CAPITULO 13
Deberían dejar de hacerle eso si no querían que muriese de un susto.
La mirada de Albert se clavó en ella con tal intensidad que la hizo sentir vulnerable, algo que solo le provocaba él y que hacía que sus mejillas se ruborizaran de una forma poco discreta.
—Deberías estar descansando. No debes hacer excesos —continuó Albert con el entrecejo fruncido.
Candy volvió la vista a Bribón, que seguía requiriendo su atención.
—Estoy bien, te lo aseguro. Y tenía que salir de esa casa. Me iba a volver loca —Candy tragó saliva antes de decir las siguientes palabras—. No pude agradecerte lo que hiciste por mí. Así que gracias.
Albert esbozó una sonrisa, que esta vez sí llegó a sus ojos.
—Te ha costado decirlo, ¿verdad? —le dijo, más afirmando que preguntando.
Candy le miró y sonrió también.
—No sabes cuánto. Ha dolido.
La carcajada de Albert resonó en sus oídos. Ese sonido… Se le quedó mirando fijamente antes de intentar tragar el nudo que se había formado en su garganta. Aquella escena se parecía tanto a las que habían compartido mucho tiempo atrás, que por unos instantes pensó que todo lo que había pasado entre ellos había sido un mal sueño.
Candy tosió un poco antes de romper el incómodo silencio que se había instalado entre los dos después de su risa. Albert la seguía mirando con esa intensidad tan propia de él, como si estuviese intentado leer en ella. Y era tan condenadamente bueno haciendo eso que pocos podían resistírsele antes de soltar la lengua sin entender después siquiera cómo había ocurrido.
—Patty me ha estado contando que ayer tuvo mucho trabajo con el entrenamiento que hicisteis. Parece ser que más que rebajar tensiones las llevó a límites insospechados —dijo Candy cambiando de tema. Quería hablar de lo que fuera, pero que no tuviese que ver con ella. Necesitaba alejar el interés de su persona.
Albert se relajó apoyándose en una de las vigas de madera que sostenían la estructura del establo.
Los ojos le brillaron con cierta diversión. Sabía que no le había engañado, pero Albert le siguió la corriente y le concedió unos momentos de tregua.
—Si, algunos salieron bastante perjudicados. Tengo que admitir que, en cierto sentido, fue satisfactorio.
Candy sonrió con picardía.
—Imagino que esa gratificación se traduce en ciertos daños personales a determinados Highlanders cuyas personalidades no parecen ser muy apreciadas por aquí.
A Albert siempre le había gustado la perspicacia de Candy y su inteligencia. El hecho de que pareciera conocerle mejor que nadie era algo que todavía le sorprendía.
—Digamos que McDonall y Daroch fueron los más perjudicados. Daroch ha estado esta mañana más callado de lo normal, cosa que todos hemos agradecido.
—¿Entonces no ha dicho: ¿ehhh, ummmm? —preguntó Candy intentando imitar la cara de enojo de Daroch.
Albert volvió a reírse con ganas, y Candy se sorprendió uniéndose a él.
Cuando ambos volvieron a caer en el silencio, Candy se sintió más perturbada que cuando empezaron a hablar. La presencia de Albert conseguía debilitar sus defensas como nada más lo hacía.
—Anoche vi llegar a Elisa. No sabía que iba a venir —soltó Albert de repente, queriendo a todas luces observar su reacción. No iba a decirle a Candy que él sabía con antelación quiénes iban a ser todos los asistentes, aunque a esas alturas ya dudaba de que Elisa acudiese.
—¿Hablaste con ella? —preguntó Candy intentado sonar lo más calmada posible. Había sido una pregunta estúpida, pero no había podido evitar hacerla. Lo que Elisa había creído sentir por Albert en secreto había sido uno de los motivos que la llevaron a traicionarla.
Los ojos de Albert adquirieron una dureza que minutos antes no tenían.
—No, sabes que nunca fue una de mis personas favoritas. ¿Sabías que iba a venir? —le preguntó a su vez escrutando sus gestos como si quisiese determinar algo en base a su respuesta.
Candy tomó aire antes de hablar. El tema de Elisa era algo que no quería tocar con Albert.
—No. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella.
Candy obvió decir cuánto tiempo. Exactamente tres años y siete meses. Y maldita sea, por ella podía haberse ahorrado la última comunicación, aquellas palabras escritas que le habían causado tanto dolor.
Su padre había sido siempre un hombre violento y egoísta, pero había querido que sus hijas, las dos, aprendieran a leer y escribir. Algo inaudito en aquella época donde solo unos pocos sabían de ambos. Ni qué decir de una mujer. Pero su padre siempre había sido un calculador nato y esa era un arma que quería utilizar en su beneficio a través de sus hijas. Eso fue lo que esgrimió Elisa para convencer a Albert de que el supuesto pergamino que había escrito ella era en realidad de Candy. Ella y Elisa tenían prácticamente la misma letra. Habían sido educadas en ese sentido por el mismo sacerdote.
—Pensaba que estabais unidas. De hecho, le confiaste a ella cosas importantes, ¿no es verdad?
Albert miró a Candy y vio cómo ésta palidecía. No había planeado sacar este tema, y menos en aquel instante, pero ese era tan buen momento como otro cualquiera, y allí estaban solos. Se había dicho una y otra vez que ya no tenía razón de ser el desear una explicación por parte de ella. Que lo que había sido una necesidad en su día, ahora era simple curiosidad, una forma de terminar con aquello de una vez y enterrarlo por fin, del todo.
—Albert..., no creo que hablar de esto nos haga bien a ninguno de los dos —dijo Candy con un tono de voz que rogaba porque pareciese calmado y distante.
Albert frunció el entrecejo y una chispa de ironía pasó por su mirada como la llama antes de convertirse en una hoguera.
—Habla por ti, a mí me gustaría aclarar esto, ya que en su día saliste corriendo antes de poder darme alguna explicación.
Candy sintió que su estómago se contraía. Una cosa era que el tiempo hubiese cubierto las heridas, que ya no doliese tanto y otra que tuviese que volver a abrirlas delante de él, para hurgar dentro de ellas.
—No tuve elección —dijo Candy mirándolo fijamente, intentando que en entre esas palabras, en sus ojos, viese la veracidad de las mismas.
Albert endureció su mirada, que adquirió la frialdad del hielo.
—Vamos, Candy..., tú puedes hacerlo mejor. Había esperado algún tipo de explicación rebuscada y absurda que te exculpara o que fueses sincera por una vez y me dijeras que hiciste lo que quisiste sin importarte lo que dejabas atrás. ¿Que no tuviste elección? Venga, Candy. Siempre hay elección —dijo Albert soltando las últimas palabras con la fuerza de un martillo.
—Es absurdo. No vas a creer nada de lo que te diga —le contestó Candy con intención de irse.
Albert se movió más rápido y colocándose delante de ella le impidió el paso.
—Inténtalo —exclamó con un destello de ira en los ojos.
Candy lo miró, desesperada por alejarse de allí.
—¿Para qué, Albert? ¿Cambiaría algo? ¿El hecho de que me odies quizá?
Una sonrisa peligrosa asomó a los labios de Albert mientras su mirada dura e inexorable seguía fija en ella.
—El odio es una emoción demasiado fuerte para poder sentirla contra ti. Hay que amar mucho para poder odiar. Yo solo quiero una explicación. No me gusta que insulten mi inteligencia.
Candy intentó disimular el dolor que le habían provocado las palabras de Albert. «Hay que amar para poder odiar». Quizá la que había estado engañada todos estos años había sido ella y todo el dolor y el sufrimiento habían sido en balde. Se tragó el nudo que había en su garganta y el desgarro que se iniciaba en su pecho y terminaba en su estómago.
—Creo que lo mejor es dejar las cosas tranquilas. Es el pasado, y nada de lo que digamos ahora puede hacer sentirnos mejor —contestó Candy con toda la rabia que iba creciendo en su interior.
—¿El pasado? ¿Hacerte sentir mejor? No lo intentes, ni siquiera pretendas hacerte la ofendida. Te entregaste a mí. ¿O no recuerdas eso, Candy? Hiciste promesas que rompiste en cuanto estuve fuera. Dijiste antes que te odio. ¿Lo crees en serio? ¿Tan poco me conoces? —dijo Albert con una expresión cínica y calculadora. Sus palabras eran afiladas como la hoja de un puñal y a Candy la estaban destrozando por dentro—. Incluso puede que te agradezca el que te marcharas, pero en aquel instante me humillaste, jugaste con las promesas dichas, no solo con la palabra, sino también las selladas con tu cuerpo.
Candy tragó saliva. En todos estos años había aprendido que la mejor forma de defensa era el ataque y en aquel instante, si Albert seguía así, se derrumbaría, así que, con la poca fuerza que le quedaba, atacó.
—¿Y tú crees que a mí me importa? Eh, Albert —exclamó alzando la voz—, Antes sí. Hace cuatro años hubiese dado mi vida porque me siguieras, porque te dieses cuenta de que jamás te hubiese dejado por voluntad propia. Hubiese muerto por ti, Albert. Y tú quizás no me odiases, pero yo sí lo hice, y con todo mi corazón, porque yo sí te amé, más que a nada en este mundo. Pero de aquella mujer ya no queda nada, ni las ruinas de mi amor, ni las de mi odio, porque todas mis fuerzas se centraron en una sola cosa. En sobrevivir. ¿Y sabes qué? Lo hice por aquellos que sí me amaron de verdad. ¿Quieres una explicación? Imagínatela, invéntatela porque yo no voy a darte nada más —terminó con toda la rabia que llevaba dentro después de escuchar sus palabras.
Candy vio la sombra de la duda cruzar los ojos de Albert, y se maldijo por haber hablado demasiado.
No quería seguir allí, no podía. Intentó pasar, pero Albert volvió a cerrarle el paso y cuando vio lo que destilaba su mirada, ya era demasiado tarde. No tuvo tiempo de reaccionar antes de que él la tomara por los brazos y la aprisionara contra la viga de madera pegando su cuerpo al suyo, apoderándose de su boca con fuerza.
Candy esperó un beso brusco, violento, conducido por la rabia que había visto en los ojos de Albert, pero cuando sus labios tocaron los suyos, a pesar de su firmeza, de su dominación, fue tierno, casi dolorosamente paciente. Lo sintió deleitarse con cada centímetro de ellos, de forma lenta, inexorable, como si le fuese la vida en ello y a la vez tan controlado, tan medido, que Candy pensó que era alguna forma de castigo, de venganza para volverla loca de deseo. Con un gemido involuntario, un quejido doloroso, Candy reclamó más, y Albert tomó sin medida. Se deslizó entre sus labios y saqueó el interior de su boca a voluntad sintiendo las manos de Candy aferrarse a sus brazos, mientras él acariciaba una de sus mejillas instándola a unir sus lenguas en una danza tan antigua como la vida misma.
Albert la sujetó firmemente contra su cuerpo, pegando cada centímetro del mismo al de la única mujer que era capaz de hacerle perder el control con solo una mirada. Que Dios se apiadara de él, porque si Candy era consciente del poder que ejercía sobre él, estaría perdido. Cuando la tomó por los brazos y la besó, no fue el deseo y la emoción que lo empujaron a ello, sino la fría ira que atenazó sus entrañas cuando la escuchó decir que lo había amado más que a nadie y que hubiese muerto por él. Cuando le dijo que no lo había abandonado por voluntad propia algo nubló su razón. ¿Cómo se atrevía a decir aquello después de todo lo que había pasado? Y sin embargo, un solo roce de esos labios había arrinconado toda esa furia y la había remplazado por el deseo visceral y primitivo de hacerla suya.
La quería en sus brazos, la quería en su cama y la quería en su vida y, maldita sea, no iba a analizar en ese preciso instante aquel pensamiento, aquella debilidad, cuando su miembro, duro como una roca, quería tomar el control de la situación y mandar toda la racionalidad a la mierda.
Así que no hubo ningún pensamiento racional mientras saboreaba los labios carnosos y excitantes de Candy, ni cuando escuchó el gemido procedente de ella y dejó su boca para deleitarse con la curva de su cuello y la suave y nívea piel de su hombro. Ni cuando bajó la tela de su vestido, poseído por una necesidad incapaz de saciar, y con un gruñido casi animal, que brotó de sus labios, tomó el pezón del pecho apenas descubierto y expuesto ante él y succionó, chupó y lamió hasta que lo sintió duro dentro de su boca. Y su respuesta inmediata, sincera y entregada, lo excitó aún más, al igual que los pequeños gemidos que salían de la garganta de Candy y que lo obligaron a sostenerla con más firmeza cuando ella se dejó caer en él como si no le quedaran fuerzas, sabiendo que estaba tan perdida en el deseo como él mismo. Ese hecho se filtró en sus pensamientos y lo devolvió a la realidad, al del lugar en el que se encontraban, y eso le hizo dominarse lo suficiente como para volver a cubrir la piel de Candy, pero sin que fuese suficiente como para obligarse a alejar sus manos de ella. Era superior a sus fuerzas, y no podía negárselo, así que apoyó su frente en la de ella, intentando recuperar algo de control. La respiración de ambos era errática y superficial y solo duró unos segundos antes de que el sabor de Candy, que todavía podía saborear en su propia boca, lo reclamase de nuevo. Así que Albert dejó a regañadientes la mejilla de Candy, esa que estaba rozando con su pulgar, y el tacto de su piel suave como el terciopelo y enredó los dedos en su pelo. Ejerció la presión suficiente para ladear su cabeza lo necesario y volvió a devorar su boca uniendo sus lenguas en un beso duro y abiertamente carnal que nada tenía que ver con el delicado roce del inicio. Sintió los dedos de Candy en su cara, en su cuello, enredados en su pelo y un pensamiento lo atravesó, tan grave como inaudito, porque se dio cuenta de que solo con esa entrega, Candy ya lo tenía. Era suyo.
—¡Candy! ¿Estás ahí?
La voz de Annie retumbó entre aquellas cuatro paredes y fue lo que hizo que Candy recobrara el buen juicio.
Se había entregado a Albert y a ese beso con una pasión que creía más que extinta, pero que consumió cada centímetro de su cuerpo en cuanto él la tocó. ¡Y esos gemidos habían salido de su propia garganta! No sabía cómo iba a poder perdonarse a sí misma, cómo iba a poder fingir que todo entre ellos había muerto hacía tiempo.
Candy sabía por qué Albert la había besado y su triunfo había sido completo.
Maldiciéndose mentalmente por ello, se apartó de él, que no trató de impedírselo, y sin mirarle, se escabulló por su lado y salió al encuentro de su prima que seguía llamándola desde la entrada.
Albert maldijo entre dientes cuando la vio irse. No pudo detenerla y el hecho de que ella ni siquiera lo mirase le hizo gruñir como un animal herido. Golpeó la viga con el puño y los nudillos se dañaron, dejando la piel lacerada cubierta de sangre. El dolor apenas fue suficiente. ¿Qué demonios estaba haciendo? Se había dicho mil veces que ya no sentía nada por Candy, se lo había asegurado a su hermana Pauna solo unos días antes y a Archie y, sin embargo, ahora empezaba a pensar que la mayor mentira se la había contado a sí mismo. Estaba temblando y el cúmulo de emociones que llevaba sujetando con mano férrea todos esos años se fue revelando ante sí con total claridad. Dolor, rabia, ira, pero también amor y anhelo, de ese que se te clava en pecho, se mete bajo tu piel y te corroe las entrañas hasta que dejas de respirar porque solo el hecho de perecer puede hacer que deje de correr por tus venas. Eso era Candy para él. Algo salvaje, algo tierno, algo tremendamente sensual, algo esencial de lo que no podía renegar por mucho que quisiese. Podía odiarla, podía evitarla e incluso alejarla de su vida y construir otra, pero la única verdad es que siempre formaría parte de él.
El entenderlo fue como sentir un puñetazo en el estómago. Aceptarlo y seguir adelante iba a ser más difícil, pero no había más opción. Él tenía una vida y quería vivirla todo lo más plenamente posible y eso no incluía a Candy.
...
Hola chicas bellas, aqui un nuevo capitulo. Un abrazo.
