Doce:
Mas Cerca
—No puedo dejar de pensar en lo de antes —murmuró Naruto, con los nudillos blancos de tan fuerte como sujetaba el volante.
«Y que lo digas», pensó Hinata, que se había pasado las dos últimas horas reviviendo las cosas que él le había hecho sentir... y hacer.
Dos veces.
No podía dejar de ver el precioso rostro del demonio antes de alcanzar el orgasmo, ni el modo en que su pene había temblado mientras ella lo acariciaba. El grito de Naruto al estallar la había hecho estremecer.
El hecho de no llevar ropa interior tampoco la estaba ayudando demasiado. Y saber que sus braguitas estaban en el bolsillo de él era algo extrañamente erótico.
—Bueno, pues vas a tener que esforzarte por no hacerlo.
Lo mismo que ella. Todo sería más fácil si no fuera tan consciente de él. Definitivamente, eso de ser hipersensible la estaba afectando. El olor que desprendía Naruto le hacía la boca agua. Cada vez que lo tenía sentado a su lado no podía evitar sentirse atraída hacia él, y en el coche eso era una constante.
Igual que con las voces, Hinata nunca se había fijado especialmente en el olor de un hombre, a no ser, claro está, que fuera desagradable. Pero la esencia que desprendía Naruto le ponía la piel de gallina, y le hacía tener ganas de sentir aquel maravilloso cuerpo encima del suyo.
—Si pudiera hacer mi voluntad —dijo él, —me encerraría contigo en algún sitio durante dos semanas y no nos dedicaríamos a nada más que...
—¿Darme clases?
—Sí.
—Bueno, eso no será posible. Tú necesitas conseguir tu espada, y yo me temo que, cada día que pasa, estoy más cerca de llegar a un punto sin retorno con lo de mi transformación.
—Lo sé. Lo sé.
—Lo que tenemos que hacer cuanto antes es tratar de ignorar este impulso.
Hasta ahora, Hinata nunca había entendido a qué se refería la gente con lo del «despertar sexual». Naruto le había hecho cosas que jamás podría olvidar. Nunca volvería a ser la misma... Había cruzado una línea. Había probado la fruta prohibida y ahora quería más. Cosa que no era posible. ¿Y cómo se volvía a dormir eso de la sexualidad?
—¿Ignorarlo? Ya, avísame si descubres cómo hacerlo —replicó él entrando en el aparcamiento de lo que parecía ser un enormemente lujoso centro comercial. —Hemos llegado.
—¿Aquí es donde tienes que recoger tu material?
—Los dos vamos a hacernos con nuevo material. Necesitas ropa de abrigo. Prendas que te resulten más cómodas.
La verdad era que a Hinata no le importaría tener uno o dos jerséis de cuello vuelto. Y una chaqueta que abrigara más.
El aparcó frente a un edificio de tiendas, y ella salió del coche y cerró la puerta del mismo sin prestar atención. Volvía a estar hecha un lío... Se había pasado toda la vida temiendo excitarse, una sensación que siempre iba acompañada del temor a herir a su pareja.
Ese día, ese temor se había desvanecido... porque, aunque lo hubiese querido no habría sido capaz de herir a Naruto. Había estado indefensa, incapaz de hacer otra cosa que permitir que él la condujera, con destreza, al orgasmo. Al recordarlo sintió un cosquilleo en el estómago, pero luego frunció el cejo. «Con destreza.»
Naruto era, al fin y al cabo, un seductor. ¿Le habría dado ese mismo placer a Fûka?
—Eh, te has olvidado el portátil —dijo él, cogiéndolo sin cuidado.
Hinata abrió los ojos de golpe y corrió hacia él. ¿Se había olvidado el ordenador? Era el objeto más indispensable de su vida, tan crítico para su carrera que a menudo había deseado poder implantarse un disco duro en la cadera.
—Ya veo que tenías la mente ocupada —comentó Naruto con arrogancia. —Lo de ignorar lo que ha pasado entre nosotros no acaba de funcionar, ¿eh?
—Estaba pensando en otra cosa. —Cuando trató de coger el ordenador, él lo levantó por encima de su cabeza. —¡Devuélvemelo! ¡Se te va a caer!
—Te lo devolveré si reconoces que estabas pensando en mí.
—Está bien. Estaba pensando en ti. ¡Y ahora dámelo!
Naruto lo hizo, sorprendido de que ella hubiera capitulado tan fácilmente. Pero claro, a fin de cuentas era su ordenador, el centro de todo lo bueno de su mundo.
Tras ver que Hinata se colgaba la tira de la bolsa del portátil al hombro, él le colocó la mano al final de la espalda. Ella lo fulminó con la mirada, pero Naruto la ignoró y la guió hacia adentro. En la sección de señoras, llegó a colocarle unos vaqueros delante para ver si era su talla. «¿Qué se ha creído?»
—¿Y cómo esperas que me pruebe los pantalones sin ropa interior? —le preguntó entre dientes.
Él se dio unas palmaditas en el bolsillo.
—¿Quieres recuperarla? Tal vez podamos llegar a un acuerdo. —Le colocó otro par de téjanos en el antebrazo, cogió unos jerséis de cuello vuelto de cachemir y la acompañó al probador.
Hinata dio por hecho que él esperaría en los sofás de fuera, pero no tuvo tanta suerte.
—¡Naruto! —Exclamó al ver que la seguía y cerraba la puerta a su espalda. —¡No puedes estar aquí!
Él apoyó una mano en la pared que había detrás de ella y se inclinó hacia adelante.
—Necesito estar aquí porque tú estás a punto de darme un beso.
—¿En serio? —Trató de parecer enfadada, pero sólo consiguió que se notara que estaba intrigada.
—Así es. Si es que quieres que te devuelva las braguitas.
—Me da igual. Pasaré sin los vaqueros.
—Creo que tendrás frío con esas faldas sin nada debajo, a excepción de las medias, claro.
Hinata suspiró impaciente. Empezaba a refrescar.
—Te besaré, pero sólo si te olvidas de la apuesta. No sólo por esta noche.
—Entonces tienes que darme un beso con lengua. Nada de un besito en la mejilla.
Esa había sido su intención.
—De acuerdo. Pero la verdad es que no sé ni cómo empezar. ¿Se reiría Naruto de su inexperiencia? ¿La compararía con Fûka?. Hinata quería besar mejor que aquella diablesa.
—De momento no necesitas esto —dijo él, tirando de la bolsa que ella llevaba al hombro para dejarla en el banco que tenía detrás. —Veamos, tendrás que ponerte de puntillas.
—¿No piensas agacharte un poco?
—Te recuerdo que tú me vas a besar a mí.
Hinata colocó las manos en los hombros de Naruto para mantener el equilibrio, y luego se puso de puntillas.
—Aunque estés más alta, todavía tienes que conseguir que agache la cabeza. Cógeme por la nuca.
No pudo evitar gemir cuando ella le tocó la punta de los cuernos si querer. Hinata se apresuró a apartar las manos, pero él dijo:—Me gusta que me los toques.
—¿De verdad lo notas? —le preguntó, al recordar lo que le había dicho sobre lo sucedido en el bar.
—Por supuesto. A los demonios nos encanta que nos acaricien los cuernos.
Tomó nota de eso para futuras ocasiones.
—Ahora tienes que separar un poco los labios y colocarlos encima de los míos. Una vez allí, puedes acariciarme la lengua. Llegados a este punto, haz lo que te sientas cómoda haciendo.
Hinata tragó saliva, incapaz de decidir si estaba impaciente o nerviosa, o ambas cosas. Se puso de puntillas, lo acercó a ella, y colocó los labios encima de los de él.
Como si quisiera darle ánimos, Naruto deslizó la lengua hacia la suya, y luego la dejó que tomara las riendas. Cuando Hinata empezó a explorarle los labios con su lengua indecisa en ningún instante trató de darle prisas. Por fin, la lengua de Naruto volvió a ir al encuentro de la de ella, pero acopló el ritmo al de Hinata, acariciándosela despacio.
Fue un beso lánguido, pero indiscutiblemente carnal. Hinata parecía incapaz de controlar las ansias que tenía de hacer que el beso fuera más profundo... Oyó las risas de las chicas del probador de al lado.
Hinata lo soltó al instante, tratando de controlar la respiración al mismo tiempo que sus pensamientos. Pero al ver el rostro de Naruto se quedó asombrada. Tenía los ojos completamente rojos, y los cuernos se le habían erguido y se veían más grandes. Igual que cada vez que se acariciaban.
Naruto no había tenido ninguna de esas reacciones al besar a Fûka. ¿Se debía a que con ésta se había quedado satisfecho? ¿O a que no había sentido nada en absoluto?
—Ya. —Se escurrió por debajo del brazo de Naruto. —Ya te he besado.
—Sí que lo has hecho —dijo él con voz ronca. —Menos mal que he traído esto. —Se puso el sombrero. Aquel sombrero que hacía que a ella se le acelerara el corazón. Cuando los ojos se le aclararon un poco, volvió a hablar: —Voy a salir. Iré a sentarme con el resto de los hombres que no tienen ni idea de cómo han terminado aquí.
—¡Espera! —Le señaló el bolsillo.
El fingió que no la entendía.
—Dime, amor mío.
—Mis braguitas —pidió ella poniendo los ojos en blanco.
Naruto se las entregó con una picara sonrisa. Al menos, por fin tenía el probador para ella sola. Se acababa de abrochar unos vaqueros de trescientos dólares cuando se quedó petrificada. «Puedo oír perfectamente los susurros de las chicas del probador de al lado.»
Hinata estaba segura de que estaban cuchicheando, seguramente tapándose la boca con las manos, pero ella podía distinguir con toda claridad lo que decían.
—Está como un tren. Es el hombre más sexy que he visto nunca. Sal como si fueras a buscar otra talla y compruébalo por ti misma.
Y también podía oír cómo los corazones de esas chicas latían acelerados cada vez que regresaban de echar un vistazo a Naruto. Lo que significaba que él también podía oírlas. No era de extrañar que fuera tan consciente de lo guapo que era.
—Sal para que pueda verte —dijo él.
Hinata se miró en el espejo y apenas se reconoció. No se había puesto unos téjanos desde la adolescencia. Como el moño se le deshacía cada vez que se probaba uno de los jerséis, terminó haciéndose dos trenzas para que le taparan las orejas. No llevaba las gafas porque ya no las necesitaba, y tenía las mejillas sonrosadas, brillantes, igual que las de Mito. Se mordió el labio, odiando reconocer que lo de ser una valquiria tenía sus ventajas.
—Vamos, sal.
—¡Un minuto!
Y él apareció junto a la puerta.
—Estoy impaciente por verte, princesa.
Al oír eso, una de las chicas del probador de al lado suspiró.
—Los téjanos no me quedan bien.
Le iban un poco anchos en la cintura y demasiado ceñidos en las nalgas. Se dio la vuelta ante el espejo, y frunció el ceño al mirarse. Nunca se había percatado de que tuviese un culo tan grande. ¡No era de extrañar que Naruto estuviera tan fascinado con él!
—Te traeré otra talla —se ofreció Naruto.
—No, son demasiado grandes y a la vez demasiado pequeños.
—Deja que lo juzgue por mí mismo.
—Está bien. —Abrió la puerta.
Naruto se quedó boquiabierto.
—Date la vuelta. —Cuando ella hubo dado una vuelta entera, él dijo: —Bueno, verás, yo pensaba que tu culo metido en esas faldas era de infarto, pero enfundado en vaqueros es insuperable.
Las chicas del otro vestidor se rieron como bobas y ella lo fulminó con la mirada. Naruto no le hizo ni caso, y cogió la bolsa del ordenador, para luego guiarla hacia afuera.
—¿Qué estás haciendo?
Ya podemos irnos.
—Pero si no me quedan bien —insistió Hinata.
—Compraremos un cinturón.
—Espera, esto es sólo un conjunto.
—Ningún problema. Compraremos cinco pares de estos vaqueros de infarto, y un jersey de cada color y listos. —Al alejarse de los probadores añadió: —Vaya, nos ha ido por los pelos. Te he sacado de ahí justo a tiempo.
—¿De qué estás hablando?
—Estabas a punto de arrancarles los ojos a esas niñas por haber estado mirando a tu demonio. Era inminente... Sus vidas pendían de un hilo.
—Tú no eres mi demonio.
—¿No? Pues me has besado como si lo fuera.
—¡Ooh! —farfulló irritada.
Naruto cogió un cinturón de piel negra de un expositor.
—Pruébate esto. —Se lo pasó por las trabillas de la cintura del pantalón, tomándose su tiempo y aprovechado para rodearla con los brazos. Hinata se apostaría lo que fuera a que también le estaba olfateando el pelo.
—Me va bien —dijo ella, y Naruto cogió unos cuantos más. Luego fue a por el resto de pantalones y jerséis.
Llegó el momento de pagar y el demonio se dirigió a la mujer de la caja.
—Buenas noches, belleza.
La cajera se quedó mirándolo embobada y sólo atinó a colocarse bien el pelo.
—Señora, tenemos prisa —intervino Hinata con más brusquedad de la que pretendía.
De vuelta a la realidad, la mujer empezó a pasar las etiquetas por el lector óptico.
Naruto se acercó a Hinata y le susurró al oído:—Otra que se la ha jugado. Las muy inconscientes están coqueteando con la muerte.
Ella le propinó un puntapié. Y, como respuesta, él se rió.
Cuando por fin les dieron las bolsas, quitaron las etiquetas de la ropa que Hinata se había dejado puesta, él le dijo:—Ve a la planta de abajo y pruébate algunas botas. —Le entregó una tarjeta Centurión de American Express.
Al parecer, aquel demonio era muy rico.
—Necesitarás un par de las caras, de esas que no hacen daño cuando las estrenas. Que sean de Gore-Tex, para poder caminar por la nieve.
—¿Y adónde vas tú?
—A comprar un abrigo y un par de cosas más. Quédate en la tienda hasta que regrese...
En la zapatería, Hinata eligió dos pares de botas. Unas de montaña, de Gore-Tex, y unas de piel negra con mucho tacón porque sólo de verlas se enamoró de ellas y no podía irse de allí sin comprarlas.
Cuando la dependienta regresó con su número, Hinata se las probó y caminó un poco. ¿Todo el mundo caminaba de un modo distinto con botas? ¿Cómo con más desparpajo?
Se compró los dos pares y se dejó puestas las negras. Finalizada la tarea, se sentó a esperar a que Naruto regresara. Sin nada que hacer y nadie con quien hablar, su mente empezó a repasar todo lo sucedido...
No cabía duda de que le había sido infiel a su novio. Y ése no era su estilo. Ella jamás había copiado en un examen, nunca había roto una promesa. Kiba era demasiado buen chico, y no se merecía aquello...
«¿De verdad lo conoces?»
Ese pensamiento apareció de la nada y la preocupó. Kiba era perfecto para ella. Era responsable, tranquilo, completamente centrado en su carrera, igual que Hinata. Alto, delgado, guapo en un sentido amable y nada intimidatorio. Y, tal como le había dicho a Naruto, sería un gran marido y un buen padre.
Lo que era mucho más de lo que podía decir sobre el demonio, que probablemente le sería infiel y con toda seguridad un padre que no se ocuparía de sus hijos. Y, a pesar de todo, al estar con él, se había dado cuenta de una cosa: se podía conocer mucho de un macho al tener relaciones sexuales con él; era un momento en que éste bajaba la guardia.
Los ojos de Naruto habían estado llenos de lujuria, hambrientos de pasión, pero la había acariciado con ternura, como si estuviera saboreando cada segundo... como si la adorara. Hinata no se había imaginado que el rudo mercenario pudiera ser tan tierno, y nunca lo hubiese adivinado de no haberse metido en la cama con él.
¿Qué descubriría de Kiba en una situación como ésa?. Trató de imaginarse haciendo todas esas cosas con su novio y no pudo, porque no dejaba de ver a Naruto.
«¡No, no!» Ese era un ejemplo perfecto de cómo a su mente la estaba afectando toda aquella transformación. «He empezado a pensar que enrollarme con Naruto tiene sentido, porque así puedo saber muchas cosas de él como persona.»
Sólo dudaba de Kiba porque no era ella misma. No por la absurda teoría de que se aferraba a él porque su novio simbolizaba su antigua vida, una vida que temía abandonar...
Su mente se quedó en blanco al ver venir a Naruto. Las musculosas piernas del demonio recorrían la distancia que los separaba a toda velocidad; llevaba los hombros echados hacia atrás, y su perenne sonrisa en los labios.
Tal vez Naruto tuviera razón, pensó aturdida. Tal vez debiera tener una última aventura antes de regresar a su monótona existencia. Experimentar un poco, hacer algo emocionante...
Él llegó a su lado y, antes de que Hinata pudiera reaccionar, se agachó y le dio un beso.
—Me has echado de menos, ¿a que sí?
—Ni hablar —mintió. Se sonrojó. Era la primera vez que la besaban en público.
—Hum. Entonces me pregunto por qué se te han puesto los ojos plateados al verme.
—¡No es verdad! —Lo miró fijamente. —¿Y si alguien me ha visto? Oh, Dios...
—Relájate, princesa. Los humanos creerán que ha sido un efecto óptico. Lo único que tienes que hacer es quitarle importancia. Enséñame qué te has comprado.
Enarcó las cejas al ver sus botas nuevas.
—Muy bonitas. ¿Sólo te has comprado dos pares? Y yo que creía que la tarjeta iba a echar humo con tus compras.
—Pues siento decepcionarte. —Vio que él llevaba varias bolsas. —¿Qué has comprado tú?
—Te lo enseñaré durante la cena.
—¿Cena? ¿Tenemos tiempo?
—Tengo que alimentar a mi pequeña mutante, o de lo contrario se pondrá irascible. Además, sólo nos quedan cinco horas de viaje, como mucho, y acaban de dar las seis.
—¿Y qué crees que podré comer en un restaurante? Ya sabes que sólo consumo cosas envasadas.
—Ya he hecho la reserva. Confía en mí.
Se había pasado los últimos quince años de su vida yendo demasiado arreglada a todas partes. Y ahora el demonio la metía en un elegante restaurante vestida con vaqueros.
Mientras esperaban a que les trajeran la comida, se preguntó qué habría pedido para ella. ¿Una lata de guisantes? ¿Un zumo de frutas? Dado que estaban en una marisquería, no descartaba terminar cenando una lata de atún.
—Mira lo que he comprado —dijo Naruto inclinándose sobre una de sus bolsas. Se había quitado el sombrero y se había atusado el pelo para tapar los cuernos. Estaba irresistible. Le dio dos paquetes. —Te he comprado un reloj. Tú solías llevar uno muy bonito.
¿Se había fijado incluso en ese pequeño detalle?
—También he comprado uno para mí —añadió.
Oh, sí, porque antes había pulverizado el suyo de un fuerte puñetazo.
—No serán iguales, ¿no?
—Hinata, sólo soy un demonio, no un idiota.
—Claro, por supuesto. —Aceptó la cajita y, al ver la marca, enarcó las cejas: Cartier.
Ella siempre se mantenía alejada de los escaparates de esa joyería porque sus relojes estaban repletos de diamantes, lo que resultaba muy peligroso para Hinata, que se quedaba embobada mirándolos.
Al abrir el paquete casi sonrió. No había ni un diamante a la vista. Platino, simple pero elegante. ¿Por qué era tan... delicado?
—Es precioso, Naruto, pero es demasiado. No puedo permitir que...
—Lo pasaré como gastos. Cierra el pico y abre el otro regalo.
Ella se quejó, pero obedeció. Dentro estaban... sus gafas Modelo Gatita seductora. Lo miró atónita.
—¿Me estás regalando mis propias gafas?
—He hecho que te cambien los cristales. Dijiste que no podías concentrarte sin ellas, pero te estaban dando dolor de cabeza.
Hinata se las puso, todavía embobada. ¿Quién la apoyaba más? ¿Kiba, que le daba ánimos de boquilla, o Naruto, que hacía todo lo posible para que ella pudiera trabajar?
«¡Deja de compararlos!» Kiba no entra en un bar y se acuesta con diablesas insaciables.
—Son perfectas. Pero Naruto, volveré a ser como antes. Mi vista volverá a empeorar.
—Pues cuando llegue ese momento, vuelves a cambiar los cristales. Pero ahora tienes trabajo que hacer —dijo, y añadió con seriedad: —Hinata, el código no se escribirá solo. —Le dio otra bolsa. —A ver si te gusta el abrigo que te he comprado.
Ella metió la mano y sacó un pequeño y confortable anorak de esquí.
—Es rojo.
—En efecto. No tienes nada de este color. —De nuevo, el demonio había observado ese detalle.
Estaba sorprendida de su buen gusto. —No parece muy pesado —comentó.
Tecnología punta, princesa. Te mantendrá abrigada incluso a veinte bajo cero. Confía en mí. Además, ahora ya no tienes tanto frío como antes, ¿a que no?
—No, supongo que no.
El camarero apareció con sus bebidas: una cerveza para él, y para ella una botella de agua Perrier bien fría y sin abrir, por petición expresa de Naruto.
—¿Por qué te preocupa tanto que coma? —preguntó Hinata cuando el hombre se retiró.
Naruto soltó aire, odiando tener que ocultarle la verdad. «Porque no soy una buena persona, y estoy a punto de traicionarte del peor modo imaginable...»
Tenía la sensación de que cada momento de felicidad que podía disfrutar con su compañera iba acompañado de una mentira, haciendo que así se hundiera más y más en su agujero, asegurándose así de que ella jamás lo perdonara.
«No pienses en eso.»
—No sé. Quizá podamos aminorar la velocidad de tu transformación si sigues comportándote como una humana.
—Cada vez tengo menos hambre —suspiró ella. —La verdad es que podría dejar de comer del todo.
—El cambio ya se ha asentado en tu interior. No creo que seas consciente de la fuerza y la velocidad que has adquirido.
Hinata se quedó pensativa durante mucho rato, doblando y desdoblando la servilleta con sus delicados y diestros dedos. Los mismos con que había sujetado su erección hacía sólo unas pocas horas. Se removió incómodo en la silla.
—Naruto...
—¿Qué te preocupa?
—Me estaba preguntando... ¿cómo es vivir para siempre?
«Agotador.» Sin pareja ni familia, era condenadamente agotador. Pero optó por responder otra cosa:—La vida eterna tiene sus ventajas. Como no morir, por ejemplo. ¿Estás pensando en suscribirte al club de los inmortales?
—No sé qué contestar. Lo de ser una valquiria parece una buena cosa, pero no quiero ser la Vestal. No quiero que mi futuro sea procrear o morir. Y no sé cómo conciliar mi vida actual con la nueva. ¿Y si los alumnos de mi clase ven mis nuevas orejas?
—Te sorprendería saber cuántos miembros de la Tradición viven entre los humanos y nadie se ha fijado nunca en ellos.
Ella ladeó la cabeza.
—La verdad es que no sé si quiero vivir para siempre... —Se interrumpió al ver que el camarero regresaba con su cena.
A Naruto le trajo el entrecot de la casa. A ella, plátanos sin pelar y huevos hervidos con la cáscara intacta, acompañados de unos cubiertos de plástico todavía en su envoltorio. Hinata, con mirada triste, desvió la vista de su comida hacia la de Naruto.
—Te apetece probar mi entrecot, ¿a que sí?
Ella negó con fuerza, dejando bien claro que se moría de ganas de hincarle el diente a aquel pedazo de carne.
—Aún tengo... problemas con la comida.
—Lo sé. Lo sé. Quieres cosas que no haya tocado nadie y envasadas.
Hinata frunció el cejo al ver que el camarero volvía con otro plato para ella; una langosta con la cola y las pinzas intactas.
—Damas y caballeros —dijo Naruto cuando volvieron a quedarse a solas, —pasen y vean lo último en comida envasada. Puedes romper el caparazón tú misma, sin que haya ninguna transferencia, y luego comerte la carne con el tenedor de plástico.
Ella se quedó mirándolo.
—¿Sabes cuánto tiempo hace que no como marisco fresco? —Y esbozó una sonrisa.
«Otro punto para el demonio.»
—Soy un buen novio, ¿a que sí?
—Si no fueras tan modesto... —respondió ella, ya fuera del restaurante.
La verdad era que sí, Naruto era un buen novio; creativo a la hora de enfrentarse a sus fobias. Y durante la cena se lo había pasado fenomenal.
Naruto se encaminó hasta la basura, donde tiró las cajas de los relojes. Desde allí, lanzó algo hacia ella.
—¡Cógelo, rápido! —le dijo.
Era algo brillante.
¡Un anillo de diamantes!
Sin apartar la vista de la joya, Hinata levantó la mano y la cazó al vuelo. Abrió la palma y se estremeció de la impresión.
—¿A qué viene esto? —preguntó fascinada.
—Entrenamiento. Ahora tienes que apartar la mirada del anillo —le dijo junto al oído. ¿Cuándo se había acercado tanto a ella?
«Deja de mirarlo.»
Hinata negó furiosa con la cabeza. Él se lo había dado, ¿y ahora esperaba que apartara los ojos de aquella preciosidad?
—Deja de mirar el anillo o lanzaré tu portátil a esa basura. Imagínate cuántos gérmenes puede haber ahí. ¿Crees que el disco duro sería recuperable?
Hinata tembló por el esfuerzo que hizo por apartar la vista.
—¡No... no lo hagas... por favor!
Él le tapó la mano y cogió el anillo de entre sus dedos, que trataban de aferrarlo.
Roto el estado de trance, Hinata miró a Naruto. —¡No ha tenido gracia!
—No pretendía que la tuviera. Tienes que practicar, diez veces al día si es necesario. Tienes un punto débil, princesa, y debes superarlo.
A pesar de que sus técnicas eran algo bruscas y agresivas, Naruto parecía estar preocupado por ella de verdad. Hinata se mordió el labio inferior.
—El diamante es de verdad, de lo contrario no lo habría cogido. —Al ver que él se lo confirmaba, le preguntó: —¿Cuánto gana un mercenario como tú hoy en día?
—Tengo una fortuna en oro. Ah, ¿ha sido un destello eso que ha brillado en el fondo de tus ojos? ¿Te gusto más ahora que sabes que soy rico? —Le colocó un dedo bajo la barbilla. —Porque si es así, me parece bien.
Naruto le dio un beso en los labios.
—¡Deja de hacer eso!
Naruto seguía robándole besos, tratándola como si fuera su novia. Y eso la ponía nerviosa y no le gustaba. Qué va.
—Y ahora, prepárate —le dijo él. —Ha llegado el momento de que conduzcas un coche rápido de verdad.
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Continuará...
