Belleza

Hay un lugar al que Percy quiere ir antes de que algo más pase: Montauk.

Acceden a que Nico los transporte a través de las sombras, porque no quieren perder tiempo en el viaje. El mareo posterior es más soportable cuando sabe que viajarán.

El sonido del mar provoca un efecto inmediato de alivio en Percy. El aire cálido y el olor a sal sirven como un paliativo a sus preocupaciones. Es una vista bellísima, cargada de nostalgia, de recuerdos felices, pero también algunos dolorosos, de no saber quién era.

El señor que les rentaba la cabaña a su madre y él cada año, antes de que sus veranos estuvieran ocupados por misiones para salvar el mundo, lo reconoce y acepta fiarle la cabaña un par de días. Tener un lugar techado y tranquilo para pensar y decidir qué sigue es ideal.

Sólo había olvidado un detalle: había sólo una cama. Como era bastante amplia, no importaba compartirla con su madre, pero no con los otros dos chicos. Aunque Nico es delgado y Leo bastante pequeño en estatura, seguían siendo tres, en una cama para dos.

—Hay un sillón —dice Percy—, dormiré yo ahí, ustedes tomen la cama.

Podría jurar que las orejas de Leo se tornan un matiz rojizo ante la sugerencia.

El corazón de Nico late más de lo que debería cuando ambos se meten a la cama. El espacio es suficiente, nota, para caber los tres, pero agradece que nadie haya sugerido tal cosa. Suficiente tiene con sentirse de esa manera respecto a Leo, como para encima compartir la cama con Percy, eso hubiera sido demasiado.

—¿Te puedo confesar algo? —dice Leo con voz baja, se acercó más a él, para no tener que hablar más fuerte. Nico asiente—. No te lo tomes a mal, porfavor, pero antes me dabas un poco de miedo, pero eres genial.

—Gracias, supongo.

El sillón es estrecho e incómodo Percy escucha que cuchichean y por un lado se alegra de que sean más cercanos, pero hay algo a lo que no sabe poner nombre, un anhelo de estar ahí, saber de que hablan.