. Alcé una mano queriendo tocar la barba áspera y acariciarle el pelo suave y grueso, que formaba ondas por encima de sus hombros. La mantuve un momento en el aire y la dejé caer bruscamente a mi costado.

—Dilo, Sakura, dímelo, ¿quién querías que te besara? —instó y su voz salió como un rugido del pecho.

Su intensidad me abrumaba y las lágrimas volvieron a asomar a mis ojos. Jamás lo tendría. Lo supe en ese momento.

—Mi marido, quería que fuese mi marido —contesté entre sollozos.

Él me abrazó y yo me apoyé en su pecho cálido y fuerte, respirando entrecortadamente. Noté que me besaba la coronilla, un beso suave y cálido. Me separó y mi rostro quedó a un suspiro del suyo, sentía su aliento cálido sobre mí. Su mirada se posó en mis labios y por un instante creí que me iba a besar. Sus ojos se oscurecieron de repente y su beso se posó en mi frente. Un beso dulce, de labios carnosos y ardientes.

Oí el tintineo de la puerta al abrirse y me separé bruscamente. Ya me había puesto demasiado en evidencia. Corrí a refugiarme detrás de la barra. Sasuke se quedó de pie en el centro del pub, como una estatua de bronce pulido.

Dirigí la mirada hacia la puerta, donde se había parado Hotaru. Ahogué un gemido. Sin mirar a Sasuke pude percibir que todo su cuerpo se quedó tenso. Hotaru siguió acercándose tímidamente hasta él, su rostro mostraba un deseo y un anhelo desesperados. Se paró a un metro de distancia. Ni siquiera reparó en que yo estaba allí.

Volví la vista a Sasuke, había cruzado los brazos sobre el pecho. Su rostro no demostraba emoción alguna, sus ojos brillaban profundos y oscuros, con un tinte peligroso, amenazador y mortal.

—Sasuke —murmuró Hotaru con voz sumisa y delicada.

—¿Qué haces aquí? No eres bienvenida y lo sabes —contestó él bruscamente, concentrado todo su odio en cada palabra.

—Lo sé, tu camarera ya me lo hizo saber el otro día —respondió ella con algo de maldad en su suave voz.

Yo retrocedí un paso, más por la mirada que me dirigió Sasuke, que por el comentario de Hotaru.

—¿La conoces? —preguntó con un tono peligroso.

—Sí —contesté yo algo nerviosa. Por mi gesto, él supo que yo conocía la historia, por lo menos la versión que me habían contado los que fueron espectadores de la misma.

—Vete a la cocina —me ordenó.

—No —respondí yo firmemente.

—Creo que no deberías contratar camareras tan descaradas, Sasuke, deberías sancionarla, me echó del pub de muy malos modos —apostilló maliciosamente Hotaru.

—¿Es verdad? —me preguntó Sasuke.

—Sí y lo volvería a hacer si fuera necesario —afirmé en castellano, para que ella no lo entendiera. Una breve luz brilló en los ojos ensombrecidos de Sasuke.

—Tengo que hablar contigo, Sasuke —interrumpió ella, ajena a nuestro intercambio verbal.

—No tengo nada que hablar contigo, lárgate —fue su respuesta. Seguía mirándome a mí. Yo agaché la cabeza y comencé a limpiar vasos con jabón en el fregadero. Si tenían que hablar, quería darles por lo menos un poco de intimidad, pero ni muerta me iba a quedar encerrada en la cocina.

—¿Qué le hiciste? —me preguntó en español.

—Le tiré una taza de té y la empujé a que fuera a cambiarse lo antes posible —contesté yo en mi idioma.

—¿De verdad? —susurró.

—¿Lo dudas?

—La verdad es que no. ¿Sabías quién era cuando lo hiciste?

—No, lo supe después —seguíamos hablando en castellano.

—Sasuke, yo te sigo queriendo, aunque hayamos estado separados todo este tiempo, yo siempre he sabido que eras mío, siempre —volvió a interrumpir Hotaru.

¿Qué? Esa mujer estaba enferma, debería estar en un psiquiátrico y no allí.

—Me acusaste de violación y secuestro —fue la única respuesta de Sasuke.

—Eso fue cosa de mi padre, yo estaba muy asustada. Por favor, perdóname, íbamos a tener un hijo. Podemos intentarlo de nuevo. ¿Te lo imaginas? Un bebé precioso en tus brazos, como solías decir, que era lo que más feliz te hacía. Yo... yo... yo lo he soñado muchas veces en estos años —susurró quebrándosele la voz.

Estaba empezando a asustarme. El gesto de Sasuke se tornaba a cada palabra más oscuro y peligroso.

—He dejado a mi esposo, no lo amaba, siempre te amé a ti —sus palabras me llegaron al corazón, lo pronunció con tanto deseo que por un instante sentí lástima por ella.

—Déjame en paz Hotaru, no puedo prohibirte que vuelvas a Drumnadrochit, pero sí que vuelvas a mi vida. No quiero verte por aquí nunca más. Ya no soy ese joven que un día conociste —contestó fríamente Sasuke.

—Sí lo eres, siempre hemos estado destinados a estar juntos —volvió a insistir ella acercándosele un paso más.

Sasuke se apartó como si su cercanía le quemara.

—Lárgate. No quiero verte más, ¿entendido? No me obligues a tener que tocarte para echarte de mi propiedad —respondió él con rudeza.

Ella retrocedió ante el súbito ataque y de repente se volvió hacia mí.

—Es ella, ¿verdad? Esta puta española con la que te has liado. Ya he oído las habladurías, que se había enganchado al Uchiha, aunque está casada. No es más que una zorra, que te dejará dentro de unos meses, no es ni la mitad de buena de lo que soy yo. ¡Mírala! Es una ramera adúltera —gritó con los ojos enloquecidos dirigiendo su mirada maligna hacia mí.

No le di tiempo a que Sasuke contestara. Cogí el vaso lleno de agua caliente con jabón que tenía entre las manos y lo lancé a su cara donde impactó de lleno.

Sasuke al que le habían golpeado unas gotas y ella calada hasta los huesos me miraron con expresión de incredulidad en el rostro.

—¡Límpiate la boca con jabón, zorra! Antes de insultar a nadie, piénsatelo dos veces. Yo no me he liado con nadie. Y menos con él —añadí gritando.

—Hotaru, discúlpate ahora mismo con Sakura. Ella no tiene nada que ver conmigo. Es una persona respetable y sincera. Mucho más de lo que se puede decir de ti, que no fuiste más que una intrigante mentirosa —rugió Sasuke.

—No lo voy a hacer. Lo que yo he dicho lo piensa todo el mundo y además tiene una hija. ¡Qué pensaría ella de lo que está zorreando su madre! Pero claro, como la ha dejado abandonada... Yo no haría eso nunca contigo Sasuke, jamás abandonaría a nuestro hijo —gritó ella sacudiéndose el agua que caía de su pelo.

Algo se agitó dentro de mí. Una cólera como jamás había sentido, el instinto de una madre cuando atacan lo más preciado para ella. Salté de la barra como una loba herida, ni Sasuke pudo frenarme, tal era mi furia.

—Ni se te ocurra mentar a mi hija con tu sucia boca. ¡Puta! Eso es lo que eres y una asesina, que mataste a tu propio hijo. Y me lo dices a mí, que estuve a punto de perder mi vida por salvar la vida de mi hija. ¡Maldito engendro de Satanás! —grité frente a ella.

Hotaru retrocedió un paso asustada, aun así sus ojos brillaban con maldad. No me pude contener. Le podía haber dado un empujón, una bofetada, pero no, odiaba tanto a esa mujer que le di un puñetazo en el centro del rostro... y le rompí la nariz, de la que comenzó a manar sangre como una fuente.

El brazo comenzó a latirme de una forma dolorosa, calambres lo recorrían de nuevo de la mano al hombro y temí que hubiera podido haber lesionado mis articulaciones todavía sin sanar del todo. No me importaba, le habría pateado el culo una y otra vez hasta echarla del pub. Era una bruja, malcarada y malnacida, cuya boca solo expulsaba odio.

Sasuke me sujetó con fuerza. Yo temblaba como una hoja mecida por el viento y ni siquiera me había dado cuenta.

—Tranquila —me susurró suavemente.

Yo boqueé contra su pecho.

—¿Estás bien? yo me encargo. Tranquila, ya ha pasado —repitió de nuevo.

Asentí con la cabeza. Él me tenía sujeta rodeándome con todo su cuerpo, protegiéndome de Hotaru o tal vez de mí misma, no lo sabía. Solo sabía que estaba a salvo.

Cuando mis temblores cedieron, me soltó y cogió un paño húmedo que reposaba en la barra.

—Toma —se lo ofreció a Hotaru—, de nosotros es lo más que vas a conseguir.

—Eso es lo que tú te crees. Ahora mismo voy a presentar denuncia y esta vez no habrá quién te salve, española, porque aquí no tienes a nadie —amenazó tapándose la cara con el paño.

—Eso es lo que tú crees, Hotaru, porque me tiene a mí, ¿lo has comprendido? Me tiene a mí para protegerla. Y ahora lárgate de una vez de nuestras vidas —bramó Sasuke empujándola hacia la puerta.

Cuando Hotaru se fue, probablemente directa a la comisaría a presentar denuncia por agresión, esta vez real y con fundamento, me dejé caer desmadejada sobre una silla. Sasuke se dirigió a la barra y rebuscó algo entre los cajones, que resultó ser una petaca metálica.

Se acercó a mí y me sirvió whisky en un vaso. Él se limitó a beber de la petaca.

—Bébetelo, te hará bien —expresó con suavidad.

—No lo creo, la última vez no me sentó lo que digamos muy bien — contesté con la voz entrecortada. Me costaba hablar y encontrar las palabras adecuadas, como si estuviese en estado de shock.

—Hazme caso —sugirió él agachándose a mi lado.

Bebí un trago y el fuego líquido me abrasó la garganta hasta caer en el estómago arrastrando consigo parte de los nervios que me atenazaban.

—Tengo que irme. Voy a intentar solucionar esto. Dejaré el pub cerrado y con las luces apagadas. ¿Estarás bien? —preguntó.

Yo asentí con la cabeza.

—Ahora vuelvo —murmuró alejándose.

Esperé unos minutos con la mirada fija en una servilleta de papel caída en el suelo a unos metros de mí. No podía moverme, si alguien en ese momento intentara levantarme, tendría que cogerme con la silla incluida, ya que mis músculos y tendones se habían bloqueado de tal forma que no podía ni suspirar sin que un tremendo dolor me atravesase el cuerpo.

El corazón me latía desordenadamente, bombeando con fuerza a veces y otras emitiendo un latido casi imperceptible. Un latigazo me recorrió la parte izquierda del cuerpo. Estoy sufriendo un ataque al corazón, pensé tranquilamente. Me voy a morir en medio de un pub escocés lejos de todo lo que quiero. El miedo desapareció dejando paso a una inmensa tristeza, quería ver el rostro de mi hija, aunque solo fuera una vez más, decirle que la amaba más que a nada en este mundo y pedirle perdón por no haber estado con ella.

Lágrimas ardientes descendieron por mis mejillas y bebí el último trago del whisky preparado por Sasuke. Oh, tampoco podría despedirme de él, decirle que lo amaba, ¿lo amaba?, sí, lo amaba, con intensidad y con pasión. Aunque no debía amarlo, no era lo correcto. Y eso me dolía más que nada en el mundo.

Dicen que los que están a punto de morir ven pasar la vida a cámara lenta frente a ellos. Yo no veía más que la servilleta tirada en el suelo. ¿Mi vida había sido eso? ¿Solo un trozo de papel arrugado que no importaba a nadie?

Sasuke entró y yo ni siquiera oí el ruido metálico de la puerta. Se sentó en una silla frente a mí y me miró. Mi vista seguía perdida en la servilleta de papel.

—¿Cerezo, estás bien? —preguntó suavemente, con esa cadencia escocesa que acababa las consonantes con un pequeño golpe.

—No, me estoy muriendo —le dije, aunque no oí mi voz pronunciando las palabras.

—¿Qué te ocurre? —su voz sonaba tranquilizadora, como un murmullo que reverberaba dentro de mi mente.

—Estoy teniendo un ataque al corazón ¿no lo ves? Mi corazón se parará y moriré —volví a contestar. ¿No me entendía? Quizá lo estaba pensando pero no lo estaba diciendo en voz alta.

—No. Estás teniendo un ataque de ansiedad muy fuerte —se posicionó frente a mí y me obligó a abrir las piernas y a inclinar mi cabeza entre ellas —. Ahora quiero que respires con calma, así como lo hago yo, ¿me oyes? — de lejos oía una respiración acompasada, e intenté hacer lo mismo. Al principio dolía, dolía tanto que el aire ardía en contacto con mis pulmones. Sobre el pecho tenía una losa de piedra que no se movía, que me ahogaba.

—Sigue, vamos, así, lo estás haciendo muy bien —me apoyé en sus piernas, sus manos me acariciaban la nuca. Cuando notó que mi respiración se normalizaba, me tomó la muñeca y presionó.

—¿Qué haces? —pregunté mirando al suelo.

—Cronometrando sus pulsaciones.

—¿Y?

—Son normales. Intenta levantar la cabeza.

Lo hice.

—¿Te mareas? —sus brazos me sujetaban con suavidad pero con firmeza.

—Un poco —respondí.

—¿Recuerdas lo que ha pasado? —preguntó.

—No —¿a qué se refería?

—El incidente con Hotaru.

—Ah, eso. Sí lo recuerdo, le he roto la nariz, ¿no?

—Sí. Pero olvídalo.

—¿El qué?

—Lo que ha sucedido —dijo. Ese hombre tenía una paciencia infinita.

—No puedo —contesté.

—Sí puedes. Escúchame atentamente. Tengo que llevarte a prestar declaración a la comisaría y esto es lo que vas a decir: el vaso que arrojaste a Hotaru se te deslizó de las manos, yendo a caer sobre ella, no es algo extraño, ya que te ha pasado otras veces. No le has dado ningún puñetazo, ella se inclinó sobre mí y yo la esquivé haciendo que ella cayera sobre la esquina de la barra y se golpeara la nariz. Tú fuiste de lo más atenta con ella, ofreciéndole incluso un paño para cortar la hemorragia, aunque ella se había mostrado bastante desagradable contigo —terminó la explicación—. ¿Lo entiendes?

—No —pero ¿de qué hablaba?

—No hace falta que lo entiendas, basta con que lo memorices. Vamos repítelo conmigo.

Me hizo repetirlo dos veces más hasta que sonó lo suficientemente creíble, o por lo menos así lo creyó él. A mí me parecía ciencia ficción.

—¿Estás bien para levantarte?

—Sí —respondí en un susurro. De todas formas me ayudó. Luego recogió mi gabardina, me ayudó a ponérmela y salimos al frío de la tarde escocesa.

La comisaría estaba solo un par de calles más abajo, en dirección contraria al lago. Era un edificio de una planta de ladrillo gris, oscurecido por el clima de las Highlands. Cuando llegamos comencé a sentir un pánico que me cerraba la garganta.

—No puedo hacerlo —expresé.

—Sí puedes. Eres la mujer más valiente que he conocido nunca y si tienes que interpretar un papel, quiero que seas la mejor actriz de todas, ¿entendido? —me miró directamente transmitiéndome fuerza con su mirada clara.

Asentí con la cabeza. Mi rostro estaba demudado, seguro que el policía notaría cualquier vacilación en la declaración. Nunca se me había dado bien mentir y menos delante de una autoridad con uniforme.

—Odio los uniformes, los de policía, bomberos, incluso las batas de los médicos. Todos me dan pánico y empiezo a tartamudear cuando los veo —le confesé.

—Si ves que flaqueas, mírame a mí. Recuerda que estoy contigo en esto, recuerda que estás en esto por mí y yo te voy a sacar de este atolladero. Puedes hacerlo, Cerezo, tú puedes, estoy seguro —me miró traspasándome con esa mirada oscura, que era suave y cálida.

En ese momento recordé una frase de Publio Siro, de mis años de estudiante de letras puras: "la prudencia suele faltar cuando más se la necesita". ¡Ay, cuánta razón tenían los antiguos!

Me llevaba de la mano cuando entramos. Había una sala de espera vacía y una mesa donde un solitario oficial, un joven entrado en carnes, escribía furiosamente en el ordenador.

—Ya habéis venido —dijo dirigiéndose a Sasuke. A mí me miró de arriba abajo sin ningún disimulo. Me sentí expuesta y temerosa.

Avisó por el interfono al comisario y nos dio paso a un despacho demasiado pequeño y demasiado amueblado. En cuanto traspasé la puerta volvió a faltarme el aire. En una silla en la esquina esperaba Hotaru, con dos algodones metidos en los orificios de la nariz, que se le empezaba a amoratar. Sasuke no le dirigió ni una simple mirada de soslayo, se enfrentó directamente al comisario.

—Akimichi, aquí tienes a Sakura Haruno, mi empleada, ella corroborará lo que he declarado yo —expuso tranquilamente, sin que nada en su rostro mostrara debilidad.

Emití un suspiro, ¿o fue un gemido? Sasuke me puso la mano en la espalda, la calidez de su piel traspasó la gabardina y me dio fuerzas.

—Encantada —mostré lo que quiso ser una sonrisa—. ¿En qué puedo ayudarlo?

El comisario, un hombre de unos cincuenta años, casi calvo y con el uniforme demasiado tirante sobre la barriga, no resultaba demasiado amenazador. Salvo por sus ojos marrones y pequeños como los de un ratón de campo, inquisidores y curiosos.

—Siéntese —consultó los papeles sobre la mesa—. Señora Haruno, ¿es así?

—Sí, es así —contesté. Sasuke me había aleccionado a que contestara a las preguntas de forma concisa y sin dar demasiadas explicaciones adicionales. ¡Como si yo pudiera hacerlo de otra forma!

—¿Lleva algún documento que la identifique como tal? —su tono era frío y directo.

—Sí, claro —rebusqué en el bolso y saqué mi documento nacional de identidad. Se lo entregué con otra sonrisa falsa.

—Adamson —llamó por el interfono.

El otro oficial llegó resollando. Desde luego por el tamaño regordete de estos policías no es que estuvieran muy acostumbrados a correr detrás de los delincuentes, pero claro, allí, en el fin del mundo, yo debía ser lo más peligroso que se habían encontrado.

Recogió el DNI y recibió instrucciones de incluirlo en la base de datos. "¡Ay, Dios!", pensé, "con la suerte que tengo, algún delincuente de los más buscados del FBI seguro que tiene mi mismo nombre".

En ningún momento nos indicó que nos sentáramos.

—Verá —comenzó—, la señora Tsuchigumo ahí sentada, ha presentado denuncia contra usted en los términos de agresión. Sin embargo, el señor Uchiha, aquí presente, ha testificado a su favor, declarando bajo juramento que lo que esgrime la señora Tsuchigumo es completamente falso. Quisiera escuchar su versión, señora Haruno —me miró directamente al rostro.

Intenté ordenar mis ideas y los acontecimientos en mi mente atribulada para explicarlos con cierta claridad y orden.

—Cuando entró la señora Tsuchigumo al pub yo me encontraba fregando unos vasos detrás de la barra —comencé.

—¡Mentira! ¡Estaban abrazados! —rugió Hotaru haciendo que su voz sonara como la del Pato Donald. De repente tuve muchísimas ganas de reír. Sasuke lo notó y presionó su mano en mi espalda.

—¡Cállese, señora Tsuchigumo! No es su turno de réplica —respondió fríamente el comisario. Con un gesto hacia mí me instó a que continuara la historia.

—Como le decía, señor comisario, estaba limpiando unos vasos, ya que no tengo por costumbre abrazarme a mis jefes durante el trabajo —puse los ojos en blanco.

—¿Ah, no? —vaya la historia con Naruto también había llegado a sus oídos. Ahogué una maldición.

—No. Ella entró en el pub y se dirigió a Sasuke, comenzaron a hablar y yo en un descuido, ya que no utilizaba, esto... ¿cómo se dice en inglés? —me volví hacia Sasuke.

—Guantes —contestó el serio.

—Eso, no utilizaba guantes y debido a ello se me resbaló un vaso lleno de agua, que, desgraciadamente, cayó sobre la señora Tsuchigumo —fui interrumpida por otro grito de Hotaru.

—¡Tendrá valor la muy...! Si me lo arrojó directamente a la cara —soltó bruscamente.

—¡Compórtese, señora Tsuchigumo o le tendré que pedir que abandone el despacho! —replicó el policía dirigiéndole una mirada furibunda.

—Continúe, señora Haruno.

—Sasuke y ella comenzaron a discutir, yo intenté disculparme por mi torpeza, pero a veces no me explico muy bien en inglés y creo que eso a ella le molestó bastante. Se puso bastante furiosa, tanto que incluso quiso golpear a Sasuke, al que también había mojado en mi descuido —continué con voz algo trémula.

—¡Esto sí que es inconcebible! ¿Qué yo quería golpear a Sasuke? Nada más lejos de mis intenciones, yo lo único que quería era besarlo... —su voz se fue apagando, dándose cuenta de que ella misma se había descubierto.

Yo aproveché su descuido verbal y continué con voz firme.

—Por ello, al ver inclinarse a la señora Tsuchigumo sobre Sasuke, este sin ninguna intención de herirla, por supuesto —enfaticé —la apartó y ella tropezó y cayó sobre una esquina de la barra, golpeándose la nariz. Yo, viendo que sangraba, le ofrecí lo que tenía más a mano para ayudarla a frenar la hemorragia, que era el paño con el que secaba los vasos —terminé. Lo había conseguido, mi voz no había temblado ni tartamudeado ni una sola vez. Quizá la caricia de la mano de Sasuke había ayudado mucho.

—¿Es eso cierto, señor Uchiha? —preguntó el comisario dirigiéndose a Sasuke.

—Completamente cierto, como le dije anteriormente —contestó Sasuke sin que le temblara ni un solo músculo del rostro, solo noté el latido de una vena en su cuello. Su gesto era serio pero formal y transmitía una tranquilidad y una sinceridad que a mí me eran completamente ajenas, ya que por dentro seguía notando el tamborilear desordenado de mi corazón.

—Bueno, entonces, no queda más que un detalle —expresó.

¿A qué se referían?, ¿tendría que pasar un detector de mentiras o algo así? Miré asustada a Sasuke. Él frunció los labios y musitó un "lo siento".

—La denuncia quedará archivada si usted, señora Haruno, ofrece unas sinceras disculpas por su torpeza de esta tarde —señaló la palabra torpeza con meridiana claridad. No había engañado a nadie y él lo sabía, pero de alguna forma se había puesto de nuestra parte.

—¿Disculpas? —pregunté sin entender.

—Sí. ¿Acaso no se ha disculpado nunca? —apostilló el comisario mirándome inquisitivo con esos ojos redondos y peligrosos.

Lo que dije a continuación fue una consecución de frases incoherentes y sin sentido, excusándome como pude por haberla empapado con el agua derramada del vaso y como consecuencia volver a estropearle el vestido que llevaba puesto. Las palabras se me atragantaban en la garganta y no estaba muy segura de la forma verbal en la que me expresaba a causa de la incomodidad, el enfado y la preocupación por no descubrirme en una disculpa a la que en realidad no tendría que acceder, ya que la denuncia por agresión había quedado en papel mojado.

Estaba completamente mareada, la habitación cerrada y el ambiente caldeado no ayudaban nada. Sasuke notó mi debilidad y presionó con más fuerza sus dedos contra mi espalda. Acabaría con un cardenal como siguiera así.

¿Habría alguna sorpresa desagradable más? Estaba claro que el policía nos había perdonado, pero esa era su venganza por el trabajo que le habíamos ocasionado una tarde tranquila de verano. Curioso el sentido del humor escocés.

Hotaru se levantó irguiéndose cuán larga era, que no era demasiado. Ahora que lo pensaba, a Sasuke le gustaban las mujeres más bien bajitas, tipo llavero. Sonreí para mí. Volvía a pensar con claridad, aunque no en la dirección correcta. Nos dirigió una mirada de furia y amenazó con presentarnos la factura del tinte, otra vez. Sasuke afirmó que él se haría cargo.

Sin nada más que decir ni explicar, me despedí de forma educada y salí a recoger mi DNI. El comisario y Sasuke intercambiaron unas palabras en rápido escocés, que por supuesto no entendí.

—¿Qué han dicho? —pregunté al otro oficial, que parecía bastante más amable que el comisario.

—Oh, le ha preguntado si usted vale la pena.

—¿Y qué ha contestado Sasuke?

—Que sí, sin duda alguna —el policía sonrió de forma amable.

Mariposas aletearon en mi estómago. Y no oí lo que pronunció el oficial de nuevo.

—Perdone, ¿ha dicho algo?

—Sí, le digo que tenga cuidado con esa mujer, no creo que esté en sus cabales y ¡válgame Dios! si una mujer por sí misma ya es peligrosa, no le quiero decir cuando está mal de la cabeza —suspiró hondamente acompañando sus palabras.

—¡Adamson! A mi despacho. ¡Inmediatamente!, creo que esta noche va a tener bastante papeleo —rugió el comisario desde la sala.

Cuando salimos de la comisaría estaba anocheciendo, esa noche escocesa a la que no se le puede llamar noche, sino crepúsculo infinito.

Me volví a Sasuke.

—Necesito dar un paseo —dije.

—Vamos —contestó él caminando a mi lado.

—No —puse una mano sobre su pecho—, necesito estar sola —afirmé y comencé a andar. Me paré a los dos pasos y me giré. Él se había quedado de pie mirándome con esa expresión extraña en sus ojos, de sorpresa y algo más que como siempre no pude identificar.

—¿Llevas la petaca?

—Sí —murmuró él sorprendido.

—La necesito.

La sacó de un bolsillo interior de su cazadora y me la tendió sin más preguntas. Yo la cogí, la guardé en mi bolso y comencé a caminar con paso firme y decidido. No sabía muy bien adónde ir, pero sí donde acabé después de pasear sin rumbo casi una hora, en el pequeño refugio que me había mostrado Sasuke en los primeros días de mi llegada a Drumnadrochit. El destino me llevó a la orilla del Loch Ness, a una piedra plana, con el cobijo y la protección del pequeño bosquecillo de álamos a mi espalda.

Me senté y saqué la petaca, di un largo trago notando el fuerte y picante whisky con reminiscencias a madera y brezo. "¿Qué estoy haciendo aquí?", me pregunté por enésima vez en varias semanas. Si Matsuri me había enviado a la otra parte del mundo para que me encontrara a mí misma, ahora estaba más perdida que nunca.

Comencé a llorar quedamente. Añoraba muchísimo a mi hija, sentirla en mis brazos y abrazar su pequeño cuerpo, oler su aroma infantil en su pelo y besarla.

La intensidad de mis sentimientos me abrumaba. Estaba totalmente en contra de la violencia, jamás había pegado a nadie en toda mi vida. Solo pensar en lo que había hecho esa tarde volvía a hacer que sintiera asco de mí misma, como cuando reaccioné a mi beso con Naruto. Ya no me conocía. Me miraba en el espejo y era la misma persona, tal vez los ojos me brillaban con más intensidad y mi rostro estaba más pálido, pero mis acciones eran extrañas y alejadas por completo a mi habitual comportamiento.

Dejé la mente en blanco, cansada de dar vueltas y más vueltas. Posé mi vista en una libélula que se mantenía estática sobre las aguas que lamían la roca pausadamente. El batir de sus alas era casi imperceptible a la vista de lo rápido de la velocidad que alcanzaban para mantenerse en el aire. Me gustaba su nombre traducido al español: dragón que vuela. Como si hubiera escuchado mis pensamientos, la libélula se giró y se situó frente a mí, no tenía gesto de dragón amenazante, más bien de mosca curiosa. Alcé la mano para acariciarla y ella asustada huyó al refugio del agua.

En menos de tres semanas, había engañado a mi marido, me había enamorado de otro hombre que tenía novia y para el que yo solo suponía un problema, me había vuelto a dislocar el codo y había agredido a una persona que apenas conocía, con el resultado de rotura de nariz. Al final tendría que dar la razón a mis caseros: era gafe.

Tomé una decisión. La que tenía que haber tomado hacía ya varios días. Cogí el teléfono y marqué el número de mi madre.

—Mamá.

—Cariño —la voz se me quebró al escucharla tan cerca y al mismo tiempo tan lejos—. ¿Qué ocurre, cielo? ¿Estás bien? —preguntó preocupada.

—No... mamá, creo... creo... creo que quiero volver a casa —respondí llorando.

—¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás enferma? Si ya sabía yo que no sabes cuidarte, seguro que no estás comiendo nada y te quedas débil y enfermas —terminó su diatriba.

—Mamá, ¿siempre tienes que estar riñéndome por todo? —inquirí todavía sollozando.

—No te riño, solo me preocupo por ti. Soy tu madre —contestó ella, seria.

—No estoy enferma, solo que no se qué hago aquí y os echo mucho de menos.

—Ya estamos con lo mismo de siempre, Sakura —su tono brusco me sorprendió.

—¿A qué te refieres? —me puse en guardia.

—A que nos vuelves a todos tarumba que si quieres hacer esto y lo otro, y que es decisión tuya, que lo has meditado, que estás segura y todo lo demás cuando nuestra opinión te importa un pimiento para luego resultar que te acobardas y al primer revés ya quieres volver a refugiarte en las faldas de tu madre llorando. Pues que sepas, hija, que ya tienes treinta y dos años y que las decisiones que tomas tienen consecuencias, para ti y para los que te rodeamos y deberías empezar a enfrentarte a ellas como una mujer adulta, no como una niña llorosa —explotó.

Yo me quedé mirando el teléfono con la boca abierta, hasta la libélula se asustó y huyó unos metros más hacia las profundidades del lago.

—Pero mamá —comencé.

—¡Ni pero mamá, ni leches! ¿No era tu sueño? Pues hazlo realidad. Por una vez en tu vida, termina lo que empiezas —exclamó.

—Siempre termino lo que empiezo —contesté bruscamente.

—No, no lo haces. Empezaste periodismo y lo dejaste por miedo, quisiste quedarte conmigo a la floristería y fue un infierno, te empeñaste en que Sasori era el hombre de tu vida y ¿ahora qué? O dime si me equivoco en algo. Lo único que está verdaderamente bien y es correcto en tu vida es la preciosa nieta que me has dado. Ahora decides irte tres meses a buscarte y a las pocas semanas ya te has cansado. Madura hija, ¡madura de una maldita vez! —bramó por el teléfono.

—Lo siento, mamá, no sabía que pensaras eso de mí —murmuré notando que las lágrimas volvían a brotar de mi rostro.

—Hija, yo te quiero más que a nada en esta vida y te he visto sufrir mucho en estos últimos años. Te he visto cargar con un peso que no te correspondía y que hiciste tuyo por orgullo, dejando pasar la vida y las oportunidades que te ofrecía, escondiéndote de ella. Porque eso es lo que haces, Sakura, te escondes detrás de lo convencional y de lo correcto. A los demás puedes engañar, a mí no, yo veo lo que hay detrás de esos gestos costumbristas y, déjame decirte, bastante aburridos. Sakura, si ahora tienes la oportunidad de vivir, hazlo, pero hazlo solo por ti. No te preocupes por Akane ni por mí, estamos estupendamente. A mí me hace mucha compañía, es tan alegre como tú cuando eras pequeña. No sé, cariño, cuándo empezaste a cambiar, pero deberías pensarte mejor lo de volver —terminó con un suspiro.

—Lo haré, mama. Os quiero —colgué el teléfono, ya tenía bastante por un día.

¿Era cierto lo que pensaba mi madre? ¿Me había estado escondiendo en una vida cómoda dejando que mi juventud se pasara y llegara la madurez y luego el otoño de mi vida sin realmente vivir?

Un ruido a mis espaldas me sobresaltó. Me volví con la petaca en la mano como arma de defensa. Sasuke levantó los brazos en señal de rendición.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —pregunté.

—El suficiente —contestó él sentándose a mi lado.

—¿Has escuchado la conversación?

—Algo —dijo de modo esquivo.

Lo miré enfadada. No sabía muy bien qué pensar de él, a veces tan atento y otras tan alejado de mí. Me estaba volviendo loca.

—¿Quieres volver a España, Sakura? —preguntó mirando al lago.

—Sí. Quería. Quiero —corregí.

—¿Por qué?

—Porque ni yo misma me conozco. Jamás he pegado a nadie en mi vida, estoy en contra de la violencia y de repente he saltado encima de esa maldita mujer y si no me hubieras sujetado probablemente hubiera seguido golpeándola, y eso me asusta —contesté.

—Te da miedo no poder controlar tus emociones —susurró él.

—Sí, algo así. Y lo sucedido con Naruto. Si hubiera estado en España ni se me habría ocurrido. De hecho cuando la chica de la agencia me enseñó su foto y dijo textualmente que era un hombre "demasiado guapo para ser real", ni siquiera le dediqué un mínimo pensamiento y llego aquí y acabo besándome con él en una discoteca completamente borracha. Estoy casada y tengo una hija. Hay cosas que nos están prohibidas y yo he roto en menos de tres semanas todas las prohibiciones morales que constituían el pilar de mi existencia —exclamé furiosa conmigo misma.

—¿No has pensado que aquí por primera vez te sientes completamente libre? —expuso él con calma.

—Nunca he sido libre, Sasuke, nunca, bueno tal vez el año que pasé en Madrid, pero después de aquello todo cambió para peor y me fui adaptando a lo que la vida me ofrecía lo mejor que pude —estaba casi llorando de nuevo a mi pesar.

—Pues tal vez la vida ahora te está dando otra oportunidad y deberías aprovecharla —insistió él.

—Quién sabe —murmuré más como cortesía que como afirmación.

Nos quedamos callados unos minutos, bebiendo pequeños sorbos de la petaca de whisky con una especie de escudo grabado. Un círculo formado por un cinturón con un gato rampante en el centro. Se leía una inscripción: No toques el gato sin guantes. Curioso. A veces yo me sentía así, que si no me escudaba lo bastante algún Uchiha acabaría arañándome y haciéndome mucho daño.

—¿Qué es? —le pregunté.

—El lema de mi clan —contestó Sasuke—. ¿Conoces la historia del clan Uchiha?

—No, en realidad iba a ir a Irlanda y conozco poco de Escocia.

—Si decides quedarte, te la contaré —afirmó con una sonrisa.

¿Era un chantaje? No iba a servir de nada.

—¿Dónde está Naruto? —pregunté.

Él me miró de forma extraña.

—No es que me importe... en fin, sí me importa, bueno, me preocupa que lo hayas exiliado —expliqué.

—Yo no creo que enviarlo una semana a la Costa Azul francesa sea exiliarlo, pero si lo quieres ver así... Está con sus padres —contestó.

—¿Está bien? —pregunté.

—Mira, Sakura —se giró hacia mí—, sé que él te dijo que te amaba, pero a veces no hay que tomar muy en serio las palabras de Naruto, para él tú has supuesto el mayor desafío de los últimos años. Siempre ha estado acostumbrado a que todas las mujeres danzaran a su lado y tú, sin embargo, has hecho lo imposible por ignorarlo y eso para un hombre, en especial si es Uchiha, supone un reto. Decidió conquistarte y lo consiguió —expuso con voz firme.

—No lo consiguió —respondí enfadada entrecerrando los ojos.

—Creo que ya lo tiene bastante claro, pero cuando vuelva la semana que viene convendría que mantuvieras las distancias con él —ordenó bruscamente.

¿Qué se creía, mi padre?

—De todas formas, esta tarde he recibido un mensaje de él, así que yo no me preocuparía —dijo en tono misterioso.

—¿Qué decía? —pregunté todavía algo indignada.

—Cuanto más conozco a los hombres, menos los quiero, si pudiese decir otro tanto de las mujeres me iría mucho mejor —Sasuke hizo una mueca.

¿Lord Byron? Yo reí. Muy propio de Naruto. Ambos primos y completamente distintos en lo demás. Naruto seguía siendo un chiquillo y Sasuke era un hombre, ahí radicaba la principal diferencia.

—Desde pequeño tuvo ese don. En la escuela infantil, todas las niñas querían jugar con él, sentarse a su lado, tocar sus rizos rubios, hasta que él un día se cansó —su voz sonaba evocadora.

—¿Qué hizo? —pregunté interesada en conocer algo de sus respectivas infancias.

—Salió al patio donde yo jugaba al fútbol con mis compañeros de clase. Yo soy un año mayor —aclaró—. Se plantó frente a mí, me sujetó por los hombros y me besó en la boca. Se volvió a toda su multitud de niñas de primaria y les informó convenientemente que yo era su novio y que se iba a casar conmigo, que más les valdría dejarlo en paz, porque yo tenía muy mal genio, y después las regañó a todas con el dedo.

Yo reí a carcajadas.

—¿Lo tenías? —pregunté.

—Sí, pero mi mal genio no iba dirigido a ninguna niña, sino a él. Le rompí la nariz de un puñetazo. ¿No has notado que la tiene ligeramente torcida? —rememoré el rostro de Naruto buscando imperfecciones, pero aunque estuviese rota, la torcedura era casi imperceptible—. Estuvimos varios meses sin dirigirnos la palabra. Los asuntos de faldas a esa edad también pueden ser muy complicados —sonrió mostrando toda la dentadura en una sonrisa franca y directa.

Yo sonreí a su vez.

—¿Es verdad que estuviste a punto de morir cuando nació tu hija? — preguntó cambiando bruscamente de tema.

Lo miré con extrañeza, no era algo que me gustase recordar y mucho menos comentar.

—Sí, es cierto. ¿Sabes eso que pregunta el médico de si hay que salvar a la madre o al bebé a quién prefieres? —expliqué algo molesta.

—Sí —respondió quedamente.

—Pues el médico se lo preguntó a Sasori, no sé lo que respondió, nunca me lo dijo. Lo único que sé con certeza es que si esa pregunta se la hicieran a las madres todas contestaríamos que salvaran a nuestros bebés.

—¿Qué ocurrió? —preguntó mirándome intensamente.

—No lo sé muy bien. El parto estaba siendo largo, pero lo normal. Recuerdo el cansancio agotador y el esfuerzo que suponía cada contracción sin poder recuperarme entre una y otra. En el tercer cambio de turno, la matrona se acercó a comprobar mi estado y vio que estaba sangrando y que el corazón de Akane no respondía. Cuando desperté dos días después, estaba en la UCI. No pude ver nacer a mi hija —murmuré con tristeza, en realidad aquello era lo que más me apenaba.

—¿Puedes tener más hijos entonces? —su pregunta me extrañó.

—Claro, bueno, dijeron que no había ningún problema, solo que en el próximo embarazo, que dudo exista, tendría que tener más cuidado y llevar un control médico estricto, ¿por qué? —inquirí.

—Por nada, solo ha sido una pregunta —contestó esquivo. O mucho me equivocaba yo o Sasuke Uchiha no hablaba nunca por hablar.

—Por cierto, muchas gracias por sacarme del embrollo esta tarde. ¿No tendrás problemas? Porque sabes que has cometido perjurio, ¿no? —aduje mirándolo a la cara que las luces del crepúsculo rodeaban de sombras. No tenía sentido continuar una conversación sin futuro.

—No hay de qué. No tendré problemas. Además, te lo debía —sonrió.

—¿Por qué me lo debías?

—Porque creíste en mí sin conocer la historia. Eso es algo que pocas personas hacen. Por eso pienso que no debes culparte por lo que ha sucedido esta tarde con esa mujer —evitó nombrarla—, ni con mi primo el tarambana, porque eres una mujer sorprendente, Sakura, aunque a veces poco cabal —cabeceó divertido.

—Gracias —respondí algo azorada. Sin entender por qué todo el mundo se empeñaba en calificarme de sorprendente cuando era realmente normal, tirando a mustia.

—Creo que deberías quedarte y terminar lo que viniste a hacer aquí, porque estoy seguro de que algo hay, aunque no lo hayas dicho todavía —todavía me sorprendía la facilidad que tenía para adivinarme el pensamiento. Era como si para cada frase que comenzaba yo, él ya tuviera el final preparado. Como con Matsuri, tal vez en otra vida fuimos amantes, amigos o hermanos. Nunca lo sabría.

—¿Te vas el domingo? —pregunté. Deseaba que se quedara más tiempo.

—No, me voy el sábado. Tengo un viaje preparado, a Brasil. Estaré fuera dos semanas —respondió.

Mi ánimo cayó al fondo del lago, haciéndole compañía a Nessie.

—¿De vacaciones con Samui? —inquirí temerosa de la respuesta.

—¿Samui? —él me miró como si fuese la primera vez que oía ese nombre—. No, es un viaje de trabajo —contestó extrañado.

Yo ya me empezaba a imaginar a mulatas en tanga en una playa bailando samba y la imagen no me gustaba nada pero nada.

—¿Solías traer a chicas aquí cuando eras joven? —pregunté con la lengua demasiado suelta debido al whisky.

—Bueno, creo que todavía soy joven, ¿no? —me miró fijamente.

—Sí, claro, pero me refería a, bueno, ya sabes... aquí no hay muchos sitios donde intimar —mi tono se fue apagando y mis mejillas enrojeciendo.

Él rio al ver mi turbación.

—Tenía un viejo Vauxhall, bastante cómodo para ciertas cuestiones... Tú eres la única a la que le he mostrado este sitio. Hasta ahora era solo mío, venía aquí a pensar a menudo, hasta que ocurrió lo de esa mujer, entonces dejé de venir. El otro día me acordé de que existía y decidí mostrártelo —su mirada se había perdido en las aguas del lago, haciendo que sus ojos se oscurecieran como en una tormenta. Creí que había removido algo que resultaba incómodo para él. Así que levantándome, dije:

—Será mejor que nos vayamos, hace ya bastante frío.

—¿Sí? No lo había notado, la verdad es que la temperatura está siendo más alta que otros años —su gesto volvía a ser el de siempre.

Caminé algo entumecida y él me ayudó a subir sujetándome del brazo. Era cierto, yo estaba congelada. Sin embargo, su cuerpo emitía un calor agradable y un aroma ya difuminado a cítricos y madera de sándalo, combinado con el dulce olor del whisky.

Esa misma noche, y como ya empezaba a resultar familiar en las Highlands, todo el mundo conocía la historia. Incluso había llegado a oídos de mis caseros, que me sometieron a un interrogatorio en tercer grado.

Les conté la versión oficial, no la real, a la que Hiruzen respondió cabeceando y por supuesto sin creerse una palabra y su mujer con discretos grititos de entusiasmo. Se la notaba ansiosa por coger el teléfono e informar a sus amistades. Empezaba a cogerles cariño, como a unos tíos lejanos que de repente reaparecen en tu vida, como si nunca se hubieran ido.

Aquella noche dormí tranquila, agotada por los acontecimientos, pero en paz. La diatriba y el discurso exaltado de mi madre habían calado fondo dentro de mí. Yo la conocía lo suficiente como para saber que me estaba dando el empuje necesario para seguir en Escocia. Con su enfado demostró que me quería y que ella deseaba que luchara por lo que yo había decidido. Y Sasuke, como siempre había estado ahí, sin flaquear un momento, ofreciéndome todo su apoyo, apenas sin conocerme, y, sin embargo, confiando plenamente en mí.

Tuve una noche de paz y descanso que realmente necesitaba. No duró demasiado, al día siguiente la cruda realidad me golpeó en forma de llamada telefónica.

—Dígame —contesté. Era un número desconocido, demasiado largo para pertenecer a un particular, provenía de una centralita.

—Sakura, buenos días, soy Shizune, del banco.

—Buenos días, Shizune, dime —exclamé algo extrañada. Conocía a Shizune desde nuestros años de estudiante, ella se decidió por ciencias y allí se separaron nuestros caminos. Cuando Sasori y yo solicitamos la hipoteca al banco, se volvieron a unir. Ella era nuestra gestora.

—Verás, es un tema delicado, pero como sabes estamos teniendo problemas con varios impagos. No debería avisarte, pero como nos conocemos desde siempre, me he visto en el deber de hacerlo —replicó.

—¿Qué ocurre, Shizune? —mi tono era más de sorpresa que de preocupación.

—Tenéis la cuenta en números rojos. Hoy ha llegado un recibo del Ayuntamiento y lo hemos devuelto. Te aviso porque la semana que viene pasamos la cuota hipotecaria y si no ingresáis dinero, se devolverá. Ya sabes cómo está el tema, no tengo que explicártelo. Más de dos cuotas devueltas y desviamos el tema al Departamento Jurídico. No quisiera que perdierais la vivienda por un descuido —explicó. Se la notaba algo violentada por las aclaraciones ofrecidas.

—Tiene que haber un error. Cuando me fui hace tres semanas había más de seis mil euros en la cuenta. ¿Puedes comprobarlo otra vez? —ahora sí que estaba empezando a preocuparme.

—¿Estás de vacaciones? No lo sabía. Perdona la molestia, entonces. Sí es cierto, había seis mil trescientos cuarenta y siete euros a fecha de uno de junio, pero se han ido sacando varias cantidades de unos seiscientos euros más o menos cada una y hace tres días cuatro mil quinientos, aquí en caja. Ahora tenéis un saldo a nuestro favor de quince euros con diecisiete céntimos.

—¿¡Qué!? —grité por teléfono—. ¿Quién ha sacado ese dinero? Solo Sasori y yo tenemos autorización. ¿No nos habrán robado? —pregunté con esperanza.

—No, Sakura, es Sasori quién ha sacado el dinero. Por eso quería avisarte a ti. Tal vez él no se ha dado cuenta que en esa cuenta está domiciliada la hipoteca —respondió Shizune.

—Está bien, gracias. Lo solucionaré lo antes posible. Gracias otra vez.

¿Qué estaba pasando? Ese dinero constituía toda nuestra fortuna, que era bastante poca, pero por lo menos íbamos tirando. Tecleé furiosa el número de Sasori. A esas horas estaría trabajando, pero más le valía contestar o llamaría hasta a la mismísima madre que lo parió si fuera necesario.

—Sakura, cielo, ¿qué tal estás? —su tono tan cariñoso me hizo desconfiar de inmediato.

—Bien y creo que tú mejor que bien —contesté secamente.

—Vaya, veo que no te has levantado con el pie derecho —bromeó él.

—No, de hecho me he hincado de narices en el suelo. Esta mañana ha llamado Shizune, del banco, diciéndome que tenemos la cuenta en números rojos. ¿Me lo puedes explicar? —mi tono se volvía cada vez más furioso y agresivo.

—Ah, eso —fue su lacónica respuesta.

—Sí, eso. ¿Sabes que nos van a devolver el recibo de la hipoteca? ¿Tienes idea de lo que eso significa? —Sasori jamás se había preocupado de esos temas, como tantos otros, que dejaba en mis manos.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Sasori, ¿sigues ahí?

—Sí.

—¡Pues contéstame!

Después de una pequeña vacilación confesó.

—Es por mi hermana.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté preocupada. Cuando estás tan lejos de tu familia, puedes imaginarte cualquier cosa y nunca nada bueno.

—Por fin ha decidido sacarse el carné de conducir y como la he visto tan animada, me pidió dinero y se lo he dado.

La sangre me hervía en las venas.

—¿Qué? —volví a bramar. Su hermana jamás había hecho nada de provecho en su vida, salvo vivir a costa de su familia—. ¿Le has dado seis mil euros para que se saque el carné? —exclamé sin creérmelo del todo.

—Bueno, para eso y para que se comprara un coche, pero de segunda mano. La hemos visto tan ilusionada con esto que no queríamos que perdiera el entusiasmo —contestó con voz ruda.

—A ver si lo entiendo. Me dices que tu hermana, la que no ha terminado nada en su vida, la que empezó conmigo el curso de Secretariado Internacional y lo dejó en el último curso porque no le gustaba para cambiar a un Módulo de Informática, que dejó nada más empezar, que luego dijo que prefería esperar a acceder a la Universidad para mayores de veinticinco años para estudiar psicología y no llegó ni a aprobar el examen y que solo ha trabajado tres días en un supermercado de promocionista, que dejó también porque le aburría, ¿ahora quiere sacarse el carné de conducir? ¿¡Y le regalas un coche!? —pregunté enfadándome cada vez más.

—Pues sí, es mi hermana. ¿Qué querías que hiciera? Además, no todo el dinero ha sido para ella, yo también tengo mis gastos, ¿sabes? —su tono volvía a ser apaciguador.

—¿Y qué gastos tienes tú? ¿Salir de borrachera todas las noches? ¿Es eso? ¿Y tu querida hermana no puede pedirle el dinero a tus padres? Un poco más no creo que les importe, llevan casi treinta años dándole todo. Además, te recuerdo que no es solo tu dinero, sino también el mío y nadie me ha consultado —exploté gritando.

—Eh, eh, para el carro, que te aceleras. Lo que yo haga con mi dinero es cosa mía, que quede claro. Además cobraré la nómina antes de que llegue el recibo de la hipoteca —aclaró.

—Eso no es cierto. Si te preocuparas por algo más que por ti mismo sabrías que tu nómina se ingresa siempre el segundo o tercer día del mes siguiente al que cobras, así que no hay dinero para cubrir el recibo hipotecario. ¿Es que no te das cuenta que podemos perder la casa? —me estaba cansando de hablar contra una pared.

—Está bien, le diré que me devuelva algo y lo ingresaré esta misma semana, ¿vale? ¿Estás ya contenta? —preguntó irónicamente.

—No, no lo estoy, Sasori. En absoluto. Sigues siendo un calzonazos con tu familia y sigues sin entender que tu familia ahora somos Akane y yo. Nosotros no podemos cambiarnos de coche por ahorrar un poco y vas tú y le das todo lo que tenemos a la persona con menos cabeza que conozco —terminé con voz disgustada.

Ni siquiera me di cuenta que había colgado. Miré furiosa el teléfono. No quería tener que recurrir otra vez a mi madre y solo se me ocurría otra solución. Estaba segura que Sasori no iba a hacer absolutamente nada, para él la vida era algo que pasaba mientras esperabas la muerte y si en el camino podías divertirte, pues mejor. El dinero no tenía la mínima importancia, era algo completamente accesorio en su vida. Había empezado a trabajar muy joven, sin terminar la secundaria, y el hecho de tener siempre dinero en el bolsillo cuando el resto de sus amigos dependían de una paga semanal le había cambiado por completo el concepto de economía familiar que tenía el resto de la gente.

Furiosa, enfadada y acordándome hasta la octava reencarnación de mi querida cuñada llegué al pub esa tarde. Mi cara lo explicaba todo.

Me acerqué a Sasuke sin pasar antes a cambiarme, que me miró con un gesto de sorpresa y preocupación, pero no dijo nada.

Revolví mi bolso y saqué los cheques semanales todavía sin cobrar.

—¿Me puedes hacer un favor? —pedí entregándole los cheques.

—¿Qué necesitas?

Ni un por qué, ni un qué ocurre, simple y directo.

—Necesito que transfieras a este número de cuenta el dinero de mi sueldo lo antes posible, por favor. Yo aquí estoy tan perdida que no sabría ni dónde acudir.

De hecho no sabía ni dónde se encontraba el banco más cercano. Todavía gastaba de las reservas que me había llevado de España.

—¿Cuánto necesitas? —preguntó.

—Mil euros —dije, no llegaba ni con mucho a lo que había cobrado—. No he cobrado tanto, pero el resto me lo puedes descontar de mi sueldo —le sugerí.

—Claro, así que al final te quedas —sonrió.

—No tengo más remedio —fue mi seca respuesta.

Aquel día no conversamos mucho, se volvía a jugar otro partido de la Eurocopa, en cuartos. Inglaterra seguía sin estar eliminada y España se mantenía. El pub, después de haber estado cerrado prácticamente toda la tarde anterior, estaba a reventar. Solo salió un momento, subió y estuvo cerca de media hora en su domicilio. Cuando bajó seguía hablando por teléfono.

—Todo solucionado —me dijo mientras yo cargaba una bandeja de pintas de cerveza.

—Gracias, no sabes lo que significa para mí —cogí la bandeja y la llevé a la mesa de un grupo de alemanes.

Cuando llegó la hora de salida, me despedí y le dije que prefería irme andando. La noche era clara y estaba despejada, y la verdad era que necesitaba caminar y destensar los músculos y la mente, ya que seguía enfadada, muy enfadada con Sasori.

—De eso nada, te llevo yo —afirmó.

—Te lo agradezco, pero prefiero caminar —contesté con suavidad.

—No. Y no discutas. Después de lo que ocurrió ayer con esa mujer no voy a dejar que hagas el camino tú sola.

—Está bien —me rendí. No tenía ganas de discutir.

Hicimos el trayecto en un cómodo silencio. No había momentos de tensión, ni silencios incómodos entre dos frases. Simplemente cada uno iba perdido en sus pensamientos.

Cuando llegué a casa, al poco de irse Sasuke, recibí una alerta en mi teléfono, me informaban de que habían realizado un ingreso de tres mil euros en la cuenta. Estaba salvada, otra vez y por el mismo hombre.

—Gracias, me has vuelto a salvar —le escribí.

—No hay de qué. Es un placer —contestó.

Me acosté con una sonrisa en el rostro.

El día siguiente era el último que vería a Sasuke en varias semanas y estaba algo melancólica, el tiempo acompañaba, ya que había empezado a llover al amanecer y no parecía que fuera a parar.

Entré en el pub, lo saludé y fui a cambiarme. Enseguida me vi absorbida por la vorágine del ritmo del pub. Casi no tuve un momento de descanso. A hurtadillas observaba a Sasuke, queriendo fijar en mi mente cada rasgo y cada gesto para recordarlo en esas semanas. Me di cuenta de que lo iba a echar mucho de menos y eso que apenas lo conocía.

A media tarde entraron las hermanas Clarkson y pidieron su habitual taza de té con pastelitos de arándanos. Se lo serví y me instaron a que me sentara un rato a conversar con ellas. Con un gesto pedí permiso a Sasuke, que sonrió y puso los ojos en blanco, rindiéndose ante la evidencia.

—¿Qué tal estás, querida? —preguntó Donella.

—Bien ¿y ustedes? No han venido por aquí mucho la última semana.

—No, es porque yo he estado algo resfriada, nada serio, pero he preferido quedarme en casa, aunque creo que me he perdido muchas cosas interesantes, ¿no es así? —se dirigió a su hermana.

—Eso dicen —contestó ella mirándome a mí.

—Creo que la gente habla demasiado —apostillé con acritud.

—Sí, tienes razón, hablan demasiado, pero cuentan demasiado poco —rio ella.

—Miren, que ya las empiezo a conocer y sé por dónde van —les dije con un pequeño toque de reprimenda. Ambas emitieron risitas.

—¿Con Naruto chiquilla? Pero ¿en qué estabas pensando? —preguntó Caristìona.

—Probablemente en Sasuke... —exclamó su hermana.

—¿Y lo de Hotaru? Me da pena la pobre mujer, creo que ha venido de Aberdeen algo trastornada —sugirió Caristìona.

—Eso es cierto —corroboré yo.

—¿Es verdad que le rompiste la nariz? —inquirió directamente Donella. Me asombraba que con la edad se perdiera parte de la prudencia de la juventud. Era como si con la muerte cerca, llegara también la desinhibición.

—Hice una declaración jurada en la que afirmaba que eso no fue cierto —contesté. No podía dar más explicaciones. Aunque apreciara a aquellas señoras, eran unas demasiado chismosas y mi historial policial estaba en juego.

—Sí, claro y además tenías a Sasuke para ratificarlo —ambas compartieron una mirada sonriente.

En ese momento, hablando del rey de Roma, pasó el susodicho conversando tranquilamente con Neji, que salía del trabajo en el taller. Al pasar a nuestro lado sonrió. Yo le devolví la sonrisa.

Me giré hacia las dos damas, que se miraban de un modo muy significativo.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Un hombre muy sabio dijo una vez que no puedes enamorarte de dos hombres a la vez —murmuró en tono misterioso Donella.

—Yo no estoy enamorada de dos hombres, solo de mi marido —hasta para mí esa frase estaba empezando a sonar extraña.

—Ese hombre decía que no puedes enamorarte de dos hombres a la vez, porque si te enamoras del segundo es que no estabas enamorada del primero —declaró sentando cátedra.

Yo abrí la boca para replicar, la cerré de inmediato. No tenía nada que objetar.

—¿Quieres que te leamos los posos del té? —preguntaron cambiando de tema.

—La verdad es que esas cosas no me gustan demasiado —me excusé. Ellas me ignoraron.

—Nada hija, nada. Sasuke —llamó la mayor—, ¿nos puedes traer una taza de té?

—Ahora mismo, señora Clarkson —oí contestar a Sasuke.

Sintiéndome observada me bebí obedientemente el té, que cada vez me gustaba más, una mezcla entre el café y algún tipo de infusión. Terminé la taza y la deposité en el centro de la mesa.

Ambas la cogieron por turnos, chasqueando la lengua e intercambiando miradas de complicidad. Yo me estaba poniendo un poquito nerviosa.

—¿Y bien? —pregunté finalmente.

—Veo un gran amor querida, un amor que viene de lejos —pronunció Donella.

—¿De lejos, de España, o lejos en el tiempo?

—No está claro, lo que sí puedo decirte es que es profundo —vaya, me tranquilicé un poco, aunque sabía por experiencia que siempre empezaban regalándote los oídos.

—Pero también vemos un gran pesar, un dolor profundo y algo que se rompe definitivamente.

Yo me sobresalté.

—¿Pero el qué?

—Eso no lo dicen las hojas del té, querida, solo es té, tu vida la tienes que vivir tú—contestó la más joven.

—Gracias —dije levantándome—, han sido de mucha ayuda.

Probablemente esa noche tampoco dormiría.

Terminamos el turno y esperé a Sasuke al lado del coche fumándome un cigarro. Cuando llegó junto a mí parecía serio. Se pasó la mano por el pelo y suspiró.

—Será mejor que te tomes el fin de semana libre.

—¿Por qué? ¿He hecho algo mal? —pregunté.

—¿Crees que te daría un fin de semana libre si hubieras hecho algo mal? —preguntó él a su vez.

—No sé, últimamente ya no sé qué creer —dije.

—No, es que creo que deberías relajarte un poco, se te ve cansada y apagada. Quizá te venga bien hacer algo de turismo, conocer la zona.

—No, gracias —contesté—, ya tuve suficiente con las vacas.

Él sonrió.

—Puedes ir a Inverness, es una ciudad muy bonita de día —hizo una clara referencia a mi noche loca de la semana pasada.

—Está bien, lo haré. La verdad es que sí que estoy algo cansada —dije ocultando un bostezo con la mano.

Cuando llegamos a casa, volvió a hablar.

—Ya sabes que voy a estar fuera unas semanas, pero si necesitas algo, o si esa mujer vuelve a molestarte, llámame. De todas formas ya he puesto al tanto a Naruto y a Temari, ¿de acuerdo?

—Claro, pero creo que me podré defender sola o, al menos, controlarme —respondí intentando grabar su rostro en mi mente.

—Sakura, permíteme que lo dude —sonrió.

—Buen viaje —dije abriendo la puerta del coche.

—Cuídate mucho, espero verte a mi vuelta.

—Yo también —afirmé con un suspiro cuando la puerta se hubo cerrado. Me quedé parada mientras él maniobraba y el motor rugía de vuelta a Drumnadrochit.