Disclaimer: Los personajes no son míos, la historia sí.
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Hans.
Presionó el botón para que el inodoro cambiara el agua al terminar de orinar, se subió el bóxer negro y abrió el grifo para lavarse las manos, el joven que le regresaba la mirada en el espejo estaba demacrado, el corto cabello rojo se encontraba desordenado, tenía enrojecidos los ojos verdes por el alcohol ingerido— y que probablemente seguía en su sistema—, con sendas ojeras oscuras adornándolos y lucía pálido. Terminó por mojarse la cara en un vago intento por mejorar su aspecto, pero no funcionó.
Sintió los brazos agarrotados y giró para mirarse la espalda, largas marcas rojas bajaban por ella, por sus brazos y tenía unas cuantas sobre sus hombros. Maldijo a la chica que yacía dormida y desnuda en la habitación, detestaba que le hicieran marcas.
"A menos que quien las haga sea…"
Debía parar con eso.
Su teléfono le indicó que eran las seis de la mañana, consideró la posibilidad de irse hasta que recordó que había sido él quien llevó a Roland y a Genevieve a la fiesta, entre bufidos y maldiciones susurradas encontró sus pantalones, su camisa y sus zapatos, se vistió en silencio y terminó por marcharse.
Caminó a lo largo del pasillo, dirigiéndose hacia donde había dejado a Elsa, movió la repisa que horas antes colocó estratégicamente para cubrir la habitación donde dormía la rubia y protegerla de cualquier ebrio, y entró.
Elsa dormía plácidamente sobre la cama, en algún momento de la madrugada se cobijó medianamente bien con el edredón; Hans rodeó la cama para cubrir sus pálidos brazos y tragó seco, se había subido la parte de arriba del vestido sin llegar a cerrarlo, con dedos temblorosos tomó el cierre y lo subió, la cubrió con el edredón y se alejó de ella al instante.
Arrojó su camisa y zapatos al suelo antes de tomar el plaid de cama y, dejando un espacio considerable entre ambos, se acomodó en la esquina de la cama para seguir durmiendo.
Despertó al sentir como tiraban bruscamente del plaid sobre su espalda y se irguió de golpe, alerta. Roland se alzaba frente a él, la resaca y la rabia pintaban su rostro pálido.
―¿Roy, qué carajos…?
―¡¿Qué carajos?! ¡Eso te voy a preguntar yo!
Hans miró alrededor de la habitación, Genevieve lo miraba con sorpresa, Anya negaba con la cabeza y Dimitri mantenía una expresión neutra. Elsa, sentada en la cama, tenía la mirada perdida.
―¿Me estoy perdiendo de algo?
―¡Eres un cínico!
Lo observó apretar los puños, controlándose para no saltarle encima.
―Roland…― comenzó Gen, pero el rubio la ignoró.
―Tienes dos segundos para decirme qué pasó aquí antes de que se me olvide que eres mi hermano.
Hans se levantó de la cama.
―Primero que nada, quiero que sepas que no es lo que piensas…
―Por tu bien eso espero, que no sea lo que estoy pensando.
―Roland…― Elsa se levantó también.
―¡No te metas!
―¡No me grites!
Roland se enfocó en él.
―Te estoy esperando, Westergaard.
―No me acosté con ella― declaró―, ni siquiera la toqué.
―¿No? entonces me gustaría que me dijeras por qué demonios estaba esto tirado en el suelo― el blondo le lanzó al pecho una prenda de encaje y él apretó la mandíbula. El sostén de Elsa.
Se había olvidado del maldito sostén.
―Por favor Roy, no estarás sugiriendo que le hice algo estando dormida.
―Cuando estás borracho haces muchas estupideces.
―Cómo bailar y cantar… quizá llorar― se metió Anya, molesta―; pero jamás hacerle nada a una chica. Los dos lo conocemos mejor que nadie y sabemos que es un imbécil, no un abusador.
―No estoy diciendo eso― replicó el bermejo.
―Tiene siete primas y las cuida, él jamás…
―No estoy hablando contigo, Romanova.
―No me acosté con ella― repitió, mirándolo a los ojos.
―¿Cómo llegó el sostén de mi hermana al suelo? ―preguntó―, reconozco que no eres esa clase de imbécil, pero me queda claro que te gustan demasiado los pechos y el trasero de las chicas.
―De las chicas, no de tu hermana.
―¿Cómo llegó el sostén de mi hermana al suelo? ―repitió, inflexible.
Hans se obligó a soltar una carcajada de burlona incredulidad.
―¿Y cómo quieres que sepa? Cuando llegué aquí ella estaba dormida y yo solo me recosté en la esquina, no pensarás que me dormiría en una sofá― explicó―. Alguien más pudo hacer el trabajito, tampoco es como que Elsa sea…
Un empujón y un golpe fuerte en la mandíbula lo interrumpieron, el impacto hizo que se tambaleara y cayera al suelo.
―¡Hans! ―chilló Anya.
―¡Roland! ―Elsa y Genevieve se acercaron al blondo para sostenerlo cada una de un brazo.
―¡¿Qué sea qué, hijo de perra?! ―bramó el rubio, iracundo―. ¡No vuelvas a hablar de ella de esa manera! ¡¿Me escuchaste?!
Hans sintió la mitad de la cara entumecida, tocó temblorosamente el lugar afectado y descubrió sangre en sus dedos, miró a Roland con consternación durante un par de segundos antes de ponerse de pie.
Roland jamás lo había golpeado antes.
―Te escuché― contestó―, fuerte y claro.
―¡No me hizo nada! ―dijo Elsa al instante―, no me tocó ni nada.
―¿Cómo estás segura?
―Porque no estaba tan borracha― aseguró―; estaba cansada, pero no quería que nos fuéramos, así que vine a dormir aquí.
―¿Por qué no llevas el maldito sostén puesto?
―Porque la mayoría de las chicas dormimos sin él― tanteó Gen―, ¿No es así, Elsa?
―Sí― asintió―, es jodidamente incómodo dormir con esa cosa puesta.
―¿Cómo te bajaste el cierre del vestido? ―Hans miró a Elsa en silencio, la rubia no apartó los ojos de su hermano.
La blonda le dio la espalda y le mostró como hábilmente doblaba su brazo para bajarse el cierre, estaba por volver a subirlo cuando Roland la detuvo.
―¿Qué cojones es esa marca roja que tienes cerca del hombro? ―el bermejo tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no tensarse―, te pregunté qué es.
―Me golpeé ensayando― respondió la albina rápidamente―, la maldita pieza principal es la más difícil y resbalé en un giro, me di contra la barra de soporte.
―Ah ¿Enserio? ―rodó los ojos sarcásticamente―, déjame ver.
―¿Estás loco?
―¿De verdad quieres que te deje ver? ―el reto en la voz de Elsa estaba implícito. Roland retrocedió y desvió la mirada, avergonzado.
―No, claro que no, perdóname.
La blonda subió el cierre de su vestido nuevamente y se rodeó los hombros con los brazos, tenía las mejillas arreboladas por la vergüenza y el disgusto.
Su mejor amigo volvió a centrarse en él.
―No la toqué― aseguró nuevamente―. Juro por Dios que no me acosté con ella.
Roland aspiró ruidosamente.
―Aquí estás, Westergaard― todos miraron hacia la puerta, la chica, Naomi, entró con pasos tambaleantes.
Llevaba el vestido torcido y arrugado, le faltaba un zapato y la bufanda de lana arrastraba por el suelo.
Era todo un desastre.
Los ojos de la recién llegada barrieron los rostros de los presentes, arqueó una ceja.
―¿Pasa algo? ―no dejó que nadie respondiera―… cómo sea― se enfocó en él―, te estaba buscando.
―¿Para qué? ―preguntó, evadiendo la mirada de Roland.
―Quiero mis panties de vuelta, las metiste en el bolsillo trasero de tu pantalón no hace mucho ―dijo, mordiéndose el labio. Elsa lo miró de inmediato―. Mira, si eres de esos a los que les gusta quedarse la ropa interior de las personas con las que duerme, está bien; puedes conservarlas.
Las manos del bermejo volaron hacia sus bolsillos y los esculcó en busca de la prenda, terminando por encontrarla en el del lado derecho. Sacó, ante los ojos asombrados de todos, unas panties de encaje en color rojo brillante.
―Son esas, sí― asintió Naomi―, no me ofenderé si te las quedas…
―Te lo agradezco, pero no, así está bien― la interrumpió mientras las extendía en su dirección, Naomi se encogió de hombros con desinterés y las recibió.
―¿Tú quién eres? ―preguntó Elsa de manera desdeñosa.
―Me llamo Naomi― respondió la muchacha―, soy amiga de Elena― explicó―; de la universidad.
―¿Hans estuvo contigo? ―peguntó Anya, mirándolo.
Naomi volvió a encogerse de hombros.
―Seh― la irlandesa silbó al enfocar sus orbes azules en sus brazos―, lamento los rasguños, no era necesaria la agresividad.
―No pasa nada― se obligó a decir. Elsa rodó los ojos y barrió sus rasguños batiendo las pestañas con repulsión.
―Bueno, que gusto― Naomi giró sobre sus talones y se alejó en dirección de la salida―. Que tengan buen día.
Desapareció por la puerta, dejándolos solos en un silencio incómodo.
―Bueno― la voz de Genevieve se alzó―, creo que ya es hora de irnos.
―Hans, yo…― comenzó Roland, pero el bermejo no lo dejó hablar.
―Anya, Dimitri― los aludidos lo miraron―, pueden venir a casa conmigo.
La bermeja miró a los tres restantes.
―¿En qué volverán ellos?
Hans miró a Roland y después a Elsa.
―Seguro que encontrarán la forma.
―Nos quedaremos― decidió la pelirroja después de pensarlo un momento―, ya iré a tu casa más tarde.
―Cómo quieras― escupió.
Recogió su camisa y sus zapatos del suelo, y salió de la habitación dando zancadas.
Ya podían irse al demonio todos, Roland y Elsa encabezando la fila.
Elsa.
―¿Qué dijo? ―preguntó su hermano después que el bermejo se marchara.
―Que se va a su casa― respondió Dimitri.
―¿Cómo vamos a volver nosotros? ―preguntó Gen.
Roland se lo pensó un momento.
―Fitzherbert trajo su camioneta― dijo después de un rato―. Primero que lleve a las chicas y ya después que venga por nosotros.
Elsa frunció el ceño.
―¿Dónde están Anna y Kristoff?
―Que te lo cuente tu hermano― respondió Genevieve, molesta. La blonda miró al aludido, quien formó una mueca.
―Roland Bjorn ¿Qué hiciste?
―Es lo de menos en este momento― replicó el muchacho―. Ya hablaremos de eso más tarde, ahora debemos irnos.
Elsa se puso los tacones y bajaron en busca de sus primas y Eugene, pasaron por encima de los cuerpos dormidos tirados en los corredores y las escaleras. Elsa encontró a Punzie y a Fitzherbert en una de las habitaciones, afortunadamente estaban medianamente vestidos.
Cerró la puerta para que nadie más los viera y se acercó a ellos despacio.
―Punzie― susurró, moviéndola―, Punzie.
―Cinco minutos más, abuela― murmuró entre sueños.
―Punz.
―No quiero ir a la iglesia otra vez, deja que siga durmiendo― continuó. Elsa suspiró y la movió bruscamente, la muchachita dejó salir un chillido y se incorporó, despertando a su novio―. ¡¿Qué?! ¡¿Qué?!
―¿Qué sucede? ―preguntó Eugene, sus brazos sostenían su peso, se sentó en la cama para cubrir su ropa interior con el edredón y los senos desnudos de Punzie al verla―. Por Dios, Elsa ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí?
―Tenemos que irnos.
Eugene frunció el ceño.
―Yo solo traje a Merida ¿Qué hay del que te trajo?
―Esta mañana ha sido un desastre, solo levántense y vámonos― la blonda le lanzó una mirada significativa y el castaño bufó al entender, pero terminó por acceder.
―Bien, danos unos minutos para vestirnos.
No necesitó que dijera más, y se apresuró a salir de ahí.
Encontró al resto en uno de los baños de la planta baja, Roy sostenía los rizos de fuego de Merida y ésta se encontraba agazapada sobre el váter, vomitando.
―Soy un asco― dijo la escocesa al terminar―, ¡no me miren!
―Sigue un poco ebria― explicó su hermano, Elsa rodó los ojos y se alejó. No quería su cercanía en esos momentos, mucho menos que le hablara.
Los morenos se unieron a ellos poco después.
―El lugar es un jodido desastre― comentó Fitzherbert, recibiendo el abrigo que Genevieve le tendía―, ¿Es el mío? …sí, ya lo veo.
―A Adam le va a costar un huevo dejar este lugar como nuevo― agregó Punzie―. Joder Elsie, tu fiesta de cumpleaños fue una pasada.
―Sin duda― masculló Anya con sarcasmo.
Elsa la miró de reojo, sabía que estaba molesta por lo ocurrido con Hans, pero no le quedaba claro si también lo estaba con ella.
"Seguro que sí".
Roland habló con Eugene para explicarle la manera en la que se irían a casa, pasados varios minutos terminó dentro de la camioneta con Merida entre ella y Anya, Punzie iba en el asiento delantero.
El camino fue silencioso, Eugene condujo con cuidado por la nieve y llegaron sin imprevistos. Gerda abrió la verja para dejarlos pasar y la blonda descubrió con alivio que ni el coche de sus padres ni la camioneta de los de Punzie estaban en la casa.
Punzie corrió para resguardarse del frío, ella la siguió y Anya caminó tranquilamente, sin prisa. Flynn tuvo que cargar con Merida hasta la sala de estar.
―… su jodido chofer y todavía llevar a cuestas a la ebria― despotricó en alemán, dejando a la escocesa sobre el sofá de manera descuidada.
―¿Puedes subirla a mi habitación, por favor? ―pidió, cruzada de brazos.
―Voy a por aspirinas para todos― anunció Punzie, alejándose por el pasillo―, ya vengo.
―Si Roy quiere que su prima no se tuerza el cuello, ya la puede llevar él cuando lo traiga.
―Que la lleves― forró su voz de hielo.
―Mira Els, tengo resaca y lo que menos me apetece es subir cincuenta kilos por quien sabe cuántos escalones…
―Lo que te apetezca es problema de Rapunzel― espetó―, tú tienes resaca, pero yo estoy que exploto de rabia. Ten un poco de lastima y consideración por ti mismo, y sube a Merida a mi habitación.
El castaño la miró.
―¿Roy ya lo sabe? ―preguntó de inmediato, la preocupación desfiguró su rostro cansado.
―Flynn…
―No, no, pero claro que no; si lo supiera ya hubiera crucificado a Hans y a mí también― se dijo a sí mismo, susurrando.
―Flynn…
―Quizá por eso Hans no estaba ahí, me envió a dejar a las chicas para darle hasta con las botellas vacías y cuando vuelva será mi turno.
―Flynn…
―¿Será muy obvio si huyo a Rusia con Punzie? seguro que podemos pasar una temporada allá.
―¡Eugene Fitzherbert!
El castaño calló de golpe, Elsa lo zarandeó y le propinó una pequeña bofetada.
―¡Carajo! ―exclamó, frotándose la mejilla.
―Estabas rozando la histeria, debía detenerte.
Eugene asintió.
―¿Qué sucedió o qué?
―Es una larga historia, en resumidas cuentas Roy encontró a Hans dormido en la misma cama que yo― explicó, mirando hacia el pasillo con nerviosismo.
―¿Ustedes estaban…?
―Vestidos― respondió al instante―, a mí me faltaba el sostén por alguna razón y él tenía el pantalón sin abrochar.
―¿Lo hicieron?
―¡Claro que no! ―exclamó y se cubrió la boca al instante. Merida se revolvió en el sofá y las botas de tacón de Punzie se hicieron oír―. Ahora mismo no estoy de humor, así que súbela o me vas a conocer…
―¡Las aspirinas! ―Punzie hizo acto de presencia, en una mano llevaba un gran vaso de cristal repleto de agua y en la otra un frasco con los fármacos―. Sírvanse.
Eugene tomó una pastilla y bebió un poco del vaso. Elsa lo imitó.
―¿Todo bien? ―preguntó la castaña, alternando la mirada entre ambos―, noto un poco de tensión aquí.
―Elsa está enojada porque Roy le gritó― explicó Eugene, mientras ayudaba a su novia a meterle una aspirina en la boca a Merida―… pásatela, ebria…
―Caray ¿Por qué? ―Punzie ayudó a Merida a beber sorbitos del vaso.
―Encontró a Hans dormido en la misma habitación que yo― explicó, Punzie soltó una exclamación sugerente y la blonda se apresuró a aclarar lo que estaba pensando―. No pasó nada entre nosotros, obviamente. Primero me mato.
Eugene ahogó una risa sarcástica y procedió a levantar a Merida en brazos.
―Si ya la voy a llevar, hazme el favor de decirme dónde queda tu habitación― pidió, dirigiéndose a las escaleras.
―En el segundo piso, la tercera puerta― instruyó, siguiéndolo.
―Ay mi amor, siempre ayudando a los necesitados― suspiró Punzie, soñadoramente.
―Ya lo sabes florecita, así soy yo.
Elsa le pellizcó el brazo con disimulo y el castaño tuvo que soltar las piernas de Merida para sujetarse del barandal y no caer.
La pelirroja soltó un gemido, pero no despertó.
―Que pesado tiene el sueño― se quejó el pardo, acomodando el peso de su prima sobre un hombro.
Llegaron a la segunda planta y pudieron ver a los trillizos asomándose por una de las puertas.
―¿Qué tiene? ―preguntó uno de ellos.
―Solo está dormida, Harris― explicó Elsa, acercándose a ellos para tranquilizarlos.
―¿Por qué el esposo de Punzie la lleva a tu cuarto?
―Hubert, él aún no es su esposo…
―¡Pero lo seré! ―gritó Eugene desde la habitación, salió segundos después―. Ahora sí ya me voy, aún debo ir por los otros tres.
Elsa asintió y Fitzherbert se marchó de inmediato.
―El trato sigue en pie― dijo a los pelirrojos cuando se quedaron solos―; anoche se les pagó para que no dijeran nada, sigue aplicando para hoy. No pueden decirles a nadie… mucho menos a sus padres, como vieron llegar a Merida.
Los niños se miraron entre ellos y terminaron encogiéndose de hombros.
―Pero ella está bien ¿verdad?
―Lo está, Hamish, ahora vuelvan a dormir.
Entró a su habitación después que se marcharan, se dirigió al cuarto de baño y dejó caer su vestido al suelo, se paró frente al espejo de cuerpo completo y apretó los dientes al contemplar las marcas rosadas que, dentro de nada, serían purpuras sobre sus senos.
"No, no…"
Alguien tocó con fuerza la puerta de su habitación, Elsa tomó su bata y se enredó en ella para salir a ver quién demonios estaba siendo tan insistente.
Encontró a Anna tras la puerta, molesta.
Estaba por preguntarle qué se le ofrecía, pero su hermana se adelantó.
―Elena estaba en tu fiesta anoche― dijo con brusquedad―, ¿Qué hacía esa vieja ahí?
Elsa arqueó una ceja.
―¿Cómo quieres que lo sepa? ―estaba tan sorprendida como seguramente lo estuvo Anna al enterarse de la presencia de la mexicana.
Ella no había quedado en malos términos con la ex de su mejor amigo cuando ellos pusieron fin a su relación, pero no podía decir lo mismo de la tal Naomi. Aquella… chica le pareció de lo más vulgar yendo a pedirle la ropa interior a Hans delante de todos.
"Ese golfo" pensó, enojándose de pronto.
Primero lo hacía con ella y después se marchaba a buscar a alguien más…
―Está en la misma universidad que Kristoff― continuó Anna, arrancándola de sus oscuras cavilaciones―, Roy me dijo que esa vieja se lo contó.
Elsa se enderezó.
―Roland es un jodido chismoso.
―¿Lo sabías? ―preguntó, mirándola como si no la conociera―, ¡Lo sabías!
―Pues sí, es mi mejor amigo…
―¡Yo soy tu hermana!
―¿Y eso qué? ―espetó―, no tengo derecho de contar lo que hablamos entre nosotros…
―¿Y si me estuviera engañando? ¿También le guardarías el secreto? ¡Contéstame!
―No me grites Anna, créeme que no estoy de humor para tus histerias.
―Esa vieja se pasea por el campus de la misma universidad que mi hombre, seguramente la muy mustia investigó donde iba a aplicar y corrió a pedir la plaza― planteó―. ¡Cómo la detesto! Piensa que todo el mundo debería lanzarse al suelo porque es latina*…
―Lo que acabas de decir es de lo más estúpido― Elsa negó con la cabeza―, Elena no es de esa manera…
―¡¿Y tú qué sabes cómo es?!
―Era mi amiga, pero nos distanciamos por ti.
―¡Ahora resulta! ―exclamó la pelirroja menor, indignada―, a mí no me culpes de los problemas que pudieron tener tú y esa vieja.
―¡Por esa vieja es que estás con Kristoff! ―estalló, la cabeza le dolía y ya había perdido la poca paciencia que le quedaba ―, ella se hizo a un lado porque escuchó a Kristoff decirme que seguía enamorado de ti.
Anna retrocedió como si la hubiese abofeteado.
―Si esa vieja no lo hubiera dejado, puedes tener la seguridad que Kristoff seguiría con ella― continuó, implacable―; si él no te dijo nada sobre lo de la universidad fue porque sabía que te podrías así ¡y no se equivocó!
―Yo…
―Tu deberías irte, me muero de sueño― antes que Anna reaccionara, Elsa azotó la puerta y le echó el pestillo.
Sacó un pijama de su cómoda con manos temblorosas y volvió al baño para vestirse en silencio. Estaba quitando los restos de maquillaje de su rostro cuando su teléfono, a punto de descargarse, sonó.
Tenía una notificación de Snapchat de una compañera de la academia, lo pasó por alto y fue directamente a los contactos bloqueados, pulsó uno en particular y, después de quitar el bloqueo, escribió un mensaje rápidamente.
"[Elsa]: Quiero hablar contigo".
Hans respondió a los pocos segundos.
"[W]: ¿Ahora sí la reina desea que hablemos? Que te den".
La blonda aspiró con rabia.
"[Elsa]: Eso es precisamente de lo que vamos a hablar".
Una llamada del cobrizo entró, pero la muchachita la desvió al instante.
"[W]: Enserio Elsa, vete al carajo, ya me cansé".
Fue su turno de llamarlo, él tampoco contestó.
Si estaba pensando que insistiría, ya podía sentarse a esperar, la rabia bullía en sus venas; se dijo que ya encontraría la manera para hablar por lo que lo dejó de lado y abrió el mensaje de su compañera.
"[Tatyana]: Madame K. dijo que debemos reunirnos con ella esta semana para que tengamos los ensayos finales. Tienes que volver ya".
Aquello fue suficiente, arrojó el teléfono a la cesta de ropa sucia y continuó con la tarea de desmaquillarse, pasándose la toallita húmeda con fuerza por los parpados y por la boca.
Hans, Anna y Madame K. la tenían harta.
Hans.
Apretó el edredón sobre su cabeza cuando abrieron las cortinas de su habitación.
―Pasa de medio día, levántate de una vez― la voz de Anya sonó amortiguada, su mejor amiga tiró del edredón hasta que se lo quitó―. Gracias a Dios que estás vestido, temía encontrarme con miserias.
Hans se incorporó gruñendo.
―¿Qué demonios quieres?
―Vine a ver cómo estás― respondió, sentándose en la esquina de la cama.
―¿Dimitri…?
―Desayunando con Lars, Ariel y Eric― respondió, encogiéndose de hombros―. Esta mañana fue todo un espectáculo…
―Ni me lo recuerdes― replicó, bufando―, mi mejor amigo estuvo muy cerca de acusarme de abusar de su hermana…
―Pero afortunadamente no pasó nada ¿Verdad? ―el bermejo la miró con incredulidad y la muchacha se apresuró a añadir―, no te estoy acusando ni mucho menos dudando de tu palabra; yo te creo si dices que no se acostaron.
―Pues que bueno porque en realidad no pasó nada. Estuvo a punto dé, pero me detuve.
Anya lo invitó a continuar después de asentir con la cabeza, Hans se incorporó, dejó salir un suspiro de cansancio y comenzó a explicarle la situación.
―De verdad quería que lo hiciéramos y ella estaba dispuesta, no sé cómo, pero afortunadamente recordé que Elsa no lo deseaba del todo― sus manos se pasearon por su cabello corto―. Solo me deja acercarme a ella estando borracha, y así no es cómo funciona.
―¿El sostén…?
―Se lo quité, eso no lo pienso negar… bueno, a ti no.
―Déjame ver si lo entiendo― Anya sopesó sus palabras unos momento―, ella quería y al mismo tiempo no que lo hicieran, y tú te retiraste muerto de ganas para ir a apagar tu calentura con la irlandesa ¿Cierto?
―Lo dices como si fuera el mayor perdido de Moscú― acusó el bermejo―, pero sí, básicamente eso fue lo que pasó.
Anya silbó.
―Me da gusto que hayas cambiado un poco.
―¿A qué te refieres, imbécil?
―El Hans de hace meses no habría duda en seguirle el juego, bajo los efectos del alcohol claro está.
―Yo jamás le eh hecho algo como eso a nadie.
―No digo lo contrario― se defendió la muchacha―, supongo que es porque se trataba de Elsa.
―El resultado sería el mismo si hubiera sido otra chica― contradijo―, ella no tiene nada que ver.
―Santo Dios, Hans. Los hombres nunca se enteran de nada.
El bermejo prefirió mantenerse en silencio.
―Es obvio que te gusta― declaró Anya, como si fuera lo más obvio del mundo.
―¡Eso no es cierto! ―exclamó de inmediato. La cobriza comenzó a reír.
―Lo es, me voy caminando de aquí a Moscú si me equivoco.
―Pues si estuviera en tú lugar, comenzaría a caminar desde ya.
Anya se levantó de la cama de un salto.
―Vamos a ponerlo de esta manera― inició―, recuérdame por qué comenzaste a ser su amante.
―Ella era mi amante, recuerda que tenía novia― aclaró el bermejo, la pelirroja le propinó un pellizco―. ¡Carajo, ya te digo! GoGo y yo teníamos problemas, Elsa acababa de terminar con Frost, ambos fuimos a la misma fiesta, bebimos y al día siguiente estábamos en un hotel.
―Desnudos― asintió Anya.
―No, rezando a la meca― ironizó―. ¡Pues claro que desnudos!
―Bien, no te exaltes. Seguimos, fue una sola noche que pudieron dejar en eso, dime por qué continuaron viéndose.
―Porque así lo decidimos.
―Fue una decisión tomada por ambos, pero ¿Quién lo propuso?
Hans se sintió renuente a contestar.
―¿Quién lo propuso? ―repitió la bermeja.
―Yo― terminó por decir―, fui yo quien le propuso que siguiéramos viéndonos.
Anastasia asintió, frunciendo el ceño.
―Perfecto, siguieron viéndose durante…
―Durante todo el verano, dijimos que acabaría cuando yo volviera a Rusia.
―Ajá, te fuiste y ella se quedó aquí ¿Consiguió a alguien más?
―Sí― masculló, siempre se ponía de mal humor al recordar la relación que sostuvo la rubia con Hamada―, casi de inmediato.
―¿Cómo te sentiste?
―No sentí nada.
Su molestia creció cuando Anastasia se soltó a reír.
―No te estés burlando, Nikoláyevna.
―Entonces sé sincero.
―Lo estoy siendo.
―Alexandrovich.
―Bueno, sí me chocó un poco que yo aún no regresara a casa y ella ya tuviera mi remplazo.
―Y tú también frecuentaste mujeres al volver.
―Sí, pero solo un par. Honeymaren fue la tercera… oye, tampoco soy un perdido.
―Lo que tú digas― Anya le restó importancia y siguió―, no volviste aquí en un año y medio ¿Cierto?
―Cierto.
―¿La buscaste al volver? ―el bermejo se obligó a responder de manera afirmativa―, ¿Qué hicieron?
―¿Tu qué crees?
―¿Le obsequiaste algo siquiera? ¿Qué hay de su novio?
―El imbécil se dio cuenta por una de las niñas que Elsa cuidaba― expuso, recordando―. Mandé hacer una muñeca matrioshka para ella… quizá la tiró a la basura.
―Continúa.
―No hay mucho que decir, volví a Moscú y ella terminó con Hamada.
―¿Te lo dijo…?
―Ella no… ella no…― bufó, le estaba costando hablar sobre eso―… ella no me llamaba y no contestaba a mis Snaps, así que la llamé yo y fue ahí cuando me dijo que ya no estaban juntos. Carajo, esa pequeña bastarda me culpó por eso y no hablamos en meses― de repente sintió vergüenza―. Después de esa llamada estaba tan enojado que le pedí a Honeymaren que fuera mi novia en un arranque.
―Me da pena ajena de solo acordarme cuando te presentaste formalmente con su abuela― Hans quiso decirle que el sentimiento era mutuo―. Da igual, volviste poco después para la boda de Roland ¿Solo pasó lo que me dijiste que pasó?
―Sí.
―¿Y…?
―Eh tratado de hablar con ella para arreglar las cosas.
―¿Por qué quieres arreglar esas cosas con ella?
―Porque no quiero que piense que soy un imbécil― respondió antes de poder formular lo que quería responder.
―¡Ajá! ―exclamó la pelirroja, apuntándolo―, ahí está.
―¿Qué está?
―Te importa lo que Elsa piense sobre ti.
Hans negó con la cabeza.
―Mira, yo lo veo de esta manera: cuando estábamos aquí teníamos que inventar cuartadas perfectas para poder escaparnos un par de horas cuatro veces a la semana…
―Bueno, ya no pueden decir que no son cercanos.
Hans ignoró el comentario burlón de la cobriza y continuó con la exposición de su punto de vista.
―… pero en Moscú no habría necesidad de eso, podríamos adelantar nuestros deberes e irnos por ahí a perder el tiempo. Nadie lo sabría.
―O sea que dices que en Rusia tendrían la libertad para acostarse las veces que quisieran― Hans asintió―, ¿Dices que sólo es atracción sexual?
El bermejo no encontró respuesta, no estaba del todo seguro.
―Supongo que sí.
―Pues tengo malas noticias para tu ego ruso― contradijo―. Ella te gusta.
―Que no.
―Que sí― Anya lo tomó de los hombros para zarandearlo y Hans silbó al sentir los pequeños pinchazos en los rasguños―. Ya me dijiste cómo ves la situación, ahora te diré como la veo yo― el cobrizo rodó los ojos―: era atracción sexual al principio, pero ya no.
―Si vas a sugerir que estoy enamorado de esa lagartija descolorida, ahórratelo porque aún no me excedo. Jamás eh estado enamorado.
―Tampoco hay que irnos a tales extremos― su mejor amiga le dio la razón―, me refiero a que si solo fuera la atracción sexual que sentías al principio, anoche que estaban igual de ebrios te habría dado lo mismo lo que Elsa pensara en estado de sobriedad y sucumbirías a tus bajos deseos.
―Te lo repito, no me aprovecho de chicas borrachas.
―Sí, pero si solo quisieras sexo no estarías tan desesperado para que ella te perdonara― declaró―. Si solo quisieras sexo no la perseguirías con la mirada, no te sentirías celoso de Alistair Krei y muchos menos mandarías a hacer regalos costosos para ella.
El bermejo sopesó las palabras de Anya en silencio, se negaba a dejar que hicieran efecto en él porque, si su mejor amiga tenía razón, estaba jodido.
Se negaba a estar jodido por Elsa.
―No sabes si lo que le obsequié esta vez es costoso― dijo al final, dejando pasar lo demás.
―Puedo apostar que lo es.
―No me gusta― repitió, solo que no terminaba de sentirse seguro si quería hacérselo creer a Anya o a sí mismo.
La pelirroja rodó los ojos.
―Repítetelo hasta que lo creas, ahora dúchate porque apestas a mujer― la nariz pecosa de Anya se arrugó―, ponte algo de crema en esos rasguños.
El pelirrojo no se sentía con ánimos de discutir por lo que asintió y se levantó, dispuesto a obedecerla.
―Y Hans…
Se detuvo a medio camino del baño para mirarla.
―Para que lo sepas, a Els no le hizo nada de gracia ver a Naomi pedirte las bragas― le informó, elevando las cejas sugerentemente―; la cara que puso cuando te vio la espaldas fue épica, afortunadamente nadie más que Dimitri y yo lo notamos.
Hans se metió al baño de inmediato y solo ahí, en la intimidad de esas paredes y lejos de los suspicaces ojos verdes de Anya, permitió que una sonrisita escapara de sus labios.
Elsa.
A excepción de sus hermanos y su cuñada, sus primos y Eugene ya se habían marchado cuando despertó, Gerda la llamó para que bajara a comer junto a sus invitados rusos y la blonda se obligó a arrastrarse hasta la regadera para que el agua fría terminara por desperezarla.
Anya parecía de mejor humor y Dimitri lucía su usual mirada taciturna cuando se unió a ellos en el comedor, Roland disimuló su arrepentimiento al no atosigarla, Gen se mantuvo en silencio y Anna ni siquiera se molestó en mirarla. Sus padres también estaban ahí.
―¿Cómo está la abuela? ―preguntó mientras besaba a su padre en la mejilla y abrazaba a su madre.
―Está bien, el doctor recomendó que ya no bebiera tanto― informó su madre con alivio―. Dijo que vivirá por muchos años más ¿No es fantástico?
―Lo es, querida.
Agnarr le guiñó un ojo a Anna para que no hiciera ningún comentario alusivo y Elsa se sentó junto a Dimitri.
―¿Cómo estuvo la celebración? ―preguntó su padre de pronto―, ¿Todo bien?
―Estuvo salvaje, Agnarr. Son jóvenes.
―Ya lo sé, es solo que siento cierta tensión― los ojos verdes del hombre mayor se posaron en Roland―, ¿Todo bien con tus hermanas y con Gen?
Roland asintió.
―Por supuesto.
Agnarr miró a Genevieve, quien sonrió y asintió, Anna la imitó y Elsa se encogió de hombros.
―¿Sucede algo, tesoro? ―aunque la pregunta era para ella, la mirada severa de su padre cayó sobre Roland―. ¿Acaso tu hermano, un hombre de veinte años y casado, se comportó como un muchacho irresponsable o algo por el estilo?
Elsa se apresuró a sacarlo de su error, pero en el interior moría de ganas porque su padre tuviera unas palabras con su hermano.
Agnarr Solberg era un hombre apacible y paciente la mayor parte del tiempo, pero era hijo de Runeard Solberg y había heredado su severidad, llegando a comportarse como un auténtico dictador si la situación lo ameritaba.
Y Roland lo sabía mejor que nadie.
―Tengo que volver a Moscú― anunció y se ganó las miradas de todos los presentes en la mesa.
―Pero hija mía ¿Cómo así? ―Iduna arqueó una ceja, confundida―, se suponía que iríamos todos a Rusia pasado mañana.
―Lo sé, pero es imperativo que vuelva.
―¿Tu abuelo…?
―Una compañera de la academia me envió un mensaje esta mañana, tengo que presentarme en la academia de ballet para terminar de ensayar.
―Si volaste hasta acá es porque ya tenías eso resuelto― replicó Agnarr, frunciendo el ceño.
―Así es, pero cuando vayan a Moscú… cuando vayan al teatro Bolshoi a verme bailar sabrán por qué es necesario que me marche.
Supo que no harían más preguntas cuando vio a padre suspirar, accediendo a no recibir más explicaciones.
―¿Y cuándo te vas?
―Si hay un vuelo disponible hoy, lo tomaré.
Agnarr asintió.
―Es la una de la tarde, casi las dos― dijo mirando su reloj―, ya mismo te busco el vuelo.
―Nosotros volveremos contigo― anunció Anya de pronto.
Iduna le sonrió cariñosamente.
―No hay necesidad de que se vayan, linda, pueden quedarse aquí.
―Se lo agradezco, pero ya sabe cómo somos los rusos.
―Solo necesitamos una excusa para volver a casa― agregó Dimitri, hablando por primera vez.
Sus padres asintieron de manera comprensiva y después que Agnarr prometiera buscar los vuelos— ganando una pequeña disputa con los pelirrojos sobre costear los boletos— terminaron retirándose a sus habitaciones para preparar sus cosas.
Ni bien cerró la puerta, sacó una maleta pequeña apresuradamente y puso las pocas cosas que había traído con ella desde Moscú, su bolsa con cremas, el estuche de maquillaje y el libro que usaba para estudiar ruso junto a la cartera de cuero donde guardaba sus plumas.
―Irme al día siguiente de mi cumpleaños, mucha gracias Madame K…― mascullaba mientras buscaba en su closet algo que llevarse, entonces vislumbró todos sus regalos envueltos y perfectamente acomodados en su escritorio.
Encontró un collar de oro blanco decorado con un colgante de copo de nieve redondo y una letra E en el centro revestida de pequeños diamantes azules dentro de la cajita de terciopelo.
"Para nuestra pequeña bailarina, feliz cumpleaños, hermosa. Mamá y papá".
Regresó el collar a la cajita y la apartó del resto para que no olvidara llevársela, levantó un paquete que a simple vista lucía pesado y confirmó que, en efecto, lo era.
Rasgó el papel dorado para descubrir una caja de madera con el logotipo de la compañía de licores del padre de Merida tallada en la tapa; destrabó los seguros para levantarla y dentro encontró, bien asegurada con heno debajo para evitar que se rompiera, una botella de whiskey, en otros dos compartimentos un par de vasos de cristal con sus iniciales grabadas en el centro y, en el último compartimento, un pequeño frasco con almendras deshidratadas y una tarjeta.
"Una de las primeras botellas para la chica que conquistará Rusia. Feliz cumpleaños de parte de esta familia que te adora".
Elsa sonrió, seguramente Elinor no había estado del todo convencida con el regalo, pero sin duda había firmado la tarjeta junto a Fergus, Merida y los trillizos. Cerró la caja y prometió que la llevaría a la parte de la bodega de su padre dónde tenían botellas importantes.
No usó mucho su imaginación al ver el largo y delgado rectángulo envuelto en papel kraft con una cuerdita blanca perfectamente anudada en medio, retiró el papel y jadeó de sorpresa.
Era un retrato suyo. En la pintura tenía los ojos cerrados mientras realizaba un odette*.
Buscó la fotografía en la que se basó y se conmovió bastante al ver que eran casi idénticas, el talento de Punzie era inigualable.
"Feliz cumpleaños Elsie, Flynn y yo te amamos" leyó en la tarjeta y al ver la firma del novio de su prima, solo por un segundo se sintió apenada de haberlo mangoneado.
Hizo una nota mental: pedirle a su padre que le enviara la pintura a Moscú, si su destino era vivir en Rusia, debía empezar a pensar en la decoración para el lugar al que se mudaría. Loca tendría que estar para quedarse con Runeard eternamente.
Encontró las cartas de sus pequeños y las apartó al instante junto al regalo de sus padres, encontró la cajita de los hermanos rusos, procedió a quitar el papel celofán para toparse con una pequeña pulsera hecha con ámbar, ya había visto en Moscú ese tipo de piedras. Apartó la caja, también se la llevaría.
Los padres de Punzie le obsequiaron un estuche con lentes dentro, su nombre estaba grabado con impecable caligrafía en las varillas e ignoró la marca en la charnela. Anya y Dimitri le obsequiaron un pequeño juego de té hecho de cerámica Gzhel en los típicos colores azul y blanco.
Haciendo gala de la frialdad rusa, sus amigos solo escribieron un escueto feliz cumpleaños perra en la tarjeta.
Recibió algunos conjuntos de ropa de varias firmas de parte de Genevieve y Roland, y una caja con un set de perfumes por Anna.
Ya estaba cansada y aún no terminaba, aún le faltaban el de Tadashi, el de su abuela, y el de Hans.
Tomó primero el de su abuela, rezando por no encontrar una bandera nazi dentro; abrió la bolsa de regalo y sacó otra caja, deshizo el listón azul pastel y apretó los labios al encontrar una peineta de plata antigua decorada con perlas y flores del mismo material.
"Todas las chicas alemanas deben tener un regalo de su abuela" escribió Jo en alemán. Al igual que con Eugene, el piquete del arrepentimiento la alcanzó, desvaneciéndose al instante en que sus orbes de zafiro enfocaron el regalo de Tadashi.
De la bolsita de seda azul sacó una larga y delgada caja con tapa roja y letras doradas, dentro habían dos pares de largos palillos japoneses de metal en color negro, un par tenían la imagen Yuki-Onna, personaje del folklore japonés, en la parte final mientras que el otro lucía un decorado de flores en tonos azules.
Finalmente tuvo que abrir el regalo de Hans, sacó el papel de seda de la bolsa hasta que sus dedos tocaron algo frío, lo sintió pesado al levantarlo y entonces pudo admirarlo del todo.
Dentro del fanal de cristal había una figura de porcelana brillo de una bailarina practicando una elegante pose, tenía una larga falda a pliegues de color blanco y suaves tonos pastel sobre un estrado de madera de color azul.
Al igual que la matrioshka, en la base color negro del fanal y con doradas letras rusas, la palabra Snezhinka se encontraba grabada en ella.
A regañadientes reconoció que, definitivamente, la figura era preciosa, y que Westergaard era un bastardo que sabía elegir un regalo.
Rebuscó dentro de la bolsa para cerciorarse que el bermejo no hubiera escrito nada en alguna nota y con cierta decepción que le chocó bastante, descubrió que en efecto, no había nada más.
Levantó los obsequios que se llevaría con ella para meterlos en la maleta, sacó algunas cosas para poder acomodarlos; estaba terminando de poner todo en orden cuando escuchó un toque en la puerta y Roland entró al instante.
―Oye, yo…― el blondo se rascó la nuca, titubeante―… ¿Crees que podamos hablar?
Elsa se enderezó y le dedicó una mirada vacía.
―Sí, Roland― terminó por decir―. De hecho sí.
La rabia que sentía en la mañana había aminorado con el paso de las horas; pero refulgió al recordarlo golpeando a Hans y comportándose como un pelmazo con ella.
Decidió que no se iría a Moscú sin dejarle varios puntos en claro a su hermano.
ACLARACIONES:
Odette: es el nombre de la pose... forget it.
¡HOLAAAAAAAAAAAAAA! Hoy es jueves de actualización de PS haha, me eh dado cuenta que últimamente actualizo esta historia los días Jueves LOL, espero haya llenado sus expectativas. Nos leemos… o no, lo que más prefieran.
Entonces qué… ¿Review? ¿No? Ok.
Harry.
