Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 11»


Tampoco Hinata encontraba la postura. Sentada en uno de los amplios sillones de la biblioteca, intentaba leer. Algo intangible la mantenía alerta con la desagradable sensación de estar siendo observada. Sin embargo, se encontraba a solas, con la única compañía de centenares de volúmenes.

Fuera, el viento ululaba expandiendo un lamento lúgubre que arañaba las copas de los árboles. Oyó un ruido y desvió los ojos de la lectura, sobresaltada, hacia las ventanas de parteluz. Barrió la biblioteca con la mirada, pero no vio nada fuera de lo normal. Si es que podía llamarse normal al lugar donde se encontraba. No era que le desagradara lo que parecía haber sido hasta entonces el reducto particular de su flamante esposo, todo lo contrario. Pero seguía percibiendo un efecto flotando, indescriptible pero latente.

Sacudió la cabeza intentando razonar con claridad y no embarcarse en una estúpida caza de brujas. El castillo era un edificio antiguo y los ruidos de la madera al crujir o el silbido del aire entre los muros no eran sino otro elemento más.

A pesar de todo le fue imposible concentrarse, aun cuando se trataba de una novela de M. Jutsu. Dejó el libro a un lado y echó un vistazo a los ejemplares que trajera con ella de Byakugan Tower. Recordó con delectación el grado de estupor con que recibió su esposo la noticia de que la acompañaban cuatro baúles repletos de libros. Amparada en su ausencia y con la ayuda de un par de sirvientes, había quitado el polvo de algunas estanterías, disponiéndolas después a su gusto, colocando sus libros y arrinconando algunos de los ejemplares de más antigüedad de su esposo en las más altas.

Pensar en Naruto no sólo la distrajo sino que le provocó un sofoco incomprensible que coloreó sus mejillas. ¿Qué haría él a su regreso? ¿De verdad se cobraría sus caricias juntas a razón de una por día? ¿Por qué demonios se prestó a ese juego? La evocación de sus manos acariciándola, de sus labios sobre los suyos, la arrastraba a la fantasía.

Naruto se había marchado tres días atrás. Así que le debía atrasos de tres días. ¿Hasta dónde iba a exigir su cobro? ¿Cuál era el límite? Se le formó un nudo en la garganta.

Se dio cuenta que él y la intimidad que comportaba no se le iba de la cabeza. Atravesó la habitación y llegó hasta el macizo escritorio situado en una esquina, de espaldas a los ventanales. Tiró de un cajón y lo encontró cerrado. Se le frunció el ceño y se quedó parada. Por una fracción de segundo se preguntó qué podría haber dentro, pero se convenció de que no serían más que documentos. El segundo cajón sí se abrió. Tomó unos cuantos folios y se sentó a la mesa. Tenía que escribir a su familia y ponerlos al día. Sin duda esperaban sus noticias, y ella ya las había retrasado más de lo debido.

Poco después dio permiso a una llamada a la puerta y la silueta alta y delgada de Konan Dumond se recortó bajo el dintel. Completamente vestida de negro, el cabello tirante en un severo moño y la titilante luz de las lámparas de la galería a su espalda, parecía una aparición.

— ¿Deseaba algo, señora Konan?

— Debemos confeccionar el menú de la semana, excelencia.

Hinata esperó a que continuara, pero el ama de llaves no dijo más.

— ¿Y bien? — la instó.

— Supuse que milady querría indicarme sus preferencias.

— Me gusta todo — repuso, mojando la pluma en el tintero— . Que la señora cocinera prepare lo que crea conveniente.

Escribió dos líneas pero no continuó. El ama de llaves seguía allí, tiesa como una escoba, con las manos cruzadas sobre el regazo.

— ¿Quería algo más, señora Konan?

— Hasta ahora, señora, era yo quien elegía el menú de la semana. — Si era una protesta, no lo parecía, aunque el tono de su voz seguía siendo seco— . Pero si milady tiene otro criterio…

— Lamento la confusión — se excusó la muchacha— . No pretendía alejarla de sus obligaciones. Encárguese usted de todo, por favor, seguro que su elección será excelente.

Konan saludó con una inclinación y se marchó.

Hinata se quedó con la mirada clavada en la puerta. ¿Qué le pasaba? No la había visto sonreír desde que Naruto se la había presentado. Su aspecto y ademanes asociaban su figura con un cuervo. Y eso la molestaba. No podía decir que no resultara eficiente, pero era fría y distante en su servilismo.

Se olvidó de ella y escribió una larga misiva describiendo el castillo y su entorno, pero eludiendo explicar su apariencia sombría y las persistente neblina que lo abrazaban, y haciendo hincapié en la multitud de habitaciones y los jardines. Dudó un momento y luego, encogiéndose de hombros, les trasmitió el deseo de su esposo de conocerlos pronto. Naruto no había comentado nada, claro. Y eso era extraño. Lo lógico hubiera sido que el esposo quisiera conocer a la familia de su mujer, ya que eran familiares. Pero el duque ni siquiera había sacado el tema a colación. Nada en su relación se parecía a cualquier otra.

Dejó la pluma en el tintero y sopló la carta, sacudiéndola luego en el aire. Se apoyó en el respaldo y suspiró. Naruto Uzumaki necesitaba una nueva duquesa, la había conseguido y ahí acababa todo. ¿Acaso pensaba que iba a renunciar a los suyos? ¿Que se iba a enterrar en un panteón alejada y sin ver a su padre, a su abuelo Jiraya y a sus hermanos?

— Claudicarás, duque, claudicarás.

Añadió algunas cosas más de carácter personal, volcó un poco de polvo secante y la dobló.

Natsu se hallaba cosiendo en una salita adjunta a la cocina, donde la encontró Hinata. Todavía era de día, pero su aya había encendido un par de lámparas porque apenas entraba luz y se había provisto de un pequeño brasero para caldear el ambiente. Hinata se acercó a la ventana y atisbo el exterior. La maldita neblina seguía ciñendo los muros como una mortaja. Se frotó los brazos y afianzó el chal sobre sus hombros.

— Qué tiempo tan desapacible — murmuró.

— Como si la capa de Satanás cubriera el castillo — deslizó Natsu.

— ¿Qué estás haciendo?

— Subir los escotes.

— ¿Qué?

Natsu dejó la pieza sobre el regazo y enfatizó:

— Digo, niña, que te estoy subiendo los escotes.

— Pero… pero… ¿Por qué? — Atrapó el vestido.

— Porque son indecentes. — Se hizo de nuevo con la tela— . Ahora, eres duquesa. Y una duquesa debe vestir con recato.

— Estás obsesionada. Supongo que no habrá sido idea de ese demonio, ¿verdad?

— ¿A qué demonio te refieres?

— ¡A Uzumaki!

Natsu volvió a la costura con una mueca de disgusto.

— No. Fue la señora Konan quien me lo hizo ver. En un par de días te los habré arreglado.

— ¿Konan? — Hinata se quedó de una pieza. No sabía si echarse a llorar o reír— . ¿Konan te lo ha insinuado? ¡Hasta ahí podíamos llegar!

— Estoy de acuerdo con ella.

Hinata iba a afrontar el asunto pero la otra la detuvo.

— Niña, no te enfrentes a esa mujer. No lo hagas. No te busques complicaciones.

— No es más que el ama de llaves. Y yo, la duquesa de Konohagakure. ¿No es eso lo que llevas repitiendo insufriblemente desde que me casé?

— Ella no me gusta.

— ¡No me importa nada si te gusta o no, Natsu! — estalló— . Puedo admitir que ella parece un grajo, pero no que pretenda que yo tenga el mismo aspecto.

Dejó a su aya con la palabra en la boca y salió de allí con el ánimo perturbado. ¡Konan se iba a enterar lo que era el mal genio escocés!

No encontró a Konan por ninguna parte. Preguntó a los criados, recorrió las dependencias del servicio, pero fue incapaz de dar con ella. Era como si se hubiera esfumado entre la niebla.

¿Así que Natsu temía enfrentarse a la altiva ama de llaves? No era propio de ella, con el genio que gastaba y le extrañó que se plegara así. ¡Subirle los escotes, por el amor de Dios! ¡Era el colmo de la presunción! Comprendía que en calidad de gobernanta, Konan exigía un control casi absoluto sobre todo lo que sucedía entre aquellos muros, pero se había excedido en sus competencias y ella pensaba dejárselo muy claro.

Y, por supuesto, trataría la cuestión con su esposo cuando se dignara regresar de Londres.

Tras casi media hora de búsqueda renunció a seguir, se le pasó por la cabeza pedir un coche e ir a visitar a Katsuyu y Gamakichi, pero lo desechó en el acto. ¿Y si regresaba a la biblioteca? También lo desestimó. Estaba demasiado tensa para centrarse en la lectura y aunque se evadía del mundo entre las páginas de las novelas, siguiendo las lógicas deducciones de M. Jutsu guiando al lector hacia la resolución del crimen planeado o la aparición de algún ánima perdida, optó por una idea que, de repente, le llamaba poderosamente la atención: volver a husmear entre las viejas paredes del castillo.

«Tal vez se me aparezca algún fantasma y aleje mi aburrimiento», se dijo. Sus pasos levantaron ecos a medida que cruzaba una galería.

¿Había allí también un misterio? ¿Qué castillo no lo tenía? Para ella vendría a ser un mecanismo de evasión que aliviara su rutina de lúgubres paredes. Recordó la última novela de su autora preferida. En ella, describía esas sombras extrañas que uno parece intuir más que ver, sobre todo por la noche, en algunas ocasiones. Todo el mundo lo achacaba siempre a visiones, a encontrarse en el duermevela próximo al sueño, a malas pasadas de la mente. Pero acertaba a explicar con meridiana claridad que, aunque la mayoría de las veces ésas eran las causas, otras eran muy reales. Siempre había alguien al Otro Lado.

Hinata había convivido con tan extrañas presencias desde que era una niña. Estaba convencida de que un fantasma particular la protegía, el de su tatarabuelo Hyûga. La escritora argumentaba que ese tipo de presencias inmateriales no eran sino el espíritu de alguien que velaba por el vivo.

Tuvo en cuenta que, precisamente, había cerrado aquella novela en el capítulo en que M. Jutsu narraba con precisión la singular impresión de encontrarse con alguien que se había sentado en el borde de la cama de uno de sus personajes. Curiosamente, no había retomado la lectura desde ese capítulo, atareada como había estado en organizar los preparativos para el viaje. Tenía que buscarla y acabarla. Porque ella creía firmemente en esos seres. Los había notado más de una vez a punto de vencerla el sueño.

El viento arreciaba en el exterior. Supo dominar el sobresalto que le produjo una rama golpeando el cristal del ventanal junto al que pasaba.

— Un misterio — se repitió, autosugestionándose— . Y pienso descifrarlo.

La luz amarillenta de las lámparas se difuminaba en claroscuros sobre las alfombras y las paredes. Un ramalazo de miedo hizo que respingara: un trueno potente, rotundo, pavoroso, se coló entre unos muros que parecían retumbar. Se le escapó un silbido nada femenino y aceleró el paso.

— La respuesta de los fantasmas — murmuró para sí, dirigiéndose hacia el ala sur.

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Uzumaki House era enorme, sí, pero aparte de sombrías galerías, bodegas frías, habitaciones por doquier, despensas y escaleras que subían y bajaban hasta abrumar, no tenía mucho de particular. Por descontado, no se cruzó con nada que hiciera demasiado interesante el recorrido. Eso sí, la sensación de que alguien la vigilaba no la abandonaba. Al final, lo achacó a los criados que, aunque apenas se dejaban ver, estaban por todos lados. Era normal que sintieran curiosidad por la nueva esposa del duque.

Como aventura, su paseo resultó un completo fiasco.

Comió en la biblioteca, hojeando los libros de su esposo, una maraña de volúmenes de todo tipo: griego, historia, poesía, viajes, agricultura, caza y pesca… Encontró un estudio sobre el funcionamiento de los molinos que le pareció interesante y otro sobre la cría de caballos que apartó para leerlo más adelante.

Al anochecer, el cielo se cubrió de nubes negras y algodonadas que ocultaron la luna y comenzó a llover.

A Hinata le encantaban las tormentas, así que, acodada en la ventana de su dormitorio, dejó que la lluvia la azotara hasta empapar su camisón mientras el estrépito de los truenos retumbaba en la campiña y los relámpagos desdibujaban el bosque.

Sacudiéndose como un perro de aguas, cerró la ventana y se dispuso a cambiar el camisón por otro seco antes de acostarse.

Entonces lo oyó.

Un siseo que le puso la piel de gallina.

Entornó los ojos y atisbo hostigada por un cosquilleo desagradable en la nuca. Seguramente había sido el viento que castigaba los muros y se filtraba por las ranuras haciendo titilar las velas del único candelabro que había dejado encendido Natsu antes de desearle buenas noches, pensó. Eso indicaba la lógica, pero no la tranquilizó. Muy al contrario, se agudizó su aprensión a un sonido continuado, como si algo se arrastrara por el suelo.

No era miedosa. A su pesar, sus hermanos la criticaban por ser excesivamente decidida sin valorar riesgos. Haciendo honor a ello, tomó el candelabro y comenzó a revisar la recámara. ¿Podía ser una rata?, se preguntó. Odiaba las ratas, e imaginar que pudiera haber entrado alguna erizó el vello de su nuca.

— No pienso acostarme hasta dar contigo, bonita — avisó a la presunta intrusa.

Después de un buen rato de búsqueda se dio por vencida. Si había entrado allí debía de haberse escapado, porque no encontró ni rastro de ella.

Otro trueno de notoria potencia desplegó todo su vigor sonoro trayendo consigo el furor deslumbrante de un relámpago. La ventana se abrió de par en par y la lluvia penetró furiosa, sin trabas. Haciendo frente al empuje del viento consiguió cerrar la ventana, pero para entonces estaba de nuevo empapada de la cabeza a los pies. Tiritando, se sacó el camisón por la cabeza y se acercó a la cómoda a mudar su ropa interior. Tiró del cajón y un crujido súbito a su espalda la hizo respingar y volverse, con los ojos como platos. Retrocedió hasta que su cuerpo tocó el mueble. El chasquido se repitió. Y regresó el espeluznante rumor metálico que, acompasando al siseo de la lluvia y el viento, magnificaba su soledad y su temor.

Con la respiración entrecortada y el corazón desbocado, clamó:

— ¿Quién anda ahí?

Pareció que hubieran querido responder porque surgió del suelo un roce sesgado como si arrastraran cadenas. Hinata se replegó sobre sí misma cruzando los brazos sobre su pecho y entonces se dio cuenta que estaba desnuda. A toda prisa, a tientas, sin dejar de mirar a todos lados, se echó encima lo primero que encontró, peleándose con una manga que no atinaba a vestir.

Tomó de nuevo el candelabro, pero en esa ocasión como un arma defensiva. Se olvidó del estúpido pudor y recorrió la habitación de lado a lado. Los pesados muebles semejaban figuras fantasmagóricas que dibujaban los relámpagos moteando de luz los espacios de las sombras.

Se le vino una oración a los labios que se prolongó en grito al oír una risa cascada que traicionó su valentía. Soltó el candelabro que se estrelló contra las baldosas y rodó provocando mil ecos que sonaban como martillazos. Las velas se apagaron y de pronto se halló sumida en una oscuridad espantosa. En un silencio sepulcral.

La tormenta cesó con la misma inusual rapidez con la que había comenzado. Ni siquiera pudo contar ya con la lúgubre luminosidad de los relámpagos. El mundo se oscureció, no había nada a su alrededor. Retumbaba el corazón de Hinata, desbocado, saliéndosele del pecho y atronando sus oídos.

Se quedó petrificada, inmóvil, en la más completa oscuridad. Nunca había padecido tanto miedo, ni siquiera cuando creyó ser perseguida por el fantasma de su tatarabuelo.

Se propuso calmarse, pensar con sensatez. Se puso de rodillas y tanteó con manos trémulas las frías baldosas congelada por el frío que se había apoderado de todo su cuerpo. Sus dedos se toparon con el candelabro, palpó hasta dar con una vela y se incorporó. Como una invidente, estirando el brazo derecho para evitar chocar con algo, llegó hasta la cama y la mesita de noche. Localizó los fósforos encima de ésta con la alegría de quien halla un tesoro. Encendió uno, pero pudo más su tiritona y se le escapó de entre los dedos. Maldijo con el epíteto más soez que conocía y encendió otro. Prendió la llama en la única vela que había encontrado, la colocó en el candelabro y saltó sobre la cama, sujetándolo sobre el regazo, como si el leve centelleo pudiera defenderla de la presencia que merodeaba en su habitación.

Casi se había consumido la vela cuando recobró la serenidad. Allí no había nadie. Al menos, ya no se oía nada, ni siseos, ni arrastres de cadenas, ni las risas cavernosas que la habían arrastrado al pánico.

Mordiéndose los labios se levantó, completó el resto de las velas y las encendió una a una. Seguía con el pulso alterado, pero al menos ya era capaz de reaccionar con lógica.

— Si esto ha sido una broma, a su autor le va a faltar camino para correr — dijo al vacío.

Revisó todo el perímetro una vez más, comprobó que la puerta estaba cerrada, encajó una pesada silla bajo el picaporte y regresó a la cama dejando a mano el candelabro que ni se le ocurrió apagar. Colocó los almohadones a modo de respaldo y se recostó en el cabecero, cubriéndose hasta la barbilla. Si a alguien se le ocurría volver no iba a encontrarla desprevenida.

La despertaron un golpeteo insistente y la voz de Natsu al otro lado de la puerta.

— ¡Hinata! ¡Hinata!

Bostezó y estiró los brazos por encima de la cabeza. La espalda se quejó mandando un pinchazo al cerebro que le recordó la incómoda postura en que se había quedado dormida. Se levantó, retiró la silla que trababa la puerta y abrió.

— ¿Por qué no podía abrir? — Natsu entró en tromba y enseguida vio la silla a un lado— . ¿Desde cuándo te encierras? ¿Qué ha pasado?

— No he dormido bien, eso es todo.

Su criada enarcó las cejas, pero no preguntó nada más y se dedicó a preparar el baño. Si se extrañó del par de camisones en el suelo, no lo comentó y se limitó a recogerlos.

Hinata se dio cuenta entonces de los goterones de cera que habían formado pilas sobre la superficie de la mesilla hasta consumir las velas. ¡Había sido una insensata por dormirse sin apagarlas afrontando un peligro cierto! Quería sincerarse con Natsu pero le costaba. Había recibido ya demasiadas reprimendas de ésta sobre sus erráticas búsquedas en Byakugan Tower como para decirle ahora que estaba decidida a revolver el castillo, piedra a piedra si fuera menester, hasta dar con el indeseable que la había aterrorizado la noche anterior. Así que se bañó, dejó que le recogiera el cabello en un rodete sobre la coronilla, se puso el vestido que le eligió Natsu sin una protesta y bajó a desayunar.

El comedor se le antojó más solitario que nunca y se preguntó cuándo regresaría su esposo. Temía enfrentarse a él pero recordaba, cada vez más vívidamente, su tacto, el calor que emanaba su cuerpo cuando la abrazó y el sabor de su boca. Teniendo en cuenta que tarde o temprano deberían intimar, y evocando la noche pasada, cualquier cosa era mejor que estar sola entre las viejas paredes silenciosas.

Entró Natsu y se paró a su lado, casi cuchicheando aunque estaban a solas.

— Fûka Bryton no era otra cosa que el entretenimiento de tu marido hasta que tú llegaras.

Hinata volvió la cabeza hacia su preceptora y se olvidó definitivamente del desayuno.

— Podías ser más delicada, ¿no?

— Niña, tú me pediste que abriera los oídos y yo sólo te informo.

— ¡Oh, Natsu…!

— ¿No irás a decirme que estás celosa de esa chica? Mira lo que te digo. No estás enamorada del duque, te han casado a la fuerza, él no es un monje y quedó viudo hace tiempo.

— Lo sé.

— Ni siquiera los hombres casados dejan a veces a sus amantes, así que…

— ¿Qué tratas de hacerme ver? No he dicho nada y, sin embargo, pareces haber tomado partido.

Natsu pensó brevemente. ¿Lo estaba haciendo? Si algo tenía claro es que carecía de motivos para estimar a Uzumaki, pero sí, en esta ocasión se decidía a defenderlo.

— ¿Ya estás otra vez leyendo ese tipo de novelas? Cualquier día acabarás viendo visiones. — Suspiró, fijándose en el libro que Hinata tenía a un lado— . Más valdría que te preocuparas de los vivos, porque me parece que tus enemigos están aquí. A la tal Fûka me remito. Según he sabido, no le ha gustado nada tener que abandonar la cama del duque. —Se dirigió a sus obligaciones no sin antes recalcar— : Ni tú ni yo deseábamos esta boda, Hinata, pero así están las cosas. Y si quieres una vida sin complicaciones deberás atar corto a tu esposo. No me extrañaría que esa muchacha intentara atraparle con el juego.

— No me importa.

— Los hombres, si no encuentran lo que quieren en la cama de su esposa, lo buscan en otra parte. Y tú, que yo sepa, sigues siendo virgen.

Hinata lo encajó con naturalidad, había pasado poco tiempo, apenas habían estado juntos, eran dos completos desconocidos. Naruto le había otorgado tiempo y ella le estaba agradecida, porque necesitaba acoplarse a su nueva vida, hacerse a la idea de su realidad de mujer casada. Unida para siempre a un hombre apuesto y enigmático a la vez, al que acompañaba una leyenda, cuando menos, un punto siniestra.

— Todo se arreglará cuando el duque regrese — aseguró Hinata.

Sí, estaba segura. No era una mojigata y ya no había vuelta atrás. Por ella misma, por el bien de su familia y ahora, por el ducado de Konohagakure, debería poner las cosas en su sitio. Se esperaba de ella que cumpliera con su rol, sobre todo que diera un heredero al duque. Temblaba imaginándose en íntima unión con él, pero reconocía que su aprehensión se formaba a partir de las increíbles y desconocidas sensaciones que él había despertado en su cuerpo.

— Harías bien en distraerte un poco — le aconsejó su aya— , en vez de pasarte el día leyendo. He oído que una yegua está a punto de parir.

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Continuará...