Los juegos de Or
Primavera.
Era la nueva promesa de Gae. "No me dejan salir, no podré ir a verte hasta primavera. Tú tampoco deberías salir de las fronteras del Oeste. No me escribas más, ya no es seguro." Nunca me había sentido tan sola en toda mi vida, era como si al casarme mi familia se hubiera olvidado de mí. Yo era un problema resuelto, una preocupación menos. Y... me esforcé, comprendí que Gae no tenía elección, que había más monstruos y una especie de amenaza oculta. Pero me sentí fatal, desamparada. ¿Y si Link hubiera sido un bárbaro cruel y despiadado en lugar de ser como es? ¿Les daba igual abandonarme a mi suerte? Lo que más me dolió fue lo de "no me escribas más". Después de eso, apenas pude seguir leyendo. Si no fuese porque Link fue tan amable conmigo esa noche... no sé ni cómo habría acabado.
Me di cuenta de que mi humor variaba según formulaba mentalmente una frase. "Te han abandonado. Ahora sólo lo tienes a él", esa fórmula me llevaba a las lágrimas. Pero... "al menos no estás sola, por suerte lo tienes a él." Esa fórmula era cálida, llena de incertidumbre eso sí, pero me daba esperanza. Y a Link no le importaba llevarme a Hyrule a visitar a mi familia. Me lo repitió varias veces, cuando al fin me atreví a contarle el contenido de la carta de Gae. Es sólo que ahora... no sabía si quería volver. No hasta primavera, como había dicho Gae. La mera idea de volver a Hyrule a sabiendas de que ellos no lo deseaban me rompía el corazón. Si él podía llevarme, ¿por qué no podían ellos asumir el mismo riesgo?
Link me esperaba en el patio de caballerizas, a las riendas del carro. Yo estuve revoloteando un rato en la cocina, despidiéndome de Frea, Mabet y Manroy. Había preparado algo y quería llevarlo para el viaje.
—¿Ya estás lista? —gruñó, resoplando por la tardanza.
—Sí, no seas tan impaciente.
Apenas me subí en el carro, chasqueó la lengua y nos pusimos en marcha. Hacía frío, el otoño era tan frío y blanco como el más invierno de los inviernos en el castillo de Hyrule. Por suerte me había hecho con una ropa cómoda de viaje, pantalones, botas de piel y una túnica bien abrigada. También usé una capa que había sido de Mabet y me venía bastante bien.
—¿Estás seguro de que no habrá problemas si yo voy?
—Habrá alguna que otra pega, pero ya es hora de enfrentarlas. Tú eres mi esposa y esa es la única realidad que hay, les guste o no.
Nunca había estado en la Estepa. Antiguamente había pertenecido a Hyrule, pero sus pueblos terminaron por rebelarse y un tatarabuelo mío (o un tatara-tatarabuelo) terminó por concederles una "libertad amistosa". Desde entonces quedaron casi en tierra de nadie, anexándose al reino que más beneficios les concediese.
Link y yo habíamos discutido a fondo si yo debía asistir o no al Festival de Or. Era una tradición de los pueblos del norte, celebraban la noche mágica del fuego, en la que los espíritus terrenales podían entrar en contacto con los dioses y así ofrendar a Or los restos de lo cosechado en verano y otoño. Era la festividad más bárbara de Oeste, según me había dicho él, y me advirtió que no debía escandalizarme por nada de lo que viese u oyese. Puesto que Link estaba siendo tan amable conmigo, le planteé la posibilidad de quedarme en el Nido con Manroy y los demás para no molestarle (aun renunciando a ir a ese festival que me resultaba demasiado curioso y atractivo) pero se negó a eso, no sé por qué.
Así que estuvimos organizando durante días este viaje. Como había tanta gente acudiendo al festival, tendríamos que establecer un campamento donde dormir y permanecer a salvo del frío, llevar comida suficiente para abastecernos, ropa de abrigo, armas... un poco de todo. En un principio creí que este festival era ese banquete del que él ya me había hablado, pero se trataban de eventos distintos. La cena de invierno era un festival más de Ocaso y del sur, y siempre se había celebrado en Fuerte Halcón. Aun así, los padres y hermanos de Link acudirían a la Estepa, lo mismo que nosotros.
—¿Habrá sacrificios de algún tipo?
—Bueno, la noche del fuego siempre sacrifican una cabra o alguna oveja, para agradecer a Or.
—¿Y luego os la coméis?
—¡No! Diablos, sería una especie de sacrilegio. Guardan su sangre y arrojan el cuerpo al fuego para que las llamas lo consuman y se haga así la ofrenda a Or.
—¿Qué hacéis con la sangre?
—Suele utilizarse para hacer tintes de pinturas de caza o guerra.
Link se giró para mirarme y su cara de desconcierto me hizo reprimir una carcajada.
—¿Qué? —pregunté, haciéndome la despistada.
—¿Qué diablos haces, Zelda?
—Apunto lo que me dices. Me parece muy interesante y no creo que haya ningún libro documentando todo esto en la biblioteca de Hyrule.
—¿De dónde has sacado ese libro de apuntes?
—Se lo encargué a Manroy y me lo trajo de Ocaso. Tengo varios de estos para rellenar —sonreí, agitando el cuaderno delante de sus narices —¿está mal?
—No es eso, es que...
—¿Te sorprende?
—Un poco.
—¿Por qué, a ver?
—No sé —gruñó. Gruñón.
—Vamos, no seas tan tímido. Ya lo hemos hablado otras veces. Pensé que tú serías un bárbaro peludo con una barba larga hasta el pecho y pelos de oso en los brazos. Creí que beberías vino en el cráneo de una cabra y que te pasarías el día... no sé... golpeando cosas y afilándote los dientes con un cuchillo —no pude evitar reírme ante mi propia descripción —Ya es hora de que me digas cómo imaginabas que sería yo. Estoy segura de que lo pensaste.
—¿Qué más da eso ahora?
—Oh, por supuesto que da. Da mucho. Me muero de curiosidad. Cuéntamelo, por favor...
—Diosas... —suspiró y di una carcajada —no imaginé nada de esto. ¿Te sirve?
—Ni hablar. Nada descriptivo y poco imaginativo. Tenemos horas de viaje por delante y te voy a insistir hasta que me lo cuentes.
—No imaginé que serías tan cabezota —sonrió, anotándose ese tanto.
—Venga, te ayudo. ¿Me imaginaste morena? Creíste que tendría una pálida tez y un pelo largo y brillante, de color azabache, adornado con flores y piedras preciosas.
—No te imaginé físicamente —gruñó otra vez.
—Vale.
—Pensé que serías rubia como tu hermano Gae. —cedió. Sabía de sobra que me habría imaginado de mil maneras, pero iba a ser imposible sacárselo por muy divertido que me pareciese.
—¡Oh! Bien visto. Creíste que sería... no sé... ¿un poco pedante?
—Eres un poco pedante.
—Cierto. Reconozco mis defectos —carcajeé, era demasiado divertido ponerle en esos aprietos —sigamos. ¿Creíste que me gustaría nadar en oro y joyas? ¿Y llevar corsés apretados y llenos de encajes que te cortan la respiración?
—No entiendo mucho de eso —sonrió —pero sí, pensé que todo esto te parecería poco. Seguramente es poco para ti.
—¡No lo es! No digas esas cosas —traté de sonar tan indignada como me sentía por dentro.
—Temí que fueses como Kahen, pero eres como Gae —dijo, y sentí un escalofrío —creí que serías fría y altiva, que me tratarías con el desprecio con el que se trata a un bárbaro extranjero o a un bandido.
—Link, espera-
—Creí que no te gustaría el Nido y te sentirías horrorizada por nuestra forma de vida, que no convivirías con quien habita allí —soltó, sin dejarme hablar a mí. Parecía decidido a decirlo todo de golpe —Y... sí. Creí que serías una de esas extrañas mujeres de la corte que parecen una especie de estatuas inalcanzables, que viven aterrorizadas con mancharse el borde del vestido, tan frágiles que se rompen con sólo mirar. Y para no volver a oírte en todo el camino, te diré que como no eres nada de eso, lo que me parece es que eres sorprendente.
—Sorprendente. Me gusta, suena muy bien.
Era un encanto por pensar eso.
—Las sorpresas pueden ser buenas o malas —matizó, haciéndome reír otra vez.
—¿Ves? Pues ya sabes más cosas de mí. Y ahora también sabes que me gusta anotar lo que veo para estudiarlo y que ese conocimiento no se pierda.
—Zelda... quiero que sepas una cosa —dijo, con seriedad repentina.
—No me asustes...
—Tienes que ir preparada para cualquier cosa en el festival. Los bárbaros no son como la gente que tú conoces en el castillo. No hablarán bien de ti ni de tu familia. Pueden ser peligrosos.
—Oh. Entonces serán exactamente igual que la gente de la corte. Sobre todo en lo que concierne a mí.
—Debemos andarnos con cuidado. Tu asesino podría esconderse entre la multitud, podría querer atentar de nuevo.
Noté como una especie de golpe bajo. ¿Por eso me llevaba con él? ¿Era yo el cebo para el traidor? Me desagradó mucho la idea. Link parecía genuinamente preocupado por mí todas las veces que... las veces que había sido amable. Pero en realidad yo no era más que una especie de carga política que él debía controlar. A lo mejor sólo quería asegurarse de que no había más problemas, ¿y por qué no poner un cebo para que su enemigo picase en él?
—¿Todo bien? —preguntó, al percibir mi silencio y mi cambio de humor.
—Sí.
—¿Qué era eso que hacías con Frea en las cocinas?
—Nada, una tontería.
Sentí ganas repentinas de llorar. Ojalá no estuviera tan sensible últimamente, tenía que trabajar más en la concentración, como me habían enseñado los sheikah. ¿Qué quedaba de la Zelda Bosphoramus fuerte y serena que mantenía sus emociones a raya? Casi nada.
—Pensé que cocinabais algo.
Suspiré y fui a la parte trasera del carro a buscar el saquito que había cargado justo antes de partir.
—Son unas galletas, para el camino. —le ofrecí unas pocas.
—¿Las has hecho tú?
—Como eres tan glotón pensé que te daría hambre a menudo. Las galletas se conservan mejor que el pan. He visto ese pan enmohecido que comes con tus hombres cuando vas de viaje. Un día enfermaréis si seguís comiendo esa porquería.
Parpadeó un par de veces y cogió una galleta. La olisqueó un poco antes de tragársela entera. Hizo lo mismo con las otras.
—¿No hay más? —tenía migas en la barbilla, entre los pelitos rubios de barba que empezaban a crecer.
—Hay muchas más, hemos hecho un saco.
—¿Un saco grande o pequeño?
—Glotón...
—Están muy buenas —sonrió —Gracias.
—Son una receta de Frea, yo sólo he seguido sus instrucciones. —me encogí de hombros. Él me examinó en detalle, como hacía a veces.
—He sido un tonto por hablarte antes así de los bárbaros —dijo, frunciendo el ceño —pero te prometo que nadie te hará daño, a menos que quieran buscarse un gran problema. No quiero que tengas miedo, estaremos seguros, ya lo verás. Si no fuese seguro este viaje nos habríamos quedado en el Nido.
—Gracias, Link.
—Entonces no estés triste. Y... puedes seguir anotando tus cosas sin miedo.
De nuevo me hizo sentir esa especie de sensación cálida en el pecho. Era muy honesto, era imposible que tuviera un plan paralelo, él no era así. Decidí hacerle caso y alejar mis estúpidos pensamientos negativos y dejar atrás mi manía de sobre analizarlo todo. No había demostrado ni una sola vez que me estuviese utilizando de ninguna manera, de hecho, siempre me había tratado con respeto, como a una igual. A menos que me demostrase lo contrario tenía que confiar en él, y de momento lo único que había recibido de parte de Link era bondad y nobleza. Pagarle con desconfianza sería injusto además de desagradecido.
Durante horas comimos galletas, charlamos sobre los juegos de Or y tomé tantas notas que la muñeca empezó a dolerme de tanto escribir. Además de rituales, siempre se celebraban unos "juegos bárbaros", competiciones en las que el premio era un chivo, un carro con las mejores calabazas o un buen abrigo de pieles. Pero, sobre todo, el premio era el orgullo bárbaro. Tal era así, que Link me dijo que "había que dejar ganar a ciertas tribus", dependiendo de la prueba que se tratase. Por ejemplo, el clan del rinoceronte debía ganar sí o sí la competición de cortar un tronco gigante por la mitad. Pregunté a Link si él había dejado ganar alguna vez a alguien, y se encogió de hombros. Link era muy fuerte, mucho más de lo que aparentaba, sólo había ver la facilidad con la que movía grandes pesos como si nada. Estaba segura de que por motivos políticos habría dejado a otros bárbaros vencer. Pero él se escudó en el hecho de que siempre ganaba la prueba de arquería, porque los mejores arqueros eran los de Fuerte Halcón, así que seguro que otros participantes también dejaban que él ganase adrede.
Al caer la noche, Link buscó un sitio resguardado para detenernos. No nos habíamos cruzado con nadie por el camino (curioso). Él me dijo que era porque casi todos partían de Fuerte Halcón y de Ocaso, y saldrían más tarde al estar más cerca. Los del sur como él y yo debíamos viajar más lejos y en previsión del mal tiempo, salimos antes (¿raro?).
Tapamos todas las rendijas de nuestro carro, para evitar que se enfriase mucho por dentro, y él encendió una hoguera afuera, fijando el campamento. Todo eso se le daba muy bien, era una gran ventaja viajar con alguien como él.
—Cuando acampemos en la Estepa no pasaremos frío. La tienda es tan grande que podemos encender un fuego dentro —aseguró.
—¿No habría sido mejor hacer noche en Ocaso?
—No, qué va. De todas formas habríamos tenido que hacer una parada, así que prefiero hacer sólo una y no dos.
Me mantuve pensativa, me gustaría poder tener un mapa y conocer mejor todos estos territorios.
—Lo siento mucho por ti, Zelda. Toda esta incomodidad. —dijo, sopesando mi silencio.
—Oh. Creo que había quedado claro que no soy una de esas damas de cristal de la corte —bromeé.
—Aun así... eres la princesa de Hyrule.
—Soy la hija invisible del rey Rhoam.
—Y yo soy el hijo invisible del jefe Grenmak.
—Podríamos desvanecernos, ¿no crees? Ir por ahí con este carro a donde nos diese la gana. Sería nuestra venganza por obligarnos a casarnos. El primer destino sería la aldea de Hatelia.
—Suena bien.
—Segundo destino: el mar. Para que lo veas con tus ojos, porque por culpa de tu obstinación no querrías verlo por tu cuenta, así que te arrastraría hasta allí a la fuerza —él soltó una carcajada. Su risa era muy agradable, ojalá se riese más.
—Esos sitios están muy lejos. ¿Se daría cuenta alguien de que hemos desaparecido tanto tiempo? —sonrió, mientras atizaba un poco más el fuego. Ya estaba muy vivo y yo me estiré para calentarme un poco las manos y los pies.
—Nadie.
—Tu amiga Impa se daría cuenta. Vendría a cortarme el cuello con su daga con forma de colmillo.
—Maldición, no había pensado en los sheikah. Pero ya se me ocurrirá algo, descuida.
—La verdad es que no suena tan mal, lo del carro y el viaje —murmuró —no he viajado mucho. Ojalá pudiera hacerse.
—Como tú dijiste, nada nos impide hacerlo.
—Sólo nuestro pasado —dijo él, con una especie de expresión melancólica en los ojos.
Cenamos en silencio, tanto como yo lo permitía con mis preguntas. Desde que él había empezado a abrirse me resultaba casi imposible cerrar la boca. Pero a él no le molestaba o no lo parecía. Gae me habría mandado ya al infierno unas cien veces, me habría llamado loro, pesada, sabelotodo... pero Link respondía a todos mis disparates. Después, estuvimos un rato en silencio, yo mirando todas mis notas, él recostado contra una rueda del carro.
—Link, espero que si no hemos parado en Ocaso no haya sido por mi culpa —confesé. Me atormentaba un poco la idea y prefería soltarla.
—¿Todavía sigues con eso? Ya te lo he explicado.
—Sí, me lo has explicado, pero espero que sea el motivo y no que temas que nos encontremos con esa chica y su familia.
—Mentiría si te dijese que no la he estado evitando todo este tiempo —reconoció, y vi de nuevo la tristeza de sus ojos que tanto me conmovía —pero no es el motivo. El motivo es que prefiero hacer una parada y no dos.
Gruñó un poco y volvió a entornar los ojos, relajándose.
—Voy a dormir —anuncié, poniéndome en pie. Estaba segura de que él se quedaría en esa especie de duermevela vigilante toda la noche.
—Está bien, que descanses. Te despertaré antes del alba, partiremos temprano.
Hacía frío dentro del carro, pero teníamos mantas de piel y pronto entré en calor.
En medio de la quietud de la noche, sentí como si hubiera un temblor en el suelo. Palpé la superficie del carro, nada. Pero seguía ahí, una vibración, como un murmullo. Abrí la lona con la que habíamos cerrado el carro y había plena oscuridad. No una oscuridad como esas noches sin luna, o como cuando bajaba a la bodega con el candil apagado. Era más oscuro. Una negrura densa y asfixiante. Link no estaba. Caminé descalza entre la oscuridad, sintiendo la vibración bajo tierra, haciéndome cosquillas en las plantas de los pies. A lo lejos vi un punto de luz rojizo y decidí acercarme. Lo que vi allí era un tanto grotesco, una criatura mitad humano mitad carnero agitaba las llamas, las elevaba altas, hacia el cielo. Podría parecer terrorífico, pero no sentí miedo. Me di cuenta de que las chispas del fuego se elevaban en una dirección, zigzagueaban en la oscuridad hasta las montañas de Hebra, y allí, se introducían en un hueco en la roca. Miré a la criatura y vi dos huecos profundos donde debía haber ojos, como las cuencas vacías de una calavera, pero más hondas, y una luz extraña brillando en el fondo, como cuando observo una estrella lejana con el telescopio. Me puso la piel de gallina y me quedé paralizada.
Me desperté sobresaltada, con el corazón latiéndome con fuerza. Palpé el suelo del carro y no había vibración. Asomé la cabeza por la lona hacia el exterior y la oscuridad era normal, de hecho, había bastante luz porque la luna creciente pronto estaría llena. Intenté volver a dormir, pero no pude. No quería tener otro sueño hiperrealista como los que me acechaban a veces. Cerraba los ojos y veía los del monstruo, y tiraban de mí, como si trataran de absorberme. Me tapé hasta la cabeza, pero sabía que no iba a poder dormirme.
—¿Zelda? ¿Pasa algo?
Link debía estar medio dormido porque su voz sonó ronca de sueño.
—Nada.
—¿No duermes?
—No. Estoy bien así.
Di vueltas alrededor de la hoguera, de la que quedaban unas ascuas enormes e incandescentes. Casi se estaba mejor afuera que dentro en el carro.
—¿Quieres sentarte a vigilar aquí? —insinuó arqueando una ceja.
—Vale. Vigilaré.
Se hizo a un lado y me hizo un hueco para que pudiera apoyar la espalda contra la rueda del carro, igual que él. Era bastante incómodo, pero no quería volver a la oscuridad de adentro, por si me atrapaba otra vez.
—No estarás asustada, ¿verdad?
—Ni hablar. ¿De qué? —solté una risa irónica. Él estaba demasiado adormilado para adivinar mis pensamientos con esas miradas con las que a veces me inspeccionaba.
—Los animales están en los bosques y también los monstruos —bostezó.
—¿Y qué hay de las montañas de Hebra?
—Qué hay... de qué... —murmuró, medio dormido. Qué cabezota, él era el que debía tumbarse adentro en el carro, no yo, que tenía los ojos abiertos como platos.
—Si hay alguna cueva conocida o algo así, no sé. O leyendas sobre una cueva de las montañas.
—Hay... cuevvv... sí. Hay.
—Igual voy a dar un vistazo, mientras tú partes troncos con los demás bárbaros en ese festival.
—Mmm...
Lo tomé como un sí. Mi sueño era uno de mis sueños especiales. Ya lo investigaría por mi cuenta.
