"Estamos remontando el río. Lavina ha pensado en desobedecer y la maldición la ha atacado de inmediato."
"¿Está bien?"
"Se está recuperando. Pequeña Nutria logró lanzarle el conjuro de sueño a tiempo para que su mente no la traicionase y una curación."
"Si canalizáis magia, os arriesgáis a que un ástirax os detecte a esas alturas del río."
"Lo sabemos, pero Lavina habría muerto…"
"¿Y Dush?"
"No entendemos a ese maldito orco. Está motivado para cumplir la misión y se siente fastidiado de tener que matar a su ídolo. Está convencido de que va a cumplirla. Su mente funciona de otra manera."
"Parece que eso lo mantiene a salvo."
"Sí. El mayor problema es que no podemos sumirlo en un sueño mágicamente, es prácticamente inmune a la magia de Pequeña Nutria a menos que coopere... y cualquier intento de desviarlo de su misión le hace volverse agresivo contra nosotros. Podemos engañar a Dush… pero no anularlo. Podemos anular a Lavina… pero no engañarla. Así que voy a necesitar una coartada creíble para engañarlos a ambos. Debo hacerle creer a lavina que caminamos al encuentro de su objetivo o no sobrevivirá."
"Contactaré con las tropas en el frente de fuego y os daré una opción."
"Gracias."
"Hay algo más. Podemos ver en la lejanía la… ¿catapulta? No es una catapulta, es un brazo muy largo. Lo están transportando a lo largo de los márgenes del río. Sospecho que funcionará como una onda gigante y su alcance va a ser tremendo. Dean, si eso llega al frente y empieza a disparar fuego contra vuestras líneas…"
"Lo sabemos. Pero todos nuestros intentos de acercarnos para aprender cómo va a funcionar y cómo sabotearlo, han fracasado. Tiene una guardia muy cerrada alrededor."
"Yo me encargo."
Eri respiró hondo y volvió su atención hacia lo que sucedía dentro de la cabina. Robert, el esclavo de los grilletes, estaba limpiando suavemente con una tela húmeda los restos de sangre del cuello de Lavina. Había insistido en ayudar a Pequeña Nutria a cuidar de ella. Era un tipo silencioso, fornido y con una ira difícilmente contenida. Pero había delicadeza en sus manos cuando tocaba ciertas cosas y por cómo actuaba alrededor de Lavina se veía el respeto que sentía por ella.
Erisad se llevó los dedos al puente de la nariz. Tenía un leve dolor de cabeza. Todas las tácticas solía hacerlas Lavina, ella no era la más adecuada… Pero fue hacia quien se volvieron cuando Lavina cayó golpeada por la maldición. Su error: plantear encargarse primero de poner a salvo a los humanos que transportaban.
Pequeña Nutria miró fijamente a Erisad.
– Muy bien, ¿cuál es el plan?
– Todavía no sé cuál es la ruta más adecuada. Esperaré a que me den información antes de decidir. Eso sucederá en unas horas. De mientras, intentemos averiguar todo lo que podamos sobre la catapulta.
– ¿Tienes idea sobre cómo acercarte sin levantar sospechas? Hay todo un ejército alrededor.
– Sí, pero voy a necesitar vuestra colaboración para que el engaño surta efecto. Peq, ¿te ves capaz de hacer embarrancar esta barcaza moviendo el agua?
El gnomo asintió.
– Probablemente.
– Échale la culpa a las anguilas gigantes. Nada de magia a partir de ahora, absolutamente nada. En cuanto a vosotros – Erisad alzó la mirada hacia Robert, Jasper y Otto – necesitaré que todos los pasajeros hagáis vuestro papel.
– ¿Cuál papel será ese? – preguntó Jasper.
– El de esclavos sumisos. Creo que lo habéis practicado un poco – bromeó.
Robert alzó la mirada hacia Erisad y sonrió muy brevemente. Alzó las muñecas para mostrar sus grilletes trampeados. Con la ayuda de Erisad habían modificado el mecanismo para poder soltarlos y cerrarlos de nuevo. Eran un buen disfraz y una buena arma.
– Podéis golpearme para hacer vuestro papel creíble, señora.
Erisad asintió.
– Gracias, Robert. Pero trataré de evitarlo.
Otto pareció entusiasmado.
– ¿Y cuándo atacaremos?
Erisad negó.
– No. Mi objetivo es conseguir información y salir. No quiero poneros en peligro. Pasaremos la información a otros que puedan sabotear la catapulta.
Otto resopló irritado.
– ¿Por qué? ¡Ahora estamos nosotros aquí! ¿Vamos a dejar en sus manos esa arma? Deberíamos destruirla.
– Otto, no es tan fácil.
– ¡Podemos prenderle fuego y ya está! – exclamó.
Erisad negó.
– Es arriesgado. Os pondría en peligro…
Robert gruñó levemente.
– Con todo el respeto, señora, ya estamos en peligro. Es muy probable que no vivamos. Si puedo elegir, prefiero morir llevándome por delante esa cosa de destrucción.
Erisad entendía por qué mandaban aquellos esclavos hacia una muerte casi segura. La mitad de ellos eran problemáticos, no habían logrado romperles y la rabia y el ansia de venganza les podía. La otra mitad eran ancianos y tullidos, algo de lo que deshacerse.
Una voz rasposa pero enérgica les habló desde el suelo.
– ¿Estáis planeando destruir algo sin mí?
Todos bajaron la mirada hacia Lavina. Había recobrado la conciencia. Pequeña Nutria se acercó a ella.
– ¿Cómo te encuentras?
– Como si una bestia marina me hubiese masticado y escupido. Habladme sobre esa catapulta…¿Qué sabemos de ella?
– Todavía nada – respondió Erisad–. Pero espero poder averiguar algo en unas horas.
– Entonces no pongas el carro delante del caballo, Eri. Trae la información y después decidimos si atacamos o nos retiramos.
Otto sonrió y la llama de la vela ardió un poco más alta.
Atardecía. El sol se estaba poniendo al oeste. Las columnas de humo marcaban de sucio el cielo en la lejanía. El frente de fuego ardía de nuevo.
Maulgrim llevaba horas parada, la carretera acababa justo ante las rueda de su plataforma. El ejército mercenario que la protegía se había posicionado alrededor, vigilando atentos. Los legados invocaban de nuevo en uno de sus rituales.
Se habían alineado frente a Maulgrim. En mitad del círculo de invocación, el cadáver del esclavo que habían sacrificado se desangraba sobre la tierra. Uno de los legados, un joven pelirrojo con una barbita rala, se volvió hacia otro túnica negra en pie sobre la plataforma. El líder realizó un asentimiento y los legados llamaron al poder impío de su dios.
El suelo tembló, las piedras se alzaron desde sus entrañas, surgiendo a través del barro y generaron una superficie irregular. Unos minutos más tarde, una veintena de metros de roca se extendía ante Maulgrim. Retiraron el cadáver del esclavo que habían sacrificado y lo arrojaron a un lado del camino.
El legado que había observado la maniobra desde su plataforma, saltó a ese nuevo suelo y caminó sobre la superficie con gesto evaluativo. Asintió.
– Niveladla.
Los esclavos se lanzaron a obedecer. Habían visto morir a uno de ellos. Era un sistema motivacional muy bueno, el que peor trabajaba sería el siguiente en morir. De esa manera competían entre ellos para ser efectivos.
La carretera que Auros y sus legados estaban construyendo para Maulgrim se había convertido en el camino principal que utilizaban las tropas y para transporte de provisiones… y le fastidiaba.
Otros se beneficiaban de su gasto en esclavos y poder. Al menos sacaban los tablones con que lo nivelaban cada vez, pero seguía siendo una mierda. Debería encontrar la manera de borrar la carretera tras ellos sin que le acusasen de traición.
Auros observó la catapulta*. Era magnífica, una monstruosidad, su brazo un árbol entero de madera de hielo. Resultaba tan pesada para ese terreno legamoso que habían tenido que aligerarla. Los cordajes, las piezas del contrapeso y la brea para la munición viajaban tras ella.
Auros miró hacia los humos del frente de fuego y dejó escapar una risa irónica. En cuanto Maulgrim llegase les iba a demostrar cómo se hacía una guerra en realidad. Aquella magnífica máquina sería el martillo. Las tropas de los legados se convertirían en el yunque. Iban a acabar con el frente élfico con el poder que les otorgaba su dios y la tecnología de guerra que habían creado. Algo que los orcos jamás poseerían. Era hora de mostrar quiénes eran los elegidos de Izrador.
Una barcaza gnoma los adelantó lentamente remontando el río. Transportaba esclavos, sentados en la cubierta, con la mirada baja. La figura en pie, junto a ellos, resaltaba. Se trataba de una esbelta mujer que vestía la túnica negra. Parecía joven pero, al estar de espaldas a él, Auros no podía asegurarlo. El traje de la legado, ajustado a sus formas como una segunda piel, se plegaba alrededor de sus curvas suavemente y Auros bajó casi de inmediato la mirada hacia sus caderas. La larga cabellera oscura y sedosa de la mujer caía por debajo de su esbelta cintura. Las puntas de sus cabellos rozaban sus deliciosas redondeces, como si se estirasen hacia ellas tratando de acariciarlas.
La figura se volvió despacio, como si pudiese sentir su escrutinio, y un hermoso rostro moreno le devolvió la mirada. Era joven, casi una muchacha pero, sobre la pechera de la túnica, brillaban ostentosos cuatro cierres de ámbar rojo. Una legado de Theros Obsidia…
Cruzaron la mirada por un largo momento y los labios de ella se tensaron al borde de una sonrisa. Pero, súbitamente, la mujer desvió la mirada y se volvió, evitándole.
La balsa siguió adelante con ella a bordo y él se recreó la vista un poco más en aquellas deliciosas curvas. Aquellas eran unas caderas dignas de ser tomadas. Puta mierda sagrada, necesitaba encontrar una buena puta, nada de esas esclavas atemorizadas y presurosas con las que desahogarse… Alguien que se tomase su tiempo, con experiencia. Hacía eones que no disfrutaba de una mujer como tocaba. Desde Eisin…
Volvió la atención a la catapulta y las maniobras. Ahora había que desmontar parte del recorrido, volver a lanzar el hechizo y después…
Un grito de advertencia desde el río le hizo volverse hacia la barcaza de nuevo, que ya se había alejado varias decenas de metros. Algo extraño ocurría. Bajo su casco, el agua se agitaba y la barcaza dio un bandazo, como si algo la empujase. Todo sobre la cubierta se desplazó violentamente y los esclavos gritaron atemorizados. La Legado se aferró a uno de los sacos para mantener el equilibrio sobre la cubierta que se ladeaba.
– ¿Qué está ocurriendo? – la oyó preguntar.
El gnomo que estaba asomado por la borda, inclinado hacia el agua, se volvió hacia ella un momento y respondió.
– Una anguila de río gigante, señora. Agarraos.
¿Anguilas gigantes a esas alturas del río?
Auros observó a su ástirax, un halcón, posado sobre su hombro. No había detectado ninguna magia. Ese movimiento de agua había sido natural. Extraño, pero natural.
Tras dos bandazos más, la barcaza embarrancó con un crujido y un arrastrar de grava. La Legado se enderezó sobre la inclinada cubierta. Observó la orilla, observó el cargamento de temerosos esclavos abrazándose unos a otros y lanzó varias palabrotas.
El gnomo la miró nervioso.
– Lo sentimos mucho señora. No suelen atacar a estas alturas del río. Comprobaremos que no haya daños, pero tendremos que aligerar para desembarrancar. Nos llevará algo de tiempo.
Auros observó la escena interesado. Los esclavos a bordo de aquella balsa tenían la cara convenientemente marcada a fuego. Eran reales.
La legado caminó airada hacia el gnomo y le dio una patada a uno de los esclavos en mitad de su camino, era fornido y el único que llevaba grilletes.
– ¡Apártate de mi camino!
Él agachó la mirada y se apresuró a quitarse de en medio. Parecía que esa mujer sabía cómo mantener la disciplina. Y parecía que la suerte decidía regalarle algo ese día.
Auros le hizo una señal a su ayudante y el legado pelirrojo se acercó a él apresuradamente.
– Ve a ofrecerles nuestra asistencia.
– Sí, señor.
A bordo de la embarrancada barcaza, Pequeña Nutria realizó una corta inclinación de cabeza ante Yemala.
– Nos llevará un tiempo desembarrancar, señora. Este terreno es limo, en su mayoría.
Ella resopló con frustración.
– ¿Y a qué estáis esperando? Quiero salir de aquí cuanto antes.
Pequeña Nutria desvió la mirada hacia la orilla tras Yemala. Un flaco legado pelirrojo se acercaba a la barcaza. Era un tipo joven, todo rodillas, huesos y torpeza, por cómo tropezó y trastabilló al bajar el terraplén hacia el río. Se enderezó, alisó su túnica y carraspeó antes de hablar.
– Señora, me envía el señor Auros para ofreceros su asistencia.
El disfraz de Yemala cayó por un momento cuando sonrió a Pequeña Nutria con un gesto de triunfo. Recuperó el gesto de altivez antes de volverse hacia el pelirrojo y lo observó fríamente.
– ¿Qué le hace pensar al señor Auros que necesito asistencia?
El pelirrojo tartamudeó un par de veces y Yemala decidió darle tregua.
– Mejor será que me lo cuente él en persona. ¡Guíame! Y, mientras tanto, poned a flote esto.
ANOTACIONES
Maulgrim es un trebuchet. Pero es el primero que se fabrica en ese mundo y no saben cómo llamarlo, así que muchas veces usan la palabra "catapulta" para referirse a ella.
