CAPITULO 12 – ROY
Aunque sabía que no estaba allí, busqué hasta en el último rincón del piso. Cuando llegué a su armario y a su cómoda, me di cuenta de que había dejado la mayoría de la ropa que le había comprado, pero faltaban algunas prendas. Las dos cajas que todavía no había abierto seguían en su armario, también había pertenencias suyas en el cuarto de baño, pero la única maleta que tenía había desaparecido. Recordé que la noche anterior escuché como se abrían y se cerraban cajones. Lo que supuse era una reorganización, realmente eran los preparativos para abandonarme.
Me senté en el borde de su cama mientras me agarraba la cabeza con las manos.
¿Por qué? ¿Por qué se acostó conmigo si sabía que iba a dejarme atrás? ¿Por qué se había ido?
Mascullé una frase no tan apropiada… La respuesta era evidente, Grumman había muerto. Ya no necesitaba los medios para cuidar de él, lo que quería decir que ya no necesitaba fingir que estaba enamorada de mí. Nos llevábamos bien, o eso creía. Estaba convencido de que Riza sentía algo, ¿Por qué no había hablado conmigo antes?
Solté una carcajada que resonó en la habitación vacía. Pues claro que no iba a hablar conmigo, ¿En qué momento le había dado la confianza para hacerlo? Nos habíamos convertido en enemigos amistosos, unidos por un objetivo común. Ese objetivo había cambiado en su caso. Tal vez yo hubiera planeado hablar con ella, pero Riza no tenía ni idea de lo que yo sentía. Aún era incapaz de entenderlo, no terminaba de asimilar lo mucho que había cambiado mis sentimientos.
Se me heló la sangre en las venas cuando me asaltaron los recuerdos de la noche anterior. Ella era virgen…. Y yo no había usado protección. Estaba tan absorto en el momento, en Riza, que ni siquiera me había detenido a pensar un segundo en el tema hasta en ese preciso instante. Le había hecho el amor sin preservativo… Nunca había discusión sobre los cuidados que necesitábamos tener con mis parejas, y justo ahora lo vengo a olvidar.
¿Qué probabilidad había de que estuviera tomando algún método anticonceptivo? Me aferré la nuca, presa del pánico, ¿Qué probabilidad había de dejarla embarazada?
Se había marchado, no tenía ni idea de dónde estaba, ni tampoco sabía si estaba embarazada. Mejor no pensaba en cual sería mi reacción si se había quedado embarazada.
¿Pensaría Riza en esa posibilidad?
Corrí hacia el despacho, más ansioso que nunca, encendí la laptop. Comprobé el historial de navegación, pensando que quizá hubiera usado el ordenador para comprar un boleto de avión o quizás de tren, pero no encontré nada. También revisé los estados de cuentas bancarios y me quedé de piedra al ver que el día anterior había retirado veinte mil dólares. Recordé que dio un paseo por la tarde, que insistió en ir sola. Había ido al banco y había retirado o transferido el dinero a su cuenta. Dos meses de "salario" fue lo único que se llevó. Mientras repasaba los cargos de su cuenta, descubrí que, salvo por los gastos de Grumman, no había tocado un solo centavo de lo que era suyo. No había gastado nada en ella, no se había llevado nada para su futuro.
Estaba más desconcertado si cabía la posibilidad. No quería mi dinero, no me quería a mi ¿Qué era lo que realmente quería Riza?
Tamborileé con los dedos sobre el escritorio. Había dejado las llaves y la tarjeta de acceso, lo que significaba que no podría entrar al edificio mucho menos al piso. Sabía que, con el tiempo, se pondría en contacto conmigo para pedirme las cajas que había dejado atrás y yo insistiría en verla primero. Desvié la vista hacia la estantería del despacho y me di cuenta de que habían desaparecido las cenizas de Grumman. Se las había llevado de allí a donde se hubiera ido. Pero la conocía lo suficiente para saber que querría las fotos y el contenido de las cajas que había en su habitación. Estaban llenas de objetos personales, cosas que ella consideraba importantes.
Empezó a darme vueltas la cabeza, que se puso a trabajar como lo hacía cada vez que tenía un problema. Empecé a dividir en compartimentos los problemas y a buscar soluciones. Podría decirle a los Elric que se había marchado durante unas semanas. Que la impresión por la muerte de su abuelo era demasiado para ella y que necesitaba un respiro. Podría decir que la había enviado a un lugar cálido a relajarse y a recuperarse. Con eso conseguiría algo de tiempo. Cuando se pusiera en contacto conmigo, la convencería de que volviera y ya se nos ocurriría algo. Podríamos seguir casados. Le buscaría un lugar cercano y solo tendría que verme cuando la ocasión lo requiriera. Podría convencerla de que accediese.
Me levanté mientras miraba por la ventana la luz mortecina. Era como si el cielo se burlara de mi estado de ánimo, estaba tan nublado como lo estaba mi mente en ese momento. Dejé que mi imaginación volara y diseñara distintos escenarios, hasta que decidí que lo más sencillo era lo mejor. Llevaría a cabo mi primera idea, diría que se había marchado unos días. Tenía su móvil. Podía mandarme mensajes de texto e inventarme llamadas de sobra, de modo que nadie se enteraría de la verdad.
Salvo que…
Incliné la cabeza hacia adelante. No era lo que realmente quería. Quería saber dónde estaba mi esposa, necesitaba saber que se encontraba a salvo. Quería hablar con ella, estaba desolada por la muerte de Grumman y no pensaba con claridad. Creía que estaba sola en este mundo.
Me aferré al alféizar de la ventana con la vista clavada en la ciudad. Estaba allí fuera, en alguna parte, y estaba sola. Tenía que encontrarla, por el bien de ella, por el bien de ambos. Necesitaba que supiera que no estaba sola, ahora me tenía a mí.
Regresé a mi edificio y aparqué en mi plaza de estacionamiento, tras lo cual apoyé la cabeza en el reposacabezas del asiento. Había hecho un recorrido por todos los sitios a los que ella podría haber ido y que se me habían ocurrido. Había estado en el aeropuerto, en la estación de trenes, en la estación de autobuses e incluso en varios locales de alquiler de vehículos. Había enseñado su fotografía cientos de veces a un montón de personas por las calles. Pero no había descubierto nada. Se había dejado el móvil, de modo que no podía llamarla. Sabía que tenía una tarjeta de crédito propia e intenté ponerme en contacto con la entidad emisora, para saber si la había usado hacia poco, pero me despacharon enseguida. Si quería dicha información, tendría que contactarlos directamente ella, ja que chiste. Había sido incapaz de encontrar una sola pista por mí mismo.
Desanimado, subí al apartamento a duras penas y me tiré en el sofá, sin encender las luces siquiera. El sol empezaba a ponerse y la oscuridad de la noche se iba comiendo el cielo.
¿Dónde demonios estaba?
La rabia se apoderó de mí y agarré lo primero que encontré para estamparlo contra la pared. Se estrelló haciéndose añicos, regando la habitación con trocitos de cristal. Me levanté, furioso, echando humo por las orejas. Di vueltas por la estancia, aplastando el cristal bajo los zapatos mientras deambulaba de un lado para el otro. Tomé una botella de whisky, la abrí y bebí directamente. Por eso no dejaba que las emociones entraran en mi vida. Eran como un burro, lento y perezoso, que te pateaban en la cara cuando menos lo esperabas. A mis padres siempre les había importado una reverenda mierda y había aprendido a contar solo conmigo mismo.
Había cometido el peor error de todos bajando la guardia con Riza, me había permitido sentir algo por alguien más y como resultó, claro de la única forma posible, con un contundente fracaso. La muy zorra me había jodido, ¿Quería irse? Pues que se fuera, adiós, que le fuera muy bien. Que se quedara donde estuviera, cuando por fin llamase para interesarse por sus cosas, se las mandaría con los papeles del divorcio, dando fin a este plan que no debió existir desde el principio.
Me quede helado, con la botella a medio camino de mis labios. El abismo que había amenazado con abrirse en mi pecho durante todo el día apareció de repente. Me senté con gesto cansado, dejando de lado la botella.
Mi Riza no era una zorra y no quería que se fuera. La quería allí, conmigo. Quería que me hiciera preguntas con esa voz tan dulce, quería su risa traviesa, ver como me miraba con esa ceja enarcada y me susurraba "Que te follen, Mustang". Añoraba que escuchase mis ideas y oír sus elogios. Suspiré, un sonido triste y fuerte que llenó la estancia vacía. Deseaba despertarme con ella a mi lado y sentir su calidez envolviéndome, de la misma manera que ella había envuelto mi corazón muerto y lo había hecho sentir vivo por primera vez desde que nací.
Recordé la discusión que mantuvimos un par de semanas antes. La forma en la que había intentado convencerme de que el amor no era tan malo, ¿Sentía algo por mí? ¿Sería posible? Me había burlado de ella por ser una exagerada, me había mofado de la tristeza que vi en sus ojos, del cansancio que escuché en su voz cuando me dijo que estaba abrumada de tanta mentira y que el sentimiento de culpa la consumía. Insistí en que no le hacíamos daño a nadie. El patriarca de los Elric había conseguido un trabajador estupendo, Grumman había tenido una residencia maravillosa, Riza conseguiría una vida mejor una vez que todo terminase y mi vida seguiría como si nada. Nadie se enteraría y, por lo tanto, nadie sufriría.
Vaya que me había equivocado, escupí al cielo, y ahora tenía la cara embarrada. Lo que no noté en ese momento ahora era más que claro, los dos estábamos sufriendo.
Quería recuperar a mi esposa, y en esta ocasión, quería que fuera real. El único problema era que no sabía cómo conseguir eso.
Estuve dando vueltas por la habitación, enfurruñado, durante horas, con la botella de whisky siempre a mano. Cuando me rugió el estómago a las dos de la madrugada, me di cuenta del tiempo que llevaba sin probar bocado. Una vez en la cocina, abrí el refrigerador, saqué el recipiente con las sobras de espaguetis. Sin molestarme en calentarlo siquiera, me senté a la mesa, enrollé la pasta fría en el tenedor y comencé a masticar sin más. Incluso fríos estaban buenísimos. Todo lo que Riza preparaba estaba delicioso. Mi mente recordó la noche en la que me preparó un filete con espárragos y salsa bearnesa, una comida que igualaba a cualquiera de las que hubiera disfrutado en Falman`s. Mi elogio fue sincero, y a cambio obtuve uno de sus raros rubores. Con esa piel tan blanca, sus mejillas solían adquirir color cuando cocinaba o bebía algo caliente si estaba furiosa, o nerviosa, su piel acababa de un tono rojo intenso, como si se hubiera quemado, pero ese leve rubor era distinto. Resaltaba su rostro y hacía que estuviera más bonita de lo normal.
- Me gusta. – Susurré.
- ¿El qué?
- Como te ruborizas. No lo haces a menudo, pero cuando te elogio te pasa.
- A lo mejor es que no me elogias lo suficiente.
- Tienes razón, no lo hago.
Se llevó una mano al corazón con asombro fingido.
- ¿Me das la razón y me elogias? Que día mas excepcional en la casa de los Mustang.
Eché la cabeza hacia atrás al tiempo que soltaba una carcajada. Acto seguido, tomé la copa de vino y la miré por encima del borde.
- Cuando era niño, durante una breve temporada, mi postre preferido fue el helado con sirope de fresa.
- ¿Solo durante una breve temporada?
- Nana me lo preparaba, después de que se fuera, no volví a probarlo.
- Ay, Roy…
Negué con la cabeza al tiempo que alzaba mí mano al aire, no quería oír sus palabras de consuelo.
- Me lo llevaba por las tardes, a mí me encantaba mezclar el helado con el sirope. Hacía que todo se volviera rosa y dulce. – recorrí el borde de la mesa con un dedo – Tu rubor me lo recuerda.
Riza se quedó en silencio un instante para luego acercarse a mí, se inclinó y me beso en la coronilla.
- Gracias.
No levanté la vista.
- Ajá.
- Pero si crees que unas cuantas palabras bonitas te van a librar de lavar los platos, estas muy mal Mustang. Yo he preparado la cena, tú recoges y limpias.
Reí con ganas mientras ella salía de la cocina.
Dejé el tenedor a medio camino de mis labios. La quería ya en aquel momento. El intercambio de comentarios ingeniosos, las bromas que ella me gastaba, el consuelo que me ofrecía su presencia… Estaba ya presente, pero yo no lo había querido reconocer. El amor no era algo que conociera o comprendiera.
Aparté el recipiente, había perdido por completo el apetito. Eché un vistazo a mi alrededor y vi su impronta por todas partes. Estaba en cada rincón del apartamento. Esos toques que ella había añadido, haciendo que el lugar fuera algo más que el sitio donde vivía. Lo había convertido en un hogar, en nuestro hogar. Sin ella, el apartamento no era nada. Sin ella, yo no era nada
- ¿Roy? ¿Qué haces aquí?
Me volví y observé como se desarrollaba delante de mí esa escena tan conocida… Mi jefe entró en el despacho, descubriéndome mientras recogía mis cosas. En la mano tenía una foto del día de mi boda. Una foto a la que miraba fijamente, a saber, cuánto tiempo llevaba haciéndolo, mientras pensaba y recordaba.
Van Hohenheim entró con expresión desconcertada.
- Se supone que estabas en casa con Riza. Te dije que podías tomarte los martes libres para hacerse compañía. - -se fijó en la caja que había en mi escritorio. - ¿Qué está pasando?
- Tengo que hablar contigo.
- ¿Dónde está Riza?
Lo miré a los ojos directamente.
- No lo sé, me ha abandonado.
Se apartó, a todas luces asombrado. Se metió la mano en el bolsillo para sacar el móvil.
- Sheska, cancela todas mis citas y todas las reuniones del día. Si, todas. Concierta nuevas citas si puedes. Estaré fuera de la oficina el resto del día. – Colgó. – No he visto tu automóvil abajo.
Negué con la cabeza.
- He venido en taxi.
- Deja la foto en la mesa y acompáñame. Vamos a un sitio más íntimo donde podamos hablar con tranquilidad.
- Casi he terminado. – Repuse. – No tenía muchas cosas aquí.
- ¿Estás renunciando a tu puesto?
Mi suspiro iba cargado de dolor y remordimiento.
- No, pero en cuanto oigas lo que tengo que decirte, no tendré trabajo. Así es más fácil.
Frunció el ceño, hablándome con voz firme.
- Suelta la foto, Roy. En cuanto hayamos hablado, ya decidiré que hacer contigo.
Miré la foto que sujetaba con manos temblorosas.
- Ahora mismo.
Obedecí sin más, Hohenheim me ofreció mi abrigo mientras me miraba fijo.
- Tienes muy mala cara.
Me puse el abrigo y asentí con la cabeza.
- Me siento fatal.
- Vamos.
No hablamos en todo el trayecto. Volví la cabeza hacia la ventanilla y clavé la vista en la ciudad que tanto quería, pero de la que seguramente tendría que despedirme. Sin Riza y sin el trabajo que quería, no habría nada para mí en ese sitio. Una vez que zanjara las cosas con Van Hohenheim y con Riza, me mudaría a Xing probablemente. Era una ciudad enorme, impresionante suponía allí podría perderme.
- Roy.
Me sobresalté y miré a Van Hohenheim.
- Ya hemos llegado.
Estaba tan ensimismado que ni me había percatado hacia donde nos habíamos dirigido. Me había llevado a su casa. Lo miré con el ceño fruncido.
- Aquí tendremos intimidad absoluta. Trisha está en casa, pero no nos molestará.
Tragué saliva.
- Ella también merece oír lo que tengo para decir.
- A lo mejor dentro de un rato. Pero primero hablaremos nosotros a solas.
Abrí la puerta del auto, demasiado cansado para protestar.
- De acuerdo.
Contemplé los terrenos de la extensa propiedad a través de la ventana. Por mi cabeza pasaban los recuerdos de aquel primer día, cuando vine junto a Riza. Los nerviosos y aprensivos que nos sentíamos. Lo bien que ella interpretó su papel. Desvié la mirada hacia la terraza. Al recordar la cena con la que celebramos nuestra boda, sentí una opresión en el pecho. Riza estaba hermosa y encajaba a la perfección entre mis brazos mientras bailábamos. Lo que solo debería haber sido una pieza más de mi plan acabó siendo un día alegre, ¿Ya la quería entonces?
- Roy.
Me volví para mirar a Hohenheim, que me ofreció una humeante taza de café.
- He pensado que te vendría bien.
Acepté la taza y me volví de nuevo hacia la ventana. Mis pensamientos eran caóticos. No sabía como empezar la conversación, pero sabía que debía tenerla. Necesitaba aclararlo todo para poder decidir mi siguiente movimiento.
Tras inspirar hondo, me volví de nuevo hacia mi superior. Estaba apoyado en su mesa con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos disfrutando del café. Demostraba la misma actitud serena de siempre, si bien su expresión era intensa.
- No sé por donde empezar. – Admití.
El principio suele ser la mejor elección.
No estaba seguro de cual era el principio en mi caso, ¿El motivo real por el cual me marché de The Seven Deadly Sins? ¿El acuerdo al que llegué con Riza? ¿Las cientos de mentiras y engaños que siguieron una tras otra?
- ¿Porqué te ha dejado Riza, Roy?
Me estremecí, sintiéndome indefenso.
- No lo sé, ¿Tal vez por qué no sabía lo que siento por ella?
- ¿Qué sientes, exactamente?
- La quiero.
- ¿Tu mujer no sabe que la quieres?
- No.
- Creo que has encontrado el principio.
Asentí con tristeza, consciente de que tenía razón.
- Te mentí.
- ¿En qué me has mentido?
Me senté y dejé la taza de café en la mesa. Si la sostenía, era posible que acabará aplastándola entre las manos o que la estampará, sin importarme el contenido, contra la pared. Ninguna de las dos posibilidades pintaba bien durante una conversación civilizada, aunque tal vez esta no lo fuera.
- En todo, todo fue una mentira.
Hohenheim se sentó frente a mí y cruzó las piernas. Se pasó los dedos por la raya del pantalón y después alzó la vista.
- ¿Me mentiste para conseguir el puesto en nuestra empresa?
- Si.
- Dime por qué.
- No me nombraron socio cuando me tocaba y quería molestar a Bradley, pero también quería quedarme en Amestris. Me enteré que había una vacante en Elric Inc. y fui por ella.
Salvo por el leve movimiento de su barbilla, el rubio no reaccionó y se mantuvo en silencio, invitándome a proseguir con la explicación.
- Sabía que nunca me contratarías. Había oído que diriges tu negocio como si fuera una familia. Mi reputación era de todo menos estelar en el terreno personal. – Solté una carcajada. – No importaba lo que pudiera aportar en el terreno profesional, porque mi estilo de vida y mi personalidad impedirían que me considerara siquiera como un candidato potencial.
- Eso es cierto.
- Se me ocurrió que, si pensabas que yo ya no era esa persona, que había cambiado, tal vez podría tener una oportunidad.
- ¿Y urdiste un plan?
- Así es.
- ¿Cómo acabó Riza involucrada en tu plan?
- No lo hizo de forma voluntaria. Dadas las reglas impuestas por Bradley en su compañía, sabía que ella era la opción más obvia. Además del hecho de que es distinta del resto de las mujeres con las que he salido, su trabajo como mi asistente personal ofrecía la fachada perfecta. – Me encogí de hombros, resignado. – Ni siquiera me caía bien. Ella tampoco estaba loca por mí que digamos.
- Pues disimulaste muy bien.
- Teníamos que hacerlo. Era importante para ambos. – Me incliné hacia adelante con gesto serio. – Ella lo hizo por una razón, por una sola noble razón, Hohenheim.
- Por Grumman.
- Si, su situación económica no era la mejor y el lugar de su abuelo en el hogar cada vez era más difícil para ella de mantener, le pagué para que fingiera ser mi prometida. Prácticamente me aproveché de su necesidad y desesperación para que se casara conmigo, para llevar a flote una farsa. Riza detestaba las mentiras y los engaños. – Me froté la nuca y me clavé los dedos con fuerza. – Los apreciaba, los aprecia, tanto que creo que al final fue una carga demasiado pesada para ella. No pudo seguir haciéndolo.
- ¿Hasta qué punto estaba al tanto de este engaño Maes Hughes?
Ya había decidido que no permitiría que otras personas sufrieran por mi culpa. Me negaba aponer en peligro a Maes o Gracia.
- No sabía nada, le conté la misma historia que te conté a ti. - En caso de que sospechara algo, guardó silencio. – Creo que él también pensaba que yo en verdad había cambiado, porque de otra manera no habría aceptado formar parte de todo esto, Gracia. – Añadí. - No sabía absolutamente nada.
Me miró un instante mientras se golpeaba la barbilla con un dedo.
- No estoy seguro de que Hughes sea tan inocente como lo pintas. Sin embargo, lo dejaré pasar. Gracia es una empleada de confianza. Así que creo que no estaba al tanto de nada.
- No lo estaba.
- De modo que acabaste en la empresa, ¿Cuál era el plan?
Incliné la cabeza, me puse las manos en la nuca y entrelacé los dedos mientras hacia fuerza. Me sentía tenso e inquieto, con los nervios de punta.
- Roy, necesitas tranquilizarte, intenta relajarte.
Solté el aire con fuerza, me solté la cabeza y lo miré.
- Hohenheim, no sé donde está mi esposa. No puedo relajarme. Mi vida es un caos y la única persona que puede mejorarla está ahí fuera, en algún sitio. – Dije al tiempo que agitaba la mano en dirección a la ventana. – Y piensas que no me importa.
- ¿Cuándo te enamoraste de ella?
- No tengo ni la más remota idea. Supuestamente debía de ser una farsa. La necesitaba para mejorar mi imagen, pensé que, si podía poner un pie en la empresa y demostrarles mi valía a ti y los demás, demostrarles lo que podía aportar a la compañía, tal vez mi vida personal no tuviera tanta importancia. Al final, me divorciaría con su vida por separado. Yo seguiría trabajando y ella disfrutaría de una posición económica mejor que la que tenía antes. Y nadie se enteraría de nada.
- ¿Pero? – La pregunta flotó en el aire, breve pero intensa.
- Las cosas cambiaron, yo cambié. Lo que suponía que debía ser una farsa se convirtió en realidad. Nos hicimos amigos, aliados y después algo más. Pero no me di cuenta de lo importante que Riza había llegado a ser para mí. Jamás imaginé que sería capaz de albergar semejantes sentimientos por otra persona.
- ¿Dónde encaja Grumman en esta situación? Porque creo que es una parte importante de todo esto.
- Pues para ser honesto, Riza no quería que yo lo conociera ni que me involucrara en su vida. No quería confundir aún más la pobre mente de Grumman. La noche que organizaron la fiesta cuando me uní a la empresa, en la que bebí demasiado, Riza y yo discutimos. O mejor dicho yo me hice el imbécil y la presioné. Me contó lo del accidente de sus padres y la forma en la que Grumman apreció en su vida. Me dijo, con claridad meridiana, lo que pensaba de mí. – Pese a la preocupación que sentía y a la seriedad de la conversación esbocé una sonrisa. – Aquella noche vi un lado de Riza que no había imaginado que existía. No era la pusilánime insignificante por la que la había tomado desde que la conocí. Era… bueno es, apasionada y fuerte; es leal muy leal. – La sonrisa desapareció. – Me abrió los ojos para que me viera realmente como el cabrón que era. Con ella y con todos los que me rodeaban. Al día siguiente, fui a conocer a Grumman.
- Supongo que te causó una gran impresión.
- Me recordó a alguien de mi pasado. Una de las pocas personas amables con las que conté en la infancia. – tiré el mechón de la frente y dejé de hablar, consciente de que debía organizar mis pensamientos. No quería ahondar tanto en mi pasado con Hohenheim. – Pese a todo, Riza se casó conmigo aquel día porque teníamos un acuerdo y mantuvo su palabra.
- Y te enamoraste de tu mujer.
- Si, lo hice. Pero demasiado tarde.
- ¿Por qué crees eso?
- Por que me ha abandonado. Ha dejado todo lo que le di, el teléfono, el dinero, hasta su automóvil. No sé como encontrarla ni dónde puedo haber ido.
- ¿Y los objetos personales de Grumman? ¿También se los ha llevado?
- No, todo sigue en el apartamento, junto con el resto de sus cosas. Supongo que se pondrá en contacto conmigo para decirme dónde debo enviarlo.
- No debes pensar hasta entonces.
Me puse en pie y regresé a la ventana.
- No creo que haya motivo para esperar, pero necesito encontrarla.
- ¿Estás dispuesto a luchar por ese motivo, Roy? ¿Quieres luchar?
Me di media vuelta al instante.
- Si, quiero luchar por todo. Por ella, por mi trabajo, por todo.
Van Hohenheim se puso en pie y cruzó los brazos por delante del pecho.
- Sospeché que estabas mintiendo la primera vez que hablamos.
Lo miré boquiabierto.
- ¿Cómo?
- Estaba segurísimo, pero tu forma de pensar me dejó intrigado. Despertaste mi curiosidad, después de hablar contigo, tuve la impresión de que había mucho más de lo que se veía. Atisbé una chispa, a falta de una palabra mejor. Por primera vez en toda mi vida, quería contratar a una persona de la que no me fiaba por completo. Trisha opinaba lo mismo sobre ti. Su opinión era incluso más firme si te soy sincero. Tenía la impresión de que necesitabas que te diera una oportunidad.
- Ya me dijiste algo parecido en una ocasión.
Asintió con la cabeza.
- Riza… ella fue la clave. Una mujer sincera y real. Aunque no te dieses cuenta, a su lado eras distinto. – Sonrió. – Roy, en realidad ha sido muy divertido ver como te enamoraste de ella. Trisha y yo hemos sido testigos. Hemos visto los cambios que se han obrado en ti. – Me observó atentamente con la cabeza ladeada. – En la oficina eras una maravilla. Tu forma de pensar, tus vertiginosas ideas, tus conceptos. Tu entusiasmo me dio alas de nuevo, fue un espectáculo digno de contemplar.
Sentí un nudo en la garganta. Era consciente del tono ominoso de sus palabras, el uso de los verbos en pasado. Mi carrera profesional en Elric Inc. había llegado a su fin. Aunque sabía que era lo que iba a suceder, oírlo fue un duro golpe de realidad. Porque en el fondo aún quedaba una débil esperanza que murió en ese instante.
- Van Hohenheim, en tu empresa. El tiempo que he pasado en ella me ha demostrado, sin la menor duda, que es el ambiente más positivo y creativo del que he formado parte en mi trayectoria profesional. Tu forma de alentar el trabajo, la energía cohesiva que fluye en el ambiente que has creado. Ha sido un honor trabajar para ti. Ni siquiera sé como expresar lo arrepentido que estoy por haberte engañado. No voy a pedirte que me perdones, porque sé no lo merezco. solo te pido que perdones a Riza. Yo la obligué a hacerlo, la presioné hasta que no le quedó más alternativa que aceptar, me aproveché de lo indefensa y sola que estaba. – Hice una pausa, sin saber que más podía añadir. – Aprecia mucho a Winry y a Trisha. Cuando regrese, me alegrará mucho saber que sigue teniendo una amiga en la que poder apoyarse.
- ¿A dónde te iras?
Me encogí de hombros.
- ¿A Xing? No lo sé. No me iré de la ciudad hasta que ella vuelva y lo aclaremos todo.
Enarcó las cejas.
- ¿Así es como piensas luchar? Me da la impresión de que ya te has rendido.
- Hohenheim, no puedo trabajar para una compañía mediocre que se dedique a la publicidad online. No volveré a la toxicidad de Bradley y sus títeres, así que no tengo alternativa, salvo irme a otra ciudad y empezar de cero.
- ¿Yo te he despedido?
- Supongo que lo harás en cualquier momento.
- ¿Y cuando lo haga, qué?
- Te estrecharé la mano y te agradeceré que seas alguien a quien podré respetar durante el resto de mi vida, alguien que creyó en mí hasta el punto de darme una oportunidad. Muy pocas personas han creído en mí. – Tragué saliva para aliviar el nudo de emociones que se me había formado en la garganta. – Riza era una de esas personas.
- ¿Por qué me estás contando todo esto, Roy? – Quiso saber, confundido por los motivos que me habían impulsado a hacerlo. – Podrías haber guardado silencio y haber tapado todo esto. Riza podría haber regresado y todo habría quedado como si nada. Mis sospechas habrían seguido siendo eso, solo sospechas.
Enfrenté su mirada.
- Riza no es la única cansada de vivir una mentira. Quiero empezar de cero, ya sea aquí o en otro sitio. No esperaba que el plan cambiara de rumbo. No había planeado enamorarme de mi mujer y no esperaba que me importase tanto la opinión que tuvieras de mí. No esperaba… - Carraspeé y empecé de nuevo. – No esperaba sentirme tan unido a tu familia. Nunca he contado con una familia real como la tuya. Es como si hubiera llegado a mi propia encrucijada y no me quedara más alternativa que contarte la verdad. Siento mucho haberte decepcionado. No hay palabras que puedan expresar lo mucho que lo siento.
Hohenheim se acercó a mí y le tendí la mano. Me sorprendió ver que me temblaba. El bajó la vista sin hacer caso de mi gesto. En cambio, me colocó una mano en un hombro y me miró a los ojos.
- Roy, no voy a despedirte.
- No… ¿No?
- No, no voy a hacerlo ahora. Tienes trabajo que hacer. Necesitas encontrar a tu esposa y tráela de vuelta. Después discutiremos sobre tu futuro en la empresa y en general.
- No lo entiendo.
- Aquí hay más de lo que parece haber. Tu pasado ha sido el catalizador de la persona en la que te has convertido como adulto. Una persona que, sinceramente, no era muy agradable hasta que conociste a Riza.
- ¿Qué es lo que quieres, Hohenheim?
- Quiero que encuentres a tu mujer, que descubras qué está pensando, qué está sintiendo. Que seas sincero, y que pongas tus cartas sobre la mesa.
- ¿Y después?
- Tráela a casa o ponle fin. En cualquier caso, encarrila tu vida. Tú y yo nos sentaremos después y hablaremos, diremos solo la verdad. Creo que tienes mucho que ofrecerle a mi empresa. – Hizo una pausa y asintió con la cabeza como si hubiera tomado una decisión. – Creo que mi familia y yo tenemos algo que ofrecerte.
- ¿Y qué debo hacer para conseguirlo?
- Ser honesto, sincero. Deseo saber como ha sido tu vida. El Roy que eras y el Roy que eres. Y también espero que le pidas perdón a mi familia. Si sigues en la empresa, tendrás que ganarte de nuevo nuestra confianza.
- ¿Vuelvo a la casilla de salida?
- Yo diría que en este mismo momento ni siquiera estás en la casilla de salida.
- Lo entiendo. – Y lo entendía de verdad. Su propuesta me había sorprendido tanto como me aterraba. La idea de hablarle de mi pasado… De la persona que fui mientras crecía y antes de empezar a trabajar para él… Me atemorizaba. Sin embargo, había algo que necesitaba hacer antes. – No sé cómo encontrarla.
- Te sugiero que hagas lo mismo que has hecho hoy conmigo. Empieza por el principio.
- ¿Cómo lo hago?
- El día del funeral de Grumman, Riza y yo hablamos largo y tendido. Creo que sé dónde puede estar. Si miras con atención, encontrarás la respuesta en tu casa.
- Dímelo. – Le supliqué. – Por favor.
- No, debes averiguarlo tú solo. Debes llegar a conocer a tu esposa por ti mismo. Si lo intentas, si piensas, serás capaz de hacerlo. – Me dio un apretón en el hombro. – Tengo fe en ti.
- ¿Y si no puedo?
- En ese caso es que no lo deseas lo suficiente. Si la quieres, si en verdad la quieres, lo descubrirás. – Guardó silencio un instante y me miró con gesto pensativo. – Voy a hacerte una pregunta, quiero que la contestes sin pensar, quiero que me digas lo primero que pienses.
Enderecé los hombros. Eso se me daba bien.
- Dime.
- ¿por qué quieres a Riza?
- Porque con ella veo el mundo de otra manera. Es mi ancla. – Encogí un hombro porque no era capaz de encontrar las palabras para explicarme. – Hace que la vida sea más alegre, me ha enseñado lo que significa el amor de verdad.
Hohenheim asintió con la cabeza.
- Te llevaré a casa.
Una vez en el pasillo, Trisha nos cortó el paso. Me miró con clara expresión de molestia.
- Los he oído desde la puerta, Roy.
- Muy bien.
- Me he enterado de casi todo.
Bajé la mirada, ya que las suya era demasiado intensa como para sostenérsela.
- Me has mentido, le has mentido a mi familia.
- Si.
- Y riza también.
Levanté la cabeza ante su sola mención.
- Porque la obligué, Trisha. Detestaba hacerlo, detestaba tener que mentir desde el principio, pero en cuanto los conoció, lo detestó con todas sus fuerzas. – Di un paso hacia delante. – Todo lo hizo para asegurarse que Grumman recibiera los cuidados necesarios y que tuviera un hogar seguro. Se… se encariño de ti, de todos ustedes y esta farsa la estaba carcomiendo. – Me aferré la nuca y masajeé los músculos en tensión. – Creo que es el principal motivo de que se haya marchado. Ya no soportaba más mentiras.
Trisha se puso de puntillas y me dio un tironcito en el brazo. Me solté la nuca y le permití que me cogiera la mano.
- ¿Todavía era todo una mentira cuando se fue?
- No. – Respondí. – La quiero, estoy perdido sin Riza. – Miré a Hohenheim y luego volví a ella. – Por eso tenía que contarles todo. Necesito hacer borrón y cuenta nueva, independientemente de lo que suceda. Necesito que comprendan que la culpa es solo mía. No de ella, si me voy de la ciudad y ella vuelve, espero que la puedan perdonar. No tendrá a nadie más.
Trisha sonrió.
- Has madurado, Roy. Antepones el bienestar de Riza ante todo lo demás.
- Debería haberlo hecho desde el primer momento.
Me dio un apretón en la mano
- Busca a tu mujer, cuéntale la verdad. Creo que te darás cuenta de que no eres el único que anda perdido.
Sentí una opresión en el pecho. Quería creer que ella también estaba enamorada de mí. Que había huido porque necesitaba averiguar cual sería el siguiente paso. Tenía que encontrarla para hacerle ver que no tenía que darlo ella sola.
- Es lo que quiero.
El rubio habló en ese momento.
- Pues trabaja para conseguirlo, gánatelo. Pon en orden tu vida personal cuando lo hagas, ya hablaremos de tu vida profesional. A partir de este momento, estás de vacaciones hasta que volvamos a hablar. No estás despedido, pero tu futuro queda en el aire.
- Comprendo.
Esperaba que me despidiera en el acto. Que me echara a patadas de su hogar. Daba igual el resultado o lo duro que fuese, una discusión en el futuro era más de lo que merecía.
- Gracias. – Expresé con sinceridad.
- Vamos, a casa.
Lo seguí al vehículo mientras pensaba que, sin Riza, ya no era mi casa. Era el lugar donde dormía. Allí donde ella estuviera en ese momento era mi casa. Junto a ella, tenía que encontrarla y llevarla de vuelta. Solo entonces volvería a ser un hogar, nuestro hogar.
Cuando al fin me dejaron en mi apartamento, deambulé por el lugar sin saber por donde debería empezar. En la mesita auxiliar estaba la carpeta con las muestras de color de Riza y las ideas para remodelar el piso. Había añadido la lista para mi dormitorio, y en sus bocetos se incluían la redistribución de los muebles y el cambio de color de las paredes. Tenía mucho talento, me había dado cuenta, pero nunca se lo había dicho, aunque debería haberlo hecho. Tendría que haber compartido con ella muchos pensamientos.
Dejé la carpeta en la mesita auxiliar. Cuando la recuperase, hablaríamos de todos los cambios que quisiera hacer en nuestro dormitorio. Podría hacer lo que quisiera con todo el apartamento; mientras ella estuviera allí, bienvenidos fueran los cambios.
Pero lo primero era encontrar a mi mujer.
Fui a su dormitorio y saqué una caja del estante que había en el armario. Sabía que contenía documentación legal de Grumman y de ella. Me senté en el diván y abrí la carpeta, desterrando el sentimiento de culpa- Eran sus objetos personales y tenía la sensación de que no debería revisarlo sin su permiso.
Sin embargo, no me quedaba alternativa.
Una hora más tarde, lo devolví todo a la caja mientras la cabeza me daba vueltas. Riza era realmente buena con la contabilidad, acababa de comprobar lo cerca del umbral de la pobreza en que había vivido. Que cada centavo que había ganado lo destinaba a Grumman y a su cuidado. Había comprobado cómo los gastos aumentaban muchísimo mientras que sus ingresos apenas lo hacían. Habría reducido sus gastos personales al mínimo, se había mudado a un sitio más barato y había gastado lo imprescindible en el día a día. Al recordar como la había tratado en la oficina, lo que había tenido que aguantar a diario, como me había burlado de sus escasos almuerzos… Me sentí fatal. La vergüenza, punzante y abismal, me abrumó al pensar en todo lo que había hecho, en cómo le había hablado. El hecho de que lo superase, de que me perdonase, era un milagro.
Cerré la caja, aunque ya sabía más cosas de su vida y del amor incondicional que había sentido por Grumman, la caja no contenía pistas acerca de su paradero.
Saqué las dos cajas sin abrir de la parte inferior del armario y las revisé en busca de pistas. Horas más tarde, me aparté, derrotado. Contenían varios objetos personales como proyectos escolares, boletines de notas, algunos objetos familiares y recuerdos de su época de adolescente. Eran recuerdos que para mí no significaban nada y que no contenían nada que pudiera llevarme hasta ella.
Lo devolví todo a las cajas y me levanté, cansado, pero decidido. Eché un vistazo por la habitación antes de empezar a revisar los cajones, las estanterías y el cuarto de baño. Repasé las fotografías que había en los estantes, examiné los objetos decorativos y acaricié los lomos de los libros. Dudaba mucho de que sus lecturas preferidas me dieran pistas.
Apagué la luz y bajé las escaleras. Me serví un whisky y me sorprendí al darme cuenta de lo tarde que era. Me fui a la cocina, pero no tenía hambre. Tomé una manzana y la mordisqueé mientras me sentaba frente a la barra. Mi mente la recordó en la cocina, preparando una comida impresionante. Recordé su risa y como se burlaba de mí cuando protestaba porque la cena estaba tardando mucho
"Paciencia, Roy. Los que esperan con paciencia reciben su recompensa", dijo ella mientras se reía entre dientes.
Cerré los ojos, no podía ser paciente a la hora de buscar a Riza.
Solté la manzana a medio comer. Me fui al despacho, encendí el ordenador y busqué una dirección de correo electrónico a su nombre; claro que no me sorprendió no encontrar nada. Comencé a beber el whisky con la vista perdida. Me encantaba que fuera al despacho y se sentara delante de mí. Yo le enseñaba el proyecto en el que estaba trabajando y sus comentarios siempre eran positivos y útiles.
Cómo no me había dado cuenta de lo mucho que se había integrado en mi vida cuando hicimos el acuerdo, las líneas estaban bien definidas. Poco a poco, se había difuminado hasta que dejaron de existir. Se convirtió en algo tan natural como el respirar, yo la veía cocinar, ella me hablaba por encima del escritorio, yo me sentaba junto a ella mientras veía la televisión… Incluso el pequeño beso que me daba en la frente cuando subía a acostarse. Se había convertido en parte de la rutina diaria, de la misma manera que yo comprobaba sin pensar que mi puerta estuviera abierta para que me oyese roncar.
Me había enamorado de ella creando, poco a poco, rutinas insignificantes, pero positivas. Poco a poco, Riza había reemplazado todas las negativas hasta que ya no quedó ninguna y solo bastaba con ser ella misma.
Gemí y eché la cabeza hacia atrás apoyándola en el respaldo. Necesitaba que volviera.
A primera hora del día siguiente, tras otra noche sin pegar ojo, me llevé las cajas de la residencia al dormitorio de Riza. Las había guardado en la habitación que usaba de almacén, a sabiendas de que ella no estaba preparada para lidiar con el contenido tras la reciente muerte de Grumman. Todos sus cuadros y sus dibujos, así como otras obras de arte, estaban guardados en las cajas, allí seguirían hasta que ella decidiera qué hacer con ellos.
La primera caja contenía un montón de figuritas y de recuerdos que habían estado en la habitación de Grumman. Los volví a guardar con sumo cuidado y aparté la caja. La siguiente estaba llena de fotos y de álbumes. Pasé un tiempo repasándolos. En ellos, vi la vida de Grumman en imágenes en blanco y negro que, poco a poco, dieron paso al color. El último álbum que abrí fue el de la época en la que Riza llegó a su vida, una adolescente delgada y asustada, con unos ojos cuya expresión era demasiado madura para ese inocente rostro. Conforme pasé las páginas, Riza fue cambiando, creció, ganó peso y redescubrió la vida. Me sorprendí por la cantidad de fotografías que vi de ellas en un restaurante, rodeados de una multitud de personas sentadas en la misma mesa, todas sonrientes. Sonreí al ver las fotografías hechas en la playa, donde Riza aparecía con la vista perdida en el horizonte mientras las olas rompían en la orilla o escarbando en la arena en busca de almejas, con un cubo medio lleno a su lado. El álbum terminaba dos años atrás, supuse que ese fue el momento en el que Grumman enfermó. Recordé que había varios álbumes de fotos en la estantería y decidí repasarlos también.
Por fin abrí la tercera caja, que contenía algunos libros muy leídos y varios objetos. En el fondo de la caja había un montón de libros negros, con las páginas desvaídas y los lomos muy marcados. En la portada de los libros había una etiqueta con la fecha, escrita con la letra inclinada de Grumman. Abrí uno para hojearlo, las primeras páginas hasta darme cuenta de lo que tenía entre manos.
Los diarios de Grumman, había diez diarios, en los que se documentaba diferentes épocas de su vida. Di con el diario que correspondía al año en el que encontró a Riza y empecé a leer.
Muchas cosas cobraban sentido por fin. Sabía que su esposa era chef y por fin entendía las fotografías que había visto. Riza y él trabajaban con uno de los amigos de Lily, también chefs, y una vez completado el trabajo, se reunían para comer.
Mi Riza ha aprendido hoy una nueva receta de Miles. Verla trabajar con él me ha llenado el corazón de felicidad, lo mismo que oír su risa y ver como la tristeza desaparecía mientras manejaba el cuchillo y removía la sopa. ¡Han servido su salsa marinara en el banquete de bodas!
¡Miles no deja de decir que era mejor que la suya! Cuando la probé durante la cena, tuve que darle la razón.
Esta noche, mi Riza nos ha dejado de piedra con su solomillo Wellington. Estuvo trabajando durante horas con Denis y todo lo que comimos después de la cena fue obra suya. Lily la habría adorado y se habría sentido muy orgullosa, yo lo estaba.
Me di cuenta de que estaba sonriendo. Con razón era una cocinera tan buena. Durante años había estado trabajando con profesionales, que le habían ofrecido clases particulares a cambio de su ayuda. Pasé la página y me encontré con otra entrada corta.
¡La semana que viene me llevaré a Riza a la cabaña! Podemos quedarnos sin pagar si trabajamos unas horas limpiando el resto de las cabañas de alquiler. ¡Se puso loca de contenta cuando se lo dije!
Riza me había dicho que no tenía mucho dinero y que su abuelo siempre había hecho que el trabajo pareciera divertido. Ese increíble hombre había empleado todos los trucos imaginables para darle a riza cosas que no podía permitirse. Le había enseñado que, si trabajaba duro, obtendría su recompensa. Cenar en un restaurante a cambio de trabajar de camarera o disfrutar de una cabaña de alquiler a cambio de hacer camas era un respiro de la vida en la ciudad y así tenían recuerdos que compartir. Miré los diarios que había esparcido por el suelo. Sabía que contenían más historias de Grumman y de su vida. Quería leerlas todas, pero tendría que dejarlo para otro momento. Tenía que concentrarme en su vida con Grumman y rezar para que me ofrecieran una pista.
A mi Riza le encanta la playa. Se sienta durante horas en la arena, dibujando o contemplando el paisaje, en absoluta paz. Me preocupa que pase tanto tiempo sola. Pero insiste que así es como se siente más feliz. Sin los ruidos de la ciudad, sin estar rodeada de gente. Tengo que encontrar la manera de traerla de nuevo. He hablado con James y podemos volver a mediados de septiembre. Tendré que sacar a Riza del colegio, pero sé que recuperará el tiempo perdido porque es muy lista. El complejo turístico no está tan lleno en esa época, pero sigue haciendo buen tiempo y la cabaña estará libre. La sorprenderé con esa noticia en su cumpleaños, justo antes de que nos vayamos.
Las entradas continuaron. Una sucesión de recuerdos acerca de la cabaña, de la playa, de las dotes de Riza como cocinera, de cómo iba creciendo… Mucha información, pero no la que yo necesitaba. Estuve tentado de llamar a Hohenheim, de decirle que creía que estaba en una cabaña de alquiler y de suplicarle que me diera el nombre, pero estaba convencido que me diría que siguiera buscando.
Cerré el diario y me froté los ojos. Llevaba leyendo más de ocho horas y solo me había movido para encender la luz cuando las nubes comenzaron a tapar el sol y para prepararme un café. La única pista que tenía era la casita que tanto se había mencionado y a la que iban todos los años y el nombre James. Por desgracia, no encontré el apellido, ni lo que habría sido mejor todavía, el nombre del pueblo o del complejo turístico donde se situaba la casita. Extendí el brazo para tomar el los álbumes de fotos que contenían las fotografías de Riza y de su vida en común. Repasé las fotos de la playa, para lo cual las saqué de su contenedor, convencido de que eran de la misma playa, si bien se habían hecho en épocas distintas. No encontré pista alguna en las fotos ni tampoco nada escrito al dorso que pudiera ayudarme. Me dejé caer en el diván y eché un vistazo por la habitación. Por primera vez, deseé ver un espantoso recuerdo turístico con el nombre del pueblo pintado bien grande entre sus libros. Los dos últimos libros no tenían nada escrito en el lomo. Eran altos y delgados. Miré la pila de diarios que había en el suelo y luego examiné una vez más los de la estantería. Eran exactamente iguales.
Me levanté del diván y cogí los libros. Riza llevaba un diario o al menos, lo había llevado. Miré las fechas y lo hojeé de la primera a la última página. Lo había empezado a escribir un año después de irse a vivir con Grumman, los libros le habían durado cinco años. Sus diarios no eran tan meticulosos como los de su abuelo. Había pensamientos abstractos, algunos pasajes más largos e incluso alguna que otra postal entre sus páginas. También había bocetos, dibujos pequeñitos de cosas que le habían gustado.
Recé una breve oración antes de abrir el primero. Necesitaba una pista, un hombre, algo que me ayudase a encontrarla, cualquier cosa.
El tiempo se detuvo mientras leía sus palabras. Descubrí que era incapaz de dejar de leer. Sus breves entradas estaban impregnadas de su esencia, era como si la tuviera adelante y me estuviera contando una de sus historias. La profundidad de su amor por Grumman, la gratitud que sentía por el amor incondicional y por el hogar que su abuelo le había brindado era patente. Describió sus aventuras, incluso conseguía que buscar botellas y latas sonara interesante. Describió las cenas con los amigos de la familia, lo mucho que le gustaban las distintas comidas e incluso anotó alguna que otra receta. Me quedé sin aliento al leer una entrada.
La semana que viene nos vamos a la playa. El abuelo tiene un amigo que es dueño de un pequeño complejo turístico y ha hecho un trato con él. Limpiaremos las cabañas todos los días y a cambio ¡Podremos quedarnos en una cabaña toda una semana sin pagar! Como soso dos para limpiar, ¡Terminaremos en un abrir y cerrar de ojos y tendremos todo el día para jugar! ¡Me muero de la emoción no he estado en la playa desde que mis padres murieron, ¡No puedo creer que lo haya hecho por mí!
Se me aceleró el corazón. Tenía que ser el mismo sitio. Grumman había mencionado las cabañas y había fotos de los dos en la playa. Seguí leyendo.
¡Nuestra cabañita es preciosa! Es de un azul muy brillante con las contraventas en blanco y está justo al final de una hilera de cabañas ¡Puedo oír las olas todo el día y toda la noche! Solo hay seis cabañas y como estamos en mayo, solo están medio llenas, así que Grumman y yo terminamos a medio día todos los días y nos pasamos el resto del tiempo explorando ¡Me encanta este sitio!
La siguiente entrada estaba fechada varios días después.
No quiero volver a casa, pero me han dicho que podremos regresar en septiembre. James hasta nos ha prometido que será la misma cabaña. ¡Vamos a disfrutar de otra semana! Tengo mucha suerte… ¡Es el mejor regalo de cumpleaños del mundo!
Se me llenaron los ojos de lágrimas al leer esas palabras. Unas vacaciones trabajando. Eso era todo lo que se podían permitir. De la misma manera que solo se podía permitir comer en restaurantes gracias a la generosidad de sus amigos y, sin embargo, creía que tenía mucha suerte. Pensé en mi desenfrenada vida. Podía tener lo que se me antojara… Incluso de niño, no me negaron nada que fuera material. Sin embargo, nunca me había sentido satisfecho, porque lo que más ansiaba era justo lo que me negaban.
El amor…
Grumman se lo dio a Riza a manos llenas. Había que un viaje juntos, aunque tuvieran que limpiar durante una semana, fuera especial.
Empecé a leer las entradas más deprisa, en busca de algo que me diera la localización de la casita. Cerca del final del último libro, me tocó la lotería. En uno de sus bocetos se veía un arco con el nombre "Jame`s Seaside Hideaway" agarré mi teléfono e hice una búsqueda en Internet.
Lo encontré. La imagen de su página web era el mismo arco de su boceto y el mapa indicaba que estaba a dos horas en vehículo. Otra imagen mostraba una hilera de casitas y aunque la última apenas era visible, se distinguía su color azul.
Miré el diario de nuevo. Bajo el boceto se podía leer:
"Mi trocito de paraíso preferido en la tierra."
Cerré los ojos mientras el alivio me abrumaba.
Había encontrado a mi esposa.
Contestando Reviews:
Se que a muchos les desilusionó que Riza se fuera, pero creo que era necesario para darle más profundidad y desarrollo a Roy y como ha ido cambiando gracias a su influencia.
Kimbluefish: Jamás imaginé a Roy llorando así que llegar a ese punto me emocionó muchísimo.Creo que al menos Roy está intentando empezar todo de la manera correcta.
Drako lightning: Así es a este Fic ya le queda poquito para terminar, espero que disfrutaras este capítulo dedicado enteramente a Roy y su lio mental por su esposa.
Sajonia-Weimar: Siiii el señor yo todo lo puedo Mustang fue abandonado por la primera persona que quiso, pobrecito. Pero era necesario para que afrontara sus actos y las consecuencias que estos van a tener a futuro. ¿Dónde pensaste que estaba Riza?
Arual 17: Definitivamente podemos decir sin temor a equivocarnos que Roy está completamente destruido por haber sido abandonado por la primera persona que quiso. Me pasó exactamente lo mismo empecé odiando lo prepotente y cruel que era, pero ya para este punto ya le tenía cariño y no quería que sufriera y se quedara solito.
