¡Hola! Gracias por las lecturas. A partir de este capítulo la historia de fondo -el asunto de los campeonatos etc- se separa del manga, porque no quiero hacer spoilers a la gente que sólo ve el anime. Así que será una especie de AU intentando no separarse mucho de lo que "podría haber sido", pero todo lo que se mencione a partir del partido del Inarizaki es inventado. Cualquier coincidencia con el manga es pura coincidencia, pero no va a haber ningún spoiler intencionado.

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Capítulo 13.

Normas y oportunidades.

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Kageyama nunca bebía Cola Cao, prefería el té negro, y eso era como un poco de señor japonés antiguo, pero realmente no le importaba demasiado cuando le veía soplar con cuidado, con el gesto relajado que tenía en tan pocas ocasiones. Alguien le había enseñado a beberlo con propiedad, quizás alguna abuela. Hinata siempre que le veía hacerlo pensaba en preguntarle, preguntarle quién le mostró la forma de tomar té, pero nunca lo hacía, porque imaginarse las costuras, pequeñas y delicadas, sutiles, que habían ido convirtiendo a Kageyama en Kageyama era mucho más emocionante que oír un simple "idiota, todo el mundo sabe beber té".

—Entonces ¿qué quieres hacer?

Hinata parpadeó, regresando al mundo real. La cafetería estaba vacía, y habían escogido una mesa junto al cristal, así que veían la nieve a través de la ventana. Le hubiese gustado que fuese diciembre. Y que estuviesen en USA. En las películas era muy guay estar en USA en diciembre, aunque ninguno de los dos sabía nada de inglés, pero quién diablos se preocupa por eso si hay nieve, luces de colores, abetos gigantes y un Kageyama con las mejillas congeladas.

Entonces, ¿qué quiero hacer?

—Podríamos intentarlo —dijo, mirándole a los ojos.

—A ver, ¿no has oído lo que he dicho, idiota?

Por supuesto que lo había oído. Kageyama no hablaba demasiado, pero había encontrado la forma de decirle en tres frases los presagios más oscuros del mundo, que podían resumirse en "Nadie quiere a dos tíos juntos en un equipo de voley", y "Sería malo para el Karasuno" y también "No quiero tener pareja".

—Sí, pero yo quiero intentarlo.

—Atsumu estuvo a punto de quedarse fuera de la sub-19 por tirarse a un tío.

Hinata frunció el ceño.

—Pero tú sigues haciendo esas cosas con él.

—No es lo mismo, idiota. Nadie tiene que saberlo.

—Podríamos intentarlo en secreto —propuso, encogiéndose de hombros mientras bebía de su taza. El efecto del cacao caliente en los labios helados era algo parecido a tocar el cielo. Cuando terminó de beber, notó los ojos de Kageyama clavados en él con esa mirada asesina que ponía a veces.

—Además, no quiero salir con nadie.

—¿Por qué no?

—Porque no.

Hinata resopló, impacientándose.

—Dime un motivo.

—No me gustan esas mierdas de parejas.

Hinata parpadeó, confundido. Él no tenía mucha idea de tener pareja, pero su breve experiencia no había estado nada mal.

—¿Qué mierdas?

—Ir de la mano, y decirse gilipolleces y llamarse por nombres cursis.

Kageyama parecía haberse comido un bollo demasiado grande y estar atorado. Las palabras salían con dificultad, y Hinata no pudo evitar romper a reír tanto que por poco tira la taza de Cacao.

—¡Ah, Kageyama, eres un tarado!

—¿D-de que te ríes, idiota?

Se secó las lágrimas de los ojos, todavía con la sensación de risa en el estómago, y cogió la mano de Kageyama sobre la mesa. Él, sobresaltado, apartó la suya, mirándole.

—Dame la mano.

—¿Para qué?

—Solo dame la mano—. Frunciendo el ceño la extendió sobre la mesa. A Hinata no se le escapó la forma en que miró a todos lados para comprobar que nadie les viese. Sin embargo, el camarero estaba dentro de la cocina, y el bar desierto—. ¿Está tan mal?

Kageyama estaba sonrojado, sonrojado por lo que él hacía, y eso era muy guay, porque le daba una sensación de control que no tenía en muchos aspectos de su vida. Tener algún tipo de efecto sobre Kageyama era algo parecido a pasarse la última pantalla del videojuego más difícil del mundo.

—Mppf.

Rió, divertido. Kageyama no se rendiría tan fácilmente, así que le soltó.

—No te cogeré de la mano, ni te llamaré de forma cursi, ni de diré ninguna gilipollez.

Kageyama le miró con una ceja levantada. Todavía estaba un poco sonrojado.

—Siempre dices gilipolleces.

—¡No es cierto! — exclamó, torciendo el gesto— Y no me refiero a esa clase de gilipolleces. Hablo de las de amor y todo eso.

Se hizo un silencio largo entre ellos. Ni siquiera tenía claro qué entendía Kageyama por "esas gilipolleces", pero en cualquier caso siempre habría tiempo para descubrirlo.

—Pondremos normas —dijo entonces Kageyama, sacando una servilleta del servilletero y colocándola sobre la mesa. Después buscó en su bolsa hasta dar con un bolígrafo y se dispuso a escribir.

Hinata le miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Entonces lo intentaremos?

—Norma número uno —empezó Kageyama, escribiendo con su horrenda letra sobre aquel trozo de papel—. No contárselo a nadie. Norma número dos, no usar apodos estúpidos. Norma número tres, no decir gilipolleces de amor...

—¿Pero lo vamos a intentar en serio?

—...Norma número cuatro —Kageyama escribía rápido, pero era posible que nadie en el mundo entero entendiese qué estaba poniendo ahí, porque su letra era un maldito infierno e incluso Hinata podía distinguir faltas de ortografía—, no pasear de la mano.

Esa norma no le gustaba demasiado. Había paseado un poco de la mano con Takeru-san, y realmente no estaba nada mal. Era bonito.

—¿Por qué no?

Kageyama se llevó la punta del boli a la boca, como si buscase una explicación.

—No me gusta que me cojan de la mano.

—Ah. Vale.

—Norma número cinco, no compartir comida.

—Esa norma es estúpida —resopló Hinata, incorporándose levemente de la silla para ver bien qué estaba escribiendo. Más faltas de ortografía. Kageyama era un absoluto desastre para las letras, incluso peor que él—. Hemos compartido comida mil veces.

—No hemos compartido comida, tú la has robado de mí plato.

—Bueno, eso es compartir.

—Robar no es compartir.

—¿Cuántas normas más vas a poner, Bakayama? —preguntó, mirándole con el ceño fruncido. Como Hinata se había incorporado sobre la mesa, estaban de pronto peligrosamente juntos. Kageyama le cogió por el hombro y le empujó de vuelta a su silla— ¿Qué haces?

—Estás muy cerca.

—¿También vas a poner una norma que me impida acercarme? —preguntó, molesto, y más molesto aún cuando comprobó que el Colacao se le había quedado frío.

—No —dijo Kageyama sin mirarle. Pero siguió escribiendo—. Norma número seis, nada de regalos en San Valentín.

—¿Y eso por qué?

—Porque es una fiesta estúpida que no tiene nada que ver con Japón —contestó, mirándole con una ceja levantada.

—Eres un rancio— miró el papel con desconfianza. Ni siquiera sabía si estaba escribiendo esas cosas u otras mucho peores, y no tenía buena memoria de manera que lo más probable es que rompiese todas las normas sin darse cuenta y, maldita sea, empezaba a impacientarse— Yo también pondré normas.

Kageyama dejó de escribir y le miró con desconfianza.

—¿Qué normas?

—Escribe. Norma número siete, no se puede besar ni hacer eso con otras personas.

Se miraron durante unos segundos, en silencio, y Hinata notaba el corazón acelerado como si en cualquier momento se le fuese a salir por la boca. Kageyama abrió la boca y después la cerró, y agachó la cabeza sobre el papel para escribir. Escribió con su letra infernal la norma de Hinata.

—Antes entendí que te daba igual.

—No me da igual, Bakayama —dijo, irritado. Que no hubiese montado una escena en la maldita azotea no quería decir que no le importase. Obviamente no era tonto, ni era de piedra— ¿A ti no te molestaría?

—Supongo —dijo, sin mirarle. Hinata se preguntó qué habría pasado si fuese al contrario y él hubiese estado por ahí acostándose con gente mientras besaba a Kageyama. No, era mejor no darle vueltas a ese asunto. Bastante mierda tenía ya en la cabeza—. Norma número ocho, el volley es lo primero.

—Eso no hace falta ni que lo pongas.

—Lo pongo igual —dijo, sin dejar de escribir; entonces alzó la vista y le miró fijamente—. Si de alguna manera esto afecta al volley, se acabó.

Hinata asintió.

—Me parece bien. Ahora escribe, norma número nueve, es obligatorio contestar a los mensajes con más de una palabra.

—¿Qué mierda de norma es esa?

—Siempre contestas a mis mensajes con "sí" o "no" o el emoji ese del dedo.

—¿Y cómo quieres que conteste?

—Pues no sé, diciendo "me parece súper genial vernos mañana" o "no puedo ir, estoy cansado, pero me ha hecho mucha ilusión que lo pensases" o "qué guay esa foto, qué guapo sales, te queda bien el color verde".

Kageyama le miraba como si le acabase de dar un aire.

—No voy a decirte ninguna de esas cosas, ¿no recuerdas la maldita norma número tres? —preguntó, golpeando el papel con el boli.

—Eso no son gilipolleces de amor. Son frases normales de gente sociable.

—Pues no las voy a decir.

—Vale, pero no puedes contestar sólo "sí" o "no". Es mi norma. Ponla ahí, como has puesto todas las tuyas.

—Las mías tienen sentido.

—¡Ponla! —. Kageyama resopló y escribió con letra ilegible algo así como "no contestar sí o no". Hinata sonrió triunfante. Permanecieron un rato en silencio, como si ambos pensasen qué más podría faltar, pero ninguno añadió nada. Kageyama puso la tapa al bolígrafo y le miró a los ojos. Tal vez era la luz ténue de ese bar, o el frío, o que fuera ya era de noche y la noche a veces resalta la belleza, pero Hinata estaba seguro de que nunca había visto unos ojos tan parecidos al océano—. ¿Entonces somos novios?

Kageyama se sonrojó hasta las orejas.

—No me gusta esa palabra.

—¿Y qué somos?

—Pues tú y yo... —empezó, bajando la mirada hacia su taza vacía—... intentando algo.

—Sí suena mejor —dijo Hinata, sonriendo.

Kageyama levantó la mirada y le sonrió de una manera capaz de hacer caer montañas.

Era real.

Estaban saliendo.

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Dos meses y medio después.

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—Tenían que haberte dado una talla más, mira cómo llevas las mangas—. Kageyama asintió con la cabeza, un poco avergonzado, siendo consciente por primera vez de que las mangas de la chaqueta acababan un poco antes de su muñeca. La señora Hinata revoloteaba a su alrededor sin dejar de hablar y de moverse, colocándole bien el cuello de la chaqueta, y después diciendo algo sobre planchar las cosas de cierta manera.

Hinata soltó una carcajada con la boca llena de cereales, poniendo todo perdido.

—¡Oniichan, qué asco! —gritó Natsu, con una voz tan aguda que Kageyama pensó que dañaría sus tímpanos. Hinata cogió la servilleta e intentó remediar el estropicio, pero su madre le dio una colleja mientras le apartaba de la mesa.

—¡Shoyo, eres un desastre! —exclamó, agitando la cabeza—. Te dije que desayunases antes de vestirte, ¿te has manchado el chándal nuevo?

Sin darle tiempo a contestar, se acercó a él y empezó a examinarle, para terminar limpiándole un pegote de leche con un dedo lleno de saliva.

—¡Mamá! ¡Para!

—¡Estate quieto!

—Voy sacando las maletas a la puerta —dijo Kageyama, feliz de haber encontrado una excusa para huir de esa escena familiar. Su pequeña maleta de ruedas gris metalizado estaba ya en la puerta, así que se ocupó de las tres mochilas gigantes de Hinata, maldiciendo para sí qué narices llevaba en todos esos bultos.

Es una semana. Es una semana y lleva equipaje para los próximos diez años.

Miró por la ventana. Aún no había amanecido, y el taxi de la Ocean-Japan todavía no había aparecido. Eran las 6.23. Tal vez se hubiesen perdido en aquella maldita montaña llena de curvas y carreteras siniestras propias de una película de terror. Todavía no se explicaba cómo Hinata, que era un cagón incapaz de ver La purga sin tener pesadillas durante dos semanas, podía coger la bicicleta a diario para recorrer esos caminos. En todo caso, iban bien de tiempo. De allí al aeropuerto de Sendai habría una hora de viaje, y el vuelo salía a las 12.

El vuelo a New York no era directo. Tenía como un millón de escalas. Osaka, Kansai, Taiwán y, ya sí, New York. Seguía emocionado, obviamente era imposible no estarlo, pero la perspectiva del viaje eterno le deprimía un poco. Dos días viajando, siete días en USA, otros dos días de vuelta.

El director de estudios había permitido el viaje, aún con el aviso de que a la vuelta deberían dar clases extra para recuperar lo perdido, porque pocas veces se tenía una oportunidad como aquella. En verdad aún no se lo creía demasiado.

Tras su debut magistral en los nacionales, aunque no resultaron vencedores, su actuación fue lo bastante destacable como para que empezasen a sonar los teléfonos en los despachos de Takeda-sensei, de Ukai y del propio director del instituto Karasuno. Los de tercero tuvieron invitaciones para equipos universitarios de buen nombre, sobre todo Sawamura, que parecía sorprendido. Kageyama no lo estaba en absoluto. Era de los mejores jugadores defensivos que había visto, y aunque su posición no fuese de las más destacadas en la cancha, cualquier equipo querría tener a alguien con su solidez y su cabeza fría.

La sorpresa llegó con los de primero y segundo. Tanaka recibió una carta del Fukorodani proponiéndole entrenar con ellos los fines de semana y participar en uno de los campamentos especiales para rematadores que al parecer solían organizar. Kageyama no recordaba haber visto a nadie tan emocionado por algo en toda su vida. Los del Shiratorizawa parecían seguir interesados en Tsukishima, y le habían invitado a participar en las concentraciones que harían durante el mes de junio, una vez terminase el Interescolar de Miyagi. Además le enviaron dos cartas de equipos del Norte de Japón proponiéndole becas de estudios para cursar allí segundo y tercero. Todos aplaudieron, aunque él, como siempre, tenía esa cara de asco que a Kageyama le provocaba ganas de darle una patada.

Nishinoya recibió decenas de llamadas. Ukai le fue exponiendo una a una todas las propuestas, recordándole que a finales de abril empezaba el Interescolar y lo necesitaban de vuelta. Terminó aceptando una estancia en Moscú, quince días, con la sub-19 rusa, porque según él allí jugaba el mejor líbero del mundo, y podría aprender mucho. Además, los rusos le propusieron estudiar allí tercer año y creía que era una puerta que podría explorar, aunque no parecía muy entusiasmado por la idea de dejar Japón y a Shimizu-san. "No te preocupes, yo la cuidaré por los dos", había dicho un Tanaka visiblemente emocionado. "Lo sé, hermano. Sólo puedo confiar en ti", contestó Nishinoya entre lágrimas mientras se fundan en uno de esos abrazos que a veces se daban los tíos y que parecían más bien una paliza.

Kageyama estaba seguro de que la menos afectada de todos era Shimizu-san, pero prefirió guardar silencio.

A él y a Hinata les habían, literalmente, llovido las propuestas. Pero un poco más a él que a Hinata, y eso le hizo estar sonriendo con todos los dientes alrededor de tres días seguidos. "No perderé contra ti", fue lo primero que dijo. Pero el idiota de Hinata estaba tan emocionado que ni pensó en eso. Sólo dio saltos y brincos por todo el gimnasio gritando wooooa wooooo como un desquiciado hasta que Kageyama le dio una patada y le gritó "¡Contrólate de una vez, idiota!" y pudieron enterarse de las propuestas.

Eran muchísimas, y en las de ambos se incluía la sub-19 japonesa, aunque era para el campamento de verano. Antes había algo genial. Algo muy genial. Les convocaban como jugadores extranjeros invitados a la concentración de una semana de la Ocean de USA, el mejor equipo de New York y el que en los últimos años ganaba todos los campeonatos de Estados Unidos, que al parecer tenía una fundación en Japón, Ocean-Japan, para ojear posibles candidatos para el equipo americano una vez entrasen en la Universidad. Kageyama todavía no se explicaba en qué momento les había parecido que hacían algo tan espectacular como para enviarles los billetes pagados, un hotel pagado e incluso toda la documentación traducida a japonés.

Pero aceptaron sin dudarlo.

—En la carta dice que además de vosotros dos, están invitados Houshiumi-kun y Atsumu-kun.

Genial, pensó Kageyama. No es que sus relaciones con Atsumu hubiesen sido precisamente sencillas desde Tokio. Al contrario, eran lo más parecido a una novela dramática de lo que jamás se habría figurado que podría serlo su vida.

Incluyendo a la ex novia-prometida de Atsumu, llegada ex profeso de Tokio, aporreando la puerta de su casa a las dos de la mañana de un martes. Por suerte ninguno de sus padres estaba aquella semana.

—Hinata —dijo, mirando por la ventana—. El taxi está aquí.

Hinata tenía todo el pelo repeinado hacia un lado, porque su madre se había empeñado en que no podía ir con "esas pintas de salvaje" a un sitio tan serio como New York, y que por favor diese buena impresión, y que ojalá hubiese sido más aplicado en sus estudios para poder comunicarse en ingles, y que llamase cada día y a ser posible cada diez minutos para saber que seguía vivo y que ninguna mafia americana le había captado para el tráfico de órganos.

—Mamá, que me tengo que ir ya...

—Espera un momento, Shoyo —dijo su madre, aferrada a su cuello, llorando como si en vez de irse a un campamento de quince días se fuese a la guerra de Siria—. ¿Llevas tu cepillo de dientes? ¿Has metido bastantes pares de calzoncillos?

—¡Mamá!

—Nunca son suficientes calzoncillos cariño. ¿Metiste todos los que te dejé preparados?

—Sí...

—¿Y un pijama de manga larga por si hace frío?

—Mamá, es primavera.

—Pero no conoces el clima de esa ciudad. A lo mejor pasas frío por la noche. No quiero que te pongas enfermo.

—Estaré bien. Venga mamá, que el taxi está esper...

La señora Hinata le volvió a abrazar con fuerza, espachurrándole contra ella mientras Natsu se unía al abrazo saltando sobre ellos dos.

—¡Oniichan, traeme una muñeca de Frozen!

—Natsu-chan, la muñeca la puedes comprar aquí —dijo su madre, con tono serio.

—¡No, yo quiero la de allí! ¡La tiene una niña de mi clase y el pelo brilla en la oscuridad y es como wooooa y fiuuu y fuaaa!

Kageyama les miró, intentando distinguir algo en aquella maraña de cabezas pelirrojas.

—¡Te la traeré, pero suéltame ya, que perderé el taxi!

—Shoyo, ¡y no te juntes con extraños! —gritó su madre mientras Hinata conseguía alejarse de ella, con la cara tan roja que parecía a punto de cocerse. Kageyama le recibió con una sonrisa maligna.

—Escucha a tu madre —dijo, con su cara más siniestra. Hinata le dio un codazo, enfadado.

—¡Mamá, todos son extraños allí!

—Pues júntate solo con Tobio-kun —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza mientras cogía a su hija en brazos—. Tobio, ¿cuidarás de él, verdad?

—¡No necesito que éste me cuide!

—Por supuesto —dijo Kageyama, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. La madre de Hinata todavía tuvo tiempo bastante para lanzarse sobre Kageyama y abrazarle con una emoción extrema.

—Tú también cuídate mucho, Tobio-kun —dijo, repeinándole con efusividad—. Y ayuda a Shoyo con el inglés.

—¡Pero si Kageyama sacó un dos en el examen!

—Y tú un uno —le dijo su madre, mirándole con el ceño fruncido. Después se giró hacia Kageyama con un gesto tierno—. Y vigila que se duche, y que tome leche en el desayuno, y que se lave los dientes después de cada comida, y que no se quede hasta tarde viendo la tele, y que se cambie todos los días los calzonci...

—¡MAMÁ!

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—Vamos a morir, vamos a morir, vamos a morir.

—Cállate, idiota.

—Me callo. Pero vamos a morir.

Kageyama resopló, intentando concentrarse en la música que escuchaba, pero no podía si Hinata no se callaba nunca. Si aún tuviese los dos oídos con auriculares, pero ese idiota se había olvidado los suyos y estaban compartiendo los de Kageyama, así que por la oreja libre podía escuchar sus lamentos.

—Todos los días vuelan millones de personas —susurró, cerrando los ojos mientras sentía el traqueteo del avión deslizándose sobre la pista—. Es el medio de transporte más seg...

—No quiero morir.

—Hinata, cállate.

Hinata le dio un tirón del brazo y le obligó a mirarle. El auricular salió volando de la oreja de Kageyama y se estampó contra el suelo, y no podía agacharse a buscarlo porque la señal de "abróchense los cinturones" estaba encendida, e iban a despegar en cualquier momento, y quería asesinarle.

—Kageyama, dame un beso.

—¿Qué? No, suéltame.

Intentó soltarse de él, pero Hinata se aferraba a su manga como si no hubiese nada más en el mundo.

—Si vamos a morir por lo menos dame un beso.

—Que me dejes, joder.

No recordaba haber pasado tanta vergüenza en toda su vida. Sentía las mejillas encendidas, y las orejas, porque mierda, Hinata estaba hablando muy alto y con una voz demasiado aguda y el jodido pasaje estaba en silencio.

El avión aceleró.

—No quiero morir —empezó Hinata, agitando la cabeza. Aquel idiota estaba en pánico, como cuando le dio un saque contra el cogote. Si no lo controlaba pronto tal vez acabase gritando por el avión y obligándoles a una aterrizaje de emergencia, y saldrían en las noticias, y entonces tendría que matarlo realmente—. No quiero morir, no quiero morir. Kageyama, dame un beso, por favor, solo uno. Solo uno.

—La puta regla —susurró entre dientes, resignado a que no le soltase el brazo. Le estaba apretando tanto que le pondría la piel morada—. La puta regla número uno.

Pero Hinata no estaba en sus cabales. Lo veía en su cara. Tenía que haber hecho caso al imbécil de Tsukishima y haberle vaciado un somnífero en el Colacao cuando dio los primeros signos de entrar en barrena.

—Kageyama... Por favor, vamos a morir, ¿qué más te da?

—Que te digo que aquí no.

El avión despegó, y empezó a elevarse, y Hinata a hiperventilar apretándole todavía más el brazo.

—Kageyama, vamos a morir, por favor. Sólo uno.

—NO.

—Dale el puto beso a Shoyo o se lo doy yo.

Los dos se giraron al mismo tiempo.

Dos filas de asientos más atrás estaba sentado Atsumu, junto a Hoshiumi.

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Gracias por seguir mi historia.

¡Feliz Navidad!