Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Travesuras

Cuando el timbre se escuchó con insistencia un martes por la mañana Edward se cubrió la cabeza con las mantas acomodándose boca abajo. Aún tenía sueño y frío para salir del calor que proporcionaba su cama.

Mas como el timbre no cedió ni su mujer se vio interesada en levantarse no le quedó de otra que ponerse de pie, y ser él quien atendiera la puerta.

Así, vestido en sus pijamas de cuadros y descalzo, arrastró sus pasos con profundo enfado. Tropezó, golpeando su dedo chiquito del pie con la esquina de la pared del pasillo y maldijo en voz alta

Con el pelo revuelto y gesto huraño recibió de mala gana a quien fuera:

― ¿Qué quieres?

James lo ignoró pasando por un lado de él haciéndose espacio en el interior. Traía una caja de rosquillas glaseadas en una mano y en su otro brazo a su hijo, envuelto en una frazada. Primero decidió dejar la orden gourmet para Bella sobre la encimera, mientras arrullaba al niño para que no despertara. Después miró sin disimulo la estancia aún en penumbras.

― No vengo a verte a ti ―dijo el rubio― ¿dónde está Bella?

― Entonces vienes a ver a mi mujer ―pronunció con sorna acercándose a mirar los distintos sabores de glaseado, se decidió por una rosquilla cubierta de chocolate y nuez la cual dio un gran mordisco―. Ella está durmiendo. ¿Irás a trabajar tan temprano?

― Mmm, no… ―pasó una mano por el pelo del niño― venía a desayunar.

Edward bufó. La cafetera estaba programada para media hora más tarde.

― Lleva a Cody a la habitación ―ordenó, al ver la cabeza de su sobrino casi colgando del hombro de su padre.

Media hora después estaban los dos hombres bebiendo café caliente sentados cómodamente alrededor de la isla. Edward empezaba a trabajar en su laptop; leyendo y corrigiendo algunos pendientes que tenía.

― Me está poniendo nervioso que mires la hora cada minuto. ¿Tienes algo qué hacer?

James sacudió la cabeza concentrado en la taza humeante que tenía entre sus manos volviendo a fijar su vista en el reloj de pared. Eran las 6:55 de la mañana. La luz diurna se empezaba a filtrarse entre las ventanas dejando apreciar la ligera llovizna que seguía cayendo desde hace horas.

― ¿Por qué estás trabajando tan temprano?

― Estoy aprovechando que un idiota vino a casa e interrumpió mi sueño ―se burló Edward tipeando en la laptop sin dedicar ninguna mirada.

― Estuve pensando en inscribir a Cody en una guardería ―reflexionó James después del último sorbo de café―. Es un lugar seguro. De esa manera él podría acoplarse desde ahora y no esperar hasta que Bella tenga al bebé. Si me espero para ese tiempo, mi niño estará más acostumbrado a estar aquí. No quiero que sea dolorosa la separación con su tía. O que se sienta desplazado con la llegada del nuevo bebé.

Edward dejó de poner atención a la pantalla y se concentró en su amigo.

― Tanto en sentirse desplazado no creo. Conozco a Bella y sé que jamás dejará que Cody pueda llegar a sentirse menos importante con un bebé en casa. Aunque tampoco quiero intervenir en tu decisión ―reconoció― si piensas que es mejor que vaya a una guardería que estar al cuidado de Bella, que lo adora, tú sabrás.

― Por supuesto prefiero que mi hijo esté aquí, sin embargo no soy tan desconsiderado en aceptar que Bella necesitará descanso suficiente y no podrá hacerlo con un recién nacido, las pulgas y Cody estando en un mismo lugar.

― No estará sola ―corrigió Edward―. El bebé nacerá para las últimas semanas de mayo, yo estaré cuidando de ella junto a Renee y mamá, mientras Emily seguirá haciéndose cargo de las niñas, incluso también estará por aquí Shelly y no dudo que hasta la pelirroja. Habrá muchas personas que ayuden también a cuidar de Cody. Sabes qué Esme lo cuidaría encantada.

James frunció la boca no muy de acuerdo con eso último.

― No voy a intervenir en lo que decidas ―continuó Edward―, sin embargo no estoy a favor que no permitas un acercamiento entre mis padres y el niño. Lo que suceda entre Kate y tú es problema suyo, no tienes porque alejar a Cody de toda su familia. Mis padres son sus abuelos y quieren convivir con él.

― Kate vive en esa misma ciudad y no dejaré que vuelva a rechazarlo. Ella no le quiere, y si yo permito a tus padres estar cerca de Cody querrán llevarlo con ellos a Chicago. Ambos sabemos que lo harán para que tu hermana lo vea.

«Y tienes razón», pensó.

― Entonces solo habla con ellos y díselo. Explicales que pueden estar aquí tantas veces como ellos quieran, sin llevarse a Cody. Estoy convencido que mis padres sabrán entender.

James volvió a batir la cabeza con otra mueca.

― Lo pensaré ―rumió.

Por supuesto que sabía de la lucha interna que vivía su amigo por proteger a su sobrino. Aunque él hiciese lo posible por quedar al margen, era cansino escuchar a Esme pedirle que interviniera por ellos para que James permitiera un acercamiento con Cody. No sabía qué hacer; por un lado comprendía a su mejor amigo y su postura, en cambio también entendía la desesperación de sus padres al querer ver a su nieto.

Era complicado estar en medio de un conflicto familiar. Porque reconocía que Esme y Carlisle serían capaces de hacer todo para que Kate entrara en razón y volviese a ver a su hijo. Una vez lo había mencionado su padre y sabía bien que era idea de los dos. Ellos querían ver a su hija tomando el rol de mamá sin importar que ese no fuese el mismo deseo de ella. En fin padres y, ¿qué padres no buscan lo mejor? Claro, no todos, su hermana era un ejemplo de ello.

Aunque siendo honesto, quizá Kate sabía que ella no era lo mejor para su pequeño y por eso prefería guardar distancia de él. Sinceramente nunca entendería sus motivos.

― ¿Estás listo para que las pulgas vayan a la escuela?

Volteó a ver el rostro de James y ahora mismo le sostenía la mirada. El cambio de tema le decía que había zanjado seguir hablando de sus padres.

― No, no estoy listo ―reconoció.

― Tampoco imagino que las maestras estén listas para la llegada de ellas.

― Ya lo creo ―sonrió divertido―. Mis bebés son un poquito inquietas.

― Son un terremoto destructivo en mayor escala Richter. Esta es la comparación más pasible que puedo hacer de ellas. Lo bueno que el pelo crece ―rió James― a Cody ya se le está emparejando su corte.

Apretó los labios no trayendo a colación que Arienne le había hecho un corte de pelo a su primo. Reconocía que su pequeña era un peligro trayendo unas tijeras en manos.

― Son un poco traviesas por ahora, pero ya se les pasará ―dijo esperanzado.

Su amigo palmeó su espalda con algo de fuerza.

― ¿Crees qué está resultando que tengan nana? ―indagó James.

― Sí, es de mucha ayuda.

― ¿Hay alguna novedad con ella?

― ¿Con quién? ―inquirió― ¿Estás hablando de Emily? No, ella hace su trabajo y ya.

― La ves todos los días, ¿no?

― No. Ella llega después de que me voy a la oficina y se va antes de que regrese.

― Ah... ¿por qué?, ¿tiene otro trabajo?

― No sé si tiene otro trabajo, tal vez sí.

― ¿Emily seguirá cuidando de las pulgas cuando vayan a preescolar?

― No sé, supongo que sí.

― ¿También ayudará con el bebé?

― Quizá.

― El otro día se negó a que la llevara a su casa. Me porté respetuoso, claro, mi única intención era evitar que enfermara con la lluvia. Simplemente no quiso.

Edward ladeó su cabeza pensativo; ¿qué pintaba Emily aquí? Entrecerró sus ojos buscando la respuesta en los ojos de James. Por supuesto que éste se negó a mirarlo haciéndose tonto con la taza de café. Siendo así llegó la comprensión del sentido real de esta conversación.

Sonrió.

― ¿De verdad hiciste toda esta palabrería solo para preguntar por Emily? Hubiese sido más fácil preguntar directamente por ella. Y de una vez te digo: sí estás pensando qué vendrá hoy, ni te ilusiones. Por eso trabajaré desde casa, ella tenía un evento que cubrir en la escuela de su hija.

― ¿Tiene una hija? ―inquirió James con sumo interés en su voz― ¿está casada?

― No está casada, pero sí tiene una hija. Es madre soltera.

― No lo sabía ―admitió el rubio― ¿cuántos años tiene su hija?

― Creo doce, no sé bien. También le puedes preguntar a Bella, mi mujer sabe más detalles sobre la vida de Emily. Por qué parece que tienes mucho interés.

― Es simple curiosidad ―respondió James sin importancia o al menos fingiendo que así sonara.

― Buenos días, James ―interrumpió Bella al llegar a ellos. Besó los labios de Edward y palmeó la espalda de su amigo―. Hoy madrugaste, eh.

Su mujer se volteó buscando entre los gabinetes ingredientes para preparar el desayuno.

― Sí, pero ya me voy ―se puso de pie dejando un golpe en la espalda de Edward―. Hoy vendré antes del mediodía.

Edward se encogió de hombros cuando la mirada inquisidora de Isabella lo acechó al momento que James se despidió.

― No me mires así. No le hice nada.

― Te conozco, Edward Cullen ―señaló Bella―. Sé que sueles hacer comentarios amargos.

Se cruzó de brazos fingiendo sentirse ofendido. A lo que ella solo le lanzó un beso dándole la espalda para empezar a preparar el desayuno.


Se rió al momento que vio la dramática mirada de su marido dejándose caer al sofá donde estaba sentada. Le había prometido dejarse consentir por él y ella se lo estaba tomando en serio, no hizo gran cosa en todo el día que no fuese asistir a sus niñas en su aseo.

― No entiendo cómo lo has logrado. De verdad, Bella, cuidar a las niñas es agotador. No se cansan nunca ―ella le acunó el rostro cuando apoyó la cabeza en sus piernas―. Eres única, mi vida.

― No soy tan especial. Existen muchas madres que hacen lo mismo y aún así trabajan.

Los ojos verdes se abrieron de golpe, mirándola fijo.

― Quieres volver a dedicarte a tus negocios.

Ella suspiró sosteniendo su mirada.

― Necesito intentarlo una vez más.

― Entonces, hazlo ―alentó Edward con su hermosa sonrisa torcida―. Puedes intentarlo de una vez o esperar después de que nazca el bebé.

― ¿Lo dices en serio?

Edward dejó de frotar la palma en su vientre, resopló logrando que el pelo que caía en la frente se moviera grácil y volviera a caer cubriendo los deslumbrantes ojos verdes.

― No me hagas sentir un miserable que solo quiero tenerte en casa al cuidado de nuestras niñas.

Ella entrecerró sus ojos.

― Venga ya, Isabella. No soy machista ni tú ninguna mujer sumisa. Ambos decidimos que lo mejor para las niñas es que tuvieran una crianza normal, apegada a la familia donde nosotros fuésemos los encargados de cubrir sus necesidades. Acepto fui un poco idiota en no rogarte por una niñera, lo sé, aprendí tarde.

― Eres un gruñón.

― ¿Y qué tiene? Así me amas y no puedes vivir sin mí.

Esta vez la risa de Bella fue con más fuerza logrando que su vientre se contrajera.

― ¿Qué crees que sea? ―preguntó Edward fascinado con los movimientos.

Sus dedos se enredaron en el corto pelo cobrizo masajeando el cuero cabelludo con suma ternura.

― No sé, amor. ¿Te gustaría que lo averigüemos?

Él besó su vientre donde pequeños golpeteos se percibían. Últimamente el bebé estaba inquieto todo el tiempo, al parecer no le gustaba cuando se tomaba un descanso por largo tiempo.

― No. Prefiero que sea sorpresa hasta su nacimiento.

― Estoy de acuerdo ―mordisqueo sus labios con su mirada en cualquier punto.

― ¿En qué piensa esa cabecita? ―un dedo apuntó su sien recorriendo con lentitud su rostro hasta sus labios, los cuales perfiló.

― Este próximo viernes Vic tiene una invitación para una exposición de arte y me pidió que la acompañara. ¿Crees que puedes cuidar de las niñas?

― Qué sabe la pelirroja de arte ―respondió burlón al momento que lo quiso morder―. Y no, no vas a ir a ningún lado.

Rodó sus ojos.

― Estoy hablando en serio, Edward.

― ¿Habrá hombres?

― Edward…

― Tendrás que ganarte ese permiso.

― No estoy jugando ―le dio un manotazo.

― Ya. Sabes bien que estoy apto para cuidar de mis bebés. Puedes ir sin preocupaciones.

Lo miró sin pestañear.

― No me mires así ―advirtió él―. Además, ¿qué puede pasar por quedarme unas horas a solas con mis traviesas?

― Es eso, amor. Nuestras hijas necesitan un poco más de atención, es que ellas en un pestañeo hacen montones de travesuras.

― Ya verás que tendré todo bajo control, tanto, que desearas salir más seguido sola.

Bella contuvo la respiración al sentir un movimiento inesperado de su hijo. Parecía haberse encajado en sus costillas y le había robado la respiración de golpe.

― Confío en ti ―susurró con una débil sonrisa.

― Bien, ahora sígueme rascando la cabeza ―le pidió su esposo volviendo a cerrar los párpados―. Bella... ―murmuró un momento después― si no me hubiera enterado de tu primer embarazo, tarde o temprano hubiese inventado cualquier pretexto para volver a verte. Aunque sea para que me insultaras. Lo juro.

Su sonrisa se ensanchó en su rostro dejando que la sensación de cosquilleo en su estómago se extendiera en su interior.


― No tardarás mucho, ¿verdad? ―preguntó temeroso mientras subía la cremallera del vestido de su mujer.

Ella giró levemente el rostro, se irguió en la punta de sus pies y besó sus labios tan solo unos instantes volviéndose a concentrar en terminar su maquillaje frente al espejo.

― Solo iremos a la exposición y después a cenar ―comentó Bella deslizando el lápiz rojo por los apetitosos labios― Vic necesita desahogarse conmigo, tenemos varios temas pendientes.

― Ah…

Sus reflejos se pusieron alerta y atrapó entre sus brazos a Daphne antes de que cayera de bruces. La niña caminaba subida en unas zapatillas altas de Bella y vestía una camisa de él que no logró abotonar como era.

― No Didi, no uses esos tacones o te romperás un pie ―le explicó a su hija quitando los delicados zapatos negros y la dejó que siguiera jugando dentro del closet.

― Edward, si crees que no podrás cuidar de las niñas, dímelo con toda confianza ―dijo su mujer volviéndose a él.

La repasó con sus ojos. Bella estaba preciosa; traía un vestido negro muy ceñido a su figura que le hacía resaltar su abdomen hinchado, con un discreto escote y con un largo que llegaba justo arriba de las rodillas haciéndola lucir una par de piernas torneadas y apetitosas en esas zapatillas altas. Pocas veces tenía la fortuna de verla vestida tan sensual y coqueta que se estaba debatiendo en no dejarla salir y ser él quien disfrutara de su belleza.

Suspiró, y sacudió su cabeza apartando todas esas absurdas ideas que lo empezaban a abordar.

Bella se merecía tener un momento para ella sola. Desconectarse un poco del agobio del día a día.

Con un paso se acercó a ella y acomodó el largo cabello lleno de ondas por sobre el hombro.

― Diviértete mucho, cariño. Yo me hago cargo de las pulgas.

― Estaré pendiente del móvil ―prometió ella con un guiño―. Cualquier cosa me hablas.

Asintió con una sonrisa ayudándole a poner la gabardina oscura que la cubriría del frío del exterior.

― Chicas... ―les llamó Bella a sus pequeñas. No tardaron ni dos segundos en estar frente a ella―. Iré a cenar con su madrina, ¿cuidarán a papá?

Las cuatro asintieron con evidente emoción logrando que Edward pusiera los ojos en blanco.

Fue así como su esposa salió a divertirse y él tendría que hacerse cargo de sus cuatro hijas, ¿qué podría pasar?

En el solo instante que la puerta se cerró ellas empezaron a saltar en los sofás y a gritar descontroladas.

― ¡Niñas! ―exclamó llamando su atención, dio también un par de palmadas al mismo tiempo―. Vamos a portarnos bien, ¿de acuerdo? Les propongo un juego.

― ¡Si! ―gritó Grace― ¡vamos a comer galletas!

― No. No señorita, ese no es un juego. Además ya comieron hace dos horas. Haremos algo más divertido ―prosiguió con una sonrisa― cada quien irá a su cama y se cubrirá con su manta favorita y quien dure más tiempo acostado, sin hacer ningún ruido será el ganador, ¿les parece?

Se echó a correr hacia el pasillo y se detuvo en la entrada de la habitación de sus hijas al ver que no le seguían, se asomó por el pasillo. Ellas seguían detenidas en la sala con gesto fruncido y brazos cruzados.

― ¿Qué pasa? Es tiempo de jugar, pequeñas. ¡Vamos!

― No ―gruñó Arienne con su nariz arrugada― ese juego es aburrido. ¡No me gusta!

El solo reclamo lo hizo sentir miserable. Él nunca se negaba a jugar con sus niñas, no importaba que tan cansado estuviese con tal de ver la felicidad reflejada en sus ojos. Entonces qué demonios le pasaba para evitar querer disfrutar de sus risas.

Avergonzado se arrodilló ante ellas.

― ¿Qué juego proponen? ―trató de enmendar el desazón que había causado en sus pequeñas.

Cuando vio que empezaron a saltar de nuevo trayendo sus hermosas sonrisas a sus rostros, se sintió tan imbécil. Eran sus bebés y debía aprovechar el tiempo a su lado porque ni siquiera podía imaginar que muy pronto se irían a preescolar. Eso solo era un recordatorio que el tiempo era una perra y no perdonaba. Que hoy su hogar era un completo desastre con juguetes por doquier y extremadamente ruidoso, pero que algún día se llenaría de silencio porque sus hijas se convertirán en adolescentes; empezarán a tomar diferentes caminos, quizás buscarán Universidades fuera del país, y la sola idea le estremecía el alma porque quizás para ese entonces ya no habrá más y él simplemente dejará de ser lo más importante en sus vidas.

― ¡Seremos princesas! ―chilló Eileen girando sobre las puntas de sus pequeños pies y sacando su mente de todos esos pensamientos dolorosos.

― Les propongo un nuevo juego divertido.

― No, papi... ―intervino Ari muy dispuesta a discutir como era su costumbre.

― Esta vez sí es un juego diferente, ¿quieren saber de qué trata?

Con sus ojitos brillando de curiosidad las cuatro niñas se sentaron en el piso en espera de una mejor idea.

― ¿Por qué no jugamos a ser dragones? Así podremos lanzar fuego, es más emocionante, ¿no creen? Yo puedo ser el dragón.

Las bocas de las cuatro niñas se abrieron tan grande.

― ¿Junior también será un dragón? ―Indagó Arienne con el gallo en su regazo.

― Sí. Él también ―aceptó sin tener otra alternativa.

― ¡Sí! ¡Juguemos a princesas y dragones! ―Daphne exclamó corriendo a su habitación siendo seguidas por sus hermanas y el gallo.

Edward exhaló yendo tras ellas.

Picó la puerta:

― ¿Puedo entrar?

― ¡No! ―gritó Eileen― estamos poniendo nuestros vestidos de princesa.

Sonrió. Conocía bien la rutina; cada una se pondría un vestido de alguna princesa y después él tendría que peinar sus cabellos poniendo esas tiaras llenas de brillos.

Llenándose de paciencia se fue a sentar al sofá, les daría su tiempo.

Satisfecho cerró sus ojos recargado su espalda en el sofá.

-0-

Cuando abrió los ojos la estancia estaba en total silencio.

Sentándose de golpe llevó las manos a su cabeza, se había quedado dormido.

Mierda.

Y que hubiese total silencio no ayudaba; caminó hasta al pasillo y de ahí a la habitación donde abrió la puerta, sorprendiéndose al descubrir un completo desastre de ropa esparcida por el piso y camas.

― ¡Pulgas! ―gritó, yendo a buscar al cuarto de baño.

Su corazón se tranquilizó al ver todo en perfecto orden. La habitación de invitados y la del bebé también lo estaban.

― Niñas, ¿dónde están? ―volvió a gritar, esta vez su ceño se frunció―. No estoy jugando.

Apurado y sintiéndose nervioso por igual, abrió la puerta de su habitación.

Daphne fue la primera en recibirlo vestida de Cenicienta, pero había algo raro en su carita, y era el exceso de maquillaje. Quiso reír al ver a su niña convertida en una pequeña payasita.

Se acuclilló:

― ¿Dónde están tus hermanas? ―con sus dedos intentó limpiar el desastre del rostro, pero fue inútil.

― En el baño ―susurró a la misma vez que se mordía los labios― Ari nos está poniendo guapas.

Su estómago dio un vuelco y sin importar que sus piernas se sintieran como si cargara cemento fue al baño.

Y todo estuvo mucho peor de lo que pudo imaginar; el maquillaje de Bella estaba destrozado siendo un completo reguero en el piso y lavabo. En cambio sus hijas no estaban ahí, aunque bien podía distinguir sus pequeñas siluetas arrinconadas en la mampara de la ducha.

Abrió de golpe la puerta.

Arienne vestida de Rapunzel tenía sus brazos tras ella, mientras Eileen tenía su vestido amarillo lleno de manchas de lápiz labial. Las conocía y sabía que estaban asustadas y eso solo tenía un significado.

― ¿Y Grace?

― Aquí estoy, papi ―salió detrás de sus hermanas mostrando los mechones de cabello castaño en sus manitas―. Ari cortó mi pelo para parecerme a Blanca Nieves.

Su pequeña regordeta le mostró orgullosa los montones de rizos que caían entre sus palmas. Su hermoso cabello rizado estaba hecho un desastre.

Esta vez Arienne había llegado demasiado lejos.

― Deja te explico, papi ―pidió Ari mostrando sus manos y dejando caer las tijeras a sus pies.

Su mal humor lo invadió, no comprendía cómo podían hacer de todo en tan solo quince minutos que dormitó. La alzó de golpe haciéndola pegar un respingo y la sentó sobre el lavabo donde las cremas y lociones de Bella estaban derramadas.

― ¿Por qué, Arienne Marie?, ¿por qué no puedes permanecer quieta por cinco minutos?

― Estabas haciendo unos ruidos muy feos por tu boca, parecías una moto. Por eso no quisimos despertarte ―la niña explicaba retorciendo sus pequeños dedos y con la mirada fija en sus ojos, en un duelo verde esmeralda―. ¿Estás enojado, papi?

Suspiró, inclinando su cuerpo sobre la pequeña.

― Sí, estoy muy enojado. Así que por ahora te irás a la pared, estás castigada, pero antes tú y tus hermanas me ayudarán a limpiar el desastre que hicieron.

― ¿Ya no jugaremos? ―indagó con la mejor de sus sonrisas, incluso le acunó la cara con las pequeñas manos―. Dijsite que ibamos a jugar a los aragonés.

― Es dragones, y no, ya no jugaremos. Bueno, si, ahora jugaremos a limpiar el baño, así que vamos... ―la puso sobre sus pies― dejaremos todo en orden antes de que llegue mamá.

Las observó a las cuatro. Eran tan distintas y a la vez tan iguales, con sus personalidades definiéndose y dándole a cada una un toque especial.

Se estaba cuestionando seriamente cómo le iría con su próximo bebé, y tenía la esperanza de que su otro hijo fuese un poco más tranquilo, no pedía más.

Mesó su pelo y luego exhaló por la nariz.

Todo había salido mal cuando prometió tener el cuidado de sus hijas bajo control.

Por lo pronto le tocaba salvar lo que quedaba de tiempo con sus niñas y esta vez no se quedaría dormido.


Aquí estoy de nuevo con otro capítulo más relajado donde Edward demuestra que aún siendo abogado sus hijas lo superan. Espero leer sus reacciones a este capítulo, ¿me cuentan qué les pareció?

Muchas gracias por todo su apoyo, me hicieron muy feliz porque superamos los 500 reviews.

A quienes comentaron todo mi agradecimiento especial: Mar91, Elizabeth Marie Cullen, Iza, Nancygov, Lupita C, LittlePieceOfMyMind, NaNYs SANZ, PaolaValencia, Adriu, Dulce Carolina, Kony Greene, ALBANIDIA, Flor Mcarty, Vanesa, Tina Lightwood, Maribel 1925, Torrespera172, Lya, Lily, Lizdayanna, Jade HSos, cavendano13, Diannita Robles, Lidia, Twilight all my love 4 ever, Lili Cullen-Swan, Liz, Pameva, Ximena, jenni317, mrs puff, Pepita G, Ana, Antonella Masen, Rocio y comentarios Guest.

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